Historias de la Mafia (15)

PROCESO A LA MAFIA

  La histórica derrota de la Mafia en los tribunales fue la dramática victoria de unos valientes, la batalla personal de unos cuantos héroes, que no solo luchaban contra Cosa Nostra, también contra casi todos los demás. Un grupo de magistrados y agentes, mal pagados, que vivían blindados, sin pisar un restaurante o un cine, y que sabían que iban a morir. Gaetano Costa, fiscal jefe de Palermo, fue el único que se atrevió a firmar en 1980 un auto con 50 órdenes de captura del potente clan Spatola, que nunca había sido tocado. Le mataron una semana después. Ese día le pusieron escolta al instructor del caso, Giovanni Falcone. Era el primero en empezar a indagar la Mafia en serio, siguiendo el rastro del dinero de la droga, en un tribunal que era un mausoleo de jueces amodorrados.

  A su jefe, Rocco Chinicci, le dieron un toque, a ver qué se había creído el chaval, pero le dejó hacer. A Chinicci le asesinaron en julio de 1983, unas semanas después de comunicar a Nino e Ignazio Salvo que estaban bajo investigación. Los primos Salvo eran la cúspide de la élite político-mafiosa de Palermo, también intocables. Es un misterio qué mueve el corazón a dar algunos pasos irracionales, pero es lo que hace ganar a los buenos: en su retiro de Florencia un magistrado siciliano a punto de jubilarse y que se dedicaba a sus canarios, Antonino Caponnetto, quedó conmocionado por el asesinato de Chinicci y pidió su puesto. Llegó a Palermo como a la guerra. Para evitar la exposición de cada magistrado, tuvo la idea de formar un equipo que compartía la información. Se llamó el ‘pool’, guiado por Giovanni Falcone y Paolo Borsellino (en la foto de abajo aparecen, por este orden, con Caponnetto, a la derecha).

  Un día el jefe de Policía llamó a Falcone y le dijo que Tommaso Buscetta, uno de los grandes capos de Cosa Nostra, arrestado en 1983, quería hablar (en la foto, en su llegada a Italia). “Está borracho”, pensó Falcone de su colega. Pero vaya que si habló. Buscetta, perseguido por los Corleoneses en la guerra de Mafia y tras el asesinato de dos hijos, tres sobrinos y un yerno decidió que aquella ‘Cosa’ ya no era suya. En su opinión, los Corleoneses habían traicionado a la Mafia. Antes de revelar a Falcone sus secretos le hizo una grave advertencia: “Tras este interrogatorio intentarán destruirle, física y profesionalmente, y a mí también. La cuenta que va abrir con Cosa Nostra no se cerrará nunca. ¿Aún quiere interrogarme?”. Buscetta habló durante 45 días, 329 páginas, y se convirtió en la piedra de Rosetta para descifrar la Mafia, de la que en realidad apenas se sabía nada. Mucho de lo que hemos contado solo se supo entonces. Buscetta, nacido en 1928, relató cuarenta años de historia secreta mafiosa.

  No fue el único. Uno de los pocos en salvar el pellejo de la masacre de los Corleoneses fue Salvatore Contorno. En 1981 iba en su coche y reconoció a un sicario en el vehículo que le precedía. Vio a otros dos en la calle. “Ya solo falta la moto”, se dijo. Y se acercó una. Dio un volantazo y se lió a tiros. Huyó, pero le mataron a 35 parientes. Detenido en 1982, decidió cooperar al saber que Buscetta lo había hecho. Pero tuvieron que llevarle ante él para que se lo creyera. Se arrodilló y recibió su bendición para hablar. Seguirían cientos de ‘pentiti’. La Mafia no solo estaba desnuda, también se rompió el mito de la ‘omertà’, el silencio de hielo de sus miembros.

  El 29 de septiembre de 1984 Caponetto anunció 366 órdenes de captura y desveló el paso de Buscetta: “No estamos ante unos procesos de Mafia. Este es el proceso a la Mafia”. Cosa Nostra reaccionó con furia y empezó a asesinar magistrados, policías y familiares de arrepentidos. “Cualquiera que haga seriamente nuestro trabajo será asesinado”, confesó el comisario Ninni Cassarà, mano derecha de Falcone junto a Beppe Montana. A Montana le tocó en julio de 1985, y a él, una semana después, en una emboscada de una decena de sicarios con Kalashnikov ante su casa. La sensación de abandono por parte del Estado en aquel fortín en tierra enemiga ya era absoluta. En el funeral, sus compañeros insultaron a los políticos y se enfrentaron a la escolta policial pistola en mano.

  Falcone sufría un acoso constante de desprestigio y maledicencia, de políticos a colegas. El penoso espectáculo de la mezquindad social ante el terror se traducía en quejas ciudadanas de los atascos que causaba el paso de su escolta, o en la carta de una señora a un diario que proponía trasladar a jueces y policías a casas en las afueras para que los demás vivieran tranquilos. Pero Falcone seguía adelante. Para redactar el auto final que abría el proceso se encerró dos semanas con Borsellino en la isla prisión de alta seguridad de Asinara. Un signo más del desprecio institucional: les pasaron la factura de la estancia. Pero seguían adelante. El juicio se celebró en Palermo, para dar una señal de fuerza del Estado. Construyeron una sala búnker junto a la cárcel del Ucciardone, donde los mafiosos cenaban langosta. El ‘maxiproceso’, con 474 imputados, 119 de ellos fugados, empezó en 1986. Había treinta celdas en la sala y aún hoy impresiona ver las imágenes de los grandes mafiosos desafiantes. Aunque faltaba Totò Riina.

  Durante el juicio siguieron las críticas a las ideas extravagantes sobre la Mafia, al exhibicionismo judicial y el cardenal de Palermo, que parecía haber cambiado la bochornosa actitud de la Iglesia oficial hacia los capos -que no era la de algunos curas valientes a pie de calle- dijo estar preocupado por la imagen negativa de la ciudad que daba el proceso. Los mafiosos confiaban en que se quedaría en nada, como siempre, pero en 1987 les cayeron 360 condenas históricas. Siguieron cinco años de espera hasta la tercera y definitiva sentencia del Supremo. Los capos, seguros de sus protecciones políticas, esperaban que todo fuera una pantomima que acabaría en absolución. En el Supremo les esperaba un juez famoso por su benevolencia con la Mafia, llamado el ‘matasentencias’. Pero hubo una jugada decisiva: un sistema de turnos ideado por Falcone y aplicado por el ministro de Justicia birló el caso a ese magistrado. En 1992 el Supremo confirmó las condenas. Después de más de un siglo, la impunidad de la Mafia había terminado. Era el último tabú. Pero su venganza fue la peor pesadilla de la historia reciente de Italia.

 (Publicado en El Correo)

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