Íñigo Domínguez
La vida en Roma
Una de las cosas más mundialmente famosas de Roma y, en general, el resto de Italia es que no se paga el autobús. Cuando uno va de turista se sube y nadie le pide el billete, y tampoco ve que nadie pique el suyo. Se trata de un error de interpretación. En realidad se paga (se debe comprar en un estanco, siempre que se encuentre uno y en horario comercial y que tengan en ese momento) y en teoría pasa un inspector a vigilar de forma aleatoria.
Por otro lado, son muchos los romanos civilizados que lo pagan, pero no pican el billete porque tienen el abono mensual. Lo que está claro es que es una de esas costumbres que los extranjeros critican pero que adoptan inmediatamente por contagio. No pagar el autobús se dice en Roma ‘hacer el portugués’, en referencia a un jubileo en el que los portugueses estaban dispensados de costear el transporte.
Las razones de tan extraña práctica son desconocidas. Se supone que es para agilizar los trayectos, que de por sí son lentísimos por el tráfico, o más bien para evitar desfalcos, dejando que circule tanto dinero por ahí entre los conductores. Recuérdese que en Italia lo normal es desconfiar del prójimo, y hacen bien.
En fin, todo esto para decir que hay una gran novedad: quien vaya a Roma que se ande con mucho cuidado, hay una invasión de inspectores en autobuses y tranvías. Resulta que por un chapuza legal se han suspendido las zonas azules de aparcamiento de gran parte de la ciudad y mientras se arregla los centenares de vigilantes adscritos -muchos de ellos hijos, primos, cuñados o compañeros de futbito de un simpatizante de partido- se han quedado sin nada que hacer. ¿Solución? A inspeccionar autobuses. En las últimas semanas se ven hasta tres en cada uno. Deben de haberse disparado las ventas de billetes. De todos modos, mi experiencia personal es que simplemente se dedican a viajar de bus en bus sin pedir el billete a nadie, pasando el día hasta que llegue la hora de irse a casa.
Sobre la prestancia de los uniformes y el juego del gato y el ratón que supone la ley en Italia es ocasión de rescatar aquí a una de las comedias romanescas por excelencia, ‘Febbre da cavallo’ (1976, Fiebre de caballo), dirigida por Steno, uno de los reyes del cine popular y de serie B, desde Totó a Bud Spencer, dicho esto sin afán peyorativo. Los romanos militantes se saben de memoria los diálogos de acento local de ‘Febbre da cavallo’, como muchos de Verdone (citado el otro día) o ‘El marchese del Grillo’, enorme comedia de Alberto Sordi. Va de unos pícaros, vagos e inútiles, sin empleo fijo obsesionados con apostar en las carreras de caballos y que hacen lo que sea para sacar dinero. Vean cómo se las arregla el gran Gigi Proietti:
Sinopsis: Mandrake, uno de los protagonistras, es actor de tercera fila. Vestido de guardia urbano rueda un anuncio de whisky. Por curiosidad, se rueda al lado del Ara Pacis, zona ahora transformada con el proyecto de Richard Meier. En el anuncio, basado en un juego de palabras y que hoy causaría escándalo, pide el carnet de conducir a un automovilista. "No lo tengo", replica. "Es un gran riesgo", apunta el guardia. "Sí, pero yo tengo siempre conmigo una botella de whisky Vat 69", contesta. "Y hace bien. También vosotros, que no os den gato por liebre, sólo este es un whisky..." y se equivoca con el trabalenguas. Debe decir: "Un whisky masculino sin riesgo". Pero no hay manera. Al final el director corta y le manda a la porra, junto a su secretario, que está ahí mirando. Obviamente se trata de otro de los elementos de la banda, que le reprocha. "Ao, Mandrá, siempre haciendo una 'figura di merda'". "Bueno, tú la haces según sales de casa. Y recuerda una cosa: el director siempre ha arruinado al actor". responde. "Ya, pero entretanto no nos pagan, anda, vete a desvestirte...". Mandrake entonces le demuestra cómo un guardia de mentira se convierte en uno de verdad. Para a un incauto que no ha hecho nada y le saca 47.500 liras con una de las clásicas parrafadas burocráticas incomprensibles de un agente romano medio con ánimo recaudatorio.
Sobre este blog
Llevo en Roma desde 2001, como la odisea. Es decir, tiempo suficiente para darse cuenta de que no conoceré jamás Italia. Es un país tan popular por sus tópicos que en realidad es totalmente desconocido, y tienen engañado a todo el mundo. Espero poder transmitir la idea.
El periodismo, como a cualquier periodista un poco espabilado, a veces no me convence demasiado, pero se hace lo que se puede, no sé hacer otra cosa y siempre es mejor que trabajar.
El objetivo indisimulado de este blog es descojonarse, para qué nos vamos a engañar. Para las cosas serias ya está el periódico. Si fuera corresponsal en Ulan Bator lo intentaría, pero vivo en Italia. Otro propósito es referir hechos graves que ocurren en este bendito país y que no caben en el periódico, porque ya ni son noticia. Pero no hay que asustarse, en Italia, como decía Ennio Flaiano, «la situación es grave, pero no seria».
Una última pretensión es elogiar y divulgar el cine italiano, así, porque sí, porque es la pera y ya no lo ponen en la tele. Los niños no saben quién es Mastroianni, y eso es terrible.
Otra cosa que debe quedar clara es que no podré por menos que versar algunas opiniones, pero como decía el inspector Harry Callahan, por algo llamado ‘el Sucio’, «las opiniones son como el culo, todo el mundo tiene una».
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4 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Lurdes dijo
Se agradece el soplo .
Las imagenes que envias con " youtube " ,las envias con sonido ? o no ?
saludos
agur
Lurdes
Mai dijo
Yo estuve en Italia en el 2006. Es cierto que no pagabamos en el autobus, pero tampoco en el metro ni en el tranvia. Un verdadero chollo.
belen dijo
no entiendo cómo sigues en Roma, si en todas tus crónicas se ve claramente que no te gusta la ciudad, ni Italia, ni los italianos.
Marcos dijo
Al poco tiempo de entrar en la Comunidad Económica Europea 1986, a los funcionarios españoles que participaban en las tareas de aquella institución empezaron a llamarnos " los alemanes del sur".
Supongo que por su cabezonería para cumplir los objetivos y por el Shock que supuso desengañar a los que pensaban que ibamos a tener aire de italianos, pero en pobre.
El caso es que fue una decepción para ellos. Y no me extrañó.
Mi experiencia con el transporte público italiano fue alucinante: Cuando por vete a saber que razón, en la taquilla de metro no habia nadie y veias a un revisor de la entrada, tu cara de angustia conmovía al empleado de tal forma que , no sólo te decía que pasaras, sino que ademas tenia una frase amable para disipar tu desconcierto.
En los restaurantes romanos, los camareros te comentaban orgullosos que en tal o cual mesa estaba "el contatore di Roma", el "obispo de Cork", o su prima la actriz... Los recepcionistas maduros de los hoteles tenían un porte aristócrático , y reprendían a sus colegas jóvenes si osaban no hablarte en español...en definitiva:
encantadores, buena gente.
Otra cosa es el "laboro": vigila tu espalda. Si te muestras poco flexible oirás a lo lejos un susurro: "cazzo stronzo musulmane", aunque seas de Covadonga.
Por mi, viva Italia
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