El típico mes apocalíptico (y 14)

  

   Hoy no vamos a estar muy graciosos. Contaremos tres historias terribles de economía y política, que quizá algunos de ustedes ya conocerán. Son las historias de dos albañiles y un policía.

   Romeo Dionisi, de 62 años, era un albañil de Civitanova Marche, en el centro de Italia. Había perdido su empleo hace cuatro años y desde entonces tiraba con trabajillos, como autónomo. Sin embargo, como para muchos otros, este último año ha sido un desastre. Llevaba diez meses sin ingresar un duro y le machacaban las cuotas atrasadas del INPS y el INAIL, la seguridad social italiana. Les debía unos 5.000 euros, y hasta que no los pagara no podía obtener el DURC, el documento que certifica que estás en regla con el Estado y te permite trabajar. Así que trabajaba en negro, pero tampoco tenía mucha suerte. Por ejemplo una pareja se largó sin pagarle y en las obras de otro apartamento, unos azulejos, se negaron a abonarle la factura porque luego habían surgido humedades. Pero él ya había adelantado dinero de su bolsillo para los materiales. En total, entre unos y otros le debían 10.000 euros, pero la gente también anda mal y se busca excusas para retrasar los pagos.

   No es todo. Tenía que pagar 700 euros ál mes de un crédito de 15.000 que pidió precisamente una vez para saldar los impuestos atrasados con el Estado y poder empezar a trabajar, pero luego no había mucho trabajo y volvió a dejar de pagar. Tenía cinco meses de alquiler pendientes, de 500 euros al mes. Tenía, claro, que abonar la luz, el agua, el teléfono. Unos 300 euros al mes. ¿De qué vivía? De la pensión de su mujer, Annamaria Sopranzi, de 68 años. Era de 600 euros al mes. También de la pensión del hermano de ella, Giuseppe, que vivía en la misma casa, 900 euros. A Romeo le faltaban cinco años para cobrar la suya, porque en los cinco años más malos que ha tenido no ha cotizado y la edad de jubilación se acaba de alejar a los 67 en la reforma del año pasado.

    No les llegaba para comer. No veían un futuro. Romeo y Annamaria se ahorcaron en su casa el pasado 4 de abril. Los encontró Giuseppe, que salió de allí desesperado, se arrojó al mar y también se suicidó.

   La noticia tuvo poco impacto para lo que era, pero las cosas ya son así. Por un lado ya hay muchos suicidios con la crisis, es un goteo constante. Por otro no ocupó la primera página de ningún diario importante, aunque ese día y el siguiente en la mayor parte de los diarios digitales italianos y extranjeros había un buen par de tetas en primera página o vídeos de animales que hacían cosas. Quizá pudiera darse el caso de que alguno de los vídeos fuera de un animal que se suicida o, incluso, de un par de tetas que no llegan a fin de mes.

    Fue al funeral de estas tres personas la nueva presidenta del Senado, Laura Boldrini, y los vecinos la recibieron con los siguientes gritos:
-Payasos.
-Asesinos.
-Fuera de aquí.
-Avergonzaos.
-Bufones.
-Para vosotros somos solo números.
-Esto es un homicidio de Estado.
-Esto es un homicidio de la política.

    Eso sí fue noticia de primera página, pero pequeñita. Si recuerdan, en ese momento la política italiana llevaba más de un mes parada tras las elecciones. Todos discutían y habían hecho una pausa para dedicarse a buscar el nuevo presidente de la República, que al final, dos semanas después, fue el mismo. De todos modos no hubo un Gobierno hasta final de mes.

    Ese día o uno de esos días otro albañil, Luigi Preiti, de 46 años, parado desde hacía dos, con deudas de juego y con problemas personales tocó fondo en su desesperación y decidió que se iba a cargar un político. No se sabe qué le impulsó exactamente, porque no lo ha explicado o no ha trascendido, pero llegó a esa conclusión. Quizá vio las noticias en la tele.

    Tenía una pistola comprada en el mercado negro y empezó a hacer prácticas de tiro en un descampado de su pueblo, Rosarno, en Calabria, una de las regiones más pobres y desgraciadas de Italia. Rosarno es una zona deprimida y controlada por la ’ndranguetta, la temible mafia calabresa. Preiti había emigrado dos décadas antes al norte, trabajó en la construcción pero en 2011 el sector se paró. Se puso de autónomo, pero no se movía nada y su pequeña empresa quebró. También se separó de su mujer. Así que se volvió a casa de sus padres, en Rosarno y tiraba como podía haciendo chapuzas en casas. Pero tenía el vicio del video póker y de apostar al billar y estaba arruinado.

    El pasado domingo cogió un tren, llegó a Roma y pasó la noche en un hotel barato cerca de la estación Termini. Pensó en suicidarse, ha declarado, pero llegó a la conclusión de que era mejor matar a un político para llamar la atención y suicidarse después. Por la mañana se vistió elegante, con traje y corbata, y se fue al Parlamento, a ver si veía alguno. Era el día en que los ministros del nuevo Gobierno de Enrico Letta juraban sus cargos. A la misma hora en que empezaba el acto, a las once de la mañana, Preiti se dirigió hacia la plaza de al lado, donde está Palazzo Chigi, sede de la presidencia del Gobierno. Pero los Carabinieri estaba empezando a poner unas vallas y no se podía pasar. Preiti decidió entonces que si no era un político sería un carabiniere, porque para él venía a ser lo mismo, algo así como el Estado. Le pegó un tiro en el cuello a uno a un metro de distancia y a otro le hirió en una pierna. Luego fue arrestado.

    Explicó esto: “Quería disparar a algún político. Nosotros estamos mal, con el agua al cuello y ellos se dan la gran vida. No conseguía mantener a mi hijo, no puede ser que con 50 años tengas que volver a vivir con tus padres”.

    Detengámonos en las dos personas que en ese momento representaron ‘el Estado’ para este hombre. Uno, herido en una pierna, es Francesco Negri, de 30 años, de Torre Annunziata, un pueblo cerca de Nápoles con graves poblemas económicos y sociales, y también infestado de Camorra. El militar más grave, que se arriesga a quedarse de por vida en una silla de ruedas, se llama Giuseppe Giangrande. Tiene 50 años y es de Monreal, al lado de Palermo. Allí también es difícil encontrar trabajo y no hace falta que les diga que es el territorio de Cosa Nostra. En resumen estas tres personas, agresor y víctimas, son de las regiones más pobres del sur. Un carabiniere, donde hay un gran porcentaje de italianos del sur, cobra unos 1.400 euros al mes, que pueden subir a 1.600 con extras por distintos servicios, pagados 8 euros la hora.

    Esa mañana, poco antes de que le dispararan, Giuseppe Giangrande había puesto una foto en Facebook diciendo: “”Buona domenica a tutti. Oggi grande giornata di sole” (Buen domingo a todos. Hoy, gran jornada de sol). Ilustraba su página una foto de la película ‘El último mohicano’, con el protagonista luchando rodeado de enemigos. Giuseppe Giangrande se había quedado viudo hacía tres meses. Tiene una hija, Martina, de 23 años que entonces dejó su trabajo para echarle una mano. Ahora ha vuelto a dejarlo para estar con su padre en el hospital. Martina dio una rueda de prensa impecable al día siguiente, hablando en público con esa propiedad tan pasmosa de cualquier italiano que todo español envidia. Agradeció su ayuda a los Carabinieri, que para ella son como una familia. Se siente sola en el mundo junto a su padre y les gusta definirse como “un pequeño ejército maltrecho” que pelea cada día:

    “Espero que esto que le ha pasado a papá pueda hacer entender a todos algunas cosas, reflexionar, que puedan mejorar las cosas, soy joven y confío en un mundo mejor… como dicen las misses. Todos los proyectos de vida que había hecho con la muerte de mi madre han vuelto a desbaratarse. Hay que a volver a empezar, se hace otro plan, otro proyecto, otras esperanzas, otros objetivos, y esperemos lograrlo, esperemos que todo vaya bien”.

    Políticos irresponsables e inútiles. Medios distraídos y alejados de la realidad, aunque en esto les superan los españoles. Desempleo creciente, y también en esto les superamos. Impuestos asfixiantes. Gente que se mata y que mata. Personas que buscan una esperanza en solitario. Enrico Letta, Enrico Letta, muchacho, más vale que sepas lo que estás haciendo y que esto vaya en serio.

‘Un borghese piccolo piccolo’ (1977), de Mario Monicelli:

Sinopsis: Alberto Sordi interpreta a un modesto funcionario a punto de llegar a la pensión y volcado en dar un futuro a su hijo cueste lo que cueste. Su lema es sobrevivir como sea, pensando solo en el interés personal y desconfiando de los demás. Le enchufa en unas oposiciones trucadas y en esta secuencia salen del metro para ir al examen. Le habla de las mujeres, que hay que elegir bien y conocerlas mucho antes, porque si no uno mete a una extraña en casa (esta es una frase famosa que siempre se ha atribuido al propio Sordi). Pero en ese momento sucede lo imprevisto y su mundo se viene abajo. Después se tomará la justicia por su mano, transformando su visión cotidiana de la vida en sentido negativo.

    En Italia pasa de vez en cuando que uno se vuelve loco y esa vena latente de protagonismo e individualismo del carácter nacional se distorsiona en tragedia pública. Demostrativa, se suele llamar. Históricamente, nunca ha habido una revolución colectiva en Italia. Estas son acciones violentas aisladas contra, en teoría, un enemigo abstracto y opresor. Como el tipo que en 2002 estrelló una avioneta contra el rascacielos del gobierno regional de Milán, porque se había arruinado con una estafa, y causó tres muertos. O el otro que en 2012 puso una bomba en un instituto de Brindisi y mató a una chica porque quería protestar por una presunta injusticia en los tribunales con su empresa.

   Con esta oscura y tremenda película Monicelli dio por acabada la ‘commedia all’italiana’. También ponemos fin a este mes apocalíptico, que al final han sido dos, antes de que vuelva a empezar el siguiente. Siento que acabe mal.

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