En Italia se suele hablar de dos saqueos por excelencia. Uno, el ‘sacco di Roma’, en 1527 por las tropas de Carlos I. El otro, el ‘sacco di Palermo’ en los cincuenta y sesenta. Fue obra de la Mafia y sus cómplices políticos, la cúpula local de la Democracia Cristiana (DC). Todos se hicieron ricos. Resultó asombrosamente fácil. Consistió en coger una ciudad preciosa, llena de villas ‘liberty’ ajardinadas y aplastarla con moles de cemento de quince pisos. Un atraco del que se beneficiaron, extrañamente, cuatro gatos. Mejor dicho, cinco. En cuatro años se dieron 4.205 licencias urbanísticas y la mayoría de ellas, 3.011, a cinco personas en un mes. Lo raro es que eran jubilados insolventes, con antiguos títulos de maestros albañiles. Pero el caso es que cumplían las reglas, basadas en un reglamento del siglo XIX. No eran nadie pero quien estaba detrás sí.
El constructor más potente del momento también era alguien salido de la nada, un carretero que casi no sabía ni firmar, ‘Ciccio’ Vasallo. Este entramado empresarial-mafioso fue puesto en pie por Salvo Lima, alcalde de Palermo entre 1959 y 1963, y de 1965 a 1968, junto a su asesor de Obras Públicas, Vito Ciancimino, hijo de un peluquero de Corleone y más tarde condenado por mafioso al servicio del célebre clan de su pueblo (en la foto el día de su arresto, que le dio un pampurrio). Junto a uno de los jefes de la DC siciliana, Giovanni Gioa, eran los hombres en la isla de Giulio Andreotti, líder del partido nacional y siete veces primer ministro. Para dominar la DC en los congresos del partido, lo que significaba controlar el país, había que contar con el apoyo de la delegación siciliana. De aquí nace la venenosa contigüidad de Andreotti con la Mafia. Procesado por ello, se libró a la italiana: quedó probada solo hasta 1980, que ya es bastante, y por tanto prescrita. Pero en la sentencia del Supremo en 2004 se lee: “Andreotti ha tenido plena conciencia de que sus socios sicilianos mantenían relaciones amistosas con algunos capos mafiosos. Ha cultivado a su vez relaciones amistosas con esos capos. Les ha mostrado una disponibilidad no meramente ficticia, aunque no necesariamene seguida de concretas intervenciones a su favor. Les ha pedido favores. Les ha encontrado”. Naturalmente en Italia todos le hacen la pelota mogollón y le tratan como si le hubieran absuelto.
A Salvo Lima le abrieron nueve investigaciones, pero solo a partir de 1989 y no llegaron a pillarle, aunque varios ‘pentiti’ le señalaron como referente político de la Mafia. Solo le condenaron una vez, la más significativa: fue Cosa Nostra (foto de abajo). En 1992 el Supremo confirmó la sentencia del primer superproceso contra la Mafia del juez Falcone y los capos consideraron que Lima les había fallado en su protección política. Le mataron por la espalda, como a los traidores. Esa noche la Mafia rompió oficialmente con la DC. Hasta entonces, salvo excepciones oportunamente liquidadas, como el presidente de Sicilia Piersanti Mattarella en 1980, eran uña y carne. Pero en los sesenta Salvo Lima era el amo de la ciudad. Su lema: “¡Palermo es bella, hagámosla más bella!”. A base de ladrillo se culminó la transición de Sicilia como economía agraria a urbana, con la Mafia a cuestas cambiando de negocio. El símbolo de la destrucción de Palermo, de sus bulevares, de los limoneros de la Conca d’Oro, es el derrumbe de Villa Deliella, uno de los palacios más hermosos de la ciudad, en 1959. En 24 horas el dueño presentó la solicitud, Ciancimino la firmó, el pleno la aprobó un sábado por la mañana, por la tarde empezaron a derribarlo y cuando los palermitanos quisieron darse cuenta, al día siguiente ya no estaba. Había prisa. Iba cumplir 50 años en unas semanas y entonces ya no se podría demoler, porque ya habría sido patrimonio histórico.
Se recalificaban áreas verdes, se cambiaba el uso de terrenos agrícolas comprados días antes a bajo precio. El mangoneo se extendió a todo contrato público de manutención de calles, alcantarillas, basuras… Se creaban entes regionales monstruosos que devoraban subvenciones y colocaban amigos. Entre 1952 y 1972, las cajas de ahorros populares crecieron en Palermo un 586% y las sociedades anónimas, un 202%, siete veces por encima de la media nacional. La burguesía mafiosa, nuevos ricos, médicos, abogados, banqueros, empresarios, estaba que se salía. Sobre todo dos primos democristianos, Nino e Ignazio Salvo, que tenían nada menos que la concesión de la recaudación de impuestos municipales. En las cabinas de su yate tenían cuadros de Matisse y Van Gogh. Según el periodista Attilio Bolzoni, su tajada era una comisión del 6,7%, el doble nacional, que a veces llegó al diez. Acabaron imputados en el gran proceso a la Mafia. Nino murió antes de oír la sentencia. A Ignazio lo asesinaron en septiembre de 1992, seis meses después que a Lima. Otro mensaje a Andreotti. En Roma empezaron a mancharse los pantalones y ya veremos otro día lo que hicieron: negociar. Todavía este verano se sigue hablando de ello con gran polémica.
Pero hubo algo positivo. En esos años del saqueo por fin se produjo la primera declaración pública de la Iglesia sicialiana sobre la Mafia, después de un siglo, a través del cardenal y arzobispo de Palermo, Ernesto Ruffini: “La Mafia no existe. Es un invento de los comunistas para atacar a la DC”. Normal que no viera la Mafia, la tenía delante de sus narices. También él, como todos los peces gordos, iba de vez en cuando a pasar la tarde a la espléndida villa de la Favarella, en Ciaculli, de Michele Greco. Quién sabe si el cardenal sabía que a Greco dentro de la Mafia le llamaban ‘el Papa’. Organizaba cenas y cacerías, pero en la parte privada poseía su propia refinería de heroína. La elefantiasis de la administración de Sicilia como parásito del dinero público ha llegado hasta hoy, con récords famosos como ese de que el Gobierno regional tiene más empleados que el británico: 1.385 contra los 1.337 de Downing Street. Nunca nadie ha hecho nada para arreglarlo. Sin embargo, con ser un gran negocio, la construcción y el botín del dinero público pasarían a ser secundarios en los sesenta para la Mafia. Eran ricos, pero con la droga serían millonarios.



