Íñigo Domínguez
La vida en Roma
Volvemos con el monotema que a algunos tanto les molesta. Les aseguro que les entiendo perfectamente, es muy molesto, pero el deber me obliga. Esta vez es para una cosita de nada, sólo para que vean como es la alegre vida de Berluscolandia y lo bien que lo pasamos.
Pese a que fue un acontecimiento planetario, no se habrán enterado de que el pasado sábado hubo una gran manifestación en la plaza de San Giovanni Latterano (San Juan de Letrán para los españoles) convocada por nuestro héroe. La idea era organizar una gran apoteosis, baño de masas y consagración pública de su persona, porque hay elecciones regionales bastante importantes (40 millones de votantes) el domingo y el lunes. Sí, se vota dos días, otra peculiaridad local. Se teme que la gente, si hace bueno, el domingo pase de ir a votar porque se va al campo o a la playa y por eso se estira al lunes, así los electores se pueden dar el piro de la oficina con la excusa de ir a votar.
Vean la publicidad a toda página que aparecía en la prensa en los días previos a la manifestación.

No, el de la foto no es el hermano pequeño de Berlusconi, es el propio Berlusconi. En su honor debemos decir que es el único líder que no recurre al Photoshop. Planta directamente una foto del siglo pasado. La foto debe de ser, le echo yo, de 1994 o por ahí, cuando anunció su entrada en política, con la enciclopedia detrás. La paradoja es que ahora tiene más pelo. Claro, luego llega el día del mítin y cuando aparece pasamos de golpe del hermano pequeño de Berlusconi al tío abuelo que se embolinga en las bodas y cuenta chistes verdes:

Seguro que tampoco habrán podido evitar fijarse en el lema del cartel publicitario: "El amor vence siempre sobre la envidia y el odio". No es un estribillo de Bisbal ni un papelito de las galletas chinas de la suerte, es el gran mensaje electoral de nuestro héroe. Él representa el amor, el suyo es el Partido del Amor, y es perseguido por los fiscales y jueces que le odian, y también por los periodistas. No se crean que fue una ocurrencia pasajera de un día, que lo dice con la boca pequeña o poniéndose colorado. No, lo proclama con todas las letras. Miren el escenario del mítin.
No, no es el festival de Sanremo o una convención de una secta de energía positiva donde regalan pins. Es un acto político realizado por adultos y para adultos. Y había muchos. Según la organización de Berlusconi, más de un millón. Según la Policía, algunos menos, 150.000. Era impepinable: con un cálculo de cuatro personas por metro cuadrado es lo que salía. Algunos cerebros del partido atacaron ásperamente a la Policía y llegaron a decir que habrían bebido. Hasta tuvo que salir el ministro de Interior, Roberto Maroni, de la Liga Norte, a defender a las fuerzas del Estado. También la Policía odia a Berlusconi. Todos le tienen manía.
Pensarán que esto de trucar las fotos, los lemas estúpidos y trampear con los números es típico de cualquier campaña electoral, y que puedo estar exagerando, que Berlusconi diría algo de contenido real en su intervención. Pues tienen razón en todo. Entre las promesas habituales de la última década -porque siguen pendientes y las va repitiendo cada años- hizo una nueva verdaderamente interesante. Cito textualmente lo que quiere hacer en los tres años que le quedan, aunque ya estuvo cinco con mayoría absoluta y ahora lleva dos:
"...Las reformas institucionales, la reducción del número de parlamentarios, la elección directa del primrr ministro o del presidente de la República, la gran, gran, gran reforma de la Justicia, la profunda reforma y modernización del sistema fiscal, la cuestión del federalismo. Continuaremos con la misma determinación la lucha contra la mafia y la criminalidad organizada. Queremos dar más seguridad a los ciudadanos, menos impuestos, menos burocracia, más infraestructuras y más verde. Queremos derrotar el cáncer que cada año golpea a 250.000 italianos y que afecta a casi dos millones de nuestros ciudadanos"
Apúntenselo, sí: Berlusconi ha prometido ante 150.000 personas, perdón, un millón, que en tres años va a acabar con el cáncer. Lo dijo ya lanzado, totalmente engorilado, prometiendo todo lo que se le venía a la cabeza. Lo demás se lo llevo oyendo desde que llegué a Italia -las famosas "reformas que necesita urgentemente el país"-, pero con esto del cáncer se ha superado. Los analistas han visto en este detalle un síntoma de que está en horas bajas, pues no se explican por qué se paró ahí y no ha hecho la misma promesa con el sida y la esclerosis múltiple.
Ah, el acto terminó con todos cantando, varias veces y con megafonía, 'Meno male che Silvio c'e" (Menos mal que tenemos a Silvio), himno de exaltación personal del amado y amoroso líder.
Como la mayoría de ustedes son buenas personas estarán pensando quizá que exagero de nuevo, y que no lo habrá dicho con esas palabras, o que lo he sacado de contexto. Que no es posible que alguien sea tan irresponsable y tan impresentable. Pero no se debe nunca infravalorar a Berlusconi. Dado que se ha armado cierto revuelo -clandestino, claro, porque de esto en la tele no se habla-, nuestro hombre ha reaccionado como siempre. Ya saben, se ha puesto cabezón. Y lo repitió ayer en otro mítin en Milán:
"En los próximos tres años queremos derrotar el cáncer"
Hala, ¿está claro o no? Bueno, pues a lo mejor es verdad y tenemos que darle el Nobel. Aunque a mí me da que será algo más de rollo chamán o pitoniso de tele regional de madrugada. A lo mejor se ha creído esto del Partido del Amor y se está transformando en gurú con poderes curativos. Ya estoy acojonado esperando las promesas de los próximos mítines, porque todavía quedan cuatro días de clímax final, pero creo que se hacen una idea. Por lo menos este año se respira un poco y la campaña no se hace tan pesada. Quizá hay que agradecérselo a nuestro héroe, pues ha estado haciendo llamaditas para cerrar los programas de debate político de la RAI, pues algunos se permiten la desfachatez de invitar a politicos y personas que no piensan como él. Hasta dónde vamos a llegar. Es el último caso en el que está investigado: le han pillado 18 llamadas al director de informativos de la cadena pública y a consejeros de la autoridad reguladora de la competencia, tratando a algunos de ellos a gritos como si fueran empleados suyos para que le cerraran programas incómodos, y eso que son tres de lo más normalito. En fin, que tres meses después se ha decidido salomónicamente que este año no hay programas políticos en la tele en el mes previo a las elecciones. Un bálsamo, oigan. Todo fenomenal. Yo ya siento, no sé, como si amara a todo el mundo.
Sinopsis: Escena de 'Gli onorevoli' (Sergio Corbucci, 1963), divertida comedia sobre una campaña electoral. Mi admirado Totó, el ciudadano Antonio La Trippa, hace su campaña electoral de forma incansable. Mientras se escabulle en el baño se oye la voz de su mujer al teléfono: "Yo votaré a Tulio. Aah, querida mía, no hay rosa sin espinas ni Gobierno sin Andreotti". Por cierto, que ahí sigue de senador vitalicio, 47 años después. Nuestro entrañable La Trippa imita la voz de Mussolini en el patio del vecindario: "¡Vota Antonio La Trippa!". "Sí, con salsa", le responden. Luego da las indicaciones pertinentes, nombre de la lista y número, el 47. "¡El muerto que habla!", le responden, en referencia a las imágenes que se asocian en la superstición popular con números, para apostar con los sueños. "¡Mira que soy tonto, porque no estaré callado, vaya número me han dado!", se lamenta el pobre La Trippa, porque sabe que es número de mala suerte.
Nadie lo ha dicho, y ya es raro, porque los aniversarios se han convertido en noticias muy socorridas para llenar, pero se han cumplido 50 años de la inauguración oficial de la ‘dolce vita’. No fue con la película de Fellini, que se estrenó en 1960 y retrató ese mundillo, sino con un curioso episodio que en 1958 sacó a la luz las juergas nocturnas de la noche romana y causó un escándalo monumental. Como hemos ido viendo, las bacanales venían al menos desde hacía una década, pero una cosa es que se sepa y otra que se diga. O que se vea, porque eso fue exactamente lo que pasó gracias a una figura que nació entonces y hoy goza de gran predicamento: el paparazzi. Aún no tenía ese nombre, porque se popularizó a raíz de Paparazzo, el nombre del fotógrafo que acompaña al personaje de Marcello Mastroianni en ‘La dolce vita’.
Pero vamos a los prolegómenos, como dicen los locutores deportivos, a lo que pasó en 1958. Uno de esos fotógrafos picaruelos de la noche, Tazio Secchiaroli, se cascó una foto de un strip-tease desmadrado en el sótano del ‘Rugantino’, un restaurante de Via Veneto. La foto, hoy famosa y que tienen ahía arriba, muestra a una joven morena despatarrada en bolas en el suelo al ritmo de un tambor entre señores sudorosos con corbata y señoras bien de aire divertido. La imagen decía muchas cosas. Había frivolidad y algo pecaminoso, pero sobre todo lo entretenido, lo improvisado, la poca sensación de culpa, la atmósfera lúdica
y casi infantil de picnic, sugerían que no era un día de locura de un grupo de exaltados, sino la alegre vida habitual de la Roma pija. Que al día siguiente podía ir a la misa del Papa en San Pedro como si tal cosa. Como decíamos, llevaban diez años así, dándole al tambor. Pocos meses después, en marzo de 1959, Fellini empezó a rodar su película.
La chica de la foto era otra guiri de vacaciones en Roma, tema o pretexto de estos capítulos caóticos. Se llamaba Aichè Nanà, tenía 22 años y era armena, así que a lo mejor era inmigrante, y no turista. Turista sólo es el que se lo puede pagar, una condición reservada a ciertas nacionalidades que se lo pueden permitir. Nanà se convirtió de inmediato en símbolo de la vida loca romana, aunque siempre ha dicho que aquello arruinó su carrera. Explicó que era una fiesta privada con tan buen rollo y con tantas risas que acabó despelotándose. Pero tuvo la mala suerte de que se coló un fotógrafo. Según ha repetido, dos días después tenía una prueba con Vittorio de Sica, que la anuló al verla en pelotas en la prensa. A partir de entonces nadie quiso contratarla. Esta gente de vacaciones en Roma fue esencial en la dolce vita, que hundió a esta extracomunitaria armena, pero en cambio ensalzó a una turista sueca. Hablamos, efectivamente, de Anita Ekberg o, como se la conoce en Roma por razones obvias, Anitona.
Tamaña muestra de belleza, hedonismo y vitalidad fue recibida con escándalo en el Vaticano. Hace poco han salido a la luz unas cartas muy graciosas de Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán que poco después sería Pablo VI, y el arzobispo de Génova, el cardenal Giuseppe Siri, que en el cónclave sería su rival. Curiosamente este intercambio epistolar fue a raíz de que Siri, símbolo del sector ultraconservador, habló bien, o no mal del todo, de ‘La dolce vita’, y Montini le llamó la atención. «Recibo protestas muy graves de que es un filme de tal inmoralidad y tan mal ejemplo sobre la depravación humana que haría falta una intervención de la autoridad eclesiástica para hacerlo retirar de los cines», decía Montini, el progre. Siri se excusó diciendo que no defendía «la visibilidad» de la película, sino la obra en sí y las notables cualidades del director: «El filme es verídico, y algunos han reaccionado porque golpea horriblemente la vida de muchos: se ven descritos y han tenido miedo de sí mismos». Es decir, Siri valoraba la obra, aunque eso no quitaba que pensaba que era mejor que los fieles no la vieran. Ah, por cierto, a todo esto Montini hablaba sin haberla visto. No sé si después llegó a verla. Si no es así desde luego sería papa, pero mira que morirse sin ver ‘La dolce vita’. Eso no tiene perdón de Dios.
El protagonista, Marcello, un cronista desencantado de la vida social, es un trasunto del propio Fellini, que también fue un forastero en Roma, a donde llegó desde su Rimini natal para ser periodista. Era lo que quería hacer por lo que había visto en las películas americanas: tipos con el sombrero echado hacia atrás, que fumaban, echaban tragos, callejeaban y no daban ni golpe, aunque, qué curioso, encontraban historias. Entonces se podía hacer, pero hoy, por ejemplo, el sombrero ya no se lleva. Además ahora es mucho más cómodo, basta quedarse sentado copiando lo que sale en Internet. Pero entonces todavía se mandaba a los reporteros a los sitios y un día enviaron a Fellini a Cinecittà, donde se quedó anonadado al ver un rodaje mastodóntico en el que el director dirigía las masas y daba voces con un megáfono desde una torre. Era Alessandro Blasetti, del que ya hablamos en un capítulo de esta serie. Fellini pensó que él, vago, con tendencia a la dispersión y sin sentido del orden ni la autoridad, no estaba hecho para el cine. Por fortuna, conoció a Roberto Rossellini, que rodaba por ahí con poca gente y lo que le parecía, como quien escribe o pinta. Fue una revelación. Si no es por él, no habríamos tenido a Fellini. Ya ven, repetimos, que Rossellini tuvo su importancia.
Pero volvamos a Anitona, no nos distraigamos. Como se podrán imaginar, y ya lo contamos en otra ocasión, en Roma había cola para tirársela. Sin embargo ella venía avisada. Durante el rodaje, Mastroianni se le acercó y dijo que quería pedirle un favor. «Yo no estar interesada en mamadas», respondió ella, por si acaso. El bueno de Marcello también era una pieza de cuidado. Una vez tuvo que repetir ocho veces un beso a Romy Schneider y murmuró: «Y encima me pagan por esto...». Al final el que se llevó el gato al agua con Anitona fue Dino Risi, que sólo por eso ya debe de figurar en la historia del cine. Un poco más adelante, en la letra T, encontraríamos a Francois Truffaut con una descripción más o menos así: «Ciudadano francés (1932-1984) que se lió, entre otras, con Jeanne Moreau, Julie Christie, Catherine Deneuve, la hermana de ésta, Jacqueline Bisset y Fanny Ardant». Y luego ya: «Cineasta, hizo 24 películas, etcétera...». Con ese currículum, que logró sólo a base de ser majete y tímido, quién quiere una filmografía. Aunque en el caso de Truffaut están en total armonía. Bueno, ya les dije que aprovecharía cualquier excusa para hablarles de Truffaut. Aquí le vemos con Jacqueline en una escena de 'La nuit américaine' (La noche americana, 1973), película maravillosa donde las haya:

El ácido maestro Risi, fallecido este año (el señor de la foto de abajo), ha dejado escrito un librito entrañable, ‘I miei mostri’ (Mis monstruos), en el que cuenta chascarrillos y recuerdos. Y relata un día que pasó con Anita Ekberg. La actriz tenía una lancha que conducía ella misma y salieron a dar una vuelta. Ya en alta mar, se desnudó con la melena al viento. Encontraron un petrolero sueco y los marineros se abalanzaron a la barandilla a mirar y lanzar aullidos. Uno hasta tocó cuatro veces la sirena. El diario de a bordo de ese día debe de ser un poema. Anita reía como loca y habló a voces con la tripulación. Eran de Malmöe, su ciudad. Siempre en bolas, Anita dio dos vueltas al petrolero de premio. De consolación, se entiende. «Pobrecitos, ellos c
ontentos de ver mí desnuda», decía en su italiano macarrónico. Risi flipaba. Luego volvieron a la villa que ella poseía en Roma, situada en una colina, con un prado que terminaba en una piscina de azulejos negros. Tenía dos doberman. De repente apareció un tipo, un actor americano. Su marido. Llevaba un saco. Se sirvió un whisky y arrampló metódicamente con todos los objetos de valor que vio por la casa. Platos, cubiertos, todo. Se fue y Anita se quedó llorando. «Tú no héroe, ¿eh?», preguntó a Risi. «No», contestó él. Y ahí se acabó su historia.
Ante estas avalanchas de extranjeros que, como hemos ido viendo, llegaban a Roma, el talante local hacia el visitante se traducía, y se traduce, en intentar ligarse a las turistas e intentar darle el palo a los turistas. Es tan evidente que no tenemos ni que cambiar de escenario para observar la otra cara del fenómeno. Por la noche se baña Anita, pero miren lo que pasa durante el día. En esta célebre escena de 'Totòtruffa 62' (Mastrocinque, 1961), el gran Totó vende a un incauto la mismísima fontana de Trevi.
Sinopsis: Totó empieza su número, una vez vista su presa, echando a los niños que intentan robar monedas y quejándose al guardia. «¿Lo sabe que pierdo millones de liras al año con estos niños? El sábado cuando limpio la fontana me faltan siempre 3.000 o 4.000 liras», lamenta. «Ah, ¿pero las monedas son suyas?», pregunta el incauto. «Esta es la famosa fontana de Trevi, que pertenece a mi familia desde hace generaciones», y se presenta como el cavaliere ufficiale Antonio de Trevi. «¿Es un buen ‘bisnís’ (bussines)?», pregunta el otro. Totó le expica que, además de las monedas que tira la gente, alquila la fuente para rodajes. En ese momento completa la escena acercándose a un turista y pidiéndole en voz baja un donativo para la Cruz Roja, aunque a la víctima le explica que acaba de cobrar los derechos de imagen por las fotos. Cada foto cien liras. «Ah, yo he hecho tres», añade el inocente, que le paga religiosamente. Mientras se acerca el cómplice, Totó le da carrete y le explica que la fuente la hizo un arquitecto que su bisabuelo hizo venir de Suiza. Cuando el turista le replica que la guía la atribuye a Bernini, Totó está hábil: «Claro, venía de Berna y era bajito, por eso le llamaban Bernini». El incauto se sincera: es hijo de emigrantes italianos en América y quiere establecerse en Italia. Totó le propone venderle la fontana, porque algún día se jubilará. Además explica que aquello no le va bien para el reúma, todo el día cerca del agua: con diez millones está hecho. A la espera del contrato, Totó le pide una fianza. En ese momento interviene el cómplice, con acento toscano (no se pronuncian las ‘ces’, que se aspiran en forma de hache, por ejemplo hohahola=cocacola). Quiere comprar la fontana para una película americana y sube la oferta de la fianza. Al final la víctima pica y ofrece 500.000 liras. Creyéndose ya el propietario de la fontana acaba bastante mal. En efecto, a veces Italia es para volverse loco.
En ‘Guardie e ladri’ (Monicelli, 1951), que fue premio al mejor guión en Cannes, Totó se marca otro timo extraordinario a un turista norteamericano, esta vez en el Foro Imperial.
Sinopsis: Totó y su cómplice ensayan la venta de una moneda falsa a un turista norteamericano cuando aparece uno de verdad. El cómplice deja la moneda en el suelo y Totó se presenta como guía improvisando una explicación macarrónica. Un viandante que se lleva la moneda obliga a colocar otra, que Totó tarda en encontrar. El cómplice se presenta como profesor numismático (de asmática, dice Totó) que previene al turista de los timos, pero acaba por admitir que la pieza es auténtica. Empieza la venta mientras aparece el tipo que ha encontrado la otra moneda, al que echan sin contemplaciones. Pero una vez que el turista ha picado, es quien le abre los ojos.
Risas y chicas aparte, como deja entrever la película de Fellini, la mirada desolada de Mastroianni, lo curioso de esta juerga general, esta dolce vita y tanto jijijajá es que se asentaba en un boom económico que, no obstante, era un espejismo y cubría un vacío moral... ¿les suena el fenómeno? La comedia ‘all’italiana’ se basó en explotar sádicamente esta dualidad para hacer reír con una carga de sátira social y melancolía. Dino Risi lo clavó en una de sus mejores películas, ‘Una vita difficile’ (1961), un año antes de su otra obra maestra ‘Il sorpasso’ (La escapada, 1962). Vean, vean en qué se queda el jolgorio cuando llega el amanecer:
La musiquilla de fondo de guateque o de ritmo circense es una marca de la casa del cine italiano que siempre aligera lo que se ve. Esta escena de Alberto Sordi borracho escupiendo a los coches, fruto de una improvisación, es antológica. Y para lo que nos interesa, fíjense en su imprecación al autobús de turistas alemanes: «¿Qué venís a ver aqui? ¡No hay nada que ver, es todo un asco, no visitéis Italia, quedáos en vuestra casa que es mejor!». Esta idea de que Italia es un asco es algo que se dicen los italianos cuando se cabrean, los días que vienen mal dadas, que es bastante más a menudo de lo que quisieran. Sin embargo, el resto del mundo lo sigue ignorando y le parece todavía un lugar maravilloso para ir de vacaciones. Así que también nosotros continuaremos volviendo el próximo día.
Sobre este blog
Llevo en Roma desde 2001, como la odisea. Es decir, tiempo suficiente para darse cuenta de que no conoceré jamás Italia. Es un país tan popular por sus tópicos que en realidad es totalmente desconocido, y tienen engañado a todo el mundo. Espero poder transmitir la idea.
El periodismo, como a cualquier periodista un poco espabilado, a veces no me convence demasiado, pero se hace lo que se puede, no sé hacer otra cosa y siempre es mejor que trabajar.
El objetivo indisimulado de este blog es descojonarse, para qué nos vamos a engañar. Para las cosas serias ya está el periódico. Si fuera corresponsal en Ulan Bator lo intentaría, pero vivo en Italia. Otro propósito es referir hechos graves que ocurren en este bendito país y que no caben en el periódico, porque ya ni son noticia. Pero no hay que asustarse, en Italia, como decía Ennio Flaiano, «la situación es grave, pero no seria».
Una última pretensión es elogiar y divulgar el cine italiano, así, porque sí, porque es la pera y ya no lo ponen en la tele. Los niños no saben quién es Mastroianni, y eso es terrible.
Otra cosa que debe quedar clara es que no podré por menos que expresar algunas opiniones, pero como decía el inspector Harry Callahan, por algo llamado ‘el Sucio’, «las opiniones son como el culo, todo el mundo tiene una».
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