Íñigo Domínguez
La vida en Roma
Estos días se habla bastante en Italia de cosas inútiles. No me entiendan mal, no es que se hayan desarrollado debates inútiles, que también, como todas las semanas, sino que se ha discutido sobre entes y organizaciones que, por su inutilidad, quizá sería sensato pensar en suprimir. Pero ése es un enfoque superficial para cualquiera que conozca Italia, porque en realidad todo lo inútil tiene una función esencial: colocar a inútiles, que de este modo se hacen útiles a sus familias, partidos y demás órganos de referencia. Lo hacen, en un cierto sentido, por el interés de la colectividad. No toda, es verdad, sino una pequeña, la suya, pero por algo se empieza. Desengáñense, el interés general o el bien común son utopías insensatas que alteran la percepción de la realidad.
Por ejemplo, el ‘Corriere della sera’ contaba el miércoles que, dentro de una política de ahorro y racionalización en las universidades, en los dos últimos años se han logrado suprimir 470 licenciaturas consideradas inútiles. Por ejemplo, Bienestar del Perro y del Gato, Ciencia de las Flores y el Verde o Turismo Alpino. Los títulos se han quedado en 4.986. A ver lo que duran.
También, dentro del polémico recorte de gasto de 24.000 millones aprobado la semana pasada por el Gobierno, se eliminan 232 entes públicos considerados inútiles, aunque muchos eran ideales para colocar amigos y vivir de subvenciones. Han entrado en la lista todos aquellos que no han sabido explicar en qué gastaron el dinero el último año, y eso que cuestan 300 millones de euros anuales. Entre ellos, el comité para el centenario del tebeo italiano, la asociación de veteranos y supervivientes garibaldinos (Garibaldi combatió su última batalla en 1871), la sociedad dálmata patriótica, la unión de juristas católicos italianos o la fundación para el bimilenario de Vespasiano. Ah, también está la asociación de voluntarios antifascistas de España. Así como decenas de institutos de estudio de todas las disciplinas imaginables. Pero también la Fundación Bettino Craxi, en donde se sientan tres ministros, y la Fundación De Gasperi, guiada por Andreotti. A ver qué pasa esta vez, porque siempre que han intentado acabar con ellos se han rebelado y han sobrevivido. No se debe subestimar a estos individuos, están muy curtidos. Miren la hora de salida en la oficina de nuestro querido Fantozzi:
El problema es que algunos de estos 232 entes no eran nada inútiles. No obstante, están relacionados con la cultura, que para este Gobierno italiano, como para casi todos los de cualquier país, es sinónimo de algo que no sirve para nada. Así que, por no fijarse y cargarse de un plumazo toda la lista ahora están amenazadas instituciones históricas o prestigiosas como el Centro Experimental de Cinematografía, la Triennale de Milán o el Instituto de Oceanografía. En el mundo cultural y científico se prepara una revuelta.
Lo mismo ha pasado con las provincias. En Italia hay 110 y no sirven para nada, sólo para multiplicar poltronas y disparar presupuestos. Pero es que por eso mismo han ido creciendo con los años y devorando dinero, porque no hay que hacer nada, sólo cobrar. Cuestan 14.000 millones al año y dan trabajo a 61.000 personas. Berlusconi prometió suprimirlas, pero se le ha debido de olvidar. Es más, en los últimos años se han inventado siete más y hay solicitudes para otras 21.
Un caso gracioso es el de Barletta-Andria-Trani, en Puglia, tres municipios que se juntaron en una provincia hace cinco años pero que aún no existe del todo, porque todavía la están organizando. Andan pegándose entre el triunvirato de gloriosas capitales emergentes por ver quién se convierte en nuevo núcleo de poder del invento. De hecho el nombre de la provincia es así, como lo han leído, y se negocia intensamente quién se lleva este o aquel organismo. Hace poco consiguieron por fin los teléfonos. Todavía no tienen escudo porque no han encontrado uno que les convenza. Por fin el pasado día 21 Andria se llevó la sede del consejo provincial, Barletta la Prefectura y Trani se tuvo que conformar sólo con los Carabinieri. Naturalmente sí tiene todos sus cargos en activo, aunque no hagan nada, y este año contaban con un presupuesto de 50 millones.
Volviendo al dilema de las provincias, con el recorte anunciado esta semana se propuso eliminar nueve con menos de 220.000 habitantes, cifra que según detractores de la medida se había decidido para salvar algunas provincias del centro-derecha que tienen justo unos pocos habitantes más. Pero ha estallado la revolución. La Liga Norte, socia de Gobierno, consiguió que se salvaran de la norma aquellas provincias que hacen frontera, aunque no se sabe por qué, pero es un criterio en el que casualmente encajan las que están bajo su poder en el norte. Y tampoco hay más fronteras que esas en Italia. Sin embargo no había excusa para Bérgamo, así que Umberto Bossi ha anunciado directamente «guerra civil» si se suprime.
Cunde el descontento y la movilización es general. Por ejemplo, el portero de la selección de fútbol, Gigi Buffon, ha hablado desde la concentración del Mundial, indignado porque su provincia, Massa Carrara, está en la lista: «¿Bajo quién acabaremos?», se pregunta angustiado. Cada italiano es de su pueblo y poco más, y defiende su parcela a muerte contra el enemigo exterior. Es lo que se llama, generalmente, ‘campanilismo’, de ‘campanile’, que significa campanario. Otra provincia amenazada, Vercelli, ha encontrado su salvación en esgrimir su kilómetro oficial de frontera con Suiza a más de 4.000 metros en el Monte Rosa. Y en este plan. Al final, en la noche del jueves la medida, una de las pocas realmente estructurales del plan de recorte, se evaporó por arte de magia. Otra vez será. Lo inútil se perpetúa por los siglos de los siglos, así que algún sentido tendrá.
Porque, bien mirado, este es el aspecto negativo de lo inútil. Pero Italia también es la cumbre de lo inútil elevado a maravilla, pues eso es el arte. ¿Por qué nos fascina una torre inclinada que está a punto de caerse o una ciudad inundada que se hunde? No hay que obsesionarse con lo práctico, sino que lo realmente importante es aquello que hace más agradable la existencia, al margen de vanos moralismos. Y me reconocerán que tanto un cuadro de Piero della Francesca como una poltrona con sueldazo y coche oficial son sumamente reconfortantes. Casi más lo segundo que lo primero. O sin llegar a tanto, un pequeño salario que permita estar calentito en un puesto fijo donde vegetar. Sólo hay que tener un poquito de cuidado, no como ese empleado del ferrocarril, de baja por luxación de la rodilla que en agosto de 2008 apareció en la foto del periódico local como goleador de un campeonato aficionado.
Lo inútil brota por doq
uier en Italia como amapolas, sea como ornamento precioso o como protuberancia maligna, pero produce un inconfensable efecto liberatorio en este mundo pragmático y con objetivos trimestrales. «Nada más necesario que lo superfluo», es el lema de una tienda de trapitos de Campo de Fiori. Puede ser pura alegría, como los cientos de fuentes de Roma, o despropósito colosal, como los grandes objetos inútiles dispersos por la geografía italiana, catedrales en el desierto con las que
alguien se ha forrado. Por ejemplo, la terminal para el aeropuerto de la estación Ostiense de Roma, inaugurada para el Mundial de 1990 y nunca utilizada, salvo por cientos de indigentes para pasar la noche, o el aeropuerto de Salerno (foto de arriba), que se inauguró en agosto de 2008 y a los cuatro meses ya no tenía un solo vuelo. Ahí sigue, con algún vuelo a Verona y a Milán. En la tele suelen aparecer cada semana, por denuncias de la gente, hospitales vacíos, piscinas abandonadas, estadios nunca usados, carreteras hacia la nada, puentes que no comunican a nadie,... Una variante especialmente horrorosa es la que, además, supone un atentado contra el medio ambiente, algo que en un país tan asombrosamente bello como Italia no tiene perdón de Dios. Este tipo de barbaridad tiene un nombre ya institucionalizado, pues es frecuente: se llama 'ecomostro' (como el que ven en la foto de abajo en Alimuri, Sorrento). Parte de otro supuesto muy extendido, el de que la naturaleza es algo inútil, como la cultura.
A propósito de entes inútiles, ‘La Repubblica’ publicó el jueves una carta de un lector, un vecino de Roma de 40 años y que aún tiene que vivir con sus padres, en el que contaba su experiencia de desempleado. Este señor explica que es licenciado en Historia del Arte, a falta de dos exámenes, diplomado en Contabilidad (Ragioneria) y tiene una especialización trienal de incisión. Y decía: «Desde hace 26 años estoy inscrito en la Oficina de Colocación del Ayuntamiento de Roma. Quería hacer presente que nunca, y digo nunca, he recibido una llamada para cualquier tipo de trabajo».
También esta semana el ISTAT, el instituto nacional de estadística, ha lanzado la alarma sobre lo que ocurre con la juventud italiana: el 58,6% de los menores de 34 años siguen viviendo con sus padres, un porcentaje fijo de la última década que es el más alto de Europa. Antes había muchos que lo hacían porque querían, pero ahora se ven forzados a ello porque no tienen trabajo. La tasa de paro juvenil es del 25,4%. Dos millones de jóvenes, el 21,2% de los menores de 30 años, no trabajan ni estudian ni se forman, no hacen nada. Italia no es país para jóvenes. Con suerte, sólo se empieza a tener futuro a los cincuenta..
Hay una película de Fellini, ‘I vitelloni’ (1953), que en España se llamó ‘Los inútiles’. Es de una panda de chicos de provincia que se aburren en el pueblo, condenados a una vida melancólica y mediocre, aunque uno de ellos se pasa toda la película pensando en coger un tren y largarse.
Medio siglo después las cosas están más o menos igual. Algunos se largan.
Para terminar, perdónenme que cite un caso personal. Me han abierto tres bares debajo de casa, y es la pesadilla del vecindario. Mi chica le preguntó a un guardia que, sigilosamente, le reveló que la terraza del más ruidoso de todos es ilegal. «¿Y entonces? -dijo ella ingenuamente- ¿Por qué no hacen nada?». El agente le miró con estupor, vaya preguntas. Tantos años en Italia y todavía no me acostumbro. Lo decía -él, el policía- para que hiciéramos algo si queríamos -nosotros, los ciudadanos-, y a ser posible sin meterle en líos. Hablando con la gente del barrio todos tienen clarísimo que los guardias de la zona están comprados o los de los bares conocen a alguien en el ayuntamiento o están protegidos por alguna mafia local. Como siempre, todo envuelto en el misterio inescrutable, donde es mejor no preguntar. Así que es una tontería usar cualquier vía legal y la única solución real es, a su vez, conocer a alguien que mande más que ese alguien que sin duda debe de conocer el del bar. Y es aquí donde se revela toda la utilidad y el sentido de colocar a conocidos en las instituciones, y de votarles, al servicio de los amigos. Lo demás es inútil.
Ya sabrán la última. En teoría, el partido de Berlusconi, el PDL, no podrá presentarse a las elecciones regionales en Roma ni en Lombardía, la región de Milán. En Milán tenían firmas irregulares y en Roma el tipo encargado de presentar los papeles llegó al tribunal cuando ya había terminado el plazo. Bueno, en realidad llegó media hora antes, pero salió un momento y cuando volvió habían cerrado. ¿A qué salió? No se sabe muy bien. En principio se dijo que había olvidado el papel de los símbolos, luego se sospechó que había intentado modificar algunos nombres, pero la excusa oficial es que... había ido al bar a comerse un bocadillo.
Gracias a este desmadre tenemos un buen entretenimiento para los próximos días. Al margen del espectáculo, la cuestión de fondo que se impone es, obviamente, si las reglas deben respetarse y deben ser iguales para todos. Analizaremos el problema con el material noticioso de esta semana. Mi respuesta personal es que en Italia la respuesta será, sin ninguna duda, que no. Verán como al final los candidatos excluidos se presentan. A esta hora, cuando escribo, están enredando todos nerviosos a ver qué se pueden inventar, si un decreto o algo. Todo es buscar la excepción a la regla, la solución a un sistema injusto que tiene el obsceno error de no reparar en los casos personales. Yo, debo decirlo, a veces estoy a favor, sobre todo en mis casos personales, para qué les voy a engañar, también soy humano. Hay una honda y antigua sabiduría en esto que no sé explicar y no tiene ninguna justificación.
En este caso, es verdad, a cualquiera se le ocurre que es una barbaridad que el primer partido de Italia no pueda acudir a las urnas, pero es que sólo en Italia se colocan ellos solitos en estos casos límites, ideales para los dilemas filosóficos y las clases de derecho. A veces todo es muy bananero, tiene un encanto exótico.
El lema del PDL en esta batalla es «la burocracia no puede asesinar la democracia». Los pretextos para burlar la ley siempre se distinguen porque están llenos de grandes y abstractas palabras, los altos ideales. Tan altos que por debajo uno hace lo que quiere. Ya han visto, las leyes son burocracia, obstáculos, y un enemigo de la democracia. Esta retórica siempre funciona. Las leyes son como las normas de tráfico, meras referencias, no límites. Miren sino la reflexión de todo un ministro de la Defensa, Ignazio La Russa: «Esperamos confiados los veredictos sobre nuestras listas, pero no aceptaremos nunca una sentencia que impida votarnos. Estamos dispuestos a todo». Huy, a lo mejor saca los tanques a la calle.
No se crean que esto ocurre por falta de leyes. Italia es el país con más leyes del mundo. Ni se sabe el número y se suele decir que son diez veces más que en Francia o Alemania. El PD dijo una vez, en una propuesta de simplificación, que en Italia hay 21.291 leyes, 4.547 en Alemania y 9.800 en Francia.
Sea lo que sea, muchísimas leyes. ¡Y cómo son! Miren este decreto de la Gaceta Oficial de Sicilia del pasado 29 de enero: «Visto el Estatuto de la Región, vista la ley regional de 15 de mayo de 2000,....», y así seguía enumerando leyes, líneas y más líneas hasta que llega al asunto: «... el señor Bellavia, Vincenzo, nacido en Palermo el 7 de junio de 1967 y residente en Via Giotto número 78 es autorizado a criar con fines amateur y ornamentales la fauna autóctona enumerada a continuación por número y especie: nueva parejas de jilgueros (Carduelis carduelis)». En total, 523 palabras, como reseñaba puntualmente el ‘Corriere della Sera’, para esta chorrada. Imaginen para las cosas importantes. Les encantan los floripondios y el adorno, y las reglas en ese sentido cumplen su cometido a la perfección.
Otro ejemplo memorable han sido las primeras sanciones por blasfemar de la federación de fútbol (siete). De por sí ya ha sido un disparate crear una norma así, por el meapilas de su presidente, pero desde luego la diversión que ha traído ha merecido la pena. Las condenas se basan en lo que oyen los jueces de línea o en la lectura de los labios de los jugadores en televisión. Ya se imaginan el lío. La pena máxima es por ‘Porco Dio (Dios)’, pero se suele alegar que se ha dicho ‘Porco zio (tío)’. Como en España con ‘Ostras’ o ‘Cagüen ros’. A Davide Lanzafame, del Parma, no se lo han admitido. Pero Michele Marcolini, del Chievo, has ido más listo. Asegura que dijo ‘Porco Diaz’. No en referencia al general Armando Diaz de la Primera Guerra Mundial, aclaró, sino a un ex-jugador argentino del Inter. Decisión del tribunal: «El futbolista clivense saliendo del terreno de juego como consecuencia de la expulsión infligida poco antes, profería aparentemente una expresión jergal, en uso en el Triveneto y Lombardía, con vulgar referencia a Diaz y no a Dios». Fue absuelto.
No se engañen, estas leyes tan barrocas y preciosistas luego son un coladero. Es un círculo vicioso, porque hecha la ley, hecha la trampa y cuantas más leyes, más trampas. No paran de buscar el hueco para escabullirse y debe reconocerse su talento e imaginación en la tarea. Berlusconi, naturalmente, es campeón mundial y no les voy a aburrir otra vez con sus hazañas. Como las mismas leyes, todo es una cuestión de estilo y jugar hábilmente con las formas. Como en esta magistral lección política de ‘La giornata dell’onorevole’, capítulo de ‘I mostri’ (1963), mina inagotable de sabiduría del gran Dino Risi con el enorme Ugo Tognazzi:
Sinopsis: El ‘onorevole’ se aloja durante las vacaciones en un convento, donde vive a cuerpo de rey. Es un ejemplo de libro de democristiano de la época, con una fusión total entre Vaticano y partido. Esta relación y proximidad llega a nuestros días. En un plano más inconfesable, ahí tenemos ahora el escándalo de la Protección Civil y a un nigeriano del coro de San Pedro consiguiéndole chicos y algún seminarista a Angelo Balducci, un alto cargo de obras públicas, ‘gentiluomo de Sua Santità’. En fin, que nos distraemos. Al onorevole le lleva el desayuno un frailecillo afeminado. Luego llama a la familia, que veranea en Forte dei Marmi, destino playero pijo en Toscana. Pregunta por la prole y dice que no irá al Parlamento, porque no hay nada que hacer.
Al salir le aborda un colega del partido por un asunto urgente. Se trata de una compra de terrenos para una edificación surrealista de chalés para los 3.000 empleados de un ente absurdo. En definitiva, el clásico pelotazo corrupto. Sin embargo, hay un tal general Olivazzi, un técnico del ministerio, que ha descubierto que el Gobierno paga los terrenos diez veces por encima de su valor real. Es decir, lo mismito que en el actual escándalo de adjudicación de obras de la Protección Civil, y ha pasado medio siglo.... El general pretende presentar un dossier al ‘onorevole’ ese mismo día para denunciarlo, antes de que se apruebe el plan y sea demasiado tarde. El diputado le interrumpe: «Yo soy un diputado, y tengo responsabilidades hacia el Parlamento y el país, y sobre todo hacia mi conciencia. Luego, si este general Olivazzi me presentara el dossier y yo comprobara la veracidad de sus afirmaciones, lo siento por vosotros, pero cumpliré mi deber hasta el final». El compañero se alarma y dice que el escándalo será terrible, que hará caer el Gobierno.
Al llegar al despacho aparece su asistente. Es otra figura esencial de la política italiana. El ‘portaborse’, chico para todo que hace méritos, pelotea, obedece y traga con lo que le echen durante años hasta que le colocan. Por las calles de Roma, en torno a los edificios oficiales, se les ve a patadas. Este secretario, también afeminado, le dice que le espera el general Olivazzi por algo muy urgente. Dice que le hagan pasar.
El general está retratado, todo digno, como uno de esos italianos honestos de una pieza. Pobrecitos, esa raza condenada a la extinción, devorada por sus congéneres. El ‘onorevole’ lo sienta y le dice que en unos minutos está con él. De inmediato se va a una ceremonia militar al Palatino, aunque el asistente le recuerda que había dicho que no iba. Luego el secretario llama a la oficina y le dicen que el general sigue allí esperando. Entonces decide ir al Parlamento. En el despacho, el general ahí sigue. Un conserje le informa que el ‘onorevole’ tiene ahora una reunión y aún no puede venir. Le pregunta si quiere un bocadillo. Luego se hace de noche mientras su excelencia aprueba unos dibujos animados, en los que «el prepotente sucumbe». «¿Qué hora se nos ha hecho?», pregunta. Son ya las nueve. «Tardísimo», replica. En efecto. El vídeo acaba aquí, pero ya se imaginarán cómo termina la historia: cuando llega por fin a recibir al general el plan ya ha sido aprobado. El ‘onorevole’ lamenta en el alma no haber sido informado antes.
FIN
Reina una indulgencia generalizada hacia el delincuente, con una desconfianza implícita hacia quien parece honesto. A mí me da, es una mera impresión personal, que aquí el que puede, roba. Es una simple cuestión de oportunidades y si uno la tiene y no la aprovecha es tonto. De ahí la comprensión hacia el desliz o la falta. Salvo que uno sea asesino de niños en serie, todo se considera dentro de lo humanamente posible.
Por ejemplo, un senador del PDL de Berlusconi, Nicola Di Girolamo, está desde ayer en la cárcel por fraude electoral con agravante mafiosa. Está acusado de obtener su escaño en el extranjero, sin vivir en el extranjero, gracias a los votos recolectados por la ‘ndrangheta, la mafia calabresa, y a las órdenes de un nazi con cuadros de Hitler que le llamaba «mi esclavo». El otro día dimitió, con mucha conmoción, ante la cámara alta. Dijo que no era Lucifer ni el mal absoluto (recuerden, sólo está clarísimo el caso del asesino en serie de niños) y al final del discurso sus compañeros van y le aplauden. «Quiero sólo recordar que en todas las cuestiones hay también un lado humano, que prescinde del contenido de las decisiones», explicó Carlo Giovannardi, subsecretario de la presidencia del Gobierno. El lado humano siempre se tiene en cuenta. La ley es inhumana.
Lo mejor es que, por dimitir antes de que le echaran, Di Girolamo cobrará 17.000 euros de indemnización. Y el nuevo senador que le sustituye y representará a los extranjeros vive en Roma y cobrará los 35.000 euros de dieta de los elegidos en el extranjero.
De este modo tenemos el Parlamento italiano lleno de gente procesada y condenada en firme. No es que los italianos traguen con Berlusconi, es que tragan con una banda de cuidado. Cuando se formó el actual Parlamento, en abril de 2008, el panorama era el siguiente, entre condenados, investigados, con juicios en marcha o salvados por la prescripción, un total de 70 diputados y de ellos, 17 condenados de forma definitiva:
-PDL de Berlusconi: 45 personas, incluido el jefe, claro.
-Liga Norte: 7, entre ellos su líder, Umberto Bossi, con condena definitiva por financiación ilegal, y el ministro de Interior, con condena definitiva por resistencia a la autoridad (no se rían).
UDC: 5.
PD: 13.
Sólo les digo que el Gobierno de Berlusconi, ante la nueva oleada de casos de corrupción, ha aprobado un endurecimiento de las leyes contra la corrupción. Más leyes. Es muy gracioso, porque tiene la casa llena de gentuza y ha pasado estos años ablandándolas para salvarse él mismo en sus procesos. Como esta semana en el caso del abogado Mills, a quien Berlusconi sobornó para que no declarase en su contra en dos de sus procesos: se ha salvado de la condena en firme por ser sobornado gracias a la prescripción del del
ito. ¿Lo adivinan, no? Berlusconi rebajó la prescripción de este delito de 15 a 10 años en 2005, y también se va a beneficiar de ella enseguida en el proceso paralelo contra él como sobornador.
Como vemos las leyes no se cumplen, o no se hacen las que se quiere incumplir, o se cambian las que se quiere incumplir. Pero luego entramos en el terreno de las reglas no escritas, también muy importantes en cualquier país. Por ejemplo, es una ley no escrita, porque se supone, que los candidatos políticos tienen que tener una mínima preparación. Pero Berlusconi de nuevo ha colado una tía buena de la tele, Nicole Minetti (chica de la foto), que conoció ya reciclada como «higienista dental» en el hospital San Raffaelle, del que es el principal financiador. Además ha metido en las listas al fisioterapeuta del Milan y al geómetra de su villa de Arcore.
Pero también hay reglas escritas que se respetan, y mucho. Por ejemplo, la semana pasada un desconocido esperó a un abogado y concejal de Palermo del PDL, Enzo Fragalà, en la puerta de su casa y lo molió literalmente a palos con un bastón. Murió tres días después. No se crean que la noticia tuvo mucha repercusión. Estos sucesos del sur se ventilan a menudo en los medios silbando para otro lado. Como diciendo: bueno, bueno, esto huele a Mafia o algo raro, a saber qué hay detrás y mejor ni moverlo. Está entre el hábito malsano y la ‘omertà’.
Las reglas, en fin, son incomodísimas. Perdonen que les cuente una historieta ilustrativa personal. Vino una de mis hermanas a verme. Como siempre, le di escrupulosas y vanas instrucciones para evitar ser timada por el taxista del aeropuerto de Ciampino. Tras miles de estafas el ayuntamiento puso tarifa fija: 30 euros de Ciampino y 40 de Fiumicino (ya lo saben). Pero, como siempre, son capaces de crear matices e idear trucos que dan mucho juego. No les aburriré con los detalles, aunque un día podemos escribir un breve manual de supervivencia, el caso es que el taxista les pidió diez euros más.
En estos casos, aun sabiendo los dos que el taxista miente, se suele resolver con un ni para ti ni para mí, 35 euros o, por no discutir, le das los 40 que pide. Pero ese día yo estaba caliente y adopté la actitud de español: 'Mira majete, 30 o no te pago'. Esto en Italia es raro y se lleva mal. Su reacción fue agarrarme del cogote y decirme en voz baja al oído: "Si no me pagas te mato". Los taxistas de Ciampino tienen fama de ser una mafia de cuidado, pero yo estaba con ganas de bronca. Pensé en ir a la Policía, pero corría el riesgo de que se pusieran de su parte por mi imperdonable intransigencia, así que le dije que me daba igual.
Resultó ser un farol. No me mató. Al final se retiró, cogió los 30 euros y al irse me gritó lo siguiente -y a esto quería llegar-: «¡Estás loco, loco! ¡A ver si te enteras que Mussolini murió hace tiempo!». En resumen: exigir el cumplimiento de las normas era visto por este individuo como puro fascismo, una imposición irracional.
Luego pasé unos días mirando a mis espaldas cuando salía de casa, porque aquí nunca se sabe.
Otro aspecto del problema es que para burlar la regla y salvar la situación siempre se puede llegar a un pacto, que lleva a la conspiración, que suele aparejar alguna traición (aquí ya me pongo como Yoda, el enano con orejas de la Guerra de las Galaxias). El pacto es otra institución italiana. Aquí se negocia hasta con el diablo y por eso a menudo todos los núcleos de poder están interconectados. Ejemplo máximo, por ser un acontecimiento extraordinario, es el abrumador trasfondo del secuestro de Aldo Moro: ahí todo el mundo hablaba con todo el mundo, todos tenían líneas de comunicación con todos y se exploraban todas las vías. Aunque, claro, a menudo con intereses contrapuestos. Brigadas Rojas, masonería, servicios secretos, el Vaticano, la Mafia, la Banda de la Magliana,... Unos para liberarlo, otros para cargárselo.
Naturalmente, la excepción a la regla sólo se efectúa con el fuerte, no con el débil. Es más, es el débil quien suele hacer las excepciones a la regla con el fuerte, porque espera sacar de ello una recompensa. En el caso con que empezamos, el de las listas electorales, no se crean que nadie piensa que el PDL, por ser el primer partido de Italia y el poderoso, debería precisamente dar más ejemplo o ser más escrupuloso que nadie con la ley. Al revés, se piensa que tiene derecho a la excepción por eso mismo. Si no ¿para qué sirve el poder? Sólo el influyente puede moldear las reglas a su favor en este país.
Como colofón, vean esta maravillosa frase del presidente del Senado y segundo cargo del Estado, tras el presidente de la República, Renato Schifani, sobre el problema de la chapuza con las listas:
«Espero que, siempre en el respeto de las leyes, prevalga la sustancia sobre la forma, cuando la forma no es esencial»
Qué pico de oro. Pero nada comparado con el inmenso Vittorio de Sica en esta lección de retórica, capítulo final de 'Altri tempi' (Otros tiempos, Alessandro Blasetti, 1952). Es el origen de la famosa expresión 'maggiorata', aplicada a los bellezones exuberantes de la época. Ilustra divinamente todo lo que llevamos dicho.
Sinopsis: En un tribunal napolitano se procesa a una mujer por el intento de asesinato, por envenenamiento, de su marido y su suegra. El caso está clarísimo, ella ha confesado todo y no hay ninguna duda. Es el turno del abogado defensor. Me meto una panzada a traducir, pero todo sea para que puedan apreciar la belleza del italiano en la boca de De Sica y la maestría de su interpretación.
«El colega de la acusación tiene toda la razón. No intentaré siquiera decir una sola palabra en su defensa. Yo no defenderé a la imputada, pero debo defenderles a ustedes, señores de la corte, del peligro de emitir una sentencia demasiado fácil, según nuestra ley, según nuestra moral, porque según nuestra ley esta mujer debe ser condenada, a cadena perpetua, de por vida. Pero...
Señores de la corte, señores que me estáis escuchando, se nos olvida otra ley, otra moral... ¡la ley de la belleza! Y la belleza es aquella por la que todas las leyes fueron creadas. La belleza es ¡la mujer! Acercarse a la mujer, comprender la mujer, admirar la mujer. Esto es lo que nuestra ley y nuestra moral ya no nos enseñan. Pero preguntad a vuestras bellas mujeres, a todas estas... bellas señoras que me escuchan, preguntad si la belleza de una mujer puede esconder la maldad y ahora me responderán todas...
-Noooo. «Simpático», le dice una señora a la otra.
Todo lo que os diré hablando de María Antonia... intentar comprenderla, iluminarla, será para comprender, iluminar, todas las mujeres. Y en primer lugar las vuestras (se dirige al jurado), aquí presentes. Pero consideremos las culpas de María Antonia... Deben ser consideradas una cosa que bien se puede descuidar, en comparación con la función alegórica y sugestiva que ella, como mujer, ejercita sobre el pueblo.
-¡Bravo, abogado!
¡Pero vosotros tenéis que aplicar la ley, vosotros tenéis que condenarla a cadena perpetua. Pensadlo bien. Tenéis el deber de imponer una sentencia tras la cual un triste edificio encerrará para siempre, fuera de la mirada de todos, del vuestro, como del de miles, una mujer en la que parece encarnarse la belleza misma de nuestro Nápoles, de nuestra primavera, de nuestro Vesubio, eh...
-Abogado, nosotros estamos aquí dispuestos a ayudarle... (Dice ya el presidente del tribunal)
Sigue. María Antonia forma parte del panorama, como los ríos, los lagos, las montañas... Condenándola meteriáis entre rejas una parte esencial de nuestro maravilloso paisaje. ¿Y qué dirían los extranjeros si metiéramos en la cárcel el Vesubio? ¡Y vosotros queréis hacerlo! Esto quiere nuestra justicia. ¡Cuánta diferencia entre nuestra justicia y la justicia griega!
-Perdone, ¿les molesta si hablo de los antiguos griegos?
-Por Dios, los griegos son maestros de la humanidad.
-El Areopago se abría sobre la más bella colina de Atenas... mientras nosotros estamos aquí encerrados en esta aula mísera, polvorienta, oscura y apestosa. Hombres de mente abierta a toda grandeza se sentaban para juzgar sobre escaños de mármol y no sobre esta pobre madera asquerosa, indecente, que vosotros ocupáis. Y si también entonces podía ocurrir que la belleza fuera arrastrada sobre la peana de los acusados, ¡cuán más alto era el debate... y el juicio! ¡Frine! ¡Frine! ¿Quién de vosotros ha entendido nunca este nombre? ¡Frine era una mujer griega, Frine era María Antonia, Frine era la belleza misma! Sal, sal fuera, María Antonia. Hipérides, mi ilustre predecesor la condujo al centro del Aeropago, que debía juzgarla por delitos ante los cuales, los de María Antonia son un juego de niños. ¡Miradla, miradla! ¿Y sabéis cómo el gran Hipérides la defendió? Una sola túnica escondía las formas de aquella maravillosa criatura... ¿Me sigue presidente?
-Sí, sí.
-¡Y de un sólo golpe la arrancó! ¡Así!
Se oye: «!¡Quanto è bella!».
-Y los jueces, que ya tenían el pulgar hacia abajo, lo volvieron hacia arriba y María Antonia, eeh, Frine, ¡fue absuelta! Como en esta pequeña y miserable cabaña judicial no puedo repetir el gesto de Hipérides... ¡La culpa no es de María Antonia, la culpa no es mía, la culpa es vuestra! ¡Culpa de la árida ley! ¡Árida ley! ¿O somos áridos nosotros, que no sabemos interpretarla? Porque le ley impone una condena perpetua, de por vida, pero por otra parte, ¿no es esta misma ley nuestra que prescribe que sean absueltos los ‘minorati psichici’ (deficientes mentales, de ‘menor’)? Y bien, ¿por qué no debería ser absuelta ¡¡¡una ‘maggiorata’ física (palabra inexistente, juego de palabras equivalente con ‘mayor’ para decir 'superdotada')!!!! como esta formidable criatura?
Sentencia: Condena a 24 meses (Uuuuuuuh) de detención, de los cuales 22 cubiertos de la reciente amnistía y los restantes dos meses ya ampliamente cumplidos (Aaaaaaaah), por lo que ordena la inmediata liberación.
FIN
Para concluir la tabarra de hoy. Esto de la maraña de leyes y la lentitud de la justicia también es una cuestión alimenticia. Como todos los arcaísmos italianos nada cambia porque hay una feroz resistencia interna. Italia es también el país con más abogados de Europa, 200.000 colegiados, dedicados a buscar la trampa en la ley. A cinco causas al año cada uno, tirando por lo bajo, salen un millón de procesos. Cada uno puede cubrir los tres grados de juicio, que involucra nueve jueces con los cinco del Supremo (Cassazione). Todo está judicializado y debe recorrer el mismo camino procesal robar una pera que un asesinato múltiple. Como ya sabemos, los juicios se eternizan y a menudo prescriben.
En Italia, ahora más que nunca, una cosa es ver los informativos de la tele o leer la prensa y otra saber lo que está pasando. La vida pública, tanto a nivel personal como institucional, es sobre todo representación, ya lo hemos hablado más veces. Así que para saber realmente lo que está ocurriendo hay que enterarse del ‘retroscena’. Lo que se cuece detrás del escenario, entre bastidores.
Esos movimientos ocultos son la razón de los exteriores, que son un mero espejismo o espantapájaros. Está tan asumido que los diarios dan una noticia y, en la página de al lado, el retroscena. Pero titulado así y todo, como una sección fija.
Pero vamos a poner un ejemplo, para no liarnos.
Titular: 'Il Giornale', un periódico del primer ministro, Silvio Berlusconi, insinúa que hay un espinoso dossier de putas sobre Gianfranco Fini, cofundador de su partido y principal aliado. Cuando le preguntan a Berlusconi por el tema afirma que no sabe nada del tema y no ha leído el artículo, pero que de todos modos reafirma su estima por Fini. (Aclaración: es un ejemplo real).
Retroscena: Berlusconi está hasta el gorro de Fini y le está montando una guerra sucia de primer orden para que se entere de lo que vale un peine. Salen declaraciones de Berlusconi y Fini en las que despotrican el uno contra el otro, tomadas no se sabe de dónde. Se supone que dichas a terceros, que a su vez las refieren a cuartos y quintos y en algún punto de la numeración acaban llegando a los periodistas, que a lo mejor las retocan un poquitín para darles más fuerza.
En fin, este entrañable velo de hipocresía que domina la vida política es rasgado en poquísimas ocasiones. Ya ven a Fini y Berlusconi en la foto. Cuando se hace, como está a punto de pasar ahora que se está poniendo tenso, no se sabe qué puede pasar. Puede saltar todo por los aires. Como le ocurre a nuestro querido Totó en ‘Gli onorevoli’ (Sergio Corbucci, 1963), descacharrante película sobre la campaña electoral y sus pasteleos en un pequeño pueblecito:
Sinopsis: Mitin en Roccasecca del candidato Antonio La Trippa, del PNR (Partito Nazionale di Restaurazione). El buen Antonio, tras una campaña agotadora, se ha desilusionado de la política al ver que es una cueva de ladrones y decide arrancar la máscara:
-En este momento crucial para la vida de nuestro país, hay que separar el bien del mal y la verdad de la mentira. ¿Si yo os dijera que una vez elegido me batiré por Roccasecca, nuestro amado pueblo, para construir carreteras, acueductos, casas, me creeriáis?
-Síííííí.
-¿Y si yo os dijera que estos señores son personas honorables, dignas de honrarse de este apelativo parlamentario, y que usarán vuestros votos para el bien del pueblo, me creeriáis?
-Síííííí.
-¡Entonces os digo que sois unos ingenuos, idiotas, deficientes, inconscientes! ¡Porque yo, una vez elegido, por Roccasecca no podré hacer una mierda ('cacchio'. eufemismo por 'cazzo'). Porque estos señores, apenas serán elegidos, pensarán sólo en sus sucios negocios, porque son ‘papponi’ (tiene un doble significado de ‘tragón’ y ‘chulo de putas’). ¡No votéis por mí, no votéis por mí!
Gran escándalo.
FIN
Para que se hagan una idea de cómo está ahora Italia, está llena de retroscenas. Yo ya me hago un lío. Es un momento muy raro porque aparentemente se han roto bandos y equilibrios, y todo el mundo se ha puesto a conspirar. La prensa está llena de pajas mentales sobre lo que ocurre, porque nadie quiere parecer tonto. Cuanto más rebuscada, mejor. Se supone que se prepara la caída de Berlusconi, que se pretende formar un Grande Centro entre los de derechas y el centro, que siempre está lleno porque son los que van para un lado u otro según les convenga. Esto de la nueva Democracia Cristiana da mucha pereza, pero aparece siempre periódicamente, y hasta en forma de tren, como uno que se inventó el plúmbeo Marcello Pera y nunca más se supo. A lo mejor sigue dando vueltas por Italia, como el Ibertren.
En fin, la idea de fondo es que se supone que a mucha gente se le han hinchado las narices de Berlusconi -pero en qué país vivían hasta ahora- y han empezado a tramar su fin. Cuando se dice esto se piensa en los míticos ‘poteri forti’ (poderes fuertes), que no sé si existen, pero haberlos haylos. Son, para entendernos, los directores de escena del retroscena, un oscuro y selecto grupo de cerebros de las altas esferas que, se supone, manejan los hilos del cotarro desde tiempos inmemoriales. Un escalón por debajo estaría los ‘salotti buoni’ (salones buenos), los palacios de familias bien y ricachones donde se mueven influencias y se cuece todo en cenas y aperitivos.
Es decir, que la historia oficial es una pantomima, porque es la historia oculta la real. Ojo, no se sabe cuánto hay de verdad en esto, sólo que algo hay, pero todos mitifican el lado oscuro porque se imagina mucho más decisivo e intrigante que el visible. La realidad es tan aburrida y mejorable... Y también, perdonen que insista, porque nadie quiere parecer ingenuo, lo peor en este país de listos.
Entre los ‘poteri forti’, uno de los gordos es la Iglesia. Sólo hay que fijarse: estos días cada vez que la conferencia episcopal o el Vaticano dicen una palabrita de más contra Berlusconi abren los periódicos del día siguiente. Imaginemos que fuera en España. Sale el portavoz de la CEE en rueda de prensa, Juan Antonio Martínez Camino, y le dice al Gobierno que muy mal, que algo no se hace. ¿Resultado? Efectivamente, ninguno, salvo el de siempre, pensar de dónde han sacado un portavoz así. En Italia basta que el presidente de la CEI (cambia la inicial del país) levante una ceja y parece que tiemblan los cimientos del Parlamento, como cuando se enfadaba el profesor en clase. Ahora parece que andan enfadados porque el periódico de Berlusconi, 'Il Giornale', también le hizo la guerra al director del diario de los obispos, ‘Avvenire’, con un confuso asunto de acoso y se lo acabó cargando. Aunque parece que dentro de la Iglesia hay quien está contento, porque también andan en guerra entre ellos y con su propio retroscena eclesiástico, que es otro mundo.
Total, que esta semana Angelo Bagnasco (chico de la foto), presidente de los obispos italianos, ha dicho:
«La Iglesia no puede ser coartada e intimidada sólo porque cumple su deber»
«Quien asume un mandato político debe ser consciente de la mesura y de la sobriedad, de la disciplina y del honor que comporta, como recuerda la Constitución»
«Estos fenómenos de degradación política, a los que asistimos hoy, revelan una falta de proyectos y está dirigida a intereses a corto plazo»
Basta decir esto y la idea que queda en el aire es: ‘Uyuyuy, a Berlusconi le quedan dos telediarios’. Real o imaginario -estamos en el retroscena- éste es el poder que se le atribuye a la Iglesia italiana.
Para abreviar, mi teoría es que Berlusconi tiene tanto morro y ha llegado a tal nivel de desmadre que ya no le hace falta ni decorado ni retroscena ni nada. Ahora dicen que se corre juergas con tías dando plantón a la asamblea general de la ONU con la excusa de que le duele la espalda, hace un año por estas fechas. ¿Y qué? Pues ahí le duele. Esta falta de hipocresía en Italia no se puede tolerar. Ha ido demasiado lejos. ¡Actuar sin decorado! Nada, nada, hay que volver a poner orden.
Es que ya se supera la ficción. Como ese político mangante que aparece en ‘Signore e signori, buonanotte’, una película increíble que no me explico cómo no he puesto antes. Miren, miren lo que le dice un ‘onorevole’ al pobre Mastroianni, un periodista que intenta hacer su trabajo:
Sinopsis: El reportero espera en Montecitorio, la Cámara de Diputados, equivalente a nuestro Congreso, a un ministro, en el centro de la polémica. Sale y le permite unas preguntas, pero rapidito.
-¿Está al corriente de las graves acusaciones contra usted de dinero robado a los comedores de huérfanos, se habla de 200.000 millones de liras?
-Claro, claro que estoy al corriente.
-¿Y no ha pensado que sería oportuno, mientras se aclara la verdad, dimitir inmediatamente?
-Jovencito, dimitir nunca, sería un movimiento equivocado.
-¿Quiere decir que su dimisión sería un implícito reconocimiento de las acusaciones?
-No, hombre no. No dimito para combatir mi batalla desde una posición de privilegio, desde mi puesto puedo controlar la investigación fácilmente, contaminar las pruebas, corromper testigos, en resumen, desviar el curso de la Justicia.
-Pero, ‘onorevole’, ¿no es irregular, contra la ley?
-Ah, no jovencito, yo las leyes las respeto, y sobre todo la ley del más fuerte, y como en este momento yo soy el más fuerte me propongo aprovecharme. Es mi deber.
-¿Pero deber, hacia quién?
-Hacia el electorado que me ha dado el voto para obtener de mí puestos, licencias, permisos, contratos públicos, para que los apoye en evasiones fiscales, en administración de fondos negros, derrumbes de presas mal construidas, escándalos, chantajes, contrabando de valores...
-Perdone, ¿pero qué coño está diciendo (otra vez ‘cacchio’)?
-Yo estoy diciendo que el electorado ve en mí un prevaricador, si en cambio hubiera querido un hombre honesto y decente, ¿qué cree, que me hubieran votado a mí? ¡Vamos, chaval!
-Pero mira tú qué hijo de puta...
FIN
Era 1976. Para que luego digan que no se veía venir. Como si Berlusconi hubiera caído del cielo. Sólo es un producto avanzado.
Por cierto que el Gobierno acaba de aprobar el escudo fiscal para que quien haya evadido dinero pueda traérselo a casa, anónimamente, impune y sólo con un pequeño castigo del 5%.
‘Signore e signori, buonanotte’ es una sátira brutal, rodada por varios directores que van a saco: Age, Scarpelli, Loy, Scola, Monicelli, Magni, Comencini,... En aquella época, teóricamente más reprimida y con censura, se hacían estas cosas. Hoy, que somos todos tan modernos, tan libres y desinhibidos, no. Entonces ¿por qué nos impresiona?
Volviendo al retroscena, que siempre pierdo el hilo, no se crean que esto ocurre sólo con la actualidad. Qué va. Al cabo de veinte años surgen reconstrucciones minuciosas sobre lo que realmente intentó hacer un subsecretario del cuarto gobierno de Andreotti en aquel consejo de ministros en el que, inexplicablemente, se opuso por sorpresa a la aprobación de un borrador de los presupuestos que al final fue rechazado en el Senado dos meses después. De repente aparecen nuevos documentos, o alguien que estaba allí decide hablar, o publica un libro de memorias y, por fin, se ponen las cosas en su sitio.
Si lo hacen con estas tonterías, mejor no hablar de las cosas importantes. Por ejemplo, hoy mismo aparece una noticia sobre el caso Moro en ‘La Repubblica’: «Nuevas revelaciones de un arrepentido: ‘Todos sabían lo de Via Gradoli’». Y llevamos así 31 años. Del mismo modo no pasa un año sin que salte a la palestra un ex-espía letón con inéditos detalles sobre el atentado de Juan Pablo II.
La minuciosidad en los pormenores de la vida cotidiana parece aburridísima y sin ninguna trascendencia, pero si se piensa bien esta dedicación monacal a la intrahistoria es apasionante. Esto de saber realmente lo que ocurre, cuál es la verdadera realidad, es una aspiración muy idealista ¿no les parece? Para que luego digan -bueno, también lo digo yo bastante- que los italianos son tan pragmáticos. Pero en realidad, creo, es una mera ambición de uso de información como poder, por la obsesión nacional de no ser engañado (‘fregato’). Traspasado al fútbol es la obsesión porque no te marquen un gol y supongo que un psiconanalista vería mucho más, dado que ser estafado se resume proverbialmente con el verbo ‘encular’. Mirado en profundidad, de lo que se trata es de saber por fin quiénes, entonces, eran los listos y los tontos. En definitiva, quién ganó. Porque el que parece que gana a veces, a largo plazo, pierde. Por eso el presente en realidad hay que mirarlo con tanto desapego.
Junto a otros factores como el afán de protagonismo o la imposibilidad del secreto en una sociedad de secretismos, este revolver continuamente en el pasado es una de las razones de la persistencia de los grandes misterios italianos y del ‘giallo’ (en Italia el misterio, el género negro, es ‘giallo’, amarillo, por el color de los viejos libros de la Mondadori). Porque, ya se lo imaginarán, al final nunca se aclara nada y no hay buenos ni malos. Como en el fútbol, un empate eterno.
Italia se vuelve continuamente a sus espaldas a examinar, a revisar, a cambiar de idea. Es increíble: no sólo se adaptan al presente, ¡sino al pasado! A mí me parece grandioso. En España te explican en clase los gobiernos de Romanones (si los explican) y, hala, hasta nunca. Ahí se queda. También se debe al progresivo empobrecimiento cultural de nuestro país, claro. Parece que la cultura no son ideas, sino sólo espectáculo, es decir, mercado. Miren las páginas culturales de los diarios.
Aunque todo este repasar el pasado también puede ser por esa eterna duda que a todos los italianos les atormenta: ¿cómo hemos llegado a esto?
Y volviendo al presente, ¿qué está ocurriendo? Sinceramente no tengo ni idea. A veces en el ‘retroscena’ no hay nada, pero eso nadie lo sabe. Lo mejor es que nos veamos aquí otra vez dentro de veinte años, si existen los periódicos, para saber por fin lo que está sucediendo hoy.
Total, que ya veremos qué pasa en las próximas semanas, pero no hay que ponerse nerviosos. Berlusconi un poco nervioso sí está. Siempre ha mantenido que es un ‘outsider’, al margen de los ‘poteri forti’ contra los que lucha y que conspiran contra él. Se le olvida que fue masón de la P2, protegido de Craxi y es el hombre más rico de Italia, pero lo que está claro es que si finalmente se lo cargan querrá decir que existen.
De momento está un poco asustado y hasta presenta denuncias contra la prensa. A mí no me parece mal, siempre que exista la posibilidad de que él pueda perder, pero es que es inmune a la Justicia. Además nos reíremos mucho, porque en uno de los procesos, contra ‘L’Unità’, deberá demostrar que no es impotente. Aunque habrá que ver si sigue siendo inmune el 6 de octubre, cuando el Constitucional se pronuncie sobre este superpoder del que se ha dotado. También por eso está nervioso, porque a lo mejor le quitan la inmunidad y se encuentra de nuevo con sus procesos. Por el momento, se hace lo que se puede controlando los telediarios. Recordemos, para relajarnos, otra escena memorable y actual de ‘Signore e signori buonanotte’:
Sinopsis: Mastroianni, presentador de informativo, discute al teléfono con un superior sobre si ir o no a una asamblea de trabajadores sobre la libertad de prensa. Le dice que él si va y en el arranque del informativo anuncia la celebración de una asamblea, «en el cuadro de las movilizaciones de los periodistas televisivos por una más amplia y democrática participación en la redacción de los informativos». Por eso, anuncia, debe interrumpirse la emisión unos momentos, porque debe intervenir personalmente en un encuentro con los dirigentes.
Se interrumpe la emisión mientras se oye ruido de bofetadas.
«La animada asamblea ha sido actualizada», anuncia Mastroianni al regresar. Luego reanuda el informativo. Empieza a leer una noticia sobre la apertura del año judicial pero se para. «No, esperen, les voy a leer una noticia que seguramente les interesará más: ‘Grottaferrata. Hoy en la ‘Osteria del fico’, el señor Aristide Barotti...’». Y describe una comida de bodas de oro de unos señores, enumera el menú, con bucattini alla amatriciana, chuletillas de cordero, y añade que luego el abuelo ha improvisado unos cánticos.
Al final coge el teléfono que no para de sonar: «¿Cómo que qué coño estoy diciendo? ¡Para mí es mucho más interesante que todo esto! ¡A quién le importa la visita del Sha!...». Cuando cuelga, más aliviado, dice: «Y con esto yo creo que he terminado, vosotros tragaros la inauguración del año judicial del salón de las cariátides». Y da paso a las imágenes.
Y entonces aparece lo que bien podrían ser los ‘poteri forti’. Magistrados, altos cargos del Estado, catedráticos, el Papa, cardenales, militares, nobleza y prohombres varios.
Tras la solemnidad, la fachada, llega el retroscena: ¡Funiculí, funiculá!
FIN
Ya ven que bien se lo pasan. Pero es que ha llegado Berlusconi, el hombre nuevo, y pasa de fiestas con vejestorios, prefiere las concursantes del Gran Hermano.
Amparados por Steve McQueen en 'La gran evasión' ('The great escape', John Sturges, 1963), maravillosa película que era una de las favoritas de cualquier niño cuando se podía ver cine en televisión, observemos la siguiente concatenación de noticias, todas de esta semana. Comienza con un acontecimiento cómico anual que suele ser recibido con sonrisas de complicidad generales, algún comentario crítico resignado y un silencio sepulcral de la clase política: la publicación de las estadísticas de la declaración de la renta, reportadas por los diarios sin asomo de ironía. Como todos los años certifican que la Italia oficial, la de los datos económicos, esa con que se hacen las previsiones, los informes del FMI, los cálculos europeos, en definitiva, esa que los españoles se creen que están adelantando, es pura fantasía. Por consiguiente, atestiguan que la Italia real sigue siendo un absoluto misterio, como tenemos por costumbre sugerir aquí.
Las declaraciones de la renta de 2008 dicen que el 80% de los italianos ganan menos de 26.000 al año, un poco más de 2.000 euros al mes, sin pagas extras. Pero bajando un poco más el listón resulta que la mitad de los italianos dice ingresar menos de 15.000 euros: media Italia es ‘mileurista’. Tremendo, ya ven, debería formarse de inmediato una ONG para ayudar a este país en vías de desarrollo. Aunque casi sería más inteligente fundar varias ONGs en el resto de países que les introduzcan en los secretos de los italianos como una vía alternativa y directa al superdesarrollo posmoderno.
Miren si no la proporción de gente con pasta. La clase alta prácticamente no existe: sólo el 0,2%, unos 75.000 individuos, tiene ingresos por encima de los 200.000 euros, y además la mayoría son empleados, ni siquiera empresarios por cuenta propia. Lo habrán notado sin duda cuando hayan venido a Italia, los restaurantes vacíos y todo el mundo moviéndose en bicicleta con ropa de saldo. Las empresas, naturalmente, son otro drama: casi la mitad sufren, teóricamente, pérdidas. Unas 520.000 obtienen beneficios y 419.000 están en números rojos. En hoteles y restaurantes, por ejemplo, la renta media es de 13.500 euros, que baja a 9.500 en los autonómos.
En resumen, como habrán adivinado todo esto es una gigantesca trola que no se cree nadie. El encanto es vivir, actuar, gobernar, moverse por el mundo como si fuera verdad. Luego, si llega la Guardia di Finanza, hay que inventarse lo que sea, como el maestro Totó, que nos acompañará hoy, en ‘I tartassati’ (Steno, 1959), cuyo inicio ya vimos un día:
Sinopsis: Alarmado por la llegada de una inspección, Totó, propietario de una tienda de modas, llama a su asesor -el mítico ‘comercialista’ o ‘consulente fiscale’, interpretado por Louis de Funes-, que le aconseja intentar ‘simpatizar’ con el inspector, por ejemplo a través de la política, a ver si lo corrompe o le lleva a hacer la vista gorda. Totó regresa a la oficina, donde el temible inspector (el gran Aldo Fabrizi) le dice que las cosas van muy mal: «Esto me hace pensar en los tiempos de ese buen alma (buonanima) de...». Entonces Totó, pensando que habla de Mussolini, se lanza sobre la ocasión, pero siempre sugiriendo sin llegar a decir, para encontrar la complicidad del interlocutor, un arte refinado muy italiano. Por ejemplo, basta leer los periódicos, donde a menudo nunca se encuentra del todo la noticia y mucho menos el titular. Decíamos que Totó se lanza al panegírico facha: «Esos sí que eran tiempos, y ya no volverán...». «¿Pero qué tiempos?», le pregunta el otro, incómodo. Totó hace gestos, canta cancioncillas, grita el «A noi!» fascista y hasta interpreta como conmoción la conjuntivitis del inspector, hasta que le aclaran que ha entendido mal, que hablaba de la ‘buonanima’ de su abuela (la ‘nonna’). Salida magistral de Totó: «¡Entonces usted es anti, como yo!». Luego llegan los cafés, fundamentales para confraternizar, como ya contamos un día, pero el inspector, incorruptible, los rechaza. Totó se pasará así toda la película.
FIN
Pasemos a otra noticia del día siguiente: el gasto medio de una familia italiana es de 2.500 euros. Hombre, no puede ser. Si se compara con el dato de la víspera, el 80% de los italianos viviría bastante por encima de sus posibilidades. En realidad, como ya saben o se habrán imaginado, la evasión fiscal se calcula entre 100.000 y 200.000 millones al año, un mínimo de siete puntos del PIB. La economía sumergida representa un 16% del PIB, principalmente en el sur, donde además de no saltar al ojo al Estado es aún más esencial no aparentar riqueza ante la mafia local, que también cobra sus impuestos.
La Guardia di Finanza, cuerp
o heroico cuyo emblema bien podría ser un agente combatiendo a Godzilla con un cazamariposas, suele empezar sus investigaciones con los compradores de cochazos, yates, mansiones, o los inscritos a clubes de golf o mirando las listas de los colegios caros. El 58% de las embarcaciones de lujo italianas están a nombre de testaferros, mayores de ochenta años o sociedades de charter con sede en el extranjero, que en realidad suele pertenecer al propietario, que de esta forma se benefecia de un descuento del 40% en el gasóleo. Una característica habitual de esta fantástica especie del evasor es que no sólo se hace pasar por pobre, sino que aprovecha todas las posibles ventajas de serlo, como subvenciones, ayudas y demás. Coherencia ante todo.
Porque no se crean que el evasor se esconde. No tiene sentido, socialmente se comprende. Es modélico el caso de un empresario de Cortina D’Ampezzo (norte), que había declarado 5.000 euros pero tenía una villa de lujo en Cerdeña de un millón de euros con una majestuosa piscina en forma de pene. Una cosa discreta, ya ven. La Guardia di Finanza la descubrió con un sofisticado método de investigación científica: trasteando en Internet con las fotos áereas de Google. En lo que va de año han salido cada día a la luz 21 personas que hasta entonces no han existido para Hacienda, gente que no ha pagado un impuesto en su vida. No tienen nada a su nombre, ni contratos, ni la factura de la luz, ni nada en el banco.
De todos modos, cuando te pillan, siempre queda el comodín del soborno, otro clásico. Como ocurre en ‘Stanza 17-17, palazzo delle tasse, ufficio imposte’ (Michele Lupo, 1971), donde Ugo Tognazzi es un inspector íntegro al que intentan camelar por todos los medios posibles. El argumento es muy gracioso: una tropa de evasores cazados decide robar el dinero de la caja fuerte del Palacio de Impuestos, en el piso de abajo, para pagar la multa con ese mismo dinero, en el piso de arriba. Esta escena está rodada en el EUR, con música de Armando Trovajoli, aunque está muy inspirada en la de Morricone de un año antes para ‘Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto’ (Elio Petri, 1970, Oscar a la mejor película extranjera).
De todos modos, antes de seguir, hay que reseñar que el cuadro estaría incompleto sin apuntar que a los italianos les fríen a impuestos, que ese dinero no se ve por ningún lado porque la mayoría de los servicios públicos dejan mucho que desear o son lamentables y que en la administración se roba a mansalva desde hace décadas. Claro, uno se lo piensa dos veces. ¿Qué hacer? Hace unos meses encontré en el quiosco un libro fabuloso: ‘Manual de autodenfensa de las tasas. Las informaciones y los consejos para protegerse del Gran Hermano que vigila todos nuestros movimientos’ (Segunda edición). Precio, 8,90 euros. De la A a la Z explica con detalle cómo burlar a Hacienda en cada situación. Es uno de los ejemplos más divertidos de la consideración del Estado como enemigo primordial del individuo. Por ejemplo, en la voz ‘Casa’ el primer apartado se titula ‘Riesgos para el que compra. Problema: declarar el precio real y las compensaciones a los mediadores’. Dedica más de seis páginas a explicar todos los trucos posibles. Es una publicación semestral que se actualiza con las leyes que salen como churros y cambian a cada segundo la situación. Indispensable.
En fin, con este ambiente se convive a diario, y es muy instructivo. Cada vez que voy al dentista no saben el número que me montan cuando saco la tarjeta de crédito para pagar: le miran a uno como a un criminal. O peor, como a un ciudadano poco civilizado e insolidario. Es esa paradoja que ya hemos descrito de priorizar lo individual sobre lo colectivo, sin pensar nunca en el largo plazo y en los beneficios que acabarán regresando al individuo. Eso no se lo cree nadie. El camino del largo plazo es eso, largo, y en medio seguro que lo roba alguien.
Total, que en el dentista ponen cara de fastidio, empiezan a murmurar, tardan un rato en encontrar el aparato, que está perdido en algún cajón porque, dicen, no lo usan nunca. Y es más, aseguran o fingen que no saben cómo se usa. Esto para pagar facturas de, por ejemplo, mil y pico euros, y ya saben la cantidad de dinero que se puede mover al día en un dentista. Es que lo normal es andar por ahí con el fajo de billetes y la goma elástica. O el fascinante mundo de los cheques, algo que yo creía superado, pero que en Italia es una religión, a ser posible al portador, anónimamente.
Del mismo modo, por ese respeto al derecho a la ilegalidad de cada uno, jamás se pide un documento de identidad al pagar con la tarjeta de crédito. En más de ocho años sólo me lo han pedido una vez, en Ikea, que son suecos. A los turistas españoles les miran con asombro cuando pagan en el restaurante y ofrecen cándidamente su DNI. A los camareros casi les causa pudor tal invasión de intimidad.
No crean que en Italia es fácil decidir qué hacer, si ser honesto o no. Porque siempre parece que conviene más no serlo. Miren a Totó, harto de hacer el primo, en ‘La banda degli onesti’ ('La banda de los honestos', traducción mía, Camillo Mastrocinque, 1956).
Sinopsis: Totó obtiene, por casualidad, una plancha para falsificar billetes y papel moneda auténtico, pero no sabe cómo ponerse manos a la obra. Entonces acude a un tipógrafo que conoce, una de sus parejas clásicas, Peppino de Filippo, hermano de Eduardo. La ambigüedad de la que hablábamos antes es la base de toda esta secuencia, en la que intenta convencerle del negocio sin llegar nunca a decirlo. De hecho, cuando lo dice, cuando lo latente se hace explícito, algo terrible en Italia, la escena es pudorosamente silenciada tras un cristal.
Totó empieza el acercamiento por el contacto físico, el clásico ‘braccetto’, coger del brazo. Es habitual ver a los políticos pasearse del brazo por los pasillos del Parlamento, confabulando y haciéndose confidencias. Para introducir el tema, Totó le pregunta si mucha gente se hace billetes de visita falsos. «A lo mejor son falsificadores...», insinúa, y hace uno de sus gestos maravillosos, girando la mano a media altura, como ajustando una pieza. Para acabar el razonamiento, le invita a tomar un café. Otra vez el café, ya ven. Esto nos permite la delicia de entrar en un bar de entonces.
Totó le da entonces una lección sobre el capitalismo, a la italiana: «Esta taza es usted y esta es el otro, el capitalista». En Italia los demás siempre son el otro, el enemigo. El azúcar es el capital. «¿Qué hacer? Usted no lo sabe, pero él sí, y se aprovecha», explica Totó sirviéndose azúcar. «Piensa que en algún momento se parará, pero eso es porque usted es un caballero, una buena persona y tiene confianza en el prójimo, pero él no, y sigue». Cuando el camarero le quita el azucarero Totó indica la solución: «La prepotencia. Sí, porque los tipos como usted son los que se dejan poner los pies en la cabeza. Usted representa la parte sana, honesta, limpia, del país. En cambio, los otros son la parte... ¿entendido? (capito?)». «Pero los otros, ¿quién?», pregunta perplejo el tipógrafo. Ésa es la pregunta clave. Son, en abstracto, todos los demás, así que tonto el último.
Totó le habla de los especuladores, que nunca van a la cárcel porque conocen el código penal. Le señala como ejemplo, para que mire sin mirar -otro matiz de sutileza-, un tipo de la caja. Peppino no entiende nada y Totó le dice, con todo el respeto, que es tonto: «La solución es adaptarse». Salen y ante la puerta del metro (es el barrio de Monti, la entrada de la parada Cavour) le propone «pasar de la otra parte». Entran en la boca del metro y le propone el negocio. A mí me parece, aunque esto ya son opiniones de cinéfilo sonado, que la elección del lugar no es casual, es la puerta del mundo subterráneo, una metáfora de la Italia real. Peppino se va indignado, aunque luego aceptará, y lo último que se oye es a Totó que dice: «¡Escuche la voz de la sangre!». Como diciendo que está escrito en los genes.
FIN
No hace falta poner películas, la verdad. Una situación parecida fue descrita hace poco en ‘La Stampa’, al transcribir la confesión del fiscal jefe de Pinerolo (norte), que encargaba falsos informes a una asesoría cómplice para investigaciones inexistentes. El fiscal y sus amigos se repartían 30.000 euros más IVA con cada uno. Arrepentido, el fiscal narraba cómo empezó todo, de la manera más tonta. Habían encargado una pericia a una empresa y, con un amigo ginecólogo, comentó el dineral que se sacaba con los informes. Observen la elegancia de la explicación:
«Los dos nos dijimos: ‘¡Si ganáramos nosotros lo que ganan ellos!» Él dijo una frase, creo que con alguna palabrota, aunque es un señor en su comportamiento. Entonces, desgraciadamente, me crea, me vino a la mente decir, o lo dijo él: ‘Cáspita, ¿pero no se podrían hacer pericias de ese tipo y ganar nosotros algo?’. Me dijo entonces que conocía unas personas (el mítico ‘comercialista’) que sabían hacerlas. Hablamos de ello, pero ni siquiera de modo, diría, explícito. Pero así como fue implícita la partida, fue explícita la conclusión».
En fin, que el fiscal jefe de Pinerolo (norte) acabó llevando el dinero en los calcetines a Montecarlo por la frontera de Ventimiglia. Todo porque quería un barco para ir a pescar.
Decíamos que suele parecer mejor no ser honesto, sobre todo según quién esté en el poder. Así llegamos a la tercera noticia, del tercer día: el Gobierno da vía libre al llamado ‘escudo fiscal’, una amnistía para que quien tenga dinero en Suiza o las Islas Caimán lo pueda volver a meter en Italia de forma anónima y pagando un pequeño porcentaje de multa, un 5%. En Estados Unidos o Gran Bretaña han hecho lo mismo, pero pagando íntegro lo que se debe. Pero Berlusconi, juzgado varias veces por evasión, fraude fiscal y soborno a la Guardia di Finanza -luego absuelto o indemne por la prescripción-, ha aprobado tres condonaciones de este tipo en ocho años. En 2001 volvieron 1.600 millones. En 2003, 497. Esta vez han apuntado en las cuentas, de momento y de forma simbólica, un euro. A ver qué pasa.
Le preguntaron el otro día al ministro de Economía, Giulio Tremonti, si esto del escudo no era incoherente con las nuevas reglas mundiales que se quieren imponer tras la crisis, para luchar contra los paraísos fiscales, reafirmadas en el último G-8 de L’Aquila. Respuesta del ministro por lo bajinis: «Che testa di cazzo!». Literalmente, «qué cabeza de polla», insulto que viene a ser algo así como ‘animal de bellota’. Algún día tendremos que hablar del uso de los genitales en la lengua italiana, totalmente opuesto al español
. Sobre esta expresión, para que la comprendan mejor, circulaba un chiste aquella vez que Berlusconi apareció con un pañuelo pirata en la cabeza. «Es porque le han operado de fimosis», se decía de broma. Pero no, luego se supo que era por un implante capilar. Más tarde aún se ha sabido que a Tony Blair, al verlo, casi le da un ataque, y le pidió a su mujer que siempre se colocara entre ellos dos, porque si no saldrían juntos en las fotos y la prensa británica le iba masacrar. Perdonen la digresión, es que venía al pelo.
Berlusconi argumenta que lo del escudo fiscal es una forma de recaudar dinero para las arcas del Estado, pero comprenderán que a cualquiera se le ocurre que es mejor evadir impuestos y esperar a la siguiente amnistía. Es decir, el que paga se queda con cara de tonto. Al italiano esto le sienta fatal, es lo peor que le puede ocurrir: ser el perdedor donde es pecado no ser un listo. Hablando de pecado, lo del ‘escudo fiscal’ nos trae de nuevo el tema de la piedad. En Italia siempre se espera en el perdón, en la rebaja del castigo, en una excepción a las reglas. Y lo malo es que a menudo ocurre. Así no hay manera de que funcione el sistema. Esta semana, también ‘La Stampa’ relataba el caso de una empresa de remolcadores del puerto de Livorno (norte) que había despedido a dos trabajadores por robar ocho litros de gasóleo. Ellos han alegado que lo hacen todos los trabajadores de la empresa desde los años sesenta, que es una minucia de los miles de litros que se gastan y que la dirección más o menos lo sabe. Decisión de la juez del tribunal de trabajo: deben ser readmitidos, porque «es un comportamiento tolerado, mantenido por todos y tácitamente admitido. La empresa lo sabía y no lo ha sancionado nunca». En todo caso, quizá echen a quien no robe.
Es lo que ha dicho Berlusconi muchas veces, y una de ellas siendo primer ministro en un discurso en visita oficial a la Guardia di Finanza:
«Hay una norma de derecho natural que dice que si el Estado te pide un tercio de lo que has ganado con tanto esfuerzo te parece una petición justa, y se lo das a cambio de servicios que el Estado te da. Si el Estado te pide más. o mucho más, hay un abuso sobre tu persona y entonces te las ingenias para encontrar sistemas elusivos o incluso evasivos, que sientes en sintonía con tu íntimo sentimiento de moralidad, y que no te hacen sentir íntimamente culpable».
(11 de noviembre de 2004)
Toda una lección de capitalismo, como la de Totó. Ya ven que lo del derecho natural Berlusconi lo esgrime de maravilla, siempre a su favor, como el Vaticano. Por cierto, echen un vistazo a la última encíclica de Benedicto XVI, ‘Caritas in veritate’, que va de economía. Le da un palo muy bien dado a tiburones financieros sin escrúpulos y empresarios explotadores, a los contratos basura y a la precariedad laboral. Pide una nueva ética económica y el regreso del «trabajo decente». En ningún lugar ha sido recibida la encíclica con tanto gozo y alegría como en Radio Vaticana: ¿Significará esto que por fin van a poner en regla, como Dios manda, a toda la gente que trabaja sin contrato desde hace años y hasta sin cobrar los domingos, el día del Señor?
Es curioso, pero en Italia de est
o tampoco se habla y lo sabe todo el mundo. Es poco probable que les manden una inspección. El Vaticano, estado soberano, no tiene que rendir cuentas a nadie y hace lo que quiere. Es imposible saber cuánta gente tiene en negro. Pero es comprensible, Radio Vaticana pierde mucho dinero -hasta ha empezado a meter publicidad- y hace como todo el mundo. El camino de la santidad está lleno de obstáculos. Los trabajadores que lo sufren también son como los demás: piensan que sus jefes son un poco jetas, como en cualquier empresa. Aunque en su caso estarán de acuerdo en que es un poco más fuerte. A algún locutor sin contrato le puede haber tocado leer informaciones de la encíclica en la que el Papa pide al mundo que no se haga bajo ningún concepto lo que la radio del Papa le está haciendo a él. Desde luego lo habrá leído con mucho más sentimiento que uno fijo y puede que haya logrado conmover a algún gran empresario, o incluso a sus jefes. Por qué no, en esta radio creen en los milagros. De todos modos Radio Vaticana paga bien y nadie dice nada. No van a ir con las pancartas de 'Contrato súbito' a la plaza de San Pedro, pero entretanto, por ejemplo, a estas personas nadie les da un crédito para una hipoteca y se demora la formación de la familia, cosa que sin duda causa contrariedad en la Iglesia.
En fin, no se lo tengan en cuenta a Benedicto XVI si por casualidad leen la encíclica, porque seguramente no tiene ni idea de estas cosas que pasan en sus oficinas, y tampoco se lo van a decir ahora para darle un disgusto. El Papa será universal, pero el Vaticano es una cosa muy italiana. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Para terminar, recordemos la lección magistral de Totó sobre cómo destripar cajas fuertes en ‘I soliti ignoti’ (‘Rufufu’ en español, obra maestra de Monicelli, 1958), siempre con la angustia de ser sorprendido por la visita de la Policía y encima, toreado por los niños del vecindario. Naturalmente, uno se pone de la parte del delincuente.
De todos modos, y como siempre, mi rendida admiración por los italianos honestos, que supongo que son la mayoría. Unos héroes.
Gracias de corazón a todos por sus palabras que, sin embargo, tienen un grave inconveniente: me han animado a seguir, con evidente riesgo de equivocarme.
Sin movernos del terreno de lo imposible, quería mencionar el apasionante fenómeno de la elasticidad temporal en Italia. También aquí es fácil que me pierda, así que partiré de lo más concreto para intentar terminar Dios sabe dónde, en el infinito y más allá, como en ‘2001, una odisea del espacio’.
El uso del gerundio en italiano, en algunos casos, eleva a una categoría desconocida el sentido de este tiempo verbal. Por lo generoso. Se supone que indica una acción que se está realizando y eso es precisamente lo que sobreentiende un romano a quien se espera durante media hora en una cita y responde al teléfono: «Sto arrivando» (Estoy llegando). No hay que equivocarse. Con escaso margen de error, en la mayoría de las ocasiones lo que quiere decir es que está entrando en la ducha, si hay suerte, y así hay que interpretarlo.
La literalidad en italiano está mal vista, como un exceso de celo. Se debe dejar un margen a la ambigüedad, que permite el juego. Es además mucho más práctico y real para vivir en movimiento, en el río imparable de la vida. Las referencias, sean reglas u horas, son portátiles. También te pueden cobrar cada día una cosa en el bar o en la carnicería, sin llegar nunca a aferrar el criterio regulador. La gente pide descuentos en los sitios menos pensados y a veces se los dan. Absolutamente todo puede dejarse para otro día en el último momento, hasta lo más sagrado, desde un juicio a unas oposiciones, y no digamos una votación decisiva del Parlamento o una intervención quirúrgica. Hasta el inicio de la liga, y con eso está todo dicho. Por ejemplo, hoy se ha decidido, de repente, cambiar la cumbre del G-8 de Cerdeña a L’Aquila, después de dos años de preparativos y a sólo dos meses y medio de la cita. Y que la nueva encíclica del Papa vuelve a retrasarse hasta junio. 'Slittare' (resbalar) y 'rinviare' (aplazar) son los verbos más socorridos y utilizados. Todo 'slitta', todo resbala. Es un país flotante. Además de tener una ciudad acuática e imposible, Venecia.
Lo público, como hemos intentado explicar, se suele descuidar porque no es de nadie. Se adapta a las necesidades personales. En su aplicación al reloj, esa peculiar concepción del tiempo, cuyo uso queda al albedrío de cada cual, está perfectamente reflejada en el cartel del horario de una vieja librería de Via del Pellegrino, en el centro de Roma. «Mañanas: incierto variable. Tardes: de 16.00 a 20.00 (seguro). Tardes de sábado: sólo en los meses no cálidos». Y añade: «En cumplimiento de la convención de Ginebra de 1949 este establecimiento se abstiene de abrir los domingos». En otra tienda suele haber un cartel que dice: «Torno prima o poi» (Vuelvo antes o después). Yo estoy totalmente a favor.
Esta dilatación de las reglas de convivencia, en función de las pequeñas vicisitudes de cada uno, hace que todo sea imprevisible o se retrase. Porque, como repetimos, el centro es el hombre, no el sistema, que es inhumano por definición y exigencias de funcionamiento. Si coincide que ese hombre es uno mismo es una bendición del cielo. Cuando se forma parte del sistema es para desesperarse. Pero eso mismo hace que en este país todo sea posible, para bien y para mal. Todos los que vivimos aquí, como el replicante rubiales, hemos visto cosas que vosotros no creériais. Ferrys que retrasan veinte minutos la salida para esperar a una señora que llega tarde y avisa por teléfono para que la esperen. Revisores que se apiadan de viajeros sin billete y les dejan viajar gratis en primera clase. Aviones que se abren cuando están cerrados. Policías que te cuelan sólo porque estuvieron una vez en España y se lo pasaron muy bien. Profesores que te aprueban porque les caes simpático. En ese sentido es un país mágico. Triunfan los sentimientos, como en las películas. En otro lugar de Europa uno se daría por jodido, pero la individualidad italiana, su sentido de la solidaridad y la extrañeza ante las reglas o estructuras superiores a lo que ocurre aquí y ahora abre espacios impensables. Uno cuenta siempre con poder forzar, aunque sea un poquito, los márgenes instituidos. Se vive más despreocupado. Pero también, y esta es la parte mala, se abren espacios inimaginables cuando a uno le toca chocar irremisiblemente con la ineficacia del sistema. Cualquiera tiene también historias terroríficas para no dormir.
Veamos, como intermedio, las peripecias del pobre Fantozzi, el gan Paolo Villaggio, para cobrar la pensión. Últimamente teníamos un poco olvidado a nuestro héroe, prototipo del italiano puteado, explotado y sufridor, y eso no puede ser, es mascota entrañable del blog:
El tráfico es un ejemplo clásico y aquí ya podemos estar rozando el tópico. Los italianos se saltan las reglas continuamente, pero conducen muy bien y, respetándolas, quizá la circulación quedaría colapsada. Ya hemos contado que un día hubo huelga de mantenimiento de semáforos en Nápoles, los apagaron todos y el tráfico fluyó con toda normalidad como un día cualquiera. En Roma uno puede cruzar la calle por donde le dé la gana, basta mirar a los ojos al conductor que viene lanzado. En nueve de cada diez casos el automovilista se parará sin enfadarse y te dejará pasar, aunque sea en hora punta y tenga encima siete autobuses. Da igual lo que diga el código de circulación para esa situación concreta y quien tenga la razón según las normas. Es más humano pactarlo entre dos personas sobre la marcha. El italiano es comprensivo y tiene un afinado sentido de la piedad. Es extremadamente civilizado en lo privado, aunque el uso de lo público dé una impresión de barbarie. Basta ver lo sucia que está Roma. Un conocido me contó que, pasando por un paso de cebra, un motocilista lo esquivó a toda velocidad y con el clásico sarcasmo romano le gritó mientras se alejaba:
-Aoooo, ¿pero es que crees que estás en Londreeeeees?
Las reglas y leyes fluctuantes pueden causar muchos problemas al recién llegado, porque se cree todo y aún funciona con esquemas normales. En este sentido aterrizar en Italia puede ser una pesadilla. Lo sabe cualquier corresponsal. El teléfono, la luz, abrir una cuenta, cualquier trámite burocrático parece un obstáculo insuperable porque, en general, uno llama y aparece una persona que le dice que necesita 17 documentos distintos y hasta su carta astral, en copia compulsada. Aunque sea para hacerse la tarjeta del supermercado. Ese empleado o funcionario lo suele hacer porque no tiene ni idea, o no se acuerda, o las reglas cambian cada mes y, para asegurar, pide todo lo que se le ocurre. Se castiga al ciudadano sin piedad. Lo mejor en estos casos es mi ‘técnica del concurso’: llamar dos o tres veces a empelados distintos y elegir la respuesta más sencilla, pues tras algunos intentos suele aparecer otro dependiente que simplemente pide una fotocopia del carné de identidad. Esto entre gente que trabaja en la misma oficina, imaginen coordinar un país. Las centralitas telefónicas delirantes de la modernidad, especializadas en marear al consumidor, no han hecho más que disparar este fenómeno.
Aquí tocamos otro punto insondable, en el que por hoy no nos adentraremos, que es el amor al papeleo. Por antigüedad decimonónica Italia es el reino del matasellos, el timbre y el formulario recortable. Pero yo atribuyo a esa desconfianza hacia lo abstracto y al creer sólo en lo que se ve un amor realmente desmedido por el fax. Aunque en el resto del mundo occidental esté en desuso los fabricantes pueden dormir tranquilos mientras exista Italia. Hacer las cosas por Internet les suena a chino y una voz al teléfono es un eco en el espacio. Mande usted un fax, es siempre la respuesta. Se siente el vértigo temporal de un país que vive en otra época. Con la burocracia los tiempos son eternos, otra dimensión del tiempo. Tras la impaciencia inicial se entra en una especie de estado de desinterés, de desapego espiritual y se deja de esperar. Es lo más parecido que conozco a la ataraxia, una serenidad imprevisible que, paradójicamente, Italia proporciona por saturación. Otra lección de vida.
Como todo resbala, o se pospone, o depende de las circunstancias concretas, nadie cree demasiado en nada, cosa que ya hemos dicho. Todos estos retrasos y agujeros en el tiempo que repetimos pueden ser defectos, pero según como se mire son comodidades y, ayayay, como tales son muy contagiosas. Suecos, españoles o alemanes cuadriculados que llegan quejándose de todo al final se ‘italianizan’ totalmente, porque en cierto modo la suya puede ser una forma de vida más saludable. El extremo es que incluso se llega a desear que no se cumpla lo anunciado, como cuando uno era pequeño y la noche anterior a un examen soñaba con una repentina nevada que bloqueaba la ciudad o un ataque marciano. En Italia esos milagros son perfectamente posibles. Todo puede saltar a última hora. Es más, la gente se organiza a veces deseando o dando por sentado que las cosas no serán a la hora establecida. Es más, si es así, a veces se causan trastornos, pues la puntualidad puede llegar a ser juzgada como una exageración, una falta de flexibilidad que es casi vista como no saber vivir. A mí me han reñido por llegar a la hora a cenar a una casa donde estaba invitado, porque ni habían empezado a cocinar.
En medio de este desmadre, insisto, se yerguen ciudadanos rectos integérrimos, hastiados pero aún en pie, que son como esculturas vivientes al héroe desconocido, luchando contra viento y marea sin la menor posibilidad, creo yo, de éxito ni de cambiar nada. Con la gente que todavía cree en los Reyes Magos y los lectores de periódicos son los últimos románticos de este mundo.
Uno de los más grandes ejemplos de alegre elasticidad temporal es el que plantea ‘Non ci resta che piangere’ (No nos queda más que llorar, según mi traducción, 1984), legendaria película de Massimo Troisi y Roberto Benigni, dos monstruos de la humanidad. Interpretan a dos bedeles de un instituto que se quedan dormidos en el coche mientras esperan ante un paso a nivel. Cuando despiertan están en el Quattrocento. Y ya está, así de fácil. Sus aventuras para intentar regresar al presente son memorables. «¡Recordad que debéis morir!», les dice un fraile de la Inquisición, y Troisi responde: «Sí, sí, ahora me lo apunto...». Uno de los mejores momentos es éste, en el que encuentran al mismísimo Leonardo Da Vinci:
Sinopsis: Para los que no dominen el italiano será largo, porque el humor de Troisi y Benigni está en su forma de hablar, sin acabar las frases. Pero haremos el esfuerzo por el cine, qué demonios. Lo traduzco casi literalmente para quien no comprenda bien.
Nuestros héroes, un napolitano, Troisi, y un toscano, Benigni, cada uno retrato de sus rasgos autóctonos, encuentran a Leonardo Da Vinci. Se acercan y empiezan a discutir. «Mira, le decimos, nos hace falta esto, esto y esto, ¿nos lo puedes construir?», dice Troisi. «Pero no, a él qué le importa, imbécil, él tiene que pensar que somos dos científicos, tenemos que despertar su curiosidad, decimos cosas que le dejan impresionado».
Pasan al lado y Troisi dice haciéndose el interesante: «¿Pero nueve por nueve serán 81?». Benigni le sacude: «¡Hemos terminado con Leonardo, vas con la tablita de multiplicar a Leonardo Da Vinci! ¡Cosas científicas! Déjame hablar a mí». Vuelven. Empieza el diálogo:
-En la naranja está la vitamina C...
-¿Quiénes sois?
-Somos... dos... digamos colegas... somos también ingenieros, científicos, descubridores, hemos hecho un montón de patentes, inventamos, hacemos un montón de cosas...
-¿Qué está haciendo?
-Un experimento con las palas y el agua...
-¿La corriente?
-La corriente... la corriente es... peligrosa, peligrosa, te arrastra, si usted intenta nadar contracorriente, nada, no lo consigue... peligroso... no para los ingenieros, sino para el que nada...
-Oiga, nosotros queríamos desarrollar estas cosas científicas que hemos dicho con usted, si tiene un poco de tiempo...
-Podemos hacer una consulta... entre inteligencias...
-Vamos, vamos a la tienda estudio.
En la tienda:
-Bueno Leonardo, no hay que perder tiempo. Estoy emocionado porque es la primera vez que... Entonces... Nosotros, las cosas que te hemos dicho antes, estos conceptos científicos, hay que construir sobre esto, aparatos...
-Nosotros sería como, como decir, que nosotros metemos las ideas, trabajamos con la inteligencia, tú construyes, ta, ta, lo que salga al final, faltaría más, se divide a la mitad... bueno, 33, 33 y 33, mejor dejar claro estas cosas que... Bueno, te explica él.
-Bueno, a ver alguna de estas invenciones que tenemos en el archivo... ¡La gente va a pie o va a caballo! No es verdad, hay otra manera, el tren. El tren está construido así Leonardo: dos vías, más fácil y se muere... pero dos vías largas, puedes llegar a África, no te preocupes, dos trozos de hierro, los sabéis construir ¿no? De hierro, duro, con cosas de madera dentro, y vas donde quieras, das curvas, subes, bajas,... Bueno dibujo peor que usted, perdone si me permito... Zas y zas, esto son las vías, la madera, y encima está el tren, todo de hierro, el humo que sale, tuf, tuf... ¿Cómo funciona? Se tira la leña en la caldera, el calor desarrolla energía y...
-¿Entonces va con una chimenea?
-No, no, es un mecanismo diverso...
-Echando leña se mueve...
-Bueno, otra cosa... ¡El obrero! ¡Marx! El capitalista explota al obrero, que no sabe que es un obrero, la conciencia de clase... la huelga ¿Cuánto me quieres hacer trabajar? ¡Hago la huelga!... Ehhh, ¡Freud! Dice esta mesa ¿qué es? El lapsus freudiano, tu madre te gustaba, complejo de Edipo, el inconsciente... Buuff.
-Perdona, Leonardo, una cosa simple, facilísima, el termómetro. Una cosa de cristal, mercurio, todos los numeritos, sirve para saber si tienes fiebre, te lo pones aquí, o en la boca. Si el mercurio llega a 35...
-¡Débil!
-Débil, mírame a mi.
-36, normal, 37.... eehh
-Rojo, rojo, lo ha tenido mi hermana...
-Rojo, un poco de fiebre, 38 un poco más, tienes que quedarte en casa, no sales, qué frío, una cosa... 41, 42, rojísimo, al hospital...
-¿35?
-Exacto, 35, débil, te sientes...
-¡38!
-38... ¡Leonardo! No, lo ha dicho antes, bueno, gracias, nada, nos vamos... Si quieres quedarte, quédate, yo me voy...
-Escúchame Leonardo, con calma, si nos ponemos... ¡El semáforo!
Pasa la tarde. Cae el sol.
Benigni vuelve y Troisi le está enseñando otra cosa.
-¿Entendido? No, no me digas que entiendes y luego no has entendido nada, ¿por qué no me lo dices: no, no he entendido, explicámelo otra vez?
-He entendido.
-Sí, pero pones un cara... Vamos a probar. Atención. Cojo cuarenta cartas, ta, ta, barajo, corto...
-¡Cortas para no hacer trampas!
-Eso es, muy bien. Tres cartas a ti, tres para mí... En la mesa... ¡Atención Leonardo, no me hagas...! En la mesa settebello (el siete de oros), as de oros y ocho de espadas. Tú tienes el ocho de bastos, ¿qué coges?
-¡Settebello y as de oros!
-Muy bonito ¿ves cómo no has entendido nada y dices que sí? ¡Si tienes un ocho tienes que cogerlo!
-¿Pero por qué?
-¡Mamma mía! ¡Porque es una regla!
-Venga vamos, déjalo.
-¡Ni siquiera la escoba, es que es una cosa...!
-Arrivederci, maestro, gracias.
-Arrivederci, maestro, pero mamma mía...
Desde luego, qué cabezón este Leonardo. Las reglas son las reglas.
He dejado de cumplir con el blog unos días, y pido disculpas, por el terremoto y después por enfermedad. Pero del terremoto no me he recuperado.
Parece imposible que haya un terremoto en Europa, pero en Italia los tienen desde siempre. Cicerón habla de uno en Spoleto, ahí al lado, en el 63 a.C. Tampoco parece posible que, siendo así, no estén preparados por si ocurre, dado que hay uno tremendo cada década desde hace siglos, pero así son las cosas. Más inverosímil es la maldad y la chapuza de políticos y constructores que levantan edificios de cartón piedra, pero Italia es así. Probablemente nunca sabremos los nombres de los malnacidos sobre los que recae la culpa de muchos muertos. Con todo, se antoja increíble, como sucederá en breve, que la tragedia caiga en el olvido hasta el próximo desastre y que la Justicia no llegue a castigar a casi nadie. En Messina todavía hay gente que vive en las viviendas provisionales que les dieron en el terremoto de 1905. Todo esto en Italia es posible. Aquí lo imposible no sólo es posible, sino costumbre.
Repasemos la secuencia temporal de los hechos:
-El Abruzzo es históricamente una de las zonas de mayor riesgo sísmico de Italia. Como si fuera una especie de California o Japón.
-En el Abruzzo llevaban seis meses de temblores, algunos muy fuertes.
-Las autoridades del Abruzzo avisaron varias veces a las autoridades de lo que pasaba. Según se supo el sábado, el alcalde de L’Aquila hasta envió un telegrama cinco días antes para pedir el estado de emergencia.
-Terremoto.
-Sorpresa, no obstante lo anterior.
-295 muertos, a día de hoy, y casi 70.000 personas sin hogar. En California o Japón un terremoto de esta categoría ni habría salido en el periódico, según los expertos.
-Se descubre que muchos de los edificios que se han derrumbado son modernos, no cumplen las normas antisísmicas y tienen defectos de fabricación.
-Se descubre que el hospital central de la región, que costó nueve veces más de los presupuestado, que llevó 28 años de obras y se inauguró en 2002, era totalmente defectuoso. Que no tenía ni permiso de apertura. Que las autoridades lo sabían.
-Se descubre que casi todos los edificios públicos, de la Policía al catastro, de los tribunales a la seguridad social o la universidad, se han venido abajo y tampoco cumplían las reglas antisísmicas.
-Se descubre que, por ejemplo, los cimientos de la mismísima facultad de Ingeniería estaban hechos con plástico en vez de con cemento.
-Se descubre que la restauración de los tejados de valiosos monumentos, como la fortaleza española o la basílica de Santa María de Montemaggio, ahora hundidos, se hizo de forma defectuosa.
-Se descubre que un informe de Protección Civil de 2005 ya advertía de todo lo anterior y del riesgo de derrumbe de los edificos anteriormente mencionados si no se intervenía urgentemente.
-Se descubre que la ley que impone normas antisísmicas lleva cuatro años bloqueada en el Parlamento por presiones de ‘lobbies’ de constructores. La última prórroga, de dos años, fue en febrero
-Todavía se seguirán descubriendo cosas. Esto es sólo el principio.
-Pese a la supuesta preparación ante una emergencia de este tipo y las alarmas anteriormente citadas, pese a que L’Aquila está a una hora de Roma por autopista -condiciones ideales para una respuesta a una emergencia-, pese a que el seísmo fue a las 3.32 de la madrugada, el primer día apenas llegan tiendas para los damnificados. La comida es precaria y requiere un par de horas de fila. Los baños químicos tardan varios días.
-Aparece gente que roba en las ruinas de las casas derruidas.
-Aparece gente que estafa con supuestas campañas de donativos para las víctimas del terremoto.
-Los bancos cobran comisión de entre 2,5 y 5 euros al hacer un donativo para el terremoto.
-Los bancos llaman a la gente que ha perdido la casa para recordarle que, sintiéndolo mucho, le toca pagar la cuota de la hipoteca.
-Se recuerda todos los terremotos anteriores, en los que pasó lo mismo y se cometieron los mismos errores.
-Se recuerda que Italia es el único país de Europa donde los seguros de hogar no cubren catástrofes naturales y todo el gasto recae sobre el Estado, que de 1994 al 2004 ha gastado en esto 2.000 millones anuales.
-Se recuerda y se avisa que, por ejemplo, en la reconstrucción del terremoto de Irpinia (1980, 2.700 muertos) había 36 ayuntamientos afectados, hasta que llegó el dinero y se convirtieron en 687, igual que las casas dañadas, que pasaron de 28.000 a 500.000
-Se recuerda que 4.000 personas del Abruzzo viven en barracas prefabricadas provisionales -sin calefacción, pavimento ni baño- que les dieron en el terremoto de... 1915 (30.000 muertos).
-Se recuerda que la mitad de los italianos vive en áreas de riesgo natural y la mitad de las casas del país no cumple las normas antisísmicas, así como el 75% de los edificios públicos de esas zonas.
¿Cómo puede ser? Muy fácil. Italia es un país que vive, chapotea, en la ilegalidad. Por eso funciona todo mal. Cada vez que se destripa un mecanismo -un terremoto hace eso exactamente- sale a la luz lo que todo el mundo sabe. Todo lo anterior no es ninguna sorpresa para nadie. En Italia no se confía nada en el género humano, y a la vista de lo anterior hacen bien.
La secuencia a partir de ahora, salvo agradable sorpresa y por la experiencia acumulada en los anteriores terremotos, será más o menos así:
-Olvido paulatino de los damnificados.
-Corrupción con el dinero de la financiación de la reconstrucción. Es decir, lo que ocurrió con los edificios que, por eso, se han caído.
-Infiltración de la Mafia o la Camorra o ambas en la reconstrucción. Es decir, lo que probablemente ocurrió con los edificios que, por eso, se han caído.
-Retraso de la reconstrucción.
-Juicio eterno de los presuntos responsables.
-En un futuro lejano, penas menores o ridículas para una mínima parte de los presuntos responsables.
-Alojamiento indefinido de muchos de los damnificados en viviendas provisionales.
En resumen, el sistema sólo funciona como un reloj para perpetrar la chapuza perfecta. Por último, la secuencia concluirá en un futuro impreciso con:
-Nuevo terremoto o catástrofe natural.
-Repetición de la misma secuencia completa.
Por cierto, sin necesidad de estudios técnicos todo el mundo sabe que un millón de personas vive en las faldas del Vesubio de forma ilegal y en zona prohibida. El Vesubio es un volcán activo.
No obstante lo expuesto, en los días de la tragedia predomina la conmoción sentimental y la extraña idea de que la desgracia sea cosa del destino, la fatalidad o un castigo divino.
Como única respuesta al desastre colectivo, se exalta la generosidad de los voluntarios y la dignidad de las víctimas, cuando en realidad ambos están abocados al heroísmo, pues en la genialidad en la improvisación, en la habilidad del individuo, recae el peso de suplir las deficiencias del sistema.
Luego siempre llegan políticos y autoridades a decir corriendo la mítica frase: «Lo Stato c’è» (El Estado está, está aquí, existe, está presente). Excusatio non petita... A ningún gobernante se le ocurriría decir esta frase en otro país europeo, porque se supone. En Italia es mucho suponer.
Y a final de cuentas la gente, esos miles de pobres italianos, a vivir en la intemperie y empezar otra vez de cero. Hablando con ellos a menudo la respuesta ante el cúmulo de despropósitos de lo ocurrido era encogerse de hombros, alzar el mentón y decir con resignación: «¡Italia!».
Esta escena magistral es de ‘Miracolo a Milano’ (Milagro en Milán, 1951) de Vittorio De Sica, artista, humanista y conocedor del alma italiana, que nos ayudará a intentar comprender algo.
Tras todo lo que hemos dicho la pregunta es ¿por qué? ¿cómo es posible todo esto? En el día a día es un entretenimiento, pero tras una tragedia es una pregunta que no ceso de plantearme. Como cualquiera. Cada italiano tiene su teoría y es un tema recurrente de la sobremesa. La respuesta es enrevesada y resbaladiza, y por eso seguramente no será coherente. Tómenlo como uno que filosofa en el bar. Y les agradecería que me contradigan, a ver si entre todos encontramos la respuesta.
Hablábamos de ese individuo sobre el que recae la responsabilidad de ser un héroe. La medida de todas las cosas en Italia es el individuo. El Humanismo, con mayúscula, nació en Italia. Palabras abstractas, como la colectividad, el pueblo, el interés general o la patria son castillos en el aire. La persona es lo más importante. A nivel individual se traduce en un solipsismo inédito, un egoísmo visceral, que no conoce límites. Con los demás, en indiferencia. Con alguien concreto, depende. Si es conocido, se hace cualquier cosa por él. Si es desconocido, según el momento y sin ningún motivo racional, acaba en intento de estafa o disposición total. De ese modo conviven el individualismo más salvaje con la generosidad más suicida. El resultado es un país que cubre todo el espectro humano de cabo a rabo, para bien y para mal. Un país muy humano. Difícil de asimilar y comprender. Pero así somos todos en realidad, nos cuenten lo que nos cuenten. Italia enseña a vivir.
Por el conocido, el amigo, el familiar, el pariente, el igual, en Italia se hace lo que sea, porque es el único sistema fiable que funciona. El grupo, como el que hemos visto en la película apiñado bajo el solecito, es la única comunidad real. Su problema es que da resultados a expensas de las reglas y de los demás, claro. Son como microestados. Porque, a fin de cuentas, ¿no es así como funcionan los países? La soberanía, la razón de Estado y el interés nacional por encima de todo y que se fastidien los demás. En Italia estas prácticas y fronteras aceptadas por todos no coinciden con las geográficas e institucionales, sino que se reducen al mínimo, al nivel personal. Desde ese punto de vista, cada italiano es un país y todos los demás son extranjeros. Así se comprende todo. De ahí la sensación general de amoralidad, que es por otra parte la que destilan las relaciones internacionales, sin ningún escándalo por parte de nadie. Si uno lo piensa es una visión mucho más realista, porque ¿no somos todos extraños en esta vida?
Por otro lado, el extranjero se puede integrar perfectamente y es una tontería eso de que los italianos son racistas. Italia siempre ha sido tierra de paso. A un romano le da igual un veneciano que un congolés. Como le puede dar igual su vecino. O uno de la Lazio si él es romanista. Cuando llega un intruso le pueden engañar o ignorarle, pero al cabo de un tiempo le acepta como uno más y forma parte de la comunidad. Aquí la amistad es, sobre todo, complicidad.
En fin, toda esta peculiar idiosincrasia se debe, me imagino o eso es lo que se suele decir, a una unidad nacional muy reciente, de pequeños estados que ya, de por sí, estaban a menudo bajo dominio extranjero. El hombre es la medida de todas las cosas, como decíamos, y del mismo modo cada hombre se hace un mundo a su medida. Más allá, empieza el oscuro mundo exterior.
El italiano cree en lo que ve y tiene cerca: la belleza de los objetos, los placeres físicos, la buena comida y el buen vino. La persona, uno mismo, es lo único importante porque el italiano se siente solo en esta vida. Nace en un Estado que no hace nada por él, que siempre ha sido jerarquizado y clasista, a menudo extranjero, y que siente como enemigo o botín. Uno se defiende como puede, con las armas que tiene a mano. El poder siempre encuentra justificación para sus desmanes, porque es impune. Y esa es la justificación de la gente común para hacer lo que le parezca. Como prima el interés individual sobre el interés general el sentido del deber es una cosa muy aleatoria. Nadie se siente obligado a nada. Se pierde la fe en la Humanidad, la verdad.
Uno no se puede fiar, nunca, de nadie. La ingenuidad es el mayor pecado. Por supuesto ninguna autoridad, sea la que sea, tiene la menor credibilidad. Y cada nueva decepción no hace más que confirmar la sabiduría de esa regla. En la Casa dello Studente de L’Aquila, donde murieron ocho jóvenes, los residentes protestaron cinco días antes del terremoto porque el edificio se tambaleaba con los seísmos y había grietas. Hasta abandonaron el edificio. Al cabo de tres horas los responsables y un arquitecto les dijeron que no había ningún problema y podían dormir tranquilos. Una chica, por ejemplo, no se fió y se largó. Está viva. Testificará en el juicio, si es que llega a celebrarse algún día.
Veamos cómo sigue ‘Miracolo a Milano’:
Sinopsis: Llegan los ricachones para pactar la compra del terreno donde viven los pobres desgraciados. De Sica muestra claramente eso de que el hombre es un lobo para el hombre. Ladran literalmente. El comprador de repente se percata de la presencia de los pobres. El otro le dice que no es un problema, que se les echa cuando se quiera. «No me parece fácil echarles», replica el comprador. Les invitan a calentarse e inicia una escena shakesperiana. Como Shylock, el ricachón declama: «Yo tengo frío como vosotros, porque somos todos iguales, mi nariz será más pequeña, más grande, pero siempre es una nariz. Esta es la verdad. Una nariz es una nariz». Los presentes no entienden: «¿Qué tiene que ver la nariz?». El magnate insiste: «¿Por qué tienen que dejar sus casas? ¿Es necesario conocerse, saber el nombre del otro, para ser hermanos? ¿Yo sé su nombre? ¿Y el suyo?». Éste se lo dice. «Bueno, lo sé porque me lo has dicho, pero antes de saberlo te quería igualmente. ¡Cinco son mis dedos, y los suyos!». Aplausos. Ya se ve que una visita apretando manos a estos lugares es muy resultona. En el fondo es como ir de cámping.
Sigamos. Pese a todo lo dicho, el concepto de injusticia se capta enseguida a nivel particular, porque todos se sienten víctimas de un sistema y compadecen de inmediato a quienes lo sufren, al perseguido. En una calle cerca de mi casa han levantado los adoquines para poner unas tuberías. Pero a mitad de la calle hay un mendigo que tiene ahí su sitio. Los obreros levantaron todo, salvo ese trozo, y colocaron unas vallas amarillas a su alrededor para que el hombre pudiera seguir a lo suyo. Al cabo de unos días le movieron a un lado y cambiaron ese trozo. El otro día un guardia quiso multar a una de esas estatuas vivientes callejeras en Milán, porque se había movido unos metros fuera de su lugar. Los viandantes se sublevaron y le pagaron la multa entre todos. La semana pasada, en Génova, la Policía hizo una batida para cazar unos jabalíes que molestaban la circulación. Fueron recibidos a pedradas por algunos vecinos. En cualquier ventanilla, ante cualquier trámite, un funcionario se puede apiadar de ti y saltarse cualquier regla o reglamento sagrado para ayudarte. En Italia el mundo se para por una persona, y en esto es verdaderamente única. Lo que no se ve nada claro es por qué una persona debe hacer algo por el mundo. En Italia siempre se puede apelar a la humanidad del otro, apelar a la ley o el deber es una tontería. Es así como, paradójicamente, se recupera la confianza en la Humanidad. Para alguien un poco ácrata y descreído -como es mi caso, bueno, eso creo- es reconfortante.
Lo primero que hace un italiano ante una necesidad o un problema es pensar a quién conoce. Para ir al médico, resolver un trámite, reservar en un restaurante, comprar cualquier cosa. Alguien que le pueda ayudar y le dé garantías, pues sino puede caer presa de los extraños, que no tienen sentido del deber, que le engañarán, darán prioridad a sus conocidos, como es lógico, y le colocarán a uno automáticamente al final de la lista. Con la plebe.
Como el poder está muy fragmentado, rasgo esencial y distintivo de Italia, aquí entran en juego los clanes, las tribus, la política. La familia, los gremios, asociaciones, colegios profesionales, castas, sindicatos, mafias diversas, son la siguiente línea de defensa de los individuos para asegurarse la supervivencia. Es el país de las asociaciones, de los carnets (la bendita ‘tessera’ que incluso te la piden para entrar a un bar), la masonería y las sectas. Y la Mafia, claro. En la cúspide, los partidos son el grupo de poder por excelencia, familias de conocidos, agencias de favores y colocación. Siempre de espaldas al pueblo, pero velando por los intereses de los amigos. Desde luego es una garantía si uno está entre los amigos. De este carácter tribal viene la fama de mafiosos, dicho sin el matiz criminal, de los italianos. Hacen grupo enseguida. En el extranjero, una solución histórica es recrear el sistema del propio país, Little Italy.
Como se puede imaginar, el desinterés despierta enormes sospechas. Ante alguien que lo aparente, el instinto de defensa lleva a pensar que oculta algo, pues suele ser la primera táctica para el engaño. El italiano siempre es muy simpático en el primer contacto, muy educado, porque estudia al interlocutor y no sabe a quién tiene delante. Uno no es sólo quien es, sino que es la terminal de una red que lleva a la gente que conoce y los contactos que maneja. Aunque las formas y los modales son otro disfraz detrás del que hay que saber leer. En Italia todo es un juego. Donde no hay que enfadarse si se pierde. Lo más indicado en Italia es tomarse las cosas con deportividad. Ellos en las crisis, en la dificultad, dan lo mejor de sí mismos. Son supervivientes. Imaginativos, fatalistas, versátiles, y de buen humor. Hacen y deshacen esquemas a diario. El español se pierde ante el desorden, se admira del caos y se deprime o se cabrea. El italiano se admira del orden. Sí, hace un viaje al extranjero y le da envidia lo bien que funcionan las cosas en Madrid o París. Pero luego vuelve a casa, donde sabe cómo manejarse. Los que se van para siempre son los que están fuera de las tramas, o las detestan, y no tienen oportunidades.
Hace un par de meses salió un artículo en La Stampa muy significativo sobre la ingente colonia italiana en Barcelona, segunda nacionalidad extranjera de la ciudad tras los ecuatorianos con 21.000 personas. Se maravillaban de cosas muy normales, como que los autobuses pasaban a su hora o que para abrir una cuenta te basta el DNI: «Poca burocracia, muchas posibilidades, precios accesibles», decía un titular.
Toda esta extraña forma de vivir de los italianos puede causar un cansancio infinito. Por eso se quejan muchos españoles cuando llegan con mal pie, y por eso se van tantos italianos, hartos de no tener futuro. Porque otra cosa curiosa es que nadie protesta. Asombra mucho al principio. Ante un fallo en un servicio, un error de una empresa o cualquier atropello el italiano, en general, se da la vuelta y se va. Protestar es perder tiempo, energías y exponerse individualmente. Lo más práctico es callar y arreglárselas como uno pueda. La Justicia es otro ideal lejano para quien se lo pueda permitir, o pagar. Armar una bronca, querer arreglar el mundo, es una tontería. Si acaso se puede aspirar, de forma más realista, a arreglar el propio caso personal. En España, ante algo como el terremoto, quizá habría habido sublevaciones populares y quizá los políticos no habrían podido ni acercarse a la zona. Un español saca la recortada. A veces eso es bueno, pero mira que ve uno broncas absurdas y violentas en España.
El pensar sólo a corto, cortísimo plazo llega al extremo paradójico del autolesionismo a largo plazo. Pan para hoy y hambre para mañana. Pero el italiano ni siquiera confía en que haya un mañana y, en ese sentido, se fía de la Providencia o le pone una vela a la Madonna. Hasta los capos mafiosos llevan estampitas. En la erupción del Vesubio se intenta detener la lava con procesiones de San Genaro y en el Etna, con Santa Ágata. Es aquí donde se abre la puerta al milagro y a lo imposible. También al azar, a lo imponderable, al margen de acción del misterio de la vida. Por eso son tan supersticiosos. Por eso, pese a su cinismo y descreímiento, reina en la atmósfera un sentido religioso. «¿Es posible que un país donde los ascensores no tienen el botón del piso número 13 y los aviones de Alitalia no tienen la fila 13 se niegue obstinadamente en mirar cara a cara la realidad?», escribía el otro día Gian Antonio Stella, hablando de la trágica chapuza del terremoto, en el ‘Corriere della Sera’. Sí, es posible. La grandeza y la miseria de Italia es esta fe en lo imposible, contra el sistema. De hecho lo imposible ocurre.
En fin, en la vida no siempre acaba así, pero yo me lo creo. Italia es como en las películas y todo es posible. 'Miracolo a Milano', película maravillosa, fue masacrada por todos lados, la acusaron simultáneamente de ser comunista y anticomunista, subversiva y católica.
Perdonen la extensión y la tabarra, aunque no creo que haya agotado el tema. Que me perdonen las generalizaciones los millones de italianos honrados que pelean a diario. Que no se rindan. Y yo ya no sé qué más decir. Llamen a un médico. Lo dejo por imposible.
Ayer fue el Día de la Mujer, y siempre es revelador cómo se celebra en Italia. Se regala a las mujeres flores de mimosa, aunque no me refería a eso. Ya hemos dicho en alguna ocasión que no hay país más femenino que Italia de puro machista que es. La belleza de la mujer se exalta en cualquier rincón, en forma de florero que adorna todos los aspectos de la vida cotidiana. Por ejemplo, y saben que no es una frase hecha porque ya lo hemos contado aquí, se pone una tipa en bikini para anunciar alcachofas en vinagre. En algunos restaurantes sólo ponen los precios en la carta que le dan al hombre. Sobre las complejidades del cortejo ya hablaremos otro día.
Una cosa que quería contar es que en ocho años que llevo aquí no he visto una sola noticia de violencia de género o machista. Creo que se dice así, porque es una expresión que he conocido por la tele y la prensa españolas. Quizá en Italia no pasen esas cosas, como no existían en España hasta que alguien empezó a darle importancia en los medios de comunicación y llevar la contabilidad. O como apenas existían las violaciones en Italia hasta que hace poco empezaron a acusar a los rumanos de cometerlas. Después se ha dado resalte por primera vez a los datos estadísticos, y resulta que el año pasado hubo 4.897 agresiones sexuales, según el Ministerio de Interior, y el 60,9% fueron obra de italianos. El 7,8% de rumanos. Lo curioso es que las de italianos nunca han sido noticia. Como siempre andamos comparando reseño que en España hubo en ese año 6.845 agresiones sexuales, pero se incluyen el abuso y el acoso, aunque la población es menor. En cuanto a mujeres asesinadas por sus parejas, misterio absoluto. No se habla de ello, no sale en los periódicos y en la tele no digamos.En cuanto a los grupos de defensa de la mujer, tienen una presencia pública similar, tal vez menor, a los amigos del esperanto.
El Teléfono Rosa (esta es otra, en Italia todo lo que tenga que ver con la mujer se llama ‘rosa’) ha denunciado que para llegar a una condena definitiva por violación pasa una media de cinco años y medio, y que los costes, un mínimo de 5.000 euros, son a cargo de la víctima. Sólo el 4% de las víctimas van a juicio. La mitad, el 53%, no lo cuenta nunca a nadie. Hasta 1996 la violación era un delito contra la moral pública y sólo desde entonces es contra las personas. Según el ISTAT, instituto nacional estadístico, el 31% de las mujeres italianas ha sufrido violencia sexual a lo largo de su vida.
Como en Italia es todo a la antigua sí se ven de vez en cuando noticias de los llamados crímenes pasionales, de esos de las películas: asesinatos por celos, venganzas entre amantes y cosas así. Este fin de semana, por ejemplo, ha habido uno. Un chico de 20 años que mató a otro de 19, arrollándole con el coche mientras circulaba en su motocicleta, porque los dos se disputaban a la misma chica del pueblo, Santa Croce Camerina, Ragusa, Sicilia (sur).
Pero dejemos los datos trágicos y no nos olvidemos del Día de la Mujer. El ayuntamiento de Roma (ahora de Alianza Nacional, postfascista) este año ha echado el resto. Por ejemplo, han organizado un desfile de coches de época y Ferraris «para indicar de manera simpática el connubio entre mujeres y motores». No queda claro si se refiere a lo de mujer al volante peligro constante o a los calendarios de chicas en un garaje con túnel de lavado, pero una de las dos, o las dos. Pero el clímax ha sido el acto culminante, una cosa orgásmica: un concierto de Franco Califano, el playboy latin lover por excelencia, aunque eso era en los setenta. Es decir, debe añadirse la caspa. Al margen de sus canciones -algunas no están mal-, para que se hagan una idea es como si la máxima atracción de una fiesta de la mujer fuera Rocco Siffredi, la estrella porno, pero guardando las apariencias. Califano, 'el califa', es un tipo cachondo y locuaz, dado a los aforismos guarros y cuya actividad más conocida, aparte de cantante, es presumir de lo que folla. Según él, lleva más de mil tías. «Fácil, tres al mes desde hace 14 años», explicó hace poco. Para no perder más tiempo con explicaciones, vean la letra de su canción ‘L’amatore’:
"De profesión hago el amante. En mi distribuidor de pasión estoy con la manguera en la mano para llenar el depósito de las mujeres en celo (...) Muchas chiquillas del primer pelo vienen a mí a la lección, ocurre a menudo cuando hablo de sexo (...) Casanova ¿quién era? Ha sido algo a lo mejor entonces, cuando yo todavía no había nacido (...) Los otros ante mí no son nadie, soy como un vibrador humano, las mujeres las masacro en una noche, guapas, monas, y también las feas, que todas tienen derecho (...) Yo soy el destructor de la frigidez, el enemigo de las inhibiciones. (...) Soy el dios del pecado, he inventado el orgasmo repetido, ese con el ululado, que a veces puede dejar sin aliento al amante no preparado (...) Una vez llevé a la cama a una señora que no creía en mis facultades, le pongo ante los ojos todo mi oficio y ella comienza a temblar, la desnudo y me la trabajo a mi manera y al cabo de un rato ella grita: ¡Dios mío, por favor dile a tus amigos que se vayan! ¿Pero qué amigos? respondo yo. Abre los ojos y ve que no hay nadie (...)".

No se crean, por lo visto Califano tiene un 'honoris causa' en filosofía por la universidad de Nueva York. Desconozco la historia. Por cierto, es del Inter. Ahí lo tienen en la actualidad, en la foto de al lado. Sigue triunfando y, según él, follando mogollón.
Independientemente del sujeto y el tema que tratamos, el rasgo distintivo esencial del asunto, siempre sorprendente, es la absoluta indiferencia de Italia hacia lo moderno y lo que ahora se llama políticamente correcto. Ambas cosas son sin duda saludables tomadas con moderación. España está en lo contrario, claro. Italia y España serían perfectos si se mezclaran un poco. Hace tiempo que creo que lo mejor es ser italiano en España y español en Italia.
El otro dato interesante, para terminar, es que el concierto del 'Califa' estuvo abarrotado, unas 2.000 personas, la mayoría mujeres, rendidas admiradoras. Ellas son a menudo igual o más machistas.
Con este panorama es normal que otra de las iniciativas de más éxito de la Fiesta de la Mujer en Roma fuera el cursillo de defensa personal al aire libre en el parque de Villa Ada: se apuntaron 400 mujeres entre 13 y 60 años.
Ah, se me olvidaba. Título del artículo del ‘Osservatore Romano’, diario de la Santa Sede, la víspera del 8 de marzo: 'La lavadora y la emancipación de la mujer. Pon el detergente, cierra la tapa y relájate'. Sostiene que la lavadora y no, por ejemplo, la píldora, ha sido la gran revolución del siglo XX en la liberación de la mujer. Además, subraya, la inventó un teólogo alemán, Jacob Christian Schäffern, en 1767. Lo firma una mujer, Giulia Galeotti, historiadora. Es un artículo muy curioso.
Por último, cómo no mencionar el concurso de Miss Padania, que se celebra todos los años por estas fechas, puntualmente retransmitido por una de las cadenas de Berlusconi, para tener contentos a sus aliados. Las chicas guapas de la Liga Norte son una de las puntas de lanza (no hay mister Padania) de su reivindicación racial y ofrece uno de los más extraños actos políticos que pueden verse, con exaltaciones de valores nordistas y quesos locales mezclados con tangas y bendiciones de la cúpula del partido. Lo mejor es que varios años se la han colado y han vencido hijas de emigrantes del sur, algo intolerable.
Para que lo comprendan mejor lo explico en imágenes. Primero, exhibición de las candidatas:

Vean la primera fila de espectadores, con peces gordos del aparato del partido y Emilio Fede, rey de la grima televisiva (primero de la izquierda), que no se lo pierde ningún año. Mechachis, todavía tenemos pendiente un capitulillo sobre Fede.

Al final, la vencedora posa con el líder máximo, Umberto Bossi. Juntos cantaron el 'Va pensiero', del que la Liga se ha apropiado en un odioso robo al patrimonio cultural italiano.
Como se habrán imaginado, esto no es todo. Italia siempre va más allá. Las afortunadas (Miss Padania, Miss Sole delle Alpi y Miss Camicia Verde) también obtienen el derecho a posar con el próximo en orden sucesorio en la dinastía, el hijo del líder máximo, el ínclito Renzo Bossi, que como hemos contado anda haciendo pinitos para suceder a su padre.
¿Encantadores no? A modo de recordatorio, hablamos de un partido en el Gobierno, con ministros y todo.
En Italia uno nunca sabe si reír o llorar. Es lo que pasa con Alberto Sordi y Monica Vitti, dos monstruos, en 'Amore mio aiutami' (1969, Alberto Sordi). Como casi todas las que dirigió Sordi son muy irregulares, dejemos ahí el eufemismo, pero siempre hay algo. Esta es famosa por la escena de las bofetadas. Ayuda notablemente a comprender el problema de la violencia de género en Italia.
Sinopsis: No es que haya mucho que explicar para lo que nos interesa. Es un matrimonio en crisis en el que ella se enamora de otro y Sordi consiente con todo por amor, hasta que ella es abandonada por el amante. No hay quien la consuele, sobre todo cuando él le revela que su amante tiene otra, más joven, alta, con piernas largas. Al final Sordi recurre al jarabe de palo con toda naturalidad.
He visto que ha salido este tema en las conversaciones, y me uno al debate. De paso pido disculpas si, por falta de tiempo, no intervengo o no respondo a alguna pregunta. Pero vamos al tema que nos ocupa. Siempre recomiendo Italia a quien quiere aprender inglés, porque por el mismo precio practicas dos lenguas, se entiende mejor a todo el mundo y el clima es notablemente más soleado.
Para que se hagan una idea, imaginen un telediario más o menos así (quizá les haga falta un diccionario):
Bienvenidos a las news. Este weekend se ha producido una scalation de violencia que ha terminado con un blitz (esto es alemán) de la Policía, la captura de un killer y de una baby gang. Confiscados dos computer y un station wagon. El ministerio del Welfare se plantea crear una task force, mientras el premier piensa en una exit strategy para solucionar la spy story en la intelligence. Quizá todo se resuelva en un election day, aunque dos ministros han dado forfeit (o forfait, aquí se hacen un lío con los idiomas) y no han acudido al meeting de hoy, que ha sido una full inmersion en el análisis de la crisis. No se descarta que el presidente ejerza su moral suasion. Economía: el Estado lanza sus bond contra la crisis, mientras cae la confianza en los hedge founds. Show de Berlusconi mientras hacía shopping, vestido casual, en un bookshop: desmiente la love story con una hostess en el party de las nomination de los mejores film y fiction italianos. Sólo bebimos un drink, ha aclarado. Ella es single. Standing ovation de los presentes. Pasamos al sport: tensión por el big match de mañana de la Under 21 en el stop del campeonato, los steward del estadio temen incidentes cuando lleguen los pullman de aficionados. Record de share en la retransmisión de ayer. Buonasera.
Pues sí, hablan así. Esto ocurre con la mayor naturalidad. Es más, hay carreras por introducir nuevos palabros sajones, que rápidamente se extienden en la calle. Imagino que es por parecer modernos, y también por esa ancestral adoración hacia lo estadounidense de la que ya hemos hablado varias veces -creo, porque a veces me hago un lío-. Como cantaba el gran Renato Carosone, lo que pasa es que 'Tú quieres hacer el americano':
El resultado es que la hermosa lengua italiana sufre puñaladas a diario desde hace años. Resulta muy llamativo el escaso respeto por la propia lengua que hay en este país. Consecuencia, supongo, de una unidad lingüística y política reciente, del rodillo del mediocre lenguaje televisivo y de esa falta de apego genética por lo colectivo. Existe una especie de academia de la lengua, la Academia de la Crusca de Florencia, con una historia muy curiosa, pero que pinta aún menos que la española. Sobre el italiano y las lenguas italianas sigue quedando pendiente un capitulillo.
Por su parte, a los italianos les hace mucha gracia que traduzcamos los términos ingleses, como los franceses. Se mueren de risa con ‘perrito caliente’ o con el ‘ratón’ del ‘ordenador’. Pero debe reseñarse que en algo tan esencial como el fútbol estamos al revés. Fue obra de Mussolini la insistencia en la ‘italianización’ de la lengua y de ese modo el fútbol es ‘calcio’, el córner es ‘angolo’ y el penalty es ‘rigore’. Ahí nosotros nos hemos comido el inglés con patatas.
Otro elemento interesante es la pronunciación. El español, tímido, con miedo a destacar y al ridículo, con complejo de paleto, se limita a una expresión más o menos plana, sin exageraciones, de la que resulta su acento característico y el deletreo literal. Sin embargo el italiano, de carácter eminentemente interpretativo como sabemos, es muy echado para adelante y se lanza a la piscina. De este modo exagera por el lado contrario hasta extremos muy creativos: la consecuencia es un inglés propio hablado sólo en Italia. Un ejemplo habitual es la palabra club: dicen ‘cleb’. La ‘u’ es ‘e’. La ‘a’ también se transforma en ‘e’ y la hache, al contrario que nuestra jota torera, es totalmente muda: Tom Enks (Tom Hanks), Meneten (Manhattan),... En fin, nosotros decimos Jólibuz por Hollywood.
Por lo demás, como en España, la gente no habla inglés.
Ya dijo el otro día en Davos el ministro de Economía, Giulio Tremonti, medio en broma: los bancos italianos han salido bien parados de la crisis porque no hablan inglés.
Y con esta excusa de los idiomas ha llegado el momento de...¡la supercazzola! Con la ventaja de que no voy a tener que traducir nada:
Sinopsis: La película es, naturalmente, 'Amici miei' (Monicelli, 1975) y viene bien como homenaje a la Crusca, porque transcurre en Florencia. Además usan un palabro inglés nada más empezar a hablar. Dos de los gamberros suenan la bocina para que salgan los demás ('claxonan', dicen ellos) del bar del Necchi, pero aparece un guardia a multarles. Mosquin y Noiret empiezan a tomarle el pelo, pero entonces aparece Tognazzi, el mítico conde Mascetti: "Prematurata la supercazzola o scherziamo?", que no significa nada. Desde aquí ya no tengo que traducir, porque usa un lenguaje inventado, mezclado con palabras italianas sueltas, para mofarse de todo hijo de vecino. Algo así hizo luego Antonio Ozores en el 'Un dos tres'. Y también tenemos el gíglico de Cortázar, claro.
Enero suele ser en Italia un mes demoledor, porque en el ciclo de ritos que se repiten toca a la presentación de balances del año anterior, casi siempre terroríficos. En España, tan viciados con el fugaz bienestar, está todo el mundo como loco en cuanto empiezan a venir mal dadas, pero en Italia llueve sobre mojado. Sin embargo estos informes, con ser apocalípticos, arrojan la luz de esperanza de que no es el fin, porque ocurre todos los años con total normalidad sin que se hunda nada. Uno de los casos más aplastantes es el de la apertura del año judicial, oportunidad para enunciar tremebundas estadísticas. Ríanse de los problemas de la Justicia en España y el caso de Mari Luz. En la imagen, como la fortaleza de Mordor, la mole del Palacio de Justicia de Roma, o 'palazzaccio' para los romanos, porque es pesado y feote.
La Justicia en Italia es tercermundista. No lo digo yo, lo acaba de repetir el presidente del Tribunal Supremo, Vincenzo Carbone, y lo dicen los datos que citó sobre la lentitud de los procesos. En la clasificación ‘Doing Bussines 2009’ del Banco Mundial, basada en el tiempo para resolver un litigio comercial, si nos sumergimos hasta el fondo de la lista esto es lo que vemos: puesto 151, Egipto; 152, Angola; 153, Gabón; 154, Guinea Bissau; 155, Sao Tome y Principe; 156, Italia... Siguen: 157, Yibuti; 158, Liberia; 159; Sri Lanka.. Y no continúo porque, total, se acaba enseguida, hay 181 países. Es decir, niveles africanos. Si este año los tribunales italianos consiguen tardar 16 días más ya adelantarán a Yibuti.
El criterio de la lista es el tiempo que una víctima tarda en recuperar un pago. En Italia se suele tardar más de cuatro años. Pregúntense ahora por qué es una osadía pretender hacer negocios en Italia y puede ser suicida aterrizar cándidamente como inversor extranjero. Por si alguien tiene curiosidad, España ocupa en la lista el puesto 54, es el último de Europa. El impagable Gian Antonio Stella, cronista del ‘Corriere’ y co-autor del best-seller del despilfarro ‘La Casta’, pone el ejemplo de Otello Semeraro, un señor de Taranto (sur) que hace poco no se presentó a una nueva audiencia por la quiebra de su empresa. Normal: había fallecido, porque el proceso empezó en 1962. Al final ha recuperado 188.000 euros... quién los hubiera pillado en 1962, cuando sí que era dinero. Una quiebra tarda de media más de ocho años. Pero el patrón se repite en los procesos civiles -una media de tres años y dos meses frente a los 15 meses de Francia- o penales -nueve en Italia y cuatro en Francia-.
Vean la respuesta al discurso de Carbone del delirante ministro para la Semplificazione, Roberto Calderoli (el que hizo la «ley cerdada» del sistema electoral con el propósito declarado de complicar las cosas): «Concreto, sincero, eficaz».
Este fastuoso engendro da de comer a mucha gente. En Italia hay 213.081 abogados, cinco veces más que en Francia (47.765) y muchos más que en España (155.000), que ya va sobrada. Sólo en Roma hay 21.000 abogados, la mitad que toda Francia. Los de Berlusconi, por ejemplo, están especializados en alargar los procesos hasta el infinito (el ínclito Niccolò Ghedini, en la foto). Es la gran paradoja: cuando Berlusconi afronta reformas en la Justicia es para arreglarse sus procesos e intentar alargarlos lo más posible y que prescriban, cosa que ha logrado en varias ocasiones.
Cuando me preguntan qué es lo peor de Italia -lo mejor es muy difícil de decir, porque hay muchas cosas buenas- suelo pensar que es la injusticia. En Italia no hay certeza de la pena, ya es un tópico decirlo, y seguir la vía legal de hacer las cosas parece casi siempre una pérdida de tiempo. Por eso predomina la ilegalidad. Es duro luchar contra el escepticismo y admiro a los ciudadanos honestos. Miren la pobre Eluana, la chica que lleva 17 años en estado vegetal: si su padre, en vez de ser un buen ciudadano y confiar en el cauce legal se hubiera ido a Suiza habría terminado hace años con esta historia. En Italia, teniendo una sentencia del Supremo que le da la razón, no consigue aplicarla. Por no hablar de los recientes casos de violación que tanto escándalo están causando. Se carga contra unos rumanos, pero en el primer caso de esta serie, uno de Nochevieja, el culpable resultó ser un chico de familia bien. El juez le ha puesto sólo en arresto domiciliario.
Las causas de todo esto son muy profundas. Podemos intentar seguir el rastro en una película divertídisma, y perfecta para conocer la Roma pontificia del Ottocento, ‘Il marchese del Grillo’ (Mario Monicelli, 1981). Entre sus muchos momentos estelares y de hondo significado, a la par que actual, los italianos suelen recordar éste, apoteosis del ‘usted no sabe quién soy yo’:
Sinopsis: El marqués del Grillo, sublime Alberto Sordi, es un noble golfo, anárquico, cínico, simpático y bromista. Es decir, un romano. Es sorprendido por la Policía en una pelea por una timba con trampas. De hecho sostiene en la mano el pie de su rival con un naipe que intentaba pasar a su compañero. «El cuerpo del delito», como argumenta el marqués al oficial. El oficial advierte al tabernero de que le va a meter un puro: «Bravo Caetá (Caetano, en Roma se corta el final de los nombres), sono cazzi tuoi (colorida expresión, para decir que alguien se ha metido en un lío y lo lleva claro)». Pero este servidor de la ley comete el error de querer detener al marqués, que replica: «Yo no puedo ser arrestado salvo por orden expresa del cardenal vicario, soy el marqués Onofrio del Grillo, duque de Bracciano, guarda noble y camarero secreto de su santidad Pío VII». Al oficial le da igual y lo arresta: «Sono cazzi tuoi». En eso llega el comisario y ve al marqués: «¿Pero qué hace usted en medio de estos canallas?». «¿Has visto! Ahora son ‘cazzi tuoi’», dice Sordi. «¿Pero es que has bebido? ¿cómo arrestas al marqués?», increpa el comisario. «Es que estaba en medio de todos estos ladrones», dice el ingenuo policía. «¿Y no sabes distinguir un noble de un plebeyo? ¡Dos meses de cárcel, así aprendes!». Como Sordi apunta que encima le había dicho quién era, le meten cuatro. «Perdónele excelencia», ruega el comisario al marqués, que de paso libera también a su sirviente. Antes de irse, Sordi pronuncia la mítica frase: «Lo siento, pero yo soy yo, y vosotros no sois una mierda». Al pueblo llano sólo le queda lamentarse. Como hoy.
Para concluir el tema y porque tiene relación con eventos vaticanos de las últimas semanas, veamos esta otra escena. En una de sus bromas -en esto el protagonista es como Berlusconi, todo el día de guasa-, el marqués ha pagado a todas las iglesias de Roma para que toquen las campanas a la misma hora. De ese modo, todo el mundo cree que el Papa ha muerto y cunde el pánico. Entonces es llamado al orden:
Sinopsis: El marqués se inclina ante el pontífice, pero pide saber de qué se le acusa. «No ha sido una broma», se justifica. «¿Cómo? Hacer sonar todas las campanas de Roma como si hubiera muerto el Papa no es una broma?», interviene el pontífice. «No, suenan porque ha muerto alguien quizá más importante», dice el marqués. «Ah, ¿y quién sería?», pregunta curioso el Papa. «La Justicia», replica Sordi, que explica: «Yo he cometido un abuso con un pobre carpintero judío, pero he conseguido, corrompiendo jueces, testimonios, auditores, guardias, abogados, cardenales, abades, funcionarios, peritos, administradores,que al final le condenaran a él. Sólo porque él es un pobre judío y yo un rico cristiano. Sin embargo, me inclino a vuestra voluntad y estoy dispuesto a ir a la cárcel, pero siempre que sea acompañado de...» y enumera todos los corruptos que ha comprado, de los monseñores al comandante de la Guardia Suiza. Cuando está por el abad de Santa María sopra Minerva -la hermosa iglesia con el elefantito delante- el Papa le echa el alto: «¡Eh basta, me estás masacrando todo el Sacro Collegio!». Y concluye: «Recuerda hijo que la Justicia no es de este mundo, sino del otro». «Lo sé santidad, Justicia del otro mundo», añade Sordi.
Lo que decíamos, Justicia del tercer mundo... o del otro. Tampoco dejo de asombrarme por cómo la cultura del catolicismo en Italia se traduce en su parte más piadosa, al contrario que en España, más calvinista, cuadriculada y vengativa. La indulgencia, el perdón, y su otra cara, la impunidad, invaden la vida pública.
Por cierto, sé que andarán distraídos con el escándalo del cura ‘lefebvriano’ (desde luego este nombre es de secta de Star Trek) que es un poquito nazi, pero miren lo que había escondido en la lista de nombramientos de la Santa Sede del sábado: un tal Gerhard Wagner, nuevo obispo auxiliar de Linz, Austria. ¿Quién es este señor? Ahora mismo se lo digo.
Este señor, de 54 años, tuvo hermosas palabras en 2005 ante la catástrofe del huracán Katrina, que arrasó Nueva Orleans y causó 1.800 muertos. Vino a decir que esta ciudad de «inmoralidad» se lo había buscado: «No es casualidad que hayan sido destruidas cinco clínicas abortistas y los locales nocturnos». En sus cavilaciones espirituales, se había preguntado si «la repetición de catástrofes naturales es sólo una consecuencia de la contaminación ambiental del hombre o también de la contaminación espiritual». Creo que los actuales vecinos de Nínive están acojonados, por si vuelven las plagas del Antiguo Testamento, y ya piensan en evacuar la ciudad. Ah, en 2001, este señor calificó a Harry Potter de ser un niño satánico y previno a los fieles contra él.
Arrepiéntanse, hombre, que no cuesta nada y el fin está cerca, y con él, al menos, llegará por fin la Justicia del otro mundo.
Hablamos el otro día de las relaciones de padres e hijos, pero nos quedaba la otra mitad del asunto. Como decíamos, Italia es muy gremial, defensiva, y dentro de cada casta crecen los cachorros. Pero eso se traduce en ocasiones en un parasitismo que alcanza niveles de plaga del Serengheti. Por ejemplo, y ya que el tema de la universidad está de moda por las protestas estudiantiles, es enternecedor saber que la de Palermo está dominada por 100 familias, un total de 230 parientes. En Medicina, por ejemplo, son 24 clanes. En Derecho, 10. Salió el otro día el mapa en el periódico. Las cátedras se heredan de padres a hijos, de hijos a hermanos y hermanas. También ocurre en el norte, matización que hago ante las quejas de quien dice que estas cosas pasan sólo en el sur. En Udine -más al norte es imposible- hay doce familias que se han hecho fuertes en la facultad de Medicina. Hace una semana aparecieron artículos que describían el panorama, como el caso de un profesor que tiene colocados a dos hijos y la mujer. O el rector de Foggia (sur), que el 31 de octubre dejó su cargo después de nueve años, pero el día antes tuvo tiempo de contratar a su hijo. También su mujer se jubiló en la universidad como jefa del personal administrativo, puesto que ha heredado su hija. El marido de ésta también está colocado en la facultad de medicina. Hasta aquí una breve pincelada de la universidad, sólo porque es el tema de actualidad. Pero en cualquier casta italiana uno se topa con lo mismo.
Por eso no hay demasiada alarma con estas noticias. Todo el mundo lo hace y te lo encuentras a diario. El fiscal del escándalo del ‘Calcio’ de 2006 ha presentado hoy (sí, hoy) sus acusaciones y entre los imputados de la GEA, la asociación mafiosa que dominaba el mercado futbolístico, está el famoso Luciano Moggi, pero también su hijo, y el no menos famoso hijo del ex-seleccionador nacional, Marcello Lippi. También dirigía la GEA la hija de Cesare Geronzi, uno de los banqueros más poderosos de Italia y de los menos fiables. Aunque fue absuelta, su caso fue más fuerte: presenta el telediario de Canale 5, una de las tres cadenas de Berlusconi y en esos días tuvo que ausentarse para no tener que dar noticias de sí misma. Es una pena, porque tendría exclusivas. Aunque le pasará lo mismo cada vez que investigan a su padre por chanchullos financieros, como en las quiebras de Parmalat o Cirio. Por cierto, que el vicepresidente de Mediaset, el emporio televisivo de Berlusconi, es su hijo Piersilvio, y ahí arriba tienen una foto suya por si no le conocían y se estaban preguntando quién era ese elemento. ¿Verdad que parece un buen chico? Uno le puede confiar tranquilamente la puerta de la discoteca. Con estas pintas fue portada de 'Men's Health' y confesó su pasión por los gimnasios. Incluso dijo que pensaba en un 'reality show' ambientado en el mundo del fitness. Lo de esta familia es de juzgado de guardia, no sólo en sentido literal, como le pasa a su padre el primer ministro.
Hablando de la tele, la pones y ves a Piero Angela y a su hijo Alberto con sus documentales de historia y divulgación científica, que perfeccionan desde hace décadas, y desde luego son excelentes. En el fútbol Ancelotti, entrenador del Milan, entrena a su hijo, como Maldini padre lo hacía con Maldini hijo. De política mejor ni hablar -veáse el capítulo sobre nepotismo-, aunque últimamente ha marcado un hito Umberto Bossi, líder de la Liga Norte, que preparando la sucesión dinástica se lleva a su hijo Renzo incluso a las reuniones d
e la cúpula del Gobierno para que el chaval aprenda política, o al menos lo que se entiende como tal con Berlusconi. Ahí los tienen en la foto, en un mitin. Es como si Pepiño Blanco se llevara al niño a las reuniones de la Moncloa o Mariano Rajoy a su sobrino a los comités de partido, para que se fueran fogueando. En España sería de risa, pero aquí pasa totalmente inadvertido. Con el agravante de que el chaval no es precisamente una lumbrera, como ya contaremos un día.
En el festival de cine de Roma, que fue hace unas semanas, aunque dada su escasa relevancia es normal que nadie se haya enterado, se vieron películas de la hija de Tognazzi, del nieto de De Sica e hijo de su hijo Christian, también actor... Los ‘figli d’arte’, que se llaman, que en el mundo del cine son legión, con desiguales resultados. Sobre De Sica hay algo que decir. Christian De Sica, hijo del maestro, es también actor, como hemos dicho. Lo vemos aquí, a la izquierda. Es cabaretero, de vodevil y muecas, de películas populares de vergüenza ajena, muy olvidables. A mí, de todos mo
dos, me cae simpático, y su existencia ya está de sobra justificada por el hecho de que recuerda que existió su padre. Él mismo lo acaba de hacer en un libro de memorias. Cuenta, por ejemplo, el día que murió Vittorio De Sica, el 13 de noviembre de 1974. Estaba en un hospital de Neuilly-sur-Seine, cerca de París. Christian cogió un avión y se fue para allá. Encontró a su padre de traje azul, elegante como siempre, con un hilo de voz: «Christian, deja todo y ven conmigo, me curo un poco y nos vamos juntos a Montecarlo». De Sica era un jugador empedernido. Luego susurró: «Cuánto siento que seáis tan jóvenes, tú y Manuel. Estad cerca de vuestra madre, Christian, y sobre todo, mira qué culo tiene esa enfermera». Siguió: «¡Quiero un whisky con hielo!». Se lo llevaron, el whisky, y bebió un poco. Su hijo le contó luego el número que estaba preparando en Milán, una canción, y él le dio unos consejos sobre cómo interpretarla y cantarla. Poco después murió en sus brazos.
Como retrato del maestro es perfecto.
De Sica se describió a sí mismo con mucha ironía en este capítulo de ‘L’oro di Napoli’ (El oro de Nápoles, 1954), dirigida por él, en el que muestra su gran talento e interpreta a un conde adicto al juego al que su mujer no le da dinero para que no lo apueste. El hombre vive desesperado, robando cubiertos para empeñarlos, pidiendo dinero al mayordomo,... Su único consuelo y mayor logro es una partida que juega a escondidas con el hijo del portero, en un cuartucho de la portería, Al niño no le hace ninguna gracia porque prefiere jugar con sus amigos, pero su padre le obliga para estar a bien con el amo. La escena de la partida es muy famosa. La he encontrado entera, pero está dividida en dos partes.
Sinopsis: De Sica propone como apuesta lo único que ha podido robar, unas gafas de plástico. El niño saca unos cromos y un tirachinas, aunque luego dice que le hace falta. Empieza la partida de escoba y el niño arrasa. Al final al conde ya le da la risa: "Me da casi la risa, es que si lo cuentas...".
Sinopsis: El conde se enfurece: "¿De qué te ríes, Don... Coso? ¿Qué creéis que habéis hecho? Egregio amigo, la primera partida es la de los tontos, además jugábamos tonterías... ¡Me juego todo el palacio, de la bodega al tejado!". El niño mira a sus amigos con envidia por la ventana. Sigue otra partida con idénticos resultados. El niño hace escoba. "¡Es inaudito, es que si lo cuentas no te creen! No me diga que esto no es fortuna!". "La carta sabe dónde tiene que ir", dice el niño con suficiencia. "¡Si supieras cuánto me sacas de quicio cuándo dices estas cosas!¡Un poco de paciencia! ¡Sabéis que os digo, que además del palacio me juego mi finca, con los árboles frutales, el....!" El niño acaba la frase porque lo dice siempre. El conde por fin saca una baza y empieza a canturrear. "¡Te quiero reducir a la nada, querido barón!", dice al niño en su ilusión de hallarse en un salón, para asombro de éste. Sin embargo el niño vuelve a hacer escoba. "¡Cómo iba a saber que tenéis la fábrica de reyes!¡Es una vergüenza!"", se lamenta el conde. El niño se ofende: "Yo sé jugar". "¿Y yo no? ¿Qué soy, un inepto?", replica el aristócrata. La siguiente jugada, lo mismo. El conde explota: "¿Pero quién os creéis que sois? ¡Bufón! ¡A mí no me impresionáis! ¡Al palacio y la finca añado la chaqueta!". Vuelve a perder: "¡Admítelo que es pura fortuna lo tuyo! ¡Dilo, soy afotunado, dilo!". "No, no es verdad", dice el niño. Aparece el padre, el portero, y le da la razón al conde. "Es que ganas siempre, eres muy afortunado". De Sica se va iracundo: "¡Se pone a hacer el maestro, a dar lecciones a mí, bestia presuntuosa!". El portero le persigue con la chaqueta mientras el conde vuelve a su casa, uno de esos hermosos palacios de Nápoles.
La clave maestra de esta escena, si uno se fija, es que el niño actúa como un adulto y el conde como un niño.
Dicho esto, anuncio a los lectores de este blog, sean los que sean porque no lo sé si quitamos a los amigos y la familia, que me voy de vacaciones. Supongo que es lo que querrían hacer la mayoría de los italianos, con el tercer día de huelga de Alitalia que paraliza los aeropuertos, el informe estadístico de hoy que dice que el país es cada vez más pobre y más viejo y no sé cuántas tragedias cotidianas más. Encima ha llegado el otoño y llueve. Hasta anteayer todavía era verano. En fin, que tendré el blog un poco descuidado durante unas cuantas semanas. Ya me tocaba descansar, como imagino que se deducía cada vez más del contenido de los textos. Aún así quizá no lo deje completamente desatendido porque me lo paso bien, cosa que negaré a cualquiera de mis superiores si me lo preguntan. Espero que no salga de aquí.
Sobre este blog
Llevo en Roma desde 2001, como la odisea. Es decir, tiempo suficiente para darse cuenta de que no conoceré jamás Italia. Es un país tan popular por sus tópicos que en realidad es totalmente desconocido, y tienen engañado a todo el mundo. Espero poder transmitir la idea.
El periodismo, como a cualquier periodista un poco espabilado, a veces no me convence demasiado, pero se hace lo que se puede, no sé hacer otra cosa y siempre es mejor que trabajar.
El objetivo indisimulado de este blog es descojonarse, para qué nos vamos a engañar. Para las cosas serias ya está el periódico. Si fuera corresponsal en Ulan Bator lo intentaría, pero vivo en Italia. Otro propósito es referir hechos graves que ocurren en este bendito país y que no caben en el periódico, porque ya ni son noticia. Pero no hay que asustarse, en Italia, como decía Ennio Flaiano, «la situación es grave, pero no seria».
Una última pretensión es elogiar y divulgar el cine italiano, así, porque sí, porque es la pera y ya no lo ponen en la tele. Los niños no saben quién es Mastroianni, y eso es terrible.
Otra cosa que debe quedar clara es que no podré por menos que expresar algunas opiniones, pero como decía el inspector Harry Callahan, por algo llamado ‘el Sucio’, «las opiniones son como el culo, todo el mundo tiene una».
Otros corresponsales
Mis tags
Últimos comentarios
- 23 comentarios aintzane Mark ALMUDENA CASABLANCA Roma tarot divinatoire gratuit
- 6 comentarios joaquin Quique LUIGI Un gelato al limon drimo
- 7 comentarios pulp Adicto Iñigo Domínguez Adicto Adicto
Como en los viejos tiempos (5): buen rollo apolítico
5 comentarios Anónimo Ilun Un gelato al limon javi Borja- 23 comentarios Fenicio nikita Adicto Anónimo Un gelato al limon
- 19 comentarios Mancha Gabriela Anónimo cadadiaesdiferente Adicto
- 7 comentarios igliff Mancha Un gelato al limon Iñigo Domínguez Un gelato al limon
Cosas normales en Italia (29): lo inútil
9 comentarios Miamamita Un gelato al limon Iñigo Domínguez Anónimo Gatopardo- 3 comentarios voyante Lurdes Fabrizio
- 4 comentarios astrologie Adicto Anada Jabi
Secciones
Archivos por meses
- Agosto 2010
- Julio 2010
- Junio 2010
- Mayo 2010
- Abril 2010
- Marzo 2010
- Febrero 2010
- Enero 2010
- Diciembre 2009
- Noviembre 2009
- Octubre 2009
- Septiembre 2009
- Agosto 2009
- Julio 2009
- Junio 2009
- Mayo 2009
- Abril 2009
- Marzo 2009
- Febrero 2009
- Enero 2009
- Diciembre 2008
- Noviembre 2008
- Octubre 2008
- Septiembre 2008
- Agosto 2008
- Julio 2008
- Junio 2008
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):
PUBLICIDAD

