Los indignados de Nueva York

Sé que hoy están todos pensando en las elecciones, esas que no ha ganado el PP, por mucho que se lo quieran creer, sino que ha perdido el gobierno. Los populares, no se equivoquen, han ganado por eso que en EEUU llamamos “by default”. O sea, porque no hay otra opción seleccionada.

Es una de las aberraciones de esta democracia imperfecta que nos rige, ésa pensada para favorecer al más fuerte, trátese de la banca o de los partidos políticos. Esa que ayer dejaba a los estadounidenses confusos cuando veían a 300 españolitos pidiendo a gritos en la neoyorquina plaza de Washington Square “True Democracy Now!”, traducían los indignados. “Ah, yo pensaba que en España tenían democracia”, decía más de uno estupefacto.

Sí, democracia de ésa que tienen también ustedes en EEUU, les contestábamos. De ésa que admite abiertamente servir a las fuerzas del mercado, que nadie sabe realmente cuáles son y desde luego no votan. La democracia que vivimos ya no sirve al pueblo, o si no que se lo pregunten a las decenas de miles de españoles que han acampado en Sol y en las principales plazas de España, por mucho que en el extranjero no quieran darse por enterados.

“Too close to home” (demasiado cerca de casa), confesó estremecida una amiga cuando le enseñé las imágenes de las protestas. Y tan cerca. En una de ellas un policía antidisturbios levanta la porra contra un chica caída al suelo a la que su amiga, con los pelos de punkie, intentaba arrastrar hacia el interior de un Starbucks. No podía quedarles más cerca y desenterrar más a fondo los fantasmas de las manifestaciones antiglobalización de Seattle en 1999. También aquella vez las prensa estadounidense optó al principio por silenciar lo que estaba ocurriendo.

Como en estos días hace falta entrar en los blog más recónditos del New York Times o el Washington Post para leer sobre la nueva Tahrir Square en Europa. Como nadie se ha enterado de que los islandeses, cuyo caso bien reflejan en todos los documentales sobre la crisis (Inside Job), se levantaron contra su gobierno y le impidieron que rescatase a la banca, como exige la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Cuando el pueblo manda el sistema se estremece.

Entre las muchas virtudes del movimiento 15-M destaca la de haber puesto al descubierto la hipocresía de muchos que lanzaban odas a las revoluciones en otros países pero cuando éstas han venido a sacudir la alfombra en la que comen se han rasgado las vestiduras. “Estos jóvenes desagradecidos que no saben valorar lo que tienen…”

Hace menos de un año hubiera puesto mi mano en el fuego a que en los tiempos que corren la revolución era una utopía. Y hasta la semana pasada hubiera jurado que nunca cruzaría de continente. Estaba convencida de que la sociedad se había aborregado, con nuestra ayuda, la de los medios de comunicación, y la de las instituciones, nacionales e internacionales, que han ido apretándonos las tuercas poco a poco, cocinándonos a fuego lento hasta que hemos estallado como una olla exprés. Cuánto me alegro de haberme equivocado. Los jóvenes que han tomado las calles tienen ganas y están preparados, en cuestión de horas han llenado la red de vídeos bien editados, han montado páginas en las redes sociales, se han organizado espontáneamente. Están dispuestos a poner toda la carne en el asador para que se les oiga.

Al igual que los muchos talentos fugados que tomaron Washington Square. “Nosotros también somos víctimas”, decían Maite Sánchez e Ismael Santa María, dos jóvenes científicos, “estamos aquí porque en España no hay trabajo”. Su cartel: “Spain, Wrong Way”.

“¡Que reflexionen ellos, Yo reflexiono aquí!”, coreaban. “¡Nuestros sueños, no caben en sus urnas!”. A los estadounidenses costaba traducirles aquéllo de “No hay pan para tanto chorizo” pero lo de “Don’t screw up our parents achievements” (No jodáis los logros de nuestros padres) y “Our Future is Now” (Nuestro futuro es ahora) resonaba en todos los desconcertados observadores que hasta entonces no habían oído hablar de la Spanish Revolution. Amenizaba la velada “El hombre más feliz del mundo”, decía su tarjeta, un pianista que ponía los pelos de punta como si fuera la orquesta del Titanic mientras se hundía el barco más seguro del mundo.

Eso fue, claro, hasta que llegó la policía amenazando con poner multas, porque supuestamente el permiso era para una hora y en silencio. Se había prometido no cortar el tráfico, no llevar megáfonos, no bajarse de la acera, y con todo, no éramos suficientemente dóciles para las fuerzas del orden. Nuestra democracia, ésa que todavía muchos colegas quieren defender como si les fuera el sueldo en ello, es así de burocrática y represiva. Luego se quejarán de que los oprimidos protesten contra el sistema –que no contra el paro, las medidas de austeridad, ni nada de lo que intentan explicar los medios, sino contra el sistema que ya no sirve al pueblo sino a los poderosos. Así de sencillo, y así de complejo de resolver, ya lo sé.

-“Qué tal por ahí?”, preguntaba uno cómicamente en la página de Democracia Real Ya NYC, que en tres horas suscribieron 200 personas.

- “No nos podemos quejar”.

- “Ah, entonces, bien, ¿no?

- No, de bien, nada, que NO NOS PODEMOS QUEJAR.

Pues eso, chistes aparte, que no nos quiten el derecho al pataleo, ni las ganas de seguir cambiando el mundo.



DSK y otros hombres repugnantes

Siempre digo que Hollywood no podría haber existido en ningún otro país del mundo, lo que vemos desde fuera como la desmedida imaginación del cine resulta ser en EEUU una simple transcripción de la realidad. Ya sea el asesinato de Osama Bin Laden o la caída en desgracia de Dominique Strauss Kahn, las noticias de este país siempre vienen trenzadas en guión de cine. A menudo me acabo rindiendo a la realidad del morbo que arrastran estas telenovelas de la vida real, pero lo que no soporto es que los machistas de turno victimicen a las víctimas antes incluso de que lo establezca el guión.

La dudosa primicia de desacreditar a la víctima del caso Strauss Kahn no le ha correspondido a su abogado, como suele ser la norma, sino a un escritor y tertuliano de pacotilla que pone su firma en un periódico español con grandes periodistas pero demasiado amigo del sensacionalismo y la hipocresía de los fachas que van de progres. No doy nombres para no honrarles, así que no esperen enlace alguno del hiriente artículo porque no pienso regalarle tráfico, que luego se cotizan al peso.

Echarle la culpa a la víctima y desacreditarla cuanto sea posible es el primer paso de todo manual para acusado de violación, de ahí que ese miserable delito de humillar a una mujer hasta en sus entrañas acabe demasiado a menudo convertido en el “dirty little secret” con el que tiene que vivir cada mujer violada el resto de sus días, so pena de ser estigmatizada socialmente.

No sabemos mucho de la mujer que acusa al arrogante director del FMI de haberle saltado encima desnudo para forzarla a mantener sexo oral y anal. La prensa estadounidense dice que es una guineana de 32 años, casada y madre de al menos una hija –hasta cuatro según la fuente-, que según un portavoz del hotel había sido una trabajadora eficiente y silenciosa durante los tres años que lleva contratada. Sus compañeros la describen como una mujer tímida, buena persona, que solía usar velo islámico. La primera reacción de los abogados sin escrúpulus que ha contratado Strauss Khan, famosos por defender gansters y asesinos, ha sido la de arquear las cejas al verla identificar a su cliente entre cinco sujetos. “No es muy atractiva”, se les ocurrió decir, como si no pudieran entender que el influyente director del FMI con fama de exquisito y seductor pudiera jugársela con ella.

Al margen de su aspecto, yo tampoco lo entiendo, así que todavía quiero darle a DSK el beneficio de la duda. He visto personalmente a muchos respetables caballeros transformarse en bestias repugnantes cuando la lujuria les omnubila el cerebro, pero el asalto de DSK atenta tanto el sentido común que estoy dispuesta a oír todas las teorías de la conspiración que sea capaz de demostrar. Ni él se ha atrevido todavía a decir lo que nuestro tertuliano facha, que ve el caso como un claro ejemplo de “la típica camarera de hotel de lujo que entra a cambiarte las toallas cuando te estás duchando o justo cuando cierras el agua”. Algo a su juicio tan común que no debe sorprender “a ningún hombre un poco viajado”, se enaltece. “De repente habla con voz muy dulce y hace posturas sinuosas y se ríe por cualquier cosa, se echa a tus brazos, entregada, tuya, y te vienes arriba”. Según él “hay dos tipos de este tipo de camarera: las que a medio juego informan a su víctima del precio” y las que “esperan a que el juego termine para informarte de que si no pagas una determinada suma de dinero te van a denunciar por violación”.

No se me ocurre mayor insulto para todas las camareras de hotel del mundo, que en su mayoría trabajan sin descanso de sol a sol limpiando la mierda ajena sin recibir ni las gracias de todos los clientes impersonales como yo misma para los que son invisibles. Me apunto dejar propina sobre la cama la próxima vez, porque de entre todas las humillaciones que conlleva su trabajo no se me había ocurrido la de que los hombres sin escrúpulos las miren pensando que son putas. He recorrido muchos hoteles en mi vida y nunca había oído esa historia que según nuestro tertuliano es tan común, pero si tan extendida está como dice tendría sentido que más de un cerdo como él se tirase encima de una inocente camarera como si fuera un animal salvaje, que es lo que ha venido a describir la guineana en su denuncia. En palabras del mencionado especimen, que de camino también desacredita gratuitamente “al festival de otras chicas que ahora salen a denunciar a DSK por asuntos similares”, estos “machos cabríos” no tienen “ni una gota de sangre en el cerebro porque éste y otros líquidos están hinchándole otras partes del cuerpo”.

Como mujer y como ser humano sensible a las miserias de los inmigrantes, espero que la guineana pueda probar sus acusaciones sin que los abogados de la mafia la despellejen por el camino. Pero por el bien de la izquierda mundial tendré que rezar para que DSK no sea uno de estos hombres repugnantes que tan bien parece conocer el tertuliano. No se me ocurre nada más degradante hasta para un socialista de caviar que violar a la sirvienta africana en una suite de 3.000 dólares la noche cuya factura alimentaría a 3.000 familias en Guinea, donde la mayoría vive con un dólar diario. Sería como para perder no ya la fe en el hombre, sino en el ser humano.

Cuestión de conciencia

El sábado pasado, en el octavo aniversario de la invasión de Irak, EEUU comenzó a bombardear Libia. La fecha era sólo la primera de muchas y amargas ironías. El que ordenó los ataques esta vez no era un cowboy tejano con ganas de guerra sino un Premio Nobel de la Paz, perseguido por el fantasma de Ruanda. Quienes han pedido a gritos la intervención no han sido los conservadores patriotas que clamaban venganza, sino la izquierda más progresista que en su día defendiera que no se puede hacer la guerra en nombre de la paz.

Algunos de mis compañeros que no citaré, porque no se trata de atacarnos, decían que el de Libia es “un caso de claridad moral indiscutible”, una “guerra justa” con la que todos los pacifistas debemos alinearnos. A mí la conciencia no me deja: ¿Por qué es justo tomar partido para defender a los rebeldes de Libia pero ni siquiera elevamos la voz por los manifestantes pacíficos de Yemen o Baréin? ¿Por qué ahora podemos bombardear el país para evitar un baño de sangre pero nadie movió un dedo por los monjes masacrados en Birmania durante la revolución azafrán? Y no hace faltar volver al pasado. No muy lejos de Libia, casi a la misma distancia de las Islas Canarias, tal día como hoy, otro dictador loco y cruel que no acepta la voluntad expresada por su pueblo en las urnas ha reclutado a todos los mercenarios de Liberia para reprimir las protestas. En Costa de Marfil el número de refugiados y desplazados dobla el de Libia. Hace tres semanas el gobierno de Laurent Gbagbo abrió fuego contra una manifestación pacífica de mujeres y niños , sin que la prensa occidental que se raja las vestiduras con Libia le prestara la menor atención. El presidente electo al que se niega el poder ha urgido al Consejo de Seguridad de la ONU a que apruebe una resolución semejante a la de Libia autorizando el uso de la fuerza para proteger a civiles, pero en este caso nadie tiene prisa.

Tal vez cuando empecemos a llamar a la cosas por su nombre podré aclararme las ideas. Cuando reconozcamos que no estamos intentando evitar una masacre en Libia sino buscando un cambio de régimen. Cuando admitamos que no nos quedaremos tranquilos hasta que echemos a Gadafi, o mejor, hasta que lo echen los suyos con nuestra ayuda, para no sentirnos responsables. Cuando reconozcamos que si el pais no tiene petróleo ni un loco carismático no se pone de moda en las noticias y por tanto tampoco nos quita el sueño.

Pero aún cuando admitamos todo eso no creo que puede apoyar la guerra a no ser que a partir de ahora nos erijamos ecuánimemente en justicieros del mundo y frenemos los asaltos de los gobiernos en Yemen, Baréin, Irán, China, Costa de Marfil, Sudán… La lista es tan larga que se nos acabarán el dinero y las bombas, pero por lo menos empezaremos a ser coherentes.

Hoteles de lujo

Años de frustraciones con la fauna que aprovecha el anonimato de la web para descargar su cabreo con el mundo con latigazos de comentarios hirientes debería haberme enseñado a pasar de ellos, pero hay algunos que claman al cielo. Ayer leí uno de ellos que compartiré con ustedes, para que los que gustan de insultarme puedan seguir ensañándose:

La conciencia no se va de vacaciones

sino ustedes los corresponsales, viviendo en hoteles de lujo y comiendo opíparamente con la miseria a su alrededor. Ya basta de hipocresía.

A favor (30)

En contra (3)

Nótese que 30 personas votaron a favor de ese comentario, en comparación a sólo tres que estuvieron en desacuerdo. De ahí que haya sentido la necesidad de aclararles cuál es la verdadera situación de los corresponsales que estamos en Haití. No es mi intención quejarme de nada y mucho menos robarle protagonismo a los haitianos, cuya situación siempre será un millón de veces peor que la nuestra. Estamos aquí para contarle a nuestros lectores lo que ocurre en este país que tanto les tocó la fibra sensible hace un año y para pedirles que no se olviden de Haití. Este país necesitará de nuestra ayuda durante muchos, muchos años.

Existen algunos hoteles de bien en Haiti como el Montana o el Karibe, pero además de que cuestan entre 150 y 300 dólares diarios están acaparados por los medios internacionales que tienen más dinero que los españoles y hacen sus reservas con mayor antelación. En nuestro caso no solemos obtener luz verde hasta el último minuto y cuando lo logramos es con un presupuesto tan bajo que ni aunque esos hoteles estuvieran vacíos podríamos permitírmelos. De hecho, ya no podemos permitirnos ni una habitación individual en un hotel de medio pelo.

Con la crisis económica y la de los medios de comunicación la situación de los periódicos que ya tenían fama de austeros, como éste que ustedes leen, ha caído bajo mínimos. Pero ahora se nos han unido también los periodistas de los medios nacionales de primera división, que se enfrentan a la caída de lectores y los agujeros en sus finanzas.

Así es como esta corresponsal comparte habitación con la enviada de El País en un tugurio llamado “Aparta Hotel Tropical” por $80 dólares la noche ($40 cada una). Ninguno de los “hoteles” que le conozco en esta ocasión a los corresponsales españoles pasaría de ser una pensión de mala muerte en España, pero el Tropical es particularmente cutre. Su ventaja frente a todos los demás es que está situado a espaldas del Hotel Kinam, que tiene la mejor señal de Internet de Puerto Príncipe y la comparte generosamente vía wi-fi para atraer en su cafetería a periodistas, cooperantes y funcionarios de organizaciones internacionales.

Cuando cae la noche los haitianos corren asustados a sus casas. “Tengo mujer e hijos, no quiero morir en las calles y dejarlos solos”, me decían Jean, un conductor que rechazó la buena paga de una cadena estadounidense porque le obligaban a volver más allá de las 6 de la tarde en transporte público. “Los mismos moteros que de día te llevan con normalidad por la noche te roban y te matan para que no puedas volver a buscarlos”, explicaba. El miedo que transmite cualquier haitiano a la oscuridad de la noche en un ciudad casi sin alumbrado público justifica que los periodistas prefiramos quedarnos a este lado de la Plaza de St Pierre en lugar del lado Oeste, donde queda por ejemplo el hotel Doux Sejour, otro tugurio donde comparten habitación los compañeros de Público y El Mundo, por el mismo precio pero con desayuno incluido en un lugar un poco más alegre. El lunes se sumó a esa morada la compañera de Onda Cero, a la que los anteriormente nombrados le permiten poner su saco sobre una colchoneta en el suelo. Alrededor de la medianoche están todos el Kinam, jugándose la vida al cruzar la plaza para poder transmitir sus artículos, porque en el Sejour la señal de internet no se coge ya ni desde el palomar. Más de un extranjero ha sido asaltado en ese pequeño trayecto de diez minutos en el que los ordenadores y las cámaras de fotos resultan de por sí solos un botín atractivo.

En otro Aparta Hotel camino del aeropuerto, comparten un piso de cinco dormitorios a $60 dólares por persona los equipos de la SER, ABC y otra enviada de Público. Los Apartamentos Milano que descubriese la Guardia Civil tienen fama de ser mucho más espaciosos y luminosos, aunque estén decorados a lo Paco Martínez Soria, en palabras de uno de mis colegas, pero la señal de internet suele ser irregular y en estos días inexistente. De ahí que ayer peregrinaran alrededor de la Plaza de St Pierre buscando otro tugurio en el que quedasen plazas, por si el tétrico Jack no lograba arreglar internet. Los medios serios vienen armados con teléfonos satélites para no depender de los elementos, pero entre los españoles incluso los que los traen vienen con la consigna de usarlos lo menos posible por el alto precio de las tarifas. Muchos de los corresponsales que les he mencionado se han pagado ellos el vuelo a Haití, trabajan de gratis en sus vacaciones o cobran a la pieza.

El transporte es la otra pesadilla. En las calles casi sin asfaltar y llenas de boquetes de Puerto Príncipe triunfan las furgonetas SUV y los 4×4, que Hertz alquila a partir de $225 dólares. Esa es la regencia para las tarifas locales. Ningún extranjero se atreve a conducir por estas calles de locos hacinadas de peatones indiferentes al tráfico y puestos ambulantes, sin semáforos ni más códigos de circulación que el sálvese quien pueda a golpe de claxon. Los haitianos que hablan inglés alquilan sus servicios de conductor con coche a partir de $300 dólares diarios. Los grandes medios internacionales se hacen acompañar también por un “fixer” local que conoce la ciudad y tiene contactos por otros $150 diarios.

Todo eso se escapa astronómicamente de los presupuestos españoles. A los nuestros no les queda más remedio que jugarse la vida en las motos por cualquier cosa entre $35 y $100 dólares diarios, dependiendo de lo políglota y confiable que sea el motorista. Cuando las revueltas acechan en la ciudad hace falta también que sepa conseguir combustible en el mercado negro. La moto no sólo es particularmente vulnerable en un país sin ambulancias y escasos quirófanos. También obliga a comer mucho polvo en esas calles pestilentas y te deja con el trasero dolorido por los baches. Los trayectos a los barrios más alejados llevan horas y parecen un viaje a través del purgatorio. Al final del día acabamos todos hambrientos, con complejo de estropajo sucio, la ropa negra, el pelo pegado, los churretes en la cara… Con el agotamiento prolongado de tantas noches, al ritmo de cuatro o cinco horas de sueño, intentamos disfrutar de la única comida del día en algún lugar económico de los que tardan tres horas en servirte. Luego, con nuestras últimas fuerzas, tal vez escribimos una crónica de internet como ésa que sirvió para que tantos lectores me acusaran de hipócrita por vivir supuestamente en hoteles de lujo a costa de la miseria de los haitianos. Por favor, un poco de respeto, vénganse a ver mi boquete y les reto a que aguanten una sola de mis jornadas.

Quiero pensar que de las 2.500 personas que ese día leyeron la crónica la mayoría no comporte opiniones tan ofensivas, simplemente no se molesta en reflejar sus sentimientos, porque los extremistas y resabiados son los que han tomado el control de la red y parecen tener más tiempo libre que nadie. Pero por favor, tengan en cuenta que si sólo escuchamos sus voces un día nos cansaremos de sufrir para un público ingrato y les dejaremos huérfanos de voces propias. Creo firmemente que sería una tragedia para nuestra sociedad y para todos los miserables del mundo que confían en nosotros para elevar su clamor. Con esa conciencia sigo aquí luchando por darles voz. No me quejo ni pido medallas, sólo respeto.

Algunos hombres buenos

El mensaje era más bien críptico y la mujer que lo firmaba, una desconocida. “Llámame en cuanto puedas, tengo noticias de Tony”.

Hacía años que no sabía nada de Tony, desde que su esposa me despertó una madrugada, gritándome por teléfono, en medio de un ataque de celos. Admito que no le di a Tony más oportunidades de explicarse que las que ella me dio a mí, y aunque nunca hubo nada entre nosotros, ni ellos estaban ya juntos, decidí que tal vez nuestra amistad había llegado demasiado lejos si tantos celos despertaba. Con el tiempo me arrepentí de apartar de mi lado a alguien que se la había jugado por mí tantas veces en Irak, pero ya era tarde. Le había dejado solo ante el vacío de la vida. El servidor me devolvía los emails, su teléfono estaba desconectado.

Esa noche traté de ubicar sin éxito el nombre del remitente en mi memoria. “María Santelli”. ¿Sería su esposa en otro ataque de celos, después de tantos años?”. Me armé de valor y marqué el número. Después de todo era mi oportunidad de reconectar con él. “Soy Mercedes Gallego, respondiendo a su email. ¿Le pasa algo a Tony?”, pregunté. “Ay, Mercedes, Tony está muerto, murió el jueves, Día de los Veteranos”, me respondió una amiga compungida. “Siempre hablaba de ti, por eso quería decírtelo”.

Tuve que sentarme en el suelo para continuar la conversación. Ahora que lo encontraba, era demasiado tarde. Pronto la tristeza de su muerte se vió superada por una mayor, la de no haber estado a su lado para ayudarle en el tormento de sus últimos años.

Para Tony Irak fue la parte fácil de la guerra, cuando todavía creía en lo que hacía. Lo difícil empezó cuando supo que no había armas de destrucción masiva, que todas esas muertes que habían causado habían sido en valde, que Bush era “un terrorista mayor que Osama Bin Laden”, concluyó.

Tony no se lo perdonó. Como parte del equipo médico había visto de cerca la muerte de inocentes que la mayoría de los marines sólo ven como un punto en el horizonte antes de apretar el botón. Nunca se había podido sacar de la cabeza a ese niño de 8 años, con la pierna colgando, que sacó de un coche ardiendo al que los marines habían ametrallado por error. Toda su familia estaba muerta. Él tampoco podía hacer nada. Se lo entregó a un helicóptero para que lo trasladaran a un hospital y rezó por él cuanto pudo, pero la imagen de esa piernecita colgando le persiguió para siempre. Ni siquiera supo si logró sobrevivir, pero se temió lo peor. “Vi cómo se le iba apagando la vida en los ojos”, me contó. Y así se fue apagando la suya.

No falta cierta ironía en que a él la muerte le llegase también por la pierna, como si la cangrena de ese remordimiento se hubiera reproducido en la infección de rodilla que le llevó a la tumba. Pero nadie en su sano juicio muere de una infección en el primer mundo, dicen sus amigos. “Tony se dejó morir”, sostiene su amiga Maria, y con su muerte en ese Día de los Veteranos, por una pierna colgando, dijo su última palabra contra una guerra que le envenenó el alma.

La conciencia no le dejó seguir siendo parte de ese ejército invasor. Colgó el uniforme después de 24 años en el cuerpo y concentró todas sus energías en luchar contra la guerra. Uno a uno se repasó todos los colegios de Nuevo México para convencer a los jóvenes tentados por los reclutadores para que no cayeran en la misma trampa. “Estoy seguro de que así salvó muchas vidas”, cuenta Alen tal, otro de sus amigos antibélicos. Recuperó la ilusión en la campaña electoral de 2004, cuando organizó a los veteranos para apoyar a John Kerry, y trabajó en los anuncios de militares lisiados que hablaban contra la guerra cuando todavía parecía patriota. Estaba convencido de que los demócratas ganarían esas elecciones, que el pueblo le pasaría factura a Bush en las urnas, pero no fue así. Bush ganó la reelección y la guerra se prolongó eternamente en el horizonte, mientras su vida se descomponía ahogada en alcohol, su matrimonio se deshacía y la culpa le atrofiaba las energías, como esa piernecita de niño que le acompañó hasta su hora final.

Los había capaces de engañar al corazón, de mirar al resto de sus semejante con ojos glaciales, como si fueran muñecos de feria en un escenario artificial, pero no Tony. Él le hablaba a los prisioneros encapuchados como si les debiera algo: “Túmbate aquí, m’hijo. ¿Dónde te duele?”, les preguntaba en español con su acento mexicano de dibujos animados. “No te entiendo nada, compadre, pero ahorita mismo lo vamos a arreglar”.

Encontré a Tony en al-Fajard, como un espejismo en medio de la guerra. El Equipo Médico del Shock Trauma Platoon-5 había acampado sobre un sembrado de trigo verde, salpicado de lilas y jaramagos, que parecía una visión para quienes llevábamos tres semanas en el desierto iraquí embadurnados de arena. Era como si los hubieran sacado de una serie de televisión. Estaban limpios, se afeitaban a diario, usaban desodorante, dormían en catres, desayunaban café caliente y extendían todo su comfort a los recién llegados con una hospitalidad impropia de la guerra.

“Mis bisabuelos eran españoles”, me dijo. “No te preocupes, mi’hija, yo voy a cuidar de ti”. Le miré con excepticismo y me puse a la defensiva, no había conocido a nadie en el Ejército que diese algo sin esperar algo a cambio, pero con el paso de los días, las bombas y los muertos Tony me demostró que su amistad era sincera. Fue capaz de arriesgar su vida por mí cuando nos sorprendieron los morteros en mitad de la noche, de saltarse las reglas y convencer a su comandante cuando la tensión de la batalla amenazaba con truncar mi crónica en hora de cierre, de encontrarme media botella de vino blanco cuando el dolor por la muerte de un amigo me quemaba en el pecho. Y todavía, cuando llegó la hora de abandonar a los marines, le vi correr detrás de la humvee con la tienda de campaña a cuestas. “Llevátela, m’hija, para que te vayas de camping con tu novio”.

Ya de vuelta en casa, cada dos o tres meses encontraba un mensaje suyo en el contestador: “Que Dios te bendiga, mi’hija, cuidate mucho, que sepas que aquí tienes un amigo para siempre”.

¿Qué le di yo a cambio? Supongo que no mucho, más bien planté en su corazón todas las semillas de la infelicidad que le arruinaron la vida. Le hice pensar en lo absurdo de los argumentos que justificaban esa guerra, en la insensatez de matar a inocentes y ganarse enemigos en nombre de la seguridad, en la asqueante misoginia de sus compañeros que violan a una de cada tres mujeres en el Ejército.

De vuelta a casa Tony se enfrentó a toda esa frustración como se enseña a los marines: con alcohol. Quejarse delante de un psicólogo es para mariquitas. Convertido en activista de la paz, no fue capaz de encajar nunca más con esa sociedad castrense en la que había pasado 24 años. Le quitaron el carnet por conducir ebrio, y como en Nuevo México el transporte público es una quimera, siguió conduciendo. Eso le costó nueve meses de cárcel. Expresidiario, divorciado, alcoholizado… La decadencia en espiral tocó fondo el jueves de la semana pasada, Día de los Veteranos. Sirva esta crónica como testimonio de que para muchos hombres de bien que pasan por una guerra sinsentido, el infierno no acaba en el campo de batalla, sino que empieza de vuelta en casa. Los hombres con conciencia y de buen corazón tienen poco que hacer en la guerra, y el ejército no sabe qué hacer con ellos.

Los hombres también lloran

Siempre me ha dado rabia eso de que los hombres no puedan llorar. No sólo por la injusticia de que la naturaleza les haya bendecido con menos cambios hormonales que a nosotras, ni porque su incapacidad para soltar lágrimas sirva para despreciarnos cuando a nosotras se nos escapan, sino porque a mis ojos les hace menos humanos.

¿Es que ellos no sienten ni padecen? Pues sí, los tipos duros también tienen su corazoncito, acumulan estrés, presiones y muchos sinsabores, pero la diferencia es que cuando ese cóctel les explota en las entrañas para mí no pierden puntos, sino suman. Me dan ganas de darles un abrazo, pero tengo que contenerme porque suelen ser puros extraños a los que he llegado hasta el fondo de su corazón con el privilegio de mi grabadora.

El que el miércoles se me desmoronó fue Martín Escobar, un policía duro de Arizona que ha sido capaz de enfrentarse a todo el cuerpo para demandar la ley anti inmigración y defender a su comunidad.

En los últimos tres meses ha perdido muchos amigos, se ha sentido muy solo, traicionado por el estado al que servía fielmente desde hace 15 años y repudiado por sus compañeros. Es un héroe silencioso que nunca buscó la gloria pero que cree a pies juntillas en hacer el bien. No viste el uniforme sólo para ganarse el sueldo, sino porque llevar esa placa le daba oficio en ayudar a los demás, a su comunidad y a la sociedad a la que pertenece, ahora dividida racialmente por culpa de una ley que ignora siglos de herencia mexicana en la frontera sur.

“Aquí estábamos bien hasta que llegaron los inmigrantes esos, y no me refiero a los latinos, sino a esos viejos de Massachusetts, New Jersey y por ahí arriba, con sus ideas racistas”, contaba su abogado Richard Martínez. Otro ciudadano de bien que lleva casi tres décadas dedicado a combatir las injusticias discriminatarias pro bono (o sea, gratis) desde su oficinita de adove en el centro histórico de Tucson. “Mi santo favorito es el Quijote”, sonríe.

Richard y Martin son dos personajes entrañables a los que he tenido la suerte de conocer. Están en el ojo del huracán, perseguidos por la prensa mundial, pero no utilizan secretarias para que les contesten el teléfono. A los periodistas españoles nos reciben como de la familia, sienten en la sangre eso de la madre patria, con el mismo afecto que le dedican a los suyos.

Bromean, se abrazan y se tiran de los pelos. Martín, que es cinturon negro de judo, ha prometido que cuando todo esto acabe se lo va a llevar al ring para desahogarse con él “a madrazos”. Mientras, el desahogo le llegó a mitad de la entrevista, cuando después de recordar lo sólo que se ha sentido me enseñó una foto que le ha mandado el otro policía de Phoenix, hermano en la demanda, con el que se intercambia mensajes de texto para darse ánimos. “Gracias oficiales Dobson, Escobar y Salgado por tener el valor de alzaros contra la injusticia “, había escrito alguien en el muro de una escuela.

Un amigo le envió algo que él había escrito meses antes de que la rabia le pudiera, cuando ni se imaginaba que iba a meterse en esto: “Lucho porque he nacido para luchar. Nunca me rendiré ante las injusticias y defenderé a los que no puedan defenderse a sí mismos”.

Se quedó mirando sus propias palabras, empezó a emocionarse, vi cómo se le humedecían los ojos, intentó contenerse y no pudo. Se tapó la cara y gimió desconsolado durante varios minutos. Yo no sabía si acercarme a él, seguir haciendo preguntas o quedarme callada. Hice un poco de todo, y hoy decido compartirlo con todos mis lectores, no para humillar a Escobar, como pensarían los que creen que los hombres no lloran, sino para demostrar que es un ser humano excepcional, en todo el sentido de la palabra. Gente de bien, de los que te devuelven la fe en el ser humano, hombre o mujer.

Si los compañeros de www.elcorreo.com han podido interceder con la técnica, aquí está el audio. Y como a partir de que pierde la compostura Escobar recurre al inglés, que finalmente es el idioma en el que mejor se expresa, les mando la transcripción completa, con la parte en inglés traducida al español. Disfrútenla. La versión editada la tienen en la edición impresa de este periódico. Y perdonen las erratas, me echan del hotel en dos minutos y no me da tiempo de revisarla.

P.¿Qué aspecto tiene un inmigrante ilegal?

- Eso es lo que quisiera saber yo. Hasta le preguntaron a la gobernadora cuando firmó la ley y no supo responder. No lo entiendo, porque en esta área hay mucho inmigrante legal e ilegal, ¿y cómo averiguamos la diferencia a simple vista sin aplicar un perfil racial? Por eso digo que no se puede aplicar esta ley sin caer en el racismo.

¿Le ha preguntado a sus jefes cómo hacerlo?

-Le he preguntado a mis compañeros de trabajo qué factores van a usar para determinarlo, y la mayoría me ha dado la misma respuesta: que hablen poco o mal inglés, o cómo se vistan. No creo que entiendan muy bien el delito de encasillar racialmente a alguien, porque si aplican esos factores lo estarán cometiendo. “¿De qué otra manera se puede determinar?”, me preguntaron. “Pues cuando lo halles, me lo dices”, les contesté, porque yo todavía no lo he encontrado, por eso estoy demandando la ley. Mi tío tiene 70 años, se hizo ciudadano la semana pasada, y va y viene constantemente a México, porque tiene allí su familia. Casi no habla inglés, se viste de una manera particular, ¿cómo van a saber que él es ciudadano? También tengo un estudiante en mi escuela que casi siempre habla puro español, cuando lo hace en inglés es un inglés quebrado con un acento bien fuerte, pero es ciudadano estadounidense desde hace año y medio. Cuando lo paren por cualquier infracción y empiecen a hacerle preguntas y a investigarlo se va a ofender. Es lo que le digo, es muy difícil aplicar esta ley sin ofender a mucha gente.

P. ¿Qué estilo de ropa van a mirar sus compañeros para determinar que alguien es sospechoso de ser emigrante ilegal?

-Por lo que hablé con ellos, botas de vaquero y cinturón a juego, sombre de vaquero. Yo les he dicho muchas veces que hay muchos ciudadanos estadounidenses que se visten de esa manera.

P. Muchos hispanos piensan que les van a detener por ir mal vestidos, con pantalones cortos o chanclas. ¿Cree que eso es cierto?

-Es parte de lo que van a mirar los agentes para aplicar la ley, aunque no revele en absoluto el estatus legal de la gente.

P.¿Y qué pasa si le piden a alguien la identificación y no la lleva encima?

-Los que están de acuerdo con la ley dicen que es lo único que la gente tiene que hacer, llevar encima su identificación, pero ¿sabes cuánta gente no la lleva en ese momento por cualquier motivo? Yo mismo hoy salí apurado de casa y cuando me he echado mano a la cartera no la llevo encima. En este momento no traigo nada de identificación conmigo. Hay muchas cosas que pasan en el día de una persona. Y hay gente que la policía le ha quitado la licencia de conducir por algún motivo, y eso no debería impedirles caminar libremente por la calle. En EEUU no hay ninguna ley que diga que tenemos que llevar encima una identificación nacional o estatal a todas horas, aparte de cuando conduces.

P. Con esta ley, su obligación será detenerles, ¿no es así?

-Sí, hasta que podamos identificar su residencia legal. Vamos a tener que llevarlos a la cárcel y detenerlos formalmente, incluso si sólo han cometido una infracción menor que no requiera cárcel sino una multa. O incluso si no ha cometido ninguna infracción o es ciudadanos estadounidense, hasta que lo verifiquemos.

P.¿Y hay sitio en las cárceles para detener a tanta gente?

-¡Si ahorita están llenas, imagínese! Es lo que no tomaron en cuenta los que hicieron esta ley, o cómo se iba a pagar por esto. Porque nosotros en Tucson no tenemos cárcel propia, sino que usamos la cárcel del condado del sheriff por contrato, y creo que le cobra a la ciudad como 200 dólares diarios por cada detenido. Haga las cuentas, y eso que la ciudad está tan mal que a nosotros nos han quitado horas, este año tengo que trabajar 72 horas sin cobrar, y cada oficial que se ha jubilado no ha sido reemplazado.

Miré yo comencé en 1995, y entonces nos llegaban a lo máximo unas 800 llamadas diarias. Me quedaba tiempo para patrullar, hacer mis investigaciones, buscar drogas, carros robados y todo eso. Ahorita no es raro pasar las 1200 llamadas por día, ya no nos queda tiempo de patrullar o investigar cosas propias. Anoche me la pasé de una llamada a otra con puros reportes de personas que sólo hablaban español. Yo era el único oficial en turno que hablaba español, y la primera persona a la que atendí al entrar había puesto el reporte hacía seis horas. Así que nunca tuve tiempo de buscar narcotraficantes, sospechosos o lo que fuera.

Ahora con esta nueva ley nos va a llevar más tiempo todavía. Nosotros antes en casos de violencia doméstica, una agresión o cosas así nos limitamos a hacer un informe en el que la persona firma que aparecerá en los tribunales a dirimirlo y nos vamos a investigar otro caso. Ahora para aplicar esta ley vamos a tener que detenerlos, verificarlos, llevarlos a la cárcel, hacer el papeleo… Eso va tomar mucho tiempo.

P.¿Y cómo es que esperan bajar el crimen con esta ley?

-Pues yo creo que va a subir, porque no vamos a tener tiempo de hacer otras cosas más serias si nos dedicamos a investigar infracciones migratorias en faltas menores.

P.¿Y ese aumento de llamadas no le da la razón a quienes piensan que con tantas llamadas ha subido la delincuencia?

-Eso es lo que no cuenta la gobernadora, pero mi experiencia personal es otra. La mayoría de los inmigrantes que veo yo vienen a trabajar, y por no encontrarse con nosotros y meterse en problemas no más se la pasan trabajando, no quieren tener ningún contacto con nosotros. Son familias sencillas que sólo vienen a buscar trabajo. El retrato que quieren pintarnos es que todos son criminales, narcotraficantes, matones… Yo me río de esas cosas. Llevo patrullando de noche, en los turnos más pesados durante 15 años, y esa no es mi experiencia, no he visto eso.

El Empire State se rinde

Hasta esta noche nunca supe que había tantos españoles en Nueva York. Salieron hasta de debajo de las piedras. Bastó ganar para que la furia roja se convirtiera en una auténtica marea roja que bañó Manhattan. La Gran Manazana convertida en un verdadero carnaval donde todos nos abrazábamos por las calles y entrábamos en cada casa que tuviera un bandera colgando. Uno resultó vivir en mi misma calle y tener una terraza de ensueño que comparte generosamente con los amigos de cualquier nacionalidad. Desde allí vimos cambiar de colores al Empire State, a los expatriados casi se nos saltan las lagrimas de emoción.


Nada más ganar salimos todos a la calle gritando el Oeee, Oeee, Oeee y agitando banderas como locos. No sé de dónde salieron tantas camisetas rojas, pero menuda puesta de sol en la fuente de Washington Square, que a falta de la de Colón sirvió para la fiesta.


Y claro, la primera intención fue celebrarlo con un pulpo a feira, pero no se puede ganar a la salud del pulpo y luego digerir a sus hermanos, así nos abstuvimos dignamente. Los hay que prometieron quitarse del pulpo para toda la vida. Mi amigo el DJ Ursula 1000, por cuyas venas también corre sangre española, decidió subir a Paul a los altares y convertir nuestra bandera en algo de lo que siempre estemos orgullosos. Creo que hasta los catalanes podrían rendirle honores a ésta.

El Mundial en Nueva York

Me rindo. Acabo de sucumbir a la euforia del fútbol. Esta tarde he salido del Bunny Show, el bar surafricano que nos ha adoptado para el Mundial, henchida de euforia futbolera. Surcaba las calles del Lower East Side en mi bicicleta con una sonrisa boba cuando oí a alguien meterse con un alemán y sin poder contenerme grité “¡Viva España!” (Uf, no me lo puedo creer, parece que por fin hemos matado a Franco). Para mi sorpresa, los que escapaban a la ola de calor sentados en el portal se sumaron al clamor sin dudarlo.

Once años en Nueva York y nunca había escuchado a nadie gritar el nombre de mi país por las calles. “La furia roja” es portada del Wall Street Journal y los españoles de La Nacional cortaron ayer la calle 14, que un día fuera el eje del barrio español y hoy bastión de los modernos del Meatpacking Distric (Foto de Laura Turégano).

Ayer a los españolitos de la Gran Manzana nos felicitaban por la calle y nos dedicaban palmaditas en la espalda, más sorprendidos que nosotros porque nadie apostaba un duro por la victoria de nuestra selección frente a Alemania. Estos días atrás me irritaba la ausencia de nuestro país en las quinielas, era como si ni siquiera hubiéramos llegado a la semifinal, nadie nos mencionaba. Tenían sus dudas entre Holanda y Uruguay pero lo de España-Alemania lo veían tan claro que no se molestaron ni en dejar un margen para el azar. Mi amigo Paul, escocés, debe haberse forrado con la porra.

Nueva York, cosmopolita como ella sola, es la ciudad ideal para ver el Mundial, con comunidades de todas las nacionalidades en el “melting pot” donde se cuecen todas las culturas. Desde el principio se podía oler la fiesta a media tarde (gajes del cambio horario) en los restaurantes brasileños, serbios, italianos, portugueses, argentinos, africanos (¡qué partido el de Ghana)…

Los españoles del Lower East Side lo seguíamos con timidez, sin tanto orgullo como para sumarnos a la hinchada patriota de emigrantes que se citaban en La Nacional, pero con nuestro corazoncito bien puesto. Soñábamos con un España-Brasil porque suponíamos que sería la mejor velada posible, pero lo decíamos con la boca chica y nos miraban con cierta compasión.

Poco a poco se nos fueron sumando los amigos que quedaban descolgados de otras selecciones, sobre todo italianos y británicos, pero también suecos, irlandeses, australianos y hasta paraguayos. Nadie nos apoyaba más que estos últimos, que ya que han sido eliminados quieren presumir de haber sucumbido frente al campeón. Esta última semana admito que nos tenían más fe ellos que nosotros mismos, siempre temerosos de soñar a lo grande por si la realidad resquebrajaba nuestras ilusiones.

Pero hoy, por fin, salí de buen ánimo, porque no sólo había ganado mi selección sino que por primera vez en este Mundial la vi ganar convenciendo, con un juego que ha dejado apabullados a los listos que daban por terminada nuestra racha de suerte frente al juego cerebral de los alemanes, considerado infalible. Hoy me digo que ha llegado la hora de creer en los milagros, pero sobre todo de creer en nosotros mismos, de superar los complejos y de atrevernos a ir de españoles en la Gran Manzana. Aupa Pujol, que por esta semana, ni vascos ni catalanes, en Suráfrica todos somos españoles, y la crisis, para otro día.

En bruto: El arte de Richard Serra. “Tengo una conexión natural hacia el paisaje español”

Los artistas acunan a la musa y dan rienda suelta a la creatividad. En los periódicos somos obreros que trabajamos a contrareloj y forcejeamos contra el espacio, la publicidad, las noticias, el cambio horario, el cierre… Metemos la tijera, cortamos, pegamos, pulimos y dejamos los textos lo más digerible posible, dentro de nuestras muchas limitaciones.

Son páginas para todos los públicos, pero están los que se quedan con ganas de más y los que buscan la voz del original, en lugar de nuestra versión embellecida. Para estos va la transcripción completa y en bruto de la entrevista con uno de los escultores más importantes del siglo XX, Richard Serra (San Francisco, 1939), que desde ayer es el nuevo Premio Príncipe de Asturias de las Artes.

P. ¿Qué significa este premio para usted?

- España ha sido el país que realmente ha apoyado mi trabajo desde 1982. Fui allí cuando se terminó el régimen de Franco y había una gran exuberancia en el país, como un despertar cultural. Fui con una exposición de escultores llamada “Correspondencia”, después hice una exposición con el Reina Sofía y durante los últimos 30 años museos, instituciones y colecciones privadas han mostrado mi trabajo. Así que le debo mucho a España y al pueblo español.

P. ¿Qué papel cree que ha jugado en su carrera el Guggenheim de Bilbao?

- Enorme. Desde la concepción del museo, cuando se alzó La Serpiente en la exposición inicial, y luego me invitaron a volver para hacer una exposición mayor dos años después, y a raíz de ésa decidieron que hiciera una exposición permanente. Creo que en los últimos 20 años La matería del Tiempo es la obra más significativa que he hecho, y tenerla allí permanentemente ha permitido exponerla a un público mayor y ha permitido una mayor comprensión de mi obra, y eso se lo debo también a (Thomas) Krens y a (Juan Ignacio) Vidarte.

P. ¿Cree que permite también observar su trayectoria?

- Sí, creo que es una instalación maravillosa, no podía estar más contento con ella.

P. El jurado le ha considerado “uno de los escultores más relevantes de la segunda mitad del siglo 20”. ¿Qué se siente al presenciar su propia entrada en el pabellón de la historia?

- Creo que mis esculturas se han diferenciado de la tradición de la forja y el modelaje. Y al hacerlo se han salido del pedestal para tratar con la psicología y el contexto, que hace del espectador el contenido de la materia. Así que uno experimenta sensibilidad y sensaciones y se convierte en parte del sujeto e incluso del contenido cuando camina a través de ella. Creo que eso permite una singularidad diferente de mi trabajo en la historia de la escultura en relación con cualquier otro trabajo que le haya precedido. Así que si ya ha hecho alguna contribución será en el sentido del lenguaje y la evolución de la escultura.

P. El jurado también ha destacado su “audacia en definir los espacios urbanos desde una perspectiva minimalista”. ¿Está de acuerdo?

- Creo que llamarlo minimalista lo reduce a un movimiento que realmente trabajaba con espacios interiores y objetos, yo realmente vine después de ese movimiento. El movimiento minimalista fue principalmente Donald Judd, Dan Flavin y Carl Andre. Yo surgí con Robert Smithson, Bruce Nauman y Eva Hesse, que lo abrieron a una condición de caminar dentro de él y girar a su alrededor, donde el tiempo y el espacio se hicieron más ascéticos que meramente la presentación de un objeto minimalista. Así que llamar a mi trabajo minimalista es, por definición, un rumbo equivocado.

P. ¿Y cómo le gustaría a usted que lo definieran?

- Creo que eso corre a cuenta de cada uno. Darle una definición sería reducirlo a algo que no sería correcto, porque es un trabajo con una base muy amplia y depende de la visión del espectador en cada contexto y en relación con cada experiencia anterior e incluso a la historia misma. Lo que he descubierto recientemente es que toda una generación más joven está experimentando mi trabajo de forma distinta que la generación de más edad porque no tiene las mismas concepciones previas de lo que tiene que ser una esculptura, así que lo experimentan como es por primera vez en relación a su propio volumen y su propia determinación. Eso ha sido muy satisfactorio.

P. ¿Se podría decir que su trabajo es más para ser experimentado que observado?

- Eso es exactamente. No se trata de mirar a un objeto, donde el contenido está dentro de un marco o la pintura está definida por el modelaje de un objeto o lo que hay en un pedestal. Mi trabajo trata de la experiencia del espectador entendiendo su propia percepción. Así que el sujeto del que trata depende de la habilidad del espectador para entender el movimiento y el volumen del trabajo. Básicamente estoy tratando con el espacio, uso el acero para organizar espacios y controlar el volumen de los espacios.

P. Suena contradictorio hablar de modelar los espacios con algo tan rígido y gigantesco como el acero.

- Uso el acero casi como si no tuviera peso, realmente no se siente su peso cuando se entra en el volumen de las piezas, lo que hace es definir cómo el espacio y las curvas afectan al movimiento de tu cuerpo, lo inesperado de cómo se abre y se cierra el espacio al caminar por él, y lo que aparece detrás tuya y por encima de tu cabeza. Las piezas tienen la tendencia de implicarte en su volumen y su espacio. Juego con el vacío, no sólo con la formación del acero. No es una escultura tradicional en la que miras un objeto y por definición se reduce a un juguete a un coche o a cualquier objeto que alguien esté tratando de definir en la historia de la representación. Mi obra no trabaja con la representación de esa manera, sino con la experiencia en relación a las sensaciones personales.

P. Es como si le hubiera atribuido ligereza al acero.

- Sí, ligereza y movimiento.

P. El acero parece un material muy apropiado para una ciudad como Bilbao. ¿Le inspiró eso de alguna manera?

- Cuando fui la primera vez a Bilbao era una ciudad muy industrial donde seguían contruyendo barcos y había un gran comercio. Todo eso cambió cuando la ciudad se abrió al museo, ya no es ese puerto industrial. Pero cuando fui allí la primera vez ciertamento me impresiono su industrialización. Mi propio origen en EEUU tiene que ver con eso, de niño trabajé en una fábrica de acero, así que he estado trabajo en el marco industrial y en la tecnología de la industria toda mi vida.

P. ¿Echa de menos ese Bilbao industrial?

- Digamos que ese viejo Bilbao vibraba de una manera distinta a la homogeneidad de ahora.

P. ¿Planea visitarlo cuando vaya a recoger este premio?

- Si puedo, por supuesto.

P. ¿Dónde estaba cuando le informaron del premio?

- Me lo dijeron la víspera, por email, lo ví en Long Island.

P. ¿De que forma puede afectar a sus planes de carrera?

- Estoy construyendo dos grandes encargos de las que todavía no puedo hablar hasta que estén hechas, pero puedo decirle que en marzo del año que viene abriré una exposición en el Metropolitan Museum que después irá a San Francisco y más adelante a Houston.

P. ¿Hay alguna oportunidad de que se vea en España?

- No lo sé, habrá que verlo, pero no lo creo. Puede haber alguna posibilidad con la exposición que se está montando en Basel junto con Brancusi, y se está hablando de que vaya a Bilbao, pero no sé si eso ocurrirá o no, está en fase muy inicial.

P. ¿Qué cree que esta etapa de su vida está aportando a su obra?

- Ahora mismo estoy en periodo de recuperación, pero no ha frenado mi capacidad de pensar. No es que ya no esté trabajando en esculturas, es que ahora mismo estoy un poco tumbado y lo estaré durante un par de meses, es cuestion de tiempo y volveré a estar bien. Mi creatividad no se ha mermado, está trabajando tan bien como siempre.

P. Muchas ciudades de España pueden presumir ahora de tener una de sus esculturas, ¿hay alguna que signifique más para usted?

- La materia del tiempo es lo más grande que he hecho en España y puede que en mi vida. Me hace muy feliz saber que va a seguir allí durante la próxima década. Creo que realmente es un momento muy particular en la evolución de mi trabajo. Parte del idioma de la obra es que se haya juntado en un solo sitio para que cualquiera pueda entenderlo cuando vaya allí y camine entre las piezas. Por otro lado, al año siguiente construí en Francia una pieza con unas placas verticales llamada “Promenade” que me gusta mucho. Algún día tendremos que encontrarle un sitio para residir, pero todavía no ha ocurrido.

P. ¿Siente que en EEUU se ha reconocido su trabajo con la misma intensidad que en Europa?

- Sí, ciertamente, hace tres años tuve una exposición en el Moma que visitaron 800.000 personas entres meses, y eso era mucho para el museo.

P. ¿Qué otros reconocimientos le gustaría obtener en su vida?

- Sólo querría tener cuantas más oportunidades posibles de construir, a pesar de que hay una crisis económica mundial que hace más dificil constuir en espacios públicos. Espero que cuando la economía se recupere me encarguen más trabajo y me den más oportunidades.

P. ¿Qué papel cree que deben tener los gobiernos en la financiación del arte?

- Varía de país en país. Algunos países como Francia y España están más dispuestos a poner dinero público en encargos potenciales, mientras que EEUU carece mucho de eso. Gran Bretaña le ha ofrecido a los artistas posibilidades de construir en lugares públicos. Cada país tiene diferente necesidades económicas y diferente conciencia cultural. En la última década o así Inglaterra ha vertido una cantidad de dinero enorme en su programa artístico.

P. Comparado a grandes rasgos con otros siglos parece que esa influencia pública se ha reducido.

- Hasta cierto punto los gobiernos no se quieren implicar con el arte porque el arte normalmente se adelanta a las ideologías de los gobiernos, así que no les interesa porque no tienen constituyentes en cuanto a posibilidades políticas, y por tanto no le prestan mucha atención. No es que sea así en todos los países pero ciertamente lo es en EEUU.

P. Pero por el tamaño y los materiales que utiliza su obra es más apropiada para espacios urbanos que museos.

- Sí, seguro, paisajes y espacios urbanos.

P. Cuando las construye, ¿está pensado en redefinir el espacio?

- Sí, eso es lo que hago. Voy, miro el contexto, el tamaño e intento redefinirlo en términos de las necesidades esculturales de mi trabajo, no de la representación del lugar existente.

P. Y además de estas carácterísticas industriales que encontró en Bilbao, ¿qué otras cosas le inspiran del espacio que ve en España?

- La apertura y la dureza del espacio español me recuerda a la de California, que es de donde soy, así que eso tiene mucho que ver con mi simpatía y mi sensibilidad. Tengo una conexión natural hacia ese paisaje. Tiene mucho que ver el dónde has nacido y de dónde eres, y siendo de San Francisco y habiendo crecido junto al mar entiendo la extensión del espacio abierto. Cuando voy a España siento que es la misma clase de horizonte interminable.

P. ¿Cómo se adapta esa sensibilidad por los espacios abiertos a vivir una ciudad como Nueva York, tan llena de rascacielos?

- No es cuestión de tamaño sino de escala y de cómo jugar con el contexto.

P. ¿Sabe qué va a decir cuando reciba este premio?

- No, es muy pronto, tengo tiempo para pensarlo, pero creo que lo que quiero es darle reconocimiento al país por apoyar mi trabajo en las últimos tres decadas.

Cruce de miradas en Guantánamo

El chicarrón barbudo vestido de blanco acaparó todas las miradas en cuanto entró ayer en la sala del Tribunal militar de Guantánamo, pero aunque las cuarenta personas que le observábamos con curiosidad fuéramos lo más interesante que ha visto en años, él se puso a juguetear con el bolígrafo como un adolescente ausente. Intentaba controlar la ansiedad, pero le delataba el compulsivo golpeteo de su pie derecho.

En los siete años que Omar Khadr lleva en el agujero legal más oscuro del mundo ha dejado atrás el cuerpo de quinceañero en el que le metieron dos tiros y un montón de metralla cuando le capturaron en Afganistán. Ahora tiene 23 años, el cuello ancho, las manos grandes, el torso corpulento. El bigote incipiente de las fotos previas a su captura es ya una barba espesa, el uniforme indispensable de los presos de Guantánamo que le despreciaban por ser adolescente y occidental. Su padre le hizo cambiar la escuela de Toronto por un campamento de verano con Bin Laden, y de ahí vuelo directo hasta esta isla del Caribe donde los estadounidenses tiraron la llave al mar. “Bienvenido a Israel”, le saludaron socarrones al llegar. De los israelíes habían copiado las más sofisticadas técnicas de tortura que pondrían en práctica en este laboratorio del mal.

Pese a todo ha logrado sobrevivir con una sonrisa amable que le dedicó uno a uno a todos sus abogados con un enérgico apretón de manos. Los veinte periodistas le observábamos con desparpajo, como si todavía nos separara uno de esos cristales de espejo por los que la víspera taladramos la intimidad de sus compañeros del Campamento 4 mientras veían el fútbol.

De pronto me tropecé de refilón con su mirada. Pensé que me equivocaba, que se había sentado de lado para mirar al juez, pero en las siguientes horas sentí varias veces el calor de esa mirada esquiva. Coincidió que yo estaba a su derecha, frente al juez, en ángulo recto al único ojo con vista que le quedó después de la batalla en la que quiso haber muerto. “Matadme”, suplicó a los soldados en su inglés nativo. Comprendí que casi no hay mujeres en la prisión de Guantánamo, y que todas las que estaban a mi alrededor tenían la piel blanca como la leche. Abundaban los ojos claros y las cabelleras rubias, en contraste a mi piel de aceituna y melena andaluza. Omar Khdar no ha visto a su madre o a su hermana en ocho años, posiblemente soy lo más parecido que le ha rondado en el último tercio de su vida.

Me escabullí en el receso para llamar al periódico. Por la pantalla del circuito interno imaginé la mirada de Omar al tropezarse con mi asiento vacío y me vino a la memoria lo que repetía desconsolado en sus primeros años de prisión a cuantos se hacían pasar por amigos, ya fueran verdugos, abogados o compañeros de celda. “No es verdad, no te importo, a ti no te importo nada”, se le oye sollozar en un vídeo que se hizo camino hasta You Tube.

Su caso, el del niño soldado de Guantánamo, el último occidental de la prisión más infame del mundo, ése que extrañamente ha elegido la Casa Blanca de Barack Obama para resucitar las comisiones militares, me rompe el corazón, pero Omar tiene razón. A nadie le importa. Todos nos iremos a casa y él seguirá en Guantánamo sin saber siquiera qué color tiene el mar que le rodea por los cuatro costados.

Se le acusa de matar a un soldado con una granada después de que las fuerzas especiales asediaran la casa donde estaba y la redujeran a escombros con la ayuda de helicópteros Apache, cazas A-10 y bombarderos F-18. Muchos escolares argumentarían que en la guerra matar al contrario por sí mismo no es un crimen sino la esencia de la batalla, pero es que además nadie tiene pruebas de que fuera él quien lanzase la granada fatal que mató al sargento Speer. Lo único que le inculpa es la confesión que le fue arrancada por más de 31 interrogadores en las prisiones de Bagram y Guantánamo, después de utilizarle como fregona humana para limpiar los orines con su estómago.

Y tiene razón, a nadie le importa. Mientras él vuelve a los grilletes de su celda nosotros nos iremos a la cama y mañana le volveremos a poner la alfombra roja a Obama, Premio Nobel de la Paz, como si Bush siguiera presidiendo los absurdos tribunales de guerra con los que se pretende limpiar el buen nombre de Guantánamo. En el comedor de la base suena Buena Vista Social Club, al otro lado de la valla Fidel Castro habla de la revolución y nosotros tecleamos con furia palabras que se lleva el viento del Caribe. Lo siento, Omar, tienes razón, a nadie le importas.

Un médico militar atiende a Omar Khadr en el momento de su captura, único superviviente de una desproporcionada batalla ocurrida el 27 de julio de 2002.

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