Íñigo Domínguez
La vida en Roma
Les había dejado diciendo que una vez fui al cine con Tarantino. Naturalmente era sólo para crear suspense, perdónenme el truco. No es que fuera con él, es que me lo encontré allí. Ocurrió en un festival de Venecia. El de 2004, creo. Con el que fui es con mi amigo Rubén, con el firme propósito de reírnos y pasar una noche gamberra. Ese año programaron un ciclo sorprendente: ‘Historia secreta del cine italiano-Italian kings of the Bs’. Digo sorprendente porque fue la primera vez que la Mostra por fin se dignó a prestar atención a este filón de serie B del que estamos hablando. Eso para que vean el nivel de marginalidad que este cine tiene en la propia Italia. Uno de los padrinos del invento era el propio Tarantino, y se comentaba que el tío se veía todas las películas y asistía a las sesiones, que eran a medianoche.
Un festival es una cosa inhumana que hace odiar el cine -y no digamos a la gente del cine- y para mantener la salud mental decidimos acudir a una de las proyecciones. Por alguna razón que no recuerdo, pero que si recordara seguramente no querría explicar aquí, nos inclinamos por una película titulada ‘Orgasmo’. De Umberto Lenzi, 1968. Como se podrán imaginar aquello estaba lleno de friquis. Era el ambiente más natural para lo que sucedió, que de repente apareciera Tarantino y se sentara delante de nosotros. A distancia de colleja, para entendernos.
La cosa fue desde el principio muy interesante porque apareció el director, un señor ya muy mayor -73 años- a presentar la peli y era divertido ver a un venerable viejecito hablar de orgasmos. Disculpen que me enrolle pero tiene que ver con lo que estamos contando. Lenzi explicó con humildad que renegaba del título, porque originalmente el suyo era ‘Paranoia’. Sin embargo los productores le dijeron que eso sonaba a aburrimiento (‘noia’ es ‘aburrimiento’ en italiano) y que nadie iría a verla. Ya ven qué razonamientos. Total, que le pusieron ‘Orgasmo’. Desde luego hay que reconocer que con mi amigo y yo la idea desde luego funcionó. No obstante, todo el buen ojo que tuvieron para el título les faltó para el estreno: apareció en cartel en Roma en plena Semana Santa y con ese 'orgasmo' en los carteles fue totalmente boicoteada. A los pocos días se retiró. Sin embargo en Estados Unidos arrasó y a Lenzi hasta le ficharon para hacer una película allí. Esto para que comprendan las contradicciones de la serie B italiana. Maldita en casa, adorada en Estados Unidos.
Ya ven qué locura. La gente en el cine se reía mucho con los ‘zooms’ vertiginosos, los giros narrativos del relato y las audacias creativas. Tarantino se revolvía en su asiento y aplaudía como un chiquillo. Espero que ahora comprendan mejor su alterado cerebro. Porque ya que hemos entrado en la oscuridad de la sala de cine vamos a quedarnos un rato más en el lado chungo de la serie B. Ya hemos comentado varias veces que Italia, país luminoso, tiene una mitad muy perversa y puede ser un país muy terrorífico. Es un lugar extremo de santos y pecadores. En el cine es igual. Toda una banda de iluminados se dedicó a explotar sus fantasías sin freno, y sin dinero, que tiene más mérito. Cuando uno tiene pasta por lo visto acaba con un cochazo y un transexual. Es buena prueba de estos delirios otro de los títulos malditos de aquella antología que pusieron en Venecia, ‘Non si sevizia un paperino’ (Lucio Fulci, 1972, que significa, por increíble que parezca, ‘No se tortura a un pato’):
Asesinos de niños, curas majaras, sadismo rural, señoritas que pervierten a menores, bosques terroríficos,... Todo lo que quieran y más. Pero entre mucha basura y película cutre había cosas muy interesantes y los americanos y la crítica francesa no paran de estudiar a estos directores italianos que hacían todas las barbaridades que se les ocurrían. Mejor no les pongo ‘Holocausto caníbal’ (1979), de Ruggero Deodato, que ahí donde le ven empezó con Rossellini, al igual que nuestro Jesús Franco empezó con Orson Welles. Habrán oído hablar de ‘Holocausto caníbal’: a Deodato le condenaron a cuatro meses de cárcel y tuvo que llevar ante el juez a los actores para demostrar que estaban vivos y no se los había comido de verdad en el rodaje. Si no la han visto, quizá sí recuerden ‘The Blair witch project’ (1999), pues que sepan que la copiaron de ahí. Por no hablar del documental delirante ‘Mondo cane’ (1962, Paolo Cavara, Gualtiero Jacopetti y Franco E. Prosperi), que también creó escuela. Estos chicos eran pero que muy violentos.
Esto que hemos visto es ‘Cani arrabbiati’ (1974), de Mario Bava, uno de los máximos autores de la serie B italiana. Lo asombroso de estos cineastas es que su filmografía suele ser vastísima, y tan pronto te hacían una de zombis como se marcaban una de atracadores de bancos. Todos fueron pioneros y por sus ocurrencias no tuvieron vidas fáciles. Eran una tropa de Ed Woods, pero mucho mejores. Tomemos, por ejemplo, a Mario Bava. Asentó los pilares del horror gótico (La maschera del demonio, 1960), firmó el primer ‘thriller’ italiano (La ragazza che sapeva troppo, 1962) y el primer ‘slasher’ -género de psicópata sanguinario que masacra un grupo de individuos- (Reazione a catena, 1971). De ahí sacaron ‘Viernes 13’ y demás carnicerías en serie. Pero lo que más huella dejó fueron sus invenciones técnicas, como el uso de la cámara y del foco, los colores, los decorados,... Ya en 1963 en ‘I tre volti della paura’ mostró el decorado de la película, el cine dentro del cine, en fin el ‘retroscena’, algo que a un italiano le viene natural. Pero lo más sorprendente eran los efectos especiales. Tenía por ahí un chico, un tal Carlo Rambaldi que al final no salió mal: tres Oscars por ‘King Kong’ (1976), ‘Alien’ (1979)y ‘E.T,’ (1982). Bava es un ídolo para gente como Martin Scorsese, Tim Burton, David Lynch o nuestro amigo Tarantino.
Como habrán oído en este tráiler otro mundo a explorar son las músicas de la serie B, con un montón de autores interesantes, pero lo dejaremos para otra ocasión. Sigamos nuestros desvaríos con un caso paradigmático de las dificultades de estos artistas. Es una película que, pásmense, estuvo sólo dos semanas en cartel en 1982, fue secuestrada y sólo volvió a salir a la luz en este ciclo del festival de Venecia de 2004. Les recomiendo que se preparen porque cambiamos de tercio y entramos en otro filón abisal de la serie B. No, no se trata de una ‘snuff movie’, o de sangre a raudales o de un thriller político. Es algo inclasificable, que tal vez sólo podríamos etiquetar como estupidez mayúscula. Es... ‘W la foca’, de Nando Cicero.
Apuesto a que es la primera vez que ven a una foca cagar cubitos de hielo. Esta majarada se ha convertido en un título de culto porque, ya saben, basta prohibir algo para que se haga interesante. Pero para que se hagan una idea del fenómeno, para mí lo asombroso de esta película es cómo demonios llegó a verla Tarantino. Porque entonces no había Internet. En Italia no la ha visto casi nadie, pero en Estados Unidos debió de circular como filme legendario, pues debía de conectar a las mil maravillas con ese punto infantiloide que tienen los estadounidenses. Hasta el punto de que, según ha dicho Tarantino hace poco, para él es “la obra maestra del cine italiano”. Como verán, aquí entramos con probabilidad en el terreno de lo manifiestamente opinable.
Tarantino también añadió que Bambolo es uno de los más grandes actores del cine italiano. Bambolo es el médico de la secuencia que hemos visto. Bueno, aquí entramos en el terreno sentimental, porque efectivamente Bambolo es un ser muy querido, un entrañable secundario patoso que cuenta con legiones de admiradores. Creo recordar que no hizo ni una sola película buena, y eso ya tiene su valor. Bambolo, que era un vendedor de un puesto del mercado de Campo de Fiori, es un ejemplo de algo que pienso yo: casi todos los italianos serían buenos actores, las calles están llenas de caretos increíbles para un reparto y en la vida diaria se viven a menudo escenas de película.
Pero los escasos minutos que hemos visto de ‘W la foca’ pueden ser equívocos, por su surrealismo, y quizá parezca que tiene pretensiones. No, no, el tono simple y llanamente es de chiste verde malo, marca de la casa de otro subgénero italiano de serie B, el guarrindongo. Si no tienen el cuerpo para bromas sutiles, sáltense el siguiente vídeo y sigan leyendo.
Esta es la clásica escena de las películas de Pierino (Alvaro Vitali), que en España se llamó Jaimito. Para Tarantino, otro ‘crack’. A estas alturas ya se irán haciendo una idea de su cosmogonía. Pero quería que se fijaran en la chica, si es que no lo han hecho ya. Se llama Edwige Fenech y es uno de los mitos indiscutibles del imaginario erótico cutrón italiano. En fin, de lo que en España se llamó el destape. Marcó a una generación y tenía tal potencial que hasta ha sido capaz de humanizar la biografía intachable de primero de la clase de Luca Cordero de Montezemolo, el actual presidente de FIAT y Ferrari y, según los rumores, el hombre que conspira para crear un gran partido de centro-derecha cuando haya que sustituir a Berlusconi. Pues bien, Edwige Fenech fue su pareja durante años. Es decir, que hasta los exquisitos veían sus películas. Eso sí que era cine auténticamente popular.
Para Tarantino esta señorita es poco menos que una diosa y en su última película incluso le pone su nombre (Ed Fenech) a un general británico. Las clásicas gracietas de cinéfilos enteradillos. De todos modos, el olimpo sexual de Tarantino se nutre de otros proveedores, que afortunadamente en este entretenido mundo en el que vivimos nunca faltan. Si vieron a las chicas duras de ‘Death proof’ (2007), la penúltima peli de Tarantino, esto les sonará bastante:
Supongo que alguien lo habrá dicho ya, porque hay gente muchísimo más lista que yo, pero el caso es que no lo he leído por ahí: es evidente la influencia, inspiración, homenaje o plagio -como se diga ahora- de ‘Faster Pussycat kill kill’ (1965), de Russ Meyer. Para variar me voy por las ramas y esto no tiene ninguna conexión italiana, que yo sepa, pero me hacía gracia poner una de Russ Meyer en el periódico, aunque sea en su efímero soporte digital. De todos modos, como hemos dicho, aquí no nos lee nadie y esto ya es un blog abocado a la clandestinidad.
Como comprobarán, a modo de resumen, la serie B italiana tiene un rasgo esencial del carácter italiano, el afán lúdico, jocoso (de ‘gioco’, juego). Es un pueblo juguetón. Esto, aparantemente trivial, explica más cosas de las que parece. Yo creo que el amor por el juego es una consecuencia natural del amor por la vida, que lleva a exprimirla en todas sus posibilidades y extremos. E inevitablemente lleva al amor al cine. Como he dicho antes, a mí me parece que ésa es una clave básica para comprender la serie B. La mera diversión y la adrenalina es la biblia de Tarantino, en sus películas no hay amor, ni deseo, ni política... Es serie B de lujo, sin que esto sea peyorativo. Tarantino hace exactamente lo que le da la gana y sus películas respiran libertad creativa.
Pero ¿qué es ser serie B? La etiqueta se refería al bajo presupuesto, que hacía que a menudo la calidad fuera pésima. No obstante, pese a la falta de fondos, a veces la calidad era de serie A. Coppola empezó en la serie B con ‘Dementia 13’ (1963) y luego pasó a la A haciendo lo mismo, pero con más dinero. Con esa generación hollywoodiense de Spielberg y compañía, apadrinada por Roger Corman, el rey de la serie B, la serie B (en sus contenidos y libertad creativa) se convirtió en la serie A (en su protagonismo y presupuestos). Al cabo de los años, hoy es al revés: la mayoría de la serie A tiene presupuestos de serie A y contenidos de serie B, en el peor sentido de la palabra, con petardos carísimos como ‘Spiderman 3’, sin ninguna imaginación. Mientras que la auténtica serie B, en presupuestos y clandestinidad, es el cine de autor, que antes era la A por excelencia. ¿Vivimos tiempos de serie B? ¿No habría manera de organizar un sistema de descensos y ascensos, como en el fútbol?
Volviendo a Sergio Leone, con quien empezamos estas disgresiones, la paradoja esencial de fondo de su cine, creo yo, es que es ingenuo como un niño. Todas esas explosiones, los chorros de sangre, el cinismo de los personajes, siempre ocultan, y a veces lo ocultan muchísimo, a lo mejor por pudor, sentimientos candorosos de amor o amistad. No he leído mucho sobre Leone, y pensaba que esto era una impresión mía, pero hace poco, paseando por Trastevere, me topé con una de esas placas maravillosas que hay en Roma por todas las esquinas. De esas que dicen aquí vivió no sé quién o aquí pasó esto otro. Los romanos lo hacen para dar todavía más trascendencia y sentido poético a sus calles. Estaba en las escalinatas de Viale Glorioso que suben hacia la colina del Gianicolo. Decía: “Il mio modo di vedere le cose talvolta è ingenuo, un pò infantile ma sincero come i bambini della scalinata di Viale Glorioso”. Firmado, Sergio Leone.
Me lo imaginé jugando a los vaqueros en la gran escalinata que subía al parque, entre los árboles, y de pronto me pareció un niño que con las películas pudo hacer realidad sus juegos, y su sueño.
Este blog cada vez es más clandestino, porque en la web de mi diario lo esconden tanto que ni yo mismo soy capaz de encontrarlo, pero eso se puede aprovechar divinamente para ponernos un poco macarras. Desde hace semanas corre por ahí en los comentarios, también de forma subterránea, el tema de Tarantino y su relación con el cine italiano. Pues nada, vamos a ello, porque es muy entretenido y aquí lo importante es holgazanear.
Tarantino es un director de cine italiano, ya lo dice su apellido. En italiano un tarantino es un señor de Taranto, ciudad de Puglia. El padre de este chico era un italo-americano, hijo de inmigrantes, de Queens, Nueva York. Pero bueno, no es por eso por lo que digo que es italiano. Además su padre se largó cuando era pequeño. Lo digo porque su cine es sobre todo italiano, con influencias añadidas de las películas de Hong Kong, de artes marciales, de negros, la ‘nouvelle vague’ -su productora se llama ‘A band apart’- y algunas cosas más. Y de todos los italianos, hay uno sobre todo que copia incesantemente. Vean sino esta maravillosa secuencia:
Es ‘Giù la testa’ (1971), de Sergio Leone, el señor del puro de la foto. Creo que en español es ‘Agáchate maldito’. De Leone se suele conocer la legendaria trilogía del dólar o ‘C’era una volta in America’ (1984, Érase una vez en América), que todos vimos de pequeños en la tele, fascinados con las correrías de unos chiquillos aprendices de gangsters y, sobre todo, porque había escenas de sexo muy comentadas en los recreos. Pero por alguna razón en España no se conoce nada ‘Giù la testa’, y en mi opinión es de las mejores. Lo que hemos visto es el encuentro de los dos protagonistas, un salteador de caminos mexicano con familia numerosa (Rod Steiger) y un fugitivo del IRA que se dedica a los explosivos (James Coburn).
La dilatación del tiempo, la demora para paladear los momentos, la tensión instantánea de las situaciones, el humor metido en resquicios impensables, hasta ese uso jocoso de los colorines animados del Banco de Mesa Verde son los mismos de Tarantino. Sin ir más lejos en su última película, ‘Inglourious Basterds’ -inspirado, por otra parte, en ‘Quel maledetto treno blindato’ (1977) de Enzo G. Castellari- se encuentra todo esto. Y Ennio Morricone, claro, que también Tarantino utiliza con fruición. En esta última conté al menos cuatro fragmentos. Y el tema de la venganza, naturalmente, básico en Leone y en Tarantino. Por algo le dedicó ‘Kill Bill 2’.
El ‘spaghetti western’, etiqueta que sus autores solían odiar por lo que tiene de despectivo, es una cosa increíble, si uno lo piensa detenidamente. ¿A quién se le puede ocurrir hacer películas de vaqueros en Europa, y encima en una época en la que el propio género estaba acabado en Estados Unidos? La respuesta es obvia, sólo a un italiano. Es algo de lo que ya hemos hablado más veces, esa fascinación de los italianos por Estados Unidos, que por supuesto incluye su cine más clásico, unido a ese sentido único de la audacia artística, les hace capaces de eso y mucho más. Y eso es, extendido a cualquier género, toda la llamada serie B italiana, otra etiqueta desdeñosa, pero gloriosa:
Esta alucinante persecución, que termina en la entrañable maraña de autopistas de la Tangenziale Est -residencia legendaria de Fantozzi citada en el inicio de este blog y que hoy sigue exactamente igual- es de 'Roma violenta' (Franco Martinelli, 1975). Como ven, la precariedad de medios de estas películas no esconde que, en realidad, sus autores derrochaban oficio, creatividad y que pensaban a lo grande. Todavía hoy hacer una persecución o una escena de tiros, o meterse en un western, son palabras mayores, pero entonces hacían películas así como churros con un desparpajo asombroso. Y a menudo les salían de miedo. En realidad, yo creo que estas persecuciones las rodaban a la brava, tal cual en medio del tráfico, porque de todos modos en Roma se conduce así y nadie notaría la diferencia. Pero hay otra explicación más razonable: Sergio Leone, que abrió el camino, había trabajado en la época dorada de Cinecittà como ayudante de producciones hollywoodienses monstruosas, como ‘Ben Hur’, y les había perdido el respeto. Por cierto, que también trabajó en ‘Ladri di biciclette’ (De Sica, 1948) y hasta aparece unos momentos como cura alemán.
Leone tuvo otras fuentes de inspiración, porque ‘Per un pugno di dollari’ (Por un puñado de dólares, 1964) está calcada de ‘Yojimbo’ (1961), de Akira Kurosawa, y hasta me parece que le ganó un juicio. Y aquí tenemos parada obligada, porque como me parece que jamás podré ser corresponsal en Japón o siquiera Asia no sé cuando volveré a tener excusa para poner al maestro.
¿Ven? Le cambian el kimono por una gabardina y Kioto por Almería y ya tienen un spaghetti western. Y que bestia de la naturaleza Toshiro Mifune, y qué música maravillosa, dan ganas de dejar el blog e ir a verla. En fin, lo bueno del arte es que está ahí para copiarlo y esa estela ha seguido hasta Tarantino. Una de sus películas favoritas es ‘Il buono, il brutto, il cattivo’ (1966, El bueno, el feo y el malo) y del duelo final ha tomado esa situación de máxima tensión en la que en un grupo todos se apuntan con un arma a la vez. Es una escena habitual en su cine, de la primera a la última película. Pero Tarantino copia de más sitios. Por ejemplo, la célebre escena de la oreja de ‘Reservoir dogs’ está sacada de otro ‘spaghetti western’ histórico, ‘Django’ (Sergio Corbucci, 1966). ¿Y saben quién era en la original el sanguinario cortador de orejas? Pues el gran actor español José Bódalo, de general mexicano.
Tarantino es un apasionado y experto consumado de todo este cine italiano denominado de serie B, un fenómeno muy interesante. La creatividad italiana se desarrolló en el cine en dos grandes variantes: los grandes autores consagrados que conocemos todos y por otro lado, la plebe, a partir de los sesenta. Era el entretenimiento puro con la exploración de géneros hasta todos los límites conocidos: cine de acción delirante, comedia chusca, parodias, pelis guarras, terror, sangre, vómitos, marcianos, canibalismo, vampiros, trepanaciones y todo lo que se les ocurría. En fin, eso debe de ser la creatividad. Los italianos hicieron casi todo antes. Miren el brutal arranque de ‘Milano calibro 9’ (1972), de Fernando Di Leo.
'Milano calibro 9’, con ese Mario Adorf volcánico y medio loco, el matón del bigote, y un impagable Gaston Moschin (sí, sí, uno de los golfos de ‘Amici miei’) haciendo de duro, es una de las mejores películas policiacas del cine italiano de los setenta. En un ambiente urbano deprimente y hostil se mueven personajes amorales, cínicos y violentos, con tías buenas de por medio y un relato rompedor e irreverente. Si me permiten las habituales ínfulas sociológicas, a mí me parece que no lo hacían tanto por afán estilístico o lúdico, como Tarantino, sino porque es el fruto evidente de lo que era la sociedad italiana en aquellos años terribles: Italia, que entraba en los oscuros años de plomo, era muy violenta.
En un libro estupendo que me compré sobre este género - ‘Cinici, infami e violenti. Guida ai film polizieschi italiani anni 70’, de Daniele Magni y Silvio Giobbio- contabilizan unos 230 títulos en nueve años, de 1971 a 1980, desde ‘Confessione di un commisario di polizia al procuratore della Repubblica’, de Damiano Damiani, considerado el filme inaugural, a ‘Poliziotto solitudine e rabbia’, de Stelvio Massi, crepúsculo del filón. Supone más de 20 películas al año. Es decir, eran muy populares y la gente las devoraba.
Hoy son difíc
iles de encontrar y muchas existen sólo en vídeo. Yo a veces las encuentro en el rastro de Porta Portese. Por fortuna el regreso del interés por este entrañable cine cutre -entre otras cosas gracias a Tarantino- ha permitido la reedición de muchas de ellas. Enténdamonos, hay mucha porquería, pero lo que a mí me cautiva es que rebosan amor por el cine y se creen lo que están haciendo, sólo hay que oír las músicas épicas que se marcan. Yo estoy totalmente a favor de las películas imperfectas. Por otro lado, a medida que pasaban los años eran cada vez más ambiciosas. Por ejemplo, ‘La polizia ringrazia’ (Stefano Vanzina, 1972), habla por primera vez de policías fascistoides y rondas de grupos justicieros que van por la ciudad impartiendo su propia ley, y todo eso dos décadas antes de la Liga Norte. Pero también un año antes de ‘Harry el Fuerte’ (‘Magnum Force’, Ted Post, 1973), segunda parte de ‘Harry el Sucio’. Y estando Clint Eastwood por medio, el chico de Sergio Leone, es bastante probable que la idea la sacaran de ahí.
Como ven, muy pronto la alimentación fue mutua. No eran sólo los italianos quienes copiaban a Hollywood, sino que se inspiraban mutuamente. Este explosivo cine italiano y su carácter subversivo fueron una bomba en Estados Unidos, donde se guardaban un poco más las formas. Nutrió las fantasías infantiles de una generación y forjó en gran parte toda esa legión de pirados que hoy pulula por ahí, desde Tim Burton a Tarantino. Por eso cuando vienen a Europa flipan con que aquí no idolatren a Mario Bava o Lucio Fulci, que para ellos son genios y en su país eran despreciados como gente del cine basura.
Tarantino no cesa de citar esa devoción, explícita o implícitamente. Por ejemplo, en ‘Jackie Brown’ Robert de Niro y Samuel L. Jackson ven en la tele ‘La belva col mitra’ (1977), de Sergio Grieco, o en ‘Inglourious basterds’ Brad Pitt y compañía se hacen pasar por tres actores italianos, uno de los cuales dice llamarse Antonio Margheriti, nombre de otro de esos gurús de culto. Margheriti, como casi toda esta banda, hizo de todo, de acción a terror. A mí me hace mucha gracia un título: ‘Dracula cerca sangue di vergine... e morì di sete’ (1974), que quiere decir ‘Drácula busca sangre de vírgenes... y murió de sed’.
El que tiene sed ahora soy yo, porque me doy cuenta de que esto me está saliendo muy largo y bordeo el tostón. Así que hacemos una pausa y seguimos mañana. Les contaré de una vez que fui al cine con Tarantino.
En el anterior capítulo nos quedamos en París. Volvemos a Roma en una avioneta que sale de Londres un día de perros de noviembre de 1947. Llegó de milagro y casi se estrella en medio de una tormenta. Dentro, dos personas. El piloto y un hombre de 33 años que huye de Estados Unidos y ha aceptado un trabajo de tres al cuarto en Italia, Orson Welles.
Es comprensible que Welles escapara de EEUU, porque era más o menos de izquierdas y en Hollywood se había desatado la caza de brujas. Del mismo modo, tras ser considerado un genio al estrenar con 26 años ‘Citizen Kane’ (Ciudadano Kane, 1941), había terminado por firmar auténticas porquerías. Si no vean esto, lo último que le dejaron hacer:
Vaya basura ¿verdad? ‘The lady from Shanghai’ (La dama de Shangai, 1948) tardó dos años en estrenarse, la producción volvió a montar por su cuenta una hora de metraje y fue un desastre en taquilla. Además Welles le cortó el pelo a Rita Hayworth, un crimen imperdonable aunque fuera su mujer. En fin, rojo y fracasado, sin nadie que le diera un empleo, y divorciado, Welles se largó a Europa, con la excusa de un papel en un filme menor y olvidado llamado ‘Cagliostro’ (1949, Ratoff). Ayer como hoy, nunca se deben dar las cosas por sentadas, ni las conquistas sociales ni la calidad artística. En cuanto uno se duerme le instalan una prisión en Guantánamo o le cuentan que Batman es un obra maestra.
Estas vacaciones de Welles en Italia al final se alargaron... seis años. Ya vamos viendo que en este país uno se apalanca con facilidad. Se ha implantado la idea del Welles español, un poco por provincianismo patrio y porque efectivamente luego residió unos años en España, pero antes hay un Orson Welles italiano más desconocido y fundamental. Fue en Italia donde Welles se decidió a lanzarse a la aventura como artista, con libertad total y aprendió del neorrealismo a rodar ‘a la italiana’. Fue donde se fraguó su estilo definitivo, libre y caótico, que tantos disgustos le dio y de tantas películas ha privado a la historia y a los amantes del cine. Escaldado de Hollywood, Welles quedó fascinado de ‘Sciuscià’ (‘Limpiabotas’, 1946, De Sica) y ‘Roma città aperta’ (1945) o ‘Paisá’ (1946), de Rossellini, rodadas en la calle, con ‘troupes’ reducidas, improvisación, autonomía y escasos medios.
La vida de Welles en Italia no fue un camino de rosas. Su caso es un ejemplo perfecto del poder de abducción de Roma, que anula la voluntad y adormece los sentidos. Quien escribe, sin ir más lejos, lleva aquí ocho años y no hay manera de irse. El efecto de la ‘dolce vita’ sobre Welles se puede medir en datos precisos. Justo antes de llegar a Roma, en un repente, había rodado ‘Macbeth’ en 23 días. Fue pisar Italia y para acabar ‘Othello’, su siguiente película, estuvo ¡cuatro años! Otra cifra constatable es el peso. El Orson Welles orondo de las décadas siguientes se gestó esos años entre platos de tortellini en las trattoria de Roma. Un día se comió 47 naranjas. Otro aspecto clásico, las mujeres: un tipo que venía de estar nada menos que con Rita Hayworth topó en Italia con el ancestral drama de ligar con las italianas. Estuvo dos años detrás de Lea Padovani, que se hacía de rogar, y luego penó tras Paola Mori, con la que al final logró casarse.
Es verdad que Welles se instaló en Via Veneto y pasaba las noches bailando samba, pero la odisea de ‘Othello’ se debe a una lucha personal por hacer exactamente lo que quería. El resultado es que la película se rodaba cuando se podía, cuando había dinero, y Welles empleó toda su genialidad en vencer las dificultades. Si se inventó un Macbeht alucinante en un estudio de cartón piedra en tres semanas, con seres primitivos de acento escocés vagando por las sombras (foto de la izquierda), el ‘Othello’ fue una cosa itinerante. Con un equipo fiel y artesano, rodó en tropecientos sitios, donde le pillaba, aprovechaba las pausas y todo lo que podía de los rodajes en los que participaba, y tuvo cuatro Desdemonas, porque las fue cambiando.
Un ejemplo de todo ello es el rodaje del asesinato de Roderigo en Essaouira. Welles había descubierto esta hermosa ciudad marroquí en el rodaje de otro de sus trabajillos mercenarios, ‘La rosa negra’ (Black rose, Henry Hathaway, 1950). De inmediato llamó a su gente para rodar allí, acudieron todos y cuando tenía 60 personas listas para empezar surgió un problema: Scalera, la productora italiana, no le mandó el vestuario porque no había dinero. ¿Solución? Welles situó la secuencia en un baño turco. Con todos en bolas no hacía falta ropa. Fue un hallazgo genial, entre reflejos de agua y atmósfera vaporosa.
Así fue tirando con ‘Othello’ y al final, mágicamente, la terminó. En algunos casos, por poner un ejemplo, un personaje habla en Viterbo, el otro le responde en contraplano en Marruecos y la escena se cierra en la playa de Ostia, todo rodado en dos años. Y funciona. Pero es que Welles era un apasionado de la magia y la prestidigitación. Así arranca 'Othello', de forma subyugante. Si andan bien con el inglés luego pueden seguir el inicio, con las primeras escenas en Venecia:
'Othello' fue Palma de Oro en Cannes. Fue fruto tanto del talento de Welles como de su dedicación incansable. Pensaba en Othello mientras hacía otras cosas, y hacía varias cosas a la vez. Pero eso también le daba ideas que podía utilizar. Por ejemplo, en 1948 Welles estaba rodando tres películas a la vez: su ‘Othello’ cuando podía, ‘El príncipe de los zorros’, una película de época renacentista de Henry King y ‘El tercer hombre’, con Carol Reed, en Viena. Mencionar esta película sublime es pensar en muchas escenas, pero sobre todo en ésta, en otro parque de atracciones. La pongo primero en inglés y debajo en español, para quien lo desee, y por oír la poderosa voz de Welles.
Es el famoso diálogo del reloj de cuco, obra de Welles, que se escribía sus propias líneas. Pues bien, ¿saben qué papel interpretaba Welles en ese momento en el rodaje de ‘El príncipe de los zorros’ en Florencia? El de César Borgia. Del mismo modo, utilizó la idea del gatito que se acurruca en los pies de Harry Lime, una de las apariciones en escena más famosas del cine, en su ‘Othello’.
La empresa titánica de 'Othello' sólo fue la primera. A partir de entonces la vida de Welles fue siempre así, sufriendo para encontrar dinero, haciendo cualquier papel, publicidad o voces en off en documentales y rodando a salto de mata. Lo último que hizo en Italia, siempre por dinero, es una rareza absoluta: una película con Totó. Se llama ‘L’uomo, la bestia e la virtú’ (1953, Steno), basada en una obra de Pirandello, siendo la bestia del título Orson Welles. Es una rareza porque la familia de Pirandello prohibió su exhibició
n. Por fin se pudo ver en 1993, cuando la RAI compró los derechos y la puso en la tele, pero no se encuentra por ahí. Yo no he conseguido verla, y eso que me compro en el rastro cualquier vídeo de Totó, pero se dice que es un película gafada y fallida. Aquí tienen una foto por lo menos. A Welles le pilló harto y de vuelta de todo, aunque respetaba mucho a Totó. Pero por quien sentía absoluta devoción era por Eduardo De Filippo, el Shakespeare napolitano, a quien consideraba uno de los mejores actores del mundo. Última curiosidad: una de las chicas que cortejó infructuosamente Welles en la dolce vita romana y que también le dio calabazas fue Franca Faldini, que años después acabó siendo... ¡la mujer de Totó!
En ese rodaje extraño Welles ya estaba pensando en su siguiente proyecto y en una pausa propuso al productor, Dino de Laurentis, que si le dejaba la ‘troupe’ esos cinco días renunciaba a su paga de ese intervalo. En un momento se inventó una persecución en Nápoles, que rodó con la ayuda de un chaval de 24 años que prometía, un tal Sergio Leone. Fue la primera escena de ‘Mr Arkadin’, su siguiente película, que terminaría dos años más tarde, pero en otro país, España. En Barcelona, por ejemplo, situó el puerto de Nápoles, ya ven que desmadre. Welles se largó de Italia, del hotel y del rodaje sin avisar, y no volvió, salvo para trabajos puntuales, como ‘La ricotta’, de Pasolini (1962).
Y ahora, aviso, para terminar me deslizo en una de mis disgresiones majaras. La historia del cine está llena de penalidades como las de Welles, pero una de las aventuras que más me admiran es la que pasó en esos mismos años Satyajit Ray, el maestro del cine indio, para hacer ‘Pather Panchali’ (La canción del camino, 1955), su primera película, que yo adoro, como las dos siguientes que completan la llamada trilogía de Apu. Ray se dedicaba a la publicidad, pero su sueño era el cine. Tenía esta historia en la cabeza y durante un viaje en barco a Londres empezó a escribirla. La imaginaba en escenarios naturales, muy realista, aunque sus conocidos le decían que estaba loco. Pero en Londres le ocurrió algo que cambió su vida y le hizo decidir firmemente ser director de cine. De regreso, pidió préstamos a los amigos y un crédito sobre su póliza de seguro y se propuso rodar los fines de semana, su único momento libre. Lo primero que rodó fueron algunos planos de esta secuencia, el 27 de ocubre de 1952: el descubrimiento del tren del pequeño Apu y su hermana.
El domingo siguiente, Ray volvió al mismo lugar para seguir rodando, pero descubrió al borde del ataque cardiaco que las vacas se habían comido flores y arbustos y habían dejado aquello como un solar. Esas preciosas matas en blanco y negro. Sólo pudo acabar esa primera secuencia un año más tarde, cuando volvieron a crecer. Tardó tres años en terminar, e incluso su mujer empeñó sus joyas, pero esa escena del tren entró en la historia del cine. En 1954 la vio un directivo del MOMA de Nueva York, de paso por Calcuta, y quedó entusiasmado. Le animó a seguir y propuso a Ray estrenar la película en el MOMA. Al año siguiente le encargó a John Huston, que iba por allí, que viera cómo marchaba el proyecto. Huston vio la escena del tren y los únicos 20 minutos de metraje y llamó al MOMA pletórico. Ray logró terminar su filme, siempre temiendo que la anciana que hacía de abuela, Chunibla Devi, de 80 años, se le muriera, o que el pequeño Apu, el protagonista, creciera.
Bueno ¿y qué?, dirán ustedes. A mí a veces parece que se me va la olla, pero sé lo que me hago y ahora llegamos al fondo de la cuestión: lo que le pasó a Satyajit Ray en Londres es que entró en un cine y vio ‘Ladri de biciclette’ (Ladrón de bicicletas, De Sica, 1948). Al salir de la sala decidió allí mismo que sería director de cine. Como hemos ido viendo, esto del neorrealismo italiano tuvo bastante importancia.
Por cierto, ¿qué hacía en la India John Huston? Buscaba localizaciones para ‘The man who would be king’ (‘El hombre que pudo reinar’), que sólo pudo rodar... veinte años más tarde. El cine es un dolor de muelas, pero a base de suerte y cabezonería algunas veces salen las cosas. Mejor no hablamos de esta película maravillosa, ‘El hombre que pudo reinar’, con Sean Connery y Michael Caine, y sólo ponemos un trocito, porque si no tendríamos que empezar por ‘Gunga Din’ (1939, George Stevens, foto de la izquierda), aún más maravillosa, y acabar en ‘Indiana Jones y el templo maldito’ (1984, Steven Spielberg), pasando por ‘El guateque’ (The party, Blake Edwards, 1968) con el inolvidable y catastrófico Hrundi V. Bakshi, interpretado por Peter Sellers . Y así no acabaríamos nunca. Fíjense que al final, no sé cómo, hoy hemos terminado en India.
Nota: Todo lo que he contado de Orson Welles en Italia no lo sé así porque sí, naturalmente. Se lo he leído a otro, como todo. Está sacado de un libro estupendo y asombrosamente documentado editado hace un par de años en Italia, ‘Orson Welles in Italia’, de Alberto Anile, editorial Il Castoro, donde encontrarán esto y muchas cosas interesantes más.
Decíamos que Hollywood desembarcó en Cinecittà para hacer películas de romanos, generalmente con el matiz propagandístico católico. ‘Quo vadis’ (1950), de Mervyn Le Roy, fue la primera gran superproducción y en la escena del incendio de Roma quemaron los decorados de tamaño real, como en la famosa secuencia del incendio de Atlanta en ‘Lo que el viento se llevó’ ('Gone with the wind', 1939, Fleming, Cukor, Wood). Pero también lo hacían para que los italianos no aprovecharan luego los decorados. Esta fue la costumbre durante los primeros años, pero luego se fueron relajando y ya se olvidaron de destruir el material. Con esas sobras nacieron los formidables peliculones cutrones ‘peplum’ rodados en Italia, de serie B, que le pegaban un repaso a la mitología, desde Hércules o Maciste, pero en plan de andar por casa. Otro día quizá hablemos de ellos, son un filón.
Los americanos se fueron relajando, decíamos, porque en Roma el buen rollo era increíble. El jefe de prensa de la Metro en Italia, Mario Longardi, cuenta en sus memorias que para la presentación de 'Quo Vadis' organizaron en uno de los clubes de Via Veneto un cenorrio multitudinario al que había que asistir vestido de romano. Vamos, una fiesta toga. Él, italiano, no hizo ni caso, pero todos los gerifaltes de la Metro acudieron disfrazados, con coronas de laurel y todo, para divertirse como enanos. Según cuenta, a los postres ya estaba todo el mundo despatarrado en los divanes. Luego entró «un grupo de chicas guapas, estrellistas italianas más o menos conocidas, para alegrar la velada». Cuando fueron presentadas, se rogó a los comensales que se portaran como caballeros, pero la respuesta fue un alarido colectivo. Era 1950 y la Dolce Vita ya estaba en la calle. Son numerosos los ligues de esa década entre famosos y nativos, como Anthony Quinn, o los que se casaban en Roma, como Tyrone Power, o los que se acababan de divorciar en Roma, como Robert Taylor y Barbara Stanwyck. Roma, tan bonita y romántica, daba mucha vidilla. Tres años después, como dijimos en el capítulo anterior, llega 'Vacaciones en Roma', aunque queda una década para el filme de Fellini.
‘Quo Vadis’ fue muy bien en taquilla, y luego vinieron decenas de títulos, de ‘Ulises’ (1954, Camerini), con Kirk Douglas y Anthony Quinn, a ‘Cleopatra’ (Mankievicz, 1963), con Elizabeth Taylor que casi arruina a la Fox. Pero sin duda el gran proyecto de la década fue ‘Ben Hur’ (1959), que amenazaba con arruinar a la Metro, dirigida por William Wyler. Sí, sí, el mismo de ‘Vacaciones en Roma’. Lo de ‘Ben Hur’ y su carrera de cuadrigas tiene miga. Hay tres ‘Ben Hur’, al menos por el momento.
El primer ‘Ben Hur’, de 1907, dura quince minutos. Rodaron la carrera en la playa de New Jersey y no se les ocurrió otra cosa que llamar a los bomberos, que aparecen con sus carros de caballos. También hoy la gente hace cualquier cosa para salir en la tele. Esta película, además, es la que inauguró el pago de derechos de autor por una novela. Hasta entonces cogían una historia sin pedir permiso, pero esta vez los denunciaron y tuvieron que apoquinar. Así hasta hoy.
Los italianos aseguran que la primera carrera de cuadrigas como Dios manda es en ‘Messalina’ (1923, Enrico Guazzoni). Da igual, en el segundo ‘Ben Hur’, de Fred Niblo, de 1925, tiraron la casa por la ventana. Es la película más cara del cine mudo. Y fíjense en el lema publicitario: «¡La película que todo cristiano debería ver!». Otro decía que «la gran década de progreso del cine (1915-1925) había tocado su cima». Las cosas como son: la carrera de cuadrigas es espectacular. Tanto que el ‘Ben Hur’ de 1959, el famoso, se limitó a copiarla.
Van a pensar que estoy loco, pero les propongo un juego, gracias a las maravillas de la técnica: vean las dos a la vez. Caben simultáneamente en la pantalla. Total, la gente se traga las motos el domingo por la mañana sin decir in pío. Es perfecto, porque el de 1925 es mudo, sólo tiene música, y el de 1959 es mudo, se rodó sin sonido, y sólo tiene ruidos. Bueno, pues sincronicen las salidas, aprieten el botón y que gane el mejor:
¿Qué les parece? Seguro que pensaban que el de colorines le daría mil vueltas al original. Pues no, el de 1925, con Ramón Novarro, ‘latin lover’ mexicano rival de Valentino, no ha sido superado. Marcó el patrón y hasta George Lucas ha vuelto a copiarlo (homenajearlo se dice) en ‘Star Wars Episodio 1’ (Star Wars Episode 1, The Phantom Menace, 1999). La aportación del de 1959 fueron los peces cuentakilómetros, que de pequeño me encantaban, y las ruedas con pinchos, que me gustaban más todavía. La carrera muda se rodó en los estudios Culver de la Metro en Los Angeles, la moderna en Cinecittà. Sin embargo, hay un secreto que explica el realismo portentoso de la peli muda. Tras una primera prueba vieron que las cuadrigas iban pisando huevos. Normal, a ver quién se jugaba el tipo. ¿Solución? Ofrecieron 100 dólares al que ganara y entonces corrieron que se mataban. Es decir, fue una carrera de verdad. Por eso es tan difícil de igualar. Pero allí hubo de todo, y no en 1959, pese a lo que diga la leyenda de que murió uno y tal y cual. El accidente tremebundo que se ve en la película de 1925 es real y desde entonces, otro hito pionero de la saga, se impusieron ciertas reglas éticas en los rodajes y los contratos.
Podemos seguir tirando del hilo: ¿Saben quién era el director de la segunda unidad en la peli muda de 1925? William Wyler. Cuando él se lanzó a hacer su película encomendó la carrera a otra segunda unidad, dirigida por Andrew Marton, un especialista. De ayudante tenía a un chaval llamado Sergio Leone. Aquí aparece en nuestra historia otro personaje fantástico, Yakima Canutt, el jefe de los ‘stunt’ y unánimemente reconocido como el mejor de la historia del cine. Era el habitual de John Ford. Miren lo que hacía en ‘La diligencia’:
Algún día harán una película de Yakima Canutt, campeón de rodeos pasado al cine. Aunque el proyecto quizá es inviable porque habría que repetir, otra vez, la escena de la carrera de cuadrigas. En el ‘Ben Hur’ de Wyler quien hacía de ‘stunt’ era su hijo. Es el que dobla a Charlton Heston cuando sale despedido hacia adelante y logra mantenerse agarrado. Fue un accidente real ocurrido en el rodaje en el que se salvó milagrosamente, pero salió tan bien que se quedó en la película. Llevó dos años preparar la famosa carrera.
Salvo algunos planos de estudio, ‘Ben Hur’ se rodó íntegramente en Roma y alrededores, como Frosinone o Neptuno, transformados mágicamente en Nazareth o el desierto egipcio. Hay mil historias de la película, naturalmente. El papel protagonista se lo ofrecieron a Burt Lancaster, que lo rechazó porque era ateo, y a Paul Newman, que no se veía en túnica porque era de piernas enclenques. Pero a mí la que más gracia me hace es pensar que Leslie Nielsen, el mítico doctor de 'Aterriza como puedas' (Airplane!, 1980, Abrahams, Zucker, Zucker) fue uno de los candidatos para interpretar a Mesala, luego encarnado por Stephen Boyd.
¿Y el Circo Massimo real, donde se hacían estas carreras? Ahí sigue, y alguna vez he ido a darle patadas a un balón entre pedruscos milenarios. Cabían 250.000 personas. Es increíble, pero no tanto como ahora, pues cuando hacen manifestaciones allí aseguran que son hasta tres millones. La grandeza de la leyenda de Roma no hace más que crecer con el tiempo.
Hay otra película que también empieza el día de Ferragosto y con un descapotable. Es ‘Un sacco bello’ (1980, significa algo así como 'una pasada' o 'superguay') y con ella comenzaba también la carrera de otro ser entrañable, Carlo Verdone. Por desgracia, también debe ser incluido en esa tropa de cretinos intolerables que se han dedicado a reírse de sus compatriotas.
Verdone es uno de esos grandes cómicos de difícil exportación, como el maestro Totó, Massimo Troisi o el propio Alberto Sordi, que Dios los tenga en su gloria por habernos hecho tan felices, pues tiene matices que quizá sólo se comprenden viviendo en Italia.
A Verdone le llamó Sergio Leone tras verlo en la tele. Leone era un monstruo sagrado, muy serio, pero se partió la caja con sus imitaciones y su talento natural para extraer los estereotipos romanos. Le dijo que le iba a producirle una película y qué el tendría que escribirla y dirigirla. Tras un éxito arrollador, vinieron más. Dicen que con el tiempo Verdone ha ido perdiendo chispa y se ha ido repitiendo, pero da igual. Siempre pone de buen humor. Últimamente se le ha podido ver en España en 'Manuale d'amore'.
Así empieza ‘Un sacco bello’, agárrense los machos:
Sinopsis: La película cuenta tres historias, todas protagonizadas por Verdone, en la piel de distintos personajes romanos. Arranca con Enzo, el típico ‘bullo’ romano (macarra). No hacen falta muchas explicaciones. Enzo se dispone a partir con su descapotable rumbo a Cracovia, con un amigo, donde espera hartarse a ligar regalando medias y bolígrafos a las polacas. Los otros personajes son Leo, adorable e ingenuo chico de barrio, de Trastevere, que vive con su madre, y Ruggero, un hippy de una comuna mística que no soporta a su familia. Es el tipo de la foto de arriba.
Sobre este blog
Llevo en Roma desde 2001, como la odisea. Es decir, tiempo suficiente para darse cuenta de que no conoceré jamás Italia. Es un país tan popular por sus tópicos que en realidad es totalmente desconocido, y tienen engañado a todo el mundo. Espero poder transmitir la idea.
El periodismo, como a cualquier periodista un poco espabilado, a veces no me convence demasiado, pero se hace lo que se puede, no sé hacer otra cosa y siempre es mejor que trabajar.
El objetivo indisimulado de este blog es descojonarse, para qué nos vamos a engañar. Para las cosas serias ya está el periódico. Si fuera corresponsal en Ulan Bator lo intentaría, pero vivo en Italia. Otro propósito es referir hechos graves que ocurren en este bendito país y que no caben en el periódico, porque ya ni son noticia. Pero no hay que asustarse, en Italia, como decía Ennio Flaiano, «la situación es grave, pero no seria».
Una última pretensión es elogiar y divulgar el cine italiano, así, porque sí, porque es la pera y ya no lo ponen en la tele. Los niños no saben quién es Mastroianni, y eso es terrible.
Otra cosa que debe quedar clara es que no podré por menos que expresar algunas opiniones, pero como decía el inspector Harry Callahan, por algo llamado ‘el Sucio’, «las opiniones son como el culo, todo el mundo tiene una».
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