Historias de la Mafia (19)

LA MAFIA INVISIBLE

  En 2006 arrestaron a Bernardo Provenzano (foto) y todos escribimos que llevaba 43 años en búsqueda y captura. Fue una de nuestras exageraciones. Nadie le empezó a buscar hasta mediados de los noventa. Al ‘zio (tío) Binu’, se le tenía por un segundón de pocas luces. En 1994 un ‘pentito’ que era médico contó que la mayoría de los capos que había conocido eran unos borricos, salvo uno: Provenzano. Un lince, dijo. Los investigadores alucinaron. Fue entonces cuando comenzó a reescribirse su perfil. Era un desconocido. Su última foto era de la mili y ningún arrepentido le había visto en persona. Solo en 2002 Antonino Giuffré, un peso pesado, pudo ponerle una cara. Se comunicaba con papelitos -‘pizzini’- llenos de referencias religiosas y redactados con claves. Esta identidad misteriosa y su aparente libertad de movimientos se corresponde perfectamente a la estrategia que Provenzano adoptó para la Mafia tras la brutalidad de Riina: desaparecer. Se hizo invisible, no volvió a disparar un tiro. Sería el resultado de un pacto con el mundo político para suavizar la represión contra Cosa Nostra. Al final de 1993 Provenzano ordenó apoyar a Berlusconi en las elecciones e impuso la invisibilidad. Encajaba con la visión exquisitamente publicitaria del nuevo primer ministro, que se quejó entonces de la mala imagen que habían dado a Italia series como ‘La Piovra’ y las películas de mafiosos.

  El ascenso de Provenzano tiene aún un lado oscuro. Se sospecha que en 1992, en las negociaciones con el Estado, vendió a Riina a cambio de su impunidad. Desde luego hay cosas raras. El canal de esos contactos fue el exalcalde mafioso de Palermo Vito Ciancimino, que era un hombre de Provenzano, distante de Riina, a quien llegó a ofender un día al recibirlo en su casa en la cama y en pijama. Alguien pasó a Don Vito un mapa de Palermo con posibles escondrijos de Riina, que entregó a los Carabinieri. Al mismo tiempo, en enero de 1993, fue arrestado el exchófer de Riina, Baldassare Di Maggio. Casi en el día dio pistas claves para localizar al gran capo y, dato muy curioso, afirmó no saber nada de Provenzano. Dijo que a lo mejor estaba muerto. Más tarde le dejarían suelto, en el plan de protección de arrepentidos, y entre 1995 y 1997 se cargó a varios hombres de Brusca, rival de Provenzano en la sucesión.

  Sobre la propia captura de Riina pesa un gran interrogante. Es el famoso despiste -eso fue según la sentencia del caso- que dejó sin vigilar ni registrar su casa durante un mes. Cuando por fin los agentes se decidieron a ir estaba vacía y con las paredes pintadas. Los secretos de Riina quedaron a salvo. Por otro lado, llevaba ocho años en un chalé con piscina de Palermo y se casó en una misa oficiada por tres curas. Pasó la luna de miel en Venecia. Sus cuatro hijos nacieron en una clínica cara de Palermo con su apellido.

  Tras el arresto de Riina tomaron el mando fieles suyos igual de bestias, su cuñado Leoluca Bagarella y Brusca, detenidos en 1995 y 1996. Provenzano, en cambio, se oponía a la guerra abierta y, de hecho, previendo lo que venía, mandó a su mujer y dos hijos al pueblo en abril de 1992. Se presentaron en Corleone después de décadas desaparecidos. Ya hizo pensar que ‘Binu’ había muerto. Pero era solo el inicio de su estrategia de supervivencia. En Cosa Nostra tenía la imagen de un animal. Nace de una frase de su primer capo, Luciano Leggio (“Dispara como Dios pero tiene el cerebro que una gallina”), y de la matanza de Viale Lazio en 1969. En una emboscada a un rival, Provenzano le registraba pensando que estaba muerto, pero éste le encañonó en la cara. Se salvó porque se le encasquilló el arma. ‘Binu’ lo mató a golpes en la cabeza con su culata y le llamaron ‘el Tractor’. Pero el bestia era Riina. Provenzano, al viejo estilo, usaba la violencia como último recurso. “Que se haga la voluntad de Dios”, suspiraba al ordenar un homicidio.

  Siempre fue un empresario. Mientras sus colegas hacían la guerra en los ochenta, él creaba compañías, nombraba testaferros. Con gran intuición, fue el primero en abrir el pastel de los contratos públicos a las cooperativas comunistas. Con él se completa la complicidad de los partidos y un engranaje perfecto de Mafia, política y empresa. Así nace otro sobrenombre, ‘il Ragioniere’, el contable. En los ochenta tenía un despacho en una fábrica de clavos de Bagheria, en Palermo, donde llevaba las cuentas y recibía visitas. Pero ser convocado allí daba miedo porque era un lugar siniestro: también se citaba a quien se quería eliminar para disolverlo en ácido. Era un campo de exterminio que infundía terror en los mafiosos.

  En los noventa, en cambio, estuvo despachando en la céntrica autoescuela Primavera de Palermo. En 1998 los investigadores lograron colocar dentro un micrófono, pero a los doce días ya les descubrieron. Los topos y extraños descuidos de las fuerzas del orden también fueron decisivos en su fuga, otro elemento sospechoso. El general Mario Mori, ahora procesado por negociar con la Mafia en 1992, también está siendo juzgado desde 2007 por haber dejado escapar a Provenzano en 1995 un día que lo tenían a huevo reunido en una cabaña. Aquí también se habla de otro despiste.

  ‘Binu’ llegó a atravesar Italia en coche hasta Marsella en 2003 para operarse de la próstata y del hombro en una clínica privada. Todo pagado por la sanidad pública siciliana. A partir de 2000 la caza cambió de estrategia. Era mejor rodearlo por asfixia atacando su red de colaboradores. Así salió a la luz todo un entramado político-empresarial que una vez desmontado le obligó a dejar Palermo en 2004. La Policía obtuvo incluso su ADN de tejidos conservados en la clínica francesa. Provenzano huyó a los montes de Corleone, cada vez más aislado. Aguantó año y medio de cabaña en cabaña, sostenido por una red familiar. Cuando le arrestaron, siguiendo una bolsa de ropa que le llevaban, vivía encerrado en un caserón. Comía pan, achicoria y ‘ricotta’ (requesón). Tenía una calculadora para las cuentas y dos máquinas de escribir para sus mensajes. Una biblia muy subrayada y un libro del capitán que arrestó a Riina. Un aparato de música con cintas de Mina, el Ave María de Schubert, la banda sonora de El Padrino II y, atención a la mejor, Grandes Éxitos de los Pitufos. Seguía siendo un misterio.

(Publicado en El Correo)

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