Íñigo Domínguez

La vida en Roma

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Nadie lo ha dicho, y ya es raro, porque los aniversarios se han convertido en noticias muy socorridas para llenar, pero se han cumplido 50 años de la inauguración oficial de la ‘dolce vita’. No fue con la película de Fellini, que se estrenó en 1960 y retrató ese mundillo, sino con un curioso episodio que en 1958 sacó a la luz las juergas nocturnas de la noche romana y causó un escándalo monumental. Como hemos ido viendo, las bacanales venían al menos desde hacía una década, pero una cosa es que se sepa y otra que se diga. O que se vea, porque eso fue exactamente lo que pasó gracias a una figura que nació entonces y hoy goza de gran predicamento: el paparazzi. Aún no tenía ese nombre, porque se popularizó a raíz de Paparazzo, el nombre del fotógrafo que acompaña al personaje de Marcello Mastroianni en ‘La dolce vita’.

Pero vamos a los prolegómenos, como dicen los locutores deportivos, a lo que pasó en 1958. Uno de esos fotógrafos picaruelos de la noche, Tazio Secchiaroli, se cascó una foto de un strip-tease desmadrado en el sótano del ‘Rugantino’, un restaurante de Via Veneto. La foto, hoy famosa y que tienen ahía arriba, muestra a una joven morena despatarrada en bolas en el suelo al ritmo de un tambor entre señores sudorosos con corbata y señoras bien de aire divertido. La imagen decía muchas cosas. Había frivolidad y algo pecaminoso, pero sobre todo lo entretenido, lo improvisado, la poca sensación de culpa, la atmósfera lúdica y casi infantil de picnic, sugerían que no era un día de locura de un grupo de exaltados, sino la alegre vida habitual de la Roma pija. Que al día siguiente podía ir a la misa del Papa en San Pedro como si tal cosa. Como decíamos, llevaban diez años así, dándole al tambor. Pocos meses después, en marzo de 1959, Fellini empezó a rodar su película.

La chica de la foto era otra guiri de vacaciones en Roma, tema o pretexto de estos capítulos caóticos. Se llamaba Aichè Nanà, tenía 22 años y era armena, así que a lo mejor era inmigrante, y no turista. Turista sólo es el que se lo puede pagar, una condición reservada a ciertas nacionalidades que se lo pueden permitir. Nanà se convirtió de inmediato en símbolo de la vida loca romana, aunque siempre ha dicho que aquello arruinó su carrera. Explicó que era una fiesta privada con tan buen rollo y con tantas risas que acabó despelotándose. Pero tuvo la mala suerte de que se coló un fotógrafo. Según ha repetido, dos días después tenía una prueba con Vittorio de Sica, que la anuló al verla en pelotas en la prensa. A partir de entonces nadie quiso contratarla. Esta gente de vacaciones en Roma fue esencial en la dolce vita, que hundió a esta extracomunitaria armena, pero en cambio ensalzó a una turista sueca. Hablamos, efectivamente, de Anita Ekberg o, como se la conoce en Roma por razones obvias, Anitona.

Tamaña muestra de belleza, hedonismo y vitalidad fue recibida con escándalo en el Vaticano. Hace poco han salido a la luz unas cartas muy graciosas de Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán que poco después sería Pablo VI, y el arzobispo de Génova, el cardenal Giuseppe Siri, que en el cónclave sería su rival. Curiosamente este intercambio epistolar fue a raíz de que Siri, símbolo del sector ultraconservador, habló bien, o no mal del todo, de ‘La dolce vita’, y Montini le llamó la atención. «Recibo protestas muy graves de que es un filme de tal inmoralidad y tan mal ejemplo sobre la depravación humana que haría falta una intervención de la autoridad eclesiástica para hacerlo retirar de los cines», decía Montini, el progre. Siri se excusó diciendo que no defendía «la visibilidad» de la película, sino la obra en sí y las notables cualidades del director: «El filme es verídico, y algunos han reaccionado porque golpea horriblemente la vida de muchos: se ven descritos y han tenido miedo de sí mismos». Es decir, Siri valoraba la obra, aunque eso no quitaba que pensaba que era mejor que los fieles no la vieran. Ah, por cierto, a todo esto Montini hablaba sin haberla visto. No sé si después llegó a verla. Si no es así desde luego sería papa, pero mira que morirse sin ver ‘La dolce vita’. Eso no tiene perdón de Dios.

El protagonista, Marcello, un cronista desencantado de la vida social, es un trasunto del propio Fellini, que también fue un forastero en Roma, a donde llegó desde su Rimini natal para ser periodista. Era lo que quería hacer por lo que había visto en las películas americanas: tipos con el sombrero echado hacia atrás, que fumaban, echaban tragos, callejeaban y no daban ni golpe, aunque, qué curioso, encontraban historias. Entonces se podía hacer, pero hoy, por ejemplo, el sombrero ya no se lleva. Además ahora es mucho más cómodo, basta quedarse sentado copiando lo que sale en Internet. Pero entonces todavía se mandaba a los reporteros a los sitios y un día enviaron a Fellini a Cinecittà, donde se quedó anonadado al ver un rodaje mastodóntico en el que el director dirigía las masas y daba voces con un megáfono desde una torre. Era Alessandro Blasetti, del que ya hablamos en un capítulo de esta serie. Fellini pensó que él, vago, con tendencia a la dispersión y sin sentido del orden ni la autoridad, no estaba hecho para el cine. Por fortuna, conoció a Roberto Rossellini, que rodaba por ahí con poca gente y lo que le parecía, como quien escribe o pinta. Fue una revelación. Si no es por él, no habríamos tenido a Fellini. Ya ven, repetimos, que Rossellini tuvo su importancia.

Pero volvamos a Anitona, no nos distraigamos. Como se podrán imaginar, y ya lo contamos en otra ocasión, en Roma había cola para tirársela. Sin embargo ella venía avisada. Durante el rodaje, Mastroianni se le acercó y dijo que quería pedirle un favor. «Yo no estar interesada en mamadas», respondió ella, por si acaso. El bueno de Marcello también era una pieza de cuidado. Una vez tuvo que repetir ocho veces un beso a Romy Schneider y murmuró: «Y encima me pagan por esto...». Al final el que se llevó el gato al agua con Anitona fue Dino Risi, que sólo por eso ya debe de figurar en la historia del cine. Un poco más adelante, en la letra T, encontraríamos a Francois Truffaut con una descripción más o menos así: «Ciudadano francés (1932-1984) que se lió, entre otras, con Jeanne Moreau, Julie Christie, Catherine Deneuve, la hermana de ésta, Jacqueline Bisset y Fanny Ardant». Y luego ya: «Cineasta, hizo 24 películas, etcétera...». Con ese currículum, que logró sólo a base de ser majete y tímido, quién quiere una filmografía. Aunque en el caso de Truffaut están en total armonía. Bueno, ya les dije que aprovecharía cualquier excusa para hablarles de Truffaut. Aquí le vemos con Jacqueline en una escena de 'La nuit américaine' (La noche americana, 1973), película maravillosa donde las haya:

El ácido maestro Risi, fallecido este año (el señor de la foto de abajo), ha dejado escrito un librito entrañable, ‘I miei mostri’ (Mis monstruos), en el que cuenta chascarrillos y recuerdos. Y relata un día que pasó con Anita Ekberg. La actriz tenía una lancha que conducía ella misma y salieron a dar una vuelta. Ya en alta mar, se desnudó con la melena al viento. Encontraron un petrolero sueco y los marineros se abalanzaron a la barandilla a mirar y lanzar aullidos. Uno hasta tocó cuatro veces la sirena. El diario de a bordo de ese día debe de ser un poema. Anita reía como loca y habló a voces con la tripulación. Eran de Malmöe, su ciudad. Siempre en bolas, Anita dio dos vueltas al petrolero de premio. De consolación, se entiende. «Pobrecitos, ellos contentos de ver mí desnuda», decía en su italiano macarrónico. Risi flipaba. Luego volvieron a la villa que ella poseía en Roma, situada en una colina, con un prado que terminaba en una piscina de azulejos negros. Tenía dos doberman. De repente apareció un tipo, un actor americano. Su marido. Llevaba un saco. Se sirvió un whisky y arrampló metódicamente con todos los objetos de valor que vio por la casa. Platos, cubiertos, todo. Se fue y Anita se quedó llorando. «Tú no héroe, ¿eh?», preguntó a Risi. «No», contestó él. Y ahí se acabó su historia.

Ante estas avalanchas de extranjeros que, como hemos ido viendo, llegaban a Roma, el talante local hacia el visitante se traducía, y se traduce, en intentar ligarse a las turistas e intentar darle el palo a los turistas. Es tan evidente que no tenemos ni que cambiar de escenario para observar la otra cara del fenómeno. Por la noche se baña Anita, pero miren lo que pasa durante el día. En esta célebre escena de 'Totòtruffa 62' (Mastrocinque, 1961), el gran Totó vende a un incauto la mismísima fontana de Trevi.

Sinopsis: Totó empieza su número, una vez vista su presa, echando a los niños que intentan robar monedas y quejándose al guardia. «¿Lo sabe que pierdo millones de liras al año con estos niños? El sábado cuando limpio la fontana me faltan siempre 3.000 o 4.000 liras», lamenta. «Ah, ¿pero las monedas son suyas?», pregunta el incauto. «Esta es la famosa fontana de Trevi, que pertenece a mi familia desde hace generaciones», y se presenta como el cavaliere ufficiale Antonio de Trevi. «¿Es un buen ‘bisnís’ (bussines)?», pregunta el otro. Totó le expica que, además de las monedas que tira la gente, alquila la fuente para rodajes. En ese momento completa la escena acercándose a un turista y pidiéndole en voz baja un donativo para la Cruz Roja, aunque a la víctima le explica que acaba de cobrar los derechos de imagen por las fotos. Cada foto cien liras. «Ah, yo he hecho tres», añade el inocente, que le paga religiosamente. Mientras se acerca el cómplice, Totó le da carrete y le explica que la fuente la hizo un arquitecto que su bisabuelo hizo venir de Suiza. Cuando el turista le replica que la guía la atribuye a Bernini, Totó está hábil: «Claro, venía de Berna y era bajito, por eso le llamaban Bernini». El incauto se sincera: es hijo de emigrantes italianos en América y quiere establecerse en Italia. Totó le propone venderle la fontana, porque algún día se jubilará. Además explica que aquello no le va bien para el reúma, todo el día cerca del agua: con diez millones está hecho. A la espera del contrato, Totó le pide una fianza. En ese momento interviene el cómplice, con acento toscano (no se pronuncian las ‘ces’, que se aspiran en forma de hache, por ejemplo hohahola=cocacola). Quiere comprar la fontana para una película americana y sube la oferta de la fianza. Al final la víctima pica y ofrece 500.000 liras. Creyéndose ya el propietario de la fontana acaba bastante mal. En efecto, a veces Italia es para volverse loco.

En ‘Guardie e ladri’ (Monicelli, 1951), que fue premio al mejor guión en Cannes, Totó se marca otro timo extraordinario a un turista norteamericano, esta vez en el Foro Imperial.

Sinopsis: Totó y su cómplice ensayan la venta de una moneda falsa a un turista norteamericano cuando aparece uno de verdad. El cómplice deja la moneda en el suelo y Totó se presenta como guía improvisando una explicación macarrónica. Un viandante que se lleva la moneda obliga a colocar otra, que Totó tarda en encontrar. El cómplice se presenta como profesor numismático (de asmática, dice Totó) que previene al turista de los timos, pero acaba por admitir que la pieza es auténtica. Empieza la venta mientras aparece el tipo que ha encontrado la otra moneda, al que echan sin contemplaciones. Pero una vez que el turista ha picado, es quien le abre los ojos.

Risas y chicas aparte, como deja entrever la película de Fellini, la mirada desolada de Mastroianni, lo curioso de esta juerga general, esta dolce vita y tanto jijijajá es que se asentaba en un boom económico que, no obstante, era un espejismo y cubría un vacío moral... ¿les suena el fenómeno? La comedia ‘all’italiana’ se basó en explotar sádicamente esta dualidad para hacer reír con una carga de sátira social y melancolía. Dino Risi lo clavó en una de sus mejores películas, ‘Una vita difficile’ (1961), un año antes de su otra obra maestra ‘Il sorpasso’ (La escapada, 1962). Vean, vean en qué se queda el jolgorio cuando llega el amanecer:

La musiquilla de fondo de guateque o de ritmo circense es una marca de la casa del cine italiano que siempre aligera lo que se ve. Esta escena de Alberto Sordi borracho escupiendo a los coches, fruto de una improvisación, es antológica. Y para lo que nos interesa, fíjense en su imprecación al autobús de turistas alemanes: «¿Qué venís a ver aqui? ¡No hay nada que ver, es todo un asco, no visitéis Italia, quedáos en vuestra casa que es mejor!». Esta idea de que Italia es un asco es algo que se dicen los italianos cuando se cabrean, los días que vienen mal dadas, que es bastante más a menudo de lo que quisieran. Sin embargo, el resto del mundo lo sigue ignorando y le parece todavía un lugar maravilloso para ir de vacaciones. Así que también nosotros continuaremos volviendo el próximo día.

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30 Oct 2008

Celentano

Hablando de ancianos, gerontocracia, adaptación a los tiempos y demás, aparece en Internet el nuevo vídeo de Adriano Celentano que, para hacerse una idea, ya salía cantando como un desquiciado en 'La dolce vita' (1958, Federico Fellini) hace medio siglo. Con 70 años sigue en el rollo del rock, con el mismo espíritu indómito. Saca un nuevo disco, de recopilación, pero con dos canciones inéditas, dentro de un mes. Pero ya hace un año sacó otro, enterito de canciones nuevas. Se llamaba 'Duerme amor, la situación no es buena'. Siempre se le han dado bien los títulos y el chascarrillo, se queda hasta con su sombra.

Celentano, mito de los sesenta también en España, ha hecho de todo: música, televisión, cine... Como actor, una treintena de películas, pero dirigió y escribió cuatro. También es hincha del Inter (enfermedad extrañísima y pertinaz que padecen incluso algunos españoles, y no vamos a dar nombres) y ha cantado este año en el centenario del club, poniéndose de rodillas ante Moratti, algo que es definitivamente demasiado hasta para un fan del Inter.

Todo esto se explica porque Celentano es un tipo bastante gracioso, que siempre ha hecho lo que le ha dado la gana, carece de sentido del ridículo, se mete con quien le parece y que está como un cencerro.

Si no, miren esto. Desafío: intentar verlo sin sonrojarse.

Es de 'Il bisbetico domato' (1980, Castellano y Pipolo), algo así como 'El fierecillo domado', pero que en español se tradujo como 'El solterón domado'. Alguna vez lo han puesto en la tele. La escena, coherentemente, representa el triunfo de la tradición frente a la modernidad. del hombre frente a la máquina.

Lo que decimos, un fiera.

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Italia y el Vaticano son dos mundos que se corresponden como en un espejo, lo que no sé es quien llegó antes al espejo, como en la escena de ‘Sopa de ganso’ de los hermanos Marx, una de las más divertidas de la historia del cine.

No sé si la Iglesia es algo muy italiano o Italia algo muy eclesiástico. Lo que si sé es que la Iglesia no es explica sin Italia, y viceversa. Llevan 2000 años viviendo juntos. Se han pegado mutuamente sus rasgos y costumbres. Por ejemplo, Benedicto XVI fue el otro día a Nápoles y ni mencionó la Camorra.

Muchas cosas de la forma de ser y de hacer de la Iglesia se comprenden cuando se vive en Italia, se descubre de dónde salen. Quizá el secreto de su extraordinaria supervivencia es que sea tan italiana. Si San Pedro hubiera recalado en Salzburgo o en Madrigal de las Altas Torres lo mismo la historia hubiera sido distinta. Dios sabía lo que se hacía confiando su empresa a los italianos. Seis de las diez empresas más antiguas del mundo son italianas, que pasan religiosamente de padres a hijos.

Del mismo modo, Italia está impregnada de carácter religioso, incluida la militancia comunista. Por eso, quizá, no hay un anticlericalismo tan exacerbado y arraigado como en España. Están acostumbrados, familiarizados con él como algo propio, aunque sólo sea porque medio país ha sido del Papa durante siglos, hasta 1870. Y eso porque los propios italianos le invadieron Roma (a la derecha, la brecha de Porta Pia, por donde entraron las tropas). Pío IX amenazó con la excomunión a los romanos que votaran a favor de la unidad de Italia, pero ni por esas. Se quedó sin finca, pero a los italianos algo de súbditos pontificios se les ha quedado.

El Papa opina de política italiana de forma rutinaria, más que Rouco de la española. Y los obispos italianos intervienen hasta sobre los presupuestos. Por eso, cualquier líder político italiano se maneja con el Vaticano como con un partido más, pero que es único porque influye en todos los demás. Van a visitar al Papa cuando les eligen, asisten a ceremonias (D’Alema, el gurú carismático de la izquierda acudió a la canonización de Escrivá de Balaguer) y hacen carreras por tener gestos de respeto. El Parlamento aprobó un indulto masivo en las cárceles por la única razón de que lo pidió el Papa.

En cualquier acto público de media estatura, desde una exposición a una presentación de un libro, hay un cardenal moviéndose entre los canapés. El párroco suele ser uno de los referentes públicos de cualquier municipio y se les entrevista como voces de la comunidad cuando hay un suceso. Es un reflejo de la fragmentación grupal italiana, traducido en la presencia capilar de la Iglesia a través de sus parroquias y organizaciones, que a menudo realizan una labor social imprescindible y son uno de los pocos referentes morales de la comunidad, sobre todo en las zonas más amorales. En la tele, además, resuelven casos policiales:

En la tele uno siempre se encuentra algún cura. Si lo han reconocido pero no creen lo que ven sus ojos han visto bien, es verdad, es él: es Terence Hill, convertido en Don Matteo, serie de éxito de la RAI que va por la sexta temporada. Bueno Bud Spencer, de quien ya hablamos un día, acabó de candidato en Forza Italia... Los curas son personajes habituales de las series, los anuncios o invitados en los debates. En España no sucede desde el Padre Mundina y sus plantas, pero es que Italia sigue un poco en aquella época, es muy setentera. De aquí nace, creo, parte del asombro del Vaticano cuando en el resto del mundo a menudo no les hacen ni caso y no pintan nada. Les gustaría que todos fueran como Italia, esa Arcadia feliz. Del mismo modo, cuando los italianos salen de Italia descubren con pasmo lo lejos que queda el Vaticano de la vida de los demás países.

Sin ánimo de ser exhaustivo, una lista improvisada de parecidos entre Italia y la Iglesia, tanto históricos como actuales, incluiría por ejemplo:

Las jerarquías, los uniformes, los disfraces, la ceremonia, el sentido teatral, las castas sacerdotales, las paráfrasis, la retórica, la lentitud de la burocracia, la gerontocracia, el nepotismo, el machismo, la homofobia, la piedad, la hipocresía, el sentido de grupo, la fragmentación en grupúsculos interminables, el papel central de la madre, la reverencia, la adulación, las reglas férreas con castigos tremendos pero cuya infracción siempre se puede perdonar -de ahí la ley y la trampa, el doble juego y la redención del pecador-, la capacidad de interpretar los textos en sentidos diversos según la ocasión y la conveniencia, la importancia de la familia, la adaptación camaleónica a los cambios, la práctica del relativismo moral pero su condena pública, el fatalismo, el conservadurismo, el inmovilismo, la desconfianza hacia lo nuevo, la alergia a la modernidad, los anacronismos, el sentido del tiempo como eternidad, el arte de la hipocresía, la conciencia de la debilidad del género humano, el olfato para los negocios, la habilidad para la diplomacia, el término medio y la ambigüedad calculada, la superstición, los milagros, la sensación de vivir en un museo, el vivir del dinero de los demás, que el fin justifica los medios, el amor al arte, el comer bien, la sabiduría antigua y la obsesión por el adulterio, las mujeres y las vírgenes.

A mí casi todo me parece bien. Roma, en concreto, la han hecho los papas, y no les quedó nada mal. El Papa ha sido el alcalde de Roma durante siglos y sus cardenales concejales de urbanismo o seguridad, que lo mismo tendían la red de agua como ejecutaban desgraciados con la pena de muerte.

En fin, Fellini, que veía muy bien en las entrañas de Roma con su ojo juguetón y burlón, supo ilustrar estas indefinibles sensaciones, esta confusión de identidades, esta realidad fascinante, en esta famosa secuencia de 'Roma' (1972):

Por cierto que en algunos salones de Roma el ambiente y los personajes siguen siendo los mismos.

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10 Oct 2008

Una mañana en Roma

Hoy he tenido una mañana muy romana. A ver si consigo explicar por qué, en esta imposible tarea de describir Italia, y que se me perdone la digresión.

Debía ir al INPS, la seguridad social, a arreglar unos papeles. El INPS, como Eni, Acea, el Comune, la Regione (en la foto de aquí al lado, ente fantozziano por excelencia), es uno de esos monstruos burocráticos donde uno entra pero no sabe cuándo sale, ni cómo se las arreglará dentro ni que será de su vida. Todo depende de la suerte y de la maña de cada uno, no de seguir las reglas, que es un error. Pues bien, la oficina central de Roma, en San Giovanni, una mole de diez pisos, estaba cerrada todo el día por asamblea sindical. Esto es normal. Fue culpa mía, por no mirar el calendario: los viernes uno tiene ese riesgo. Estas cosas, como las huelgas, se suelen hacer los viernes para que salga un bonito puente.

Cientos de ciudadanos que habían tenido que faltar al trabajo o desatender obligaciones, como millones de italianos que pierden miles de mañanas en resolver papeleos absurdos, llegaban a la puerta y empezaban a cagarse en todos los muertos. Italia aún vive en la época del vuelva usted mañana, Internet es una fantasía y adoran el fax. Pero enseguida ocurría eso que me asombra tanto de los italianos: resignación, miradas al cielo, un café en el bar. No se puede luchar con la vida, contra el sistema, contra la fatalidad. Al rato ya se hacían bromas. A nadie se le ocurre protestar porque no sabría ni por dónde empezar.

Con el tiempo, yo también he adoptado este punto de vista. Pero no lo tomo como derrota, sino como una forma más inteligente de afrontar la vida. Así que eran las nueve de la mañana y tenía algo de tiempo. ¿Qué hacer? De pronto pienso que ahí al lado está la basílica de Santo Stefano Rotondo, del siglo V. En ocho años nunca he logrado verla. Siempre cerrada no se sabía por qué, o por restauración, o con horarios raros, o con reserva obligatoria,... Como el INPS.

Llego por calles estrechas, entre muros que se derrumban, jardines descuidados. En Roma basta doblar una esquina para quedar en silencio. Milagro, la iglesia abre en ese momento. Me explican que llevaba cinco años cerrada por obras. Por fin voy a verla. Entro y me quedo absorto ante el espectáculo. Una iglesia circular, diáfana, rodeada de decenas de frescos maravillosos. Se forman haces de luz entre el polvo de las obras que aún siguen en marcha. Retumban las conversaciones con acento romano de los currelas. No hay nadie y el tiempo se para.

Había oído que la iglesia ya estaba abierta, pero esas cosas en Roma siempre se mueven en forma de leyenda, como los mismos requisitos burocráticos: nunca se sabe qué papeles hay que llevar, cambian cada día, o según el funcionario que te lo explique. En Italia todo está envuelto en una niebla, como en un sueño, y siempre se va a ciegas, en una realidad inestable, resbaladiza, móvil. Por eso es un país que prepara para la vida, porque la vida es así y no, como se esfuerza el resto del mundo civilizado, algo que tenga un sentido.

Por otro lado, en Italia el cabreo por lo que no funciona se convierte rápidamente en una nimiedad ante el efecto de la belleza, que recuerda la alegría de estar vivo. Y ahí es donde tienen razón los italianos y los demás no terminamos de darnos cuenta. La belleza es vital, tiene una influencia benéfica, medicinal, sobre el estado de ánimo. No es ninguna tontería.

Para irme cojo el autobús enano 117. Es eléctrico y pequeñito. Dentro, los turistas extranjeros ruedan como en una bolera por las sacudidas. Se suelen dividir entre los impresionables y los que se divierten, pero en general tienen la misma cara que se me puede poner a mí, un suponer, en Calcuta. Hay una pintada -«Laureati falliti!» (¡Licenciados, fracasados!)- ejemplo de la agudeza nacional para la frase corta. Hay un cartel que prohíbe hablar con el conductor, pero todos los romanos que suben le preguntan si para aquí o allá y el viaje en sí es una tertulia colectiva. El 117 recorre la colina del Celio, pasa ante el Colosseo y llega a Piazza de Spagna. Un recorrido como otro cualquiera. Cuando bajo ya ni me acuerdo de la tontería del INPS.

En fin, yo no explico muy bien estas sensaciones inaferrables, pero Fellini lo hace mucho mejor que yo y atrapa de forma magistral el misterio de Roma en, precisamente, ‘Roma’ (1972). Como en esta secuencia mágica de las obras del metro.

El viento que aúlla en las películas de Fellini siempre es el misterio, la soledad, el paso del tiempo.

A mí en la parte final siempre se me saltan las lágrimas.

Buen fin de semana.

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01 Oct 2008

Lui (2)

En el capítulo anterior... dejamos a Berlusconi de relax en un balneario de lujo de Umbria. De novillos, porque había dicho que no iba a la ONU para resolver la crisis de Alitalia. Pues bien, se ha armado un pequeño lío -es decir, a todo el mundo le da igual- porque se fue a dar los masajes con un helicóptero oficial.

En teoría, denuncia la oposición citando el reglamento, el transporte oficial es para labores institucionales, no para el ocio privado. Berlusconi replicó que en realidad estaba trabajando, porque estaba constantemente al tanto de todo con el móvil. No obstante, ‘La Repubblica’ asegura hoy que no había ningún problema: había cambiado antes el reglamento, para poder usar el helicóptero cuando le dé la gana. Es el estilo de la casa.

Berlusconi adora descender de las alturas en helicóptero, como el santísimo o el Equipo A. Todo el mundo recuerda su legendario aterrizaje en el campo en la presentación del Milan, en 1986, cuando compró el club. De todos modos, son ganas de fastidiarle, porque no le hace falta racanear al Estado: tiene aviones y helicópteros por 100 millones de euros. Entre ellos una especie de Air Force One personal, un Airbus A319-115/CJ, de 33 metros, utilizado para vuelos continentales.

Son el resto de personalidades menores quienes no se pueden permitir esas cosas y se ven obligados a recurrir a los aviones oficiales. Como el inefable Clemente Mastella, ministro de Justicia de Prodi, que fue al Gran Premio de Monza de Fórmula 1 con su hijo (alegó que tenía que entregar un premio), o el general Speciale, de la Guardia di Finanza, que se hacía llevar merluzas frescas en avión militar cuando estaba esquiando.

Pero no nos olvidemos de Berlusconi. No sé por qué, pero cuando le veo en el helicóptero siempre me acuerdo del inicio sublime de ‘La dolce vita’ (Fellini, 1960). El altísimo, las chicas, el fotógrafo Paparazzo,... Esta película hay que verla al menos una vez al año.

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30 Sep 2008

Diario mínimo (1...)

Como buen vago, soy lector apasionado de breves y pies de foto. Algunos pueden ser obras de arte, aunque en general se descuidan como flecos intrascendentes. Supongo que lo son.

Por otro lado, no sé cómo dar salida a la cantidad ingente de hechos increíbles que suceden en Italia pero que no alcanzan la categoría de noticia relevante. Solía recopilarlos, para sacarlos en tandas, pero la tarea me desborda. Son, como decía Ennio Flaiano, sucesos «inverosímiles pero plausibles», cotidianos en este bendito país.

Por eso había pensado soltarlos en forma de goteo, como aparecen en la realidad. Una letanía constante, delicuescente y subterránea bajo los grandes titulares. A veces basta el enunciado, o tres frases, para dar idea de la complejidad y el misterio que se oculta tras la realidad aparentemente comprensible.

De ese modo tampoco castigaría a los posibles lectores con parrafadas. Una cosita breve es cómoda de leer, sin riesgo de que pase el jefe y vea que se está perdiendo el tiempo en este blog, que es para eso precisamente.

Como buen vago, lo he ido dejando. Pero me ha dado el empujón definitivo este extraordinario titular de ‘La Repubblica’ de ayer. Con él, comenzamos este diario mínimo. Va dedicado a un vago maravilloso, Marcello Mastroianni, que aquí arriba vemos en la grandiosa ‘8 1/2’ (1963, Federico Fellini), escrita por Fellini con Flaiano y otros vagos. A todos les gustaba fijarse en tonterías.

Pues ahí va eso:

Impuesto sobre la lluvia

Ravenna y provincia han inventado un impuesto sobre el coste de la gestión de las alcantarillas por las aguas blancas o meteóricas. Es decir, una tasa sobre la lluvia. El tres por ciento de la tarifa del agua potable. La nueva norma tiene efecto retroactivo en los años 2005, 2006 y 2007.

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En Italia todo es arqueología, también política, y sigue siendo como en las películas de Don Camilo. Hay fascistas y comunistas. Sí, sí, con la hoz y el martillo y todo. Conocidos serbios, ucranianos, polacos, rumanos, búlgaros, que viven en Italia no se lo explican y se asombran al ver todavía los insignes artilugios agrarios.

De los fascistas ya se hablará otro día, que es un tema muy manido. Hoy en día no tiene ningún mérito ser fascista, se lo llaman a cualquiera por menos de nada. Como a unos conocidos, encima catalanistas, cuyo error era que salían de los toros en Barcelona. Sin embargo ser comunista tiene más mérito. Para encontrar un trotskista en España habría que poner un anuncio, pero en Italia uno se los encuentra tranquilamente en la panadería. La cultura política italiana es muy rica y está a años luz de la española actual, tan sectaria, previsible y elemental.

En estos días se han celebrado, como suele pasar en lo profundo del verano, los congresos trascendentales de verdes y comunistas. Ambos se han dado un tortazo histórico en las últimas elecciones, a las que concurrían juntos en el Arcobaleno (Arco iris), aunque para el resto del mundo eran, más a secas, la Cosa Rossa (Cosa roja). Son diferentes formas de ver un revoltijo. Les han borrado del mapa y no tienen ni un escaño. Lo que tienen es cinco años de Berlusconi por delante sin pintar nada. Claro, reina el desconcierto. Por ejemplo, Vladimir Luxuria, el célebre diputado transexual, ha decidido enrolarse en la Isla de los Famosos. Se ha abierto un debate interno en el partido sobre si allí puede defender mejor los derechos de los nativos indígenas.

Algún ingenuo pensará que en los congresos han cerrado filas y se han puesto las pilas. Qué va. Se han liado a cuchilladas pese a ser cuatro gatos, como resumía el otro día Gianelli, el genial humorista del 'Corriere della Sera' (arriba). Lo auténticamente comunista es la fragmentación en facciones y la escisión hasta el infinito, de maoístas a mencheviques. La última vez que miré había dos siglas comunistas y unos seis partidos descendientes, pero es posible que en este momento esté surgiendo alguno nuevo.

También es apasionante escuchar retórica que ha resistido en formol de forma formidable. Por ejemplo, que se debe partir «de la límpida reconstrucción de un conflicto de clases en este país». Entrañable. Por otro lado, siempre choca ver al líder, hasta ahora, de Rifondazione Comunista, Fausto Bertinotti, como uno de los más ricos del Parlamento en la declaración de patrimonio. En la última, era el tercer líder (Berlusconi es inalcanzable) con 233.195 euros de renta. Aunque también el ‘más pobre’ de la cámara era el hasta ahora secretario del partido, Franco Giordano, con 124.802 euros.

Viene a la memoria la mítica escena de Alberto Sordi en ‘I vitelloni’ (Los inútiles, 1953, Federico Fellini), y su famosa imprecación al proletariado: "Trabajadoreeees..." (Lavoratori). Es la segunda película de Fellini, muy recomendable, como la tercera, la cuarta, la quinta,...

Se trata de un saludo ideal para irse de vacaciones y despedirse de los colegas de la oficina. Felices vacaciones también, en la serenidad que está caracterizando este blog, a los lectores que estén partiendo.

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Sobre este blog

Llevo en Roma desde 2001, como la odisea. Es decir, tiempo suficiente para darse cuenta de que no conoceré jamás Italia. Es un país tan popular por sus tópicos que en realidad es totalmente desconocido, y tienen engañado a todo el mundo. Espero poder transmitir la idea.
El periodismo, como a cualquier periodista un poco espabilado, a veces no me convence demasiado, pero se hace lo que se puede, no sé hacer otra cosa y siempre es mejor que trabajar.
El objetivo indisimulado de este blog es descojonarse, para qué nos vamos a engañar. Para las cosas serias ya está el periódico. Si fuera corresponsal en Ulan Bator lo intentaría, pero vivo en Italia. Otro propósito es referir hechos graves que ocurren en este bendito país y que no caben en el periódico, porque ya ni son noticia. Pero no hay que asustarse, en Italia, como decía Ennio Flaiano, «la situación es grave, pero no seria».
Una última pretensión es elogiar y divulgar el cine italiano, así, porque sí, porque es la pera y ya no lo ponen en la tele. Los niños no saben quién es Mastroianni, y eso es terrible.
Otra cosa que debe quedar clara es que no podré por menos que versar algunas opiniones, pero como decía el inspector Harry Callahan, por algo llamado ‘el Sucio’, «las opiniones son como el culo, todo el mundo tiene una».

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