Mercedes Gallego
La vida en Nueva York
Hola amigos, aquí estoy de vuelta a petición vuestra. Mi ausencia empezó con unas vacaciones bien merecidas a México, y a partir de ahí ya no he podido levantar cabeza. En este trabajo se ausenta uno un par de semanas y a la vuelta le desbordan los emails, las facturas y los

Sí, hace ya dos meses, pero eso no quita para que la semana pasada empezara a recibir llamadas de familiares y amigos, preocupados con la idea de que me hubiera contagiado con la “temible” gripe porcina que ya por entonces se gestaba en el corazón de Veracruz.
Los primeros fueron mis padres, claro. Ambos en comandita al teléfono, con la seriedad que requiere el tema, para preguntarme cuánto tiempo exactamente hacía de mi viaje. Yo, del otro lado, entre divertida y cabreada, porque si algo me espeluzna es la falta de sentido común.
La gripe, ésta y cualquier otra, tiene un período de incubación entre uno y cuatro días, así que da lo mismo si estuve en México hace uno o tres meses, porque en ningún caso podría afectarme a estas alturas.
Robert Klitzman, profesor de psiquiatría de la Universidad de Columbia, explicaba el otro día que los seres humanos tenemos en nuestro cerebro un “botón del pánico” que nos impide pensar. Se trata de que cuando se nos ponga delante un león no perdamos el tiempo decidiendo entre si sería mejor subir a un árbol o salir corriendo, pero por favor, no seamos tan prehistóricos y usemos el sentido común para estas cosas.
Fuera de México la gripe porcina sólo ha causado un niño muerto, literalmente. El pobre infante, del que no pretendo reírme ni mucho menos, venía de México y ya traía consigo problemas de salud antes de contraerla. En contraste, la gripe común deja cada año 36.000 muertos sólo en EEUU, amén de 200.000 hospitalizaciones. La mayoría, como seguramente habrá sucedido también en México, es gente con problemas respiratorios u otras condiciones preexistentes que se complican con la enfermedad.
Cierto es que la mayor parte de la población tiene desarrolladas defensas contra las principales cepas de gripe, pero aún si resulta más fácil contagiarse de la actual, la experiencia de las últimas dos semanas permite diagnosticar siete días de cama con fiebre, tos y dolor muscular. A lo sumo, unas dosis de Tamiflu. ¿Es para asustarse?
Los egipcios han sacrificado sin atenerse a razón alguna 300.000 cerdos, pese a que la Organización Mundial de la Salud ha insistido en que la gripe no se contagia a través de los cerdos. Hasta el punto de retirar el nombre de gripe porcina y empezar a llamarla sólo H1N1, por si eso ayuda a eliminar el estigma.
Los chinos, todavía peor. Desde que el jueves llegase a Shangai un pasajero contagiado de gripe porcina la policía ha recorrido los hoteles para sacar a todos los mexicanos incluso en mitad de la noche. Entre los niños y adultos que han encerrado en instalaciones de mala muerte, según el consulado, hay también algunos mexicanos que no han visitado su país de origen en al menos tres meses. Pero como decíamos, el sentido común aquí no aplica.
Y puestos a perder la cabeza, a mí lo que me tienta es coger el primer avión de vuelta a México.Vuelos baratos y casi vacíos en los que estirar las piernas. Si hace dos meses mi cabaña de Chacahua ya salía más barata que un menú del día en Madrid, con lo que ha caído el peso a cuenta de la gripe porcina me voy a sentir hasta culpable.
En fin, una excusa como otra cualquiera para volver al paraíso perdido. Sin televisión, teléfono o internet. Hasta la luz eléctrica ecasea por las noches. Allí donde las noticias suenan tan remotas a través de la radio local que el termométro de la ansiedad se queda bajo cero. No hay más botón del pánico que el que provocan las corrientes marinas o los alacranes. Tal y como lo pensó la naturaleza.

Guauuu!, que dirían los americanos (todos, que la expresión se ha extendido a todo el continente) Acabo de ver el primer “discurso a la nación” de Obama a través de internet mientras volaba desde Los Angeles a Nueva York. Alucinante cómo avanza la tecnología.
Ya sé que el invento no es nuevo, creo que lo estrenó Lufthansa en la primera clase de los vuelos transoceánicos, si no me falla la memoria. Ahora American Airlines, Delta y Virgin nos lo traen a todos los asientos a través de un sistema de wi-fi que comercializa la empresa “Gogo, wi-fi with wings”, dice el eslogan (ejem, ya sé que esto del internet con alas en España suena a compresas, pero en cuanto lo uséis dos veces se os pasará la risa, que lo que vuela en internet es el tiempo).
El precio no es ningún regalo -12.95 dólares, que con el cupón de promoción se queda en 9.95- pero no más de lo que cuesta ese servicio en cualquier hotel o aeropuerto. Y a mí hoy me ha arreglado la noche. Como compré el vuelo para los Oscar con bastante antelación, por aquello de ahorrarle unas perrillas al periódico en tiempos de crisis, casi me pierdo el discurso del que tendré que escribir mañana en cuanto me levante. Así que con el wi-fi del avión y el maravilloso mundo de internet, solucionado.
Pero he aquí mi otro gran descubrimiento de la noche: CNN-Facebook. Mi primer instinto fue ver el discurso en C-Span.org, que retransmite todo lo que pasa en el Congreso, pero me temo que el debut de Obama va a tener más audiencia que los Oscar, porque en cuanto empezó a hablar se atropelló la señal, probablemente porque todo el mundo quiso conectarse a la vez y no les daba la capacidad.
Así que me fui a la CNN y me encontré con este invento de “socializar” la televisión que estrenaron ayer. Además de tener una pantalla enorme de gran calidad, a la derecha se podía ver en tiempo real los comentarios de los usuarios de Facebook, al que uno podía contribuir alegremente, tanto si quería extenderlo al mundo mundial o limitarlo a los "amigos". En su primera experiencia de este calibre han tenido 150.000 comentarios, que ya es más de lo que tira este periódico. No quiero ni pensar cuánta gente lo estaba viendo, pero CNN ha dado una pista aterradora: 75 millones de usuarios de Facebook participaron en el experimento. Y es que la cosa no se quedó en la retransmisión en vivo, sino que prácticamente han creado todo un canal de noticias aparte, con apenas cuatro chavales y una presentadora, que se nutre de los comentaristas de CNN pero cuenta los temas en otro lenguaje. El de internet
Hasta hoy pensaba que a lo mejor las televisiones se salvaban de esta crisis mediática que sufrimos los periódicos por culpa de internet, pero ya veo que no. El que no se suba al barco y se vuelva creativo, perecerá también como en el Titanic. Los tiempos cambian y no podemos quedarnos oyendo la orquesta como si eso fuera a evitar el hundimiento.
Por cierto, que este blog también os lo estoy escribiendo desde el aire. Renovarse o morir. Saludos.
Los que nos embarcamos en el viaje de integrarnos en otro país sabemos que la verdadera barrera no está en el idioma, sino en las diferencias culturales. Toda una vida de claves sociales, de comportamientos, ideologías y hasta políticas que marcan nuestra forma de actuar y ver la vida. Ésas que a veces hacen que parezca que hablamos otro idioma cuando hablamos el mismo.
Y así, por mucho que se traduzca, el Partido Socialista significa dos cosas fundamentalmente distintas aquí y al otro lado del Atlántico. A primera vista parece lo mismo: “Jobs, peace & freedom, ¡Trabajadores del mundo uníos!”, decía muy bilingüe el cartel, y aunque yo no veo nada de revolucionario en pedir trabajo, paz y libertad, debía de haberlo.

Quienes nos habíamos dado cita en la Iglesia de St Mary de Harlem el sábado pasado íbamos dispuestos a dar guerra a la ciudad por la decisión del Ayuntamiento de eliminar varias líneas de metro y autobús para contrarrestar la crisis.
Cierto es que Nueva York calcula perder 300.000 puestos de trabajo, la gran mayoría derivados de Wall Street, y con ello mil millones de dólares en ingresos, pero añadir parados a esa cuenta eliminando servicios públicos sólo servirá para deprimir más la ciudad. Todos los economistas coinciden en que ahora tiene que ser el sector público el que genere empleo y actividad económica, motivo por el que el gobierno federal está dispuesto a invertir en ello la friolera de 789.000 millones de dólares, que para muchos llegará demasiado tarde.
En mi barrio del Alphabet City desaparecerá la emblemática línea 8 de autobuses, la única que conecta el West Village con el East Village. Todo un símbolo neoyorquino que de día usan las familias para mandar a sus hijos a la escuela y de noche los que saltan de los clubs de jazz del Greenwich Village a los bares underground del East. Pero sobre todo acerca un poco más al metro a la gente sin recursos de mi esquina de la ciudad, que acaba en una barricada de viviendas de protección oficial donde nadie pensó en abrir una boca al metro que pasa por debajo. Fue como meter allí a todos los pobres y tirar la llave al mar.
Haciendo honor al lema del “stop bitching, start a revolution”, decidí no perder mi autobús sin dar la pelea. “No va a servir para nada, eso ya está decidido”, me insistía mi compañero. Pretendía ahorrarse la excursión a Harlem, porque después de darle muchas vueltas a internet no encontré a nadie más en toda la ciudad que se estuviera organizando para protestar.
La resignación con la que Bruce me acompañó hasta la calle 125 se transformó en nerviosismo cuando se dio cuenta de que el Partido Socialista organizaba el acto. Para mí era un detalle que ni siquiera consideré digno de mención, pero en EEUU todavía perduran las secuelas de la caza de brujas del Macartismo y la Guerra Fría. Están los que se creen que los socialistas buscan nacionalizarlo todo e imponer una dictadura como en Cuba o los que prefieren no poner su nombre en la lista no vaya a ser que algún día le pasen factura por eso en el trabajo. Amén de que lógicamente entre los marginados se refugian más fanáticos de lo habitual. Todo eso explica que hubiera 40 personas en la única reunión de una ciudad de 8 millones de habitantes en la que se explicó el terrible impacto de los recortes municipales. Como el Ayuntamiento no ha sido capaz de proponer fórmulas creativas para compensar la pérdida de impuestos que dejará la crisis de Wall Street, ha optado por subir las tarifas del transporte público que la gente necesita para ir a trabajar, imponer nuevos peajes en los puentes, eliminar al menos ocho líneas de autobús y metro y despedir a 17.000 profesores, entre otras medidas draconianas. Un caso claro de miopía, porque le ayudará a encajar el déficit en los presupuestos de este año pero resucitará poco a poco las imágenes de una ciudad peligrosa y desvencijada como la de las películas de los setenta y ochenta.
Un niño de siete años de Brooklyn que ha ganado un concurso propone cosas como vender publicidad en las tarjetas de metro, mientras que los del Partido Socialista sugerían crear un impuesto de propiedad para los títulos bursátiles, como el que se paga por los bienes inmuebles.
A mí me parecían buenas ideas, pero Bruce no podía concentrarse en ellas, pendiente como estaba de no salir en la cámara instalada en el pasillo de la Iglesia de St. Mary para grabar el evento. Yo no salía de mi asombro. Era como si los socialistas fueran todavía esos comunistas con cuernos y tridente que les pintaron en los años cincuenta. “¡Que en mi país son el partido en el poder y no trabajamos en kibbutz ni mandamos a los niños al colegio vestidos de “pioneritos de la Revolución”, bromeaba yo. “De hecho, funciona bastante bien”. Y tan de sentido común es aceptar su existencia que en cuanto se le pasó la reacción inicial de una generación traumatizada por la caza de brujas negaba avergonzado que le hubieran intimidado.
Mientras, en este blog se repetía el salto del océano entre dos de nuestros lectores: Cantábrico, que pese a su nombre es cubano, y Pasionaria, que con el suyo rinde homenaje a nuestra heroína de la Guerra Civil. El primero rendía pleitesía a Aznar sólo porque le plantó cara al gobierno de Fidel Castro, y la segunda se llevaba las manos a la cabeza, con toda la razón.
Nuestro avatar cubano hablaba de libertad de expresión e igualdad de derechos, que es precisamente lo que el PSOE ha traído al reclamar la igualdad para las mujeres y los matrimonios entre homosexuales, por ejemplo. Claramente no hablamos de la misma cosa, aunque todos la llamen socialismo. Como los republicanos estadounidenses que coronaron a Bush se llevarían un buen chasco si acudiesen a una reunión de nuestros republicanos españoles. La torre de Babel es más confusa de lo que pensamos, Cantábrico. Y aquí, Pasionaria, las iglesias de verdad como la que muestro en la foto (son pocas, lo admito) están del lado de los pobres y de los que buscan la justicia social. Como debe ser.
Zanahorias, puerros, nabos…¡Horror, mi dedo! Tuve apenas una milésima de segundo para reducir la velocidad del machete con que me estaba preparando la sopa de verduras, y con todo sentí el golpe de la hoja en el hueso antes de que la sangre lo empañara.
“Oh, cielos, me he quedado sin dedo”, pensé aterrorizada. Ése fue mi primer pensamiento. El segundo, una vez comprobado que seguía firmemente unido a mi mano, “voy a necesitar dos o tres puntos para cerrar esta herida”. Y el tercero, el que me hace contaros mi pequeño incidente doméstico, “¿de cuánto es el deducible de mi seguro para Urgencias? ¿1.000 dólares?”.
Resultó ser el argumento más rentable para la producción de plaquetas en mi organismo. Di vueltas por la casa chorreando sangre del baño a la cocina, en busca del grifo más frío para cortar la hemorragia, y hasta metí la mano en el congelador esperando que eso la coagulase.
Todos los días millones de estadounidenses toman decisiones como éstas. O mucho peor, a vida o muerte. De mi primera estancia en EEUU se me quedó grabado el día en que un hombre se cayó al suelo en una cafetería de San Francisco con lo que parecía un infarto. Mientras le atendía nerviosa, la esposa suplicaba a los camareros que no llamaran a una ambulancia. Como no tenían seguro les hubiera costado una millonada, literalmente.
La tragedia sanitaria de EEUU no está sólo en los 50 millones de personas que no tienen seguro médico, sino en los otros 250 que aún pagando cuotas prohibitivas tienen que reprimirse por la cantidad de copagos, deducibles y tratamientos sin cubrir que acaban saliendo de sus bolsillos.
Obama lo sabe bien. Su madre pasó los últimos meses de vida en el hospital rellenando papeles y apelaciones porque el seguro no quería pagar el tratamiento de cáncer. Y es que el negocio de los seguros no es proveer al paciente con el mejor tratamiento posible, sino con el más barato y a ser posible con ninguno.
Seguros, hospitales, médicos, farmacéuticas y un largo etcétera forman un poderoso muro de intereses que ni los Clinton lograron traspasar. Para triunfar allí donde tantos fracasaron el nuevo presidente de EEUU había elegido a un paladín que todos consideraban únicamente cualificado para esa labor titánica.
Después de tres décadas Tom Daschle era uno de los hombres más respetados en el Senado. Conocía todos los recovecos de las negociaciones, fue testigo de la batalla de Hillary Clinton e incluso escribió un libro sobre cómo resolver la crisis de salud.
Supongo que por eso Obama pasó por alto sus devaneos con las firmas de lobbies en los cuatro años que ha pasado fuera del Senado. Durante ese tiempo en el que se ha llenado los bolsillos utilizando su influencia también ha asesorado gratis a muchas organizaciones sin ánimo de lucro que luchan por temas sanitarios. El boicot político que ha sufrido a raíz de un desliz en los impuestos no es sólo una gran pérdida para el gobierno de Obama, sino para todo el país que hoy tiene menos posibilidades de ver triunfar la reforma sanitaria.
Daschle no hizo nada ilegal. Poca gente de la que lo ha despedazado sabía que si un amigo te presta su limusina con chófer cuando estás fuera de la ciudad tienes que declararlo como ingresos. Ejem, yo no tengo esos amigos ni gano dos millones de dólares al año, pero en los ambientes políticos de Washington no es tan sorprendente. Por desgracia para el ex senador de Dakota del Sur, en la era de YouTube las televisiones habían desenterrado un anuncio de su campaña electoral de 1986 en el que presumía de seguir conduciendo su viejo Pontiac para distinguirse de los “BMW y limusinas de Washington”. Puesto en el contexto del escándalo actual, el vídeo le había convertido en un hazmereír. “A lo mejor es un sentimental, o simplemente un tacaño, pero sea lo que sea, ¿no es una pena que el resto de Washington no entienda que un centavo ahorrado es un centavo ganado?”, concluye proféticamente el anuncio.
Al final Obama ha sido víctima de los altos estándares de reforma ética y moral que prometió durante la campaña y se ha propuesto llevar a Washington. Con el apoyo de la mayoría demócrata Daschle podía haber pasado el proceso de confirmación, como Tim Geithner, pero el ex senador sabía que era mejor seguir conduciendo su propio Pontiac que minar la credibilidad del nuevo presidente. Como Obama ha entendido que debió haber resistido la tentación de elegir al mejor hombre para el puesto.
Pero si esta noche me voy tranquila a la cama pese al regusto amargo es porque al menos ha tenido la honestidad de mirarnos a todos a los ojos y reconocer que ha “metido la pata”, como prometió hacer en su campaña. Dicen los históricos que desde Kennedy en Bahía de Cochinos no se había dado un presidente que reconociese su error tan directamente. Ya me hubiera gustado que Bush lo hubiera admitido después de no haber encontrado armas de destrucción masiva en Irak.
Así que no se lo pierdan, pese al escándalo el cambio ya está aquí.
Pop! La burbuja de buen rollo que quedó flotando en el aire de Washington tras la histórica toma de posesión de Obama explotó ayer. Los republicanos le han declarado la guerra.
Bueno, en realidad ya se podía intuir cuando decidieron arrastrar la confirmación del secretario del Tesoro Tom Geithner hasta el martes, pero como todos estábamos embriagados de esperanza y optimismo no quisimos creernos que fuese de mala fe.
La prueba de fuego era la votación del Plan de Estímulo Económico con el que Obama pretende reactivar la economía. No les necesitaba, sólo con la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes la ley de 825.000 millones de dólares saldría adelante en esta primera fase, pero después de los muchos esfuerzos que Obama ha hecho para subirles a bordo la pregunta era, ¿a cuántos republicanos se ha ganado?
La respuesta fue abrumadora: Ninguno. No hubo un sólo republicano que votara ayer por la ley que repartirá contratos y becas por doquier para inyectar dinero en la maltrecha economía de EEUU y echarla a andar.
Obama había hecho lo que pocos presidentes. No les llamó a la Casa Blanca, sino que una semana después de haber tomado posesión se dirigió él mismo al Capitolio y se sentó con ellos toda la mañana para explicarles por qué había diseñado el plan de esa manera, escuchar sus críticas y contestar a sus preguntas. Incluso se llevó sobres con todas las propuestas que le tendieron por escrito y prometió revisarlas con su equipo económico.
Estaba haciendo buena otra de sus promesas de campaña, tan importante para él como cerrar Guantánamo o tender la mano al mundo islámico. “No somos una recopilación de estados rojos y azules”, solía decir en referencia a los estados que votan republicano y los que votan demócrata, “sino que somos y siempre seremos los Estados Unidos de América". Su promesa era acabar con el partidismo más necio y trabajar con los conservadores por el bien del país, convencido de que si se acercaba a ellos con una actitud humilde, dispuesto a escucharles y a ceder, prevalecería el amor por su país por encima de todo el politiqueo.
“No espero un cien por cien de acuerdo por parte de mis colegas republicanos, pero sí espero que todos podamos poner la política a un lado y hagamos el trabajo del pueblo estadounidense”, dijo el martes tras reunirse con los republicanos que acaban de darle la espalda.
En un país donde no existe la disciplina de partido y cada legislador vota según su conciencia, cuesta creer que Obama no haya convencido a ningún republicano después de tanto diálogo. Antes de tomar posesión ya se había reunido con ellos varias veces, y después de escuchar todo lo que cada uno tenía que decir sobre el plan todavía invitó a sus líderes a un cocktail en la Casa Blanca. Siguiendo su conciencia, doce demócratas votaron en contra del plan. Nada extraordinario. Lo habitual es que siempre haya unos cuantos que crucen filas. Lo extraño es que todos los de un partido voten en bloque, como han hecho los republicanos. El claro mensaje es que habrá guerra, no sólo con este plan sino en los años venideros.
Los republicanos, además, han hecho un magnífico trabajo de propaganda política, logrando asociar el Plan de Estímulo Económico a grandes despilfarros. Han explotado todos los tópicos con los que se asocia al Partido Demócrata con engordar la maquinaria de gobierno y alimentar a una panda de vagos, que para ellos suelen ser los negros y los pobres, que a menudo son la misma cosa.
Y exhibiendo aisladamente en titulares escandalosos los 200 millones destinados a anticonceptivos han logrado que la sociedad se escandalice y se pregunte qué tiene que ver eso con reactivar la economía.
Pues mucho. Se trataba de ampliar la cobertura del programa de la seguridad social que facilita seguro médico de beneficencia a los más pobres. Ahí los anticonceptivos, carísimos en EEUU, del orden de los 130 dólares al mes, no están incluidos. Sin embargo el programa equivalente para los jubilados (Medicare) sí cubre Viagra, por ejemplo.
¿Cómo esperar que alguien que vive de cupones alimenticios pueda costearse una caja de anticonceptivos a esos precios? Y cuantos más hijos, peor será su situación económica y la de sus vástagos. Como ven, la partida para anticonceptivos no era sólo una cuestión de justicia social, sino también una necesidad económica, por mucho que a los moralistas les cueste aceptar que la situación económica juega un papel a la hora de tener hijos.
Pero en pro de ese espíritu conciliatorio que no le ha servido para nada, Obama pidió a su partido que renunciase a esa partida económica.
Hoy, visto lo visto, algunos se preguntan si no será mejor olvidarse de los republicanos, que de ninguna manera van a votar por esta ley, y ya puestos hacerla a imagen y semejanza de los demócratas. O sea, olvidarse de ese 40% en reducción de impuestos que está en la ley para satisfacer al partido del elefante e invertir la mayor parte de ese dinero a grandes obras públicas que modernicen el país y creen empleo, no sólo en los próximos tres años sino en los próximos diez.
Ah, claro, entonces tendremos un nuevo Roosevelt, y eso es lo que realmente temen los neoconservadores más fanáticos como Rush Limbaugh, el equivalente a nuestro Jiménez Losantos. “Espero que Obama fracase, alguien tiene que decirlo”, lanzó a desparpajo en su monólogo diario de sapos y culebras. Su temor es que si Obama favorece a los pobres como hizo Roosevelt con su New Deal para salir de la Gran Depresión, “tendremos 50 años de gobierno demócrata”. Y todavía a este “patriota” se le llena la boca con su God Bless America.
Se acabó la fiesta. Obama ya es presidente, ha llegado la hora de volver a casa. Y no es fácil. Ayer miércoles todos los autobuses, trenes y vuelos entre Washington y Nueva York del martes seguían agotados.
“¿Llego a tiempo?”, le pregunté angustiada a la empleada que me tendió la tarjeta de embarque quince minutos antes de que saliera el vuelo. Ella no pudo evitar una risa sarcástica. “¡Más te vale! Porque si no vas a tener que pasar otra noche en Washington”. Y no tuvo que decirme más para que saliera como alma que lleva el diablo hacia la cola de seguridad.
Su compañera, despeinada y con las ojeras hasta la rodilla, se desahogaba con otro pasajero. “¡Vaya día que llevamos! Y no te imaginas lo que fue esto ayer. Con tantas calles cerradas todo el mundo llegaba tarde y perdía el vuelo, pero no es culpa nuestra, no teníamos dónde meterlos, todos los vuelos iban llenos.
En el avión las cosas no estaban mejor. Las banderitas de EEUU y los posters conmemorativos de Obama atascaban los maleteros de cabina. Y eso que los más entusiastas viajaban en tren. Lo primero en agotarse fueron los autobuses de Chinatown, esos que por 20 dólares recorren las cinco horas que separan Nueva York de Washington, sin que nunca se sepa en qué momento petará el motor y te quedarás varado en la carretera. Y hasta en los trenes los carteles de “sold out” aparecieron antes en los regionales más corrientes que en los Acela y Metroliners, esos trenes que pretenden ser los AVE españoles pero que sólo te ahorran media hora. Son los favoritos de los ejecutivos que quieren ir con el ordenador enchufado y cuyo tiempo vale oro, pero la fauna que sigue a Obama es de otro corte.
Son los del optimismo, los que no se estresan con el reloj, los que dejan la vida correr y se niegan a creer que su nuevo líder acabe siendo un político más, los que prefieren ganar menos y hacer el trabajo en el que creen. Son la reencarnación moderna de los hippies setenteros, reafirmados en su idealismo por el triunfo del “viaje improbable” en el que se embarcaron con el candidato de color que habla como un poeta blanco.
Llegaron a Washington con el saco en la mano y se han quedado a dormir en el sofá de cualquier conocido. Se levantaron a las tres de la mañana para batir los controles de seguridad, se pasaron todo el día bailando por las calles y aún se fueron de copas a los bares de Georgetown y Adams Morgan, antes de subirse a uno de estos autobuses o trenes traqueteantes de vuelta a casa. Seguramente han gastado la mitad de sus vacaciones en asistir a la coronación de ese sueño del que se siente coautores, porque en EEUU lo estándar son diez días año. Pero para ellos todo vale la pena. No sienten que han votado por un político, sino que al acabar con el oscurantismo de Bush creen que han librado una batalla entre el bien y el mal. “Y por una vez ha ganado el bueno”, decía estupefacto un chaval de Iowa, el día que Obama se destacó por primera vez del pelotón de las primarias.
Eso que ocurre invariablemente en las películas cada vez ocurre menos en la vida real. Es una amarga sensación la de no ver tu esfuerzo recompensado, mientras quienes trepan con artimañas y enchufismo se alzan cada vez más arriba en la escalera social. Pero por lo mismo, el triunfo de Obama es un alivio para los corazones cansados, a los que devuelve la energía para seguir luchando honestamente. Y aunque sólo sea eso lo que consiga Obama después de llegar tan lejos, ya es mucho.
Una imagen: los cientos de bolsitas de carbono activado que quedaron regadas por el suelo en los peldaños del Capitolio. Se llaman “hand warmers”, despiden calor durante horas cuando se sacuden al aire, y tienen la forma perfecta para introducir en los guantes y encajar en el hueco de la mano. Los que no usábamos ni guantes para poder tomar notas sólo podíamos mirarlas.
Un sonido: las sirenas de las ambulancias que evacuaban a la gente desmayada por hipotermia cuando se agotaron las plazas para atenderlos en los museos de los alrededores, cerrados para la ocasión.
Una pregunta: ¿Cómo diablos podía ir Obama en traje de chaqueta y su mujer con el abrigo abierto a seis grados bajo cero? Dicen que ahí arriba habían puesto calentadores de patio, y no se explica de otro modo.
Una escena: el júbilo de la multitud cuando vio pasar sobre sus cabezas el helicóptero en el que se fue Bush. Tengo amigos que han cubierto muchas transferencias de poder en la Casa Blanca y no recuerdan nada igual.
Un pecado: la envidia que me dio ver a Barack y Michelle intercambiar esas miradas de ternura y de complicidad en cada uno de los diez bailes por los que pasaron anoche, cada vez más enamorados después de tantos años juntos. No hay duda de que se adoran.
Un sueño: Un baño caliente y una cama mullida, por favor.
Ayer fue uno de esos días en los que sufrí un ataque de rabia en el ejercicio profesional. Me tocó estudiarme el informe sobre la actualización de las perspectivas económicas para España que ha elaborado el Fondo Monetario Internacional (FMI), y entre párrafo y párrafo, áridos todos, me encuentro con su repetida queja de que los salarios en España son demasiado altos.
¿En qué mundo viven estos señores, por el amor del Dios? ¿Alguien les ha contado la epidemia de mileuristas que sufrimos? O lo que es peor, que ser mileurista se ha convertido en el sueño de muchos jóvenes españoles. Y los no tan jóvenes, porque conozco un puñado que rondan los 40 y ganan 800 euros al mes en algunas de las autonomías españolas en las que se suponen los sueldos más altos –Cataluña, Navarra, Madrid y País Vasco. En Andalucía tengo amigos de esa edad que ganan 600, y se dan con un canto en los dientes.
Así que arde la sangre al leer que el FMI le echa la culpa a los trabajadores de que la inflación en España sea más alta que entre sus vecinos europeos. Vamos, que los precios suben porque tenemos demasiado dinero que gastar, hay que joderse. Su receta, “fuerte moderación salarial para recuperar la competitividad”. Rechazar los convenios colectivos, las subidas acorde a la inflación y los contratos permanentes que, según los señores del FMI, son perjudiciales porque impiden que se abran esas plazas para trabajadores “más jóvenes y mejor educados”.
Caballeros, no nos chupamos el dedo. Ya sabemos que para los empresarios eso de “jóvenes mejor educados” es sinónimo de salarios más bajos y contratos basura.
Así por ejemplo, según la Encuesta de Población Activa (EPA), a finales de 2007 los españoles ganaban una media de 1.608,06 euros (por cierto, 78 euros menos que seis meses atrás). Pero en comparación, los jóvenes entre 15 y 29 años ganaban 1.076 €, y “las” jóvenes un 30% menos, o sea, 827€, porque así de ecuánime es todavía nuestra sociedad (datos del Instituto Nacional de la Juventud).
A todo esto, los señores que hacen esos estudios en el FMI ganan de media 73.000 dólares al año, limpios de impuestos (6.083,3 al mes). Y eso porque las abejas trabajadoras bajan mucho la media. Pero la novia del ex presidente del Banco Mundial Paul Wolfowitz, el cual tuvo que dimitir hace año y medio precisamente por otorgarle subidas injustificadas, ganaba 193.000 dólares al año (16.083 dólares al mes), incluso más que Condoleezza Rice como secretaria de Estado. Ni siquiera tenía un cargo ejecutivo, sino que era una veterana en el departamento de comunicación para Oriente Medio y Norte de África.
Estos expertos tan bien remunerados no parecen haberse dado cuenta de que el españolito medio gana casi la mitad que el estadounidense medio (24,627 dólares al cambio actual, frente a los 45.113 que según el censo gana un estadounidense). Y en la práctica muchos de nuestros propios amigos estarán por debajo de los 10.787 anuales que en EEUU se consideran el umbral de la pobreza (673 euros al mes, al día de hoy).
En fin, que a quienes todavía se atreven a recomendarnos “severa moderación salarial” les quería yo ver una temporada buscándose la vida con estos sueldecitos que disfrutamos los españoles. Insisto, ¡hay que joderse!
Me lo he tropezado en cada fiesta a la que he ido en las últimas dos semanas. Hasta en la sobremesa del pavo. No falta quien saque a la conversación con malestar los nombramientos de Obama.
Es gente de izquierdas que se implicó de una manera o de otra en la campaña y se creyó el mensaje de cambio y de esperanza que traía el candidato. Y hoy, viendo la foto de familia de su equipo de política exterior y seguridad nacional, uno no podía evitar un suspiro de decepción.
La cosa había empezado por preguntarnos dónde está el cambio si se trata de traer de vuelta al poder a la gente de Clinton. Luego la misma Hillary en política exterior, estarán contentos los judíos a los que ha servido con tanta lealtad, aunque para eso tuviera que apoyar sus guerras. Lo de Janet Napolitano nos dejó temblando a los que nos molestamos en hablar con los grupos de la frontera. Y lo de Gates, sin palabras.
"¿Reformas progresistas?", se preguntaba el editor del blog Dissenting Justice. "Es muy triste para la gente de izquierda que simplemente por estar en desacuerdo con un halcón como Rumsfeld le de a alguien credenciales progresistas".
"Barack Obama no sólo tuvo el buen juicio de oponerse a la guerra de Irak sino que, como dijo a princpios de año, "quiere acabar con la mentalidad que nos llevó a la guerra", entonaba The Nation. "Así que es preocupante que un hombre con tan buen juicio le haya pedido a Robert Gates que se quede como secretario de Defensa y monte un equipo de seguridad nacional tan estrecho. Sí, es verdad que será el presidente Obama el que establezca las políticas, pero este equipo hace más difícil aprovechar la extraordianria oportunidad que la elección de Obama ha ofrecido para reenganchar al mundo y reestablecer las prioridades de EEUU".
Y hasta la escenografía provocaba malestar. "Con la senadora Clinton y otros seis colegas alineados cada uno en frente de su propia bandera americana, Obama dejó pocas dudas de que está girando hacia el centro político de gravedad", decía James Warren. "Con todo lo que se habló el lunes de poder y de acabar con éxito la guerra contra el terrorismo en Afganistán, el significado fue menos las obvias señales de echarle músculo que el intento de ser flexible y, sí, multilateralista.
En la izquierda, los que votaron por Obama todavía no quieren darse por traicionados. Sólo le critican abiertamente aquéllos que en estados como Nueva York, declaradamente demócrata, pudieron permitirse el lujo de votar por un tercer candidato sin posibilidad alguna de ganar. Los demás intentan darle tiempo y confiar en que sabe algo que a nosotros se nos escapa.
Hasta el blog Dailykos recogía ayer un extenso alegato a las muchas similitudes que a su juicio ha habido siempre entre las política exterior de Hillary y Obama, convencido de que "las quejas de que Obama "está girando a la derecha" son ridículas", decía. Y la culpa, claro está, siempre es del mensajero, porque a la prensa "le gusta más el drama que los hechos", acusaba.
Sorry Dailykos, ya nos gustaría que esto fuera un invento de la prensa. Casi me da miedo ir cada semana a recoger mi media acción de verduras ecológicas a la cooperativa de mi barrio, porque en cuanto me ven llegar me asaltan con preguntas retóricas en tono de reprimenda sobre el último nombramiento de Obama, como si yo por dar las noticias fuera responsable de ellas.
Y no, todavía no ha cundido el desencanto, la gente quiere darle la oportunidad de gobernar y espera que empiece con algún gesto significativo como el cierre de Guantánamo, la renegociación del TLC o la Ley Patria. Pero entre la izquierdad todo el mundo está aguantando la respiración. Y eso me recuerda a un semanario de Chicago tipo Village Voice que al día siguiente de la victoria electoral de Obama, más que la enhorabuena le mandaba un mensaje de advertencia en su portada: "Don't screw this one up!" (No lo estropees).
Justo cuando creíamos que Obama había superado el drama de las primarias, reaparece Hillay Clinton, ¡como posible secretaria de Estado!
Ver para creer. No porque sus seguidores no hubieran sugerido su nombre, sino porque su escudero Terry McAuliffle aseguró tajante durante la convención demócrata a cuantos le quisieron oír que "Hillary Clinton sólo puede ser presidenta, vicepresidenta o senadora". Claro que antes de anunciar su candidatura presidencial ella misma juró por activa y por pasiva que no tenía ningún interés en presentarse a las elecciones.
Pero lo más irritante es que era precisamente la política exterior lo que más distanciaba a ambos candidatos. Los Clintos apedrearon a Obama por mostrarse dispuesto a dialogar con sus enemigos, mientras que Hillary quería ser tan dura que a veces no se la diferenciaba de Bush. Como cuando amenazaba gratuitamente sin previa provocación con "borrar a Irán de la faz de la tierra" si se atrevía a tocar a Israel.
Nunca olvidaré que hace dos veranos, cuando el país hebreo bombardeó durante más de un mes a civiles inocentes en Líbano para torcer el brazo a Hezbolá, Hillary Clinton encabezaba las manifestaciones de apoyo a Israel frente a la ONU con las que los lobbies judíos contrarrestaban las protestas por el bombardeo. Según Unicef, el 30% de las víctimas de ese ataque que defendía la exprimera dama fueron niños menores de 13 años.
Obama, que compartió piso durante sus años de estudiante con un pakistaní y cuenta entre sus amigos de la Universidad de Chicago con mediadores del conflicto palestino, apoya a Israel con un argumento más armonioso: Que la paz es la mejor manera de ayudar al país judío.
Es sólo uno de los muchos ejemplos en los que se distanciaban ambos candidatos, incluyendo la retirada de las tropas de Irak, que en la agenda de Obama era mucho más tajante. Nombrar a Hillary Clinton como su representante diplomática, después de haberla pasado por alto como vicepresidenta, sería una traición a sus principios y a las esperanzas de sus votantes, que tampoco cicatrizaría las heridas de las feministas ofendidas, porque éste sería un premio menor en comparación a lo que creen que merecía su heroína.
Además de un desaire a la comunidad hispana que le dio la victoria en Nevada, Nuevo México, Colorado y Florida, cuatro estados que en 2004 ganase Bush. Sus líderes presionan para que el cargo de secretario de Estado vaya a manos de Bill Richardson, al que también pasó por alto para la vicepresidencia, y cuya experiencia como mediador internacional y embajador en la ONU se suman a su carácter abierto y bonachón. Claro que John Kerry, a quien tanto le debe, también persigue el puesto, por lo que Hillary sería un desempate que nadie podría reclamar, porque en derecho moral le gana a los dos.
Y un dato sospechoso: en una campaña en la que nunca se filtra nada, dos asesores de Obama se lo filtraron por separado a la veterana periodista de NBC Andrea Mitchell, y después al Washington Post. ¿Sondeando las aguas?
Sobre este blog
Nací un 4 de julio, como si el destino me hubiera ligado de antemano a EEUU. Salvo esa pista que a todo el mundo se le pasó por alto, nada en mi entorno de familia agrícola andaluza hacía prever que fuera a resultar un alma rebelde dispuesta a saltar del nido a los 16 años. Lo del periodismo no había que imaginárselo, a los 11 me diseñé mi primer periódico con pliegos que pedí en La Voz del Sur, un tubo de pegamento y una máquina de escribir. Desde entonces busco papel para narrar las historias humanas que me encuentro por los cuatro continentes, y este blog viene a resolverme el problema.
La ventaja de haber echado el ancla en Nueva York después de explorar Centroamérica es que el imperio no tiene límites. Así es como entra Irak en mi negociado, junto con todas las guerras habidas y por evitar en las que EEUU meta la mano. Mi lema es que no hay causa más perdida que la que no se intenta, y os prometo que eso me ha llevado más lejos que nada en mi vida. Os invito a que me acompañéis en mi recorrido por los caminos de la vida y la política.
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