Arpad Weisz, en la memoria

   Algunos tienen formas muy raras de conmemorar el Holocausto. El 27 de enero, supongo que lo saben, es el día en que las tropas soviéticas llegaron a Auschwitz y cada año en esa fecha se celebra el Día de la Memoria. Para recordar. Berlusconi, siempre a lo suyo, debió de pensar que le venía a huevo para su campaña: decir una barbaridad sobre el tema ese día da protagonismo garantizado. El pobre se levanta cada mañana con el problemón de buscar algo que le saque en todas las teles y centrar el debate. Y lo consigue, lo consigue. Aunque a veces le cueste una pasta, como ayer, que tuvo que fichar a Balotelli para el Milan. Calcula que le dará unos 400.000 votos en Lombardía, el ‘Ohio italiano’ donde se decidirán las elecciones. El fútbol es lo importante, déjense de tonterías.

   ¿Qué hizo nuestro hombre el 27 de enero? Fue al acto conmemorativo oficial sin estar invitado. Es decir, se coló. Pero fue solo para sentarse en una butaca y quedarse dormido mientras varias personalidades pronunciaban sus discursos. Al salir soltó eso que ha dicho tantas veces de que Mussolini hizo muchas cosas buenas, aunque cometió el desliz de aprobar las leyes raciales antisemitas. Bueno, ya hemos hablado más veces de esto. Es un clásico suyo. Luego, en un debate televisivo, Alessandra Mussolini, diputada folclórica de Berlusconi y nieta del Duce, se enfadó con un periodista, le insultó y se largó del estudio porque dijo que él, personalmente, no tiene ningún respeto por su señor abuelo. Es que es indignante, pobre Alessandra.

    En fin, lo indignante, como siempre en Italia, es tener que estar recordando cada dos por tres con el fascismo que eso no dice o eso no se hace. Pero como si nada. Todavía se enfadan. Un lector de ‘La Repubblica’ ha contado asombrado su visita a la casa museo de los hermanos Cervi -siete, católicos y miembros de la Resistencia, asesinados por los fascistas en 1943- en Campeggine, Emilia Romagna. En un bar de carretera a 200 metros del lugar hay mecheros con el careto de Mussolini y su famoso lema “Me ne frego” (expresión italiana donde las haya, que ya hemos citado otras veces, que significa ago así como ‘me importa un pimiento’).

    Berlusconi también ‘se ne frega’ y en el mejor de los casos no es que tenga mucha memoria. Es famosa su metedura de pata en 2000, en un debate televisivo donde se hablaba de fascismo, cuando le mencionaron el caso dramático del padre de los hermanos Cervi, ‘Papà Cervi’: “Estaría encantado de conocer a Papà Cervi, al que va toda mi admiración, pero….”. Le tuvieron que decir que llevaba muerto treinta años.

    Dejando ya a este personaje tan fatigoso y sin ser tan originales como él, vamos a unirnos al Día de la Memoria y contar aquí, como otros años, una de tantas historias que deben quedar en la memoria. Como es de fútbol a lo mejor incluso hasta Berlusconi la retiene un poco más. Es la historia de Arpad Weisz, entrenador del Inter y el Bologna en los años treinta. Estaba muy olvidado y hasta ahora se ventilaba su recuerdo en los anales del fútbol en pocas líneas: un técnico húngaro de origen judío con unos años de oro en Italia -una liga con el Inter y dos con el Bologna- que tuvo que salir del país por las leyes raciales de Mussolini. Luego desapareció, y poco más. Menos mal que un libro del periodista Matteo Marani -a veces hasta los periodistas logran ser útiles- reconstruyó sus últimos años y sacó a la luz su historia.

    Weisz nació en Solt el 16 de abril de 1896 y fue un buen futbolista. Jugaba por la izquierda y en la selección olímpica de 1924 hacía pareja con Hirzer, que luego sería el primer extranjero de la Juventus. Él llegó al Padova en los años veinte y luego pasó a la Ambrosiana, que luego se llamaría Inter. Pero una lesión le obligó a dejarlo y se hizo entrenador, un trabajo en el que se ganó fama de serio y profesional. Hasta estuvo una temporada en Sudamérica. A su manera, fue un pionero: fue de los primeros, si no el primero, en ponerse chándal y meterse con el equipo en los entrenamientos, daba mucha importancia a la preparación atlética, introdujo las concentraciones, que hacía en balnearios, y se volcaba en hacer grupo en el vestuario. Descubrió a un diamante en bruto llamado Giuseppe Meazza, de 17 años, al que entrenaba individualmente, obligándole a pasar horas dando patadas al balón contra un muro, para dominar los dos pies. En Bolonia exigió un equipo de jardineros para mantener el césped del estadio y un laboratorio médico-dietético. Hasta escribió un libro sobre el fútbol con sus ideas en 1930, ‘Il Giuoco del calcio’. Con él la Ambrosiana ganó la liga 1929-1930.

    En 1935 le llamaron del Bologna y se fue para allá con su mujer, Elena, y sus dos hijos Roberto y Clara, nacidos en Italia. Ganó dos ligas seguidas (1935-1936 y 1936-1937) y el Torneo de la Exposición Mundial de París, germen de la Champions, en 1937: 4-1 al Chelsea. Fue la primera vez que un equipo italiano ganaba a uno inglés en Europa. En Bolonia todavía se acuerdan de aquella gesta y esos dos ‘scudetti’, de los siete de toda su historia. No tanto de Weisz, hasta que se publicó el libro de Marani, porque nadie sabía bien qué fue de él. Lo que son las cosas, Weisz era entonces un héroe de Bolonia, les había hecho campeones de Europa. Pero un año después, en octubre de 1938, tenía que dimitir. Mussolini había hecho imposible la vida a los judíos en Italia con las leyes raciales. Él no podía entrenar a su equipo y sus hijos no podían ir al colegio. Huyó del país con la familia en enero de 1939. Fue a París y luego a Holanda. Allí siguió entrenando a un equipo menor, el Dordrecht, porque también en medio de las tragedias se sigue jugando al fútbol, y menos mal. Para él y sus chavales debieron de ser de los pocos momentos de paz, sin pensar en lo demás. Llegaron a ganar al Feyenoord. Cuando también allí le quitaron hasta el fútbol, porque los judíos no podían trabajar, espiaba los entrenamientos de su equipo por las rendijas de la valla.

    El 2 agosto de 1942 la Gestapo les sacó de su casa. Acabaron en Auschwitz. Su mujer Elena y sus hijos Roberto y Clara, de 12 y 8 años, fueron asesinados nada más llegar. La media de supervivencia en el campo era de cuatro meses pero Arpad Weisz aguantó hasta el 31 de enero de 1944. El libro de Matteo Marani se llama ‘Dallo scudetto ad Auschwitz’, editorial Aliberti, publicado en 2007, después de tres años de investigación.

    Este mes, poco antes del Día de la Memoria, coincidió que Inter y Bologna jugaban en cuartos de Coppa Italia. Se pusieron de acuerdo y dedicaron el partido a Weisz en un acto conmemorativo. Fue bonito y sirvió para compensar en parte lo ocurrido días antes, el 3 de enero, en un partido, encima amistoso, entre Milan y Pro Patria, equipo de tercera de Lombardía. Los ultras del Pro Patria insultaron a los jugadores negros del equipo rival y gritaron diversas sandeces racistas. Al final los del Milan se cansaron y se fueron del campo, un hito en el ‘Calcio’, aunque fuera un amistoso ramplón. Entre los identificados por la Policía estaba el asesor municipal de Deporte de la Liga Norte de Corbetta, un pueblito cercano a Milán.

    Se puede concluir con unas cuantas frases tontas que ya habrán oído más veces: es solo un partido de fútbol, la Liga Norte no es racista y Mussolini hizo muchas cosas buenas.

 

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