Historias de la Mafia (13)

MATANZA EN COSA NOSTRA

La segunda guerra de Mafia, de1981 a1983, no fue una guerra, fue un exterminio. Una parte, los Corleoneses, borró de la tierra a los rivales. “Hasta el vigésimo grado de parentela y desde los seis años”, ordenó Totò Riina, jefe del clan (en la foto). El marcador fue terrorífico: mil a cero. No hay cifras exactas, pero los muertos rondaron el millar, todos de un solo bando. Riina remató una estrategia tejida durante años con un golpe en Cosa Nostra que le dio todo el poder con el terror. El grupo militar se impuso al político. Desde entonces hablar de Mafia es hablar de los Corleoneses.

La aristocracia mafiosa de Palermo les veía como unos paletos cuando llegaban a la ciudad en los sesenta. Varios capos eran millonarios con la droga, que no era un negocio de Cosa Nostra como tal, sino de las familias con lazos con EE UU. Los demás tenían que seguir con el tabaco y conformarse con las migas. Como los Corleoneses de Luciano Leggio, que tras la primera guerra de Mafia entraron en la nueva cúpula en 1970. Fue un triunvirato con Tano Badalamenti, Stefano Bontate y Leggio, quien delegó en Totò Riina, mientras curaba sus achaques en balnearios. Con el apoyo del democristiano Vito Ciancimino, que era de su pueblo y en 1970 llegó a ser alcalde de Palermo, los Corleoneses enseguida fueron por libre. Con secuestros, práctica vetada en Sicilia por los capos para evitar roces, y el primer asesinato de una personalidad en la isla desde el XIX, el fiscal Pietro Scaglione. El arresto de Leggio dio definitivamente el mando a Riina en 1974.

El ascenso de Riina es como la evolución de Jekyll a Hyde. En los años de segundón parecía una mosquita muerta. Obedecía, hablaba con todos, pero sobre todo escuchaba, conocía cada rencilla y hacía amigos. Se movía tácticamente creando divisiones en las familias. Un ‘tragediatore’, se dice en la Mafia. Forjó alianzas secretas de forma sibilina en toda la isla contra los que se estaban forrando: los Inzerillo, Di Maggio, Spatola, Gambino, Bontate, todos emparentados en una increíble política de endogamia.

Los capos de Palermo, Stefano Bontate y Salvatore Inzerillo, sabían que Riina se volvía peligroso, pero pensaban poder pararle a tiempo y no querían una guerra. Vivían demasiado bien, eran millonarios. Riina fue eliminando a todos los capos provinciales leales a los palermitanos, la telaraña les envolvió y cuando empezó el baile era tarde. Cómo lo verían de negro sus rivales que llamaron a la Policía. En abril de 1978 el capo Giuseppe Di Cristina se citó en secreto en una cabaña con un capitán de Carabinieri. Le describió como un animal acorralado. Pedían auxilio: “Riina y Provenzano (su lugarteniente) son dos bestias, tenéis que pararlos. No son solo peligrosos para nosotros, lo son sobre todo para vosotros”. Contó al incrédulo capitán cómo dar con Riina. “Ahora me llega un coche blindado que me ha costado una pasta. Sabe, capitán, tengo pecados veniales y también alguno mortal…”, concluyó. El coche no le sirvió. Le asesinaron en un mes. Al final Bontate e Inzerillo tenían pesadillas con Riina.

La extraña predicción de Di Cristina empezó a cumplirse en una guerra paralela al Estado desde 1979. Grandes homicidios de los pocos magistrados, políticos, policías y periodistas peligrosos para Cosa Nostra. Eran otro mensaje de terror: quien se enfrentaba a la Mafia moría. Además suponían un desafío a los capos de Palermo, porque Riina ni les informaba. En esta locura, Inzerillo llegó a asesinar al fiscal jefe, Gaetano Costa, en pleno centro solo para demostrar que él también podía hacer salvajadas si quería.

Tras tomar el control de la Commisione echando a Badalamenti, que huyó al extranjero, la matanza empezó con Stefano Bontate, ‘principe de Villagrazia’, que parecía intocable. Fue el 23 de abril de 1981, su cumpleaños. Inzerillo pensaba estar a salvo porque aún tenía que pagar a Riina 50 kilos de droga. Encargó un Alfa Romeo blindado. Pero ni veinte días después no llegó al coche cuando salía de casa de su amante. Los asesinos habían probado antes los kalashnikov en el cristal blindado de una joyería. A Bontate e Inzerillo les traicionaron hombres de confianza y a ambos les dispararon en la cara como humillación. Tardaron horas en identificarlos. Riina brindó con Moet Chandon y entonces apareció el monstruo.

Fue una carnicería sin fin de cualquiera tuviera que ver remotamente con el enemigo. Santino, hermano de Inzerillo, se presentó hecho una furia con su tío en una reunión de capos para pedir explicaciones y les estrangularon allí mismo. El hijo de Salvatore, de 16 años, juró vengarse cuando fuera mayor y el peor asesino de los Corleoneses, Pino Greco ‘Scarpuzzedda’, le cortó el brazo con un cuchillo para erizos marinos antes de asesinarle. Se burló de él diciendo que con esa mano no iba matar a nadie. El cadáver de otro hermano de Salvatore, Pietro, apareció en el maletero de un Cadillac en Nueva York con billetes en la boca y en los genitales, imagen de castigo a su avidez. Era el rencor de una vida lo que estallaba, la de los Corleoneses, criados en la miseria rural, sin instrucción y en casas donde dormían hacinados con los animales.

No solo los mataban dentro y fuera de Italia, desaparecieron unos 300, un sistema mejor. “Siempre estaba buscando ácido”, confesó luego Giovanni Brusca, otro de los asesinos más crueles. Con50 litrosdisolvía un cuerpo en tres horas. En un clima de traiciones constantes, la paranoia se disparó porque nadie sabía ni quiénes eran los matones. Riina había formado en secreto un comando de desconocidos, letal e invisible. Una de sus acciones más espectaculares fue asaltar el convoy que trasladaba a prisión al capo Alfio Ferlito. Le mataron a él y a cuatro agentes.

El verano de 1982 fue el apogeo. En junio hubo un homicidio cada tres días. En julio, cada dos. Cada doce horas en agosto. A final de año mataron a ocho de una sentada. El capo de la familia Partanna Mondello, Rosario Riccobono, fue a una barbacoa en el chalé de Michele Greco y le mataron junto a sus siete sicarios en los postres. Había cambiado de bando para irse con los Corleoneses, pero trar usarle decidieron que por eso no era de fiar. En el informe de ese año judicial la Mafia ni se mencionaba. Oficialmente seguía sin existir. Pero a partir de ese año empezaría a cambiar todo.

(Publicado en El Correo)

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