Íñigo Domínguez

La vida en Roma

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Nadie lo ha dicho, y ya es raro, porque los aniversarios se han convertido en noticias muy socorridas para llenar, pero se han cumplido 50 años de la inauguración oficial de la ‘dolce vita’. No fue con la película de Fellini, que se estrenó en 1960 y retrató ese mundillo, sino con un curioso episodio que en 1958 sacó a la luz las juergas nocturnas de la noche romana y causó un escándalo monumental. Como hemos ido viendo, las bacanales venían al menos desde hacía una década, pero una cosa es que se sepa y otra que se diga. O que se vea, porque eso fue exactamente lo que pasó gracias a una figura que nació entonces y hoy goza de gran predicamento: el paparazzi. Aún no tenía ese nombre, porque se popularizó a raíz de Paparazzo, el nombre del fotógrafo que acompaña al personaje de Marcello Mastroianni en ‘La dolce vita’.

Pero vamos a los prolegómenos, como dicen los locutores deportivos, a lo que pasó en 1958. Uno de esos fotógrafos picaruelos de la noche, Tazio Secchiaroli, se cascó una foto de un strip-tease desmadrado en el sótano del ‘Rugantino’, un restaurante de Via Veneto. La foto, hoy famosa y que tienen ahía arriba, muestra a una joven morena despatarrada en bolas en el suelo al ritmo de un tambor entre señores sudorosos con corbata y señoras bien de aire divertido. La imagen decía muchas cosas. Había frivolidad y algo pecaminoso, pero sobre todo lo entretenido, lo improvisado, la poca sensación de culpa, la atmósfera lúdica y casi infantil de picnic, sugerían que no era un día de locura de un grupo de exaltados, sino la alegre vida habitual de la Roma pija. Que al día siguiente podía ir a la misa del Papa en San Pedro como si tal cosa. Como decíamos, llevaban diez años así, dándole al tambor. Pocos meses después, en marzo de 1959, Fellini empezó a rodar su película.

La chica de la foto era otra guiri de vacaciones en Roma, tema o pretexto de estos capítulos caóticos. Se llamaba Aichè Nanà, tenía 22 años y era armena, así que a lo mejor era inmigrante, y no turista. Turista sólo es el que se lo puede pagar, una condición reservada a ciertas nacionalidades que se lo pueden permitir. Nanà se convirtió de inmediato en símbolo de la vida loca romana, aunque siempre ha dicho que aquello arruinó su carrera. Explicó que era una fiesta privada con tan buen rollo y con tantas risas que acabó despelotándose. Pero tuvo la mala suerte de que se coló un fotógrafo. Según ha repetido, dos días después tenía una prueba con Vittorio de Sica, que la anuló al verla en pelotas en la prensa. A partir de entonces nadie quiso contratarla. Esta gente de vacaciones en Roma fue esencial en la dolce vita, que hundió a esta extracomunitaria armena, pero en cambio ensalzó a una turista sueca. Hablamos, efectivamente, de Anita Ekberg o, como se la conoce en Roma por razones obvias, Anitona.

Tamaña muestra de belleza, hedonismo y vitalidad fue recibida con escándalo en el Vaticano. Hace poco han salido a la luz unas cartas muy graciosas de Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán que poco después sería Pablo VI, y el arzobispo de Génova, el cardenal Giuseppe Siri, que en el cónclave sería su rival. Curiosamente este intercambio epistolar fue a raíz de que Siri, símbolo del sector ultraconservador, habló bien, o no mal del todo, de ‘La dolce vita’, y Montini le llamó la atención. «Recibo protestas muy graves de que es un filme de tal inmoralidad y tan mal ejemplo sobre la depravación humana que haría falta una intervención de la autoridad eclesiástica para hacerlo retirar de los cines», decía Montini, el progre. Siri se excusó diciendo que no defendía «la visibilidad» de la película, sino la obra en sí y las notables cualidades del director: «El filme es verídico, y algunos han reaccionado porque golpea horriblemente la vida de muchos: se ven descritos y han tenido miedo de sí mismos». Es decir, Siri valoraba la obra, aunque eso no quitaba que pensaba que era mejor que los fieles no la vieran. Ah, por cierto, a todo esto Montini hablaba sin haberla visto. No sé si después llegó a verla. Si no es así desde luego sería papa, pero mira que morirse sin ver ‘La dolce vita’. Eso no tiene perdón de Dios.

El protagonista, Marcello, un cronista desencantado de la vida social, es un trasunto del propio Fellini, que también fue un forastero en Roma, a donde llegó desde su Rimini natal para ser periodista. Era lo que quería hacer por lo que había visto en las películas americanas: tipos con el sombrero echado hacia atrás, que fumaban, echaban tragos, callejeaban y no daban ni golpe, aunque, qué curioso, encontraban historias. Entonces se podía hacer, pero hoy, por ejemplo, el sombrero ya no se lleva. Además ahora es mucho más cómodo, basta quedarse sentado copiando lo que sale en Internet. Pero entonces todavía se mandaba a los reporteros a los sitios y un día enviaron a Fellini a Cinecittà, donde se quedó anonadado al ver un rodaje mastodóntico en el que el director dirigía las masas y daba voces con un megáfono desde una torre. Era Alessandro Blasetti, del que ya hablamos en un capítulo de esta serie. Fellini pensó que él, vago, con tendencia a la dispersión y sin sentido del orden ni la autoridad, no estaba hecho para el cine. Por fortuna, conoció a Roberto Rossellini, que rodaba por ahí con poca gente y lo que le parecía, como quien escribe o pinta. Fue una revelación. Si no es por él, no habríamos tenido a Fellini. Ya ven, repetimos, que Rossellini tuvo su importancia.

Pero volvamos a Anitona, no nos distraigamos. Como se podrán imaginar, y ya lo contamos en otra ocasión, en Roma había cola para tirársela. Sin embargo ella venía avisada. Durante el rodaje, Mastroianni se le acercó y dijo que quería pedirle un favor. «Yo no estar interesada en mamadas», respondió ella, por si acaso. El bueno de Marcello también era una pieza de cuidado. Una vez tuvo que repetir ocho veces un beso a Romy Schneider y murmuró: «Y encima me pagan por esto...». Al final el que se llevó el gato al agua con Anitona fue Dino Risi, que sólo por eso ya debe de figurar en la historia del cine. Un poco más adelante, en la letra T, encontraríamos a Francois Truffaut con una descripción más o menos así: «Ciudadano francés (1932-1984) que se lió, entre otras, con Jeanne Moreau, Julie Christie, Catherine Deneuve, la hermana de ésta, Jacqueline Bisset y Fanny Ardant». Y luego ya: «Cineasta, hizo 24 películas, etcétera...». Con ese currículum, que logró sólo a base de ser majete y tímido, quién quiere una filmografía. Aunque en el caso de Truffaut están en total armonía. Bueno, ya les dije que aprovecharía cualquier excusa para hablarles de Truffaut. Aquí le vemos con Jacqueline en una escena de 'La nuit américaine' (La noche americana, 1973), película maravillosa donde las haya:

El ácido maestro Risi, fallecido este año (el señor de la foto de abajo), ha dejado escrito un librito entrañable, ‘I miei mostri’ (Mis monstruos), en el que cuenta chascarrillos y recuerdos. Y relata un día que pasó con Anita Ekberg. La actriz tenía una lancha que conducía ella misma y salieron a dar una vuelta. Ya en alta mar, se desnudó con la melena al viento. Encontraron un petrolero sueco y los marineros se abalanzaron a la barandilla a mirar y lanzar aullidos. Uno hasta tocó cuatro veces la sirena. El diario de a bordo de ese día debe de ser un poema. Anita reía como loca y habló a voces con la tripulación. Eran de Malmöe, su ciudad. Siempre en bolas, Anita dio dos vueltas al petrolero de premio. De consolación, se entiende. «Pobrecitos, ellos contentos de ver mí desnuda», decía en su italiano macarrónico. Risi flipaba. Luego volvieron a la villa que ella poseía en Roma, situada en una colina, con un prado que terminaba en una piscina de azulejos negros. Tenía dos doberman. De repente apareció un tipo, un actor americano. Su marido. Llevaba un saco. Se sirvió un whisky y arrampló metódicamente con todos los objetos de valor que vio por la casa. Platos, cubiertos, todo. Se fue y Anita se quedó llorando. «Tú no héroe, ¿eh?», preguntó a Risi. «No», contestó él. Y ahí se acabó su historia.

Ante estas avalanchas de extranjeros que, como hemos ido viendo, llegaban a Roma, el talante local hacia el visitante se traducía, y se traduce, en intentar ligarse a las turistas e intentar darle el palo a los turistas. Es tan evidente que no tenemos ni que cambiar de escenario para observar la otra cara del fenómeno. Por la noche se baña Anita, pero miren lo que pasa durante el día. En esta célebre escena de 'Totòtruffa 62' (Mastrocinque, 1961), el gran Totó vende a un incauto la mismísima fontana de Trevi.

Sinopsis: Totó empieza su número, una vez vista su presa, echando a los niños que intentan robar monedas y quejándose al guardia. «¿Lo sabe que pierdo millones de liras al año con estos niños? El sábado cuando limpio la fontana me faltan siempre 3.000 o 4.000 liras», lamenta. «Ah, ¿pero las monedas son suyas?», pregunta el incauto. «Esta es la famosa fontana de Trevi, que pertenece a mi familia desde hace generaciones», y se presenta como el cavaliere ufficiale Antonio de Trevi. «¿Es un buen ‘bisnís’ (bussines)?», pregunta el otro. Totó le expica que, además de las monedas que tira la gente, alquila la fuente para rodajes. En ese momento completa la escena acercándose a un turista y pidiéndole en voz baja un donativo para la Cruz Roja, aunque a la víctima le explica que acaba de cobrar los derechos de imagen por las fotos. Cada foto cien liras. «Ah, yo he hecho tres», añade el inocente, que le paga religiosamente. Mientras se acerca el cómplice, Totó le da carrete y le explica que la fuente la hizo un arquitecto que su bisabuelo hizo venir de Suiza. Cuando el turista le replica que la guía la atribuye a Bernini, Totó está hábil: «Claro, venía de Berna y era bajito, por eso le llamaban Bernini». El incauto se sincera: es hijo de emigrantes italianos en América y quiere establecerse en Italia. Totó le propone venderle la fontana, porque algún día se jubilará. Además explica que aquello no le va bien para el reúma, todo el día cerca del agua: con diez millones está hecho. A la espera del contrato, Totó le pide una fianza. En ese momento interviene el cómplice, con acento toscano (no se pronuncian las ‘ces’, que se aspiran en forma de hache, por ejemplo hohahola=cocacola). Quiere comprar la fontana para una película americana y sube la oferta de la fianza. Al final la víctima pica y ofrece 500.000 liras. Creyéndose ya el propietario de la fontana acaba bastante mal. En efecto, a veces Italia es para volverse loco.

En ‘Guardie e ladri’ (Monicelli, 1951), que fue premio al mejor guión en Cannes, Totó se marca otro timo extraordinario a un turista norteamericano, esta vez en el Foro Imperial.

Sinopsis: Totó y su cómplice ensayan la venta de una moneda falsa a un turista norteamericano cuando aparece uno de verdad. El cómplice deja la moneda en el suelo y Totó se presenta como guía improvisando una explicación macarrónica. Un viandante que se lleva la moneda obliga a colocar otra, que Totó tarda en encontrar. El cómplice se presenta como profesor numismático (de asmática, dice Totó) que previene al turista de los timos, pero acaba por admitir que la pieza es auténtica. Empieza la venta mientras aparece el tipo que ha encontrado la otra moneda, al que echan sin contemplaciones. Pero una vez que el turista ha picado, es quien le abre los ojos.

Risas y chicas aparte, como deja entrever la película de Fellini, la mirada desolada de Mastroianni, lo curioso de esta juerga general, esta dolce vita y tanto jijijajá es que se asentaba en un boom económico que, no obstante, era un espejismo y cubría un vacío moral... ¿les suena el fenómeno? La comedia ‘all’italiana’ se basó en explotar sádicamente esta dualidad para hacer reír con una carga de sátira social y melancolía. Dino Risi lo clavó en una de sus mejores películas, ‘Una vita difficile’ (1961), un año antes de su otra obra maestra ‘Il sorpasso’ (La escapada, 1962). Vean, vean en qué se queda el jolgorio cuando llega el amanecer:

La musiquilla de fondo de guateque o de ritmo circense es una marca de la casa del cine italiano que siempre aligera lo que se ve. Esta escena de Alberto Sordi borracho escupiendo a los coches, fruto de una improvisación, es antológica. Y para lo que nos interesa, fíjense en su imprecación al autobús de turistas alemanes: «¿Qué venís a ver aqui? ¡No hay nada que ver, es todo un asco, no visitéis Italia, quedáos en vuestra casa que es mejor!». Esta idea de que Italia es un asco es algo que se dicen los italianos cuando se cabrean, los días que vienen mal dadas, que es bastante más a menudo de lo que quisieran. Sin embargo, el resto del mundo lo sigue ignorando y le parece todavía un lugar maravilloso para ir de vacaciones. Así que también nosotros continuaremos volviendo el próximo día.

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El Partido Demócrata (PD) de Walter Veltroni, teórica oposición en Italia, no da una. Su gran iniciativa del año ha sido convocar en junio una gran manifestación contra el Gobierno en... octubre. Sí, han leído bien. La convocaron antes de las vacaciones de verano, pero será este sábado. Hay rumores de que pensaron hacerla en 2011, pero en un ataque de realismo decidieron hacerla ya mismo, a los cuatro meses. Este es el concepto del tiempo en Italia.

No se puede decir que no han tenido tardes para preparar el acto, pero resulta que el PD no está mejor en cuanto al concepto del espacio. Estos días se ríe mucho con el cartel de la manifestación (aquí a la izquierda). La prensa de derechas (Il Giornale, Libero), tuvo la agudeza de ponerse a mirar con lupa la foto del cartel y descubrió, oh maldición, que era una foto de una audiencia del Papa en San Pedro. Hay hasta monjas y una bandera de Portugal.

A esto se le puede sacar mucha punta, claro. Bromas aparte, que a cualquiera se le ocurren, lo cierto es que, como todo lo que se escapa de forma inconsciente, el cartel tiene algo de verdad. La única oposición eficaz en este momento en Italia es la Iglesia y sus ramificaciones. La principal revista católica, ‘Famiglia cristiana’, semanario que tira tres millones de ejemplares y uno de los más vendidos de Italia, y el diario de la Conferencia Episcopal, ‘Avvenire’, le han dado mucha caña al Gobierno con las leyes sobre inmigración ilegal, el famoso censo de los gitanos que luego se ha quedado en nada y otros temas. Como se la dieron en su día al Gobierno de Prodi. Bloquearon un proyecto para legalizar las parejas de hecho que ya de por sí era tímido como él solo, para ver si colaba, pero ni por esas. Los católicos infiltrados en el centro-izquierda hundieron el plan.

La Iglesia es el único partido verdaderamente trasversal en Italia, junto con las afiliaciones futbolísticas (en el Parlamento hay clubes romanistas, juventinos,... con políticos de todo signo). Es decir, es el único poder capaz de dominar tanto a la izquierda como a la derecha. A decir verdad, es difícil saber, desde el punto de vista cristiano, qué es más peligroso: los comunistas, que los pobres ya no asustan a nadie, o un elemento como Berlusconi, que da bastante miedo.

Pero es la izquierda la que sin duda lo tiene peor. Como ilustra magistralmente este capítulo de ‘I nuovi mostri’ (‘Los nuevos monstruos’, 1977, Mario Monicelli, Dino Risi y Ettore Scola). Esta película es una continuación de ‘I mostri’, de Risi, y sigue la misma fórmula de capítulos, aunque con dos directores más. No obstante la acumulación de talento, el resultado no es muy afortunado, aunque se salvan algunos episodios y momentos. El mejor, en mi humilde opinión, es éste, firmado por Dino Risi y llamado ‘Tantum ergo’.

Sinopsis: Un cardenal (inmenso Vittorio Gassman) queda tirado en un barrio de las afueras de Roma al pincharse la rueda de su cochazo. Junto a su fiel asistente, ven una iglesia y van a pedir ayuda. Es una iglesia con un cura obrero, rojillo, la Iglesia progre de los sesenta. El sacerdote tiene una asamblea con los fieles para resolver los problemas del barrio, que es una jaula de grillos, para variar. Los vecinos proponen ir al ayuntamiento y armarla. El cura trata de explicarles las vías democráticas y pacíficas, nombrar una comisión... Hasta que un niño ve "uno vestido de rojo", el cardenal. "¿Cómo te llamas, hijo?", le pregunta al cura. "Ah, si, ya he oído hablar de ti...". El cardenal pregunta si puede sentarse a escuchar. El debate continúa, con las clásicas llamadas a montar una bronca y liarse a palos con la Policía. Un desmadre. "¡Hace un año, un año que intento haceros razonar!", se desespera el cura, que propone votar, pero a los feligreses lo de votar democráticamente ya no les convence.

Invitado a hablar, el cardenal habla con verbo florido, vauya que si habla: "Es con verdadera mortificación y profundo dolor que tomo la palabra. Mortificación porque llego a vuestra comunidad por un banal incidente mecánico, y no empujado por mi ansia pastoral, como sería mi deber, y dolor al constatar el profundo malestar de vuestra vida cotidiana... Un malestar que puede llevar a la estúpida , ciega e inútil violencia. He oído a uno de vosotros decir (imita el dialecto romano): vamos, ocupamos, pegamos..." Tras el bofetón, dice: "Sí, he usado la violencia, pero ¿he cambiado quizá tu ánimo, te he convencido? No, sólo he incrementado tu rencor". Luego se dirige al atril y habla de la parroquia, acusada de "haber descuidado los valores del espíritu, privilegiado en modo excesivo las instancias sociales, mejorar las condiciones materiales". Cita a los santos que han cultivado la pobreza. "Nosostros no somos santos, somos imperfectos, pero ¿cómo no podriáis ser imperfectos, vosotros que perseguís otra felicidad, sobre la tierra?". "¡No, la justicia!", interviene el cura, que ya le ve venir. "¿Qué justicia, la justicia de un cura que no siente el deber de llevar su sagrada túnica? No, la justicia de Dios", replica monseñor, que recuerda las bienaventuranzas sobre los mansos... "¿Pero cuándo lo ha dicho?", impreca el cura. "Lo ha dicho, lo ha dicho ¿no has visto al película de Zefirelli?...", le cortan los fieles, que le dicen que se calle. "No hagas tu tesoro en la tierra, sino en el cielo", sigue el cardenal. "Qué bien habla, tendrían que hacerlo papa", susurran los fieles. Ya lanzado, su eminencia dice que es un día de alegría, por el feliz encuentro, y ordena encencer las luces, tocar las campanas, el órgano ("Parece Navidad", dicen los fieles admirados), "...la voz de esperanza del órgano, de mansedumbre, de obediencia,...". Con los fieles enardecidos, el chófer comunica que el coche está listo y el cardenal se las pira.

Ahora que me doy cuenta, casi no se ha hablado en este blog del Vaticano. Debe de ser porque este Papa no hace nada, pero también supongo que lo he evitado inconscientemente para evitar líos, porque es uno de esos temas con los que te insultan. Bueno, pues queda pendiente para mañana.

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El otro día le preguntaron al portero del Milan, Christian Abbiati (llegado ex-Atlético de Madrid), sobre sus ideas políticas, aunque se intuyen porque tiene la canción ‘Faccetta nera’, himno fascista de la guerra de Etiopía, como sintonía del móvil: «Hago míos algunos valores del fascismo: la patria, el orden social, el respeto de la religión católica. No comparto sus errores: la alianza con Hitler y la entrada en la guerra, sobre todo. Pero basta de considerar el fascismo como un tema tabú».

También le preguntaron (y dos veces en lugares distintos) al presidente de su club, y primer ministro de todos los italianos, Silvio Berlusconi, si era antifascista. Respuesta: «Yo pienso sólo en trabajar, para resolver los problemas de los italianos».

Lo cierto es que el fascismo en Italia no es ningún tabú, para tranquilidad de Abbiati, y en cambio el antifascismo parece cada vez más una tontería, para preocupación de los demócratas. Lo del antifascismo tiene más enjundia de lo que parece, pues es la raíz del actual Estado italiano, que de este modo nació en el bando de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y explícitamente contra el fascismo.

Todos los días uno se cruza en los puestos callejeros de Roma con retratos de Mussolini, que se venden tranquilamente junto a los de Totó y Padre Pío. Hay muchos taxistas con el llavero del ‘Duce’ o que afirman que Italia sólo funcionaría con un dictador, «come quando c’era Lui» (‘cuando estaba Él’, que en este caso es Mussolini, no Berlusconi). Los chavales en el instituto se diferencian no sólo por equipos de fútbol, sino por ser fascistas o comunistas (que también existen, como vimos en el capítulo 8 de esta serie), pues la política impregna toda la vida social en Italia, al menos como pose.

Ha habido un partido salido directamente del fascismo, el MSI, que luego se convirtió en Alianza Nacional (AN) y que es el segundo del Gobierno centro-derecha, tras el de Berlusconi. Aún tienen el símbolo de la llama sobre la tumba de Mussolini, en Predappio. Por cierto, fantástico lugar de peregrinación, nostalgia y exaltación fascista. AN ha hecho malabarismos para reciclarse en derecha civilizada -su líder, Gianfranco Fini ha peregrinado a Jerusalén- pero en la base hay un núcleo duro muy ‘negro’. Por alguna razón, el triunfo abrumador de la derecha en mayo les ha dado alas. No se sabe por qué, pues es un Gobierno de lo más progre: Berlusconi, AN y la Liga Norte, el partido ecologista por el esperanto y las razas del mundo, del que ya nos hemos ido ocupando (ver La dura construcción nacional).

El ministro de Defensa, Ignazio La Russa (AN), por ejemplo, en plena ceremonia de la Resistencia, reivindicó a los soldados de la República de Saló, el mini-estado fascista que persistió en el norte del país durante el avance aliado. El alcalde de Roma, Gianni Alemanno (AN), que lleva un cruz céltica en el cuello, dijo que «las leyes raciales sí fueron el mal absoluto, pero el fascismo no, es un fenómeno más complejo».

Fini, que aspira a suceder a Berlusconi, intentó quitar hierro al asunto, pero las juventudes del partido se le pusieron bravas. He aquí la carta que le escribió el presidente de Acción Juvenil de Roma, Federico Iadicicco: «He puesto todas mis ganas en encontrar un motivo para ser antifascista pero no lo he encontrado, es más, he encontrado muchas para no serlo. Ruego a Dios que nos dé la fuerza para perdonar a quien en nombre del antifascismo ha matado jóvenes vidas inocentes, pero no podremos ser, no queremos ser y no seremos nunca antifascistas».


Alessandra Mussolini, nieta del Duce, que siempre anda por ahí dando la nota, aprovechó el debate para ponerse una camiseta molona: «Con orgullo, de la parte equivocada» (la chica de la foto de arriba). Curiosamente en su día hizo pinitos como actriz y aparece con quince añitos en una de las mejores películas italianas contra el fascismo, la magnífica ‘Una giornata particolare’ (‘Una jornada particular’, 1977, Ettore Scola), con Mastroianni y la Loren. Pero claro, es que es sobrina de Sofia Loren, cuya hermana se casó con un hijo del Duce. Como también apareció en Playboy y eso no quiere decir que esté buena.

En resumen, en este ambientillo están floreciendo pintadas fachas en Roma y están de modas las palizas a inmigrantes, como se contará en el periódico de mañana. Pero seguramente no tenga nada que ver.

El fascismo, pese a sus ínfulas y pretensiones, siempre choca con una inexplicable falta de consideración, se le infravalora. Basta ver sus inicios, como muestra la genial película de Dino Risi ‘La marcia su Roma’, (1962), con Gassman y Tognazzi.

Sinopsis: La película, tres décadas antes que Forrest Gump, mezcla imágenes reales con la ficción. Es buena ocasión para verlas, pues se pasan siempre las nazis y muy poco las del fascismo italiano. Bajo el esquema de una tragicomedia que cuenta las andanzas de dos desgraciados, reconstruye muy en serio la llegada del fascismo. Aquí, al final de la película, se ve la marcha sobre Roma. Ordenan al Ejército que dejen pasar a los fascistas.

En Roma, los dos protagonistas asisten a la llegada. "¿Has visto? Lo han conseguido", dice Gassman. "No, no está nada claro. ¿Cómo van a mandar a esta gente al Gobierno? Verás como las cosas cambiarán, de así a así", responde Tognazzi, pero mientras el amigo le levanta el brazo por si acaso. "Y el rey, ¿lo han echado?", pregunta de nuevo. "No, ha sido él el que los ha dejado entrar", insiste Tognazzi. "Pero bueno, todavía tiene que hablar,..." En ese momento, golpe maestro de Dino Risi, que pone imágenes reales con una voz en off inventada. El rey Vittorio Emanuele III le pregunta al general Armando Diaz:

-General, desapasionadamente, ¿qué piensa de estos fascistas? ¿Cree que dejamos el país en buenas manos? Dígame sin rodeos su parecer, porque estamos todavía a tiempo de echarlos, ¿eh?

-Desapasionadamente majestad, me parece gente seria.

-Sí hombre sí, vamos a probarlos unos meses.

FINE

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18 Ago 2008

Quedarse (Ferragosto)

Estoy de nuevo en mi colocación. Volví a Roma el 15 de agosto, Ferragosto. La feria de Augusto, luego transformada en fiesta cristiana por superposición, como las demás juergas paganas. Es un día en que se podría ocupar Roma tranquilamente, porque no hay nadie. De hecho lo hacen los turistas. Lo primero que vi en la calle, desierta, sin un alma, fue una familia de extranjeros. El padre y las dos niñas tenían camisetas del Athletic de Bilbao. La madre, no. Se suelen resistir a estos disfraces.

Quedarse en Roma en Ferragosto es una rareza, una condena, pero es una sorpresa. Roma en agosto es bellísima, como el resto del año. Huele a pino y se oyen las cigarras. Por la noche refresca y la ciudad, que de día duerme, se despierta. En Ferragosto todos huyen al mar, todo está cerrado, no hay periódicos, no se puede ni comprar el pan. Algo está cambiando, porque pude hacer la compra, una cosa impensable hace unos años.

Como todos los Ferragostos, me acuerdo de una las obras maestras del cine italiano que empezaba en este día, ‘Il sorpasso’, 1962, de Dino Risi (‘La escapada’, en español, aunque ‘sorpasso’ significa adelantamiento). Gassman, gamberro, caradura, cínico, romano, simpatiquísimo, humano, entrañable, vagaba en su descapotable por la ciudad vacía buscando un teléfono.

He pasado unas semanas vagando yo también en descapotable por la costa española y me recordaba la Italia de ‘Il sorpasso’, obsesionada con adelantar y correr, sin pensar demasiado. Me temo que España es un país iluso, volcado en el frenesí del consumo, la construcción de bloques infames y la destrucción del paisaje y su pasado. Lo malo es que los italianos lo hicieron hace cuarenta años, cuando había que hacerlo, pero España lo hace ahora. A veces pienso que le espera un futuro parecido a su presente, pero con mucha menos gracia.

Así empezaba ‘Il sorpasso’, en un Ferragosto cegador.

Sinopsis: La copia que he encontrado es francesa y el título que han elegido es 'El fanfarrón' (malditos franchutes, también ellos odian a los italianos, es una conspiración). Gassman ve a Trintignan asomado en la ventana, un estudiante tímido que prepara un examen, y le pide si puede marcarle un teléfono. El chico duda, porque no le ha dicho ni su nombre, y piensa que es mejor que suba él mismo a llamar. Así se encuentran los dos personajes, que luego partirán en el descapotable hacia la Italia de vacaciones, sin conocerse.

'Easy rider' no existiría sin esta película.

Lo malo de ver este trocito es que dan ganas de verla entera. Es un modo estupendo de pasar una tarde de verano.

Lo malo también es que Risi pintaba un cuadro muy amargo de Italia, y era en 1960. Sin duda se trata de otro peligroso imbécil, un traidor, que merece una paliza. Y lo peor es que muchos otros le siguieron. Tantos que se podría inaugurar una nueva serie en este blog de traidores peligrosos, con los grandes maestros del cine que han retratado Italia, una panda de idiotas de cuidado.

En fin, que me alegro de reencontrar al personal y espero que todo el mundo siga bien de salud.

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Como habíamos anunciado y como enseña la historia, Italia ha pasado a cuartos de final con tres partidos de churro, pero ha pasado. Ahora España, tan lanzada, tiene miedo, claro. La gesta en la adversidad en el campo de fútbol es la culminación, en forma de grupo nacional, de un rasgo esencial del italiano de a pie: arreglárselas para sobrevivir en un entorno hostil, lleno de trampas e injusticias, donde uno sólo cuenta con sus propios medios y el otro siempre es un enemigo.

Ejemplo glorioso de este formidable talante vital: Guglielmo, 'el Dentone'. Este personaje mítico de Alberto Sordi es un tipo de optimismo inmarcesible que, pese a su apabullante dentadura de piano de cola, se presenta nada menos que a las oposiciones de locutor estrella del telediario de la RAI. Además, es el único de los finalistas que no tiene enchufe ni recomendación. Todos en la comisión de examen quieren tirarle, pero no consiguen hacer que falle en nada.

Sinopsis: 'El Dentone' borda su primera prueba, para contrariedad de la comisión, que decide pasar a los trabalenguas a ver si le pillan un fallo. Pero también aquí 'el Dentone' se muestra implacable. Se abre entonces un debate en la comisión. El cura (en Italia siempre hay un cura en cualquier cosa, desde que uno coge el avión a Roma) le defiende, pero otros lo repudian en nombre de la telegenia. "Es que este en cuanto a imperfección exagera...", argumentan. Otro, por cierto muy poco telegénico, propone decirle la verdad directamente ("que tiene demasiados dientes para una sola boca"), pero eso en Italia no se hace nunca. Nadie quiere tomarse la responsabilidad de nada. No se explican cómo ha llegado hasta la fase final y temen que les han pasado una patata caliente. Como se ve, también la comisión se siente engañada y víctima del sistema, rasgo fundamental de la sociedad italiana. Son ellos los que están en apuros y también intentan arreglárselas. Sólo se les ocurre decirle al bueno de Guglielmo que siga indefinidamente con los trabalenguas, con la esperanza de que falle... Pero 'el Dentone' no falla una. Vamos, como la selección en la Eurocopa. A la hora de la verdad, no fallan.

'Guglielmo, il Dentone' es uno de los tres capítulos, el más famoso, de 'I complessi' (Los complejos, 1965), dirigido por Luigi Filippo D'Amico. Los otros dos son de Dino Risi y Franco Rossi. Curiosamente, en esta ocasión el de Risi, siendo bueno, es el menos memorable. Pero es que el de Rossi, con un político democristiano que intenta destruir las copias de una película erótica en la que aparece su mujer, no tiene desperdicio.

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El Tribunal Supremo italiano, famoso por sus sentencias delirantes, acaba de prohibir a los Carabinieri tener amantes "porque causa desdoro a la Benemérita" y vulnera la "conducta ejemplar y el prestigio de las fuerzas armadas". Lo ha hecho al confirmar la condena de cuatro meses de cárcel a un carabiniere de Salerno que tenía una relación extraconyugal y era la comidilla del pueblo. Cuando el teniente le llamó al orden, el agente no sólo le desobedeció, sino que le insultó y amenazó con tirarle encima la mesa de su despacho. El tribunal de primer grado le absolvió, pues consideró que se trataba de un asunto privado. Qué cosas hay que oír. Pero en segunda instancia fue condenado, porque constituía un ultraje al buen nombre del cuerpo.

También era muy cerca de allí, en Sorrento, donde acababa destinado el bueno del mariscal Antonio Carotenuto, ligón impenitente, en 'Pan, amor y...', tercera parte de la célebre trilogía de pan y amor con cosas (Fantasía en la primera parte, Celos en la segunda y sólo puntos suspensivos en la última, que nos ocupa). El desdoro para el cuerpo ya era evidente en esta famosa escena en la que Carotenuto, el inmenso Vittorio De Sica, baila un mambo con la pescadera Sofia, que evidentemente es Sophia Loren (ella lo escribe con 'ph'). En las dos primeras partes la chica era Gina Lollobrigida. Era 1955, dirigido por el maestro Dino Risi, que acaba de fallecer. Medio siglo después las cosas no han cambiado mucho, el Supremo todavía tiraría de las orejas al maresciallo Carotenuto.

Por cierto, el mariscal terminó sus gestas amorosas en Sevilla, debido a que la banda musical del cuerpo concursaba en un certamen musical en una cuarta parte: 'Pan, amor y Andalucía', de 1958, dirigida por Javier Setó. En España se llamó 'Pan, amor y manzanilla' y era una de esas cosas que De Sica hacía para sacarse un dinero. Esta vez la chica no era ni Lollobrigida ni la Loren sino ¡Carmen Sevilla! A veces la ponen en Cine de Barrio.

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07 Jun 2008

Adiós, maestro

Hoy es un poco un día de mierda, porque se ha muerto Dino Risi. Qué le vamos a hacer, tenía 91 años. Era, es, uno de los más grandes de la historia del cine. No del cine italiano, del cine, cine, del cine mundial. Y no hay nada más que decir. Ácido, implacable y tierno, dijo a los italianos cómo eran realmente. Que vuelvan a poner sus películas en la tele, por favor, como cuando éramos pequeños, cuando veíamos tranquilamente obras maestras después de comer pensando que era lo normal, sin saber que un día sería algo impensable. Se trata de un urgente servicio público.

Como pequeño homenaje, el capítulo ‘La educación sentimental’ de ‘I mostri’ (Los monstruos, 1963), retrato despiadado de la sociedad italiana.

Sinopsis: Un padre (Ugo Tognazzi) da una lección a su hijo de cómo comportarse en la vida. Nada de dinero para los pobres, los pobres no existen, cuando se mueren siempre les encuentran millones escondidos en el colchón. Nunca hay que decir que sí, siempre no. En el café se comen seis pasteles y se pagan dos, y se roban azucarillos si se puede. Hay que ser listo (furbo) en la vida, ésa es la regla. Se conduce en dirección contraria si uno tiene prisa, haciendo los cuernos con la mano por la ventanilla. En el colegio no hay que compartir la merienda con los amigos. Quien pega primero pega dos veces. También es lícito fingirse inválido de guerra para saltar la fila. O sacar el pañuelo en el coche para salir de un atasco. Su lema es: «El mundo es redondo, y quien no flota se va al fondo». Ante los carteles electorales, este personaje muestra su hastío de los políticos y hace una declaración memorable: «Los que deberían pensar en el interés público sólo van a lo suyo, porque por desgracia hay esta tendencia a la falta de honestidad, a la mala fe, por eso si quieres llegar a algo en la vida no te tienes que fiar de nadie, de nadie, ni de tu padre... Era una broma, de papá sí.» Diez años después... Primera página: Mata al padre tras robarle. Increíble delito en Roma.

Hoy, 45 años después, se podría rodar esta escena tal cual. Las mismas frases se oyen a diario en la calle. Así es el país que ha hecho posible Berlusconi. No hacen falta más análisis políticos. Si quiere entender más, vea películas de Dino Risi.

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Sobre este blog

Llevo en Roma desde 2001, como la odisea. Es decir, tiempo suficiente para darse cuenta de que no conoceré jamás Italia. Es un país tan popular por sus tópicos que en realidad es totalmente desconocido, y tienen engañado a todo el mundo. Espero poder transmitir la idea.
El periodismo, como a cualquier periodista un poco espabilado, a veces no me convence demasiado, pero se hace lo que se puede, no sé hacer otra cosa y siempre es mejor que trabajar.
El objetivo indisimulado de este blog es descojonarse, para qué nos vamos a engañar. Para las cosas serias ya está el periódico. Si fuera corresponsal en Ulan Bator lo intentaría, pero vivo en Italia. Otro propósito es referir hechos graves que ocurren en este bendito país y que no caben en el periódico, porque ya ni son noticia. Pero no hay que asustarse, en Italia, como decía Ennio Flaiano, «la situación es grave, pero no seria».
Una última pretensión es elogiar y divulgar el cine italiano, así, porque sí, porque es la pera y ya no lo ponen en la tele. Los niños no saben quién es Mastroianni, y eso es terrible.
Otra cosa que debe quedar clara es que no podré por menos que versar algunas opiniones, pero como decía el inspector Harry Callahan, por algo llamado ‘el Sucio’, «las opiniones son como el culo, todo el mundo tiene una».

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