Historias de la Mafia (5)

GANGSTERS Y VIEJOS BIGOTES

  Los mafiosos italianos no lo tuvieron fácil para abrirse camino en Nueva York. Había mucha competencia y les llevaban años de ventaja. La lista de los 16 mayores contrabandistas de alcohol de los años veinte se repartía así: nueve judíos, cuatro italianos y tres irlandeses. Pero fue en esos años, a tiros por el negocio de la prohibición, donde se acabaron imponiendo. La gran emigración siciliana a Estados Unidos comenzó a finales del XIX y solo en la primera década del XX desembarcaron 800.000 personas. Entre ellos había gente con antecedentes y mafiosos que huían de la justicia. En general, y contra el estereotipo, no eran muertos de hambre.

 

En el nuevo mundo encontraron un ambiente familiar donde aplicar sus cualidades, con barrios violentos y corrupción política. Con ese caldo de cultivo, dice John Dickie en su estupenda historia de Cosa Nostra, fue “uno de los raros casos en que la Mafia consiguió importar su sistema en bloque”. Abrieron tiendas, fundaron empresas de importación de alimentos italianos y empezaron a pasar la raya de la ley. Juego, tragaperras, apuestas, préstamos, prostitución, extorsión,…Se introdujeron en el juego político a través de Tammany Hall, la organización del Partido Demócrata, en manos irlandesas. Daban paquetes de votos y financiación a cambio de mano ancha con sus negocios, se infiltraron en los sindicatos y enviaban matones a romper huelgas. Ya había una mínima coordinación y los capos hacían asambleas.

  La prueba de que el primer germen de la Mafia ya era peligroso es Joe Petrosino (foto), prototipo de ‘italiano bueno’, que en 1905 fue nombrado jefe de la sección italiana de la Policía de Nueva York por su labor contra los peores de sus compatriotas. Era un héroe de la ciudad y en 1909 fue a Palermo para investigar las conexiones mafiosas con sus colegas sicilianos. A los doce días se lo cargaron mientras daba un paseo desarmado. Demuestra que ya entonces la Mafia se comunicaba de orilla a orilla y que Petrosino no sabía bien con quién se jugaba los cuartos. Es otro mártir de la causa.

  Las primeras bandas nacieron en comunidades sicilianas y al principio vampirizaban a sus compatriotas, porque estaban rodeados de grupos criminales de otras etnias. Hubo guerras incluso entre sicilianos y napolitanos. ¿Qué podía hacer en esa jungla alguien llamado Paolo Antonio Vaccarelli? Pues cambiarse el nombre a Paul Kelly (foto), que sonaba más irlandés. Fue el líder de una de las bandas más temidas, la de Five Points, en Manhattan. Es el barrio chungo de la película ‘Gangs of New York’, de Scorsese. Tenía 1.500 hombres, una buena escuela criminal donde se curtieron chavales que harían carrera, como Al Capone, Lucky Luciano y Frank Costello. En barrios miserables, ser gangster era el único modelo de éxito social. El rival de Kelly era ‘Monk’ Eastman y sus tiroteos llegaron a tal desmadre que en 1903 sus protectores políticos les ordenaron resolver sus diferencias sin destrozar la ciudad: se enfrentaron en un combate de boxeo. Eastman era un armario, pero Kelly tenía buena técnica. Empataron y la guerra siguió hasta que ‘Monk’ fue detenido.

  El mejor alumno de aquella promoción fue Salvatore Lucania, que se cambió a Charles Luciano, porque era difícil de pronunciar y el apellido se lo chapurreaban así. Lo de ‘Lucky’ (afortunado) se lo pusieron luego tras salir vivo de milagro de una paliza. Le cortaron la garganta y lo dejaron colgado de un gancho pensando que estaba muerto. Luciano representa una nueva generación de gangsters, todos italianos -salvo Capone, nacido en EE UU de napolitanos-, que emigraron siendo niños, se forjaron en peleas callejeras, mezclados con otras razas y estaban totalmente ‘americanizados’. En la banda de Luciano, por ejemplo, había dos judíos, Meier Lansky, bielorruso, y ‘Bug’ Siegel. Eran distintos de la primera hornada de viejos capos, liderada por Joe ‘The Boss’ Masseria, pero sobre todo chocaron con los que llegaron en los años veinte atraídos por el negocio del alcohol. Estos desembarcaron ya mayorcitos, con carreras mafiosas ya curradas y eran sicilianos de pies a cabeza. Hablaban en dialecto, se besaban entre ellos y eran muy tradicionales. “Todos odiábamos a esos ‘old mustaches’ (viejos bigotes), intentábamos sacar adelante un negocio moderno y ellos vivían como hacía cien años”, recordó más tarde Luciano.

 Así es como estalló en 1930 la llamada ‘guerra Castellammarese’, porque tres de los mafiosos de la vieja escuela venían de Castellammare del Golfo, pueblo de la costa siciliana: Stefano Magaddino, Joe Bonanno (foto), que volveremos a encontrar, y Salvatore Maranzano. Fue Maranzano quien se erigió en gran capo de la Mafia italoamericana, aunque llegó el último en 1925, con 39 años, mujer y cuatro hijos. Iba de padrino, tenía aspecto elegante y llevaba crucifijos por todas partes. Se enfrentó a Joe ‘The Boss’ Masseria, jefe de Luciano. En realidad, al final el vencedor fue ‘Lucky’, que jugó bien sus cartas. Primero se cargó a su capo, Joe Masseria, dio el poder a Maranzano y luego le liquidó a él también. Todo en cinco meses. La leyenda dice que en el mismo día se cepillaron a entre 40 y 90 ‘viejos bigotes’ de Maranzano en todo el país, aunque no hay pruebas de ello. Probablemente fue una leyenda que circuló en la Mafia para marcar un cambio de era. Con Luciano, dicen los libros, la Mafia se moderniza. En realidad todos se reciclaron bajo su mando y acordaron organizarse, como una empresa. Es en los años 30 cuando se crea la famosa Comisión, la cúpula de capos que decide sobre el bien y el mal para evitar conflictos. Sin embargo, justo entonces las cosas se pusieron mal. Con el fin de la prohibición y la Gran Depresión se desató una primera ofensiva en serio contra el crimen. En Nueva York el símbolo fue otro ‘italiano bueno’, el alcalde Fiorello La Guardia. Casi todos los grandes gangsters fueron arrestados o huyeron. Luciano fue encarcelado en 1936 y Louis Buchalter ‘Lepke’, caso único, terminó en la silla eléctrica. La figura del gangster judío desapareció. Solo quedaron los italianos.

Foto de apertura: ‘C’era una volta in America’, de Sergio Leone (1984).

(Publicado en El Correo)

 

Facebook Twitter Stumbleupon Delicious More More More
elcorreo.com

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.