Hola amigos, aquí estoy de vuelta a petición vuestra. Mi ausencia empezó con unas vacaciones bien merecidas a México, y a partir de ahí ya no he podido levantar cabeza. En este trabajo se ausenta uno un par de semanas y a la vuelta le desbordan los emails, las facturas y los

Sí, hace ya dos meses, pero eso no quita para que la semana pasada empezara a recibir llamadas de familiares y amigos, preocupados con la idea de que me hubiera contagiado con la “temible” gripe porcina que ya por entonces se gestaba en el corazón de Veracruz.
Los primeros fueron mis padres, claro. Ambos en comandita al teléfono, con la seriedad que requiere el tema, para preguntarme cuánto tiempo exactamente hacía de mi viaje. Yo, del otro lado, entre divertida y cabreada, porque si algo me espeluzna es la falta de sentido común.
La gripe, ésta y cualquier otra, tiene un período de incubación entre uno y cuatro días, así que da lo mismo si estuve en México hace uno o tres meses, porque en ningún caso podría afectarme a estas alturas.
Robert Klitzman, profesor de psiquiatría de la Universidad de Columbia, explicaba el otro día que los seres humanos tenemos en nuestro cerebro un “botón del pánico” que nos impide pensar. Se trata de que cuando se nos ponga delante un león no perdamos el tiempo decidiendo entre si sería mejor subir a un árbol o salir corriendo, pero por favor, no seamos tan prehistóricos y usemos el sentido común para estas cosas.
Fuera de México la gripe porcina sólo ha causado un niño muerto, literalmente. El pobre infante, del que no pretendo reírme ni mucho menos, venía de México y ya traía consigo problemas de salud antes de contraerla. En contraste, la gripe común deja cada año 36.000 muertos sólo en EEUU, amén de 200.000 hospitalizaciones. La mayoría, como seguramente habrá sucedido también en México, es gente con problemas respiratorios u otras condiciones preexistentes que se complican con la enfermedad.
Cierto es que la mayor parte de la población tiene desarrolladas defensas contra las principales cepas de gripe, pero aún si resulta más fácil contagiarse de la actual, la experiencia de las últimas dos semanas permite diagnosticar siete días de cama con fiebre, tos y dolor muscular. A lo sumo, unas dosis de Tamiflu. ¿Es para asustarse?
Los egipcios han sacrificado sin atenerse a razón alguna 300.000 cerdos, pese a que la Organización Mundial de la Salud ha insistido en que la gripe no se contagia a través de los cerdos. Hasta el punto de retirar el nombre de gripe porcina y empezar a llamarla sólo H1N1, por si eso ayuda a eliminar el estigma.
Los chinos, todavía peor. Desde que el jueves llegase a Shangai un pasajero contagiado de gripe porcina la policía ha recorrido los hoteles para sacar a todos los mexicanos incluso en mitad de la noche. Entre los niños y adultos que han encerrado en instalaciones de mala muerte, según el consulado, hay también algunos mexicanos que no han visitado su país de origen en al menos tres meses. Pero como decíamos, el sentido común aquí no aplica.
Y puestos a perder la cabeza, a mí lo que me tienta es coger el primer avión de vuelta a México.Vuelos baratos y casi vacíos en los que estirar las piernas. Si hace dos meses mi cabaña de Chacahua ya salía más barata que un menú del día en Madrid, con lo que ha caído el peso a cuenta de la gripe porcina me voy a sentir hasta culpable.
En fin, una excusa como otra cualquiera para volver al paraíso perdido. Sin televisión, teléfono o internet. Hasta la luz eléctrica ecasea por las noches. Allí donde las noticias suenan tan remotas a través de la radio local que el termométro de la ansiedad se queda bajo cero. No hay más botón del pánico que el que provocan las corrientes marinas o los alacranes. Tal y como lo pensó la naturaleza.


