Íñigo Domínguez
La vida en Roma
41. Deseo de ser inútil
Es inevitable volver de vacaciones, al curro, y que uno piense con nostalgia que quizá estaba llamado a empresas mejores, a surcar los mares o asaltar diligencias. Menos mal que para tratar esos síntomas existen los tebeos del Corto Maltés, paradigma del héroe elegante y sin afeitar. Es la obra maestra de Hugo Pratt, personaje cuya vida es el borrador de sus cómics. Veneciano de adolescencia etíope, desertor del ejército alemán y dibujante en Buenos Aires, era un apasionado de leyendas y viajes, además de que formó cuatro familias.
Al igual que Corto, hijo de una gitana de Sevilla, Pratt descendía de judíos de Toledo. Una vez volvió a esta ciudad para buscar la casa familiar, con la única ayuda de la llave medieval conservada durante generaciones. Con ella paseó por Toledo buscando la cerradura. No la encontró, pero una vez le sirvió para abrir su casa en París. La magia de la vida parecía indicarle que su hogar era donde estuviera él. Pratt cuenta esta historia en 'El deseo de ser inútil', precioso libro en el que repasa su vida. El título resume su placer por haber pasado tanto tiempo inmerso en sus mundos de fantasía, frente a quienes le decían que él no servía para nada. Pensando en lo que se consideraba útil, Pratt reafirma su deseo de ser inútil. Es un buen propósito para volver a trabajar, pero casi mejor no lo diga en voz alta en la oficina. Arrivederci.
FIN
Bueno, era el último de estos artículos publicados en el verano de 2007, que hemos rescatado en plan refrito. Decía arrivederci y aquí estamos otra vez. La prueba de que correr aventuras no está reñido con ser un inútil total es nuestro querido héroe de 'La armada Brancaleone' (Mario Monicelli, 1966), otro modelo de vida, el inmenso Vittorio Gassman, que al final hasta se intercambia recetas para el dolor de hígado con su rival:
En fin, como decía, aquí estamos otra vez de regreso. Hoy se acaba el verano, al menos en el hemisferio desde el que escribo. Ya ven que lo tenía todo perfectamente calculado, aunque a veces no lo parezca. Espero que todo el mundo haya disfrutado de sus vacaciones. Volvemos a nuestros entrañables asuntos italianos.
3. Y si no, nos enfadamos
Todos record
amos con cariño las dosis de violencia gratuita de Bud Spencer y Terence Hill. Estamos hablando, por supuesto, de Carlo Pedersoli y Mario Girotti, más italianos que los canelones. No digan que no queda mejor en inglés. ¿Qué ha sido de ellos? A Terence Hill se lo encuentra uno en la tele, vestido de cura, en 'Don Matteo', una serie en la que interpreta a un párroco de pueblo, buenazo pero sagaz, que ayuda a resolver casos locales a los Carabinieri.
Spencer, que fue nadador olímpico, ha hecho de todo en la vida, pero lo que le faltaba era la política. En un momento de ofuscación se presentó por Forza Italia, el partido de Berlusconi. Un colega, más que nada como fan, le pidió una entrevista. Se citaron en la sede de Forza Italia en Roma, que por una inmensa paradoja catastral está en Vía de la Humildad, el 3 de abril de 2005. Si a alguien le suena la fecha es porque fue al día siguiente de la muerte de Juan Pablo II. Mi amigo, claro, se olvidó del viejo Bud y por la noche tenía unos siete mensajes en el móvil. El último era de él en persona, muy cabreado, y daba muchísimo miedo: "Soy Bud Spencer, llevo una hora esperando ¿dónde coño se ha metido?". Mi amigo lo conserva como oro en paño y nos lo ponemos en alguna noche de copas. Nos reímos, sí, pero aún se asusta nuestro corazoncito infantil.
'Y si no, nos enfadamos' ('Altrimenti, ci arrabbiamo', Marcello Fondato, 1974). Fue rodada en España y sale algún actor ibérico. Además del malo malísimo Donald Pleasance.
4. Nostalgia de Ugo
En verano uno se imagina con un descapotable por las curvas de Amalfi, con música de órgano ye-ye. Se tienen nostalgias imposibles. Tomarse un martini con gente de otra época, inigualable y divertida como, por ejemplo, Ugo Tognazzi. La mejor anécdota que yo conozca de Tognazzi, socarrón, ligoncete, comilón, genial, es la siguiente. Ugo iba con su deportivo a toda velocidad y se le cruza un cerdo. Lo mata. Se baja con su pachorra habitual y aparece el propietario del gorrino. Le acaba convenciendo para que se lo pague pero Ugo precisa que, en ese caso, el animal es suyo. El nativo, consciente de que el coche no tiene maletero y sólo dos plazas, le mira incrédulo. Ugo echó mano de su elegancia natural y sentó al cerdo en el asiento del copiloto, con cinturón de seguridad y todo. Con esa compañía se hizo más de 400 kilómetros, desde Parma a Roma. Durante el viaje hasta conversaron y le bautizó como 'Gigetto'. Al llegar a casa lo metió en un arcón congelador y se convirtió en parte fija de sus famosos banquetes. Parecía que no se acababa nunca y sus amigos ya lo evitaban, hasta que en una fiesta, tonteando con Raffaella Carrá, ella le dijo que tenía hambre. Ugo, excelente cocinero, le preparó allí mismo lo que quedaba de 'Giggeto' al chocolate. Por lo visto, la cosa terminó en cagalera.
'Amici miei' (1975, Mario Monicelli), obra maestra. Esta es la mítica escena en la que el conde arruinado y venido a menos Raffaello Mascetti, tras el intento de suicidio de su mujer, decide dejar a su amante, Titti, de una vez por todas.
Sinopsis: El conde, Ugo Tognazzi, espera a la salida de clase a Titti y en un melancólico paseo de una hora, "con la voz firme del hombre que sabe cuál es su deber", le explica que su historia debe terminar. Es un monólogo dramático. "Tengo demasiadas culpas con esa pobre desgraciada... Si volviera a hacer ese gesto, no podría soportarlo, sería capaz de matarme yo también... Tú eres joven, tienes el derecho de ser inconsciente, pero yo no, ¡no!... Sí, lo sé, te estoy arruinando la vida, no puedo pretender hipotecar tu futuro, no me lo perdonaría nunca... Y tú, en un cierto momento, puedes decir que todas estas cosas las sabíamos antes, y que esto es sólo un pretexto para liberarme de tí, cuando supe de.. tu defectillo (la pilló en la cama con otra tía), bueno defectillo, no sé hasta qué punto... No, la verdad es otra, hay que mirar la verdad a la cara. Ha sido un sueño, un sueño muy bonito y basta. Tú tienes 18 años, y yo 52. No es por esos 34 años de diferencia, que son lo de menos, es que nuestro amor no puede tener ningún futuro... Coraje, Titti, es mejor que saquemos el cuchillo de la herida..."
Despedida:
-Addio Titti.
-¡Addio merdaiolo, nos vemos mañana en el sitio de siempre a mediodía!
-¡No, a y media, que a mediodía tengo un embargo!
Y Tognazzi se va frotándose las manos.
(Publicados en El Correo en julio de 2007)
Amparados por Steve McQueen en 'La gran evasión' ('The great escape', John Sturges, 1963), maravillosa película que era una de las favoritas de cualquier niño cuando se podía ver cine en televisión, observemos la siguiente concatenación de noticias, todas de esta semana. Comienza con un acontecimiento cómico anual que suele ser recibido con sonrisas de complicidad generales, algún comentario crítico resignado y un silencio sepulcral de la clase política: la publicación de las estadísticas de la declaración de la renta, reportadas por los diarios sin asomo de ironía. Como todos los años certifican que la Italia oficial, la de los datos económicos, esa con que se hacen las previsiones, los informes del FMI, los cálculos europeos, en definitiva, esa que los españoles se creen que están adelantando, es pura fantasía. Por consiguiente, atestiguan que la Italia real sigue siendo un absoluto misterio, como tenemos por costumbre sugerir aquí.
Las declaraciones de la renta de 2008 dicen que el 80% de los italianos ganan menos de 26.000 al año, un poco más de 2.000 euros al mes, sin pagas extras. Pero bajando un poco más el listón resulta que la mitad de los italianos dice ingresar menos de 15.000 euros: media Italia es ‘mileurista’. Tremendo, ya ven, debería formarse de inmediato una ONG para ayudar a este país en vías de desarrollo. Aunque casi sería más inteligente fundar varias ONGs en el resto de países que les introduzcan en los secretos de los italianos como una vía alternativa y directa al superdesarrollo posmoderno.
Miren si no la proporción de gente con pasta. La clase alta prácticamente no existe: sólo el 0,2%, unos 75.000 individuos, tiene ingresos por encima de los 200.000 euros, y además la mayoría son empleados, ni siquiera empresarios por cuenta propia. Lo habrán notado sin duda cuando hayan venido a Italia, los restaurantes vacíos y todo el mundo moviéndose en bicicleta con ropa de saldo. Las empresas, naturalmente, son otro drama: casi la mitad sufren, teóricamente, pérdidas. Unas 520.000 obtienen beneficios y 419.000 están en números rojos. En hoteles y restaurantes, por ejemplo, la renta media es de 13.500 euros, que baja a 9.500 en los autonómos.
En resumen, como habrán adivinado todo esto es una gigantesca trola que no se cree nadie. El encanto es vivir, actuar, gobernar, moverse por el mundo como si fuera verdad. Luego, si llega la Guardia di Finanza, hay que inventarse lo que sea, como el maestro Totó, que nos acompañará hoy, en ‘I tartassati’ (Steno, 1959), cuyo inicio ya vimos un día:
Sinopsis: Alarmado por la llegada de una inspección, Totó, propietario de una tienda de modas, llama a su asesor -el mítico ‘comercialista’ o ‘consulente fiscale’, interpretado por Louis de Funes-, que le aconseja intentar ‘simpatizar’ con el inspector, por ejemplo a través de la política, a ver si lo corrompe o le lleva a hacer la vista gorda. Totó regresa a la oficina, donde el temible inspector (el gran Aldo Fabrizi) le dice que las cosas van muy mal: «Esto me hace pensar en los tiempos de ese buen alma (buonanima) de...». Entonces Totó, pensando que habla de Mussolini, se lanza sobre la ocasión, pero siempre sugiriendo sin llegar a decir, para encontrar la complicidad del interlocutor, un arte refinado muy italiano. Por ejemplo, basta leer los periódicos, donde a menudo nunca se encuentra del todo la noticia y mucho menos el titular. Decíamos que Totó se lanza al panegírico facha: «Esos sí que eran tiempos, y ya no volverán...». «¿Pero qué tiempos?», le pregunta el otro, incómodo. Totó hace gestos, canta cancioncillas, grita el «A noi!» fascista y hasta interpreta como conmoción la conjuntivitis del inspector, hasta que le aclaran que ha entendido mal, que hablaba de la ‘buonanima’ de su abuela (la ‘nonna’). Salida magistral de Totó: «¡Entonces usted es anti, como yo!». Luego llegan los cafés, fundamentales para confraternizar, como ya contamos un día, pero el inspector, incorruptible, los rechaza. Totó se pasará así toda la película.
FIN
Pasemos a otra noticia del día siguiente: el gasto medio de una familia italiana es de 2.500 euros. Hombre, no puede ser. Si se compara con el dato de la víspera, el 80% de los italianos viviría bastante por encima de sus posibilidades. En realidad, como ya saben o se habrán imaginado, la evasión fiscal se calcula entre 100.000 y 200.000 millones al año, un mínimo de siete puntos del PIB. La economía sumergida representa un 16% del PIB, principalmente en el sur, donde además de no saltar al ojo al Estado es aún más esencial no aparentar riqueza ante la mafia local, que también cobra sus impuestos.
La Guardia di Finanza, cuerp
o heroico cuyo emblema bien podría ser un agente combatiendo a Godzilla con un cazamariposas, suele empezar sus investigaciones con los compradores de cochazos, yates, mansiones, o los inscritos a clubes de golf o mirando las listas de los colegios caros. El 58% de las embarcaciones de lujo italianas están a nombre de testaferros, mayores de ochenta años o sociedades de charter con sede en el extranjero, que en realidad suele pertenecer al propietario, que de esta forma se benefecia de un descuento del 40% en el gasóleo. Una característica habitual de esta fantástica especie del evasor es que no sólo se hace pasar por pobre, sino que aprovecha todas las posibles ventajas de serlo, como subvenciones, ayudas y demás. Coherencia ante todo.
Porque no se crean que el evasor se esconde. No tiene sentido, socialmente se comprende. Es modélico el caso de un empresario de Cortina D’Ampezzo (norte), que había declarado 5.000 euros pero tenía una villa de lujo en Cerdeña de un millón de euros con una majestuosa piscina en forma de pene. Una cosa discreta, ya ven. La Guardia di Finanza la descubrió con un sofisticado método de investigación científica: trasteando en Internet con las fotos áereas de Google. En lo que va de año han salido cada día a la luz 21 personas que hasta entonces no han existido para Hacienda, gente que no ha pagado un impuesto en su vida. No tienen nada a su nombre, ni contratos, ni la factura de la luz, ni nada en el banco.
De todos modos, cuando te pillan, siempre queda el comodín del soborno, otro clásico. Como ocurre en ‘Stanza 17-17, palazzo delle tasse, ufficio imposte’ (Michele Lupo, 1971), donde Ugo Tognazzi es un inspector íntegro al que intentan camelar por todos los medios posibles. El argumento es muy gracioso: una tropa de evasores cazados decide robar el dinero de la caja fuerte del Palacio de Impuestos, en el piso de abajo, para pagar la multa con ese mismo dinero, en el piso de arriba. Esta escena está rodada en el EUR, con música de Armando Trovajoli, aunque está muy inspirada en la de Morricone de un año antes para ‘Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto’ (Elio Petri, 1970, Oscar a la mejor película extranjera).
De todos modos, antes de seguir, hay que reseñar que el cuadro estaría incompleto sin apuntar que a los italianos les fríen a impuestos, que ese dinero no se ve por ningún lado porque la mayoría de los servicios públicos dejan mucho que desear o son lamentables y que en la administración se roba a mansalva desde hace décadas. Claro, uno se lo piensa dos veces. ¿Qué hacer? Hace unos meses encontré en el quiosco un libro fabuloso: ‘Manual de autodenfensa de las tasas. Las informaciones y los consejos para protegerse del Gran Hermano que vigila todos nuestros movimientos’ (Segunda edición). Precio, 8,90 euros. De la A a la Z explica con detalle cómo burlar a Hacienda en cada situación. Es uno de los ejemplos más divertidos de la consideración del Estado como enemigo primordial del individuo. Por ejemplo, en la voz ‘Casa’ el primer apartado se titula ‘Riesgos para el que compra. Problema: declarar el precio real y las compensaciones a los mediadores’. Dedica más de seis páginas a explicar todos los trucos posibles. Es una publicación semestral que se actualiza con las leyes que salen como churros y cambian a cada segundo la situación. Indispensable.
En fin, con este ambiente se convive a diario, y es muy instructivo. Cada vez que voy al dentista no saben el número que me montan cuando saco la tarjeta de crédito para pagar: le miran a uno como a un criminal. O peor, como a un ciudadano poco civilizado e insolidario. Es esa paradoja que ya hemos descrito de priorizar lo individual sobre lo colectivo, sin pensar nunca en el largo plazo y en los beneficios que acabarán regresando al individuo. Eso no se lo cree nadie. El camino del largo plazo es eso, largo, y en medio seguro que lo roba alguien.
Total, que en el dentista ponen cara de fastidio, empiezan a murmurar, tardan un rato en encontrar el aparato, que está perdido en algún cajón porque, dicen, no lo usan nunca. Y es más, aseguran o fingen que no saben cómo se usa. Esto para pagar facturas de, por ejemplo, mil y pico euros, y ya saben la cantidad de dinero que se puede mover al día en un dentista. Es que lo normal es andar por ahí con el fajo de billetes y la goma elástica. O el fascinante mundo de los cheques, algo que yo creía superado, pero que en Italia es una religión, a ser posible al portador, anónimamente.
Del mismo modo, por ese respeto al derecho a la ilegalidad de cada uno, jamás se pide un documento de identidad al pagar con la tarjeta de crédito. En más de ocho años sólo me lo han pedido una vez, en Ikea, que son suecos. A los turistas españoles les miran con asombro cuando pagan en el restaurante y ofrecen cándidamente su DNI. A los camareros casi les causa pudor tal invasión de intimidad.
No crean que en Italia es fácil decidir qué hacer, si ser honesto o no. Porque siempre parece que conviene más no serlo. Miren a Totó, harto de hacer el primo, en ‘La banda degli onesti’ ('La banda de los honestos', traducción mía, Camillo Mastrocinque, 1956).
Sinopsis: Totó obtiene, por casualidad, una plancha para falsificar billetes y papel moneda auténtico, pero no sabe cómo ponerse manos a la obra. Entonces acude a un tipógrafo que conoce, una de sus parejas clásicas, Peppino de Filippo, hermano de Eduardo. La ambigüedad de la que hablábamos antes es la base de toda esta secuencia, en la que intenta convencerle del negocio sin llegar nunca a decirlo. De hecho, cuando lo dice, cuando lo latente se hace explícito, algo terrible en Italia, la escena es pudorosamente silenciada tras un cristal.
Totó empieza el acercamiento por el contacto físico, el clásico ‘braccetto’, coger del brazo. Es habitual ver a los políticos pasearse del brazo por los pasillos del Parlamento, confabulando y haciéndose confidencias. Para introducir el tema, Totó le pregunta si mucha gente se hace billetes de visita falsos. «A lo mejor son falsificadores...», insinúa, y hace uno de sus gestos maravillosos, girando la mano a media altura, como ajustando una pieza. Para acabar el razonamiento, le invita a tomar un café. Otra vez el café, ya ven. Esto nos permite la delicia de entrar en un bar de entonces.
Totó le da entonces una lección sobre el capitalismo, a la italiana: «Esta taza es usted y esta es el otro, el capitalista». En Italia los demás siempre son el otro, el enemigo. El azúcar es el capital. «¿Qué hacer? Usted no lo sabe, pero él sí, y se aprovecha», explica Totó sirviéndose azúcar. «Piensa que en algún momento se parará, pero eso es porque usted es un caballero, una buena persona y tiene confianza en el prójimo, pero él no, y sigue». Cuando el camarero le quita el azucarero Totó indica la solución: «La prepotencia. Sí, porque los tipos como usted son los que se dejan poner los pies en la cabeza. Usted representa la parte sana, honesta, limpia, del país. En cambio, los otros son la parte... ¿entendido? (capito?)». «Pero los otros, ¿quién?», pregunta perplejo el tipógrafo. Ésa es la pregunta clave. Son, en abstracto, todos los demás, así que tonto el último.
Totó le habla de los especuladores, que nunca van a la cárcel porque conocen el código penal. Le señala como ejemplo, para que mire sin mirar -otro matiz de sutileza-, un tipo de la caja. Peppino no entiende nada y Totó le dice, con todo el respeto, que es tonto: «La solución es adaptarse». Salen y ante la puerta del metro (es el barrio de Monti, la entrada de la parada Cavour) le propone «pasar de la otra parte». Entran en la boca del metro y le propone el negocio. A mí me parece, aunque esto ya son opiniones de cinéfilo sonado, que la elección del lugar no es casual, es la puerta del mundo subterráneo, una metáfora de la Italia real. Peppino se va indignado, aunque luego aceptará, y lo último que se oye es a Totó que dice: «¡Escuche la voz de la sangre!». Como diciendo que está escrito en los genes.
FIN
No hace falta poner películas, la verdad. Una situación parecida fue descrita hace poco en ‘La Stampa’, al transcribir la confesión del fiscal jefe de Pinerolo (norte), que encargaba falsos informes a una asesoría cómplice para investigaciones inexistentes. El fiscal y sus amigos se repartían 30.000 euros más IVA con cada uno. Arrepentido, el fiscal narraba cómo empezó todo, de la manera más tonta. Habían encargado una pericia a una empresa y, con un amigo ginecólogo, comentó el dineral que se sacaba con los informes. Observen la elegancia de la explicación:
«Los dos nos dijimos: ‘¡Si ganáramos nosotros lo que ganan ellos!» Él dijo una frase, creo que con alguna palabrota, aunque es un señor en su comportamiento. Entonces, desgraciadamente, me crea, me vino a la mente decir, o lo dijo él: ‘Cáspita, ¿pero no se podrían hacer pericias de ese tipo y ganar nosotros algo?’. Me dijo entonces que conocía unas personas (el mítico ‘comercialista’) que sabían hacerlas. Hablamos de ello, pero ni siquiera de modo, diría, explícito. Pero así como fue implícita la partida, fue explícita la conclusión».
En fin, que el fiscal jefe de Pinerolo (norte) acabó llevando el dinero en los calcetines a Montecarlo por la frontera de Ventimiglia. Todo porque quería un barco para ir a pescar.
Decíamos que suele parecer mejor no ser honesto, sobre todo según quién esté en el poder. Así llegamos a la tercera noticia, del tercer día: el Gobierno da vía libre al llamado ‘escudo fiscal’, una amnistía para que quien tenga dinero en Suiza o las Islas Caimán lo pueda volver a meter en Italia de forma anónima y pagando un pequeño porcentaje de multa, un 5%. En Estados Unidos o Gran Bretaña han hecho lo mismo, pero pagando íntegro lo que se debe. Pero Berlusconi, juzgado varias veces por evasión, fraude fiscal y soborno a la Guardia di Finanza -luego absuelto o indemne por la prescripción-, ha aprobado tres condonaciones de este tipo en ocho años. En 2001 volvieron 1.600 millones. En 2003, 497. Esta vez han apuntado en las cuentas, de momento y de forma simbólica, un euro. A ver qué pasa.
Le preguntaron el otro día al ministro de Economía, Giulio Tremonti, si esto del escudo no era incoherente con las nuevas reglas mundiales que se quieren imponer tras la crisis, para luchar contra los paraísos fiscales, reafirmadas en el último G-8 de L’Aquila. Respuesta del ministro por lo bajinis: «Che testa di cazzo!». Literalmente, «qué cabeza de polla», insulto que viene a ser algo así como ‘animal de bellota’. Algún día tendremos que hablar del uso de los genitales en la lengua italiana, totalmente opuesto al español
. Sobre esta expresión, para que la comprendan mejor, circulaba un chiste aquella vez que Berlusconi apareció con un pañuelo pirata en la cabeza. «Es porque le han operado de fimosis», se decía de broma. Pero no, luego se supo que era por un implante capilar. Más tarde aún se ha sabido que a Tony Blair, al verlo, casi le da un ataque, y le pidió a su mujer que siempre se colocara entre ellos dos, porque si no saldrían juntos en las fotos y la prensa británica le iba masacrar. Perdonen la digresión, es que venía al pelo.
Berlusconi argumenta que lo del escudo fiscal es una forma de recaudar dinero para las arcas del Estado, pero comprenderán que a cualquiera se le ocurre que es mejor evadir impuestos y esperar a la siguiente amnistía. Es decir, el que paga se queda con cara de tonto. Al italiano esto le sienta fatal, es lo peor que le puede ocurrir: ser el perdedor donde es pecado no ser un listo. Hablando de pecado, lo del ‘escudo fiscal’ nos trae de nuevo el tema de la piedad. En Italia siempre se espera en el perdón, en la rebaja del castigo, en una excepción a las reglas. Y lo malo es que a menudo ocurre. Así no hay manera de que funcione el sistema. Esta semana, también ‘La Stampa’ relataba el caso de una empresa de remolcadores del puerto de Livorno (norte) que había despedido a dos trabajadores por robar ocho litros de gasóleo. Ellos han alegado que lo hacen todos los trabajadores de la empresa desde los años sesenta, que es una minucia de los miles de litros que se gastan y que la dirección más o menos lo sabe. Decisión de la juez del tribunal de trabajo: deben ser readmitidos, porque «es un comportamiento tolerado, mantenido por todos y tácitamente admitido. La empresa lo sabía y no lo ha sancionado nunca». En todo caso, quizá echen a quien no robe.
Es lo que ha dicho Berlusconi muchas veces, y una de ellas siendo primer ministro en un discurso en visita oficial a la Guardia di Finanza:
«Hay una norma de derecho natural que dice que si el Estado te pide un tercio de lo que has ganado con tanto esfuerzo te parece una petición justa, y se lo das a cambio de servicios que el Estado te da. Si el Estado te pide más. o mucho más, hay un abuso sobre tu persona y entonces te las ingenias para encontrar sistemas elusivos o incluso evasivos, que sientes en sintonía con tu íntimo sentimiento de moralidad, y que no te hacen sentir íntimamente culpable».
(11 de noviembre de 2004)
Toda una lección de capitalismo, como la de Totó. Ya ven que lo del derecho natural Berlusconi lo esgrime de maravilla, siempre a su favor, como el Vaticano. Por cierto, echen un vistazo a la última encíclica de Benedicto XVI, ‘Caritas in veritate’, que va de economía. Le da un palo muy bien dado a tiburones financieros sin escrúpulos y empresarios explotadores, a los contratos basura y a la precariedad laboral. Pide una nueva ética económica y el regreso del «trabajo decente». En ningún lugar ha sido recibida la encíclica con tanto gozo y alegría como en Radio Vaticana: ¿Significará esto que por fin van a poner en regla, como Dios manda, a toda la gente que trabaja sin contrato desde hace años y hasta sin cobrar los domingos, el día del Señor?
Es curioso, pero en Italia de est
o tampoco se habla y lo sabe todo el mundo. Es poco probable que les manden una inspección. El Vaticano, estado soberano, no tiene que rendir cuentas a nadie y hace lo que quiere. Es imposible saber cuánta gente tiene en negro. Pero es comprensible, Radio Vaticana pierde mucho dinero -hasta ha empezado a meter publicidad- y hace como todo el mundo. El camino de la santidad está lleno de obstáculos. Los trabajadores que lo sufren también son como los demás: piensan que sus jefes son un poco jetas, como en cualquier empresa. Aunque en su caso estarán de acuerdo en que es un poco más fuerte. A algún locutor sin contrato le puede haber tocado leer informaciones de la encíclica en la que el Papa pide al mundo que no se haga bajo ningún concepto lo que la radio del Papa le está haciendo a él. Desde luego lo habrá leído con mucho más sentimiento que uno fijo y puede que haya logrado conmover a algún gran empresario, o incluso a sus jefes. Por qué no, en esta radio creen en los milagros. De todos modos Radio Vaticana paga bien y nadie dice nada. No van a ir con las pancartas de 'Contrato súbito' a la plaza de San Pedro, pero entretanto, por ejemplo, a estas personas nadie les da un crédito para una hipoteca y se demora la formación de la familia, cosa que sin duda causa contrariedad en la Iglesia.
En fin, no se lo tengan en cuenta a Benedicto XVI si por casualidad leen la encíclica, porque seguramente no tiene ni idea de estas cosas que pasan en sus oficinas, y tampoco se lo van a decir ahora para darle un disgusto. El Papa será universal, pero el Vaticano es una cosa muy italiana. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Para terminar, recordemos la lección magistral de Totó sobre cómo destripar cajas fuertes en ‘I soliti ignoti’ (‘Rufufu’ en español, obra maestra de Monicelli, 1958), siempre con la angustia de ser sorprendido por la visita de la Policía y encima, toreado por los niños del vecindario. Naturalmente, uno se pone de la parte del delincuente.
De todos modos, y como siempre, mi rendida admiración por los italianos honestos, que supongo que son la mayoría. Unos héroes.
Algunos de ustedes quizá se hayan asustado mucho al ver este fin de semana en medios españoles terroríficas noticias del regreso a las calles italianas de patrullas fascistas con uniforme casi nazi. Hombre, a estas alturas ya deben de saber que de Italia hay que creerse la mitad de la mitad, pero hay quien sigue insistiendo en tomarse las cosas al pie de la letra. No se preocupen, esto de las ‘rondas negras’ y el chico este de la foto quedará de maravilla en las noticias, que pretenden tenernos perpetuamente escandalizados, pero es para morirse de risa. Bastaba ver quién está detrás del tinglado, el inenarrable Gaetano Saya.
Este siciliano, de 53 años, se dio a conocer hace cuatro años al ser detenido porque había inventado una policía paralela, como la TIA de Mortadelo, llamada Dipartimento Studi Strategici Antiterrorismo (DSSA) para luchar contra la amenaza del terrorismo islámico y, en general, según sus obsesiones, contra una presunta invasión de musulmanes en Italia. No se crean, que andaban por ahí metidos ex-policías y agentes jubilados y tenían placas falsas, sirenas y a veces entraban en las bases de datos. En Italia siempre hay gentuza de los bajos fondos del Estado que se lo monta en secreto no se sabe cómo. Saya es uno de esos elementos. Con ayuda de su mujer, Maria Antonietta Cannizzaro, siempre vicepresidenta del garito de turno, no ha hecho más que fundar partidos, logias másonicas (ahí lo tienen disfrazado como gran maestre) y servicios secretos, aunque a la mínima oportunidad abría una página web para proclamarlo. Para Saya es difícil conjugar el afán de protagonismo con ser agente secreto, lo lleva mal. Es una contradicción muy italiana: todo es secreto pero todo se sabe.
Sus partidos en la última década han sido, a saber: Partito Giustizialista Italiano (con un escudo igual al de la CIA), Partito Nazionale della Destra Italiana, Partito della Rinascita della Democrazia Cristiana y hasta Destra Nazionale Nuovo MSI, para apropiarse la mítica ‘fiamma’ fascista, en litigio judicial con AN de Fini. Como agente secreto es un desastre, porque lleva años presumiendo de pertenecer a «una estructura secreta de la OTAN», como dijo en un proceso contra Andreotti en 1997. El caso es que, asegura, de algún modo entró en el SISMI, los servicios secretos italianos. En Italia todo es tener padrinos.
Para intentar comprender su empanada mental sirve muy bien el detalle que siempre aparece en las entrevistas que da en su ático de Florencia, además de su colección de cascos militares y la reproducción del Juicio Final: tiene dos fotografías gigantes de Reinhard Heydrich, el oficial nazi encargado del Holocausto y, al lado, la menora, el candelabro judío de siete brazos, junto a la bandera de Estados Unidos y la de Israel. «Mis amigos israelíes quedan perplejos, pero es el dualismo bien-mal», explica. «No soy nazi, pero soy un amante del ocultismo y en una sesión de espiritismo me ha sido dicho que soy la reencarnación de Heydrich, y he tomado nota», argumenta. «Es más, soy de religión judía», añade. En su biografía subraya como dato esencial que le educó su abuelo, participante en la Marcha de Roma.
De todos modos la clave la dio su mujer cuando le arrestaron en 2005 por el asunto de la policía paralela: «Gaetano Saya estaba levantando el vuelo. Estaba convirtiéndose en alguien demasiado potente. Entre otras cosas estaba a punto de ser nombrado embajador de un país del centro de África amenazado por la parte musulmana de la población. Y no ha ocultado nunca que quería ser ministro de Interior. Pero esto no se acaba aquí, porque un día acabará siendo ministro de Interior». Bueno, en eso cualquiera sabe, con los precedentes que tenemos. Aunque con esos bigotes... no sé, no sé.
Total, que este fin de semana Saya monta una rueda de prensa en Milán y presenta su último engendro, una delirante Guardia Nazionale Italiana (GNI), con uniforme caqui, águilas imperiales y el sol negro de las SS. Dicen que tienen 2.500 voluntarios, pero no se lo creen ni ellos. Los nazis son siempre noticia y, hala, a dar la vuelta al mundo con las imágenes. Saya encantado, claro. Aunque simplemente es una propuesta para apuntarse a las patrullas ciudadanas que el Gobierno estudia crear, según una propuesta de la Liga Norte que aún está en trámite. En cualquier caso, si es que algún día llega a aprobarse esta tontería, no se aceptarían símbolos políticos y los permisos a las patrullas dependerán de los alcaldes. Es decir, esta patochada jamás llegará a nada. La fiscalía ha abierto la correspondiente investigación por apología del fascismo y ya está. De ahí, njo obstante, los rimbombantes titulares: "Italia investiga...". En fin.
La GNI aseguran que se dotarán de «medios navales y áreos con sistemas de vigilancia visuales y sonoros». Para ello se dividirán en varios departamentos: «protección civil, protección eco-ambiental, protección íctico-faunística-vanatoria, protección zoológica, promoción y divulgación de la historia, de las lenguas y de las tradiciones italianas, con particular referencia al Imperio Romano». Bueno, y como decía Mayra, hasta ahí puedo leer, porque me da la risa.
El que dio la cara, porque es el que sale en todas las fotos disfrazado, y el organizador de la Guardia Nazionale Italiana no fue Saya, claro, sino un pardillo llamado Maurizio Correnti, 38 años, ex-soldado alpino y conductor de autobuses en Milán. Es el chico de la foto de arriba del todo. Al día siguiente, después de ver el revuelo, aseguró en la prensa que no sabía que esos símbolos eran fascistas, que los cambiarían y que, es más, salió indignado de la rueda de prensa tras ver los saludos romanos. Hombre, es como aparecer vestido de torero en la plaza de Las Ventas creyendo que es para un campeonato de voley-playa. Lo cierto es que en las imágenes de la rueda de prensa lo vemos en una esquina de la mesa, más perdido que un pulpo en un garaje y convertido en un personaje totalmente fantozziano. Si es que hasta se parece a Fantozzi:
Este vídeo está adornado al final con unas imágenes de 'Fascisti su Marte', descacharrante película de Corrado Guzzanti que hemos puesto alguna vez.
Sin embargo, cuando Correnti quiso desentenderse del camelo ya era tarde: Saya estaba despendolado en Internet con un bigotillo graciosísimo -nada que ver con el modelo máson- llamando a los «verdaderos italianos» a la causa, aunque llevaba la bandera italiana puesta del revés. Ayayay esos detalles minan la credibilidad de la cruzada:
Sinopsis: La noticia de tono jocoso del TG3, históricamente rojillo, empieza con Saya y pasa al pobre Correnti, que dice que son como la Protección Civil y no van a pegar a nadie. Se le ve ya confundido, y explica que cambiarán el color de la camisa, que será roja, con corbata blanca, y que no es fascista. Sobre la rueda solar nazi dice que es un símbolo de la derecha que le gustaba y se lo pasó Saya. «¡Si me llama el PD yo voy!», aclara. Termina diciendo que también quitará el águila, aunque no reniega de Saya...
Bueno, al día siguiente ya renegaba de Saya. En el periódico de ayer, ya en pequeñito, el pobre Correnti, muy apesadumbrado, anunciaba que ya ha cambiado el uniforme y que, esta vez sí, será azul. Que quiere hablar con Saya inmediatamente y sus relaciones están congeladas, porque se siente engañado: «La Guardia Nazionale era mi criatura, he cuidado los detalles, he empleado mi tiempo y mi dinero. Saya era un asesor. Con toda probabilidad transferiremos la sede nacional, aquí hay una atmósfera que no me gusta. Estoy dispuesto a dimitir». Si es que no se fijan. Como los medios alarmistas que ven el fascismo por todos lados.
Hombre, yo creo que esto es una noticia que se puede contar, pero sabiendo que es todo de chirigota, como el TG3, no lo que se ha visto por ahí. Es como el intento de golpe de estado de pacotilla que describe Monicelli en ‘Vogliamo i colonelli’ (‘Queremos los coroneles’, traducción mía, 1973). Se basa en la génesis del auténtico golpe de estado Borghese, de 1970, que era algo más serio pero que se quedó en nada:
Sinopsis: El inefable Beppe Tritone (Ugo Tognazzi), diputado de extrema derecha venido a menos, acude al campamento marcial de sus chicos, para arengarles. Tras inspirarse con un disco del Duce, habla: «¡Dentro de poco se os confiarán las riendas del país, y digo riendas porque este país necesita las riendas y la frusta! ¡Orden, obediencia y disciplina! (Es lo mismo que dijeron en la rueda de prensa de la GNI) ¡Basta con la antihistórica igualdad! ¿Pero qué quiere decir? ¿Por qué un ingeniero tiene que ser igual a un albañil? ¡Sólo los cojones son iguales uno al otro! (‘Coglioni’ también tiene el sentido de ‘idiota’) ... ¡Destruyamos esta democracia!». Tras el discurso, pregunta al jefe de campo cómo va su hijo, pero le dice que lo ha puesto tres días en las letrinas. «¡Ah, como su padre cuando era joven, resistencia a la disciplina! ¿Qué ha hecho?». Le dice que se ha escaqueado en el ejercicio de arma blanca. Con alguna chica, supone el padre, como él cuando era joven, pero no, ha sido para tocar la guitarra en el bosque. Así que convoca al chico inmediatamente. El chaval le dice que no está hecho para esas cosas, que a él le gusta leer, estudiar, la música... Dice que los demás le toman el pelo, y le llaman maricón. «¡¡¡¡Queeeeé, maricón el hijo de Beppe Tritoni!!!!! ¡¡¡Qué vergüenza!!!», grita el padre. El hijo dice que no es verdad, que son ignorantes. «¡¡¡No me llames ‘papino’, a mí que siempre me han llamado con los nombres más terribles!!! !!Y a mi hijo le llaman maricón, y esto en la víspera de la toma del poder!!!!».
En fin, los auténticos elementos de extrema derecha del Estado han tenido históricamente mucha menos visibilidad y son más siniestros, los famosos ‘servizi deviati’, servicios desviados. Lo demás es folclore, que ahora está más de moda porque con la nueva era berlusconiana están crecidillos. Pero no se lo tomen muy en serio.
Cambiando de tema, por casualidad ese mismo día había otra noticia de interés en Italia, pero no tuvo ninguna repercusión y por tanto no causó ninguna preocupación. Se trataba de la sentencia a las llamadas Nuevas Brigadas Rojas, catorce condenas de hasta quince años a la mayoría de los detenidos en febrero de 2007 por formar un partido comunista político militar con fines eversivos. Tras la sentencia, medio centenar de personas del público, amigos y parientes de los imputados, cantaron la Internacional y corearon lemas como «Contra la crisis del imperialismo guerra de clase para el comunismo» o «Contra el fascismo y la represión, revolución». Vean las imágenes de un informativo, históricamente de derechas:
Hombre, estos sí que van en serio y se lo creen, no como la tropa patosa de Saya. Sí, ya sé, no se vende nada bien como noticia, todos queremos el colorín,el susto y las risas, como en el circo. El resultado es que a menudo las tonterías se presentan como algo serio y las cosas serias ni se presentan, y con Internet y su influencia en los medios esto cada vez va a peor. Veamos. Las Nuevas Brigadas Rojas han asesinado a dos asesores del Gobierno italiano en derecho y asuntos laborales, Massimo D’Antona en 1999 y Marco Biagi 2002. Ahora, según la acusación, este nuevo comando que se estaba formando proyectaba atentar contra otro, Pietro Ichino. Los imputados deben indemnizarle con 100.000 euros, aunque éste ha renunciado si los reos aceptan encontrarle y discutir sus puntos de vista en un diálogo constructivo. Lo cuenta en el vídeo en conexión telefónica.
Ichino vive con escolta desde 2002 y es un impulsor de reformas en el anquilosado mercado laboral italiano. Los títulos de sus dos últimos libros son reveladores: '¿Para qué sirve el sindicato?' y 'Los que no hacen nada', sobre los funcionarios vagos. Para los acusados es un «masacrador de obreros» y le amenazaron cuando prestó declaración en el juicio.
Cuando estas personas fueron arrestadas el jefe de la Policía antiterrorista italiana dijo: «Estamos ante unos marcianos». Se refería a que vivían todavía con la retórica de los años de plomo, pensando en la revolución, la dictadura del proletariado y esas cosas, o como decía el primer número de su pasquín ‘Aurora’, «la meta es la insurrección armada de la masa popular contra el Estado burgués». A mí siempre me choca que, al igual que en la tropa fascista, los líderes suelen ser cuarentones y cincuentones, no jóvenes airados con la revolución en las hormonas. Italia es que no avanza.
De todos modos, para la defensa ha sido un proceso político, un montaje y recurrirá. A ver en qué se queda porque con la Justicia italiana ya se sabe. Los 'centri sociali' -locales juveniles con rollo ideológico donde uno podría pasarlo bien si no fueran tan pesados con las consignas- están movilizados por los camaradas.
Por cierto, la fiscal de melena roja que ven en las imágenes sentada impasible en su escaño es Ilda Boccassini, pesadilla de Berlusconi en los procesos SME, IMI-SIR y Lodo Mondadori. Según el magnate, es una peligrosa magistrada comunista, pero ya ven.
He visto que ha salido este tema en las conversaciones, y me uno al debate. De paso pido disculpas si, por falta de tiempo, no intervengo o no respondo a alguna pregunta. Pero vamos al tema que nos ocupa. Siempre recomiendo Italia a quien quiere aprender inglés, porque por el mismo precio practicas dos lenguas, se entiende mejor a todo el mundo y el clima es notablemente más soleado.
Para que se hagan una idea, imaginen un telediario más o menos así (quizá les haga falta un diccionario):
Bienvenidos a las news. Este weekend se ha producido una scalation de violencia que ha terminado con un blitz (esto es alemán) de la Policía, la captura de un killer y de una baby gang. Confiscados dos computer y un station wagon. El ministerio del Welfare se plantea crear una task force, mientras el premier piensa en una exit strategy para solucionar la spy story en la intelligence. Quizá todo se resuelva en un election day, aunque dos ministros han dado forfeit (o forfait, aquí se hacen un lío con los idiomas) y no han acudido al meeting de hoy, que ha sido una full inmersion en el análisis de la crisis. No se descarta que el presidente ejerza su moral suasion. Economía: el Estado lanza sus bond contra la crisis, mientras cae la confianza en los hedge founds. Show de Berlusconi mientras hacía shopping, vestido casual, en un bookshop: desmiente la love story con una hostess en el party de las nomination de los mejores film y fiction italianos. Sólo bebimos un drink, ha aclarado. Ella es single. Standing ovation de los presentes. Pasamos al sport: tensión por el big match de mañana de la Under 21 en el stop del campeonato, los steward del estadio temen incidentes cuando lleguen los pullman de aficionados. Record de share en la retransmisión de ayer. Buonasera.
Pues sí, hablan así. Esto ocurre con la mayor naturalidad. Es más, hay carreras por introducir nuevos palabros sajones, que rápidamente se extienden en la calle. Imagino que es por parecer modernos, y también por esa ancestral adoración hacia lo estadounidense de la que ya hemos hablado varias veces -creo, porque a veces me hago un lío-. Como cantaba el gran Renato Carosone, lo que pasa es que 'Tú quieres hacer el americano':
El resultado es que la hermosa lengua italiana sufre puñaladas a diario desde hace años. Resulta muy llamativo el escaso respeto por la propia lengua que hay en este país. Consecuencia, supongo, de una unidad lingüística y política reciente, del rodillo del mediocre lenguaje televisivo y de esa falta de apego genética por lo colectivo. Existe una especie de academia de la lengua, la Academia de la Crusca de Florencia, con una historia muy curiosa, pero que pinta aún menos que la española. Sobre el italiano y las lenguas italianas sigue quedando pendiente un capitulillo.
Por su parte, a los italianos les hace mucha gracia que traduzcamos los términos ingleses, como los franceses. Se mueren de risa con ‘perrito caliente’ o con el ‘ratón’ del ‘ordenador’. Pero debe reseñarse que en algo tan esencial como el fútbol estamos al revés. Fue obra de Mussolini la insistencia en la ‘italianización’ de la lengua y de ese modo el fútbol es ‘calcio’, el córner es ‘angolo’ y el penalty es ‘rigore’. Ahí nosotros nos hemos comido el inglés con patatas.
Otro elemento interesante es la pronunciación. El español, tímido, con miedo a destacar y al ridículo, con complejo de paleto, se limita a una expresión más o menos plana, sin exageraciones, de la que resulta su acento característico y el deletreo literal. Sin embargo el italiano, de carácter eminentemente interpretativo como sabemos, es muy echado para adelante y se lanza a la piscina. De este modo exagera por el lado contrario hasta extremos muy creativos: la consecuencia es un inglés propio hablado sólo en Italia. Un ejemplo habitual es la palabra club: dicen ‘cleb’. La ‘u’ es ‘e’. La ‘a’ también se transforma en ‘e’ y la hache, al contrario que nuestra jota torera, es totalmente muda: Tom Enks (Tom Hanks), Meneten (Manhattan),... En fin, nosotros decimos Jólibuz por Hollywood.
Por lo demás, como en España, la gente no habla inglés.
Ya dijo el otro día en Davos el ministro de Economía, Giulio Tremonti, medio en broma: los bancos italianos han salido bien parados de la crisis porque no hablan inglés.
Y con esta excusa de los idiomas ha llegado el momento de...¡la supercazzola! Con la ventaja de que no voy a tener que traducir nada:
Sinopsis: La película es, naturalmente, 'Amici miei' (Monicelli, 1975) y viene bien como homenaje a la Crusca, porque transcurre en Florencia. Además usan un palabro inglés nada más empezar a hablar. Dos de los gamberros suenan la bocina para que salgan los demás ('claxonan', dicen ellos) del bar del Necchi, pero aparece un guardia a multarles. Mosquin y Noiret empiezan a tomarle el pelo, pero entonces aparece Tognazzi, el mítico conde Mascetti: "Prematurata la supercazzola o scherziamo?", que no significa nada. Desde aquí ya no tengo que traducir, porque usa un lenguaje inventado, mezclado con palabras italianas sueltas, para mofarse de todo hijo de vecino. Algo así hizo luego Antonio Ozores en el 'Un dos tres'. Y también tenemos el gíglico de Cortázar, claro.
Por vacaciones y acumulación de material tenía un remanente de hechos insólitos que paso a referirles. Debido a las quejas de algunos lectores, que alegan que no toda Italia es igual y que en el norte no pasan estas cosas, he tenido cuidado de especificar la localización geográfica, para que no se produzcan lamentables equívocos.
Justicia increíble. Un albañil de Ferrara (norte) que fue juzgado y absuelto por el asesinato de su mujer en 2004 decide confesar que en realidad sí lo hizo, pero sabiendo que ya no se le puede condenar, pues la sentencia es definitiva. Se presentó en comisaría a primeros de enero, porque no podía con el peso en la conciencia, según dijo. No obstante, en los días siguientes ofrece entrevistas y sale en la tele contando su caso y cómo lo hizo.
Más Justicia increíble. Un juez de Milán (norte) condena a un ladrón de 35 años, delincuente habitual, a arresto domiciliario. Sin embargo, su padre está harto de él y se niega a acogerlo en el hogar familiar. Es decir, el reo carece de residencia. ¿Solución del magistrado? Arresto domiciliario en un banco del parque de via Trieste, en Limbiate. El reportaje del ‘Corriere della Sera’ se acompaña de foto del tipo en su banco, como Forrest Gump, con un perro.
Moralidad y buenas costumbres. El ayuntamiento de Candiolo, un pueblecito de Piamonte (norte) de 5.000 vecinos, ha prohibido la prostitución en la espesura de las afueras, con multa de 274 euros a los pillados ‘in fraganti’. La relación de las excusas presentadas por los acusados, a veces sorprendidos con los pantalones bajados, es memorable. «Estaba buscando setas, qué culpa tengo yo de que el bosque esté lleno de putas». «Tengo disentería, no aguantaba más y he corrido hacia el bosque, no tengo nada que ver». «El médico me ha dicho que para curar la próstata debo tener relaciones sexuales frecuentes y como no tengo muchas mujeres a mi disposición...» (acompaña certificado médico). El mejor es el de un hombre sorprendido en pleno acto sadomaso profiriendo gritos agresivos: «Yo con esta chica me quiero casar. Ni siquiera le pago (técnicamente no es prostitución). Le quiero regalar un futuro diverso, lejos de esta mierda....»
Sanidad. Nueva gigantesca estafa en la Sanidad del Lazio, la región de Roma (centro), calculada en unos 10 millones de euros entre 2005 y 2007. Tras el escándalo de las miles de recetas falsas, un nuevo frente inverosímil. En 33 ambulatorios y clínicas concertadas se han descubierto «anómalas concentraciones de prestaciones». Es decir, servicios nunca realizados pero cobrados. No se crean que se andaban por las ramas: 741 tipos de Civitavecchia fueron operados, en teoría, hasta 1.600 veces de cataratas cada uno en el mismo año. Ver para creer, aunque quizá no sea la mejor expresión. Pero hay ciudadanos que acumulan 2.241 prestaciones al año, entre visitas, análisis, TAC y ecografías, equivalentes a ocho servicios al día. Vamos, que ni iban a comer a casa.
Camorra. Detenido en Nápoles (sur) otro actor de ‘Gomorra’ por ser en la realidad miembro de la Camorra. Es el cuarto.
Balance de Nochevieja por disparos festivos de bala al aire. En Nápoles (sur), un muerto y tres heridos. El fallecido es un joven de 25 años que estaba asomado al balcón. A los tres días se entregó la sospechosa, una joven de 23 hija de un capo de la Camorra. En Lombardía (norte), tres heridos. En Sicilia (sur), una joven de 25, herida por su propio padre, guardia jurado, que se puso a disparar para celebrar las campanadas. Total de heridos en Italia (norte, centro, y sur) por petardos y cohetes, 354, con 28 heridos graves.
Santa Sede. Desde el 1 de enero el Vaticano (centro) decide dejar de aplicar las leyes italianas «por su número exorbitante, porque son confusas, inestables, ilógicas, contradictorias y amorales», aunque han tardado más de un siglo en enterarse.
Amor. Una joven de Savona (norte) decidió hacerse monja y entrar en un convento en Montecassino (sur). Su novio, dolido después de seis años de relación, se hizo 500 kilómetros con el coche y se plantó ante el cenobio con una pancarta. «Deja a Dios, vuelve conmigo», decían los titulares de los periódicos. En realidad, si uno leía el artículo, no decía eso (suele pasar), sino algo más etéreo que quedaba fatal para el titular, sin ninguna fuerza: «He venido hasta aquí con el corazón, pero mi deseo es que seas feliz». Quizá si el chico le hubiera dejado a un periodista le hubiera mejorado la frase. Pero el caso es que allí estuvo con la pancarta. Al final lo dejó.
Cuento negro. El señor Antonino Tripoli, jubilado de 66 años, de Palermo (sur), estaba en coma desde hacía diez días después de que le dispararan cuatro tiros en la cara. Era como el hombre invisible: toda la cabeza vendada y apenas dos agujeros en la cara. Los médicos no daban ninguna esperanza. De repente se despertó. Sin hablar, con gestos, pidió que llamaran a la Policía. Cuando llegaron los agentes, señalando fotos, siempre sin decir una palabra, como un fantasma, les dijo quién le había disparado: su nieto, Domenico Gargano, de 32 años, que había ido a verle compungido varias veces al hospital. A los dos días se murió. Titular: «Vuelve de la muerte y acusa a su asesino».
Tiempo. Para terminar, uno de mis favoritos. ‘La Stampa’ denuncia de nuevo que el gran reloj de la estación central de ferrocarril de Milán (norte) lleva 45 años parado en las 10.52. A los dos días, por fin, rápida intervención de las autoridades: tapan el reloj.
Además de la curiosa pero sin duda casual proliferación de localidades del norte, les habrá llamado la atención que el común denominador de casi todas estas historias es el ingenio, la genialidad, característica admirable de este gran pueblo. ¿Qué es el genio? Nos lo explica esta inolvidable secuencia de ‘Amici miei’ (1975, Mario Monicelli), película talismán de nuestro blog. Ocurre cuando la panda de amigos gamberros se cuela en una fiesta para comer con todo su morro y, de paso, para que el Necchi pueda ir al baño:
«¡Y continúa, no se para!», grita asustada la madre.... «¿Qué es el genio? Fantasía, intuición, decisión y velocidad de ejecución», nos cuenta la voz en off de Tognazzi. «No se puede imaginar cuán precioso es un amigo así, como el Necchi, especialmente en los momentos difíciles, en los que uno se estanca un poco...», comenta al final con melancolía.
Estos días hay revuelo por el proyecto de hacer un 'prequel' del filme ambientado en el Quattrocento y la gente se ha rebelado en masa en Internet. El 'Corriere' abrió una encuesta para votar la mejor escena, pero sólo había seis para elegir (era difícil, la verdad) y esta no estaba. No se preocupen que ya las iremos poniendo.
Nadie lo ha dicho, y ya es raro, porque los aniversarios se han convertido en noticias muy socorridas para llenar, pero se han cumplido 50 años de la inauguración oficial de la ‘dolce vita’. No fue con la película de Fellini, que se estrenó en 1960 y retrató ese mundillo, sino con un curioso episodio que en 1958 sacó a la luz las juergas nocturnas de la noche romana y causó un escándalo monumental. Como hemos ido viendo, las bacanales venían al menos desde hacía una década, pero una cosa es que se sepa y otra que se diga. O que se vea, porque eso fue exactamente lo que pasó gracias a una figura que nació entonces y hoy goza de gran predicamento: el paparazzi. Aún no tenía ese nombre, porque se popularizó a raíz de Paparazzo, el nombre del fotógrafo que acompaña al personaje de Marcello Mastroianni en ‘La dolce vita’.
Pero vamos a los prolegómenos, como dicen los locutores deportivos, a lo que pasó en 1958. Uno de esos fotógrafos picaruelos de la noche, Tazio Secchiaroli, se cascó una foto de un strip-tease desmadrado en el sótano del ‘Rugantino’, un restaurante de Via Veneto. La foto, hoy famosa y que tienen ahía arriba, muestra a una joven morena despatarrada en bolas en el suelo al ritmo de un tambor entre señores sudorosos con corbata y señoras bien de aire divertido. La imagen decía muchas cosas. Había frivolidad y algo pecaminoso, pero sobre todo lo entretenido, lo improvisado, la poca sensación de culpa, la atmósfera lúdica
y casi infantil de picnic, sugerían que no era un día de locura de un grupo de exaltados, sino la alegre vida habitual de la Roma pija. Que al día siguiente podía ir a la misa del Papa en San Pedro como si tal cosa. Como decíamos, llevaban diez años así, dándole al tambor. Pocos meses después, en marzo de 1959, Fellini empezó a rodar su película.
La chica de la foto era otra guiri de vacaciones en Roma, tema o pretexto de estos capítulos caóticos. Se llamaba Aichè Nanà, tenía 22 años y era armena, así que a lo mejor era inmigrante, y no turista. Turista sólo es el que se lo puede pagar, una condición reservada a ciertas nacionalidades que se lo pueden permitir. Nanà se convirtió de inmediato en símbolo de la vida loca romana, aunque siempre ha dicho que aquello arruinó su carrera. Explicó que era una fiesta privada con tan buen rollo y con tantas risas que acabó despelotándose. Pero tuvo la mala suerte de que se coló un fotógrafo. Según ha repetido, dos días después tenía una prueba con Vittorio de Sica, que la anuló al verla en pelotas en la prensa. A partir de entonces nadie quiso contratarla. Esta gente de vacaciones en Roma fue esencial en la dolce vita, que hundió a esta extracomunitaria armena, pero en cambio ensalzó a una turista sueca. Hablamos, efectivamente, de Anita Ekberg o, como se la conoce en Roma por razones obvias, Anitona.
Tamaña muestra de belleza, hedonismo y vitalidad fue recibida con escándalo en el Vaticano. Hace poco han salido a la luz unas cartas muy graciosas de Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán que poco después sería Pablo VI, y el arzobispo de Génova, el cardenal Giuseppe Siri, que en el cónclave sería su rival. Curiosamente este intercambio epistolar fue a raíz de que Siri, símbolo del sector ultraconservador, habló bien, o no mal del todo, de ‘La dolce vita’, y Montini le llamó la atención. «Recibo protestas muy graves de que es un filme de tal inmoralidad y tan mal ejemplo sobre la depravación humana que haría falta una intervención de la autoridad eclesiástica para hacerlo retirar de los cines», decía Montini, el progre. Siri se excusó diciendo que no defendía «la visibilidad» de la película, sino la obra en sí y las notables cualidades del director: «El filme es verídico, y algunos han reaccionado porque golpea horriblemente la vida de muchos: se ven descritos y han tenido miedo de sí mismos». Es decir, Siri valoraba la obra, aunque eso no quitaba que pensaba que era mejor que los fieles no la vieran. Ah, por cierto, a todo esto Montini hablaba sin haberla visto. No sé si después llegó a verla. Si no es así desde luego sería papa, pero mira que morirse sin ver ‘La dolce vita’. Eso no tiene perdón de Dios.
El protagonista, Marcello, un cronista desencantado de la vida social, es un trasunto del propio Fellini, que también fue un forastero en Roma, a donde llegó desde su Rimini natal para ser periodista. Era lo que quería hacer por lo que había visto en las películas americanas: tipos con el sombrero echado hacia atrás, que fumaban, echaban tragos, callejeaban y no daban ni golpe, aunque, qué curioso, encontraban historias. Entonces se podía hacer, pero hoy, por ejemplo, el sombrero ya no se lleva. Además ahora es mucho más cómodo, basta quedarse sentado copiando lo que sale en Internet. Pero entonces todavía se mandaba a los reporteros a los sitios y un día enviaron a Fellini a Cinecittà, donde se quedó anonadado al ver un rodaje mastodóntico en el que el director dirigía las masas y daba voces con un megáfono desde una torre. Era Alessandro Blasetti, del que ya hablamos en un capítulo de esta serie. Fellini pensó que él, vago, con tendencia a la dispersión y sin sentido del orden ni la autoridad, no estaba hecho para el cine. Por fortuna, conoció a Roberto Rossellini, que rodaba por ahí con poca gente y lo que le parecía, como quien escribe o pinta. Fue una revelación. Si no es por él, no habríamos tenido a Fellini. Ya ven, repetimos, que Rossellini tuvo su importancia.
Pero volvamos a Anitona, no nos distraigamos. Como se podrán imaginar, y ya lo contamos en otra ocasión, en Roma había cola para tirársela. Sin embargo ella venía avisada. Durante el rodaje, Mastroianni se le acercó y dijo que quería pedirle un favor. «Yo no estar interesada en mamadas», respondió ella, por si acaso. El bueno de Marcello también era una pieza de cuidado. Una vez tuvo que repetir ocho veces un beso a Romy Schneider y murmuró: «Y encima me pagan por esto...». Al final el que se llevó el gato al agua con Anitona fue Dino Risi, que sólo por eso ya debe de figurar en la historia del cine. Un poco más adelante, en la letra T, encontraríamos a Francois Truffaut con una descripción más o menos así: «Ciudadano francés (1932-1984) que se lió, entre otras, con Jeanne Moreau, Julie Christie, Catherine Deneuve, la hermana de ésta, Jacqueline Bisset y Fanny Ardant». Y luego ya: «Cineasta, hizo 24 películas, etcétera...». Con ese currículum, que logró sólo a base de ser majete y tímido, quién quiere una filmografía. Aunque en el caso de Truffaut están en total armonía. Bueno, ya les dije que aprovecharía cualquier excusa para hablarles de Truffaut. Aquí le vemos con Jacqueline en una escena de 'La nuit américaine' (La noche americana, 1973), película maravillosa donde las haya:

El ácido maestro Risi, fallecido este año (el señor de la foto de abajo), ha dejado escrito un librito entrañable, ‘I miei mostri’ (Mis monstruos), en el que cuenta chascarrillos y recuerdos. Y relata un día que pasó con Anita Ekberg. La actriz tenía una lancha que conducía ella misma y salieron a dar una vuelta. Ya en alta mar, se desnudó con la melena al viento. Encontraron un petrolero sueco y los marineros se abalanzaron a la barandilla a mirar y lanzar aullidos. Uno hasta tocó cuatro veces la sirena. El diario de a bordo de ese día debe de ser un poema. Anita reía como loca y habló a voces con la tripulación. Eran de Malmöe, su ciudad. Siempre en bolas, Anita dio dos vueltas al petrolero de premio. De consolación, se entiende. «Pobrecitos, ellos c
ontentos de ver mí desnuda», decía en su italiano macarrónico. Risi flipaba. Luego volvieron a la villa que ella poseía en Roma, situada en una colina, con un prado que terminaba en una piscina de azulejos negros. Tenía dos doberman. De repente apareció un tipo, un actor americano. Su marido. Llevaba un saco. Se sirvió un whisky y arrampló metódicamente con todos los objetos de valor que vio por la casa. Platos, cubiertos, todo. Se fue y Anita se quedó llorando. «Tú no héroe, ¿eh?», preguntó a Risi. «No», contestó él. Y ahí se acabó su historia.
Ante estas avalanchas de extranjeros que, como hemos ido viendo, llegaban a Roma, el talante local hacia el visitante se traducía, y se traduce, en intentar ligarse a las turistas e intentar darle el palo a los turistas. Es tan evidente que no tenemos ni que cambiar de escenario para observar la otra cara del fenómeno. Por la noche se baña Anita, pero miren lo que pasa durante el día. En esta célebre escena de 'Totòtruffa 62' (Mastrocinque, 1961), el gran Totó vende a un incauto la mismísima fontana de Trevi.
Sinopsis: Totó empieza su número, una vez vista su presa, echando a los niños que intentan robar monedas y quejándose al guardia. «¿Lo sabe que pierdo millones de liras al año con estos niños? El sábado cuando limpio la fontana me faltan siempre 3.000 o 4.000 liras», lamenta. «Ah, ¿pero las monedas son suyas?», pregunta el incauto. «Esta es la famosa fontana de Trevi, que pertenece a mi familia desde hace generaciones», y se presenta como el cavaliere ufficiale Antonio de Trevi. «¿Es un buen ‘bisnís’ (bussines)?», pregunta el otro. Totó le expica que, además de las monedas que tira la gente, alquila la fuente para rodajes. En ese momento completa la escena acercándose a un turista y pidiéndole en voz baja un donativo para la Cruz Roja, aunque a la víctima le explica que acaba de cobrar los derechos de imagen por las fotos. Cada foto cien liras. «Ah, yo he hecho tres», añade el inocente, que le paga religiosamente. Mientras se acerca el cómplice, Totó le da carrete y le explica que la fuente la hizo un arquitecto que su bisabuelo hizo venir de Suiza. Cuando el turista le replica que la guía la atribuye a Bernini, Totó está hábil: «Claro, venía de Berna y era bajito, por eso le llamaban Bernini». El incauto se sincera: es hijo de emigrantes italianos en América y quiere establecerse en Italia. Totó le propone venderle la fontana, porque algún día se jubilará. Además explica que aquello no le va bien para el reúma, todo el día cerca del agua: con diez millones está hecho. A la espera del contrato, Totó le pide una fianza. En ese momento interviene el cómplice, con acento toscano (no se pronuncian las ‘ces’, que se aspiran en forma de hache, por ejemplo hohahola=cocacola). Quiere comprar la fontana para una película americana y sube la oferta de la fianza. Al final la víctima pica y ofrece 500.000 liras. Creyéndose ya el propietario de la fontana acaba bastante mal. En efecto, a veces Italia es para volverse loco.
En ‘Guardie e ladri’ (Monicelli, 1951), que fue premio al mejor guión en Cannes, Totó se marca otro timo extraordinario a un turista norteamericano, esta vez en el Foro Imperial.
Sinopsis: Totó y su cómplice ensayan la venta de una moneda falsa a un turista norteamericano cuando aparece uno de verdad. El cómplice deja la moneda en el suelo y Totó se presenta como guía improvisando una explicación macarrónica. Un viandante que se lleva la moneda obliga a colocar otra, que Totó tarda en encontrar. El cómplice se presenta como profesor numismático (de asmática, dice Totó) que previene al turista de los timos, pero acaba por admitir que la pieza es auténtica. Empieza la venta mientras aparece el tipo que ha encontrado la otra moneda, al que echan sin contemplaciones. Pero una vez que el turista ha picado, es quien le abre los ojos.
Risas y chicas aparte, como deja entrever la película de Fellini, la mirada desolada de Mastroianni, lo curioso de esta juerga general, esta dolce vita y tanto jijijajá es que se asentaba en un boom económico que, no obstante, era un espejismo y cubría un vacío moral... ¿les suena el fenómeno? La comedia ‘all’italiana’ se basó en explotar sádicamente esta dualidad para hacer reír con una carga de sátira social y melancolía. Dino Risi lo clavó en una de sus mejores películas, ‘Una vita difficile’ (1961), un año antes de su otra obra maestra ‘Il sorpasso’ (La escapada, 1962). Vean, vean en qué se queda el jolgorio cuando llega el amanecer:
La musiquilla de fondo de guateque o de ritmo circense es una marca de la casa del cine italiano que siempre aligera lo que se ve. Esta escena de Alberto Sordi borracho escupiendo a los coches, fruto de una improvisación, es antológica. Y para lo que nos interesa, fíjense en su imprecación al autobús de turistas alemanes: «¿Qué venís a ver aqui? ¡No hay nada que ver, es todo un asco, no visitéis Italia, quedáos en vuestra casa que es mejor!». Esta idea de que Italia es un asco es algo que se dicen los italianos cuando se cabrean, los días que vienen mal dadas, que es bastante más a menudo de lo que quisieran. Sin embargo, el resto del mundo lo sigue ignorando y le parece todavía un lugar maravilloso para ir de vacaciones. Así que también nosotros continuaremos volviendo el próximo día.
Los postfascistas de Alianza Nacional (AN), uno de los dos partidos de la coalición PDL de Silvio Berlusconi, están muy exaltados con la conmemoración del 4 de noviembre. ¿Qué? ¿El 4 de qué? Sí, es lo mismo que se preguntan tres de cada cuatro italianos, que no saben lo qué es, según una encuesta que publica hoy el ‘Corriere della Sera’. Pero hay que saber un poco de historia, por lo menos para sacar quesitos amarillos en el Trivial: el 4 de noviembre fue el día del final de la Primera Guerra Mundial en Italia.
Está bien celebrar el final de las guerras, pero es que el Gobierno le ha dado por celebrar ahora, por primera vez, la victoria en esa guerra. El ministro de Defensa, Ignazio La Russa (AN) se ha puesto muy pesado y ha introducido esta novedad conmemorativa, aprovechando que hoy ya se festeja el día de las fuerzas armadas. Le vemos a la izquierda en una imagen de esta mañana, haciendo risitas con Berlusconi. Al lado, el presidente de la República, Giorgio Napolitano, está más atento a los solemnes actos.
Bueno, se dirá, pues que lo celebren. Total, han pasado 90 años. Lo que pasa es que últimamente, cada vez que la derecha italiana sale con aniversarios raros, se acaban leyendo libros de historia. Están muy nostálgicos. Bueno, pues esto es lo que he encontrado leyendo a Renzo de Felice, máximo historiador del fascismo italiano:
«El fascismo como movimiento fue en gran parte la expresión de clases medias emergentes, que habiéndose convertido en un hecho social, intentaron conquistar poder político. (...) Fue la Primera Guerra Mundial la que movilizó toda una parte de la sociedad italiana, que hasta entonces había quedado apartada. Y esta parte, movilizada para la guerra pero excluida del poder efectivo, después de la participación tiende, a través del fascismo, a reivindicar y adquirir su función (...) La guerra fue el hecho decisivo que puso en marcha el proceso. Sin la guerra no habría habido fascismo»
Estos chicos de la derecha están en todo. Aunque quizá no hilan tan fino. En realidad, lo que se pretende que esta fecha se añada a las dos establecidas hasta ahora como fiesta nacional en Italia: el 25 de abril, liberación de Italia de la Alemania nazi y derrota del fascismo, y el 2 de junio, referéndum entre monarquía y república, que ganó esta última. En resumen, para la derecha significa más o menos que por fin ellos tienen también algo que celebrar. Por ejemplo, el primer ministro, Silvio Berlusconi, jamás ha asistido oficialmente a las ceremonias del 25 de abril, pero ayer estaba en los actos conmemorativos.
La Primera Guerra Mundial, de todos modos, fue una gigantesca carnicería e Italia, aunque ganó, salió muy mal parada. Por eso se han alzado voces que critican la conmemoración, aunque como todo en Italia, son rabietas políticas. La terrible derrota de Caporetto, por ejemplo, es una trauma nacional. Stanley Kubrick contó magistralmente esta guerra en ‘Senderos de gloria’ (1957). Más modestamente, en Italia lo hizo Francesco Rosi, otro gran director un tanto olvidado, en ‘Uomini contro’ (1970, 'Hombres contra la guerra'), que no está nada mal.
Sinopsis: Un grupo de soldados italianos son enviados a la primera línea con una nueva invención, las corazas Fasina:"Permiten en pleno día acciones de una audacia extrema. El enemigo puede disparar con fusiles, ametralladoras, cañones. ¡Con la corazas Fasina, se pasa de todos modos!". Luego el general añade: "Los soldados romanos vencían gracias a las corazas". Tras masacrarlos, los propios soldados austriacos piden a los italianos que se detengan: "Basta, italianos, no se puede matar así, volved atrás". El teniente (Gian Maria Volontè), harto de combatir, grita: "¡Basta, basta con esta guerra de muertos de hambre, contra muertos de hambre!". Cuando ve al general ordenar el avance dice: "¡Ése es el verdadero enemigo, a nuestras espaldas, soldados alzáos, disparemos allí!".
Por esta película, Rosi fue juzgado por vilipendio al Ejército, aunque fue absuelto.
Mario Monicelli rodó también una película sobre esta guerra, ‘La Grande Guerra’ (1959), una obra maestra. «Caporetto no fue una derrota, fue una rebelión que serpenteaba desde hace tiempo y que explotó, los soldados se negaron a combatir, no soportaban más ser enviados al matadero», ha dicho estos días. Monicelli está a favor de que se recuerde la Gran Guerra, pero por honrar «no a los superiores ni al poder, sino a los soldados, hombres malnutridos,mal preparados, y mal dirigidos que resistieron con dureza». Es lo que cuenta en su película, con Alberto Sordi y Vittorio Gasmann en estado de gracia.
"¡Os hago yo ver como se hacen agujeros a una sartén!", dice Sordi para poder asar castañas.
El Ministerio de Defensa de entonces, dirigido por Giuilio Andreotti (sí, el mismo, ya en el 59), no le quiso prestar ayuda con material militar. De Monicelli, Gassman y Sordi se esperaba una comedieta irreverente. Pero salió un peliculón. Es un ejemplo sublime de algo que aparece en casi todas las películas bélicas italianas: retratan al soldado italiano como alguien descreído, que va obligado al combate, que desconfía de grandes valores como la patria o la nación y que, si puede, evita la violencia e intenta sobrevivir por su cuenta. Pero que saca toda su humanidad y heroísmo cuando menos se espera. Yo, en particular, si hay una guerra me iría con los italianos.
En la Primera Guerra Mundial Italia estaba al principio con la Triple Alianza, los que perdieron, pero se declaró neutral y luego, con pactos secretos, pasó al otro lado. En la Segunda Guerra Mundial se alineó con Hitler, pero tarde, sólo cuando la guerra parecía ya ganada. Sin embargo al final terminó en el otro bando, el vencedor.
Para terminar, volvemos a Renzo De Felice (aquí al lado, con su Toscano en la boca). Decía otra cosa sobre el auge del fascismo que da que pensar estos días, por lo que se oye sobre la famosa crisis económica:
«En Europa hay entre las dos guerras una cierta crisis general, que asume consistencia después de la crisis de 1929. Una crisis moral y política que afecta a vastos sectores de la burguesía, especialmente de la pequeña burguesía, y a ciertos ambientes intelectuales. Es una crisis de desconfianza en la democracia y en el capitalismo, y principalmente en su eficiencia y funcionalidad, una crisis que después se amplía a toda una serie de aspectos de las sociedad de aquel tiempo. En esta situación se produce un despertar, un surgir ‘ex novo’ de interés por una serie de experiencias que se plantean como alternativas a la democracia y como un intento de poner fin a las principales disfunciones del capitalismo».
(Como la cita anterior, es una reflexión de su clásico 'Entrevista sobre el fascismo' (1975), que imagino, o quiero imaginar, que estará editado en España)
Nunca se sabe dónde llevan estos arreones de la historia. Y ¿no hay cierto aire general de que esto del capitalismo es una farsa y la democracia un programa televisivo malo?
A propósito, para comprender la crisis y cualquier otra cosa, recomiendo fervientemente el blog de Anatoli, un inmigrante de remoto origen eslavo, célibe y obsesionado con los membrillos. Vayan, vayan a ver.
Por cerrar el tema de los floreros, simplemente notificar que el jueves fueron elegidas por fin las dos 'veline', rubia y morena, que amenizarán con sus movimientos sexy el popular programa 'Striscia la notizia' durante los próximos dos años. Un sueño, aunque es un trabajo duro. Con sólo unos minutos a disposición, deben propiciar las erecciones de la audiencia masculina en la primera franja nocturna, dar envidia a la audiencia femenina que quiere ser como ellas y anunciar zapatos en las interrupciones publicitarias.
La rubia se llama Costanza, siciliana, La morena, Federica, romana. Las dos tienen 18 años. Emocionadas, ambas aseguraron que fue toda una casualidad que se presentaran. Prácticamente las obligaron: salían de un centro comercial y fueron captadas por comités de inscripción. Aunque resulta que una ya se había sido Fotomodella del año y la otra fue Miss Roma 2007 y se presentó a Miss Italia. No obstante, según los organizadores de las 'veline', sus chicas tienen más mérito que Miss Italia, porque ellos exigen saber bailar y hablar, es más profesional.
El novio de Federica es un ex-concursante de Grande Fratello 8 y la besó apasionadamente tras la victoria. Fue amonestado por el programa "porque las 'veline' son las novias de Italia". Qué falta de consideración. Costanza, en cambio, tiene un tatuaje en el brazo que dice 'Nacida para luchar'. Es que estudia Económicas, aunque ahora seguramente lo deje. Dónde va a parar. En la final estuvieron presentes dos de las primeras 'veline', de principios de los noventa. Ahora se dedican a sus labores y mostraron orgullosas las fotos de sus niños.
Tenía otra cosa pendiente, para los fans de 'Amici miei', de Monicelli. La célebre escena del tren que poníamos en el anterior capítulo tiene un famoso homenaje-epílogo en una película de Fantozzi (nuestro héroe, no el de Alitalia). Como cualquiera, quiso imitarla. Lo hace en 'Fantozzi va in pensione' (1988, algo así como 'Fantozzi se jubila'): se aburre, siente un resurgir de energía juvenil y se apunta a una banda de macarras. Lo del tren es una de las pruebas a las que le someten. Aunque tratándose de Fantozzi, las cosas no salen del todo bien...
El inútil de Fantozzi se equivoca de andén y elige un tren... de llegada. Que sirva de aviso a quien tenga la tentación de imitar la escena, aunque hoy, con el AVE y sin ventanillas, es difícil. Salvo en algunos trenes italianos que siguen siendo los mismos.
No sé si por allí se habrá destacado la presencia de Mario Monicelli en el festival de San Sebastián. Supongo que no. Bueno, desde este escondido rincón de tan dudoso criterio, la destacamos. Monicelli, este señor de 93 años con 66 películas, casi todas buenas, les da mil vueltas a Antonio Banderas y Meryl Streep, premios Donostia, y creo que hasta Woody Allen iría a besarle la suela de los zapatos.
Ver Guardie e ladri, I soliti ignoti, La grande guerra, L’armata Brancaleone, Amici miei (uno y dos), Il marchesse del Grillo, Cari fottutissimi amici, La ragazza con la pistola, Casanova 70, Un borghese piccolo piccolo o Romanzo popolare hacen la vida mejor y enseñan a vivir. Yo las vi casi todas en la tele, de pequeño. Hoy es imposible, por no decir impensable. Muchas no se encuentran en DVD. No sé muy bien dónde está la globalización y todo este acceso ilimitado a la cultura. Como tampoco sé dónde está la televisión pública.
Monicelli, con Risi, Germi, Comencini, Loy, Zampa, y tantos otros dieron al mundo esa cosa maravillosa llamada comedia a la italiana. Ningún país ha sido tan consciente de sus defectos, gracias a su cinematografía, tan lúcida, tan despiadada y tan divertida. En España hubo, hay, un Berlanga, pero sólo uno, y bien hubieran venido una docena, sobre todo ahora. Curiosamente, Berlanga es el más italiano de nuestros directores.
Recuerdo perfectamente el día que vi esta secuencia en la tele y al día siguiente la comentamos en el recreo. Todos la habíamos visto y nos moríamos de risa. Hoy es una cosa marginal, de cinéfilos.
Sobre este blog
Llevo en Roma desde 2001, como la odisea. Es decir, tiempo suficiente para darse cuenta de que no conoceré jamás Italia. Es un país tan popular por sus tópicos que en realidad es totalmente desconocido, y tienen engañado a todo el mundo. Espero poder transmitir la idea.
El periodismo, como a cualquier periodista un poco espabilado, a veces no me convence demasiado, pero se hace lo que se puede, no sé hacer otra cosa y siempre es mejor que trabajar.
El objetivo indisimulado de este blog es descojonarse, para qué nos vamos a engañar. Para las cosas serias ya está el periódico. Si fuera corresponsal en Ulan Bator lo intentaría, pero vivo en Italia. Otro propósito es referir hechos graves que ocurren en este bendito país y que no caben en el periódico, porque ya ni son noticia. Pero no hay que asustarse, en Italia, como decía Ennio Flaiano, «la situación es grave, pero no seria».
Una última pretensión es elogiar y divulgar el cine italiano, así, porque sí, porque es la pera y ya no lo ponen en la tele. Los niños no saben quién es Mastroianni, y eso es terrible.
Otra cosa que debe quedar clara es que no podré por menos que expresar algunas opiniones, pero como decía el inspector Harry Callahan, por algo llamado ‘el Sucio’, «las opiniones son como el culo, todo el mundo tiene una».
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