Mercedes Gallego
La vida en Nueva York
Siempre me ha dado rabia eso de que los hombres no puedan llorar. No sólo por la injusticia de que la naturaleza les haya bendecido con menos cambios hormonales que a nosotras, ni porque su incapacidad para soltar lágrimas sirva para despreciarnos cuando a nosotras se nos escapan, sino porque a mis ojos les hace menos humanos.
¿Es que ellos no sienten ni padecen? Pues sí, los tipos duros también tienen su corazoncito, acumulan estrés, presiones y muchos sinsabores, pero la diferencia es que cuando ese cóctel les explota en las entrañas para mí no pierden puntos, sino suman. Me dan ganas de darles un abrazo, pero tengo que contenerme porque suelen ser puros extraños a los que he llegado hasta el fondo de su corazón con el privilegio de mi grabadora.
El que el miércoles se me desmoronó fue Martín Escobar, un policía duro de Arizona que ha sido capaz de enfrentarse a todo el cuerpo para demandar la ley anti inmigración y defender a su comunidad.
En los últimos tres meses ha perdido muchos amigos, se ha sentido muy solo, traicionado por el estado al que servía fielmente desde hace 15 años y repudiado por sus compañeros. Es un héroe silencioso que nunca buscó la gloria pero que cree a pies juntillas en hacer el bien. No viste el uniforme sólo para ganarse el sueldo, sino porque llevar esa placa le daba oficio en ayudar a los demás, a su comunidad y a la sociedad a la que pertenece, ahora dividida racialmente por culpa de una ley que ignora siglos de herencia mexicana en la frontera sur.
"Aquí estábamos bien hasta que llegaron los inmigrantes esos, y no me refiero a los latinos, sino a esos viejos de Massachusetts, New Jersey y por ahí arriba, con sus ideas racistas", contaba su abogado Richard Martínez. Otro ciudadano de bien que lleva casi tres décadas dedicado a combatir las injusticias discriminatarias pro bono (o sea, gratis) desde su oficinita de adove en el centro histórico de Tucson. "Mi santo favorito es el Quijote", sonríe.
Richard y Martin son dos personajes entrañables a los que he tenido la suerte de conocer. Están en el ojo del huracán, perseguidos por la prensa mundial, pero no utilizan secretarias para que les contesten el teléfono. A los periodistas españoles nos reciben como de la familia, sienten en la sangre eso de la madre patria, con el mismo afecto que le dedican a los suyos.
Bromean, se abrazan y se tiran de los pelos. Martín, que es cinturon negro de judo, ha prometido que cuando todo esto acabe se lo va a llevar al ring para desahogarse con él "a madrazos". Mientras, el desahogo le llegó a mitad de la entrevista, cuando después de recordar lo sólo que se ha sentido me enseñó una foto que le ha mandado el otro policía de Phoenix, hermano en la demanda, con el que se intercambia mensajes de texto para darse ánimos. "Gracias oficiales Dobson, Escobar y Salgado por tener el valor de alzaros contra la injusticia ", había escrito alguien en el muro de una escuela.
Un amigo le envió algo que él había escrito meses antes de que la rabia le pudiera, cuando ni se imaginaba que iba a meterse en esto: "Lucho porque he nacido para luchar. Nunca me rendiré ante las injusticias y defenderé a los que no puedan defenderse a sí mismos".
Se quedó mirando sus propias palabras, empezó a emocionarse, vi cómo se le humedecían los ojos, intentó contenerse y no pudo. Se tapó la cara y gimió desconsolado durante varios minutos. Yo no sabía si acercarme a él, seguir haciendo preguntas o quedarme callada. Hice un poco de todo, y hoy decido compartirlo con todos mis lectores, no para humillar a Escobar, como pensarían los que creen que los hombres no lloran, sino para demostrar que es un ser humano excepcional, en todo el sentido de la palabra. Gente de bien, de los que te devuelven la fe en el ser humano, hombre o mujer.
Si los compañeros de www.elcorreo.com han podido interceder con la técnica, aquí está el audio. Y como a partir de que pierde la compostura Escobar recurre al inglés, que finalmente es el idioma en el que mejor se expresa, les mando la transcripción completa, con la parte en inglés traducida al español. Disfrútenla. La versión editada la tienen en la edición impresa de este periódico. Y perdonen las erratas, me echan del hotel en dos minutos y no me da tiempo de revisarla.
P.¿Qué aspecto tiene un inmigrante ilegal?
- Eso es lo que quisiera saber yo. Hasta le preguntaron a la gobernadora cuando firmó la ley y no supo responder. No lo entiendo, porque en esta área hay mucho inmigrante legal e ilegal, ¿y cómo averiguamos la diferencia a simple vista sin aplicar un perfil racial? Por eso digo que no se puede aplicar esta ley sin caer en el racismo.
¿Le ha preguntado a sus jefes cómo hacerlo?
-Le he preguntado a mis compañeros de trabajo qué factores van a usar para determinarlo, y la mayoría me ha dado la misma respuesta: que hablen poco o mal inglés, o cómo se vistan. No creo que entiendan muy bien el delito de encasillar racialmente a alguien, porque si aplican esos factores lo estarán cometiendo. “¿De qué otra manera se puede determinar?”, me preguntaron. “Pues cuando lo halles, me lo dices”, les contesté, porque yo todavía no lo he encontrado, por eso estoy demandando la ley. Mi tío tiene 70 años, se hizo ciudadano la semana pasada, y va y viene constantemente a México, porque tiene allí su familia. Casi no habla inglés, se viste de una manera particular, ¿cómo van a saber que él es ciudadano? También tengo un estudiante en mi escuela que casi siempre habla puro español, cuando lo hace en inglés es un inglés quebrado con un acento bien fuerte, pero es ciudadano estadounidense desde hace año y medio. Cuando lo paren por cualquier infracción y empiecen a hacerle preguntas y a investigarlo se va a ofender. Es lo que le digo, es muy difícil aplicar esta ley sin ofender a mucha gente.
P. ¿Qué estilo de ropa van a mirar sus compañeros para determinar que alguien es sospechoso de ser emigrante ilegal?
-Por lo que hablé con ellos, botas de vaquero y cinturón a juego, sombre de vaquero. Yo les he dicho muchas veces que hay muchos ciudadanos estadounidenses que se visten de esa manera.
P. Muchos hispanos piensan que les van a detener por ir mal vestidos, con pantalones cortos o chanclas. ¿Cree que eso es cierto?
-Es parte de lo que van a mirar los agentes para aplicar la ley, aunque no revele en absoluto el estatus legal de la gente.
P.¿Y qué pasa si le piden a alguien la identificación y no la lleva encima?
-Los que están de acuerdo con la ley dicen que es lo único que la gente tiene que hacer, llevar encima su identificación, pero ¿sabes cuánta gente no la lleva en ese momento por cualquier motivo? Yo mismo hoy salí apurado de casa y cuando me he echado mano a la cartera no la llevo encima. En este momento no traigo nada de identificación conmigo. Hay muchas cosas que pasan en el día de una persona. Y hay gente que la policía le ha quitado la licencia de conducir por algún motivo, y eso no debería impedirles caminar libremente por la calle. En EEUU no hay ninguna ley que diga que tenemos que llevar encima una identificación nacional o estatal a todas horas, aparte de cuando conduces.
P. Con esta ley, su obligación será detenerles, ¿no es así?
-Sí, hasta que podamos identificar su residencia legal. Vamos a tener que llevarlos a la cárcel y detenerlos formalmente, incluso si sólo han cometido una infracción menor que no requiera cárcel sino una multa. O incluso si no ha cometido ninguna infracción o es ciudadanos estadounidense, hasta que lo verifiquemos.
P.¿Y hay sitio en las cárceles para detener a tanta gente?
-¡Si ahorita están llenas, imagínese! Es lo que no tomaron en cuenta los que hicieron esta ley, o cómo se iba a pagar por esto. Porque nosotros en Tucson no tenemos cárcel propia, sino que usamos la cárcel del condado del sheriff por contrato, y creo que le cobra a la ciudad como 200 dólares diarios por cada detenido. Haga las cuentas, y eso que la ciudad está tan mal que a nosotros nos han quitado horas, este año tengo que trabajar 72 horas sin cobrar, y cada oficial que se ha jubilado no ha sido reemplazado.
Miré yo comencé en 1995, y entonces nos llegaban a lo máximo unas 800 llamadas diarias. Me quedaba tiempo para patrullar, hacer mis investigaciones, buscar drogas, carros robados y todo eso. Ahorita no es raro pasar las 1200 llamadas por día, ya no nos queda tiempo de patrullar o investigar cosas propias. Anoche me la pasé de una llamada a otra con puros reportes de personas que sólo hablaban español. Yo era el único oficial en turno que hablaba español, y la primera persona a la que atendí al entrar había puesto el reporte hacía seis horas. Así que nunca tuve tiempo de buscar narcotraficantes, sospechosos o lo que fuera.
Ahora con esta nueva ley nos va a llevar más tiempo todavía. Nosotros antes en casos de violencia doméstica, una agresión o cosas así nos limitamos a hacer un informe en el que la persona firma que aparecerá en los tribunales a dirimirlo y nos vamos a investigar otro caso. Ahora para aplicar esta ley vamos a tener que detenerlos, verificarlos, llevarlos a la cárcel, hacer el papeleo… Eso va tomar mucho tiempo.
P.¿Y cómo es que esperan bajar el crimen con esta ley?
-Pues yo creo que va a subir, porque no vamos a tener tiempo de hacer otras cosas más serias si nos dedicamos a investigar infracciones migratorias en faltas menores.
P.¿Y ese aumento de llamadas no le da la razón a quienes piensan que con tantas llamadas ha subido la delincuencia?
-Eso es lo que no cuenta la gobernadora, pero mi experiencia personal es otra. La mayoría de los inmigrantes que veo yo vienen a trabajar, y por no encontrarse con nosotros y meterse en problemas no más se la pasan trabajando, no quieren tener ningún contacto con nosotros. Son familias sencillas que sólo vienen a buscar trabajo. El retrato que quieren pintarnos es que todos son criminales, narcotraficantes, matones… Yo me río de esas cosas. Llevo patrullando de noche, en los turnos más pesados durante 15 años, y esa no es mi experiencia, no he visto eso.
Hasta esta noche nunca supe que había tantos españoles en Nueva York. Salieron hasta de debajo de las piedras. Bastó ganar para que la furia roja se convirtiera en una auténtica marea roja que bañó Manhattan. La Gran Manazana convertida en un verdadero carnaval donde todos nos abrazábamos por las calles y entrábamos en cada casa que tuviera un bandera colgando. Uno resultó vivir en mi misma calle y tener una terraza de ensueño que comparte generosamente con los amigos de cualquier nacionalidad. Desde allí vimos cambiar de colores al Empire State, a los expatriados casi se nos saltan las lagrimas de emoción.

Nada más ganar salimos todos a la calle gritando el Oeee, Oeee, Oeee y agitando banderas como locos. No sé de dónde salieron tantas camisetas rojas, pero menuda puesta de sol en la fuente de Washington Square, que a falta de la de Colón sirvió para la fiesta.

Y claro, la primera intención fue celebrarlo con un pulpo a feira, pero no se puede ganar a la salud del pulpo y luego digerir a sus hermanos, así nos abstuvimos dignamente. Los hay que prometieron quitarse del pulpo para toda la vida. Mi amigo el DJ Ursula 1000, por cuyas venas también corre sangre española, decidió subir a Paul a los altares y convertir nuestra bandera en algo de lo que siempre estemos orgullosos. Creo que hasta los catalanes podrían rendirle honores a ésta.

Me rindo. Acabo de sucumbir a la euforia del fútbol. Esta tarde he salido del Bunny Show, el bar surafricano que nos ha adoptado para el Mundial, henchida de euforia futbolera. Surcaba las calles del Lower East Side en mi bicicleta con una sonrisa boba cuando oí a alguien meterse con un alemán y sin poder contenerme grité "¡Viva España!" (Uf, no me lo puedo creer, parece que por fin hemos matado a Franco). Para mi sorpresa, los que escapaban a la ola de calor sentados en el portal se sumaron al clamor sin dudarlo.
Once años en Nueva York y nunca había escuchado a nadie gritar el nombre de mi país por las calles. "La furia roja" es portada del Wall Street Journal y los españoles de La Nacional cortaron ayer la calle 14, que un día fuera el eje del barrio español y hoy bastión de los modernos del Meatpacking Distric (Foto de Laura Turégano).

Nueva York, cosmopolita como ella sola, es la ciudad ideal para ver el Mundial, con comunidades de todas las nacionalidades en el "melting pot" donde se cuecen todas las culturas. Desde el principio se podía oler la fiesta a media tarde (gajes del cambio horario) en los restaurantes brasileños, serbios, italianos, portugueses, argentinos, africanos (¡qué partido el de Ghana)...
Poco a poco se nos fueron sumando los amigos que quedaban descolgados de otras selecciones, sobre todo italianos y británicos, pero también suecos, irlandeses, australianos y hasta paraguayos. Nadie nos apoyaba más que estos últimos, que ya que han sido eliminados quieren presumir de haber sucumbido frente al campeón. Esta última semana admito que nos tenían más fe ellos que nosotros mismos, siempre temerosos de soñar a lo grande por si la realidad resquebrajaba nuestras ilusiones.
Los artistas acunan a la musa y dan rienda suelta a la creatividad. En los periódicos somos obreros que trabajamos a contrareloj y forcejeamos contra el espacio, la publicidad, las noticias, el cambio horario, el cierre… Metemos la tijera, cortamos, pegamos, pulimos y dejamos los textos lo más digerible posible, dentro de nuestras muchas limitaciones.
Son páginas para todos los públicos, pero están los que se quedan con ganas de más y los que buscan la voz del original, en lugar de nuestra versión embellecida. Para estos va la transcripción completa y en bruto de la entrevista con uno de los escultores más importantes del siglo XX, Richard Serra (San Francisco, 1939), que desde ayer es el nuevo Premio Príncipe de Asturias de las Artes.
P. ¿Qué significa este premio para usted?
- España ha sido el país que realmente ha apoyado mi trabajo desde 1982. Fui allí cuando se terminó el régimen de Franco y había una gran exuberancia en el país, como un despertar cultural. Fui con una exposición de escultores llamada “Correspondencia”, después hice una exposición con el Reina Sofía y durante los últimos 30 años museos, instituciones y colecciones privadas han mostrado mi trabajo. Así que le debo mucho a España y al pueblo español.
P. ¿Qué papel cree que ha jugado en su carrera el Guggenheim de Bilbao?
- Enorme. Desde la concepción del museo, cuando se alzó La Serpiente en la exposición inicial, y luego me invitaron a volver para hacer una exposición mayor dos años después, y a raíz de ésa decidieron que hiciera una exposición permanente. Creo que en los últimos 20 años La matería del Tiempo es la obra más significativa que he hecho, y tenerla allí permanentemente ha permitido exponerla a un público mayor y ha permitido una mayor comprensión de mi obra, y eso se lo debo también a (Thomas) Krens y a (Juan Ignacio) Vidarte.
P. ¿Cree que permite también observar su trayectoria?
- Sí, creo que es una instalación maravillosa, no podía estar más contento con ella.
P. El jurado le ha considerado “uno de los escultores más relevantes de la segunda mitad del siglo 20”. ¿Qué se siente al presenciar su propia entrada en el pabellón de la historia?
- Creo que mis esculturas se han diferenciado de la tradición de la forja y el modelaje. Y al hacerlo se han salido del pedestal para tratar con la psicología y el contexto, que hace del espectador el contenido de la materia. Así que uno experimenta sensibilidad y sensaciones y se convierte en parte del sujeto e incluso del contenido cuando camina a través de ella. Creo que eso permite una singularidad diferente de mi trabajo en la historia de la escultura en relación con cualquier otro trabajo que le haya precedido. Así que si ya ha hecho alguna contribución será en el sentido del lenguaje y la evolución de la escultura.
P. El jurado también ha destacado su “audacia en definir los espacios urbanos desde una perspectiva minimalista”. ¿Está de acuerdo?
- Creo que llamarlo minimalista lo reduce a un movimiento que realmente trabajaba con espacios interiores y objetos, yo realmente vine después de ese movimiento. El movimiento minimalista fue principalmente Donald Judd, Dan Flavin y Carl Andre. Yo surgí con Robert Smithson, Bruce Nauman y Eva Hesse, que lo abrieron a una condición de caminar dentro de él y girar a su alrededor, donde el tiempo y el espacio se hicieron más ascéticos que meramente la presentación de un objeto minimalista. Así que llamar a mi trabajo minimalista es, por definición, un rumbo equivocado.
P. ¿Y cómo le gustaría a usted que lo definieran?
- Creo que eso corre a cuenta de cada uno. Darle una definición sería reducirlo a algo que no sería correcto, porque es un trabajo con una base muy amplia y depende de la visión del espectador en cada contexto y en relación con cada experiencia anterior e incluso a la historia misma. Lo que he descubierto recientemente es que toda una generación más joven está experimentando mi trabajo de forma distinta que la generación de más edad porque no tiene las mismas concepciones previas de lo que tiene que ser una esculptura, así que lo experimentan como es por primera vez en relación a su propio volumen y su propia determinación. Eso ha sido muy satisfactorio.
P. ¿Se podría decir que su trabajo es más para ser experimentado que observado?
- Eso es exactamente. No se trata de mirar a un objeto, donde el contenido está dentro de un marco o la pintura está definida por el modelaje de un objeto o lo que hay en un pedestal. Mi trabajo trata de la experiencia del espectador entendiendo su propia percepción. Así que el sujeto del que trata depende de la habilidad del espectador para entender el movimiento y el volumen del trabajo. Básicamente estoy tratando con el espacio, uso el acero para organizar espacios y controlar el volumen de los espacios.
P. Suena contradictorio hablar de modelar los espacios con algo tan rígido y gigantesco como el acero.
- Uso el acero casi como si no tuviera peso, realmente no se siente su peso cuando se entra en el volumen de las piezas, lo que hace es definir cómo el espacio y las curvas afectan al movimiento de tu cuerpo, lo inesperado de cómo se abre y se cierra el espacio al caminar por él, y lo que aparece detrás tuya y por encima de tu cabeza. Las piezas tienen la tendencia de implicarte en su volumen y su espacio. Juego con el vacío, no sólo con la formación del acero. No es una escultura tradicional en la que miras un objeto y por definición se reduce a un juguete a un coche o a cualquier objeto que alguien esté tratando de definir en la historia de la representación. Mi obra no trabaja con la representación de esa manera, sino con la experiencia en relación a las sensaciones personales.
P. Es como si le hubiera atribuido ligereza al acero.
- Sí, ligereza y movimiento.
P. El acero parece un material muy apropiado para una ciudad como Bilbao. ¿Le inspiró eso de alguna manera?
- Cuando fui la primera vez a Bilbao era una ciudad muy industrial donde seguían contruyendo barcos y había un gran comercio. Todo eso cambió cuando la ciudad se abrió al museo, ya no es ese puerto industrial. Pero cuando fui allí la primera vez ciertamento me impresiono su industrialización. Mi propio origen en EEUU tiene que ver con eso, de niño trabajé en una fábrica de acero, así que he estado trabajo en el marco industrial y en la tecnología de la industria toda mi vida.
P. ¿Echa de menos ese Bilbao industrial?
- Digamos que ese viejo Bilbao vibraba de una manera distinta a la homogeneidad de ahora.
P. ¿Planea visitarlo cuando vaya a recoger este premio?
- Si puedo, por supuesto.
P. ¿Dónde estaba cuando le informaron del premio?
- Me lo dijeron la víspera, por email, lo ví en Long Island.
P. ¿De que forma puede afectar a sus planes de carrera?
- Estoy construyendo dos grandes encargos de las que todavía no puedo hablar hasta que estén hechas, pero puedo decirle que en marzo del año que viene abriré una exposición en el Metropolitan Museum que después irá a San Francisco y más adelante a Houston.
P. ¿Hay alguna oportunidad de que se vea en España?
- No lo sé, habrá que verlo, pero no lo creo. Puede haber alguna posibilidad con la exposición que se está montando en Basel junto con Brancusi, y se está hablando de que vaya a Bilbao, pero no sé si eso ocurrirá o no, está en fase muy inicial.
P. ¿Qué cree que esta etapa de su vida está aportando a su obra?
- Ahora mismo estoy en periodo de recuperación, pero no ha frenado mi capacidad de pensar. No es que ya no esté trabajando en esculturas, es que ahora mismo estoy un poco tumbado y lo estaré durante un par de meses, es cuestion de tiempo y volveré a estar bien. Mi creatividad no se ha mermado, está trabajando tan bien como siempre.
P. Muchas ciudades de España pueden presumir ahora de tener una de sus esculturas, ¿hay alguna que signifique más para usted?
- La materia del tiempo es lo más grande que he hecho en España y puede que en mi vida. Me hace muy feliz saber que va a seguir allí durante la próxima década. Creo que realmente es un momento muy particular en la evolución de mi trabajo. Parte del idioma de la obra es que se haya juntado en un solo sitio para que cualquiera pueda entenderlo cuando vaya allí y camine entre las piezas. Por otro lado, al año siguiente construí en Francia una pieza con unas placas verticales llamada “Promenade” que me gusta mucho. Algún día tendremos que encontrarle un sitio para residir, pero todavía no ha ocurrido.
P. ¿Siente que en EEUU se ha reconocido su trabajo con la misma intensidad que en Europa?
- Sí, ciertamente, hace tres años tuve una exposición en el Moma que visitaron 800.000 personas entres meses, y eso era mucho para el museo.
P. ¿Qué otros reconocimientos le gustaría obtener en su vida?
- Sólo querría tener cuantas más oportunidades posibles de construir, a pesar de que hay una crisis económica mundial que hace más dificil constuir en espacios públicos. Espero que cuando la economía se recupere me encarguen más trabajo y me den más oportunidades.
P. ¿Qué papel cree que deben tener los gobiernos en la financiación del arte?
- Varía de país en país. Algunos países como Francia y España están más dispuestos a poner dinero público en encargos potenciales, mientras que EEUU carece mucho de eso. Gran Bretaña le ha ofrecido a los artistas posibilidades de construir en lugares públicos. Cada país tiene diferente necesidades económicas y diferente conciencia cultural. En la última década o así Inglaterra ha vertido una cantidad de dinero enorme en su programa artístico.
P. Comparado a grandes rasgos con otros siglos parece que esa influencia pública se ha reducido.
- Hasta cierto punto los gobiernos no se quieren implicar con el arte porque el arte normalmente se adelanta a las ideologías de los gobiernos, así que no les interesa porque no tienen constituyentes en cuanto a posibilidades políticas, y por tanto no le prestan mucha atención. No es que sea así en todos los países pero ciertamente lo es en EEUU.
P. Pero por el tamaño y los materiales que utiliza su obra es más apropiada para espacios urbanos que museos.
- Sí, seguro, paisajes y espacios urbanos.
P. Cuando las construye, ¿está pensado en redefinir el espacio?
- Sí, eso es lo que hago. Voy, miro el contexto, el tamaño e intento redefinirlo en términos de las necesidades esculturales de mi trabajo, no de la representación del lugar existente.
P. Y además de estas carácterísticas industriales que encontró en Bilbao, ¿qué otras cosas le inspiran del espacio que ve en España?
- La apertura y la dureza del espacio español me recuerda a la de California, que es de donde soy, así que eso tiene mucho que ver con mi simpatía y mi sensibilidad. Tengo una conexión natural hacia ese paisaje. Tiene mucho que ver el dónde has nacido y de dónde eres, y siendo de San Francisco y habiendo crecido junto al mar entiendo la extensión del espacio abierto. Cuando voy a España siento que es la misma clase de horizonte interminable.
P. ¿Cómo se adapta esa sensibilidad por los espacios abiertos a vivir una ciudad como Nueva York, tan llena de rascacielos?
- No es cuestión de tamaño sino de escala y de cómo jugar con el contexto.
P. ¿Sabe qué va a decir cuando reciba este premio?
- No, es muy pronto, tengo tiempo para pensarlo, pero creo que lo que quiero es darle reconocimiento al país por apoyar mi trabajo en las últimos tres decadas.
El chicarrón barbudo vestido de blanco acaparó todas las miradas en cuanto entró ayer en la sala del Tribunal militar de Guantánamo, pero aunque las cuarenta personas que le observábamos con curiosidad fuéramos lo más interesante que ha visto en años, él se puso a juguetear con el bolígrafo como un adolescente ausente. Intentaba controlar la ansiedad, pero le delataba el compulsivo golpeteo de su pie derecho.
En los siete años que Omar Khadr lleva en el agujero legal más oscuro del mundo ha dejado atrás el cuerpo de quinceañero en el que le metieron dos tiros y un montón de metralla cuando le capturaron en Afganistán. Ahora tiene 23 años, el cuello ancho, las manos grandes, el torso corpulento. El bigote incipiente de las fotos previas a su captura es ya una barba espesa, el uniforme indispensable de los presos de Guantánamo que le despreciaban por ser adolescente y occidental. Su padre le hizo cambiar la escuela de Toronto por un campamento de verano con Bin Laden, y de ahí vuelo directo hasta esta isla del Caribe donde los estadounidenses tiraron la llave al mar. “Bienvenido a Israel”, le saludaron socarrones al llegar. De los israelíes habían copiado las más sofisticadas técnicas de tortura que pondrían en práctica en este laboratorio del mal.
Pese a todo ha logrado sobrevivir con una sonrisa amable que le dedicó uno a uno a todos sus abogados con un enérgico apretón de manos. Los veinte periodistas le observábamos con desparpajo, como si todavía nos separara uno de esos cristales de espejo por los que la víspera taladramos la intimidad de sus compañeros del Campamento 4 mientras veían el fútbol.
De pronto me tropecé de refilón con su mirada. Pensé que me equivocaba, que se había sentado de lado para mirar al juez, pero en las siguientes horas sentí varias veces el calor de esa mirada esquiva. Coincidió que yo estaba a su derecha, frente al juez, en ángulo recto al único ojo con vista que le quedó después de la batalla en la que quiso haber muerto. “Matadme”, suplicó a los soldados en su inglés nativo. Comprendí que casi no hay mujeres en la prisión de Guantánamo, y que todas las que estaban a mi alrededor tenían la piel blanca como la leche. Abundaban los ojos claros y las cabelleras rubias, en contraste a mi piel de aceituna y melena andaluza. Omar Khdar no ha visto a su madre o a su hermana en ocho años, posiblemente soy lo más parecido que le ha rondado en el último tercio de su vida.
Me escabullí en el receso para llamar al periódico. Por la pantalla del circuito interno imaginé la mirada de Omar al tropezarse con mi asiento vacío y me vino a la memoria lo que repetía desconsolado en sus primeros años de prisión a cuantos se hacían pasar por amigos, ya fueran verdugos, abogados o compañeros de celda. “No es verdad, no te importo, a ti no te importo nada”, se le oye sollozar en un vídeo que se hizo camino hasta You Tube.
Su caso, el del niño soldado de Guantánamo, el último occidental de la prisión más infame del mundo, ése que extrañamente ha elegido la Casa Blanca de Barack Obama para resucitar las comisiones militares, me rompe el corazón, pero Omar tiene razón. A nadie le importa. Todos nos iremos a casa y él seguirá en Guantánamo sin saber siquiera qué color tiene el mar que le rodea por los cuatro costados.
Se le acusa de matar a un soldado con una granada después de que las fuerzas especiales asediaran la casa donde estaba y la redujeran a escombros con la ayuda de helicópteros Apache, cazas A-10 y bombarderos F-18. Muchos escolares argumentarían que en la guerra matar al contrario por sí mismo no es un crimen sino la esencia de la batalla, pero es que además nadie tiene pruebas de que fuera él quien lanzase la granada fatal que mató al sargento Speer. Lo único que le inculpa es la confesión que le fue arrancada por más de 31 interrogadores en las prisiones de Bagram y Guantánamo, después de utilizarle como fregona humana para limpiar los orines con su estómago.
Y tiene razón, a nadie le importa. Mientras él vuelve a los grilletes de su celda nosotros nos iremos a la cama y mañana le volveremos a poner la alfombra roja a Obama, Premio Nobel de la Paz, como si Bush siguiera presidiendo los absurdos tribunales de guerra con los que se pretende limpiar el buen nombre de Guantánamo. En el comedor de la base suena Buena Vista Social Club, al otro lado de la valla Fidel Castro habla de la revolución y nosotros tecleamos con furia palabras que se lleva el viento del Caribe. Lo siento, Omar, tienes razón, a nadie le importas.
Un médico militar atiende a Omar Khadr en el momento de su captura, único superviviente de una desproporcionada batalla ocurrida el 27 de julio de 2002.
Traigo Haití clavado en el corazón. No sólo porque allí he visto más muerte y más destrucción que en toda mi existencia, sino porque este pueblo, que es el más pobre de nuestro hemisferio, me ha enseñado lecciones de vida que no tienen precio. Para empezar, lo que no he visto en dos semanas es ni una sóla lágrima, tal vez se le han acabado.
Con ellos he descubierto que no inspira más pena el que más llora, como no se hace oír mejor el que más grita. Los haitianos son esa voz dulce en medio del griterío mundial de quienes creamos problemas donde no los hay, sólo porque nos faltan desde la cuna problemas reales de los que ocuparnos.
Prácticamente cada haitiano que he conocido en Puerto Príncipe llevaba a cuestas más tragedias de las que ninguno de nosotros podría soportar, pero las cargaba con una dignidad desmedida que rompía el corazón. No dramatizan, ni siquiera cuentan sus desgracias si no se les pregunta directamente, e incluso cuando se ven obligados a deletrear el zarpazo de la muerte y el abismo al que se enfrentan, lo hacen sin una lágrima.
Quizás porque yo he vertido muchas en mi vida enseguida noté la ausencia de plañideras en esa escena dantesca. Fue el primer día, serpenteando colina arriba por la avenida Delmas, ésa en que la falla abrió las carnes de la ciudad y devoró cuanto encontró por sus venas. Los muertos se apilaban en las esquinas merodeados por las moscas, mientras los vivos se tapaban la nariz para seguir escarbando entre las piedras. Manzanas enteras que no eran ya más que montículos de cascoquetes sin forma, torretas de chalets clavadas en el asfalto, vestigios de una nación que empezaba a ver la luz después de tres siglos de violencia y miseria.
Quienes se afanaban un plástico y tres palos en el primer descampado no eran habitantes de las chabolas, sino oficinistas, periodistas y funcionarios liberales que hasta el día 12 creían haber salvado los escalones de la pobreza. No estaban curtidos en el arte de vivir en la calle, pero lo hacían con una resignación sobrecogedora.
“¡P*@& Madre!”, aullaba avergonzado un mexicano del World Food Program. “¿De qué está hecha está gente? ¡Qué capacidad para interiorizar el dolor!”. Acababa de enterarse de que el haitiano que le servía de conductor desde el terremoto no vendría a trabajar al día siguiente porque iba a enterrar a su padre. Y durante una semana sentado al lado de ese hombre, comentando la desolación que veían por las calles y bromeando sobre la vida y la muerte, nunca le dio la menor señal de que él mismo hubiera perdido su casa y varios miembros de su familia.
Como ése, muchos otros seguían yendo a trabajar al día siguiente para que los vehículos de la ONU echasen a andar la ayuda internacional. Durante el día aceptaban una botella de agua, y por la noche volvían a dormir con su familia en un trozo de acera. Algunos, como Etienne Maxon, hasta el día 12 funcionario del Tribunal de Cuentas, y ahora taxista improvisado, elegía la acera del supermercado Caribbean, para que si sacaban a su hermana de los escombros no acabase en un camión de basura camino a las fosas comunes. Allí las palas han descargado muertos sin nombre a razón de 10.000 cadáveres diarios. Ricos o pobres, a estas alturas de descomposición nadie es capaz de identificarlos.
Con el mismo pragmatismo con el que sus vecinos quemaban en las esquinas los cadáveres putrefactos, Merci Dominique cogió a su hijo de la mano camino de la provincia y dejó a su marido bajo los escombros. Sus parientes de Les Cayes son tan pobres que no pueden repartir más el plato de arroz, pese a que la mujer está embarazada de siete meses. Sentada sobre un cubo de plástico en un campo de refugiados, Marie contestaba a las preguntas con una sonrisa de dentrífico y una mirada dulce, confiada no sé cómo en que Dios le mostrará el camino.
No he conocido antes a un pueblo que acepte su destino con más serenidad que el haitiano, que sepa ser feliz con tan poco incluso frente a las catástrofes más espeluznantes. Me hace preguntarme qué nos pasa a nosotros, tan frustrados teniendo tanto, empeñados en controlar nuestro destino, irritados cada vez que la vida no sigue nuestra agenda. Nos falta esa fuerza interior que mantiene el rumbo de los haitianos cuando todo se desmorona a su alrededor, quizás porque echamos el ancla en cosas efímeras.
Su entereza también sobrecogió a los médicos internacionales que llegaron cuando ya no quedaba más que piernas que cortar, sin un analgésico que darles. “Son duros”, se impresionó el doctor Richard McGlaughlin, entrenado en Calcuta, Blangladesh y Cochabamba. “Llegan con la piel arrollada y tenemos que arrancársela para que no se infecte, pero no gritan ni lloran. Se ponen a cantar”.
El monje budista Thich Nhat Hanh, gurú internacional de la transformación espiritual y autor de más de cien libros, sostiene que llorar es una forma equivocada de huir del sufrimiento, “porque al dolor hay que mirarlo de frente, sólo en su naturaleza encontraremos la verdadera puerta de escape”. Si eso es así, Haití está a un paso del cielo.
Nosotros los periodistas llegábamos hasta ellos con el corazón encogido, sacudiéndonos a la fuerza el pudor de escarbar en su dolor para satisfacer la curiosidad de nuestros lectores, de cuya compasión depende la ayuda. Más muertos, más dolor, más polémica, no hay que dejar que se anestesie la opinión pública. Como vaticinaba Arcadi Espada, “a Haití le quedan dos telediarios”, y los que los hacemos no sabemos cómo evitarlo. El monstruo mediático demanda carnaza, humana o de varieté, para que sigamos ignorando el vacío interior que la fuerza de los haitianos pone en evidencia. “La televisión no tiene visión periférica ni sentido del olfato”, me decía frustrado un cámara de NBC. “Si tan sólo pudiéramos llevarle a la gente este olor a la hora de la cena estoy seguro de que captaríamos su atención”.
Pero no podemos. A mí me han mandado a casa, Haití ya no abría la sección. Ahora levanto el teléfono y me traen comida a la puerta. No tengo que pensar cuánta agua me queda, ni dónde voy a dormir, pero mi corazón se ha quedado en Haití. Y vive Dios que está mejor allí.

Los extranjeros navegamos los barrios más peligrosos de Haití forrados con todo lo que tenemos. No hay bancos ni cajeros, todo se paga en efectivo y a precio de guerra. El día que se nos acaben los dólares que traemos habrá que encontrar otra manera de volver a casa.
Lo bueno es que no hay nada que comprar. Todas las tiendas de la capital que no han quedado reducidas a escombros están cerradas, nadie se arriesgaría a una avalancha. Mucho me hubiera gustado poder comprar algo tan básico como una manta, pero aquí no hay esperanzas de recibirla ni como refugiado.
Pero precisamente porque no hay nada que comprar, el dinero tampoco es lo más codiciado en este momento. El convoy mejor escoltado que he visto desde que llegué a Haití atravesó la carretera esta mañana con un aullido de sirenas y tres o cuatro tanques de la ONU. Varios camiones repletos de cascos azules armados hasta los dientes custodiaban la valiosa carga: Un camión de agua.
Y si bien más de un haitiano se hubiera tirado al asalto si no hubiera habido tantas armas a su alrededor, hasta los periodistas que vivimos al amparo de la ONU lo miramos con envidia. El líquido transparente a través del plástico realmente brillaba bajo el sol como si fuera oro a nuestros ojos. Esta noche precisamente se nos acabó el agua.
Toda la que teníamos la trajimos a cuestas de Santo Domingo entre una compañera y yo. Una garrafa cada una, sin coche ni transporte público hay que ser autosuficiente, sólo se puede tener lo que cada uno pueda cargar. Con estas temperaturas los suizos nos habían aconsejado cinco litros de agua diarios por persona. Nos dio la risa, con suerte uno al día.
Agua, pedían a gritos los habitantes de Carrefour esta mañana, el segundo barrio más pobre de Haití, que con sádica crueldad ha sido el epicentro del terremoto. No recibieron más que galletas, porque aunque la ONU reparte tabletas potabilizadoras de agua, no está segura de que sea lo más adecuado. Sin la debida explicación, muchos se las tragan como pastillas.
No se preocupen, yo no me moriré de sed, estoy segura de que quienes están a mi alrededor nunca lo permitirán, pero no crean que es fácil ni para los privilegiados como yo. Quienes comparten esta noche mi trozo de césped al ras son cargos distinguidos como el cónsul de Portugal en La Habana, el responsable de la Oficina de Ayuda Humanitaria de la Unión Europea para el Caribe, la corresponsal del Periódico de Cataluña y el portavoz del Programa de Mundial de Alimentos. Ninguna de nuestras influencias ha servido para lograr un saco o una manta, pese a que lo hemos mendigado por todos los contingentes internacionales.
Hemos cenado tras repartirnos una ración de comida militar que la Embajada española dejó en el campamento de los uruguayos al evacuar a nuestros paisanos, y nos la hemos apropiado sin muchos escrúpulos, pese a la resistencia de los sudamericanos. Como decía un irlandés que anoche se deleitaba con una camiseta limpia con el sello de una agencia de cooperación, “esto no se llama robar, sino redistribuir”, lapidó a lo Robin Hood.
Para la cena el del programa mundial de alimentos ha repartido con nosotros su galón de agua y mañana tendrá que buscarse la vida para encontrar más. El cónsul portugués se ha hecho la cama con dos cartones y se ha tapado con un papel de aluminio, mientras que el representante de la UE, el más preparado, ha abierto generosamente su saco para que las dos chicas pudiéramos dormir y evitar la humedad del césped.
En el aparcamiento junto a la caseta de la guardia civil y la policía nacional, los dos equipos de Televisión Española y el de Cuatro duermen en los coches. La presentadora de este último ha cortado su toalla en tres trozos para que los de TVE tuvieran con qué secarse el cuerpo en caso de que pudieran usurpar un grifo al aire libre que tiene el contingente colombianos. Los de la televisión pública le han correspondido con un litro de césped para que puedan ir a grabar un falso directo por la mañana. Después del agua, la gasolina es el líquido más codiciado.
Como ven, el terremoto de Haití no sólo ha aplanado Puerto Príncipe hasta el nivel del mar, sino que también ha limado justicieramente las diferencias sociales. Casi me da pudor contarlo, porque por muchas penurias que suframos los privilegiados nada se compara con la indigna lucha entre la vida y la muerte que sufren quienes hemos venido a ayudar, pero si nosotros estamos así, imagínense cómo están los que ya eran pobres y miserables antes del martes pasado.
Esta noche he compartido la suerte de los haitianos. He pasado horas buscando un metro de suelo tranquilo para dormir a la intemperie, pero en Puerto Príncipe eso es un lujo a atesorar. Los cientos de miles que han perdido sus casas se disputan los metros de parques, plazas o descampados para tomar propiedad con una sábana extendida en competida frontera con la del vecino, su nueva casa.
La mía la compartimos militares filipinos, bolivianos y personal humanitario de la ONU y la Unión Europea. Los rescatistas brasileños se quedaron sin un trozo de césped, sentados en un bordillo. Los que a media noche logramos mudarnos a cubierto de los mosquitos amanecimos triunfantes, pese a no haber tenido ni una manta que echarnos por encima.
Pero a diferencia de los haitianos, no tenemos que preocuparnos de que el de al lado saque un machete, sólo de que el mosquito que te ronda no transmita el dengue o la malaria. El miedo que se masca en la ciudad al caer la noche se acaba al cruzar la valla de seguridad del improvisado cuartel de la ONU que se ha instalado al sur del aeropuerto. Allí el verdadero alma de esta organización paralizada en las altas esferas por la burocracia internacional se pone las botas sobre el terreno y se desempolva su propio duelo para echar a andar al país más pobre del hemisferio con unos bríos inimaginables. Cien de sus compañeros siguen desaparecidos bajo los escombros de lo que fuera la sede de la Misión de la ONU en Haití, un edificio de seis pisos que ha quedado reducido a tres metros de escombros. Nadie quiere admitir todavía que no volverán a verlos, y prefieren seguir trabajando sin descanso, como sus vidas dependieran ahora de mantener este país a flote.
La mayoría de los que compartimos suelo anoche llevamos tres noches sin dormir, sin una ducha y sin una comida caliente. Mi cena de ayer, una lata de sardinas, compartida minuciosamente con otra colega periodista, y muchos nos han mirado con envidia.
Pero la actividad bulle con tanto furor como crece el miedo y la tensión en las abarrotadas calles de Puerto Príncipe, donde han empezado a recoger los cadáveres con camiones de basura que los trituran sin compasión. Total, acaban en una fosa común sin nombre. Hay que hacerle sitio a los vivos. El metro de suelo en Puerto Príncipe es tan codiciado como el de Manhattan, aunque valga menos que la vida.
Tal día como hoy hace cuatro años los habitantes de Nueva Orleáns estaban encaramados en los tejados de sus casas, empapados hasta las orejas. No hay en la ciudad quien no tenga una historia truculenta que compartir.
A Robert Green se le escurrió del tejado su nieta de 3 años cuando la corriente arrastró su casa calle abajo. Su madre se le murió en lo brazos después de tragar agua varias veces, enferma como estaba del corazón y aquejada de Parkinson. Al resto de la familia lo rescató un vecino en bote, que a lo largo del día dejó a más de 200 personas sobre el puente del Canal Industrial.

“Mi madre está en el tejado de 1826 de la calle Tennessee”, le decía Robert a todo el que se encontraba, creyendo que eso facilitaría la recuperación del cadáver. Tardó tres meses en poderla enterrar. Se ha pasado tres años en una caravana hasta que la organización de Brad Pitt, Make it Right, le ha ayudado a reconstruir su casa (hacer click para ver el reportaje ). Su barrio sigue estando desolado, todavía quedan calles por las que parece que el Katrina pasó ayer.
Y con todo, no hay un deje de resentimiento en sus palabras. Robert está lleno de vida y de agradecimiento por estar de vuelta con los fantasmas de la calle Tennessee. Aquí los espectros no purgan las calles sino que se contonean a ritmo de jazz en cuanto suena la primera trompeta. Así celebraron el sábado el cuarto aniversario del Katrina, porque ellos no lloran la muerte, sino que celebran la vida. De los que están y de los ausentes.
No pierden el tiempo ni el corazón en maldecir a nadie, ni se dejan las energías en rumiar sus miserias. Hasta para criticar emplean el sentido del humor. Son vecinos a la cubana, de esos que se ayudan unos a otros con cuatro naranjas que hayan encontrado. De los que viven en el porche de su casa viendo la vida pasar con una sonrisa. Saludándose unos a otros con besos y abrazos, en un país tan alérgico al contacto físico. De los que te contagian su entusiasmo y a los pocos minutos logran que te olvides de todo lo que te ha salido mal durante el día y te rías con ellos a carcajadas. De esos a los que quieres abrazarte y no soltarte nunca, porque tienen un espíritu que te hace inmune al sufrimiento, sin importar cuántos reveses te aseste la vida.
Esa es la ciudad sin la que no pueden vivir. Si el Katrina hubiera arrasado Houston o Detroit, nadie hubiera vuelto. Pero los habitantes de Nueva Orleáns aman a su ciudad con más cariño del que puedan encontrar en ningún otro rincón del país. Como dijo el arquitecto Robert Tannen, otro maravilloso ser humano digno de Nueva orleáns, para esta gente “el suelo en el que han vivido es más sagrado que su propia religión”.
Hay algo mágico en sus calles que no es más que la suma de tanta energía positiva como han derramado durante generaciones. Es la tierra de los esclavos libres que pudieron comprar sus casas, de los primeros a los que se le permitió tocar su música en la plaza pública, de sus casas de madera al estilo caribeño pintadas de colores y repujada por franceses y españoles. Allí donde el sol brilla todos el año Jenga Mwendo se busca la vida con una chapuza aquí y allá para criar a su hija de cinco años y montar jardines comunitarios en su barrio del Bajo Noveno.
Cuando el Katrina pasó se llevó por delante la casa que acababa de comprar un mes antes en el barrio donde se crió. Como para entonces vivía en Nueva York trabajando en películas de animación, no pudo beneficiarse de ninguna de las ayudas para la reconstrucción que le dieron a los residentes. Y con todo, otra más que hizo la maleta rumbo a casa, donde cada día se las tiene que ingeniar para poner la mesa a su hija pero no le falta una sonrisa en los labios. “Podría volver a trabajar en Nueva York, pero no sería feliz”, contó sin un sesgo de duda.
La magia de Nueva Orleáns no está en los bares de Bourbon Street ni en los balcones coloniales del Barrio Francés, sino en el corazón de su gente. A esa a la que quiero rendir homenaje hoy por las lecciones de vida que me da siempre que paso por allí.
Hola amigos, aquí estoy de vuelta a petición vuestra. Mi ausencia empezó con unas vacaciones bien merecidas a México, y a partir de ahí ya no he podido levantar cabeza. En este trabajo se ausenta uno un par de semanas y a la vuelta le desbordan los emails, las facturas y los

Sí, hace ya dos meses, pero eso no quita para que la semana pasada empezara a recibir llamadas de familiares y amigos, preocupados con la idea de que me hubiera contagiado con la “temible” gripe porcina que ya por entonces se gestaba en el corazón de Veracruz.
Los primeros fueron mis padres, claro. Ambos en comandita al teléfono, con la seriedad que requiere el tema, para preguntarme cuánto tiempo exactamente hacía de mi viaje. Yo, del otro lado, entre divertida y cabreada, porque si algo me espeluzna es la falta de sentido común.
La gripe, ésta y cualquier otra, tiene un período de incubación entre uno y cuatro días, así que da lo mismo si estuve en México hace uno o tres meses, porque en ningún caso podría afectarme a estas alturas.
Robert Klitzman, profesor de psiquiatría de la Universidad de Columbia, explicaba el otro día que los seres humanos tenemos en nuestro cerebro un “botón del pánico” que nos impide pensar. Se trata de que cuando se nos ponga delante un león no perdamos el tiempo decidiendo entre si sería mejor subir a un árbol o salir corriendo, pero por favor, no seamos tan prehistóricos y usemos el sentido común para estas cosas.
Fuera de México la gripe porcina sólo ha causado un niño muerto, literalmente. El pobre infante, del que no pretendo reírme ni mucho menos, venía de México y ya traía consigo problemas de salud antes de contraerla. En contraste, la gripe común deja cada año 36.000 muertos sólo en EEUU, amén de 200.000 hospitalizaciones. La mayoría, como seguramente habrá sucedido también en México, es gente con problemas respiratorios u otras condiciones preexistentes que se complican con la enfermedad.
Cierto es que la mayor parte de la población tiene desarrolladas defensas contra las principales cepas de gripe, pero aún si resulta más fácil contagiarse de la actual, la experiencia de las últimas dos semanas permite diagnosticar siete días de cama con fiebre, tos y dolor muscular. A lo sumo, unas dosis de Tamiflu. ¿Es para asustarse?
Los egipcios han sacrificado sin atenerse a razón alguna 300.000 cerdos, pese a que la Organización Mundial de la Salud ha insistido en que la gripe no se contagia a través de los cerdos. Hasta el punto de retirar el nombre de gripe porcina y empezar a llamarla sólo H1N1, por si eso ayuda a eliminar el estigma.
Los chinos, todavía peor. Desde que el jueves llegase a Shangai un pasajero contagiado de gripe porcina la policía ha recorrido los hoteles para sacar a todos los mexicanos incluso en mitad de la noche. Entre los niños y adultos que han encerrado en instalaciones de mala muerte, según el consulado, hay también algunos mexicanos que no han visitado su país de origen en al menos tres meses. Pero como decíamos, el sentido común aquí no aplica.
Y puestos a perder la cabeza, a mí lo que me tienta es coger el primer avión de vuelta a México.Vuelos baratos y casi vacíos en los que estirar las piernas. Si hace dos meses mi cabaña de Chacahua ya salía más barata que un menú del día en Madrid, con lo que ha caído el peso a cuenta de la gripe porcina me voy a sentir hasta culpable.
En fin, una excusa como otra cualquiera para volver al paraíso perdido. Sin televisión, teléfono o internet. Hasta la luz eléctrica ecasea por las noches. Allí donde las noticias suenan tan remotas a través de la radio local que el termométro de la ansiedad se queda bajo cero. No hay más botón del pánico que el que provocan las corrientes marinas o los alacranes. Tal y como lo pensó la naturaleza.

Sobre este blog
Nací un 4 de julio, como si el destino me hubiera ligado de antemano a EEUU. Salvo esa pista que a todo el mundo se le pasó por alto, nada en mi entorno de familia agrícola andaluza hacía prever que fuera a resultar un alma rebelde dispuesta a saltar del nido a los 16 años. Lo del periodismo no había que imaginárselo, a los 11 me diseñé mi primer periódico con pliegos que pedí en La Voz del Sur, un tubo de pegamento y una máquina de escribir. Desde entonces busco papel para narrar las historias humanas que me encuentro por los cuatro continentes, y este blog viene a resolverme el problema.
La ventaja de haber echado el ancla en Nueva York después de explorar Centroamérica es que el imperio no tiene límites. Así es como entra Irak en mi negociado, junto con todas las guerras habidas y por evitar en las que EEUU meta la mano. Mi lema es que no hay causa más perdida que la que no se intenta, y os prometo que eso me ha llevado más lejos que nada en mi vida. Os invito a que me acompañéis en mi recorrido por los caminos de la vida y la política.
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