Historias de la mafia (3)

 CORLEONE

  Don Vito Corleone se llamaba así por casualidad. En la aduana le registraron por error con el nombre de su pueblo, no con su apellido, Andolini. Lo cuenta Mario Puzo en ‘El Padrino’, la novela y posterior película de Coppola que popularizó la Mafia. Puzo nunca conoció un mafioso, pero se documentó bien. Estudió el primer gran proceso público a la Mafia en EE UU, el de la comisión Kefauver (1950-1951), televisado y que batió récords cuando testificó con su voz afónica el gangster Frank Costello, primer modelo de Don Vito. Coppola le mandó los vídeos a Marlon Brando para que se inspirara. Se llamaba Francesco Castiglia y en ese caso él se cambió el nombre. Todos los capos italoamericanos lo hicieron por adaptarse o, como Lucky Luciano, por renegar de sus raíces.

  Con aquel proceso volvió a hablarse en EE UU de la Mafia, y de si existía o no. Ni el FBI se lo creía y solo lo aceptó en 1958. Sí, en cambio, el Narcotics Bureau, que seguía su tráfico de droga desde los años treinta. Pero Puzo, que empezó a escribir en 1966, explotó sobre todo un segundo proceso aún más sonado, la comisión McClellan de 1963. La estrella esta vez era el ‘pentito’ Joe Valachi, que desveló los secretos de la Mafia. Por ejemplo, que en Nueva York reinaban cinco familias -Genovese, Bonanno, Gambino, Lucchese y Profaci (luego, Colombo)- y que se daban un nombre extraño: ‘Cosa Nostra’. Quizá fue una etiqueta forzada por el FBI, para ocultar que no se había enterado de nada sobre ‘Mafia’, o Valachi, un afiliado menor, dio forma a una expresión alusiva usada entre capos para referirse a su mundo como una cosa suya. Por arrepentidos sabemos que los mafiosos no la utilizaban, pero desde entonces, cuando se hizo popular, sí. Les gustó. Con ‘El Padrino’ pasó igual.
 
  Puzo también acertó al elegir el nombre de Corleone. Entonces ese pueblo interior de 15.000 vecinos no era tan tristemente célebre como lo sería luego, en los ochenta, con el clan más sanguinario de la Mafia. Pero aparece desde el principio en esta historia criminal, casi como símbolo de la lucha entre el bien y el mal, porque también ha tenido sus héroes, mártires olvidados. Era de allí el jefe de la primera banda conocida en EE UU, ‘Piddu’ Morello, arrestado en 1903, que en la mano derecha solo conservaba el meñique. Con él se funda el clan de los Genovese. También nació en Corleone en 1893 el movimiento campesino socialista que disputaba la tierra a los mafiosos, cuyo líder, Bernardino Verro, fue liquidado en 1915. Como el sindicalista Placido Rizzotto, asesinado en 1948 por Luciano Leggio, que guiaría el brutal ascenso de los ‘Corleonesi’. Detenido en 1974, en el juicio casi imitó a Brando. ‘El Padrino’ se había estrenado dos años antes. De Corleone era Vito Ciancimino, alcalde de Palermo y personaje mafioso clave en los sesenta.
 
  Como imaginarán, oficialmente en Corleone la Mafia no existía y en el primer pleno extraordinario sobre el tema, en 1985, el alcalde acusó a ‘El Padrino’ de la mala fama del pueblo. Coppola tuvo sus problemas, no solo con la Paramount -decían que a la gente no le gustaban las películas de Mafia-, sino con los propios mafiosos, porque el capo Joe Colombo quiso pararla. Muy hábil, cuando en 1970 empezó a tener la Policía en los talones tiró de victimismo y orgullo étnico: fundó un potente movimiento contra la xenofobia hacia los italianos y los falsos estereotipos mafiosos, la Liga Italoamericana de Derechos Civiles. Tras protestas públicas y amenazas privadas, Al Ruddy, el productor de ‘El Padrino’, de origen italiano, se reunió con él. Colombo no pasó de la primera página del guión porque no entendía nada y fue al grano: no quería que en la película saliera la palabra ‘Mafia’. Ruddy aceptó porque sabía que solo se citaba una vez. A diferencia de Sicilia, donde los capos prefieren ser invisibles, los norteamericanos se tomaban por triunfantes hombres de negocios. Y algo sintomático: en realidad hay muy pocas películas italianas sobre la Mafia. Joe Colombo fue tiroteado en 1971, precisamente en el mítin de la segunda fiesta de la Unidad Italiana. Murió tras siete años en coma. No vio la película.

  Al final a los mafiosos les encantó ‘El Padrino’ y no hay redada en casa de un capo donde no aparezca el DVD. “No es por los asesinatos y esas gilipolleces, es que ahí estaba toda nuestra vida, la boda, la música, el baile, ¡éramos nosotros, el pueblo italiano! Hizo que nuestra vida pareciera honorable”, contó luego Salvatore Gravano ‘The Bull’, matón de los Gambino. Añadió que empezó a usar las frases del filme y, es más, que le animó a matar más gente, porque entonces solo llevaba un asesinato y llegó a 19. Es decir, la Mafia no era exactamente como en ‘El Padrino’, pero a partir de entonces sí. Les gustó el fatalismo, la tradición, los valores familiares,… una especie de cultura incomprendida. Todas las entrevistas y memorias de capos posteriores explotan ese filón exculpatorio.

  Estos últimos toques redondearon el estilo mafioso, más en EE UU, marcado por las reglas básicas explicadas en el ritual de iniciación: no desear la mujer de otro capo; no robar; no explotar la prostitución; no matar a otros afiliados; no presentarse como mafioso, solo por terceros… Son reglas mínimas para no acabar todos a tiros, y se saltan calculando los riesgos. Por eso hay otra importante, no mentir, y de ahí que no se admita al hijo de un capo asesinado, pues querría saber quién había sido y habría que mentirle. Puede sorprender esta moralina, pero el juez Falcone explicaba que es la doble moral siciliana, sublimada en modo criminal. “Durante mucho tiempo se ha confundido la mafia y la mentalidad mafiosa. Gran error. Se puede perfectamente tener mentalidad mafiosa sin ser un criminal”. Basta darse una vuelta por Italia. Es lo que hizo Al Pacino en 1990, mientras rodaba ‘El Padrino III’. Otra casualidad: sus abuelos eran de Corleone. Un día se fue para allá, comió en un restaurante y pidió que le ayudaran a dar a sus parientes. Con el apellido de su madre, Gelardi, dieron con un número. Se oyó una voz al teléfono: “¿Al Pacino? ¿Quién es ese? ¡Déjeme en paz!”. En Corleone no solo no existía la Mafia, tampoco Al Pacino.

(Publicado en El Correo) 

 

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