Aquella nevada de 2012

La gran nevada me pilló fuera de Italia. En las noticias vi lo que pasaba, que es lo que me temía: al final de la mañana del viernes Roma era una ciudad paralizada. Se quedó sin autobuses, trenes ni taxis y sin ayuntamiento o responsables de cualquier tipo, con la gente tirada por la calle a su suerte. Solo funcionaba el metro, aunque no es gran cosa porque solo hay dos líneas. Así hasta hoy, tres días después, y acabo de leer que mañana siguen cerrados los colegios. Creo que comenzaré a verter valium en secreto en los vasos de leche de mi hijo.
  Roma es una ciudad fantasma, nada mal para ser la capital de Italia. El caos absoluto. La habitual combinación de chapuza, improvisación y fatalidad. Pero cuando llamaba por teléfono la primera valoración de mis familiares y conocidos era: “È bellíssimo!”. En España estarían todos cabreados.
   Yo volví el sábado por la noche, en avión. Sabía que podría aterrizar en el aeropuerto, pero me imaginaba que llegar a casa no iba a ser tan fácil. A las nueve de la noche, la terminal de Fiumicino era un lugar desolador. Era como llegar a Anchorage a las cinco de la mañana. No había taxis, ni autoridades, ni ayuda, ni nadie. Los grupos de extranjeros se miraban como si fueran a ser pasto de los lobos. Las colas para los taxis, que llegaban con cuentagotas, eran la guerra. No por los viajeros, que esperaban pacientemente, sino por los taxistas, que en muchos casos se aprovechaban para pedir precios demenciales. En el periódico he leído hoy que el dueño de un restaurante denunciaba que a un cliente le habían cobrado 257 euros desde su hotel. Hasta el mediodía de hoy solo se podía circular con cadenas o neumáticos especiales de nieve, y aquellos taxis tampoco parecían tenerlos. También se jugaba uno la vida.
    Así que al cabo de una hora de espera heladora decidí coger el tren. En la web de Trenitalia decía que el servicio estaba garantizado. Aunque no decía cómo. Tras varias cancelaciones, por fin salió un tren al centro de la ciudad, a Termini, ni una parada más. Fue tomado de asalto por los viajeros, la mayoría sin billete. Deducían, me imagino, que en una emergencia tenían derecho a ello, o que nadie se lo pediría -esto luego se confirmó-, pero es que además pocas máquinas expendedoras funcionaban o solo aceptaban tarjetas. Los extranjeros se preocupaban mucho ante las máquinas por no obtener un billete, pero los italianos les tranquilizaban.
   El tren nos dejó en la estación de Termini sin saber lo que íbamos a encontrar. La gente tuvo el optimismo de salir corriendo por el andén para llegar antes a la parada de taxis, pero allí solo había una fila de un centenar de personas. El aspecto de la ciudad era de tensión bélica, calles desiertas dominadas por el sálvese quien pueda y una ausencia total de autoridad, con escenas raras de gente desperdigada y temerosa, caminando despacito para no romperse la crisma. En Roma, por lo visto, no había quitanieves, ni nadie echó sal y a la primera de cambio desaparecieron todos los servicios públicos y agentes de seguridad. Y eso que las teles, como en España, se habían muerto de gusto durante una semana manejando con terrible alarma el concepto de “frío siberiano”.
   Andando por el hielo con cuidado rodeado de una atmósfera irreal me sentí como el Eternauta. No sé si conocen esta obra maestra del tebeo argentino (suya es la imagen de arriba),  de Héctor Germán  Oesterheld y Francisco Solano López, pero les bastará saber que empieza con una gran ciudad nevada sin vida tras una catástrofe nuclear o invasión marciana, no queda muy claro.
   Me fui a buscar un autobús entre las decenas de líneas que pasan por Termini, pero apenas había dos o tres parados, llenos de gente silenciosa y aterida. Fui a uno. En el indicador de destino ponía claramente ‘Depósito’. Es decir, que de allí se iba al garaje. Pero no cabía un alfiler. Entonces pregunté:
-¿Dónde va este autobús?
-No sabemos, respondió desde dentro un coro de voces.
-¿Y entonces? ¡Pregúntenele al conductor!
-No hay nadie, están discutiendo entre ellos ahí fuera porque nadie quiere conducir.
   Así que me fui al metro, único modo de ganar algo de terreno en una larga caminata hasta mi casa. Cogí la línea B y comprobé con sorpresa cómo la pantalla de ‘próxima parada’ marcaba las estaciones en sentido inverso, como si fuéramos en dirección contraria. Tuve que tranquilizar a unos japoneses muy alarmados. Entonces llegó el momento de pensar donde me bajaba y me sorprendí de mi decisión. Me bajé en el Coliseo. Eso había que verlo. Quedaba más lejos de mi casa, pero seguro que era mucho más bonito. Es verdad, Roma era bellísima. Definitivamente, me pueden dar por perdido.
   Tardé tres horas en llegar a mi casa, una más que en volar hasta Roma, aunque hubo gente que ni llegó. Hoy el alcalde, Gianni Alemanno, que dice que no le avisaron de la nevada, ha dado gracias a los romanos por ayudar a superar la emergencia, aunque no se ha superado. Es decir, les ha dado gracias por haber hecho su trabajo. Agravado por el anuncio del reparto de dos mil palas que tampoco ha visto nadie. Lo curioso es que a los romanos no les ha sorprendido que al alcalde le haya sorprendido la nevada, siempre cuentan con que serán decepcionados por sus políticos. Lo normal suele ser que salga todo mal. Los romanos ahora se reconocen por la calle en que van vestidos como si fueran a esquiar. Es más, han salido fotos de gente esquiando. Los turistas del norte de Europa se reconocen porque van vestidos normalmente. Aunque no estén aquí ahora no importa, lo verán la próxima vez que vengan en las fotos que bares y restaurantes colgarán en las paredes con la fecha. Será entonces aquella nevada histórica de 2012. Y en eso quedará todo.

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