El primer momento realmente chungo que vivió la Mafia, como muchos otros italianos, llegó con el fascismo. Todo empezó con una visita del Duce a la isla en 1924. Estaba en Piana dei Greci con el alcalde, Francesco Cuccia, ‘Don Ciccio’, capo mafioso local, que va y le suelta: “Su excelencia está bajo mi protección ¿qué necesidad tenía de tantos policías?”. Don Ciccio sería fascista de fachada, pero no había pillado del todo la idea. A Mussolini le sentó como un tiro y se la guardó hasta 1925, cuando instauró la dictadura. Entonces nombró prefecto de Palermo a Cesare Mori, un tipo duro que sería conocido como ‘el prefecto de hierro’ (foto). Un telegrama de Mussolini decía, con su tonillo marcial: “Tiene carta blanca. La autoridad del Estado debe ser absolutamente, repito, absolutamente restablecida en Sicilia. Si las leyes en vigor le obstaculizan no constituirá un problema, haremos nuevas leyes”. Stop. Por primera vez alguien se aplicó en serio contra la Mafia, aunque fuera con ligeros déficits democráticos. A lo bestia.
En la cruzada de Mori valía todo. El símbolo fue el asedio de Gangi, pequeña capital rural de la ‘malavita’ (foto). Cientos de ‘carabinieri’ tomaron el pueblo diez días en el Año Nuevo de 1926 y sacaron casa por casa a todo el que sonara a mafioso. Para hacer salir de sus escondrijos a los más escurridizos se sirvieron de torturas, toma de rehenes de mujeres y niños, matanzas de ganado,… Exaltada la gesta por la prensa de propaganda, Sicilia se enteró de que las cosas habían cambiado. Mori proclamó la “liberación” del pueblo.
En menos de tres años fueron arrestadas en la isla 11.000 personas que, a menudo sin juicio, eran enviadas cinco años a
prisiones en islotes. Bastaba la sospecha de ser mafioso para ser detenido y probablemente lo pagaron muchos inocentes. Ese año los homicidios en la provincia de Palermo pasaron de 268 a 77. La Mafia casi desapareció, pero lo único que hizo fue ocultarse y esperar. El célebre dicho siciliano para estos casos -como en la actualidad, por ejemplo- es muy confuciano: “Calati iuncu ca passa la china” (El junco se pliega hasta que pasa la riada).
Hasta entonces los mafiosos habían actuado como siempre ante cualquier cambio, adaptándose y subiendo al carro del vencedor. Por eso Don Ciccio era el alcalde fascista de su pueblo, y al partido le habían venido muy bien que los mafiosos se encargaran de las palizas a los socialistas. Un gran capo como don Vito Cascio Ferro pronunciaba ya en 1923 el discurso inaugural del ‘fascio’ en su pueblo, Bisacquino. Pero Mussolini fue a saco para limpiar el entramado político tradicional y demostrar que el fascismo era un nuevo orden. Don Vito fue detenido en 1926 y murió en prisión. En cuanto a Don Ciccio, Mussolini anunció en el Parlamento que había metido en el trullo a ese listillo que se había permitido protegerle.
Sin embargo Mori sabía, como muchos otros que se enfrentaron a la Mafia antes y después de él, que tras limpiar la morralla criminal la auténtica batalla estaba en los grandes despachos. Ya en 1878 el prefecto Malusardi fue mandado a casa cuando empezó a indagar sobre un protector de los bandidos, el marqués de Spinola, administrador de la casa real. Mori incriminó, no se sabe bien si con buena fe o en guerras internas del régimen, a un alto jerarca fascista, el diputado Alfredo Cucco, purgado en 1927, y al general Antonino Di Giorgio, exministro de Guerra, jubilado anticipadamente. ‘La Mafia ha muerto, una nueva Sicilia ha nacido’, tituló eufórico el New York Times en marzo de 1928. Al principio en EE UU veían con buenos ojos a Mussolini. Pero Mori empezó a tocar las narices a demasiada gente.
Justo en esas fechas, marzo de 1928, Mussolini ordenó a Mori no perder más tiempo en el caso Cucco, “proceder a la liquidación judicial de la Mafia en el más breve tiempo posible” y, por si había dudas, “limitar las acciones de orden retrospectivo”. En fin, no enredar más. Al año siguiente le echaron y fue colocado de senador. Cuando abría la boca sobre la Mafia le callaban porque era una lacra ya erradicada por el fascismo. “Es nuestro derecho y nuestro deber olvidar”, le advirtió en el Parlamento el subsecretario de Interior. La Mafia oficialmente ya no existía, como siempre. En 1931 Alfredo Cucco y otros jerifaltes fachas fueron absueltos de treinta cargos. Se organizó una gran manifestación con un lema precioso: ‘Viva la justicia fascista’.
Lo que pasaba
en la Mafia siciliana tuvo su efecto en EE UU. Un informe oficial habló de 500 mafiosos llegados escapando de la represión fascista, aunque parece referirse a los inmigrantes que, una vez en el país, hicieron carrera en la Mafia. Muchos mafiosos se largaron a EE UU en los años veinte, pero sobre todo porque allí se abría la época de oro de la prohibición del alcohol (1919-1933), que además hizo ver con buenos ojos a la delincuencia. Como dijo un diario de Miami en la dolida esquela de un contrabandista abatido por la Policía, era alguien que había arriesgado su vida “por traer whisky importado de buena calidad para el placer de todos nosotros”. Las restricciones a la inmigración, desde 1921, también favorecieron los negocios de la Mafia con rutas de clandestinos. En 1930 Nick Gentile, el primer capo en escribir su autobiografía en 1963, logró burlar los controles de inmigración por un glaucoma presentando un certificado de óptima salud de un afamado oculista: Alfredo Cucco. Según el historiador Nelli, el ‘boss’ de Nueva York Vito Genovese hizo en Italia socios políticos y económicos para el tráfico de droga a gran escala. Entre otras cosas, pagó en 1937 la construcción de la sede fascista de su pueblo, Nola, e hizo buenas migas con Galeazzo Ciano, ministro de Exteriores y yerno de Mussolini. De este modo montó “un abastecimiento estable de droga prácticamente garantizado por el Gobierno italiano”. La riada estaba pasando y el junco volvía a alzar la cabeza.
(Publicado en El Correo)
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