Íñigo Domínguez

La vida en Roma

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Nadie lo ha dicho, y ya es raro, porque los aniversarios se han convertido en noticias muy socorridas para llenar, pero se han cumplido 50 años de la inauguración oficial de la ‘dolce vita’. No fue con la película de Fellini, que se estrenó en 1960 y retrató ese mundillo, sino con un curioso episodio que en 1958 sacó a la luz las juergas nocturnas de la noche romana y causó un escándalo monumental. Como hemos ido viendo, las bacanales venían al menos desde hacía una década, pero una cosa es que se sepa y otra que se diga. O que se vea, porque eso fue exactamente lo que pasó gracias a una figura que nació entonces y hoy goza de gran predicamento: el paparazzi. Aún no tenía ese nombre, porque se popularizó a raíz de Paparazzo, el nombre del fotógrafo que acompaña al personaje de Marcello Mastroianni en ‘La dolce vita’.

Pero vamos a los prolegómenos, como dicen los locutores deportivos, a lo que pasó en 1958. Uno de esos fotógrafos picaruelos de la noche, Tazio Secchiaroli, se cascó una foto de un strip-tease desmadrado en el sótano del ‘Rugantino’, un restaurante de Via Veneto. La foto, hoy famosa y que tienen ahía arriba, muestra a una joven morena despatarrada en bolas en el suelo al ritmo de un tambor entre señores sudorosos con corbata y señoras bien de aire divertido. La imagen decía muchas cosas. Había frivolidad y algo pecaminoso, pero sobre todo lo entretenido, lo improvisado, la poca sensación de culpa, la atmósfera lúdica y casi infantil de picnic, sugerían que no era un día de locura de un grupo de exaltados, sino la alegre vida habitual de la Roma pija. Que al día siguiente podía ir a la misa del Papa en San Pedro como si tal cosa. Como decíamos, llevaban diez años así, dándole al tambor. Pocos meses después, en marzo de 1959, Fellini empezó a rodar su película.

La chica de la foto era otra guiri de vacaciones en Roma, tema o pretexto de estos capítulos caóticos. Se llamaba Aichè Nanà, tenía 22 años y era armena, así que a lo mejor era inmigrante, y no turista. Turista sólo es el que se lo puede pagar, una condición reservada a ciertas nacionalidades que se lo pueden permitir. Nanà se convirtió de inmediato en símbolo de la vida loca romana, aunque siempre ha dicho que aquello arruinó su carrera. Explicó que era una fiesta privada con tan buen rollo y con tantas risas que acabó despelotándose. Pero tuvo la mala suerte de que se coló un fotógrafo. Según ha repetido, dos días después tenía una prueba con Vittorio de Sica, que la anuló al verla en pelotas en la prensa. A partir de entonces nadie quiso contratarla. Esta gente de vacaciones en Roma fue esencial en la dolce vita, que hundió a esta extracomunitaria armena, pero en cambio ensalzó a una turista sueca. Hablamos, efectivamente, de Anita Ekberg o, como se la conoce en Roma por razones obvias, Anitona.

Tamaña muestra de belleza, hedonismo y vitalidad fue recibida con escándalo en el Vaticano. Hace poco han salido a la luz unas cartas muy graciosas de Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán que poco después sería Pablo VI, y el arzobispo de Génova, el cardenal Giuseppe Siri, que en el cónclave sería su rival. Curiosamente este intercambio epistolar fue a raíz de que Siri, símbolo del sector ultraconservador, habló bien, o no mal del todo, de ‘La dolce vita’, y Montini le llamó la atención. «Recibo protestas muy graves de que es un filme de tal inmoralidad y tan mal ejemplo sobre la depravación humana que haría falta una intervención de la autoridad eclesiástica para hacerlo retirar de los cines», decía Montini, el progre. Siri se excusó diciendo que no defendía «la visibilidad» de la película, sino la obra en sí y las notables cualidades del director: «El filme es verídico, y algunos han reaccionado porque golpea horriblemente la vida de muchos: se ven descritos y han tenido miedo de sí mismos». Es decir, Siri valoraba la obra, aunque eso no quitaba que pensaba que era mejor que los fieles no la vieran. Ah, por cierto, a todo esto Montini hablaba sin haberla visto. No sé si después llegó a verla. Si no es así desde luego sería papa, pero mira que morirse sin ver ‘La dolce vita’. Eso no tiene perdón de Dios.

El protagonista, Marcello, un cronista desencantado de la vida social, es un trasunto del propio Fellini, que también fue un forastero en Roma, a donde llegó desde su Rimini natal para ser periodista. Era lo que quería hacer por lo que había visto en las películas americanas: tipos con el sombrero echado hacia atrás, que fumaban, echaban tragos, callejeaban y no daban ni golpe, aunque, qué curioso, encontraban historias. Entonces se podía hacer, pero hoy, por ejemplo, el sombrero ya no se lleva. Además ahora es mucho más cómodo, basta quedarse sentado copiando lo que sale en Internet. Pero entonces todavía se mandaba a los reporteros a los sitios y un día enviaron a Fellini a Cinecittà, donde se quedó anonadado al ver un rodaje mastodóntico en el que el director dirigía las masas y daba voces con un megáfono desde una torre. Era Alessandro Blasetti, del que ya hablamos en un capítulo de esta serie. Fellini pensó que él, vago, con tendencia a la dispersión y sin sentido del orden ni la autoridad, no estaba hecho para el cine. Por fortuna, conoció a Roberto Rossellini, que rodaba por ahí con poca gente y lo que le parecía, como quien escribe o pinta. Fue una revelación. Si no es por él, no habríamos tenido a Fellini. Ya ven, repetimos, que Rossellini tuvo su importancia.

Pero volvamos a Anitona, no nos distraigamos. Como se podrán imaginar, y ya lo contamos en otra ocasión, en Roma había cola para tirársela. Sin embargo ella venía avisada. Durante el rodaje, Mastroianni se le acercó y dijo que quería pedirle un favor. «Yo no estar interesada en mamadas», respondió ella, por si acaso. El bueno de Marcello también era una pieza de cuidado. Una vez tuvo que repetir ocho veces un beso a Romy Schneider y murmuró: «Y encima me pagan por esto...». Al final el que se llevó el gato al agua con Anitona fue Dino Risi, que sólo por eso ya debe de figurar en la historia del cine. Un poco más adelante, en la letra T, encontraríamos a Francois Truffaut con una descripción más o menos así: «Ciudadano francés (1932-1984) que se lió, entre otras, con Jeanne Moreau, Julie Christie, Catherine Deneuve, la hermana de ésta, Jacqueline Bisset y Fanny Ardant». Y luego ya: «Cineasta, hizo 24 películas, etcétera...». Con ese currículum, que logró sólo a base de ser majete y tímido, quién quiere una filmografía. Aunque en el caso de Truffaut están en total armonía. Bueno, ya les dije que aprovecharía cualquier excusa para hablarles de Truffaut. Aquí le vemos con Jacqueline en una escena de 'La nuit américaine' (La noche americana, 1973), película maravillosa donde las haya:

El ácido maestro Risi, fallecido este año (el señor de la foto de abajo), ha dejado escrito un librito entrañable, ‘I miei mostri’ (Mis monstruos), en el que cuenta chascarrillos y recuerdos. Y relata un día que pasó con Anita Ekberg. La actriz tenía una lancha que conducía ella misma y salieron a dar una vuelta. Ya en alta mar, se desnudó con la melena al viento. Encontraron un petrolero sueco y los marineros se abalanzaron a la barandilla a mirar y lanzar aullidos. Uno hasta tocó cuatro veces la sirena. El diario de a bordo de ese día debe de ser un poema. Anita reía como loca y habló a voces con la tripulación. Eran de Malmöe, su ciudad. Siempre en bolas, Anita dio dos vueltas al petrolero de premio. De consolación, se entiende. «Pobrecitos, ellos contentos de ver mí desnuda», decía en su italiano macarrónico. Risi flipaba. Luego volvieron a la villa que ella poseía en Roma, situada en una colina, con un prado que terminaba en una piscina de azulejos negros. Tenía dos doberman. De repente apareció un tipo, un actor americano. Su marido. Llevaba un saco. Se sirvió un whisky y arrampló metódicamente con todos los objetos de valor que vio por la casa. Platos, cubiertos, todo. Se fue y Anita se quedó llorando. «Tú no héroe, ¿eh?», preguntó a Risi. «No», contestó él. Y ahí se acabó su historia.

Ante estas avalanchas de extranjeros que, como hemos ido viendo, llegaban a Roma, el talante local hacia el visitante se traducía, y se traduce, en intentar ligarse a las turistas e intentar darle el palo a los turistas. Es tan evidente que no tenemos ni que cambiar de escenario para observar la otra cara del fenómeno. Por la noche se baña Anita, pero miren lo que pasa durante el día. En esta célebre escena de 'Totòtruffa 62' (Mastrocinque, 1961), el gran Totó vende a un incauto la mismísima fontana de Trevi.

Sinopsis: Totó empieza su número, una vez vista su presa, echando a los niños que intentan robar monedas y quejándose al guardia. «¿Lo sabe que pierdo millones de liras al año con estos niños? El sábado cuando limpio la fontana me faltan siempre 3.000 o 4.000 liras», lamenta. «Ah, ¿pero las monedas son suyas?», pregunta el incauto. «Esta es la famosa fontana de Trevi, que pertenece a mi familia desde hace generaciones», y se presenta como el cavaliere ufficiale Antonio de Trevi. «¿Es un buen ‘bisnís’ (bussines)?», pregunta el otro. Totó le expica que, además de las monedas que tira la gente, alquila la fuente para rodajes. En ese momento completa la escena acercándose a un turista y pidiéndole en voz baja un donativo para la Cruz Roja, aunque a la víctima le explica que acaba de cobrar los derechos de imagen por las fotos. Cada foto cien liras. «Ah, yo he hecho tres», añade el inocente, que le paga religiosamente. Mientras se acerca el cómplice, Totó le da carrete y le explica que la fuente la hizo un arquitecto que su bisabuelo hizo venir de Suiza. Cuando el turista le replica que la guía la atribuye a Bernini, Totó está hábil: «Claro, venía de Berna y era bajito, por eso le llamaban Bernini». El incauto se sincera: es hijo de emigrantes italianos en América y quiere establecerse en Italia. Totó le propone venderle la fontana, porque algún día se jubilará. Además explica que aquello no le va bien para el reúma, todo el día cerca del agua: con diez millones está hecho. A la espera del contrato, Totó le pide una fianza. En ese momento interviene el cómplice, con acento toscano (no se pronuncian las ‘ces’, que se aspiran en forma de hache, por ejemplo hohahola=cocacola). Quiere comprar la fontana para una película americana y sube la oferta de la fianza. Al final la víctima pica y ofrece 500.000 liras. Creyéndose ya el propietario de la fontana acaba bastante mal. En efecto, a veces Italia es para volverse loco.

En ‘Guardie e ladri’ (Monicelli, 1951), que fue premio al mejor guión en Cannes, Totó se marca otro timo extraordinario a un turista norteamericano, esta vez en el Foro Imperial.

Sinopsis: Totó y su cómplice ensayan la venta de una moneda falsa a un turista norteamericano cuando aparece uno de verdad. El cómplice deja la moneda en el suelo y Totó se presenta como guía improvisando una explicación macarrónica. Un viandante que se lleva la moneda obliga a colocar otra, que Totó tarda en encontrar. El cómplice se presenta como profesor numismático (de asmática, dice Totó) que previene al turista de los timos, pero acaba por admitir que la pieza es auténtica. Empieza la venta mientras aparece el tipo que ha encontrado la otra moneda, al que echan sin contemplaciones. Pero una vez que el turista ha picado, es quien le abre los ojos.

Risas y chicas aparte, como deja entrever la película de Fellini, la mirada desolada de Mastroianni, lo curioso de esta juerga general, esta dolce vita y tanto jijijajá es que se asentaba en un boom económico que, no obstante, era un espejismo y cubría un vacío moral... ¿les suena el fenómeno? La comedia ‘all’italiana’ se basó en explotar sádicamente esta dualidad para hacer reír con una carga de sátira social y melancolía. Dino Risi lo clavó en una de sus mejores películas, ‘Una vita difficile’ (1961), un año antes de su otra obra maestra ‘Il sorpasso’ (La escapada, 1962). Vean, vean en qué se queda el jolgorio cuando llega el amanecer:

La musiquilla de fondo de guateque o de ritmo circense es una marca de la casa del cine italiano que siempre aligera lo que se ve. Esta escena de Alberto Sordi borracho escupiendo a los coches, fruto de una improvisación, es antológica. Y para lo que nos interesa, fíjense en su imprecación al autobús de turistas alemanes: «¿Qué venís a ver aqui? ¡No hay nada que ver, es todo un asco, no visitéis Italia, quedáos en vuestra casa que es mejor!». Esta idea de que Italia es un asco es algo que se dicen los italianos cuando se cabrean, los días que vienen mal dadas, que es bastante más a menudo de lo que quisieran. Sin embargo, el resto del mundo lo sigue ignorando y le parece todavía un lugar maravilloso para ir de vacaciones. Así que también nosotros continuaremos volviendo el próximo día.

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14 Oct 2008

Lui (4): Columbus Day

A Berlusconi le encanta ir a la Casa Blanca y proclamar a la más mínima ocasión su amor por América (aquí, como los estadounidenses, casi nadie dice Estados Unidos). En la Casa Blanca la zona cerebral de Berlusconi destinada a la adulación y el peloteo dispara su actividad. Siempre lo hace, y así puede afirmar su perfecta sintonía con Putin o Bush simultáneamente y, si se diera el caso, podría hacerlo con Israel e Irán en el mismo día y sin perder la sonrisa. Así son los negocios, el marketing y las relaciones públicas. Luego hace lo que le da la gana, y eso debe de ser la política. Pero en esta ocasión se superó, porque sabe que Bush se larga y, total, le sale gratis.

La pasión por Estados Unidos y lo anglófono es nacional, desde la liberación aliada. En Italia se aprende casi más inglés que italiano, de la contaminación lingüística del idioma, y el Columbus Day es una debilidad de los políticos italianos. El Columbus Day es, por si no está claro, el 12 de octubre. Quinto centenario y lo que se quiera, pero Italia con su insuperable habilidad comercial ha vendido, prácticamente, que ellos descubrieron América, y eso que no es seguro que Colón (Colombo) fuera genovés. De hecho, en los actos del 12 de octubre en Estados Unidos ondea la bandera italiana y hay representación oficial italiana. Si se le une la negligencia y el complejo provinciano de los españoles para vender lo suyo el resultado es muy comprensible.

Total, que Berlusconi se fue para allá tan contento. El binomio Berlusconi-Bush siempre ha dado frutos espléndidos, una especie de guiñol pero en carne y hueso. Como dúo cómico es insuperable. Esta vez no ha sido menos. Veamos algunos momentos:

Bush: «Tengo con Berlusconi una relación excelente y un genuino respeto. Aprecio su amistad y su sabiduría. Es un hombre sincero, capaz de palabras leales y claras, capaz de mantener la palabra dada y me gusta su optimismo sin límites».
Berlusconi: «He encontrado en ti un hombre de grandes ideales y grandes principios. No he encontrado nunca el cálculo del político, sino siempre la sinceridad y la espontaneidad de una persona que cree profundamente en todo lo que hace. La Historia te definirá como un gran, grandísimo presidente, más de lo que en Europa están dispuestos a reconocer, un hombre que ha combatido por sus propios principios, que no ha cedido nunca a los intereses de parte, un idealista».

La verdad, es desolador que después de tantos años de amistad se conozcan tan poco. Luego siguieron:

Berlusconi: «Yo estoy siempre de la parte de Estados Unidos, antes incluso de saber de qué parte están los Estados Unidos» (...) «Juntos para derrotar el terrorismo, las fuerzas del Bien contra el Reino del Mal»
Bush: «He visto lo que le dijiste a Ahmadinejad, estás más a la derecha que yo...» (se refiere a una reciente comparación con Hitler)

Naturalmente, Berlusconi contó su batallita de todos los años, de cuando -según dice él- su padre le llevó a visitar las tumbas del desembarco aliado en Anzio cuando era un niño.

No faltó el análisis de la crisis financiera:

Berlusconi: «George, la verdad es que la crisis la habéis empezado vosotros, es culpa vuestra».
Bush: «Lo sabemos, la responsabilidad es de la codicia de muchos ejecutivos que no sienten la nación»
Berlusconi: «La economía real es sólida, evitemos que se resienta de la crisis. Desde luego yo no haré políticas socialistas»
Bush: «Tienes razón, yo tampoco pasaré a la historia como un presidente socialista»

Y esto es todo amigos.
Lástima que terminooó el festivaaal de hoy...

Qué mejor que recordar una escena legendaria, que ahora me sorprende que no haya salido antes. Es, claro está, "Un americano a Roma" (1954, Steno), símbolo absoluto de la pasión italiana por Estados Unidos.

Sinopsis: Sordi, en el papel del mítico Nando Mericoni, está obsesionado con parecer americano y hace todo lo que se le ocurre para parecerlo, copiándolo de lo que ve en las películas. Hasta chapurrea una especie de inglés con palabras que le suenan. Pero llega el momento de la cena. "Maccarone (apelativo despectivo de los italianos), esto es de carreteros. Yo soy americano, como mermelada, yogurt, leche, mostaza, cosas sanas, sustanciosas... Así vencen a los apaches, no beben vino tinto, beben leche, por eso no se emborrachan, los americanos son fuertes, no puedes combatir con ellos...". Empieza a comer, mirando a los macarrones con desprecio: "Yo te destruyo, maccarone, qué me miras con esa cara intrépida, pareces un gusano". Pero lo que se mete en la boca es un asco. Entonces, pensándolo mejor, dice la frase que ha quedado para la posteridad: "Maccarone, m'hai provocato e io ti distruggo adesso, io me te magno" (Maccarone, me has provocado y yo te destruyo, te como). Y se come el plato de pasta.

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Ya no es ni noticia, pero que sepan que Raffella Carrà ha vuelto a la tele italiana en horario de máxima audiencia. Tiene un programa en la RAI, 'Carramba che fortuna', enésima variación de títulos con su apellido. Es de esos que regalan miles de euros por no hacer nada. Siempre me pregunto qué pensarán los emigrantes al verlo y, sobre todo, por qué ellos nunca llaman.

Como se sabe la gerontocracia domina Italia, del Vaticano a la política, de la universidad a las profesiones liberales, y la Carrà es una de sus instituciones. Tiene 65 tacos y ahí sigue. Como Bruno Vespa (64), Maurizio Costanzo (70), Adriano Celentano (70), por no salir de la tele. Maldini tiene 40 en el Milan y el Calcio es la liga más vieja del mundo. El rock juvenil también está copado por viejas glorias como Vasco Rossi (56), Zucchero (53) o Ligabue (48).

Por cierto, se le achaca a John McCain su edad, pero... ¿a que nadie diría que tiene la misma edad que Berlusconi, 72 años? Si es que hay que cuidarse un poco, hombre.

Italia es un extremo, pero el otro es España. Está muy bien que los jóvenes tengan oportunidades, pero desde fuera se nota claramente el ostracismo de cualquiera que supere la cuarentena. Los italianos con eso flipan: en España los mayores no pintan nada en el espacio público, hay un borrado colectivo de opinión y experiencia. En la tele española es igual de evidente la obsesión juvenil, con esos chicos guapos y chicas guapas que corren y se mueven tanto en los informativos.

Nos hemos salido del tema, para variar. Para volver, nada mejor que este programa de 1971, ápice de la fama de Raffaella, cuando causaba escándalo enseñando el ombligo y era icono erótico de la televisión.

Me aseguran que el famoso baile del 'Tuca tuca' fue motivo de desnucamientos en las discotecas, cuando la gente se empeñaba en seguir la coreografía.

Alberto Sordi, representante del italiano medio, se muestra contenido con el icono sexual, porque eran los setenta. Pero una década después la sociedad había evolucionado, o lo hacía a lo bruto por algunos personajes en circulación. Como este que le sueltan a la pobre Carrà...

Roberto Benigni, genio de la naturaleza, es incontrolable en directo, el terror de los presentadores, y en este famoso episodio muestra toda su obsesión por la Carrà desde el minuto uno. "¿Qué tenéis las mujeres que atrae así al hombre? He llegado a una cierta edad y tengo derecho a saberlo, qué hay en esa zona de ahí... Déjame verlo un segundo, sólo un momento, no quiero morir sin verlo una vez". Esto ya era muy fuerte en aquel entonces, pero luego Benigni inicia una de sus disertaciones sobre el sexo femenino. "La han puesto en el centro del cuerpo y no se puede fallar..." Y empieza a decir todos los sinónimos que se le ocurren. Luego sigue con los sinónimos del sexo masculino. Fue un escándalo. A Raffaella Carrá todavía se lo recuerdan.

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04 Sep 2008

De Marzullo a Attila

No sé como funciona esto de los blogs, supongo que nadie lo sabe porque se está inventando. De todos modos son letras, sonidos e imágenes que se evaporarán en la nada digital. Por eso no sé cómo gestionar -creo que se dice así- los comentarios. Se hacen preguntas y quedan cuestiones en el aire. Sin ser maleducado, no se puede contestar a todo. En fin, que creo que lo mejor es recapitular.

Lo primero, gracias por las buenas palabras. Conmueven más los insultos, es verdad, pero es mucho más agradable. Espero que no se revelen nunca las identidades secretas para no descubrir cuántos familiares hay debajo, como en la película de los masones de Sordi que citamos un día.

Lamento que la RAI no se vea en algunas zonas, como señala un lector. Si es así, parte del mundo se habrá perdido un momento cumbre televisivo de una reciente madrugada: una entrevista de Gigi Marzullo a Bruno Vespa. Para los no iniciados, hablaremos de ellos otro día. Como complemento a esta amenaza, sirva la foto de Marzullo, el señor de aquí arriba a la izquierda.

Otro amable lector se molestó en transcribir una escrupulosa tabla comparativa de datos de España e Italia. Sin embargo, faltaba uno fundamental que cualquier italiano añadiría de inmediato: Mundiales de fútbol ganados, Italia 4-España 0.

Sobre los silencios de Italia en torno a la Segunda Guerra Mundial hay mucho que decir, claro. Cualquiera tiene silencios sobre su pasado. Pero no es para tanto. El caso italiano es complejo y curioso, para variar: empezaron en un bando y terminaron en otro. Esos días de confusión por el cambio de trinchera están retratados en películas soberbias. Una de las mejores es ‘Tutti a casa’ (1960), de Luigi Comencini, con Alberto Sordi. El protagonista, ajeno a las novedades, llama alarmado al cuartel cuando empiezan a dispararle los alemanes: «¡Señor, los alemanes se han aliado con los americanos!». Pero por esto mismo Italia sufrió mucho, el doble, porque le dieron por los dos lados. Ahí están las Fosas Ardeatinas, con las víctimas de la masacre nazi, o el barrio romano de San Lorenzo, donde aún se ve la huella del bombardeo aliado.

Hay muchos misterios italianos sobre la guerra, naturalmente. Desde la amistad entre Churchill y Mussolini, con sus cartas secretas que nunca han sido halladas, a la propia muerte del Duce. Pero hay abundante material gráfico y fílmico. El Istituto Luce es una mina. Y no hay noche que en la tele no pongan un documental sobre la guerra. Vamos, como en España con la Guerra Civil.

Respecto a la sangría y el lambrusco es, en efecto, otro misterio: ambos países han conseguido colárselo mutuamente como símbolos nacionales.

Sobre películas italianas recomendables la lista sería interminable, pero aquí van saliendo día a día. En cuanto a la consulta concreta sobre la peli de un grupo de amigos ‘zíngaros’ se trata de ‘Amici miei’ (1975), del gran Mario Monicelli. Es una de las obras maestras del cine italiano y en español se llama incomprensiblemente ‘Habitación para cuatro’. Hay tres partes. Hablamos de ella en los comienzos de este blog, pero es un deber sacro volverlo a hacer. Queda pendiente.

Y hablar he hablado bastante. Esto es para un lector sardo que cayó por aquí no sé cómo. Sardegna-Cerdeña, es una tierra bendita y desconocida, que contiene las dos caras de Italia: la Costa Esmeralda, con un pijerío rampante y el lujo más hortera, y vastas zonas ignotas con lo mejor del país.

La música coral sarda es una cosa impresionante, de un impacto profundo cuando se oye por primera vez. Esta pequeña muestra es de la película ‘Una questione d’onore’ (1965), de Luigi Zampa, uno de los grandes de la comedia italiana, más olvidado que los demás. Sale el inmenso Ugo Tognazzi, esta vez de sardo. Si se pone atención, en la canción que nos ocupa se rastrea en el sardo la influencia de algunas palabras españolas, de los tiempos del Reino de Aragón. Se ponen la mano en la oreja para no perder el tono, la postura tradicional para cantar.

Sobre el apasionante mundo de identidades y nacionalidades no tenía ni idea, como señalan lectores andaluces, de que los blogs estaban divididos en almerienses, granadinos, vascos por el mundo etcétera. Son ridiculeces muy divertidas, aunque a veces resultan incómodas.

Para terminar, por eso de las identidades, un saludo a un tal ‘gelato al limon’, en recuerdo del gran Paolo Conte. A veces los sobrenombres tienen significados que se pueden escapar a los demás. Es el caso también de ‘Attila, flagello di Dio’, que me da pie para poner una cosita de este descacharrante filme de Diego Abatantuono (1982, Pipolo Casrtellano). Con esta película llevó al máximo su personaje milanés emigrante de imposible acento meridional-lombardo. Para digerir la parrafada de hoy hacían falta dos vídeos.

Sinopsis: Attila y sus bárbaros, oriundos de las campas de Segrate, actual periferia de Milán, bajan a conquistar Roma con su bandera, de los colores del actual Milan. Donde empieza el territorio romano les para un soldado, con acento romanesco, como pasa en los tebeos italianos de Asterix. "¿Quiénes sois?" "¡Los bárbaros!", responden, y añaden que van a destruir Roma. "Donde paso yo no crece la hierba, caro", le aclara Attila. "¿Cómo te llamas?", le pregunta el soldado. "¿Pero es que eres sordo, sois una tribu de discapacitados?", increpa Attila. Y ahí va la mítica enumeración de iniciales: "¡A de atrocidad, doble T de terremoto y tragedia, I como Ira de Dios, L de Lago de Sangre y A de ahora voy para allá y te rompo los cuernos, dadme las armas!".

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En Italia todo es arqueología, también política, y sigue siendo como en las películas de Don Camilo. Hay fascistas y comunistas. Sí, sí, con la hoz y el martillo y todo. Conocidos serbios, ucranianos, polacos, rumanos, búlgaros, que viven en Italia no se lo explican y se asombran al ver todavía los insignes artilugios agrarios.

De los fascistas ya se hablará otro día, que es un tema muy manido. Hoy en día no tiene ningún mérito ser fascista, se lo llaman a cualquiera por menos de nada. Como a unos conocidos, encima catalanistas, cuyo error era que salían de los toros en Barcelona. Sin embargo ser comunista tiene más mérito. Para encontrar un trotskista en España habría que poner un anuncio, pero en Italia uno se los encuentra tranquilamente en la panadería. La cultura política italiana es muy rica y está a años luz de la española actual, tan sectaria, previsible y elemental.

En estos días se han celebrado, como suele pasar en lo profundo del verano, los congresos trascendentales de verdes y comunistas. Ambos se han dado un tortazo histórico en las últimas elecciones, a las que concurrían juntos en el Arcobaleno (Arco iris), aunque para el resto del mundo eran, más a secas, la Cosa Rossa (Cosa roja). Son diferentes formas de ver un revoltijo. Les han borrado del mapa y no tienen ni un escaño. Lo que tienen es cinco años de Berlusconi por delante sin pintar nada. Claro, reina el desconcierto. Por ejemplo, Vladimir Luxuria, el célebre diputado transexual, ha decidido enrolarse en la Isla de los Famosos. Se ha abierto un debate interno en el partido sobre si allí puede defender mejor los derechos de los nativos indígenas.

Algún ingenuo pensará que en los congresos han cerrado filas y se han puesto las pilas. Qué va. Se han liado a cuchilladas pese a ser cuatro gatos, como resumía el otro día Gianelli, el genial humorista del 'Corriere della Sera' (arriba). Lo auténticamente comunista es la fragmentación en facciones y la escisión hasta el infinito, de maoístas a mencheviques. La última vez que miré había dos siglas comunistas y unos seis partidos descendientes, pero es posible que en este momento esté surgiendo alguno nuevo.

También es apasionante escuchar retórica que ha resistido en formol de forma formidable. Por ejemplo, que se debe partir «de la límpida reconstrucción de un conflicto de clases en este país». Entrañable. Por otro lado, siempre choca ver al líder, hasta ahora, de Rifondazione Comunista, Fausto Bertinotti, como uno de los más ricos del Parlamento en la declaración de patrimonio. En la última, era el tercer líder (Berlusconi es inalcanzable) con 233.195 euros de renta. Aunque también el ‘más pobre’ de la cámara era el hasta ahora secretario del partido, Franco Giordano, con 124.802 euros.

Viene a la memoria la mítica escena de Alberto Sordi en ‘I vitelloni’ (Los inútiles, 1953, Federico Fellini), y su famosa imprecación al proletariado: "Trabajadoreeees..." (Lavoratori). Es la segunda película de Fellini, muy recomendable, como la tercera, la cuarta, la quinta,...

Se trata de un saludo ideal para irse de vacaciones y despedirse de los colegas de la oficina. Felices vacaciones también, en la serenidad que está caracterizando este blog, a los lectores que estén partiendo.

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Anteayer desarticularon en Italia una red de mafiosos y masones que se dedicaba a paralizar sentencias en el Tribunal Supremo hasta que prescribían los delitos. En la banda había una agente de Policía (esto también es bastante normal), un funcionario judicial y hasta un alto cargo jesuita que escribía cartas de recomendación. En fin, esto es lo que dice la Fiscalía, y a ver en qué se queda cuando termine el proceso, si es que termina algún día, y no se lo ha inventado todo.

Lo que nos ocupa es la masonería. En España apenas se habla de ella, o sólo cuando algún gran maestre escribe una carta al periódico para explicar que son gente normal. En Italia forma parte del paisaje nacional, tan barroco, desde la unidad del país y cada cierto tiempo aparecen logias que conspiran. A veces son en plan Mortadelo, porque a los italianos les encanta disfrazarse, como las jerarquías y los círculos restringidos de influencias.

Pero otras veces es en serio, como la P2, logia secreta subversiva que aspiraba a controlar el Estado. Les salió bastante bien. La lista oficial, que salió a la luz cuando se destapó en 1981 era de 932 personas, entre ellas: 44 parlamentarios, dos ministros del Gobierno de entonces, un secretario de partido, 22 generales del Ejército, 12 generales de Carabinieri, cinco de la Guardia di Finanza, magistrados, funcionarios, agentes de los servicios secretos, periodistas, empresarios... También, con el carnet número 1816, un tal Silvio Berlusconi.

La psicología de fondo es esa de que en Italia es una tontería seguir la vía legal para algo y que siempre es mejor conocer a alguien. El gran Mario Monicelli lo retrató en toda su cutredad en 'Un borghese piccolo piccolo' (Un burgués pequeño pequeño, 1977), donde Sordi decide afiliarse a una logia, convencido por un compañero del ministerio, para poder enchufar a su hijo en unas oposiciones. Se ríe, pero luego es muy agria. Aquí se termina definitivamente la comedia a la italiana. Por cierto, es de cuatro años antes de que estallara el escándalo de la P2.

Sinopsis: "¿Qué quieres profano?", le pregunta su colega de oficina. "¿Cómo que qué quiero, si me has llamado tú?", dice Sordi, que no capta la solemnidad. Pero luego entiende: "¡Quiero la luz!". Luego empieza el ritual. "¿Qué es la libertad?", le preguntan. Sordi divaga, hasta que da con la respuesta buena: "Es una bella cosa, pero por desgracia hay demasiada". Los hermanos asienten complacientes. Luego tocan las pruebas, una pantomima: del fuego, de la espada y de la muerte, que en realidad es un vaso de Amaro Montenegro. La pregunta final: "Esta es tu última oportunidad ¿quieres irte o quedarte?". "¡¡No, quiero quedarme!!", clama Sordi desesperado en un momento célebre de la película, pues piensa que está entrando donde se cuece todo y por fin tiene acceso al reparto del pastel. Por fin es nombrado albañil, el grado más bajo, y cuando la asamblea se quita las capuchas descubre que, en realidad, son todos sus compañeros de oficina, jefes incluidos. También en la logia sigue estando en el mismo puesto y mandan los de siempre.

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Como habíamos anunciado y como enseña la historia, Italia ha pasado a cuartos de final con tres partidos de churro, pero ha pasado. Ahora España, tan lanzada, tiene miedo, claro. La gesta en la adversidad en el campo de fútbol es la culminación, en forma de grupo nacional, de un rasgo esencial del italiano de a pie: arreglárselas para sobrevivir en un entorno hostil, lleno de trampas e injusticias, donde uno sólo cuenta con sus propios medios y el otro siempre es un enemigo.

Ejemplo glorioso de este formidable talante vital: Guglielmo, 'el Dentone'. Este personaje mítico de Alberto Sordi es un tipo de optimismo inmarcesible que, pese a su apabullante dentadura de piano de cola, se presenta nada menos que a las oposiciones de locutor estrella del telediario de la RAI. Además, es el único de los finalistas que no tiene enchufe ni recomendación. Todos en la comisión de examen quieren tirarle, pero no consiguen hacer que falle en nada.

Sinopsis: 'El Dentone' borda su primera prueba, para contrariedad de la comisión, que decide pasar a los trabalenguas a ver si le pillan un fallo. Pero también aquí 'el Dentone' se muestra implacable. Se abre entonces un debate en la comisión. El cura (en Italia siempre hay un cura en cualquier cosa, desde que uno coge el avión a Roma) le defiende, pero otros lo repudian en nombre de la telegenia. "Es que este en cuanto a imperfección exagera...", argumentan. Otro, por cierto muy poco telegénico, propone decirle la verdad directamente ("que tiene demasiados dientes para una sola boca"), pero eso en Italia no se hace nunca. Nadie quiere tomarse la responsabilidad de nada. No se explican cómo ha llegado hasta la fase final y temen que les han pasado una patata caliente. Como se ve, también la comisión se siente engañada y víctima del sistema, rasgo fundamental de la sociedad italiana. Son ellos los que están en apuros y también intentan arreglárselas. Sólo se les ocurre decirle al bueno de Guglielmo que siga indefinidamente con los trabalenguas, con la esperanza de que falle... Pero 'el Dentone' no falla una. Vamos, como la selección en la Eurocopa. A la hora de la verdad, no fallan.

'Guglielmo, il Dentone' es uno de los tres capítulos, el más famoso, de 'I complessi' (Los complejos, 1965), dirigido por Luigi Filippo D'Amico. Los otros dos son de Dino Risi y Franco Rossi. Curiosamente, en esta ocasión el de Risi, siendo bueno, es el menos memorable. Pero es que el de Rossi, con un político democristiano que intenta destruir las copias de una película erótica en la que aparece su mujer, no tiene desperdicio.

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Sobre este blog

Llevo en Roma desde 2001, como la odisea. Es decir, tiempo suficiente para darse cuenta de que no conoceré jamás Italia. Es un país tan popular por sus tópicos que en realidad es totalmente desconocido, y tienen engañado a todo el mundo. Espero poder transmitir la idea.
El periodismo, como a cualquier periodista un poco espabilado, a veces no me convence demasiado, pero se hace lo que se puede, no sé hacer otra cosa y siempre es mejor que trabajar.
El objetivo indisimulado de este blog es descojonarse, para qué nos vamos a engañar. Para las cosas serias ya está el periódico. Si fuera corresponsal en Ulan Bator lo intentaría, pero vivo en Italia. Otro propósito es referir hechos graves que ocurren en este bendito país y que no caben en el periódico, porque ya ni son noticia. Pero no hay que asustarse, en Italia, como decía Ennio Flaiano, «la situación es grave, pero no seria».
Una última pretensión es elogiar y divulgar el cine italiano, así, porque sí, porque es la pera y ya no lo ponen en la tele. Los niños no saben quién es Mastroianni, y eso es terrible.
Otra cosa que debe quedar clara es que no podré por menos que versar algunas opiniones, pero como decía el inspector Harry Callahan, por algo llamado ‘el Sucio’, «las opiniones son como el culo, todo el mundo tiene una».

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