Policía. Una palabra que siempre me ha impuesto respeto, distancia, aprensión. Con los años he aprendido a temerles más. Nada como viajar a otros países para apreciar lo que uno deja atrás. Imagínese que se encuentra perdido en la Ciudad de México. El agente gordinflón de la esquina debe ser la última persona a la que se le ocurra preguntarle dónde queda la calle que busca. Lo más probable es que le mire entre sorprendido y divertido, y luego repita lentamente su pregunta con una sonrisa ladina, mientras discurre cómo aprovechar la ingenuidad del forastero para extorsionarle. Es probable que le envié directo a manos de sus “cuates”, que le pagan religiosamente una “mordida” por dejarles hacer sus fechorías e incluso comisión por los clientes que les consigue. Y no le sorprenda si le para un agente de tráfico por saltarse un semáforo que estaba en verde. Dele un poco de tiempo y acabará pidiéndole una “mordida” a cambio de no “llevarle al corralón”. En EEUU la corrupción se la reservan para esferas más altas. Los ciudadanos pagan sólo por los brutales abusos que se producen a diario en alguna parte. Periódicamente alguno es tan escandaloso que pasa meses en los titulares de los periódicos. Sean Bell, el novio asesinado en su despedida de soltero por los policías de paisano que descargaron 50 disparos sobre él y sus dos amigos al salir de la discoteca. Amadeo Diallo, el emigrante guineano al que dos policías de paisano le metieron 41 disparos por la espalda en la puerta de su casa, sólo porque echó mano de su cartera para enseñarles la identificación. Abner Louima, un emigrante haitiano, casado y con un hijo, al que varios agentes violaron, golpearon y sodomizaron con el palo de un destascador del water en los servicios de una comisaría, con tanta violencia que requirió varias operaciones para coserle los intestinos y las tripas. Todos víctimas desarmadas que no habían cometido delito alguno. Casi todos los policías fueron absueltos. Esa impunidad es la que les ha hecho perder el respeto a los testigos y a las cámaras. Porque casos como los anteriores aparecen una vez al año, pero las palizas gratuitas y los sádicos abusos de autoridad se dan todos los días en este “país de leyes” del que presume George W. Bush. La Policía de Nueva York carga un largo historial de desmanes que no aparecen en las series de televisión. Son las pequeñas videocámaras que ahora llevan cualquier móvil las que van a hacerlos famosos. La semana pasada, sin ir más lejos, dos vídeos han hecho estragos en el ciberespacio hasta recibir eco en los periódicos. Uno, en pleno Time Square, a media mañana, rodeado de turistas. Despidiendo mala leche, y sin venir al cuento, un policía elige aleatoriamente a uno de los ciclistas de Critical Mass y lo lanza violentamente al suelo, para luego golpearlo y detenerlo por “resistencia a la autoridad”. El mismo cargo que llevó a la cárcel a un afroamericano que, según claman los agentes, les agredió cuando intentaba entrar a un paque con una petaca de alcohol, sin que nada de ello aparezca en el vídeo que recoge la soberana paliza con una barra de hierro, también a plena luz del día y con testigos. Aquí es donde se acaban las palabras. Juzgue con sus propios ojos.

