Íñigo Domínguez

La vida en Roma

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Ya sabrán la última. En teoría, el partido de Berlusconi, el PDL, no podrá presentarse a las elecciones regionales en Roma ni en Lombardía, la región de Milán. En Milán tenían firmas irregulares y en Roma el tipo encargado de presentar los papeles llegó al tribunal cuando ya había terminado el plazo. Bueno, en realidad llegó media hora antes, pero salió un momento y cuando volvió habían cerrado. ¿A qué salió? No se sabe muy bien. En principio se dijo que había olvidado el papel de los símbolos, luego se sospechó que había intentado modificar algunos nombres, pero la excusa oficial es que... había ido al bar a comerse un bocadillo.

Gracias a este desmadre tenemos un buen entretenimiento para los próximos días. Al margen del espectáculo, la cuestión de fondo que se impone es, obviamente, si las reglas deben respetarse y deben ser iguales para todos. Analizaremos el problema con el material noticioso de esta semana. Mi respuesta personal es que en Italia la respuesta será, sin ninguna duda, que no. Verán como al final los candidatos excluidos se presentan. A esta hora, cuando escribo, están enredando todos nerviosos a ver qué se pueden inventar, si un decreto o algo. Todo es buscar la excepción a la regla, la solución a un sistema injusto que tiene el obsceno error de no reparar en los casos personales. Yo, debo decirlo, a veces estoy a favor, sobre todo en mis casos personales, para qué les voy a engañar, también soy humano. Hay una honda y antigua sabiduría en esto que no sé explicar y no tiene ninguna justificación.

En este caso, es verdad, a cualquiera se le ocurre que es una barbaridad que el primer partido de Italia no pueda acudir a las urnas, pero es que sólo en Italia se colocan ellos solitos en estos casos límites, ideales para los dilemas filosóficos y las clases de derecho. A veces todo es muy bananero, tiene un encanto exótico.

El lema del PDL en esta batalla es «la burocracia no puede asesinar la democracia». Los pretextos para burlar la ley siempre se distinguen porque están llenos de grandes y abstractas palabras, los altos ideales. Tan altos que por debajo uno hace lo que quiere. Ya han visto, las leyes son burocracia, obstáculos, y un enemigo de la democracia. Esta retórica siempre funciona. Las leyes son como las normas de tráfico, meras referencias, no límites. Miren sino la reflexión de todo un ministro de la Defensa, Ignazio La Russa: «Esperamos confiados los veredictos sobre nuestras listas, pero no aceptaremos nunca una sentencia que impida votarnos. Estamos dispuestos a todo». Huy, a lo mejor saca los tanques a la calle.

No se crean que esto ocurre por falta de leyes. Italia es el país con más leyes del mundo. Ni se sabe el número y se suele decir que son diez veces más que en Francia o Alemania. El PD dijo una vez, en una propuesta de simplificación, que en Italia hay 21.291 leyes, 4.547 en Alemania y 9.800 en Francia.

Sea lo que sea, muchísimas leyes. ¡Y cómo son! Miren este decreto de la Gaceta Oficial de Sicilia del pasado 29 de enero: «Visto el Estatuto de la Región, vista la ley regional de 15 de mayo de 2000,....», y así seguía enumerando leyes, líneas y más líneas hasta que llega al asunto: «... el señor Bellavia, Vincenzo, nacido en Palermo el 7 de junio de 1967 y residente en Via Giotto número 78 es autorizado a criar con fines amateur y ornamentales la fauna autóctona enumerada a continuación por número y especie: nueva parejas de jilgueros (Carduelis carduelis)». En total, 523 palabras, como reseñaba puntualmente el ‘Corriere della Sera’, para esta chorrada. Imaginen para las cosas importantes. Les encantan los floripondios y el adorno, y las reglas en ese sentido cumplen su cometido a la perfección.

Otro ejemplo memorable han sido las primeras sanciones por blasfemar de la federación de fútbol (siete). De por sí ya ha sido un disparate crear una norma así, por el meapilas de su presidente, pero desde luego la diversión que ha traído ha merecido la pena. Las condenas se basan en lo que oyen los jueces de línea o en la lectura de los labios de los jugadores en televisión. Ya se imaginan el lío. La pena máxima es por ‘Porco Dio (Dios)’, pero se suele alegar que se ha dicho ‘Porco zio (tío)’. Como en España con ‘Ostras’ o ‘Cagüen ros’. A Davide Lanzafame, del Parma, no se lo han admitido. Pero Michele Marcolini, del Chievo, has ido más listo. Asegura que dijo ‘Porco Diaz’. No en referencia al general Armando Diaz de la Primera Guerra Mundial, aclaró, sino a un ex-jugador argentino del Inter. Decisión del tribunal: «El futbolista clivense saliendo del terreno de juego como consecuencia de la expulsión infligida poco antes, profería aparentemente una expresión jergal, en uso en el Triveneto y Lombardía, con vulgar referencia a Diaz y no a Dios». Fue absuelto.

No se engañen, estas leyes tan barrocas y preciosistas luego son un coladero. Es un círculo vicioso, porque hecha la ley, hecha la trampa y cuantas más leyes, más trampas. No paran de buscar el hueco para escabullirse y debe reconocerse su talento e imaginación en la tarea. Berlusconi, naturalmente, es campeón mundial y no les voy a aburrir otra vez con sus hazañas. Como las mismas leyes, todo es una cuestión de estilo y jugar hábilmente con las formas. Como en esta magistral lección política de ‘La giornata dell’onorevole’, capítulo de ‘I mostri’ (1963), mina inagotable de sabiduría del gran Dino Risi con el enorme Ugo Tognazzi:

Sinopsis: El ‘onorevole’ se aloja durante las vacaciones en un convento, donde vive a cuerpo de rey. Es un ejemplo de libro de democristiano de la época, con una fusión total entre Vaticano y partido. Esta relación y proximidad llega a nuestros días. En un plano más inconfesable, ahí tenemos ahora el escándalo de la Protección Civil y a un nigeriano del coro de San Pedro consiguiéndole chicos y algún seminarista a Angelo Balducci, un alto cargo de obras públicas, ‘gentiluomo de Sua Santità’. En fin, que nos distraemos. Al onorevole le lleva el desayuno un frailecillo afeminado. Luego llama a la familia, que veranea en Forte dei Marmi, destino playero pijo en Toscana. Pregunta por la prole y dice que no irá al Parlamento, porque no hay nada que hacer.

Al salir le aborda un colega del partido por un asunto urgente. Se trata de una compra de terrenos para una edificación surrealista de chalés para los 3.000 empleados de un ente absurdo. En definitiva, el clásico pelotazo corrupto. Sin embargo, hay un tal general Olivazzi, un técnico del ministerio, que ha descubierto que el Gobierno paga los terrenos diez veces por encima de su valor real. Es decir, lo mismito que en el actual escándalo de adjudicación de obras de la Protección Civil, y ha pasado medio siglo.... El general pretende presentar un dossier al ‘onorevole’ ese mismo día para denunciarlo, antes de que se apruebe el plan y sea demasiado tarde. El diputado le interrumpe: «Yo soy un diputado, y tengo responsabilidades hacia el Parlamento y el país, y sobre todo hacia mi conciencia. Luego, si este general Olivazzi me presentara el dossier y yo comprobara la veracidad de sus afirmaciones, lo siento por vosotros, pero cumpliré mi deber hasta el final». El compañero se alarma y dice que el escándalo será terrible, que hará caer el Gobierno.

Al llegar al despacho aparece su asistente. Es otra figura esencial de la política italiana. El ‘portaborse’, chico para todo que hace méritos, pelotea, obedece y traga con lo que le echen durante años hasta que le colocan. Por las calles de Roma, en torno a los edificios oficiales, se les ve a patadas. Este secretario, también afeminado, le dice que le espera el general Olivazzi por algo muy urgente. Dice que le hagan pasar.

El general está retratado, todo digno, como uno de esos italianos honestos de una pieza. Pobrecitos, esa raza condenada a la extinción, devorada por sus congéneres. El ‘onorevole’ lo sienta y le dice que en unos minutos está con él. De inmediato se va a una ceremonia militar al Palatino, aunque el asistente le recuerda que había dicho que no iba. Luego el secretario llama a la oficina y le dicen que el general sigue allí esperando. Entonces decide ir al Parlamento. En el despacho, el general ahí sigue. Un conserje le informa que el ‘onorevole’ tiene ahora una reunión y aún no puede venir. Le pregunta si quiere un bocadillo. Luego se hace de noche mientras su excelencia aprueba unos dibujos animados, en los que «el prepotente sucumbe». «¿Qué hora se nos ha hecho?», pregunta. Son ya las nueve. «Tardísimo», replica. En efecto. El vídeo acaba aquí, pero ya se imaginarán cómo termina la historia: cuando llega por fin a recibir al general el plan ya ha sido aprobado. El ‘onorevole’ lamenta en el alma no haber sido informado antes.

FIN

Reina una indulgencia generalizada hacia el delincuente, con una desconfianza implícita hacia quien parece honesto. A mí me da, es una mera impresión personal, que aquí el que puede, roba. Es una simple cuestión de oportunidades y si uno la tiene y no la aprovecha es tonto. De ahí la comprensión hacia el desliz o la falta. Salvo que uno sea asesino de niños en serie, todo se considera dentro de lo humanamente posible.

Por ejemplo, un senador del PDL de Berlusconi, Nicola Di Girolamo, está desde ayer en la cárcel por fraude electoral con agravante mafiosa. Está acusado de obtener su escaño en el extranjero, sin vivir en el extranjero, gracias a los votos recolectados por la ‘ndrangheta, la mafia calabresa, y a las órdenes de un nazi con cuadros de Hitler que le llamaba «mi esclavo». El otro día dimitió, con mucha conmoción, ante la cámara alta. Dijo que no era Lucifer ni el mal absoluto (recuerden, sólo está clarísimo el caso del asesino en serie de niños) y al final del discurso sus compañeros van y le aplauden. «Quiero sólo recordar que en todas las cuestiones hay también un lado humano, que prescinde del contenido de las decisiones», explicó Carlo Giovannardi, subsecretario de la presidencia del Gobierno. El lado humano siempre se tiene en cuenta. La ley es inhumana.

Lo mejor es que, por dimitir antes de que le echaran, Di Girolamo cobrará 17.000 euros de indemnización. Y el nuevo senador que le sustituye y representará a los extranjeros vive en Roma y cobrará los 35.000 euros de dieta de los elegidos en el extranjero.

De este modo tenemos el Parlamento italiano lleno de gente procesada y condenada en firme. No es que los italianos traguen con Berlusconi, es que tragan con una banda de cuidado. Cuando se formó el actual Parlamento, en abril de 2008, el panorama era el siguiente, entre condenados, investigados, con juicios en marcha o salvados por la prescripción, un total de 70 diputados y de ellos, 17 condenados de forma definitiva:

-PDL de Berlusconi: 45 personas, incluido el jefe, claro.
-Liga Norte: 7, entre ellos su líder, Umberto Bossi, con condena definitiva por financiación ilegal, y el ministro de Interior, con condena definitiva por resistencia a la autoridad (no se rían).
UDC: 5.
PD: 13.

Sólo les digo que el Gobierno de Berlusconi, ante la nueva oleada de casos de corrupción, ha aprobado un endurecimiento de las leyes contra la corrupción. Más leyes. Es muy gracioso, porque tiene la casa llena de gentuza y ha pasado estos años ablandándolas para salvarse él mismo en sus procesos. Como esta semana en el caso del abogado Mills, a quien Berlusconi sobornó para que no declarase en su contra en dos de sus procesos: se ha salvado de la condena en firme por ser sobornado gracias a la prescripción del delito. ¿Lo adivinan, no? Berlusconi rebajó la prescripción de este delito de 15 a 10 años en 2005, y también se va a beneficiar de ella enseguida en el proceso paralelo contra él como sobornador.

Como vemos las leyes no se cumplen, o no se hacen las que se quiere incumplir, o se cambian las que se quiere incumplir. Pero luego entramos en el terreno de las reglas no escritas, también muy importantes en cualquier país. Por ejemplo, es una ley no escrita, porque se supone, que los candidatos políticos tienen que tener una mínima preparación. Pero Berlusconi de nuevo ha colado una tía buena de la tele, Nicole Minetti (chica de la foto), que conoció ya reciclada como «higienista dental» en el hospital San Raffaelle, del que es el principal financiador. Además ha metido en las listas al fisioterapeuta del Milan y al geómetra de su villa de Arcore.

Pero también hay reglas escritas que se respetan, y mucho. Por ejemplo, la semana pasada un desconocido esperó a un abogado y concejal de Palermo del PDL, Enzo Fragalà, en la puerta de su casa y lo molió literalmente a palos con un bastón. Murió tres días después. No se crean que la noticia tuvo mucha repercusión. Estos sucesos del sur se ventilan a menudo en los medios silbando para otro lado. Como diciendo: bueno, bueno, esto huele a Mafia o algo raro, a saber qué hay detrás y mejor ni moverlo. Está entre el hábito malsano y la ‘omertà’.

Las reglas, en fin, son incomodísimas. Perdonen que les cuente una historieta ilustrativa personal. Vino una de mis hermanas a verme. Como siempre, le di escrupulosas y vanas instrucciones para evitar ser timada por el taxista del aeropuerto de Ciampino. Tras miles de estafas el ayuntamiento puso tarifa fija: 30 euros de Ciampino y 40 de Fiumicino (ya lo saben). Pero, como siempre, son capaces de crear matices e idear trucos que dan mucho juego. No les aburriré con los detalles, aunque un día podemos escribir un breve manual de supervivencia, el caso es que el taxista les pidió diez euros más.

En estos casos, aun sabiendo los dos que el taxista miente, se suele resolver con un ni para ti ni para mí, 35 euros o, por no discutir, le das los 40 que pide. Pero ese día yo estaba caliente y adopté la actitud de español: 'Mira majete, 30 o no te pago'. Esto en Italia es raro y se lleva mal. Su reacción fue agarrarme del cogote y decirme en voz baja al oído: "Si no me pagas te mato". Los taxistas de Ciampino tienen fama de ser una mafia de cuidado, pero yo estaba con ganas de bronca. Pensé en ir a la Policía, pero corría el riesgo de que se pusieran de su parte por mi imperdonable intransigencia, así que le dije que me daba igual.

Resultó ser un farol. No me mató. Al final se retiró, cogió los 30 euros y al irse me gritó lo siguiente -y a esto quería llegar-: «¡Estás loco, loco! ¡A ver si te enteras que Mussolini murió hace tiempo!». En resumen: exigir el cumplimiento de las normas era visto por este individuo como puro fascismo, una imposición irracional.
Luego pasé unos días mirando a mis espaldas cuando salía de casa, porque aquí nunca se sabe.

Otro aspecto del problema es que para burlar la regla y salvar la situación siempre se puede llegar a un pacto, que lleva a la conspiración, que suele aparejar alguna traición (aquí ya me pongo como Yoda, el enano con orejas de la Guerra de las Galaxias). El pacto es otra institución italiana. Aquí se negocia hasta con el diablo y por eso a menudo todos los núcleos de poder están interconectados. Ejemplo máximo, por ser un acontecimiento extraordinario, es el abrumador trasfondo del secuestro de Aldo Moro: ahí todo el mundo hablaba con todo el mundo, todos tenían líneas de comunicación con todos y se exploraban todas las vías. Aunque, claro, a menudo con intereses contrapuestos. Brigadas Rojas, masonería, servicios secretos, el Vaticano, la Mafia, la Banda de la Magliana,... Unos para liberarlo, otros para cargárselo.

Naturalmente, la excepción a la regla sólo se efectúa con el fuerte, no con el débil. Es más, es el débil quien suele hacer las excepciones a la regla con el fuerte, porque espera sacar de ello una recompensa. En el caso con que empezamos, el de las listas electorales, no se crean que nadie piensa que el PDL, por ser el primer partido de Italia y el poderoso, debería precisamente dar más ejemplo o ser más escrupuloso que nadie con la ley. Al revés, se piensa que tiene derecho a la excepción por eso mismo. Si no ¿para qué sirve el poder? Sólo el influyente puede moldear las reglas a su favor en este país.

Como colofón, vean esta maravillosa frase del presidente del Senado y segundo cargo del Estado, tras el presidente de la República, Renato Schifani, sobre el problema de la chapuza con las listas:

«Espero que, siempre en el respeto de las leyes, prevalga la sustancia sobre la forma, cuando la forma no es esencial»

Qué pico de oro. Pero nada comparado con el inmenso Vittorio de Sica en esta lección de retórica, capítulo final de 'Altri tempi' (Otros tiempos, Alessandro Blasetti, 1952). Es el origen de la famosa expresión 'maggiorata', aplicada a los bellezones exuberantes de la época. Ilustra divinamente todo lo que llevamos dicho.

Sinopsis: En un tribunal napolitano se procesa a una mujer por el intento de asesinato, por envenenamiento, de su marido y su suegra. El caso está clarísimo, ella ha confesado todo y no hay ninguna duda. Es el turno del abogado defensor. Me meto una panzada a traducir, pero todo sea para que puedan apreciar la belleza del italiano en la boca de De Sica y la maestría de su interpretación.

«El colega de la acusación tiene toda la razón. No intentaré siquiera decir una sola palabra en su defensa. Yo no defenderé a la imputada, pero debo defenderles a ustedes, señores de la corte, del peligro de emitir una sentencia demasiado fácil, según nuestra ley, según nuestra moral, porque según nuestra ley esta mujer debe ser condenada, a cadena perpetua, de por vida. Pero...

Señores de la corte, señores que me estáis escuchando, se nos olvida otra ley, otra moral... ¡la ley de la belleza! Y la belleza es aquella por la que todas las leyes fueron creadas. La belleza es ¡la mujer! Acercarse a la mujer, comprender la mujer, admirar la mujer. Esto es lo que nuestra ley y nuestra moral ya no nos enseñan. Pero preguntad a vuestras bellas mujeres, a todas estas... bellas señoras que me escuchan, preguntad si la belleza de una mujer puede esconder la maldad y ahora me responderán todas...
-Noooo. «Simpático», le dice una señora a la otra.
Todo lo que os diré hablando de María Antonia... intentar comprenderla, iluminarla, será para comprender, iluminar, todas las mujeres. Y en primer lugar las vuestras (se dirige al jurado), aquí presentes. Pero consideremos las culpas de María Antonia... Deben ser consideradas una cosa que bien se puede descuidar, en comparación con la función alegórica y sugestiva que ella, como mujer, ejercita sobre el pueblo.
-¡Bravo, abogado!
¡Pero vosotros tenéis que aplicar la ley, vosotros tenéis que condenarla a cadena perpetua. Pensadlo bien. Tenéis el deber de imponer una sentencia tras la cual un triste edificio encerrará para siempre, fuera de la mirada de todos, del vuestro, como del de miles, una mujer en la que parece encarnarse la belleza misma de nuestro Nápoles, de nuestra primavera, de nuestro Vesubio, eh...
-Abogado, nosotros estamos aquí dispuestos a ayudarle... (Dice ya el presidente del tribunal)
Sigue. María Antonia forma parte del panorama, como los ríos, los lagos, las montañas... Condenándola meteriáis entre rejas una parte esencial de nuestro maravilloso paisaje. ¿Y qué dirían los extranjeros si metiéramos en la cárcel el Vesubio? ¡Y vosotros queréis hacerlo! Esto quiere nuestra justicia. ¡Cuánta diferencia entre nuestra justicia y la justicia griega!
-Perdone, ¿les molesta si hablo de los antiguos griegos?
-Por Dios, los griegos son maestros de la humanidad.
-El Areopago se abría sobre la más bella colina de Atenas... mientras nosotros estamos aquí encerrados en esta aula mísera, polvorienta, oscura y apestosa. Hombres de mente abierta a toda grandeza se sentaban para juzgar sobre escaños de mármol y no sobre esta pobre madera asquerosa, indecente, que vosotros ocupáis. Y si también entonces podía ocurrir que la belleza fuera arrastrada sobre la peana de los acusados, ¡cuán más alto era el debate... y el juicio! ¡Frine! ¡Frine! ¿Quién de vosotros ha entendido nunca este nombre? ¡Frine era una mujer griega, Frine era María Antonia, Frine era la belleza misma! Sal, sal fuera, María Antonia. Hipérides, mi ilustre predecesor la condujo al centro del Aeropago, que debía juzgarla por delitos ante los cuales, los de María Antonia son un juego de niños. ¡Miradla, miradla! ¿Y sabéis cómo el gran Hipérides la defendió? Una sola túnica escondía las formas de aquella maravillosa criatura... ¿Me sigue presidente?
-Sí, sí.
-¡Y de un sólo golpe la arrancó! ¡Así!
Se oye: «!¡Quanto è bella!».
-Y los jueces, que ya tenían el pulgar hacia abajo, lo volvieron hacia arriba y María Antonia, eeh, Frine, ¡fue absuelta! Como en esta pequeña y miserable cabaña judicial no puedo repetir el gesto de Hipérides... ¡La culpa no es de María Antonia, la culpa no es mía, la culpa es vuestra! ¡Culpa de la árida ley! ¡Árida ley! ¿O somos áridos nosotros, que no sabemos interpretarla? Porque le ley impone una condena perpetua, de por vida, pero por otra parte, ¿no es esta misma ley nuestra que prescribe que sean absueltos los ‘minorati psichici’ (deficientes mentales, de ‘menor’)? Y bien, ¿por qué no debería ser absuelta ¡¡¡una ‘maggiorata’ física (palabra inexistente, juego de palabras equivalente con ‘mayor’ para decir 'superdotada')!!!! como esta formidable criatura?

Sentencia: Condena a 24 meses (Uuuuuuuh) de detención, de los cuales 22 cubiertos de la reciente amnistía y los restantes dos meses ya ampliamente cumplidos (Aaaaaaaah), por lo que ordena la inmediata liberación.

FIN

Para concluir la tabarra de hoy. Esto de la maraña de leyes y la lentitud de la justicia también es una cuestión alimenticia. Como todos los arcaísmos italianos nada cambia porque hay una feroz resistencia interna. Italia es también el país con más abogados de Europa, 200.000 colegiados, dedicados a buscar la trampa en la ley. A cinco causas al año cada uno, tirando por lo bajo, salen un millón de procesos. Cada uno puede cubrir los tres grados de juicio, que involucra nueve jueces con los cinco del Supremo (Cassazione). Todo está judicializado y debe recorrer el mismo camino procesal robar una pera que un asesinato múltiple. Como ya sabemos, los juicios se eternizan y a menudo prescriben.

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03 Sep 2009

Verano loco (16)

31. Magia cotidiana

En las cenas con otros extranjeros en Italia siempre se impone como conversación lo que ya es un subgénero de sobremesa: contar la mejor historia de burocracia italiana sufrida o conocida. Yo tenía varias muy buenas, con trenes, teléfonos, bancos, alquileres,... pero un querido colega ha vivido la anécdota definitiva. Es de correos, otro clásico. Imagino que él la contará un día con mucha más gracia en alguno de sus hermosos libros, pero la esbozo brevemente. Mi amigo envía un paquete, creo que un libro, a Barcelona. Por certificado y pagando un plus por un código que asegura la localización del envío en todo momento. Pasan dos o tres semanas y el paquete no llega. Va a correos y tras mirar en el ordenador le dicen que, no se sabe cómo, el paquete está en Helsinki, me parece. Pero le aseguran que se lo arreglan.

Semanas más tarde, ni rastro del envío. Mi amigo vuelve a correos y la búsqueda electrónica ubica el bendito paquete en Colorado o Wisconsin, en fin, en algún estado de EE UU. Tampoco se sabe cómo ni por qué ha llegado hasta allí. Mi colega, curtido en la vida italiana, decide tomarlo ya por el lado de la diversión antropológica y se dedica a seguir las misteriosas evoluciones del paquete. Un día el cartero llama a su puerta y se lo entrega. Lo han recuperado. Pero atención, le cobran 60 euros por gastos de franqueo.

FIN

Como siempre que hablamos de burocracia, recurrimos para ilustrarla a nuestro héroe, Fantozzi. Esta vez en una sublime escena en un hospital, sólo un pelín caricaturizada. Me parece recordar que es por el parto de su hija.

Sinopsis: Fantozzi entra con un sobre de dinero con sus ahorros, sabiendo que a veces, para resolver un problema con rapidez hay que pagar. Pero es peor de lo que imaginaba. Diálogo (las cantidades están en liras):

-Perdone...

-¡10.000!

-Perdone, yo tendría una cita con el profesor...

-¡30.000!

-(Tras recibir el dinero) El profesor no está, está de vacaciones.

-No, es que he dado 10.000 y ahora...

-Justo, tengo que enviar el dinero al profesor a Cortina (D'Ampezzo) con un giro. Es más, deme 500 para el giro.

-Ah, perdone, no me he dado cuenta. Bueno, le doy 10.000 y me da la vuelta... (No le da la vuelta y guarda el dinero) Oiga, mire que lo ha guardado... Bueno, no da la vuelta... Bueno, aprovecho que no me ha dado la vuelta para preguntar, y así estamos en paz, quién es el sustituto...

-De acuerdo, el doctor Giovanni Rava.

-¿¿Y dónde está?? (Mientras le da otro billete)

-No está, está de huelga... Pero su caso ¿es urgente?

-¡Sí, es un caso desesperado!

-¡100.000!

-Voz en off: Por esta suma se enteró de que en casos de urgencia el responsable de ginecología era el profesor Grandi, jefe de ortopedia.

-En este mismo piso, después de radiología.

-Ah, muy bien, muy amable. Buenos días señorita.

Pero ella sólo responde si le vuelve a pagar.

32. Fantasmas de la ópera

Los italianos inventaron la ópera, una cosa que, bien mirada, es tan rara que no se sabe a quién se le pudo ocurrir. Pero según la teoría de un amigo melómano, es de cajón. La ópera es Italia en estado puro: historias rocambolescas e inverosímiles, con tragedias exageradas, representadas por gente disfrazada que habla cantando. Todo ello en un teatro lleno de pasadizos, diseñado para que el público pueda exhibirse y examinarse. Dicho así parece imposible que pueda resultar, pues todo es mentira y artificio, pero por una intuición genial lo cierto es que el conjunto funciona, se transporta con ligereza y logra una armonía sublime. Y genera fanatismo, peregrinaciones a la casa de Puccini en Torre del Lago, al pueblo de Verdi, al Pesaro de Rossini. En la ópera en Italia chocan dos cosas. Una, que es muy popular, se ven muchos jóvenes en el público. El ferretero canturrea un aria mientras busca el clavo justo. Otra es la gran afluencia de alemanes, todo un turismo cultural. Bajan hacia la luz mediterránea arrastrados por su corazón romántico.

Mi amigo señala el abismo de carácter entre italianos y españoles comparando la ópera con los toros, donde todo es gravedad y tragedia real. Instinto y razón pelean a cuerpo y sólo sale vivo uno, entre los extremos del sol y la sombra, en un círculo cerrado sin escapatoria. En fin, algo de una seriedad innecesaria.

FIN

(Publicados en El Correo en agosto de 2007)

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Amparados por Steve McQueen en 'La gran evasión' ('The great escape', John Sturges, 1963), maravillosa película que era una de las favoritas de cualquier niño cuando se podía ver cine en televisión, observemos la siguiente concatenación de noticias, todas de esta semana. Comienza con un acontecimiento cómico anual que suele ser recibido con sonrisas de complicidad generales, algún comentario crítico resignado y un silencio sepulcral de la clase política: la publicación de las estadísticas de la declaración de la renta, reportadas por los diarios sin asomo de ironía. Como todos los años certifican que la Italia oficial, la de los datos económicos, esa con que se hacen las previsiones, los informes del FMI, los cálculos europeos, en definitiva, esa que los españoles se creen que están adelantando, es pura fantasía. Por consiguiente, atestiguan que la Italia real sigue siendo un absoluto misterio, como tenemos por costumbre sugerir aquí.

Las declaraciones de la renta de 2008 dicen que el 80% de los italianos ganan menos de 26.000 al año, un poco más de 2.000 euros al mes, sin pagas extras. Pero bajando un poco más el listón resulta que la mitad de los italianos dice ingresar menos de 15.000 euros: media Italia es ‘mileurista’. Tremendo, ya ven, debería formarse de inmediato una ONG para ayudar a este país en vías de desarrollo. Aunque casi sería más inteligente fundar varias ONGs en el resto de países que les introduzcan en los secretos de los italianos como una vía alternativa y directa al superdesarrollo posmoderno.

Miren si no la proporción de gente con pasta. La clase alta prácticamente no existe: sólo el 0,2%, unos 75.000 individuos, tiene ingresos por encima de los 200.000 euros, y además la mayoría son empleados, ni siquiera empresarios por cuenta propia. Lo habrán notado sin duda cuando hayan venido a Italia, los restaurantes vacíos y todo el mundo moviéndose en bicicleta con ropa de saldo. Las empresas, naturalmente, son otro drama: casi la mitad sufren, teóricamente, pérdidas. Unas 520.000 obtienen beneficios y 419.000 están en números rojos. En hoteles y restaurantes, por ejemplo, la renta media es de 13.500 euros, que baja a 9.500 en los autonómos.

En resumen, como habrán adivinado todo esto es una gigantesca trola que no se cree nadie. El encanto es vivir, actuar, gobernar, moverse por el mundo como si fuera verdad. Luego, si llega la Guardia di Finanza, hay que inventarse lo que sea, como el maestro Totó, que nos acompañará hoy, en ‘I tartassati’ (Steno, 1959), cuyo inicio ya vimos un día:

Sinopsis: Alarmado por la llegada de una inspección, Totó, propietario de una tienda de modas, llama a su asesor -el mítico ‘comercialista’ o ‘consulente fiscale’, interpretado por Louis de Funes-, que le aconseja intentar ‘simpatizar’ con el inspector, por ejemplo a través de la política, a ver si lo corrompe o le lleva a hacer la vista gorda. Totó regresa a la oficina, donde el temible inspector (el gran Aldo Fabrizi) le dice que las cosas van muy mal: «Esto me hace pensar en los tiempos de ese buen alma (buonanima) de...». Entonces Totó, pensando que habla de Mussolini, se lanza sobre la ocasión, pero siempre sugiriendo sin llegar a decir, para encontrar la complicidad del interlocutor, un arte refinado muy italiano. Por ejemplo, basta leer los periódicos, donde a menudo nunca se encuentra del todo la noticia y mucho menos el titular. Decíamos que Totó se lanza al panegírico facha: «Esos sí que eran tiempos, y ya no volverán...». «¿Pero qué tiempos?», le pregunta el otro, incómodo. Totó hace gestos, canta cancioncillas, grita el «A noi!» fascista y hasta interpreta como conmoción la conjuntivitis del inspector, hasta que le aclaran que ha entendido mal, que hablaba de la ‘buonanima’ de su abuela (la ‘nonna’). Salida magistral de Totó: «¡Entonces usted es anti, como yo!». Luego llegan los cafés, fundamentales para confraternizar, como ya contamos un día, pero el inspector, incorruptible, los rechaza. Totó se pasará así toda la película.

FIN

Pasemos a otra noticia del día siguiente: el gasto medio de una familia italiana es de 2.500 euros. Hombre, no puede ser. Si se compara con el dato de la víspera, el 80% de los italianos viviría bastante por encima de sus posibilidades. En realidad, como ya saben o se habrán imaginado, la evasión fiscal se calcula entre 100.000 y 200.000 millones al año, un mínimo de siete puntos del PIB. La economía sumergida representa un 16% del PIB, principalmente en el sur, donde además de no saltar al ojo al Estado es aún más esencial no aparentar riqueza ante la mafia local, que también cobra sus impuestos.

La Guardia di Finanza, cuerpo heroico cuyo emblema bien podría ser un agente combatiendo a Godzilla con un cazamariposas, suele empezar sus investigaciones con los compradores de cochazos, yates, mansiones, o los inscritos a clubes de golf o mirando las listas de los colegios caros. El 58% de las embarcaciones de lujo italianas están a nombre de testaferros, mayores de ochenta años o sociedades de charter con sede en el extranjero, que en realidad suele pertenecer al propietario, que de esta forma se benefecia de un descuento del 40% en el gasóleo. Una característica habitual de esta fantástica especie del evasor es que no sólo se hace pasar por pobre, sino que aprovecha todas las posibles ventajas de serlo, como subvenciones, ayudas y demás. Coherencia ante todo.

Porque no se crean que el evasor se esconde. No tiene sentido, socialmente se comprende. Es modélico el caso de un empresario de Cortina D’Ampezzo (norte), que había declarado 5.000 euros pero tenía una villa de lujo en Cerdeña de un millón de euros con una majestuosa piscina en forma de pene. Una cosa discreta, ya ven. La Guardia di Finanza la descubrió con un sofisticado método de investigación científica: trasteando en Internet con las fotos áereas de Google. En lo que va de año han salido cada día a la luz 21 personas que hasta entonces no han existido para Hacienda, gente que no ha pagado un impuesto en su vida. No tienen nada a su nombre, ni contratos, ni la factura de la luz, ni nada en el banco.

De todos modos, cuando te pillan, siempre queda el comodín del soborno, otro clásico. Como ocurre en ‘Stanza 17-17, palazzo delle tasse, ufficio imposte’ (Michele Lupo, 1971), donde Ugo Tognazzi es un inspector íntegro al que intentan camelar por todos los medios posibles. El argumento es muy gracioso: una tropa de evasores cazados decide robar el dinero de la caja fuerte del Palacio de Impuestos, en el piso de abajo, para pagar la multa con ese mismo dinero, en el piso de arriba. Esta escena está rodada en el EUR, con música de Armando Trovajoli, aunque está muy inspirada en la de Morricone de un año antes para ‘Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto’ (Elio Petri, 1970, Oscar a la mejor película extranjera).

De todos modos, antes de seguir, hay que reseñar que el cuadro estaría incompleto sin apuntar que a los italianos les fríen a impuestos, que ese dinero no se ve por ningún lado porque la mayoría de los servicios públicos dejan mucho que desear o son lamentables y que en la administración se roba a mansalva desde hace décadas. Claro, uno se lo piensa dos veces. ¿Qué hacer? Hace unos meses encontré en el quiosco un libro fabuloso: ‘Manual de autodenfensa de las tasas. Las informaciones y los consejos para protegerse del Gran Hermano que vigila todos nuestros movimientos’ (Segunda edición). Precio, 8,90 euros. De la A a la Z explica con detalle cómo burlar a Hacienda en cada situación. Es uno de los ejemplos más divertidos de la consideración del Estado como enemigo primordial del individuo. Por ejemplo, en la voz ‘Casa’ el primer apartado se titula ‘Riesgos para el que compra. Problema: declarar el precio real y las compensaciones a los mediadores’. Dedica más de seis páginas a explicar todos los trucos posibles. Es una publicación semestral que se actualiza con las leyes que salen como churros y cambian a cada segundo la situación. Indispensable.

En fin, con este ambiente se convive a diario, y es muy instructivo. Cada vez que voy al dentista no saben el número que me montan cuando saco la tarjeta de crédito para pagar: le miran a uno como a un criminal. O peor, como a un ciudadano poco civilizado e insolidario. Es esa paradoja que ya hemos descrito de priorizar lo individual sobre lo colectivo, sin pensar nunca en el largo plazo y en los beneficios que acabarán regresando al individuo. Eso no se lo cree nadie. El camino del largo plazo es eso, largo, y en medio seguro que lo roba alguien.

Total, que en el dentista ponen cara de fastidio, empiezan a murmurar, tardan un rato en encontrar el aparato, que está perdido en algún cajón porque, dicen, no lo usan nunca. Y es más, aseguran o fingen que no saben cómo se usa. Esto para pagar facturas de, por ejemplo, mil y pico euros, y ya saben la cantidad de dinero que se puede mover al día en un dentista. Es que lo normal es andar por ahí con el fajo de billetes y la goma elástica. O el fascinante mundo de los cheques, algo que yo creía superado, pero que en Italia es una religión, a ser posible al portador, anónimamente.

Del mismo modo, por ese respeto al derecho a la ilegalidad de cada uno, jamás se pide un documento de identidad al pagar con la tarjeta de crédito. En más de ocho años sólo me lo han pedido una vez, en Ikea, que son suecos. A los turistas españoles les miran con asombro cuando pagan en el restaurante y ofrecen cándidamente su DNI. A los camareros casi les causa pudor tal invasión de intimidad.

No crean que en Italia es fácil decidir qué hacer, si ser honesto o no. Porque siempre parece que conviene más no serlo. Miren a Totó, harto de hacer el primo, en ‘La banda degli onesti’ ('La banda de los honestos', traducción mía, Camillo Mastrocinque, 1956).

Sinopsis: Totó obtiene, por casualidad, una plancha para falsificar billetes y papel moneda auténtico, pero no sabe cómo ponerse manos a la obra. Entonces acude a un tipógrafo que conoce, una de sus parejas clásicas, Peppino de Filippo, hermano de Eduardo. La ambigüedad de la que hablábamos antes es la base de toda esta secuencia, en la que intenta convencerle del negocio sin llegar nunca a decirlo. De hecho, cuando lo dice, cuando lo latente se hace explícito, algo terrible en Italia, la escena es pudorosamente silenciada tras un cristal.

Totó empieza el acercamiento por el contacto físico, el clásico ‘braccetto’, coger del brazo. Es habitual ver a los políticos pasearse del brazo por los pasillos del Parlamento, confabulando y haciéndose confidencias. Para introducir el tema, Totó le pregunta si mucha gente se hace billetes de visita falsos. «A lo mejor son falsificadores...», insinúa, y hace uno de sus gestos maravillosos, girando la mano a media altura, como ajustando una pieza. Para acabar el razonamiento, le invita a tomar un café. Otra vez el café, ya ven. Esto nos permite la delicia de entrar en un bar de entonces.

Totó le da entonces una lección sobre el capitalismo, a la italiana: «Esta taza es usted y esta es el otro, el capitalista». En Italia los demás siempre son el otro, el enemigo. El azúcar es el capital. «¿Qué hacer? Usted no lo sabe, pero él sí, y se aprovecha», explica Totó sirviéndose azúcar. «Piensa que en algún momento se parará, pero eso es porque usted es un caballero, una buena persona y tiene confianza en el prójimo, pero él no, y sigue». Cuando el camarero le quita el azucarero Totó indica la solución: «La prepotencia. Sí, porque los tipos como usted son los que se dejan poner los pies en la cabeza. Usted representa la parte sana, honesta, limpia, del país. En cambio, los otros son la parte... ¿entendido? (capito?)». «Pero los otros, ¿quién?», pregunta perplejo el tipógrafo. Ésa es la pregunta clave. Son, en abstracto, todos los demás, así que tonto el último.

Totó le habla de los especuladores, que nunca van a la cárcel porque conocen el código penal. Le señala como ejemplo, para que mire sin mirar -otro matiz de sutileza-, un tipo de la caja. Peppino no entiende nada y Totó le dice, con todo el respeto, que es tonto: «La solución es adaptarse». Salen y ante la puerta del metro (es el barrio de Monti, la entrada de la parada Cavour) le propone «pasar de la otra parte». Entran en la boca del metro y le propone el negocio. A mí me parece, aunque esto ya son opiniones de cinéfilo sonado, que la elección del lugar no es casual, es la puerta del mundo subterráneo, una metáfora de la Italia real. Peppino se va indignado, aunque luego aceptará, y lo último que se oye es a Totó que dice: «¡Escuche la voz de la sangre!». Como diciendo que está escrito en los genes.

FIN

No hace falta poner películas, la verdad. Una situación parecida fue descrita hace poco en ‘La Stampa’, al transcribir la confesión del fiscal jefe de Pinerolo (norte), que encargaba falsos informes a una asesoría cómplice para investigaciones inexistentes. El fiscal y sus amigos se repartían 30.000 euros más IVA con cada uno. Arrepentido, el fiscal narraba cómo empezó todo, de la manera más tonta. Habían encargado una pericia a una empresa y, con un amigo ginecólogo, comentó el dineral que se sacaba con los informes. Observen la elegancia de la explicación:

«Los dos nos dijimos: ‘¡Si ganáramos nosotros lo que ganan ellos!» Él dijo una frase, creo que con alguna palabrota, aunque es un señor en su comportamiento. Entonces, desgraciadamente, me crea, me vino a la mente decir, o lo dijo él: ‘Cáspita, ¿pero no se podrían hacer pericias de ese tipo y ganar nosotros algo?’. Me dijo entonces que conocía unas personas (el mítico ‘comercialista’) que sabían hacerlas. Hablamos de ello, pero ni siquiera de modo, diría, explícito. Pero así como fue implícita la partida, fue explícita la conclusión».

En fin, que el fiscal jefe de Pinerolo (norte) acabó llevando el dinero en los calcetines a Montecarlo por la frontera de Ventimiglia. Todo porque quería un barco para ir a pescar.

Decíamos que suele parecer mejor no ser honesto, sobre todo según quién esté en el poder. Así llegamos a la tercera noticia, del tercer día: el Gobierno da vía libre al llamado ‘escudo fiscal’, una amnistía para que quien tenga dinero en Suiza o las Islas Caimán lo pueda volver a meter en Italia de forma anónima y pagando un pequeño porcentaje de multa, un 5%. En Estados Unidos o Gran Bretaña han hecho lo mismo, pero pagando íntegro lo que se debe. Pero Berlusconi, juzgado varias veces por evasión, fraude fiscal y soborno a la Guardia di Finanza -luego absuelto o indemne por la prescripción-, ha aprobado tres condonaciones de este tipo en ocho años. En 2001 volvieron 1.600 millones. En 2003, 497. Esta vez han apuntado en las cuentas, de momento y de forma simbólica, un euro. A ver qué pasa.

Le preguntaron el otro día al ministro de Economía, Giulio Tremonti, si esto del escudo no era incoherente con las nuevas reglas mundiales que se quieren imponer tras la crisis, para luchar contra los paraísos fiscales, reafirmadas en el último G-8 de L’Aquila. Respuesta del ministro por lo bajinis: «Che testa di cazzo!». Literalmente, «qué cabeza de polla», insulto que viene a ser algo así como ‘animal de bellota’. Algún día tendremos que hablar del uso de los genitales en la lengua italiana, totalmente opuesto al español. Sobre esta expresión, para que la comprendan mejor, circulaba un chiste aquella vez que Berlusconi apareció con un pañuelo pirata en la cabeza. «Es porque le han operado de fimosis», se decía de broma. Pero no, luego se supo que era por un implante capilar. Más tarde aún se ha sabido que a Tony Blair, al verlo, casi le da un ataque, y le pidió a su mujer que siempre se colocara entre ellos dos, porque si no saldrían juntos en las fotos y la prensa británica le iba masacrar. Perdonen la digresión, es que venía al pelo.

Berlusconi argumenta que lo del escudo fiscal es una forma de recaudar dinero para las arcas del Estado, pero comprenderán que a cualquiera se le ocurre que es mejor evadir impuestos y esperar a la siguiente amnistía. Es decir, el que paga se queda con cara de tonto. Al italiano esto le sienta fatal, es lo peor que le puede ocurrir: ser el perdedor donde es pecado no ser un listo. Hablando de pecado, lo del ‘escudo fiscal’ nos trae de nuevo el tema de la piedad. En Italia siempre se espera en el perdón, en la rebaja del castigo, en una excepción a las reglas. Y lo malo es que a menudo ocurre. Así no hay manera de que funcione el sistema. Esta semana, también ‘La Stampa’ relataba el caso de una empresa de remolcadores del puerto de Livorno (norte) que había despedido a dos trabajadores por robar ocho litros de gasóleo. Ellos han alegado que lo hacen todos los trabajadores de la empresa desde los años sesenta, que es una minucia de los miles de litros que se gastan y que la dirección más o menos lo sabe. Decisión de la juez del tribunal de trabajo: deben ser readmitidos, porque «es un comportamiento tolerado, mantenido por todos y tácitamente admitido. La empresa lo sabía y no lo ha sancionado nunca». En todo caso, quizá echen a quien no robe.

Es lo que ha dicho Berlusconi muchas veces, y una de ellas siendo primer ministro en un discurso en visita oficial a la Guardia di Finanza:

«Hay una norma de derecho natural que dice que si el Estado te pide un tercio de lo que has ganado con tanto esfuerzo te parece una petición justa, y se lo das a cambio de servicios que el Estado te da. Si el Estado te pide más. o mucho más, hay un abuso sobre tu persona y entonces te las ingenias para encontrar sistemas elusivos o incluso evasivos, que sientes en sintonía con tu íntimo sentimiento de moralidad, y que no te hacen sentir íntimamente culpable».
(11 de noviembre de 2004)

Toda una lección de capitalismo, como la de Totó. Ya ven que lo del derecho natural Berlusconi lo esgrime de maravilla, siempre a su favor, como el Vaticano. Por cierto, echen un vistazo a la última encíclica de Benedicto XVI, ‘Caritas in veritate’, que va de economía. Le da un palo muy bien dado a tiburones financieros sin escrúpulos y empresarios explotadores, a los contratos basura y a la precariedad laboral. Pide una nueva ética económica y el regreso del «trabajo decente». En ningún lugar ha sido recibida la encíclica con tanto gozo y alegría como en Radio Vaticana: ¿Significará esto que por fin van a poner en regla, como Dios manda, a toda la gente que trabaja sin contrato desde hace años y hasta sin cobrar los domingos, el día del Señor?

Es curioso, pero en Italia de esto tampoco se habla y lo sabe todo el mundo. Es poco probable que les manden una inspección. El Vaticano, estado soberano, no tiene que rendir cuentas a nadie y hace lo que quiere. Es imposible saber cuánta gente tiene en negro. Pero es comprensible, Radio Vaticana pierde mucho dinero -hasta ha empezado a meter publicidad- y hace como todo el mundo. El camino de la santidad está lleno de obstáculos. Los trabajadores que lo sufren también son como los demás: piensan que sus jefes son un poco jetas, como en cualquier empresa. Aunque en su caso estarán de acuerdo en que es un poco más fuerte. A algún locutor sin contrato le puede haber tocado leer informaciones de la encíclica en la que el Papa pide al mundo que no se haga bajo ningún concepto lo que la radio del Papa le está haciendo a él. Desde luego lo habrá leído con mucho más sentimiento que uno fijo y puede que haya logrado conmover a algún gran empresario, o incluso a sus jefes. Por qué no, en esta radio creen en los milagros. De todos modos Radio Vaticana paga bien y nadie dice nada. No van a ir con las pancartas de 'Contrato súbito' a la plaza de San Pedro, pero entretanto, por ejemplo, a estas personas nadie les da un crédito para una hipoteca y se demora la formación de la familia, cosa que sin duda causa contrariedad en la Iglesia.

En fin, no se lo tengan en cuenta a Benedicto XVI si por casualidad leen la encíclica, porque seguramente no tiene ni idea de estas cosas que pasan en sus oficinas, y tampoco se lo van a decir ahora para darle un disgusto. El Papa será universal, pero el Vaticano es una cosa muy italiana. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Para terminar, recordemos la lección magistral de Totó sobre cómo destripar cajas fuertes en ‘I soliti ignoti’ (‘Rufufu’ en español, obra maestra de Monicelli, 1958), siempre con la angustia de ser sorprendido por la visita de la Policía y encima, toreado por los niños del vecindario. Naturalmente, uno se pone de la parte del delincuente.

De todos modos, y como siempre, mi rendida admiración por los italianos honestos, que supongo que son la mayoría. Unos héroes.

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Gracias de corazón a todos por sus palabras que, sin embargo, tienen un grave inconveniente: me han animado a seguir, con evidente riesgo de equivocarme.

Sin movernos del terreno de lo imposible, quería mencionar el apasionante fenómeno de la elasticidad temporal en Italia. También aquí es fácil que me pierda, así que partiré de lo más concreto para intentar terminar Dios sabe dónde, en el infinito y más allá, como en ‘2001, una odisea del espacio’.

El uso del gerundio en italiano, en algunos casos, eleva a una categoría desconocida el sentido de este tiempo verbal. Por lo generoso. Se supone que indica una acción que se está realizando y eso es precisamente lo que sobreentiende un romano a quien se espera durante media hora en una cita y responde al teléfono: «Sto arrivando» (Estoy llegando). No hay que equivocarse. Con escaso margen de error, en la mayoría de las ocasiones lo que quiere decir es que está entrando en la ducha, si hay suerte, y así hay que interpretarlo.

La literalidad en italiano está mal vista, como un exceso de celo. Se debe dejar un margen a la ambigüedad, que permite el juego. Es además mucho más práctico y real para vivir en movimiento, en el río imparable de la vida. Las referencias, sean reglas u horas, son portátiles. También te pueden cobrar cada día una cosa en el bar o en la carnicería, sin llegar nunca a aferrar el criterio regulador. La gente pide descuentos en los sitios menos pensados y a veces se los dan. Absolutamente todo puede dejarse para otro día en el último momento, hasta lo más sagrado, desde un juicio a unas oposiciones, y no digamos una votación decisiva del Parlamento o una intervención quirúrgica. Hasta el inicio de la liga, y con eso está todo dicho. Por ejemplo, hoy se ha decidido, de repente, cambiar la cumbre del G-8 de Cerdeña a L’Aquila, después de dos años de preparativos y a sólo dos meses y medio de la cita. Y que la nueva encíclica del Papa vuelve a retrasarse hasta junio. 'Slittare' (resbalar) y 'rinviare' (aplazar) son los verbos más socorridos y utilizados. Todo 'slitta', todo resbala. Es un país flotante. Además de tener una ciudad acuática e imposible, Venecia.

Lo público, como hemos intentado explicar, se suele descuidar porque no es de nadie. Se adapta a las necesidades personales. En su aplicación al reloj, esa peculiar concepción del tiempo, cuyo uso queda al albedrío de cada cual, está perfectamente reflejada en el cartel del horario de una vieja librería de Via del Pellegrino, en el centro de Roma. «Mañanas: incierto variable. Tardes: de 16.00 a 20.00 (seguro). Tardes de sábado: sólo en los meses no cálidos». Y añade: «En cumplimiento de la convención de Ginebra de 1949 este establecimiento se abstiene de abrir los domingos». En otra tienda suele haber un cartel que dice: «Torno prima o poi» (Vuelvo antes o después). Yo estoy totalmente a favor.

Esta dilatación de las reglas de convivencia, en función de las pequeñas vicisitudes de cada uno, hace que todo sea imprevisible o se retrase. Porque, como repetimos, el centro es el hombre, no el sistema, que es inhumano por definición y exigencias de funcionamiento. Si coincide que ese hombre es uno mismo es una bendición del cielo. Cuando se forma parte del sistema es para desesperarse. Pero eso mismo hace que en este país todo sea posible, para bien y para mal. Todos los que vivimos aquí, como el replicante rubiales, hemos visto cosas que vosotros no creériais. Ferrys que retrasan veinte minutos la salida para esperar a una señora que llega tarde y avisa por teléfono para que la esperen. Revisores que se apiadan de viajeros sin billete y les dejan viajar gratis en primera clase. Aviones que se abren cuando están cerrados. Policías que te cuelan sólo porque estuvieron una vez en España y se lo pasaron muy bien. Profesores que te aprueban porque les caes simpático. En ese sentido es un país mágico. Triunfan los sentimientos, como en las películas. En otro lugar de Europa uno se daría por jodido, pero la individualidad italiana, su sentido de la solidaridad y la extrañeza ante las reglas o estructuras superiores a lo que ocurre aquí y ahora abre espacios impensables. Uno cuenta siempre con poder forzar, aunque sea un poquito, los márgenes instituidos. Se vive más despreocupado. Pero también, y esta es la parte mala, se abren espacios inimaginables cuando a uno le toca chocar irremisiblemente con la ineficacia del sistema. Cualquiera tiene también historias terroríficas para no dormir.

Veamos, como intermedio, las peripecias del pobre Fantozzi, el gan Paolo Villaggio, para cobrar la pensión. Últimamente teníamos un poco olvidado a nuestro héroe, prototipo del italiano puteado, explotado y sufridor, y eso no puede ser, es mascota entrañable del blog:

El tráfico es un ejemplo clásico y aquí ya podemos estar rozando el tópico. Los italianos se saltan las reglas continuamente, pero conducen muy bien y, respetándolas, quizá la circulación quedaría colapsada. Ya hemos contado que un día hubo huelga de mantenimiento de semáforos en Nápoles, los apagaron todos y el tráfico fluyó con toda normalidad como un día cualquiera. En Roma uno puede cruzar la calle por donde le dé la gana, basta mirar a los ojos al conductor que viene lanzado. En nueve de cada diez casos el automovilista se parará sin enfadarse y te dejará pasar, aunque sea en hora punta y tenga encima siete autobuses. Da igual lo que diga el código de circulación para esa situación concreta y quien tenga la razón según las normas. Es más humano pactarlo entre dos personas sobre la marcha. El italiano es comprensivo y tiene un afinado sentido de la piedad. Es extremadamente civilizado en lo privado, aunque el uso de lo público dé una impresión de barbarie. Basta ver lo sucia que está Roma. Un conocido me contó que, pasando por un paso de cebra, un motocilista lo esquivó a toda velocidad y con el clásico sarcasmo romano le gritó mientras se alejaba:

-Aoooo, ¿pero es que crees que estás en Londreeeeees?

Las reglas y leyes fluctuantes pueden causar muchos problemas al recién llegado, porque se cree todo y aún funciona con esquemas normales. En este sentido aterrizar en Italia puede ser una pesadilla. Lo sabe cualquier corresponsal. El teléfono, la luz, abrir una cuenta, cualquier trámite burocrático parece un obstáculo insuperable porque, en general, uno llama y aparece una persona que le dice que necesita 17 documentos distintos y hasta su carta astral, en copia compulsada. Aunque sea para hacerse la tarjeta del supermercado. Ese empleado o funcionario lo suele hacer porque no tiene ni idea, o no se acuerda, o las reglas cambian cada mes y, para asegurar, pide todo lo que se le ocurre. Se castiga al ciudadano sin piedad. Lo mejor en estos casos es mi ‘técnica del concurso’: llamar dos o tres veces a empelados distintos y elegir la respuesta más sencilla, pues tras algunos intentos suele aparecer otro dependiente que simplemente pide una fotocopia del carné de identidad. Esto entre gente que trabaja en la misma oficina, imaginen coordinar un país. Las centralitas telefónicas delirantes de la modernidad, especializadas en marear al consumidor, no han hecho más que disparar este fenómeno.

Aquí tocamos otro punto insondable, en el que por hoy no nos adentraremos, que es el amor al papeleo. Por antigüedad decimonónica Italia es el reino del matasellos, el timbre y el formulario recortable. Pero yo atribuyo a esa desconfianza hacia lo abstracto y al creer sólo en lo que se ve un amor realmente desmedido por el fax. Aunque en el resto del mundo occidental esté en desuso los fabricantes pueden dormir tranquilos mientras exista Italia. Hacer las cosas por Internet les suena a chino y una voz al teléfono es un eco en el espacio. Mande usted un fax, es siempre la respuesta. Se siente el vértigo temporal de un país que vive en otra época. Con la burocracia los tiempos son eternos, otra dimensión del tiempo. Tras la impaciencia inicial se entra en una especie de estado de desinterés, de desapego espiritual y se deja de esperar. Es lo más parecido que conozco a la ataraxia, una serenidad imprevisible que, paradójicamente, Italia proporciona por saturación. Otra lección de vida.

Como todo resbala, o se pospone, o depende de las circunstancias concretas, nadie cree demasiado en nada, cosa que ya hemos dicho. Todos estos retrasos y agujeros en el tiempo que repetimos pueden ser defectos, pero según como se mire son comodidades y, ayayay, como tales son muy contagiosas. Suecos, españoles o alemanes cuadriculados que llegan quejándose de todo al final se ‘italianizan’ totalmente, porque en cierto modo la suya puede ser una forma de vida más saludable. El extremo es que incluso se llega a desear que no se cumpla lo anunciado, como cuando uno era pequeño y la noche anterior a un examen soñaba con una repentina nevada que bloqueaba la ciudad o un ataque marciano. En Italia esos milagros son perfectamente posibles. Todo puede saltar a última hora. Es más, la gente se organiza a veces deseando o dando por sentado que las cosas no serán a la hora establecida. Es más, si es así, a veces se causan trastornos, pues la puntualidad puede llegar a ser juzgada como una exageración, una falta de flexibilidad que es casi vista como no saber vivir. A mí me han reñido por llegar a la hora a cenar a una casa donde estaba invitado, porque ni habían empezado a cocinar.

En medio de este desmadre, insisto, se yerguen ciudadanos rectos integérrimos, hastiados pero aún en pie, que son como esculturas vivientes al héroe desconocido, luchando contra viento y marea sin la menor posibilidad, creo yo, de éxito ni de cambiar nada. Con la gente que todavía cree en los Reyes Magos y los lectores de periódicos son los últimos románticos de este mundo.

Uno de los más grandes ejemplos de alegre elasticidad temporal es el que plantea ‘Non ci resta che piangere’ (No nos queda más que llorar, según mi traducción, 1984), legendaria película de Massimo Troisi y Roberto Benigni, dos monstruos de la humanidad. Interpretan a dos bedeles de un instituto que se quedan dormidos en el coche mientras esperan ante un paso a nivel. Cuando despiertan están en el Quattrocento. Y ya está, así de fácil. Sus aventuras para intentar regresar al presente son memorables. «¡Recordad que debéis morir!», les dice un fraile de la Inquisición, y Troisi responde: «Sí, sí, ahora me lo apunto...». Uno de los mejores momentos es éste, en el que encuentran al mismísimo Leonardo Da Vinci:

Sinopsis: Para los que no dominen el italiano será largo, porque el humor de Troisi y Benigni está en su forma de hablar, sin acabar las frases. Pero haremos el esfuerzo por el cine, qué demonios. Lo traduzco casi literalmente para quien no comprenda bien.

Nuestros héroes, un napolitano, Troisi, y un toscano, Benigni, cada uno retrato de sus rasgos autóctonos, encuentran a Leonardo Da Vinci. Se acercan y empiezan a discutir. «Mira, le decimos, nos hace falta esto, esto y esto, ¿nos lo puedes construir?», dice Troisi. «Pero no, a él qué le importa, imbécil, él tiene que pensar que somos dos científicos, tenemos que despertar su curiosidad, decimos cosas que le dejan impresionado».

Pasan al lado y Troisi dice haciéndose el interesante: «¿Pero nueve por nueve serán 81?». Benigni le sacude: «¡Hemos terminado con Leonardo, vas con la tablita de multiplicar a Leonardo Da Vinci! ¡Cosas científicas! Déjame hablar a mí». Vuelven. Empieza el diálogo:

-En la naranja está la vitamina C...
-¿Quiénes sois?
-Somos... dos... digamos colegas... somos también ingenieros, científicos, descubridores, hemos hecho un montón de patentes, inventamos, hacemos un montón de cosas...
-¿Qué está haciendo?
-Un experimento con las palas y el agua...
-¿La corriente?
-La corriente... la corriente es... peligrosa, peligrosa, te arrastra, si usted intenta nadar contracorriente, nada, no lo consigue... peligroso... no para los ingenieros, sino para el que nada...
-Oiga, nosotros queríamos desarrollar estas cosas científicas que hemos dicho con usted, si tiene un poco de tiempo...
-Podemos hacer una consulta... entre inteligencias...
-Vamos, vamos a la tienda estudio.

En la tienda:
-Bueno Leonardo, no hay que perder tiempo. Estoy emocionado porque es la primera vez que... Entonces... Nosotros, las cosas que te hemos dicho antes, estos conceptos científicos, hay que construir sobre esto, aparatos...
-Nosotros sería como, como decir, que nosotros metemos las ideas, trabajamos con la inteligencia, tú construyes, ta, ta, lo que salga al final, faltaría más, se divide a la mitad... bueno, 33, 33 y 33, mejor dejar claro estas cosas que... Bueno, te explica él.
-Bueno, a ver alguna de estas invenciones que tenemos en el archivo... ¡La gente va a pie o va a caballo! No es verdad, hay otra manera, el tren. El tren está construido así Leonardo: dos vías, más fácil y se muere... pero dos vías largas, puedes llegar a África, no te preocupes, dos trozos de hierro, los sabéis construir ¿no? De hierro, duro, con cosas de madera dentro, y vas donde quieras, das curvas, subes, bajas,... Bueno dibujo peor que usted, perdone si me permito... Zas y zas, esto son las vías, la madera, y encima está el tren, todo de hierro, el humo que sale, tuf, tuf... ¿Cómo funciona? Se tira la leña en la caldera, el calor desarrolla energía y...
-¿Entonces va con una chimenea?
-No, no, es un mecanismo diverso...
-Echando leña se mueve...
-Bueno, otra cosa... ¡El obrero! ¡Marx! El capitalista explota al obrero, que no sabe que es un obrero, la conciencia de clase... la huelga ¿Cuánto me quieres hacer trabajar? ¡Hago la huelga!... Ehhh, ¡Freud! Dice esta mesa ¿qué es? El lapsus freudiano, tu madre te gustaba, complejo de Edipo, el inconsciente... Buuff.
-Perdona, Leonardo, una cosa simple, facilísima, el termómetro. Una cosa de cristal, mercurio, todos los numeritos, sirve para saber si tienes fiebre, te lo pones aquí, o en la boca. Si el mercurio llega a 35...
-¡Débil!
-Débil, mírame a mi.
-36, normal, 37.... eehh
-Rojo, rojo, lo ha tenido mi hermana...
-Rojo, un poco de fiebre, 38 un poco más, tienes que quedarte en casa, no sales, qué frío, una cosa... 41, 42, rojísimo, al hospital...
-¿35?
-Exacto, 35, débil, te sientes...
-¡38!
-38... ¡Leonardo! No, lo ha dicho antes, bueno, gracias, nada, nos vamos... Si quieres quedarte, quédate, yo me voy...
-Escúchame Leonardo, con calma, si nos ponemos... ¡El semáforo!

Pasa la tarde. Cae el sol.
Benigni vuelve y Troisi le está enseñando otra cosa.
-¿Entendido? No, no me digas que entiendes y luego no has entendido nada, ¿por qué no me lo dices: no, no he entendido, explicámelo otra vez?
-He entendido.
-Sí, pero pones un cara... Vamos a probar. Atención. Cojo cuarenta cartas, ta, ta, barajo, corto...
-¡Cortas para no hacer trampas!
-Eso es, muy bien. Tres cartas a ti, tres para mí... En la mesa... ¡Atención Leonardo, no me hagas...! En la mesa settebello (el siete de oros), as de oros y ocho de espadas. Tú tienes el ocho de bastos, ¿qué coges?
-¡Settebello y as de oros!
-Muy bonito ¿ves cómo no has entendido nada y dices que sí? ¡Si tienes un ocho tienes que cogerlo!
-¿Pero por qué?
-¡Mamma mía! ¡Porque es una regla!
-Venga vamos, déjalo.
-¡Ni siquiera la escoba, es que es una cosa...!
-Arrivederci, maestro, gracias.
-Arrivederci, maestro, pero mamma mía...

Desde luego, qué cabezón este Leonardo. Las reglas son las reglas.

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26 Feb 2009

Diario mínimo (35)

Basura en Roma

El servicio de recogida de basuras de Roma (AMA) existe, aunque haga pensar lo contrario el estado de la ciudad, y tiene grandes problemas para hacerse pagar. Ayer anunció que se le deben 500 millones de euros en tasas e hizo pública una lista de los principales morosos: Correos (3 millones de euros), Ministerio del Tesoro (1,5), Ministerio de Justicia (860.000), Ministerio de Finanzas (695.000), Ministerio de Interior (518.000), Dirección general del Tesoro (447.000), Ragioneria generale (383.000), Congreso de diputados (243.000), Escuela de la Guardia di Finanza (226.000) y el Palazzo Chigi, la Presidencia del Gobierno (158.000). Siguen los Carabinieri, la Marina militar, la Dirección General Antimafia, la Fiscalía general,... La lista continúa con miles de ciudadanos anónimos, imitando el ejemplo de sus autoridades.

(La Repubblica de hoy)


Basura en Palermo

Nuevas cifras inverosímiles del ayuntamiento de Palermo, 660.000 habitantes, con un agujero de 200 millones. De los 866 millones anuales de gasto corriente el 72% se va en sueldos. Es que tiene 21.895 empleados, uno por cada 30 vecinos, y las empresas subcontratadas de amiguetes y parientes proliferan como hongos. Encomiable el departamento de basuras (AMIA): un barrendero cada dos kilómetros. Es que hasta hace poco tenían derecho a dejar el puesto al hijo al jubilarse. Paga la tasa de basuras sólo el 29% de los palermitanos. Surrealista el departamento de jardines, que engulle 27 millones al año: el cuidado de las plantas está repartido en distintas empresas, en función de la altura de la flora. Hasta 249 centímetros es competencia del Gesip. De 250 para arriba, del servicio villas y jardines. Es probable que haya un tercer servicio de medición de plantas, subdividido en colores, con secretarías de mocotiledóneas y dicotiledóneas.

(Corriere della Sera de hoy, con información del Giornale de Sicilia y la edición de Palermo de La Repubblica)

Principios

"Lo importante es ganar sin participar"

(Título de una comedia en cartel estos días en un teatro de Roma)

Estudiemos mejor el fenómeno con el inicio de 'I tartassati' (Steno, 1959), descacharrante comedia de Totò y el inmenso Aldo Fabrizi.

Sinopsis: Voz en off: "Italia es el país del sol, de los monumentos y de los palacios. En cualquier ciudad hay algún palacio famoso. Son palacios que los turistas de todo el mundo vienen a ver, pero hay también en cada ciudad un palacio que nadie quiere ver, el palacio de impuestos. Nadie lo querría ver y mucho menos entrar, y sin embargo las tasas son necesarias. Gracias a las tasas pagadas por los contribuyentes, los servicios públicos funcionan a la perfección. Vuestros automóviles se deslizan silenciosamente por calles bien asfaltadas. Los representantes del orden están siempre a vuestra disposición, vigilantes y diligentes. Y sobre todo el paro se ha resuelto en gran parte, porque gracias a las tasas se ha creado una nueva profesión: la del asesor fiscal, al que todos recurren para pagar lo menos posible".

Entra en escena Aldo Fabrizi -con el 'cupolone' de San Pedro detrás, elección que nunca es casual en las películas italianas- en el papel de implacable inspector fiscal que se dirige hacia su presa:

-¿Cuál es?

-Ése.

-¿Negocio único?

-Único.

-¿Sin sucursal, verdad?

-No.

-Parada de autobús, parada de taxis con teléfono, tienda de lujo, escaparate todo lleno de latón, cristales coloreados,... Mira a ver cuánto paga al bimestre...

-¿Todo incluido?

-Todo (enumera varios impuestos).

-40.

-¡40! Una cosa de mercadillo de barrio... Vamos.

El propietario de la tienda es Totó, claro. Y toda la película se basa en lo que hace para intentar no pagar y sobornar al inspector en escenas memorables, que ya iremos poniendo.

Es superfluo decirlo, pero autobuses, calles y policías, las tasas, los asesores fiscales, la relación entre autoridades y administrados, entre tasas y servicio obtenido, así como la ciudad de Roma, siguen siendo más o menos iguales, 50 años después. También uno se encuentra este tipo de tiendas, que resisten al paso del tiempo, aunque en el centro van cerrando tristemente para dejar sitio a peluquerías, heladerías, pizzerías o terribles tiendas de souvenirs, por este orden.

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19 Ene 2009

Diario mínimo (26)

La tarjeta de crédito para pobres, sin fondos

El Gobierno italiano anunció tras ganar las elecciones, a bombo y platillo, una fantástica medida contra la carestía de vida, las llamadas ‘social card’. Es una especie de tarjeta de crédito para pobres, como muestra en la foto el ministro de Economía, Giulio Tremonti. Las da el Estado a jubilados y familias con ingresos menores a los 8.000 euros al año y regalan 40 euros al mes al portador. Se entregaron más de 500.000. Empezaron en diciembre. Un mes después se ha descubierto que una de cada tres, unas 200.000, no tienen saldo. Sus propietarios lo han ido sabiendo de la peor forma: pasando primero por pobres en la caja del supermercado al sacar la tarjeta y teniendo luego que devolver la compra porque no funcionaba. «La tarjeta es anónima, naturalmente, para no crear embarazo», dijo en la presentación Silvio Berlusconi, primer ministro, el hombre más rico de Italia.

(La Repubblica, 15 de enero de 2009)

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13 Ene 2009

Eterno retorno

Roma es la ciudad eterna porque cuando uno vuelve sigue como siempre y no cambia nada. Les ha pasado a varios amigos ex-corresponsales que han pasado por aquí en navidades, y me pasa a mí al coger los periódicos tras las vacaciones.

Como si fuera un diario de 1994, o de 2001, o del pasado mes de junio, Berlusconi sigue discutiendo con la Liga Norte si tiene que empezar antes por el federalismo o por «las reformas», mítico y abstracto concepto que comprende, así a lo bestia, todos los cambios inaplazables que necesita urgentemente Italia. Sigue el culebrón de Alitalia. Sigue la aburridísima odisea del consejo de la RAI, donde llevan ocho meses pegándose para colocar a los amigos, asunto que a nadie interesa pero que ocupa todos los días varias páginas de los diarios. Sigue el drama de la pobre Eluana, la joven que este mes cumple 17 años años en estado vegetativo y que al final morirá de desesperación: la decisión sigue atascada en los tribunales.

Por otro lado se repiten con periodicidad religiosa acontecimientos rituales:

-Se acaba de producir una nueva escisión en el Partido Comunista (y van...), para formar uno, esta vez sí, verdaderamente auténtico.

-Nuevos y apasionantes capítulos de políticos chorizos en Nápoles, Pescara... En Nápoles el ambiente era tal que la alcaldesa, Rosa Russo Iervolino (PD, centro-izquierda) grababa a sus propios compañeros de partido en las reuniones. El alcalde de Pescara (tambuén del PD), de momento y hasta que empiece el juicio, se ha retirado a un convento.

-Panorama político prometedor: Berlusconi dice que se irá del país si se publican una escuchas telefónicas suyas con chicas, que él niega que existan y de las que se rumorea desde hace meses. No se sabe si su advertencia es una amenaza o una promesa. Veltroni, entretanto, ante la desbandada del PD, donde están a cuchilladas, lanza el desafío de «seguir juntos al menos hasta las elecciones europeas».

-Movimientos sensibles en la gerontocracia. Andreotti cumple mañana 90 años. Si le hacen la pelota normalmente imaginen ahora. Anoche le montaron un especial en ‘Porta a porta’, en el que le dieron muchísima caña. Por ejemplo: «¿Es verdad que a su abuela la trataba de usted?». Como es un fijo del programa yo creo que ni vuelve a su casa, lo tienen en un armario y lo sacan cada día. Otra apasionante batalla mediática se libra en el programa ‘La Corrida’ (uno de esos de ‘haga usted lo que sepa’ en el que gana quien más haga el ridículo), donde el director de la orquesta, el maestro Roberto Pregadio, de 80 años, se ha hecho fuerte y se niega a dejar el puesto después de 40 años. Ahí lo tienen, a la izquierda de la imagen.

-Apartado de tonterías del Vaticano: un artículo del ‘Osservatore Romano’ advierte alarmado del mal irremediable que causa al medio ambiente la píldora, pues una cantidad devastante de hormonas acaba en la orina de las mujeres y termina en la naturaleza, causa directa de la infertilidad masculina que sacude a Occidente. Reflexionen sobre ello.

-Como cada año, toneladas de calendarios guarros de cientos de azafatas, aspirantes a modelo o divas en decadencia invaden los quioscos y las webs de los diarios. La Repubblica, por ejemplo, tiene una cómoda página con más de 300. Es la coartada seria para quienes no comprarían una revista porno con una excusa tan absurda como saber qué día tiene uno el dentista.

-Para terminar, debo reseñar con orgullo mis dotes de vidente, aunque es una lástima que sólo me funcione con las bobadas, y no con una quiniela ¿Se acuerdan de la chica de la foto de Alitalia? Sí, hombre, esta chica de la derecha, aquella azafata que desde el primer día se veía a la legua que iba a las protestas sindicales a lucirse. Le dedicamos dos capítulos y ya avisamos que apuntaba maneras y, en efecto, por fin lo ha conseguido: ayer hizo su entrada como concursante en el Grande Fratello 9. Otra azafata mona que también se lo había currado ha dado una entrevista quejándose, porque dice que hay enchufe: «Me querían a mí, pero ella tenía los apoyos necesarios». Nuestra chica ya está en la patética casa junto a un emigrante gitano llegado en patera, un ciego -gran atracción de este año pero que al final entra la próxima semana- y la habitual tropa de machotes y modelos de medio pelo. El espectador ya se relame porque sabe que las veremos a casi todas en bolas en los calendarios del año que viene. Ah, también estaba el mayordomo de los príncipes de Saboya. Entretanto, el príncipe Emanuele Filiberto estará en danza en otra cadena en ‘Ballando con le stelle’.

-Si me permiten un apunte personal, el paquete con jamón y viandas ibéricas para las navidades que me envió mi madre por correo certificado el 16 de diciembre aún no ha llegado. Y ha pasado casi un mes. Cada año adelantamos más el envío y, nada, no hay manera. A ver si ahora hay suerte y llega al menos para las navidades de 2009.

Cuando fui el otro día a Correos, tras hacer la clásica fila de media hora burlando a ancianos que querían colarse con técnicas de Totó, observé un cartel enternecedor que avisaba que ellos cerraban a su hora y les daba igual la fila: «El horario de cierre es a las 14.00, por tanto para evitar desagradables y extenuantes discusiones se invita a los gentiles clientes a valorar si persistir en la espera o regresar en los próximos días». Lo pongo en italiano que es muy bonito: «...per evitare spiacevoli nonché estenuanti discussioni si invita ai gentili clienti a valutare se persistere nella attesa o ritornare nei prossimi giorni». Si te lo dicen así hasta te hace gracia. En España pondrían algo así como «Cerramos a las dos caiga quien caiga», a lo bruto, o se organizarían para cerrar la puerta veinte minutos antes. En Italia impera el sálvese quien pueda, pero guardando las formas.

Ah, me ha llegado la factura del ‘canone’ de la RAI: 107 euros. Aquí la tele es de pago, aunque no la paga nadie. Una vez hasta salió un reportaje de un pequeño pueblo cuya peculiaridad es que era el único localizado donde todos los vecinos pagaban el ‘canone’, algo excepcional.

Por supuesto hay un remanente increíble de otros hechos insólitos con el que haremos en breve una descacharrante recapitulación para el Diario Mínimo.

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30 Oct 2008

Diario minimo (21)

El Estado no paga, basta escuchas policiales

Las tres compañías de escuchas telefónicas y ambientales que trabajan en Italia para la Policía y la Justicia amenazan con suspenderlas el 1 de diciembre si el Estado no les paga los 140 millones que les debe. Entre las operaciones que pueden pararse, búsqueda de huidos de la Camorra y protección de Roberto Saviano, persecución de la 'ndranghetta o terrorismo integrista islámico. "Hemos tenido que pedir prestado a los bancos y está en juego nuestra supervivencia -lamentan en un comunicado-. No somos Alitalia, somos empresas sanas, pero nos falta liquidez y 500 días de retraso en el pago son demasiados, porque el Estado es nuestro único cliente".

(Corriere della Sera de hoy)

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22 Oct 2008

Diario mínimo (16)

El Supremo anula el nombre de Viernes a un niño y le bautiza como Gregorio Magno

La Cassazione, el Tribunal Supremo italiano, es famoso por ocuparse normalmente de tonterías sin la menor importancia. Como ayer. Decidió cambiar de oficio el nombre de un niño, al que sus padres habían llamado Viernes, y le pusieron Gregorio Magno, festividad de su día de nacimiento. El Registro se negó a inscribirlo y la apelación de los padres fue subiendo hasta el Supremo. Los padres, de Génova, lo han encajado mal: "Para nosotros siempre será Viernes". Alegan que, por ejemplo, Totti ha llamado a su hija Chanel. El Supremo, más leído, asegura que Viernes puede ser objeto de bromas, pues recuerda al nombre del compañero de Robinson Crusoe, "una figura humana caracterizada por la sumisión y la inferioridad que no alcanzó la condición de hombre civilizado". La pareja replica que ellos nunca pensaron en la novela, y que incluso estuvieron a punto de ponerle Miércoles.

(Agencias de hoy)

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21 Oct 2008

Diario mínimo (15)

19 médicos cobraban por pacientes ya muertos

Brindisi. La Guarda di Finanza ha descubierto decenas de personas fallecidas que aún estaban inscritas en las listas de sus médicos de cabecera, de modo que los facultativos seguían cobrando la compensación mensual correspondiente por paciente. Naturalmente, era cosa de los propios médicos. Han sido denunciados 19 por estafa. En 70 de los casos de personas muertas, habían sido incluso sus propios médicos quienes habían certificado la defunción.

(Breve en 'La Repubblica' de hoy)

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Sobre este blog

Llevo en Roma desde 2001, como la odisea. Es decir, tiempo suficiente para darse cuenta de que no conoceré jamás Italia. Es un país tan popular por sus tópicos que en realidad es totalmente desconocido, y tienen engañado a todo el mundo. Espero poder transmitir la idea.
El periodismo, como a cualquier periodista un poco espabilado, a veces no me convence demasiado, pero se hace lo que se puede, no sé hacer otra cosa y siempre es mejor que trabajar.
El objetivo indisimulado de este blog es descojonarse, para qué nos vamos a engañar. Para las cosas serias ya está el periódico. Si fuera corresponsal en Ulan Bator lo intentaría, pero vivo en Italia. Otro propósito es referir hechos graves que ocurren en este bendito país y que no caben en el periódico, porque ya ni son noticia. Pero no hay que asustarse, en Italia, como decía Ennio Flaiano, «la situación es grave, pero no seria».
Una última pretensión es elogiar y divulgar el cine italiano, así, porque sí, porque es la pera y ya no lo ponen en la tele. Los niños no saben quién es Mastroianni, y eso es terrible.
Otra cosa que debe quedar clara es que no podré por menos que expresar algunas opiniones, pero como decía el inspector Harry Callahan, por algo llamado ‘el Sucio’, «las opiniones son como el culo, todo el mundo tiene una».

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