Íñigo Domínguez

La vida en Roma

Nos quedamos el último día hablando del estereotipo siciliano. No sé ustedes, pero yo, la primera vez que fui a Sicilia fue con Michael Corleone, cuando se tuvo que coger unas vacaciones forzadas...

En Italia se rieron con estas secuencias sicilianas de ‘El padrino’ (The Godfather, Francis Ford Coppola, 1972), que les parecían como de la semana de Sicilia en El Corte Inglés. En general no les suele hacer gracia como retratan los americanos a la mafia, al margen de que la mafia estadounidense y la siciliana tienen estilos diferentes. Unos mitifican los spaghetti con albóndigas, que en Italia no come nadie, y van de chulos del barrio, pero los otros, sus primos los del pueblo, son huraños y reservados. Para que se hagan una idea aquí ‘Los Soprano’ han pasado sin pena ni gloria. Lo curioso es que esta imagen bucólica y caballeresca de Cosa Nostra, con la que esta organización criminal ha estado encantada hasta hace poco, no la inventó Hollywood, sino la propia Italia. Más exactamente, fue una ópera, ‘Cavalleria rusticana’, de Pietro Mascagni (chico de la foto), estrenada en 1890 en Roma, que fue un éxito tremendo, una de las mayores conmociones de la historia de la ópera y que además puso de moda el acto único. Mascagni pudo vivir de eso toda su vida.

El bar en el que hemos estado con Al Pacino, las situaciones y esos tipos taciturnos son los mismos de ‘Cavalleria rusticana’, basada en la novela de Giovanni Verga, que pinta una Sicilia folclórica, pasional y violenta. Su escena crucial, por ejemplo, transcurre en una tasca donde uno de los protagonistas rechaza un vaso de vino, desplante por el que se arma el pifostio. La historia de la ópera es muy simple, un triángulo amoroso, cuernos, celos, honor ultrajado y ‘vendetta’. Pero quizá se debería aclarar una cosa: Mascagni era de Livorno y no había estado en su vida en Sicilia. En 1890, con la unidad de Italia muy reciente, la isla era, como ha sido hasta hace poco, un lugar remoto y exótico. Esta ópera, que fue un éxito internacional, consagró la imagen de la mafia durante un siglo. Según opina John Dickie en su ‘Historia de la mafia siciliana’, es una de las directas responsables de la mitificación y confusión sobre Cosa Nostra hasta fechas recientes. De todos modos ‘El Padrino’ va a misa, no se preocupen. Los propios mafiosos, que adoran ver películas de la mafia, dicen que es así. Por ejemplo, las familias mafiosas de Estados Unidos siguen enviando a los chicos a Sicilia, en plan curso de verano, para que aprendan valores en el pueblo, tal como han demostrado algunas escuchas telefónicas de la Policía italiana.

La sangre italiana corría a raudales entre los jóvenes que airearon Hollywood en los setenta y cultivaron en gran medida esa fascinación por la tierra ancestral. Basta ver los nombres de ‘El Padrino’: Coppola era hijo de inmigrantes de Basilicata, los abuelos maternos de Al Pacino eran del mismo Corleone y parte de la familia de Robert De Niro venía de Molise. Para cerrar la trilogía, Coppola llevó a Michael Corleone al maravilloso teatro Massimo de Palermo a ver una representación de... ‘Cavalleria rusticana’. Durante la representación se produce la habitual escabechina con montaje paralelo en la que uno de los capos muere en el palco a base de ‘cannoli’ envenenados. Si fuera yo desde luego caería como un bendito, porque soy capaz de comerme una docena. Al final, la hija de Michael Corleone, interpretada por Sofia Coppola, muere en la escalinata mientras suena el famoso intermezzo de la ópera. Pero desde luego esta pieza ha quedado en la memoria por el arranque hipnótico de ‘Raging bull’ (Toro salvaje, 1980), obra de otro hijo de inmigrantes sicilianos, Martin Marcantonio Luciano Scorsese. Póngase cómodos, suban el volumen y veánlo otra vez, que siempre merece la pena:

Lo malo de esto es que dan ganas de volver a verla. Si están pensando que Mascagni tiene algo de cinematográfico no andan descaminados: fue el primer compositor profesional en dedicarse a las bandas sonoras de películas, con una muda de 1915. En ‘Toro salvaje’ tenemos una transposición actualizada de los temas de ‘Cavalleria rusticana’, y si uno se fija Scorsese volvió a repetir casi igualito el esquema de la historia en ‘Casino’ (1995) con los mismos actores. Hay una historia curiosa de ‘Toro salvaje’, a modo de epílogo del filme, que conté una vez en el periódico: el auténtico Jake La Motta volvió por primera vez a Sicilia, su tierra de origen, en 2005, con 83 años. Él también pasó unas vacaciones inolvidables en Italia, de peregrinaje sentimental, aunque cada vez me fastidia más hablar de este tema, porque se están acabando las mías y ya no tiene tanta gracia. Lo mejor es que estaba con su hermano Joey (Joe Pesci en el filme), con quien acaba muy mal en la película. Pero mira tú, lo que es la vida real, luego se reconciliaron. Querían ir a Messina, la ciudad de su padre, un albañil muerto de hambre que se embarcó en 1909 en un buque rumbo a Nueva York a buscar fortuna. Esto de los inmigrantes es una plaga, están por todas partes. Y miren este tal La Motta, que no volvió a su casa hasta los 83 años. Si es que luego ya no hay quien los eche.

Los mafiosos de las películas cuando van a la ópera no ven Verdi o Puccini, y no digamos Mozart o Wagner. Siempre ven ‘Cavalleria rusticana’ o ‘Pagliacci’, de Leoncavallo, que en su día fue una respuesta calabresa a la ópera de Mascagni, con los mismos ingredientes de cuernos, honor y venganza. Una es de 1890 y la otra de 1892, y fueron dos óperas muy populares. De hecho, como duran poco más de una hora cada una, se solían representar en programa doble, costumbre que se sigue manteniendo. Además Caruso grabó ‘Pagliacci’ y fue el primer disco que vendió más de un millón de copias. Leoncavallo se inspiró en un crimen ocurrido realmente en un pueblo de Calabria durante su infancia y que él conoció muy bien, pues instruyó el caso su padre, que era juez. En esos años la mafia siciliana se consolidó gracias al fin de la estructura feudal y a la unidad de Italia, y aunque sus miembros eran unos ceporros pueblerinos, tanto o más que ahora, les gustaba verse retratados de forma épica. Y a sus primos de Estados Unidos, más todavía, con la morriña. Vean sino a Al Capone (otra vez De Niro, el de verdad está en la foto de la izquierda), un hijo de emigrantes napolitanos, emocionándose con el aria de ‘Vesti la giubba’ mientras se cargan a uno de los intocables de Eliot Ness, el pobre Sean Connery. Da mucha pena cuando lo matan, por eso lo hacen. Estos del cine juegan con los sentimientos de las personas.

Como en ocasiones anteriores, es el único vídeo que he encontrado y no tengo ni idea de cuál es el idioma que hablan, así que abrimos el consabido concurso popular para identificarlo: ¿húngaro? ¿tagalo? ¿murciano? ¿guipuzcoano? Como probablemente sabrán o se habrán imaginado, ‘Los intocables’ (The untouchables, 1987) es de otro hijo de emigrantes italianos, Brian de Palma. Por cierto, Eliot Ness también era hijo de emigrantes, pero noruegos. Es para desesperarse, ¿pero es que no hay nadie de pura raza, de buena familia y que no moleste?


Ya hemos comentado alguna vez que esta corriente que une Italia y Estados Unidos es muy intensa, debido a la inmigración, por un lado, y por otro, a la liberación aliada en la Segunda Guerra Mundial (ya han visto en el primer vídeo como hasta el propio escolta de Michael Corleone se pone como loco al paso de los soldados americanos, en plan Bienvenido Mister Marshall). Los americanos tienen debilidad por Italia y los italianos adoran Estados Unidos (recuerden los numeritos de Berlusconi). La conexión es tan buena que en la Segunda Guerra Mundial los servicios secretos norteamericanos no tuvieron reparos en ir a la cárcel a pedir la colaboración del tipo que ven en la foto policial de arriba. Es Lucky Luciano. ¿Ustedes le dejarían el coche? Pues el Gobierno de Estados Unidos le encargó a él y a otro mafioso, Vito Genovese, que les organizaran un desembarco militar tranquilo en Sicilia. Y les quedó fenomenal, oye. La mafia con los políticos siempre se ha entendido perfectamente.

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Interrumpimos la emisión de la serie de tonterías de las que nos veníamos ocupando en estas vacaciones para felicitarles el Año Nuevo. En estas fechas entrañables, qué mejor manera de desearles lo mejor que recordando lo peor, es decir, una Nochevieja (Capodanno) cualquiera de nuestro querido Fantozzi, mascota de este blog. Eso sí que era crisis, en los setenta, y no lo de ahora.

Sinopsis: Los míseros empleados de la empresa de Fantozzi, dados sus escasos medios e imaginación, han organizado un patético cotillón por cuatro liras en los gélidos bajos de un edificio, aunque con orquesta y todo. Fantozzi llega con su mujer, la sufridora señora Pina ysu indescriptible hija. Fantozzi ve enseguida a la señorita Silvani, belleza oficiosa de la oficina, pero no logra sentarse con ella. La cena, despachada por camareros displicentes, es amenizada por una orquesta no menos desganada. El menú nos permite observar una típica cena de Capodanno en Italia, con lentejas con zampone (pata de cerdo). Las lentejas son símbolo de riqueza, como las monedas, por eso son señal de prosperidad cuando le caen encima a Fantozzi. Entretanto la orquesta, que no hace más que mirar el reloj, decide adelantar las campanadas en una hábil maniobra, porque tienen otro compromiso en otro cotillón. Así hacen dos en una noche. Aunque son las diez y media, celebran la llegada del año nuevo. Fantozzi intenta besar sin éxito a la añorada Silvani. Luego, mientras baila 'Garibaldi fu ferito in una gamba', una especie de Paquito Chocolatero local, cae por la ventana. La orquesta aprovecha la confusión para salir por piernas y la fiesta se acaba. "A la una y media, hora ilegal del maestro Canello (director de la orquesta), es decir la medianoche real, la ciudad saludó explotando el Año Nuevo". Otra cosa típica: de Roma para abajo las ciudades se vienen abajo de petardos, cohetes y bombas de segunda mano. Siempre hay muertos. Fantozzi y sus colegas se sorprenden de la hora, pero ya no le dan importancia, contagiados de la alegría general. Cuando van a coger el coche, avisan desde arriba de que van a tirar trastos. Esta es otra costumbre curiosa, más bien napolitana: tirar por la ventana cosas viejas, para dejar atrás el pasado. La gente exagera y arroja hasta retretes o pianos de cola. La sección de sucesos del 2 de enero es siempre muy atractiva. En este caso se trata de un armatoste de enormes dimensiones que aplasta el utilitario del pobre Fantozzi. "Yo casi casi lo dejo aparcado aquí", musita nuestro héroe con su habitual estoicismo, curtido a base de continuas humillaciones de sus superiores.

Feliz Año y que ustedes lo pasen bien.

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El otro día vimos cómo la respuesta local a la invasión de guiris de vacaciones en Italia era, naturalmente, intentar ligárselas. Pero la cosa cambiaba cuando eran ellas, las italianas, las que iban fuera. Italia, que estaba de moda en ese momento, también tuvo su réplica internacional y envió al exterior algunas de sus bellezas, actrices que brillaron y saltaron a Hollywood. Pero, al contrario de las suecas que aterrizaban en Italia, su comportamiento en general era radicalmente distinto: no había quien se les acercara. Ya hemos dicho que ligar con las italianas no es moco de pavo, ni en casa ni jugando fuera. El caso más flagrante es el de esa actriz encantadora llamada Pier Angeli, que en realidad era una chica sarda llamada Anna Maria Pierangeli. Pues bien, tenía siempre a su madre encima, temerosa de que se descarriara y algún playboy depravado del mundillo del cine se la beneficiara. Se puede comprender perfectamente la situación con el siguiente acertijo: ¿Si ustedes fueran Pier Angeli, con quién de estos tres rendidos pretendientes se hubieran quedado?

No respondan todavía. Ahora piensen que son la madre de Pier Angeli: ¿cuál habrían elegido para su hija? Efectivamente, el tipo desconocido y anodino de la derecha. Como habrán adivinado, ni que decir tiene que al final fue con el que se casó. Piensen en ello después de Reyes, cuando se planteen, un año más, apuntarse a un gimnasio. A lo mejor no merece la pena. En fin, el afortunado era un cantante llamado Vic Damone, italoamericano, argumento de peso que daba confianza en la familia. Ni Kirk Douglas primero, ni James Dean después, a quien rompió el corazón, tuvieron nada que hacer con esta chica. En Hollywood se decía que si querías salir con Pier Angeli tenías que llevar encima la madre, las hermanas, el perro y el papagayo. Lo de las madres en Italia siempre es un factor muy a tener en cuenta. Sin embargo, la de Pier Angeli no tenía mucho ojo, porque el tal Damone le salió rana. Pier Angeli, que era la nueva gran estrella de Hollywood, tuvo una decadencia veloz y espantosa, y acabó muriendo con una sobredosis de barbitúricos. Pobre Pier Angeli, a mí siempre me da mucha pena, parecía tan dulce... Cuando estaba en lo más alto con la Metro, el marido, frustrado porque él no triunfaba, le comió el coco para que abandonara. Una carta de su madre, tan lista, lo dice todo de cómo le fueron las cosas luego: "Se está dando cuenta de que hacer caso a ese inconsciente de su marido no ha sido una buena idea (...) Está intentando anular su personalidad (...) Debe quedarse encerrada en casa sin tener contacto con nadie a causa de los celos de él, está adelgazando día tras día por los disgustos... Yo que luché tanto contra Kirk Douglas reconozco ahora que, con sus defectos, era más correcto". A buenas horas.

Aquí vemos a Pier Angeli en su última película para la Metro, todavía muy alegre, haciendo de italiana en ‘Merry Andrew’ (Loco por el circo, Michael Kidd, 1958), con Danny Kaye. El numerito no tiene desperdicio:

«Buona fortuna white parmigian and happy oregano too»... Dios mío. Lo italiano ha pagado su atractivo y el amor de Hollywood con un caro precio: ser totalmente devastado por los topicazos en el cine. De ahí parte ese error básico generalizado de creer que se conoce bien el país y el impacto posterior cuando se conoce. Este problema de la caricatura afectó en muchas ocasiones a la mayor estrella italiana, la que más en serio se propuso triunfar en Estados Unidos, la inigualable Sophia Loren. Más bien fue por empeño de su marido, Carlo Ponti, el mayor productor del cine italiano, que logró hacerle protagonizar en tres años una docena de películas con algunos de los mejores directores del momento: George Cukor, Henry Hathaway, Martin Ritt, Sidney Lumet, Carol Reed, Michael Curtiz, Jean Negulesco, Stanley Kramer,... Y con los actores más cotizados: John Wayne, Cary Grant, Clark Gable, Anthony Quinn, Peter Sellers, Anthony Perkins,... En esas películas la Loren, de fisonomía versátil, y nos referimos a su fotogenia, hizo de todo. De princesa a prostituta magrebí, de pescadora griega a.... esto:

Qué miedo ¿verdad? Por un instante, al final, parece que también Cary Grant y Frank Sinatra se van a arrancar por soleares. Qué gran momento se ha perdido el cine y se han ahorrado sus carreras. Es de ‘The pride and the passion’ (Orgullo y pasión, Stanley Kramer, 1957). Loren también hizo de española y nada menos que de doña Jimena en ‘El Cid’ (1961, Anthony Mann). Pero cuando hacía de italiana, bien de inmigrante, bien de nativa, no había nada que hacer, le calzaban el estereotipo. Por ejemplo, en ‘Houseboat’ (1958), una de esas películas con niños que de pequeño te dejaban ver, era una canguro italiana alegre, desordenada y cantarina. Claro, le creaban a uno enormes expectativas las noches que tus padres salían a cenar y decían que iba a venir una chica:

A los americanos, tal como hemos ido viendo, les encantaban esas canciones pastiche con palabros absurdos en italiano. Pero de quien se quedó prendado Cary Grant, que no era tonto, fue de Sophia Loren. Normal. Intentó ligársela en vano y es ahí donde ella se ganó su fama de diosa inaccesible y fiel a su marido. Si no puede con ella Cary Grant, a ver quién es el imbécil que lo intenta. Como vemos, jugando fuera las actrices italianas hacían el ‘catenaccio’. Pese al buen criterio de Cary Grant, su gusto no resultó ser el del público norteamericano, pues no terminó de dejarse seducir por Sophia Loren, un argumento de peso para desconfiar seriamente de esta población. La carrera de la Loren en Hollywood, aunque lo intentó con todas las fórmulas posibles, del drama a la comedia, no acabó de despegar. En su última película de este periodo lo intentó de nuevo con el topicazo, rodando en Nápoles, a ver si eso funcionaba. La fórmula, obviamente, fue la ya conocida del turista americano de visita, y la historia vendía esa Italia maravillosa de vacaciones, tan cómoda que hasta los niños hablan inglés. El tráiler es de traca:

Ni eso funcionó y Sophia Loren decidió volverse a Europa a lo suyo. Nada más volver hizo ‘La ciociara’ (1960), obra maestra de Vittorio de Sica, al que acabamos de ver en el tráiler disfrazado de tópico andante mirando el culo de una señora. Es una película auténtica y sin un gramo de folklore de postal. Y lo que son las cosas, Sophia Loren ganó con ella el Oscar a la mejor actriz.

Otro día exploraremos los estereotipos italianos que han cuajado gracias al cine, pero para despedirnos quería sólo desmontar uno, Sicilia, y de paso felicitarles las navidades. Ya sé lo que estarán pensando al mencionar Sicilia, en esa gentuza que es el drama de esta tierra maravillosa. Si no fuera por la mafia, Sicilia sería famosa por cosas tan normales como su comida deliciosa o sus pasteles sublimes. Es como cuando de pequeño en el colegio, fuera del País Vasco, me decían que era de la ETA. En fin, si imaginan a los sicilianos como unos individuos tenebrosos, aviesos, primitivos y silenciosos, les recuerdo que uno de los mayores representantes de todos los tiempos de la bondad humana y del espíritu navideño, y cuyas películas nos hemos tragado como mazapanes todas las navidades es un siciliano llamado Francesco Rosario Capra. Para entendernos, otro de esos malditos inmigrantes que se cambió el nombre: el gran Frank Capra. Más de sesenta años después, ‘Qué bello es vivir’ (It’s a wonderful life, 1946), es más válida que nunca para felicitar estas navidades.

No se desanimen con la crisis, que la vida, con sus putadas y todo, es maravillosa. Incluso en Navidad. Feliz Navidad.

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Nadie lo ha dicho, y ya es raro, porque los aniversarios se han convertido en noticias muy socorridas para llenar, pero se han cumplido 50 años de la inauguración oficial de la ‘dolce vita’. No fue con la película de Fellini, que se estrenó en 1960 y retrató ese mundillo, sino con un curioso episodio que en 1958 sacó a la luz las juergas nocturnas de la noche romana y causó un escándalo monumental. Como hemos ido viendo, las bacanales venían al menos desde hacía una década, pero una cosa es que se sepa y otra que se diga. O que se vea, porque eso fue exactamente lo que pasó gracias a una figura que nació entonces y hoy goza de gran predicamento: el paparazzi. Aún no tenía ese nombre, porque se popularizó a raíz de Paparazzo, el nombre del fotógrafo que acompaña al personaje de Marcello Mastroianni en ‘La dolce vita’.

Pero vamos a los prolegómenos, como dicen los locutores deportivos, a lo que pasó en 1958. Uno de esos fotógrafos picaruelos de la noche, Tazio Secchiaroli, se cascó una foto de un strip-tease desmadrado en el sótano del ‘Rugantino’, un restaurante de Via Veneto. La foto, hoy famosa y que tienen ahía arriba, muestra a una joven morena despatarrada en bolas en el suelo al ritmo de un tambor entre señores sudorosos con corbata y señoras bien de aire divertido. La imagen decía muchas cosas. Había frivolidad y algo pecaminoso, pero sobre todo lo entretenido, lo improvisado, la poca sensación de culpa, la atmósfera lúdica y casi infantil de picnic, sugerían que no era un día de locura de un grupo de exaltados, sino la alegre vida habitual de la Roma pija. Que al día siguiente podía ir a la misa del Papa en San Pedro como si tal cosa. Como decíamos, llevaban diez años así, dándole al tambor. Pocos meses después, en marzo de 1959, Fellini empezó a rodar su película.

La chica de la foto era otra guiri de vacaciones en Roma, tema o pretexto de estos capítulos caóticos. Se llamaba Aichè Nanà, tenía 22 años y era armena, así que a lo mejor era inmigrante, y no turista. Turista sólo es el que se lo puede pagar, una condición reservada a ciertas nacionalidades que se lo pueden permitir. Nanà se convirtió de inmediato en símbolo de la vida loca romana, aunque siempre ha dicho que aquello arruinó su carrera. Explicó que era una fiesta privada con tan buen rollo y con tantas risas que acabó despelotándose. Pero tuvo la mala suerte de que se coló un fotógrafo. Según ha repetido, dos días después tenía una prueba con Vittorio de Sica, que la anuló al verla en pelotas en la prensa. A partir de entonces nadie quiso contratarla. Esta gente de vacaciones en Roma fue esencial en la dolce vita, que hundió a esta extracomunitaria armena, pero en cambio ensalzó a una turista sueca. Hablamos, efectivamente, de Anita Ekberg o, como se la conoce en Roma por razones obvias, Anitona.

Tamaña muestra de belleza, hedonismo y vitalidad fue recibida con escándalo en el Vaticano. Hace poco han salido a la luz unas cartas muy graciosas de Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán que poco después sería Pablo VI, y el arzobispo de Génova, el cardenal Giuseppe Siri, que en el cónclave sería su rival. Curiosamente este intercambio epistolar fue a raíz de que Siri, símbolo del sector ultraconservador, habló bien, o no mal del todo, de ‘La dolce vita’, y Montini le llamó la atención. «Recibo protestas muy graves de que es un filme de tal inmoralidad y tan mal ejemplo sobre la depravación humana que haría falta una intervención de la autoridad eclesiástica para hacerlo retirar de los cines», decía Montini, el progre. Siri se excusó diciendo que no defendía «la visibilidad» de la película, sino la obra en sí y las notables cualidades del director: «El filme es verídico, y algunos han reaccionado porque golpea horriblemente la vida de muchos: se ven descritos y han tenido miedo de sí mismos». Es decir, Siri valoraba la obra, aunque eso no quitaba que pensaba que era mejor que los fieles no la vieran. Ah, por cierto, a todo esto Montini hablaba sin haberla visto. No sé si después llegó a verla. Si no es así desde luego sería papa, pero mira que morirse sin ver ‘La dolce vita’. Eso no tiene perdón de Dios.

El protagonista, Marcello, un cronista desencantado de la vida social, es un trasunto del propio Fellini, que también fue un forastero en Roma, a donde llegó desde su Rimini natal para ser periodista. Era lo que quería hacer por lo que había visto en las películas americanas: tipos con el sombrero echado hacia atrás, que fumaban, echaban tragos, callejeaban y no daban ni golpe, aunque, qué curioso, encontraban historias. Entonces se podía hacer, pero hoy, por ejemplo, el sombrero ya no se lleva. Además ahora es mucho más cómodo, basta quedarse sentado copiando lo que sale en Internet. Pero entonces todavía se mandaba a los reporteros a los sitios y un día enviaron a Fellini a Cinecittà, donde se quedó anonadado al ver un rodaje mastodóntico en el que el director dirigía las masas y daba voces con un megáfono desde una torre. Era Alessandro Blasetti, del que ya hablamos en un capítulo de esta serie. Fellini pensó que él, vago, con tendencia a la dispersión y sin sentido del orden ni la autoridad, no estaba hecho para el cine. Por fortuna, conoció a Roberto Rossellini, que rodaba por ahí con poca gente y lo que le parecía, como quien escribe o pinta. Fue una revelación. Si no es por él, no habríamos tenido a Fellini. Ya ven, repetimos, que Rossellini tuvo su importancia.

Pero volvamos a Anitona, no nos distraigamos. Como se podrán imaginar, y ya lo contamos en otra ocasión, en Roma había cola para tirársela. Sin embargo ella venía avisada. Durante el rodaje, Mastroianni se le acercó y dijo que quería pedirle un favor. «Yo no estar interesada en mamadas», respondió ella, por si acaso. El bueno de Marcello también era una pieza de cuidado. Una vez tuvo que repetir ocho veces un beso a Romy Schneider y murmuró: «Y encima me pagan por esto...». Al final el que se llevó el gato al agua con Anitona fue Dino Risi, que sólo por eso ya debe de figurar en la historia del cine. Un poco más adelante, en la letra T, encontraríamos a Francois Truffaut con una descripción más o menos así: «Ciudadano francés (1932-1984) que se lió, entre otras, con Jeanne Moreau, Julie Christie, Catherine Deneuve, la hermana de ésta, Jacqueline Bisset y Fanny Ardant». Y luego ya: «Cineasta, hizo 24 películas, etcétera...». Con ese currículum, que logró sólo a base de ser majete y tímido, quién quiere una filmografía. Aunque en el caso de Truffaut están en total armonía. Bueno, ya les dije que aprovecharía cualquier excusa para hablarles de Truffaut. Aquí le vemos con Jacqueline en una escena de 'La nuit américaine' (La noche americana, 1973), película maravillosa donde las haya:

El ácido maestro Risi, fallecido este año (el señor de la foto de abajo), ha dejado escrito un librito entrañable, ‘I miei mostri’ (Mis monstruos), en el que cuenta chascarrillos y recuerdos. Y relata un día que pasó con Anita Ekberg. La actriz tenía una lancha que conducía ella misma y salieron a dar una vuelta. Ya en alta mar, se desnudó con la melena al viento. Encontraron un petrolero sueco y los marineros se abalanzaron a la barandilla a mirar y lanzar aullidos. Uno hasta tocó cuatro veces la sirena. El diario de a bordo de ese día debe de ser un poema. Anita reía como loca y habló a voces con la tripulación. Eran de Malmöe, su ciudad. Siempre en bolas, Anita dio dos vueltas al petrolero de premio. De consolación, se entiende. «Pobrecitos, ellos contentos de ver mí desnuda», decía en su italiano macarrónico. Risi flipaba. Luego volvieron a la villa que ella poseía en Roma, situada en una colina, con un prado que terminaba en una piscina de azulejos negros. Tenía dos doberman. De repente apareció un tipo, un actor americano. Su marido. Llevaba un saco. Se sirvió un whisky y arrampló metódicamente con todos los objetos de valor que vio por la casa. Platos, cubiertos, todo. Se fue y Anita se quedó llorando. «Tú no héroe, ¿eh?», preguntó a Risi. «No», contestó él. Y ahí se acabó su historia.

Ante estas avalanchas de extranjeros que, como hemos ido viendo, llegaban a Roma, el talante local hacia el visitante se traducía, y se traduce, en intentar ligarse a las turistas e intentar darle el palo a los turistas. Es tan evidente que no tenemos ni que cambiar de escenario para observar la otra cara del fenómeno. Por la noche se baña Anita, pero miren lo que pasa durante el día. En esta célebre escena de 'Totòtruffa 62' (Mastrocinque, 1961), el gran Totó vende a un incauto la mismísima fontana de Trevi.

Sinopsis: Totó empieza su número, una vez vista su presa, echando a los niños que intentan robar monedas y quejándose al guardia. «¿Lo sabe que pierdo millones de liras al año con estos niños? El sábado cuando limpio la fontana me faltan siempre 3.000 o 4.000 liras», lamenta. «Ah, ¿pero las monedas son suyas?», pregunta el incauto. «Esta es la famosa fontana de Trevi, que pertenece a mi familia desde hace generaciones», y se presenta como el cavaliere ufficiale Antonio de Trevi. «¿Es un buen ‘bisnís’ (bussines)?», pregunta el otro. Totó le expica que, además de las monedas que tira la gente, alquila la fuente para rodajes. En ese momento completa la escena acercándose a un turista y pidiéndole en voz baja un donativo para la Cruz Roja, aunque a la víctima le explica que acaba de cobrar los derechos de imagen por las fotos. Cada foto cien liras. «Ah, yo he hecho tres», añade el inocente, que le paga religiosamente. Mientras se acerca el cómplice, Totó le da carrete y le explica que la fuente la hizo un arquitecto que su bisabuelo hizo venir de Suiza. Cuando el turista le replica que la guía la atribuye a Bernini, Totó está hábil: «Claro, venía de Berna y era bajito, por eso le llamaban Bernini». El incauto se sincera: es hijo de emigrantes italianos en América y quiere establecerse en Italia. Totó le propone venderle la fontana, porque algún día se jubilará. Además explica que aquello no le va bien para el reúma, todo el día cerca del agua: con diez millones está hecho. A la espera del contrato, Totó le pide una fianza. En ese momento interviene el cómplice, con acento toscano (no se pronuncian las ‘ces’, que se aspiran en forma de hache, por ejemplo hohahola=cocacola). Quiere comprar la fontana para una película americana y sube la oferta de la fianza. Al final la víctima pica y ofrece 500.000 liras. Creyéndose ya el propietario de la fontana acaba bastante mal. En efecto, a veces Italia es para volverse loco.

En ‘Guardie e ladri’ (Monicelli, 1951), que fue premio al mejor guión en Cannes, Totó se marca otro timo extraordinario a un turista norteamericano, esta vez en el Foro Imperial.

Sinopsis: Totó y su cómplice ensayan la venta de una moneda falsa a un turista norteamericano cuando aparece uno de verdad. El cómplice deja la moneda en el suelo y Totó se presenta como guía improvisando una explicación macarrónica. Un viandante que se lleva la moneda obliga a colocar otra, que Totó tarda en encontrar. El cómplice se presenta como profesor numismático (de asmática, dice Totó) que previene al turista de los timos, pero acaba por admitir que la pieza es auténtica. Empieza la venta mientras aparece el tipo que ha encontrado la otra moneda, al que echan sin contemplaciones. Pero una vez que el turista ha picado, es quien le abre los ojos.

Risas y chicas aparte, como deja entrever la película de Fellini, la mirada desolada de Mastroianni, lo curioso de esta juerga general, esta dolce vita y tanto jijijajá es que se asentaba en un boom económico que, no obstante, era un espejismo y cubría un vacío moral... ¿les suena el fenómeno? La comedia ‘all’italiana’ se basó en explotar sádicamente esta dualidad para hacer reír con una carga de sátira social y melancolía. Dino Risi lo clavó en una de sus mejores películas, ‘Una vita difficile’ (1961), un año antes de su otra obra maestra ‘Il sorpasso’ (La escapada, 1962). Vean, vean en qué se queda el jolgorio cuando llega el amanecer:

La musiquilla de fondo de guateque o de ritmo circense es una marca de la casa del cine italiano que siempre aligera lo que se ve. Esta escena de Alberto Sordi borracho escupiendo a los coches, fruto de una improvisación, es antológica. Y para lo que nos interesa, fíjense en su imprecación al autobús de turistas alemanes: «¿Qué venís a ver aqui? ¡No hay nada que ver, es todo un asco, no visitéis Italia, quedáos en vuestra casa que es mejor!». Esta idea de que Italia es un asco es algo que se dicen los italianos cuando se cabrean, los días que vienen mal dadas, que es bastante más a menudo de lo que quisieran. Sin embargo, el resto del mundo lo sigue ignorando y le parece todavía un lugar maravilloso para ir de vacaciones. Así que también nosotros continuaremos volviendo el próximo día.

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En el anterior capítulo nos quedamos en París. Volvemos a Roma en una avioneta que sale de Londres un día de perros de noviembre de 1947. Llegó de milagro y casi se estrella en medio de una tormenta. Dentro, dos personas. El piloto y un hombre de 33 años que huye de Estados Unidos y ha aceptado un trabajo de tres al cuarto en Italia, Orson Welles.

Es comprensible que Welles escapara de EEUU, porque era más o menos de izquierdas y en Hollywood se había desatado la caza de brujas. Del mismo modo, tras ser considerado un genio al estrenar con 26 años ‘Citizen Kane’ (Ciudadano Kane, 1941), había terminado por firmar auténticas porquerías. Si no vean esto, lo último que le dejaron hacer:

Vaya basura ¿verdad? ‘The lady from Shanghai’ (La dama de Shangai, 1948) tardó dos años en estrenarse, la producción volvió a montar por su cuenta una hora de metraje y fue un desastre en taquilla. Además Welles le cortó el pelo a Rita Hayworth, un crimen imperdonable aunque fuera su mujer. En fin, rojo y fracasado, sin nadie que le diera un empleo, y divorciado, Welles se largó a Europa, con la excusa de un papel en un filme menor y olvidado llamado ‘Cagliostro’ (1949, Ratoff). Ayer como hoy, nunca se deben dar las cosas por sentadas, ni las conquistas sociales ni la calidad artística. En cuanto uno se duerme le instalan una prisión en Guantánamo o le cuentan que Batman es un obra maestra.

Estas vacaciones de Welles en Italia al final se alargaron... seis años. Ya vamos viendo que en este país uno se apalanca con facilidad. Se ha implantado la idea del Welles español, un poco por provincianismo patrio y porque efectivamente luego residió unos años en España, pero antes hay un Orson Welles italiano más desconocido y fundamental. Fue en Italia donde Welles se decidió a lanzarse a la aventura como artista, con libertad total y aprendió del neorrealismo a rodar ‘a la italiana’. Fue donde se fraguó su estilo definitivo, libre y caótico, que tantos disgustos le dio y de tantas películas ha privado a la historia y a los amantes del cine. Escaldado de Hollywood, Welles quedó fascinado de ‘Sciuscià’ (‘Limpiabotas’, 1946, De Sica) y ‘Roma città aperta’ (1945) o ‘Paisá’ (1946), de Rossellini, rodadas en la calle, con ‘troupes’ reducidas, improvisación, autonomía y escasos medios.

La vida de Welles en Italia no fue un camino de rosas. Su caso es un ejemplo perfecto del poder de abducción de Roma, que anula la voluntad y adormece los sentidos. Quien escribe, sin ir más lejos, lleva aquí ocho años y no hay manera de irse. El efecto de la ‘dolce vita’ sobre Welles se puede medir en datos precisos. Justo antes de llegar a Roma, en un repente, había rodado ‘Macbeth’ en 23 días. Fue pisar Italia y para acabar ‘Othello’, su siguiente película, estuvo ¡cuatro años! Otra cifra constatable es el peso. El Orson Welles orondo de las décadas siguientes se gestó esos años entre platos de tortellini en las trattoria de Roma. Un día se comió 47 naranjas. Otro aspecto clásico, las mujeres: un tipo que venía de estar nada menos que con Rita Hayworth topó en Italia con el ancestral drama de ligar con las italianas. Estuvo dos años detrás de Lea Padovani, que se hacía de rogar, y luego penó tras Paola Mori, con la que al final logró casarse.

Es verdad que Welles se instaló en Via Veneto y pasaba las noches bailando samba, pero la odisea de ‘Othello’ se debe a una lucha personal por hacer exactamente lo que quería. El resultado es que la película se rodaba cuando se podía, cuando había dinero, y Welles empleó toda su genialidad en vencer las dificultades. Si se inventó un Macbeht alucinante en un estudio de cartón piedra en tres semanas, con seres primitivos de acento escocés vagando por las sombras (foto de la izquierda), el ‘Othello’ fue una cosa itinerante. Con un equipo fiel y artesano, rodó en tropecientos sitios, donde le pillaba, aprovechaba las pausas y todo lo que podía de los rodajes en los que participaba, y tuvo cuatro Desdemonas, porque las fue cambiando.

Un ejemplo de todo ello es el rodaje del asesinato de Roderigo en Essaouira. Welles había descubierto esta hermosa ciudad marroquí en el rodaje de otro de sus trabajillos mercenarios, ‘La rosa negra’ (Black rose, Henry Hathaway, 1950). De inmediato llamó a su gente para rodar allí, acudieron todos y cuando tenía 60 personas listas para empezar surgió un problema: Scalera, la productora italiana, no le mandó el vestuario porque no había dinero. ¿Solución? Welles situó la secuencia en un baño turco. Con todos en bolas no hacía falta ropa. Fue un hallazgo genial, entre reflejos de agua y atmósfera vaporosa.

Así fue tirando con ‘Othello’ y al final, mágicamente, la terminó. En algunos casos, por poner un ejemplo, un personaje habla en Viterbo, el otro le responde en contraplano en Marruecos y la escena se cierra en la playa de Ostia, todo rodado en dos años. Y funciona. Pero es que Welles era un apasionado de la magia y la prestidigitación. Así arranca 'Othello', de forma subyugante. Si andan bien con el inglés luego pueden seguir el inicio, con las primeras escenas en Venecia:

'Othello' fue Palma de Oro en Cannes. Fue fruto tanto del talento de Welles como de su dedicación incansable. Pensaba en Othello mientras hacía otras cosas, y hacía varias cosas a la vez. Pero eso también le daba ideas que podía utilizar. Por ejemplo, en 1948 Welles estaba rodando tres películas a la vez: su ‘Othello’ cuando podía, ‘El príncipe de los zorros’, una película de época renacentista de Henry King y ‘El tercer hombre’, con Carol Reed, en Viena. Mencionar esta película sublime es pensar en muchas escenas, pero sobre todo en ésta, en otro parque de atracciones. La pongo primero en inglés y debajo en español, para quien lo desee, y por oír la poderosa voz de Welles.

Es el famoso diálogo del reloj de cuco, obra de Welles, que se escribía sus propias líneas. Pues bien, ¿saben qué papel interpretaba Welles en ese momento en el rodaje de ‘El príncipe de los zorros’ en Florencia? El de César Borgia. Del mismo modo, utilizó la idea del gatito que se acurruca en los pies de Harry Lime, una de las apariciones en escena más famosas del cine, en su ‘Othello’.

La empresa titánica de 'Othello' sólo fue la primera. A partir de entonces la vida de Welles fue siempre así, sufriendo para encontrar dinero, haciendo cualquier papel, publicidad o voces en off en documentales y rodando a salto de mata. Lo último que hizo en Italia, siempre por dinero, es una rareza absoluta: una película con Totó. Se llama ‘L’uomo, la bestia e la virtú’ (1953, Steno), basada en una obra de Pirandello, siendo la bestia del título Orson Welles. Es una rareza porque la familia de Pirandello prohibió su exhibición. Por fin se pudo ver en 1993, cuando la RAI compró los derechos y la puso en la tele, pero no se encuentra por ahí. Yo no he conseguido verla, y eso que me compro en el rastro cualquier vídeo de Totó, pero se dice que es un película gafada y fallida. Aquí tienen una foto por lo menos. A Welles le pilló harto y de vuelta de todo, aunque respetaba mucho a Totó. Pero por quien sentía absoluta devoción era por Eduardo De Filippo, el Shakespeare napolitano, a quien consideraba uno de los mejores actores del mundo. Última curiosidad: una de las chicas que cortejó infructuosamente Welles en la dolce vita romana y que también le dio calabazas fue Franca Faldini, que años después acabó siendo... ¡la mujer de Totó!

En ese rodaje extraño Welles ya estaba pensando en su siguiente proyecto y en una pausa propuso al productor, Dino de Laurentis, que si le dejaba la ‘troupe’ esos cinco días renunciaba a su paga de ese intervalo. En un momento se inventó una persecución en Nápoles, que rodó con la ayuda de un chaval de 24 años que prometía, un tal Sergio Leone. Fue la primera escena de ‘Mr Arkadin’, su siguiente película, que terminaría dos años más tarde, pero en otro país, España. En Barcelona, por ejemplo, situó el puerto de Nápoles, ya ven que desmadre. Welles se largó de Italia, del hotel y del rodaje sin avisar, y no volvió, salvo para trabajos puntuales, como ‘La ricotta’, de Pasolini (1962).

Y ahora, aviso, para terminar me deslizo en una de mis disgresiones majaras. La historia del cine está llena de penalidades como las de Welles, pero una de las aventuras que más me admiran es la que pasó en esos mismos años Satyajit Ray, el maestro del cine indio, para hacer ‘Pather Panchali’ (La canción del camino, 1955), su primera película, que yo adoro, como las dos siguientes que completan la llamada trilogía de Apu. Ray se dedicaba a la publicidad, pero su sueño era el cine. Tenía esta historia en la cabeza y durante un viaje en barco a Londres empezó a escribirla. La imaginaba en escenarios naturales, muy realista, aunque sus conocidos le decían que estaba loco. Pero en Londres le ocurrió algo que cambió su vida y le hizo decidir firmemente ser director de cine. De regreso, pidió préstamos a los amigos y un crédito sobre su póliza de seguro y se propuso rodar los fines de semana, su único momento libre. Lo primero que rodó fueron algunos planos de esta secuencia, el 27 de ocubre de 1952: el descubrimiento del tren del pequeño Apu y su hermana.

El domingo siguiente, Ray volvió al mismo lugar para seguir rodando, pero descubrió al borde del ataque cardiaco que las vacas se habían comido flores y arbustos y habían dejado aquello como un solar. Esas preciosas matas en blanco y negro. Sólo pudo acabar esa primera secuencia un año más tarde, cuando volvieron a crecer. Tardó tres años en terminar, e incluso su mujer empeñó sus joyas, pero esa escena del tren entró en la historia del cine. En 1954 la vio un directivo del MOMA de Nueva York, de paso por Calcuta, y quedó entusiasmado. Le animó a seguir y propuso a Ray estrenar la película en el MOMA. Al año siguiente le encargó a John Huston, que iba por allí, que viera cómo marchaba el proyecto. Huston vio la escena del tren y los únicos 20 minutos de metraje y llamó al MOMA pletórico. Ray logró terminar su filme, siempre temiendo que la anciana que hacía de abuela, Chunibla Devi, de 80 años, se le muriera, o que el pequeño Apu, el protagonista, creciera.

Bueno ¿y qué?, dirán ustedes. A mí a veces parece que se me va la olla, pero sé lo que me hago y ahora llegamos al fondo de la cuestión: lo que le pasó a Satyajit Ray en Londres es que entró en un cine y vio ‘Ladri de biciclette’ (Ladrón de bicicletas, De Sica, 1948). Al salir de la sala decidió allí mismo que sería director de cine. Como hemos ido viendo, esto del neorrealismo italiano tuvo bastante importancia.

Por cierto, ¿qué hacía en la India John Huston? Buscaba localizaciones para ‘The man who would be king’ (‘El hombre que pudo reinar’), que sólo pudo rodar... veinte años más tarde. El cine es un dolor de muelas, pero a base de suerte y cabezonería algunas veces salen las cosas. Mejor no hablamos de esta película maravillosa, ‘El hombre que pudo reinar’, con Sean Connery y Michael Caine, y sólo ponemos un trocito, porque si no tendríamos que empezar por ‘Gunga Din’ (1939, George Stevens, foto de la izquierda), aún más maravillosa, y acabar en ‘Indiana Jones y el templo maldito’ (1984, Steven Spielberg), pasando por ‘El guateque’ (The party, Blake Edwards, 1968) con el inolvidable y catastrófico Hrundi V. Bakshi, interpretado por Peter Sellers . Y así no acabaríamos nunca. Fíjense que al final, no sé cómo, hoy hemos terminado en India.

Nota: Todo lo que he contado de Orson Welles en Italia no lo sé así porque sí, naturalmente. Se lo he leído a otro, como todo. Está sacado de un libro estupendo y asombrosamente documentado editado hace un par de años en Italia, ‘Orson Welles in Italia’, de Alberto Anile, editorial Il Castoro, donde encontrarán esto y muchas cosas interesantes más.

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Imaginen que un buen día reciben una carta que dice así:

«Querido señor Rossellini, he visto sus películas ‘Roma città aperta’ y ‘Paisà’ y las he apreciado muchísimo. Si necesita una actriz sueca que habla inglés muy bien, que no ha olvidado su alemán, casi no se hace entender en francés y en italiano sabe decir sólo ‘te amo’, estoy lista para ir a Italia a trabajar con usted.
Ingrid Bergman»

¿Qué hubieran hecho en el lugar de Rossellini? Efectivamente, lo han adivinado. El cartero todavía no se había ido y Roberto Rossellini ya estaba cogiendo un avión para París, donde se encontraba Ingrid Bergman. Si no, probablemente hubiera ido nadando. Para que luego digan que el neorrealismo era inútil. Como mínimo servía para que te escribiera Ingrid Bergman.

La actriz sueca, que ya había protagonizado ‘Casablanca’(Michael Curtiz, 1941) y ‘Notorius’ (‘Encadenados’, Alfred Hitchcock, 1946), era entonces famosísima, un mito de Hollywood. Pero se ve que eso cansaba mucho, al igual que su matrimonio con un dentista, y no se lo pensó para coger las maletas e irse a Italia para unas largas vacaciones. Más largas que las mías y, al final, una de las vacaciones más famosas de la historia del cine.

Para Rossellini fue un regalo caído del cielo. De inmediato le dio el guión que estaba preparando, pensado para Anna Magnani, su novieta de entonces. Como se pueden imaginar, la Magnani se cogió un rebote de cuidado, pero eso no fue nada comparado con lo que vino luego. En marzo de 1949 Roberto Rossellini e Ingrid Bergman comenzaron el rodaje de ‘Stromboli’, en la isla del mismo nombre. Anna Magnani, despechada y comida por los celos, se las arregló para montar en la isla de al lado, supongo que con unos prismáticos, una película parecida llamada ‘Vulcano’, dirigida por William Dieterle. Pero toda la prensa del corazón (el nombre de 'paparazzi' todavía no se había inventado, falta una década para 'La dolce vita') pululaba por las islas porque al final pasó lo que tenía que pasar. En fin, que Rossellini y la sueca se liaron.

Luego seguimos con la historia. Ahora vamos a ver un trocito de ‘Stromboli, Terra di Dio’, fascinante película en la que Bergman es una guiri aterrizada en Italia. Pero no como las que hemos visto hasta ahora, por favor, estamos hablando del padre del neorrealismo. Es una refugiada lituana que se casa con un italiano para sobrevivir, pero cae en esta isla extraña, inhóspita y brutal. Aquí la vemos como un pulpo en un garaje:

Durante el rodaje de ‘Stromboli’ se produjo una erupción real del volcán y Rossellini, que trabaja improvisando según lo que veía, la rodó. También incluyó una secuencia de la salvaje pesca del atún. Las islas Eolie, al norte de Sicilia, son una maravilla de la creación y ahora son meta de turismo chic, pero entonces eran el último lugar de la tierra. La luz llegó a la última isla hace pocos años.

A lo que íbamos. El romance de Rossellini y Bergman fue un escándalo mayúsculo, no se lo pueden imaginar, porque ambos estaban casados. Eso entonces arruinaba una carrera. Hoy es al revés, da puntos. Es más, es del todo recomendable. Se puede tener una carrera sólo con eso, sin tenerla realmente. Pero a finales de los cuarenta Hollywood puso a Ingrid Bergman de puta para arriba, vetándola en sus películas, y hasta hubo un senador, un tal Edwin C. Johnson, de Colorado, que se lo llamó con todas las letras en un discurso. En Italia, a Rossellini le dieron por todos lados. Tanto el Vaticano, por adúltero, como los comunistas, decepcionados porque empezaba a abandonar el neorrealismo. Hollywood era un putiferio, pero otra cosa era hacer las cosas a la luz del día, y lo mismo pasaba en Italia. La hipocresía tiene sus reglas.

Fue una historia de amor intenso entre dos artistas contra el resto del mundo. Encima tuvieron tres hijos. Ahí los vemos en una foto a toda la familia, incluida Isabella, luego actriz. Desde luego qué vergüenza, sin duda dos pervertidos. Pero como muchas cosas, aquello un día se acabó. Rodaron juntos dos películas más, ‘Europa 51’ (1952) y ‘Viaggio in Italia’ (1953, ‘Te querré siempre’, me parece que se llama en español), que marcaron la evolución del cine de Rossellini, y no sólo el suyo, sino el mundial. La última, ‘Viaggio in Italia’, reflejo del fin de una relación, la suya propia que estaba agonizando, es una cosa increíble y ejemplo iluminador de cómo trabajaba Rossellini. Los dos estaban en Nápoles con George Sanders listos para empezar una nueva película, pero en el último momento descubren que no tienen los derechos de la novela en que se basa. ¿Solución? Rossellini, teniendo su propia vida como argumento y sin guión previo, pergeña una historia de un matrimonio inglés en crisis que debe viajar a Italia para resolver una herencia. A partir de ahí, a rodar lo que saliera cada día.

La película, por ejemplo, arranca de repente en medio de una conversación como si uno hubiera entrado tarde en el cine y la pillara ya empezada. Toda la historia se basa en diálogos y climas sentimentales que evolucionan, mientras Ingrid Bergman visita Nápoles, un lugar que le resulta extraño y hostil, aunque en realidad se está visitando a ella misma. Es una película sobre el turismo catártico, cuando un viaje destripa la realidad cotidiana. La última media hora final es de enmarcar, y aquí vemos un fragmento:

Esa pareja que se va a divorciar y contempla cómo salen a la luz dos amantes que murieron juntos hace dos mil años es una de las escenas más conmovedoras de la historia del cine. Rossellini tomaba de la realidad lo que le daba y esa excavación debió de tener lugar durante el rodaje. El descubrimiento de esos cuerpos, un momento único e irrepetible, es real y sucedió en esos días. La imagen de Ingrid Bergman y George Sanders, espléndido actor, vagando por las ruinas de Pompeya, que son las de su amor, es una despedida del propio matrimonio de Rossellini, aunque la película sigue y no les voy a contar el final, si es que no la han visto. Al margen de esto, he de decir que tengo un cariño especial por George Sanders, sarcástico caballero británico que se suicidió en Casteldefells por mero aburrimiento vital.

La película fue un desastre en taquilla, un castigo general a la pareja, y la pusieron a parir en Italia, en Estados Unidos y en todo el mundo. Menos en un lugar, una revista francesa. Ahora nuestra historia salta a París. ‘Cahiers du Cinema’ dijo con entusiasmo que era la primera película moderna. Bazin y unos críticos veinteañeros, llamados Truffaut y Godard, escribieron emocionados que aquello cambiaba la historia del cine. Los chavales de lo que algunos años más tarde fue la ‘nouvelle vague’ salvaron a Rossellini por idolatración. Luego empezarían ellos en el cine inspirados en su ejemplo. Truffaut con ‘Les quatre cents coups’ (‘Los cuatrocientos golpes’, 1959) y Godard con ‘A bout de souffle’ (‘Al final de la escapada’, 1960). Diez años después de ‘Viaggio in Italia’ Godard hizo una película en Italia siguiendo la plantilla del filme de Rossellini: ‘Le mepris’ (El desprecio, 1963):

Estos chicos de la nouvelle vague serían muy modernos y rebeldes, pero tontos no eran. Si se fijan, siempre tenían en sus películas a las mejores tías. Nada menos que Brigitte Bardot. Según amigo cinéfilo, esta película engancha porque tras la paja mental inicial de Godard, en su línea, usa nada más comenzar sus dos mejores bazas, BB desnuda y la música sublime de George Delerue, y ya uno se traga lo que sea. Al final de la película aparece la Villa Malaparte de Capri, y he encontrado estas imágenes del filme, montadas con la música, que les ahorran mayores consideraciones intelectuales de Godard, que es un poco pesadito.

Truffaut, como Godard, se puso literalmente al servicio de Rossellini y casi se convirtió durante una temporada en su secretario personal. No saben de lo que se libran por no ser yo corresponsal en París, porque les daría una chapa tremenda con Truffaut, a quien tengo en un pedestal. En esos años se esconde una pequeña historia que a mí me encanta, contada en la estupenda biografía del cineasta francés de Baecque y Toubiana. En 1955 Truffaut, aún desconocido, y Rossellini fueron en coche hasta Lisboa para hablar de un proyecto de película que, como muchos del director italiano, luego se quedó en nada. Atravesaron España en un Ferrari hablando de sus cosas, pero a la vuelta se rompió una pieza del coche y se quedaron tirados por la noche en un pueblo de Castilla. No sé cuál y cualquier información será bienvenida. A mí me gusta imaginarlos en Melgar de Fernamental, Peñaranda de Bracamonte o un sitio así. Los lugareños se deshicieron para ayudarles y les arreglaron la avería fabricando una pieza allí mismo. Rossellini se quedó muy impresionado del talento de los mecánicos y el carácter de la gente del pueblo, así que le dio el arrebato de rodar una versión de Carmen allí mismo. Ya en París, trabajaron en la idea unas semanas, pero luego se olvidaron.

Para terminar, y aunque no tiene nada que ver, pongo un cosita de Truffaut, porque pocas veces voy a volver a encontrar una excusa, aunque imagino que ya me las iré arreglando, como Rossellini.

Es el sin par Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud) en la deliciosa 'Baisers volés' ('Besos robados', 1968), haciendo el tonto en el espejo, repitiendo el nombre de las mujeres que ama, a ver si los desgasta, y luego el suyo, a ver qué pasa. Yo con este hombre me muero de risa.

Hoy les dejo en París, con esta imagen del turbulento rodaje de 'Besos robados', pero el próximo día volvemos a Italia.

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Como hemos visto, las ‘troupes’ hollywoodienses se dedicaban por la mañana a la catequesis fílmica, con películas de mártires y gladiadores, y por la noche a las orgías romanas. Debía de ser para meterse en los personajes, y en lo que se pusiera por delante. Al final, por un proceso de degeneración muy comprensible, a más de uno se le ocurrió que también las películas podían reflejar esa vida más real y alegre. Abierto el filón con’Vacaciones en Roma’ (1953, Wyler), Hollywood se lanzó a celebrar la Italia romántica de las vacaciones inolvidables. Siempre presentaban a una guiri que congeniaba con nativos. El acercamiento solía empezar más o menos así:

Esta escena es de ‘Locuras de verano’ (Summertime, 1955), del gran David Lean, con Katherine Hepburn en el papel de turista melindrosa. «¡Llegó a Venecia como una turista y volvió a casa como una mujer!», decía el lema de la película. La cosa, como ven, no ha cambiado mucho. Salvo los precios: ¡400 liras por un aperitivo en el Florian, quien lo pillara! Lo del ligoteo con las turistas sigue más o menos igual, aunque el contacto es más difícil. Hoy, él hablaría por el móvil con unas gafas de sol del tamaño de un melón y ella estaría absorta con su Ipod.

Pero vamos a fijarnos un momento en el playboy italiano, gloriosa estirpe que llega hasta el mísmisimo primer ministro actual que, como saben, se considera un seductor nato. El galán de la película se llama Rossano Brazzi, hoy olvidado, pero que entonces encarnó el prototipo de ‘latin lover’ en un montón de películas, como ‘La condesa descalza’ (The barefoot contessa, 1954, Mankievicz). Entonces existía también el matiz del turismo sexual -entonces no había que irse a Cuba o Tailandia, los pobres estaban en Europa, que era mucho más cómodo-, como refleja 'La primavera romana de la señora Stone (The roman spring of Miss Stone, 1961, José Quintero)', con Vivien Leigh y un mozuelo llamado Warren Beatty, en uno de sus primeros papeles.

La combinación de jovencita candorosa en busca de juerga y machote italiano de mirada arrebatadora en parajes monumentales es una fórmula que ha hecho estragos hasta hoy. Basta ver las miles de adolescentes norteamericanas vestidas de nochevieja que salen a emborracharse a Campo de Fiori con un montón de pájaros en la cabeza, mientras otro tipo de pájaros las sobrevuelan. Tras ‘Vacaciones en Roma’, una de las películas que disparó el fenómeno italiano a lo bestia, en color y cinemascope, fue ésta, hoy también olvidada.

Qué tráiler encantador ¿verdad? Condensa la esencia del mito italiano hollywoodiense. ‘Three coins in the fountain’ (Creemos en el amor, 1954, Jean Negulesco) exprimió el encanto de Roma con tres turistas distintas que encontraban otros tantos romances. Gracias, naturalmente, al ritual de lanzar la moneda a la fontana de Trevi, que hoy repiten millones de personas cada día. Ya se habrán fijado que la pobre María encuentra "un amor engañoso" y Anita "un amor prohibido", pero qué se le va a hacer. Total, están de vacaciones.

La canción fue famosa -luego la cantó Sinatra, otro componente del mito italiano, hijo de siciliano y genovesa- y la película ganó dos Oscars, uno de ellos a la música. En la banda sonora aparece también una canción macarrónica con palabras en italiano, otra fiebre de la década en Estados Unidos. Como ven también sale Rossano Brazzi. Qué tío, no paraba.

En realidad, el modelo sexual del ‘latin lover’ estaba impreso profundamente en Hollywood y sus espectadores, es decir, en todo el planeta, desde los años 20 y en los cincuenta, con la moda de la pasión por Italia, volvió a resurgir con fuerza. Con los antecedentes de Don Juan y Casanova, había nacido en la edad moderna con este emigrante italiano, mal estudiante, de quien sus compañeros de clase se reían por sus orejas de punta, originario de un pueblecito de Puglia:

Ah, Valentino. Cuántos suspiros robó a su paso, tanto entre mujeres como en hombres. Como habrán observado, esta escena de ‘El hijo del caíd’ (The son of the sheik, 1926, George Fitzmaurice) es fuertecilla, pues presenta ni más ni menos que una violación, pero así se fundamentan los mitos de los machotes. Además en la película al final se quieren. Valentino tiene una estatua en su pueblo, Castellaneta, que le representa como este personaje, el hijo del caíd. Fue su última película. Murió con 31 años y, según la leyenda, hubo suicidios de admiradoras. Es uno de los primeros ‘sex symbol’, si no el primero, de la historia del cine.

Con los años, y dado que los estadounidenses se hacen un lío con el concepto de latino, otros actores de diversas nacionalidades, no sólo italianos, han conseguido ocupar el escalafón. Ya vimos al mexicano Ramón Novarro en el ‘Ben Hur’ de 1925 y ahí tenemos hoy a Antonio Banderas. Al margen de contribuir a la producción mundial de estrógenos, Hollywood adoraba sinceramente Italia y siguió explotando su belleza y su potencial de norte a sur, no sólo en Roma. Nunca Hollywood ha tenido una relación tan intensa y rendida con un país como con Italia, salvo quizá con París, que es una ciudad. Por un lado las películas repasaron los paisajes y los temas históricos, como el Renacimiento, en ‘El tormento y el éxtasis’ (1965, Carol Reed) con Charlton Heston de Miguel Ángel o ‘El principe de los zorros’ (1949, Henry King), sobre los Borgia. Hay hasta un ‘Francisco de Asís’ de Michael Curtiz (Francis of Assisi, 1961), el director de ‘Casablanca’. Pero por otro lado Hollywood se volcó en la atmósfera ‘chic’ y elegante. En esos años de la ‘dolce vita’ Italia fue un icono de diversión y glamour. Llegados a este punto, me veo obligado a sacar a la palestra una de mis debilidades:

'The pink panther' (1963, Blake Edwards)... Claudia Cardinale, la canción macarrónica hortera, el pijerío del esquí en Cortina d’Ampezzo, las fiestas frívolas,... Todavía no estaba el impagable Kato, el sirviente japonés asesino del inspector Closeau, que aparece en las siguientes entregas, pero qué más se puede pedir. La música es de Enrico Nicola Mancini, otro hijo de emigrantes, esta vez del Abruzzo, rebautizado como Henry Mancini. Estos emigrantes desde luego están por todas partes, ¿es que no pueden quedarse en su casa en vez de ir por ahí quitando el trabajo a los demás?

Hoy ya hemos superado el cupo razonable de películas e imagino que la paciencia de más de un lector, así que ya me da igual y pongo otra para terminar. También atrapa esa fascinación por Italia, ya en 1969, y es una película maravillosa. Por eso de pequeños todos queríamos un Mini. 'The italian job' ('Un trabajo en Italia', Peter Collinson), curiosamente, se rodó en Turín, ciudad que el cine y los turistas suelen olvidar pero que a mí me gusta.

Si han prestado atención verán que sale Benny Hill, otro mito de la infancia, en una de sus escasos trabajos en el cine y... ¡otra vez Rossano Brazzi! Ya entradito en años, aún tuvo su papelito de duro. La música, también célebre, es de Quincy Jones. Me parece que me voy a verla. Es un plan estupendo para merendar.

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Decíamos que Hollywood desembarcó en Cinecittà para hacer películas de romanos, generalmente con el matiz propagandístico católico. ‘Quo vadis’ (1950), de Mervyn Le Roy, fue la primera gran superproducción y en la escena del incendio de Roma quemaron los decorados de tamaño real, como en la famosa secuencia del incendio de Atlanta en ‘Lo que el viento se llevó’ ('Gone with the wind', 1939, Fleming, Cukor, Wood). Pero también lo hacían para que los italianos no aprovecharan luego los decorados. Esta fue la costumbre durante los primeros años, pero luego se fueron relajando y ya se olvidaron de destruir el material. Con esas sobras nacieron los formidables peliculones cutrones ‘peplum’ rodados en Italia, de serie B, que le pegaban un repaso a la mitología, desde Hércules o Maciste, pero en plan de andar por casa. Otro día quizá hablemos de ellos, son un filón.

Los americanos se fueron relajando, decíamos, porque en Roma el buen rollo era increíble. El jefe de prensa de la Metro en Italia, Mario Longardi, cuenta en sus memorias que para la presentación de 'Quo Vadis' organizaron en uno de los clubes de Via Veneto un cenorrio multitudinario al que había que asistir vestido de romano. Vamos, una fiesta toga. Él, italiano, no hizo ni caso, pero todos los gerifaltes de la Metro acudieron disfrazados, con coronas de laurel y todo, para divertirse como enanos. Según cuenta, a los postres ya estaba todo el mundo despatarrado en los divanes. Luego entró «un grupo de chicas guapas, estrellistas italianas más o menos conocidas, para alegrar la velada». Cuando fueron presentadas, se rogó a los comensales que se portaran como caballeros, pero la respuesta fue un alarido colectivo. Era 1950 y la Dolce Vita ya estaba en la calle. Son numerosos los ligues de esa década entre famosos y nativos, como Anthony Quinn, o los que se casaban en Roma, como Tyrone Power, o los que se acababan de divorciar en Roma, como Robert Taylor y Barbara Stanwyck. Roma, tan bonita y romántica, daba mucha vidilla. Tres años después, como dijimos en el capítulo anterior, llega 'Vacaciones en Roma', aunque queda una década para el filme de Fellini.

‘Quo Vadis’ fue muy bien en taquilla, y luego vinieron decenas de títulos, de ‘Ulises’ (1954, Camerini), con Kirk Douglas y Anthony Quinn, a ‘Cleopatra’ (Mankievicz, 1963), con Elizabeth Taylor que casi arruina a la Fox. Pero sin duda el gran proyecto de la década fue ‘Ben Hur’ (1959), que amenazaba con arruinar a la Metro, dirigida por William Wyler. Sí, sí, el mismo de ‘Vacaciones en Roma’. Lo de ‘Ben Hur’ y su carrera de cuadrigas tiene miga. Hay tres ‘Ben Hur’, al menos por el momento.

El primer ‘Ben Hur’, de 1907, dura quince minutos. Rodaron la carrera en la playa de New Jersey y no se les ocurrió otra cosa que llamar a los bomberos, que aparecen con sus carros de caballos. También hoy la gente hace cualquier cosa para salir en la tele. Esta película, además, es la que inauguró el pago de derechos de autor por una novela. Hasta entonces cogían una historia sin pedir permiso, pero esta vez los denunciaron y tuvieron que apoquinar. Así hasta hoy.

Los italianos aseguran que la primera carrera de cuadrigas como Dios manda es en ‘Messalina’ (1923, Enrico Guazzoni). Da igual, en el segundo ‘Ben Hur’, de Fred Niblo, de 1925, tiraron la casa por la ventana. Es la película más cara del cine mudo. Y fíjense en el lema publicitario: «¡La película que todo cristiano debería ver!». Otro decía que «la gran década de progreso del cine (1915-1925) había tocado su cima». Las cosas como son: la carrera de cuadrigas es espectacular. Tanto que el ‘Ben Hur’ de 1959, el famoso, se limitó a copiarla.

Van a pensar que estoy loco, pero les propongo un juego, gracias a las maravillas de la técnica: vean las dos a la vez. Caben simultáneamente en la pantalla. Total, la gente se traga las motos el domingo por la mañana sin decir in pío. Es perfecto, porque el de 1925 es mudo, sólo tiene música, y el de 1959 es mudo, se rodó sin sonido, y sólo tiene ruidos. Bueno, pues sincronicen las salidas, aprieten el botón y que gane el mejor:

¿Qué les parece? Seguro que pensaban que el de colorines le daría mil vueltas al original. Pues no, el de 1925, con Ramón Novarro, ‘latin lover’ mexicano rival de Valentino, no ha sido superado. Marcó el patrón y hasta George Lucas ha vuelto a copiarlo (homenajearlo se dice) en ‘Star Wars Episodio 1’ (Star Wars Episode 1, The Phantom Menace, 1999). La aportación del de 1959 fueron los peces cuentakilómetros, que de pequeño me encantaban, y las ruedas con pinchos, que me gustaban más todavía. La carrera muda se rodó en los estudios Culver de la Metro en Los Angeles, la moderna en Cinecittà. Sin embargo, hay un secreto que explica el realismo portentoso de la peli muda. Tras una primera prueba vieron que las cuadrigas iban pisando huevos. Normal, a ver quién se jugaba el tipo. ¿Solución? Ofrecieron 100 dólares al que ganara y entonces corrieron que se mataban. Es decir, fue una carrera de verdad. Por eso es tan difícil de igualar. Pero allí hubo de todo, y no en 1959, pese a lo que diga la leyenda de que murió uno y tal y cual. El accidente tremebundo que se ve en la película de 1925 es real y desde entonces, otro hito pionero de la saga, se impusieron ciertas reglas éticas en los rodajes y los contratos.

Podemos seguir tirando del hilo: ¿Saben quién era el director de la segunda unidad en la peli muda de 1925? William Wyler. Cuando él se lanzó a hacer su película encomendó la carrera a otra segunda unidad, dirigida por Andrew Marton, un especialista. De ayudante tenía a un chaval llamado Sergio Leone. Aquí aparece en nuestra historia otro personaje fantástico, Yakima Canutt, el jefe de los ‘stunt’ y unánimemente reconocido como el mejor de la historia del cine. Era el habitual de John Ford. Miren lo que hacía en ‘La diligencia’:

Algún día harán una película de Yakima Canutt, campeón de rodeos pasado al cine. Aunque el proyecto quizá es inviable porque habría que repetir, otra vez, la escena de la carrera de cuadrigas. En el ‘Ben Hur’ de Wyler quien hacía de ‘stunt’ era su hijo. Es el que dobla a Charlton Heston cuando sale despedido hacia adelante y logra mantenerse agarrado. Fue un accidente real ocurrido en el rodaje en el que se salvó milagrosamente, pero salió tan bien que se quedó en la película. Llevó dos años preparar la famosa carrera.

Salvo algunos planos de estudio, ‘Ben Hur’ se rodó íntegramente en Roma y alrededores, como Frosinone o Neptuno, transformados mágicamente en Nazareth o el desierto egipcio. Hay mil historias de la película, naturalmente. El papel protagonista se lo ofrecieron a Burt Lancaster, que lo rechazó porque era ateo, y a Paul Newman, que no se veía en túnica porque era de piernas enclenques. Pero a mí la que más gracia me hace es pensar que Leslie Nielsen, el mítico doctor de 'Aterriza como puedas' (Airplane!, 1980, Abrahams, Zucker, Zucker) fue uno de los candidatos para interpretar a Mesala, luego encarnado por Stephen Boyd.

¿Y el Circo Massimo real, donde se hacían estas carreras? Ahí sigue, y alguna vez he ido a darle patadas a un balón entre pedruscos milenarios. Cabían 250.000 personas. Es increíble, pero no tanto como ahora, pues cuando hacen manifestaciones allí aseguran que son hasta tres millones. La grandeza de la leyenda de Roma no hace más que crecer con el tiempo.

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20 Nov 2008

Vacaciones en Roma

Sigo de vacaciones, pero por primera vez no me he ido de aquí, así que son... ¡Vacaciones en Roma! Qué bonito.

Qué película maravillosa. Como probablemente ya saben, en esta escena se ve el susto real que se dio Audrey Hepburn ante la broma de Gregory Peck, que la improvisó y no estaba en guión, sobre la leyenda de que quien mentía perdía la mano. William Wyler decidió dejarla así porque quedaba muy bien y reflejaba la espontaneidad de la actriz. Por cierto, ¿alguien puede explicar por qué Audrey Hepburn es el modelo adorado de casi todas las chicas? En algunos casos llega a extremos de fenómeno religioso.

Entre las muchas anécdotas del filme hay otra de la secuencia final. Reclutaron periodistas extranjeros reales para la escena de la rueda de prensa y por ahí aparecen el corresponsal de ABC y el de La Vanguardia. Imagino que los sacaron de la Associazione della Stampa Estera, la asociación de la prensa extranjera, fundada por Mussolini para darse bombo y asegurarse el control de los reporteros, pero que aún sigue funcionando. Quizá algún día quizá hablemos de ella. Sólo adelanto que aceptan gente como yo.

Todos pensamos en ‘Vacaciones en Roma’ cuando hablamos de vacaciones en Roma, a saber por qué. Pudo usar un título tan obvio porque a nadie se le había ocurrido antes y con ella nace, en realidad, el mito moderno de Roma en el cine y para el turismo. Por algo la he encontrado con subtítulos en japonés (creo, si no me pueden corregir lectores más instruidos). La Bocca della Verità tiene siempre una cola de decenas de japoneses y otros turistas, para repetir la escena y hacerse una foto. Es el efecto del cine. Curiosamente pocos entran luego a la iglesia de Santa María in Cosmedin, donde se halla, que es preciosa, sobre todo si uno mira al suelo tras acostumbrarse a la oscuridad.

Cuesta creerlo, pero el cine había ignorado Roma, la ciudad, hasta 1953, el año de ‘Vacaciones en Roma’. Es interesante reconstruir la génesis de la película. El mito clásico de Roma existía desde hace siglos, naturalmente. Primero por ser capital del imperio, luego por lo religioso y después por lo artístico hasta que llegó el Grand Tour en el XVII, con Goethe sudando entre búfalas, o Stendhal extasiado ante los capiteles. Roma siempre ha vivido de las rentas, hasta hoy, pero tras la Segunda Guerra Mundial la ciudad era un gran pueblo amodorrado. Como ahora, tampoco ha cambiado tanto. Los únicos guiris eran curas y turistas pijos, que se lo podían permitir. Hasta que empezó a llegar otro tipo de fauna, la de Hollywood.

Hollywood aterrizó en Roma atraída todavía por el mito clásico, para rodar películas de época, pero sobre todo por un motivo aún más clásico: el dinero. Por una astuta ley, las casas de producción norteamericanas no podían sacar del país los ingresos de sus películas en Italia, así que la Metro Goldwin Mayer tuvo una idea de cajón: invertir el dinero allí mismo en hacer películas, que luego sí se podían exportar. Además, los costes eran muy bajos y había una mínima industria del cine en Cinecittà, creada por Mussolini en 1937. El filón del genero imperial fue el primero y más evidente del negocio. Sólo había que ver la lista de los filmes más taquilleros. En los cuarenta explotó el neorrealismo: Roma città aperta (Rossellini, 1945), Sciuscià (De Sica, 1946), Ladri di biciclette (De Sica, 1948),... Hoy están en un pedestal, pero ¿cuál fue el taquillazo de la época? Fue ‘Fabiola’, en 1947, de Alessandro Blaseti. No se engañen. Como pasa hoy -el otro día una de las primeras noticias de la edición digital era que Edward James Olmos había sido detenido por llevar fruta-, la gente no quería saber nada de la realidad.

¿No está mal para la época, no? ¿Se han fijado en el tipo con la pierna arrancada? La he encontrado en francés porque se rodó con muchos actores franceses. Entre ellos, el gran Michel Simon.

Blasetti es uno de los mayores artesanos del cine italiano, y su carrera atraviesa el mudo, el sonoro, el fascismo, la posguerra, el neorrealismo y llega a la comedia a la italiana. Con 'Fabiola' fue, por ejemplo, el primero en resucitar el género ‘kolossal’, inaugurado en 1914 por Giovanni Pastrone con ‘Cabiria’. Al igual que entonces -'Cabiria' fascinó a David Wark Griffith y lo copió de inmediato-, Hollywood redescubrió el filón, abandonado con el sonoro, con ‘Fabiola’, o más bien, al preguntarse qué demonios podían rodar en Roma para gastar el dinero que los malditos italianos no les dejaban llevarse.

La película se basó en una popular novela de un cardenal sevillano del XIX, Nicholas Wiseman. Bueno, nació en Sevilla, pero era de padres irlandeses. Era todo un dramón de mártires y centuriones. El Vaticano financió parte de la película, pues entonces estaba volcado en adoctrinar a las masas para combatir el comunismo, la batalla crucial desde la posguerra hasta hoy. Tenía su propio partido, la Democracia Cristiana (DC), y controlaba la censura, pero el cine era un arma fundamental. Los historiadores no tienen claro que en el Coliseo (Colosseo en italiano) murieran cristianos, pero eso son detalles insignificantes. Además, aunque sea una trola, los papas salvaron el Coliseo de la rapiña y el derrumbe al declararlo lugar sagrado en el siglo XVI dentro del negocio del jubileo.

A lo que íbamos. Los estudios de Hollywood se pusieron a hacer películas como churros, del género imperial y de ahí salieron 'Quo Vadis', 'Ben Hur',... Eso llenó Roma del mundillo californiano, de ligues entre extras, de vacaciones romanas, de juergas nocturnas, de aventuras románticas,... Pero lo curioso es que hasta 1953 y 'Vacaciones en Roma' a nadie se le ocurrió a hacer una película de la propia ciudad y de esa vida de Roma que empezaba a gestar la Dolce Vita (véase el fotógrafo que acompaña a Peck, precedente del famoso Paparazzo). Si se le suma el ‘efecto Hemingway’, entonces en el ápice de su fama (ganó el Nobel al año siguiente), del que se calca el personaje de Gregory Peck, la historia estaba servida. Ah, qué vida debe de ser la del corresponsal en Roma... El cine ha hecho estragos en los cerebros de varias generaciones, y mejor no hablamos del que tengo encima en estos momentos.

En los próximos días, por puro entretenimiento, y por estar de vacaciones, que serán largas, recorreremos el cine de vacaciones en Italia. Divagando un poco, para variar, y por el placer de recordar películas, una de las mejores formas de conversación, si se exceptúa el hablar mal de los demás y de los jefes.

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Hablamos el otro día de las relaciones de padres e hijos, pero nos quedaba la otra mitad del asunto. Como decíamos, Italia es muy gremial, defensiva, y dentro de cada casta crecen los cachorros. Pero eso se traduce en ocasiones en un parasitismo que alcanza niveles de plaga del Serengheti. Por ejemplo, y ya que el tema de la universidad está de moda por las protestas estudiantiles, es enternecedor saber que la de Palermo está dominada por 100 familias, un total de 230 parientes. En Medicina, por ejemplo, son 24 clanes. En Derecho, 10. Salió el otro día el mapa en el periódico. Las cátedras se heredan de padres a hijos, de hijos a hermanos y hermanas. También ocurre en el norte, matización que hago ante las quejas de quien dice que estas cosas pasan sólo en el sur. En Udine -más al norte es imposible- hay doce familias que se han hecho fuertes en la facultad de Medicina. Hace una semana aparecieron artículos que describían el panorama, como el caso de un profesor que tiene colocados a dos hijos y la mujer. O el rector de Foggia (sur), que el 31 de octubre dejó su cargo después de nueve años, pero el día antes tuvo tiempo de contratar a su hijo. También su mujer se jubiló en la universidad como jefa del personal administrativo, puesto que ha heredado su hija. El marido de ésta también está colocado en la facultad de medicina. Hasta aquí una breve pincelada de la universidad, sólo porque es el tema de actualidad. Pero en cualquier casta italiana uno se topa con lo mismo.

Por eso no hay demasiada alarma con estas noticias. Todo el mundo lo hace y te lo encuentras a diario. El fiscal del escándalo del ‘Calcio’ de 2006 ha presentado hoy (sí, hoy) sus acusaciones y entre los imputados de la GEA, la asociación mafiosa que dominaba el mercado futbolístico, está el famoso Luciano Moggi, pero también su hijo, y el no menos famoso hijo del ex-seleccionador nacional, Marcello Lippi. También dirigía la GEA la hija de Cesare Geronzi, uno de los banqueros más poderosos de Italia y de los menos fiables. Aunque fue absuelta, su caso fue más fuerte: presenta el telediario de Canale 5, una de las tres cadenas de Berlusconi y en esos días tuvo que ausentarse para no tener que dar noticias de sí misma. Es una pena, porque tendría exclusivas. Aunque le pasará lo mismo cada vez que investigan a su padre por chanchullos financieros, como en las quiebras de Parmalat o Cirio. Por cierto, que el vicepresidente de Mediaset, el emporio televisivo de Berlusconi, es su hijo Piersilvio, y ahí arriba tienen una foto suya por si no le conocían y se estaban preguntando quién era ese elemento. ¿Verdad que parece un buen chico? Uno le puede confiar tranquilamente la puerta de la discoteca. Con estas pintas fue portada de 'Men's Health' y confesó su pasión por los gimnasios. Incluso dijo que pensaba en un 'reality show' ambientado en el mundo del fitness. Lo de esta familia es de juzgado de guardia, no sólo en sentido literal, como le pasa a su padre el primer ministro.

Hablando de la tele, la pones y ves a Piero Angela y a su hijo Alberto con sus documentales de historia y divulgación científica, que perfeccionan desde hace décadas, y desde luego son excelentes. En el fútbol Ancelotti, entrenador del Milan, entrena a su hijo, como Maldini padre lo hacía con Maldini hijo. De política mejor ni hablar -veáse el capítulo sobre nepotismo-, aunque últimamente ha marcado un hito Umberto Bossi, líder de la Liga Norte, que preparando la sucesión dinástica se lleva a su hijo Renzo incluso a las reuniones de la cúpula del Gobierno para que el chaval aprenda política, o al menos lo que se entiende como tal con Berlusconi. Ahí los tienen en la foto, en un mitin. Es como si Pepiño Blanco se llevara al niño a las reuniones de la Moncloa o Mariano Rajoy a su sobrino a los comités de partido, para que se fueran fogueando. En España sería de risa, pero aquí pasa totalmente inadvertido. Con el agravante de que el chaval no es precisamente una lumbrera, como ya contaremos un día.

En el festival de cine de Roma, que fue hace unas semanas, aunque dada su escasa relevancia es normal que nadie se haya enterado, se vieron películas de la hija de Tognazzi, del nieto de De Sica e hijo de su hijo Christian, también actor... Los ‘figli d’arte’, que se llaman, que en el mundo del cine son legión, con desiguales resultados. Sobre De Sica hay algo que decir. Christian De Sica, hijo del maestro, es también actor, como hemos dicho. Lo vemos aquí, a la izquierda. Es cabaretero, de vodevil y muecas, de películas populares de vergüenza ajena, muy olvidables. A mí, de todos modos, me cae simpático, y su existencia ya está de sobra justificada por el hecho de que recuerda que existió su padre. Él mismo lo acaba de hacer en un libro de memorias. Cuenta, por ejemplo, el día que murió Vittorio De Sica, el 13 de noviembre de 1974. Estaba en un hospital de Neuilly-sur-Seine, cerca de París. Christian cogió un avión y se fue para allá. Encontró a su padre de traje azul, elegante como siempre, con un hilo de voz: «Christian, deja todo y ven conmigo, me curo un poco y nos vamos juntos a Montecarlo». De Sica era un jugador empedernido. Luego susurró: «Cuánto siento que seáis tan jóvenes, tú y Manuel. Estad cerca de vuestra madre, Christian, y sobre todo, mira qué culo tiene esa enfermera». Siguió: «¡Quiero un whisky con hielo!». Se lo llevaron, el whisky, y bebió un poco. Su hijo le contó luego el número que estaba preparando en Milán, una canción, y él le dio unos consejos sobre cómo interpretarla y cantarla. Poco después murió en sus brazos.
Como retrato del maestro es perfecto.

De Sica se describió a sí mismo con mucha ironía en este capítulo de ‘L’oro di Napoli’ (El oro de Nápoles, 1954), dirigida por él, en el que muestra su gran talento e interpreta a un conde adicto al juego al que su mujer no le da dinero para que no lo apueste. El hombre vive desesperado, robando cubiertos para empeñarlos, pidiendo dinero al mayordomo,... Su único consuelo y mayor logro es una partida que juega a escondidas con el hijo del portero, en un cuartucho de la portería, Al niño no le hace ninguna gracia porque prefiere jugar con sus amigos, pero su padre le obliga para estar a bien con el amo. La escena de la partida es muy famosa. La he encontrado entera, pero está dividida en dos partes.

Sinopsis: De Sica propone como apuesta lo único que ha podido robar, unas gafas de plástico. El niño saca unos cromos y un tirachinas, aunque luego dice que le hace falta. Empieza la partida de escoba y el niño arrasa. Al final al conde ya le da la risa: "Me da casi la risa, es que si lo cuentas...".