Mercedes Gallego
La vida en Nueva York
Traigo Haití clavado en el corazón. No sólo porque allí he visto más muerte y más destrucción que en toda mi existencia, sino porque este pueblo, que es el más pobre de nuestro hemisferio, me ha enseñado lecciones de vida que no tienen precio. Para empezar, lo que no he visto en dos semanas es ni una sóla lágrima, tal vez se le han acabado.
Con ellos he descubierto que no inspira más pena el que más llora, como no se hace oír mejor el que más grita. Los haitianos son esa voz dulce en medio del griterío mundial de quienes creamos problemas donde no los hay, sólo porque nos faltan desde la cuna problemas reales de los que ocuparnos.
Prácticamente cada haitiano que he conocido en Puerto Príncipe llevaba a cuestas más tragedias de las que ninguno de nosotros podría soportar, pero las cargaba con una dignidad desmedida que rompía el corazón. No dramatizan, ni siquiera cuentan sus desgracias si no se les pregunta directamente, e incluso cuando se ven obligados a deletrear el zarpazo de la muerte y el abismo al que se enfrentan, lo hacen sin una lágrima.
Quizás porque yo he vertido muchas en mi vida enseguida noté la ausencia de plañideras en esa escena dantesca. Fue el primer día, serpenteando colina arriba por la avenida Delmas, ésa en que la falla abrió las carnes de la ciudad y devoró cuanto encontró por sus venas. Los muertos se apilaban en las esquinas merodeados por las moscas, mientras los vivos se tapaban la nariz para seguir escarbando entre las piedras. Manzanas enteras que no eran ya más que montículos de cascoquetes sin forma, torretas de chalets clavadas en el asfalto, vestigios de una nación que empezaba a ver la luz después de tres siglos de violencia y miseria.
Quienes se afanaban un plástico y tres palos en el primer descampado no eran habitantes de las chabolas, sino oficinistas, periodistas y funcionarios liberales que hasta el día 12 creían haber salvado los escalones de la pobreza. No estaban curtidos en el arte de vivir en la calle, pero lo hacían con una resignación sobrecogedora.
“¡P*@& Madre!”, aullaba avergonzado un mexicano del World Food Program. “¿De qué está hecha está gente? ¡Qué capacidad para interiorizar el dolor!”. Acababa de enterarse de que el haitiano que le servía de conductor desde el terremoto no vendría a trabajar al día siguiente porque iba a enterrar a su padre. Y durante una semana sentado al lado de ese hombre, comentando la desolación que veían por las calles y bromeando sobre la vida y la muerte, nunca le dio la menor señal de que él mismo hubiera perdido su casa y varios miembros de su familia.
Como ése, muchos otros seguían yendo a trabajar al día siguiente para que los vehículos de la ONU echasen a andar la ayuda internacional. Durante el día aceptaban una botella de agua, y por la noche volvían a dormir con su familia en un trozo de acera. Algunos, como Etienne Maxon, hasta el día 12 funcionario del Tribunal de Cuentas, y ahora taxista improvisado, elegía la acera del supermercado Caribbean, para que si sacaban a su hermana de los escombros no acabase en un camión de basura camino a las fosas comunes. Allí las palas han descargado muertos sin nombre a razón de 10.000 cadáveres diarios. Ricos o pobres, a estas alturas de descomposición nadie es capaz de identificarlos.
Con el mismo pragmatismo con el que sus vecinos quemaban en las esquinas los cadáveres putrefactos, Merci Dominique cogió a su hijo de la mano camino de la provincia y dejó a su marido bajo los escombros. Sus parientes de Les Cayes son tan pobres que no pueden repartir más el plato de arroz, pese a que la mujer está embarazada de siete meses. Sentada sobre un cubo de plástico en un campo de refugiados, Marie contestaba a las preguntas con una sonrisa de dentrífico y una mirada dulce, confiada no sé cómo en que Dios le mostrará el camino.
No he conocido antes a un pueblo que acepte su destino con más serenidad que el haitiano, que sepa ser feliz con tan poco incluso frente a las catástrofes más espeluznantes. Me hace preguntarme qué nos pasa a nosotros, tan frustrados teniendo tanto, empeñados en controlar nuestro destino, irritados cada vez que la vida no sigue nuestra agenda. Nos falta esa fuerza interior que mantiene el rumbo de los haitianos cuando todo se desmorona a su alrededor, quizás porque echamos el ancla en cosas efímeras.
Su entereza también sobrecogió a los médicos internacionales que llegaron cuando ya no quedaba más que piernas que cortar, sin un analgésico que darles. “Son duros”, se impresionó el doctor Richard McGlaughlin, entrenado en Calcuta, Blangladesh y Cochabamba. “Llegan con la piel arrollada y tenemos que arrancársela para que no se infecte, pero no gritan ni lloran. Se ponen a cantar”.
El monje budista Thich Nhat Hanh, gurú internacional de la transformación espiritual y autor de más de cien libros, sostiene que llorar es una forma equivocada de huir del sufrimiento, “porque al dolor hay que mirarlo de frente, sólo en su naturaleza encontraremos la verdadera puerta de escape”. Si eso es así, Haití está a un paso del cielo.
Nosotros los periodistas llegábamos hasta ellos con el corazón encogido, sacudiéndonos a la fuerza el pudor de escarbar en su dolor para satisfacer la curiosidad de nuestros lectores, de cuya compasión depende la ayuda. Más muertos, más dolor, más polémica, no hay que dejar que se anestesie la opinión pública. Como vaticinaba Arcadi Espada, “a Haití le quedan dos telediarios”, y los que los hacemos no sabemos cómo evitarlo. El monstruo mediático demanda carnaza, humana o de varieté, para que sigamos ignorando el vacío interior que la fuerza de los haitianos pone en evidencia. “La televisión no tiene visión periférica ni sentido del olfato”, me decía frustrado un cámara de NBC. “Si tan sólo pudiéramos llevarle a la gente este olor a la hora de la cena estoy seguro de que captaríamos su atención”.
Pero no podemos. A mí me han mandado a casa, Haití ya no abría la sección. Ahora levanto el teléfono y me traen comida a la puerta. No tengo que pensar cuánta agua me queda, ni dónde voy a dormir, pero mi corazón se ha quedado en Haití. Y vive Dios que está mejor allí.

Los extranjeros navegamos los barrios más peligrosos de Haití forrados con todo lo que tenemos. No hay bancos ni cajeros, todo se paga en efectivo y a precio de guerra. El día que se nos acaben los dólares que traemos habrá que encontrar otra manera de volver a casa.
Lo bueno es que no hay nada que comprar. Todas las tiendas de la capital que no han quedado reducidas a escombros están cerradas, nadie se arriesgaría a una avalancha. Mucho me hubiera gustado poder comprar algo tan básico como una manta, pero aquí no hay esperanzas de recibirla ni como refugiado.
Pero precisamente porque no hay nada que comprar, el dinero tampoco es lo más codiciado en este momento. El convoy mejor escoltado que he visto desde que llegué a Haití atravesó la carretera esta mañana con un aullido de sirenas y tres o cuatro tanques de la ONU. Varios camiones repletos de cascos azules armados hasta los dientes custodiaban la valiosa carga: Un camión de agua.
Y si bien más de un haitiano se hubiera tirado al asalto si no hubiera habido tantas armas a su alrededor, hasta los periodistas que vivimos al amparo de la ONU lo miramos con envidia. El líquido transparente a través del plástico realmente brillaba bajo el sol como si fuera oro a nuestros ojos. Esta noche precisamente se nos acabó el agua.
Toda la que teníamos la trajimos a cuestas de Santo Domingo entre una compañera y yo. Una garrafa cada una, sin coche ni transporte público hay que ser autosuficiente, sólo se puede tener lo que cada uno pueda cargar. Con estas temperaturas los suizos nos habían aconsejado cinco litros de agua diarios por persona. Nos dio la risa, con suerte uno al día.
Agua, pedían a gritos los habitantes de Carrefour esta mañana, el segundo barrio más pobre de Haití, que con sádica crueldad ha sido el epicentro del terremoto. No recibieron más que galletas, porque aunque la ONU reparte tabletas potabilizadoras de agua, no está segura de que sea lo más adecuado. Sin la debida explicación, muchos se las tragan como pastillas.
No se preocupen, yo no me moriré de sed, estoy segura de que quienes están a mi alrededor nunca lo permitirán, pero no crean que es fácil ni para los privilegiados como yo. Quienes comparten esta noche mi trozo de césped al ras son cargos distinguidos como el cónsul de Portugal en La Habana, el responsable de la Oficina de Ayuda Humanitaria de la Unión Europea para el Caribe, la corresponsal del Periódico de Cataluña y el portavoz del Programa de Mundial de Alimentos. Ninguna de nuestras influencias ha servido para lograr un saco o una manta, pese a que lo hemos mendigado por todos los contingentes internacionales.
Hemos cenado tras repartirnos una ración de comida militar que la Embajada española dejó en el campamento de los uruguayos al evacuar a nuestros paisanos, y nos la hemos apropiado sin muchos escrúpulos, pese a la resistencia de los sudamericanos. Como decía un irlandés que anoche se deleitaba con una camiseta limpia con el sello de una agencia de cooperación, “esto no se llama robar, sino redistribuir”, lapidó a lo Robin Hood.
Para la cena el del programa mundial de alimentos ha repartido con nosotros su galón de agua y mañana tendrá que buscarse la vida para encontrar más. El cónsul portugués se ha hecho la cama con dos cartones y se ha tapado con un papel de aluminio, mientras que el representante de la UE, el más preparado, ha abierto generosamente su saco para que las dos chicas pudiéramos dormir y evitar la humedad del césped.
En el aparcamiento junto a la caseta de la guardia civil y la policía nacional, los dos equipos de Televisión Española y el de Cuatro duermen en los coches. La presentadora de este último ha cortado su toalla en tres trozos para que los de TVE tuvieran con qué secarse el cuerpo en caso de que pudieran usurpar un grifo al aire libre que tiene el contingente colombianos. Los de la televisión pública le han correspondido con un litro de césped para que puedan ir a grabar un falso directo por la mañana. Después del agua, la gasolina es el líquido más codiciado.
Como ven, el terremoto de Haití no sólo ha aplanado Puerto Príncipe hasta el nivel del mar, sino que también ha limado justicieramente las diferencias sociales. Casi me da pudor contarlo, porque por muchas penurias que suframos los privilegiados nada se compara con la indigna lucha entre la vida y la muerte que sufren quienes hemos venido a ayudar, pero si nosotros estamos así, imagínense cómo están los que ya eran pobres y miserables antes del martes pasado.
Esta noche he compartido la suerte de los haitianos. He pasado horas buscando un metro de suelo tranquilo para dormir a la intemperie, pero en Puerto Príncipe eso es un lujo a atesorar. Los cientos de miles que han perdido sus casas se disputan los metros de parques, plazas o descampados para tomar propiedad con una sábana extendida en competida frontera con la del vecino, su nueva casa.
La mía la compartimos militares filipinos, bolivianos y personal humanitario de la ONU y la Unión Europea. Los rescatistas brasileños se quedaron sin un trozo de césped, sentados en un bordillo. Los que a media noche logramos mudarnos a cubierto de los mosquitos amanecimos triunfantes, pese a no haber tenido ni una manta que echarnos por encima.
Pero a diferencia de los haitianos, no tenemos que preocuparnos de que el de al lado saque un machete, sólo de que el mosquito que te ronda no transmita el dengue o la malaria. El miedo que se masca en la ciudad al caer la noche se acaba al cruzar la valla de seguridad del improvisado cuartel de la ONU que se ha instalado al sur del aeropuerto. Allí el verdadero alma de esta organización paralizada en las altas esferas por la burocracia internacional se pone las botas sobre el terreno y se desempolva su propio duelo para echar a andar al país más pobre del hemisferio con unos bríos inimaginables. Cien de sus compañeros siguen desaparecidos bajo los escombros de lo que fuera la sede de la Misión de la ONU en Haití, un edificio de seis pisos que ha quedado reducido a tres metros de escombros. Nadie quiere admitir todavía que no volverán a verlos, y prefieren seguir trabajando sin descanso, como sus vidas dependieran ahora de mantener este país a flote.
La mayoría de los que compartimos suelo anoche llevamos tres noches sin dormir, sin una ducha y sin una comida caliente. Mi cena de ayer, una lata de sardinas, compartida minuciosamente con otra colega periodista, y muchos nos han mirado con envidia.
Pero la actividad bulle con tanto furor como crece el miedo y la tensión en las abarrotadas calles de Puerto Príncipe, donde han empezado a recoger los cadáveres con camiones de basura que los trituran sin compasión. Total, acaban en una fosa común sin nombre. Hay que hacerle sitio a los vivos. El metro de suelo en Puerto Príncipe es tan codiciado como el de Manhattan, aunque valga menos que la vida.
Tal día como hoy hace cuatro años los habitantes de Nueva Orleáns estaban encaramados en los tejados de sus casas, empapados hasta las orejas. No hay en la ciudad quien no tenga una historia truculenta que compartir.
A Robert Green se le escurrió del tejado su nieta de 3 años cuando la corriente arrastró su casa calle abajo. Su madre se le murió en lo brazos después de tragar agua varias veces, enferma como estaba del corazón y aquejada de Parkinson. Al resto de la familia lo rescató un vecino en bote, que a lo largo del día dejó a más de 200 personas sobre el puente del Canal Industrial.

“Mi madre está en el tejado de 1826 de la calle Tennessee”, le decía Robert a todo el que se encontraba, creyendo que eso facilitaría la recuperación del cadáver. Tardó tres meses en poderla enterrar. Se ha pasado tres años en una caravana hasta que la organización de Brad Pitt, Make it Right, le ha ayudado a reconstruir su casa (hacer click para ver el reportaje ). Su barrio sigue estando desolado, todavía quedan calles por las que parece que el Katrina pasó ayer.
Y con todo, no hay un deje de resentimiento en sus palabras. Robert está lleno de vida y de agradecimiento por estar de vuelta con los fantasmas de la calle Tennessee. Aquí los espectros no purgan las calles sino que se contonean a ritmo de jazz en cuanto suena la primera trompeta. Así celebraron el sábado el cuarto aniversario del Katrina, porque ellos no lloran la muerte, sino que celebran la vida. De los que están y de los ausentes.
No pierden el tiempo ni el corazón en maldecir a nadie, ni se dejan las energías en rumiar sus miserias. Hasta para criticar emplean el sentido del humor. Son vecinos a la cubana, de esos que se ayudan unos a otros con cuatro naranjas que hayan encontrado. De los que viven en el porche de su casa viendo la vida pasar con una sonrisa. Saludándose unos a otros con besos y abrazos, en un país tan alérgico al contacto físico. De los que te contagian su entusiasmo y a los pocos minutos logran que te olvides de todo lo que te ha salido mal durante el día y te rías con ellos a carcajadas. De esos a los que quieres abrazarte y no soltarte nunca, porque tienen un espíritu que te hace inmune al sufrimiento, sin importar cuántos reveses te aseste la vida.
Esa es la ciudad sin la que no pueden vivir. Si el Katrina hubiera arrasado Houston o Detroit, nadie hubiera vuelto. Pero los habitantes de Nueva Orleáns aman a su ciudad con más cariño del que puedan encontrar en ningún otro rincón del país. Como dijo el arquitecto Robert Tannen, otro maravilloso ser humano digno de Nueva orleáns, para esta gente “el suelo en el que han vivido es más sagrado que su propia religión”.
Hay algo mágico en sus calles que no es más que la suma de tanta energía positiva como han derramado durante generaciones. Es la tierra de los esclavos libres que pudieron comprar sus casas, de los primeros a los que se le permitió tocar su música en la plaza pública, de sus casas de madera al estilo caribeño pintadas de colores y repujada por franceses y españoles. Allí donde el sol brilla todos el año Jenga Mwendo se busca la vida con una chapuza aquí y allá para criar a su hija de cinco años y montar jardines comunitarios en su barrio del Bajo Noveno.
Cuando el Katrina pasó se llevó por delante la casa que acababa de comprar un mes antes en el barrio donde se crió. Como para entonces vivía en Nueva York trabajando en películas de animación, no pudo beneficiarse de ninguna de las ayudas para la reconstrucción que le dieron a los residentes. Y con todo, otra más que hizo la maleta rumbo a casa, donde cada día se las tiene que ingeniar para poner la mesa a su hija pero no le falta una sonrisa en los labios. “Podría volver a trabajar en Nueva York, pero no sería feliz”, contó sin un sesgo de duda.
La magia de Nueva Orleáns no está en los bares de Bourbon Street ni en los balcones coloniales del Barrio Francés, sino en el corazón de su gente. A esa a la que quiero rendir homenaje hoy por las lecciones de vida que me da siempre que paso por allí.
Hola amigos, aquí estoy de vuelta a petición vuestra. Mi ausencia empezó con unas vacaciones bien merecidas a México, y a partir de ahí ya no he podido levantar cabeza. En este trabajo se ausenta uno un par de semanas y a la vuelta le desbordan los emails, las facturas y los

Sí, hace ya dos meses, pero eso no quita para que la semana pasada empezara a recibir llamadas de familiares y amigos, preocupados con la idea de que me hubiera contagiado con la “temible” gripe porcina que ya por entonces se gestaba en el corazón de Veracruz.
Los primeros fueron mis padres, claro. Ambos en comandita al teléfono, con la seriedad que requiere el tema, para preguntarme cuánto tiempo exactamente hacía de mi viaje. Yo, del otro lado, entre divertida y cabreada, porque si algo me espeluzna es la falta de sentido común.
La gripe, ésta y cualquier otra, tiene un período de incubación entre uno y cuatro días, así que da lo mismo si estuve en México hace uno o tres meses, porque en ningún caso podría afectarme a estas alturas.
Robert Klitzman, profesor de psiquiatría de la Universidad de Columbia, explicaba el otro día que los seres humanos tenemos en nuestro cerebro un “botón del pánico” que nos impide pensar. Se trata de que cuando se nos ponga delante un león no perdamos el tiempo decidiendo entre si sería mejor subir a un árbol o salir corriendo, pero por favor, no seamos tan prehistóricos y usemos el sentido común para estas cosas.
Fuera de México la gripe porcina sólo ha causado un niño muerto, literalmente. El pobre infante, del que no pretendo reírme ni mucho menos, venía de México y ya traía consigo problemas de salud antes de contraerla. En contraste, la gripe común deja cada año 36.000 muertos sólo en EEUU, amén de 200.000 hospitalizaciones. La mayoría, como seguramente habrá sucedido también en México, es gente con problemas respiratorios u otras condiciones preexistentes que se complican con la enfermedad.
Cierto es que la mayor parte de la población tiene desarrolladas defensas contra las principales cepas de gripe, pero aún si resulta más fácil contagiarse de la actual, la experiencia de las últimas dos semanas permite diagnosticar siete días de cama con fiebre, tos y dolor muscular. A lo sumo, unas dosis de Tamiflu. ¿Es para asustarse?
Los egipcios han sacrificado sin atenerse a razón alguna 300.000 cerdos, pese a que la Organización Mundial de la Salud ha insistido en que la gripe no se contagia a través de los cerdos. Hasta el punto de retirar el nombre de gripe porcina y empezar a llamarla sólo H1N1, por si eso ayuda a eliminar el estigma.
Los chinos, todavía peor. Desde que el jueves llegase a Shangai un pasajero contagiado de gripe porcina la policía ha recorrido los hoteles para sacar a todos los mexicanos incluso en mitad de la noche. Entre los niños y adultos que han encerrado en instalaciones de mala muerte, según el consulado, hay también algunos mexicanos que no han visitado su país de origen en al menos tres meses. Pero como decíamos, el sentido común aquí no aplica.
Y puestos a perder la cabeza, a mí lo que me tienta es coger el primer avión de vuelta a México.Vuelos baratos y casi vacíos en los que estirar las piernas. Si hace dos meses mi cabaña de Chacahua ya salía más barata que un menú del día en Madrid, con lo que ha caído el peso a cuenta de la gripe porcina me voy a sentir hasta culpable.
En fin, una excusa como otra cualquiera para volver al paraíso perdido. Sin televisión, teléfono o internet. Hasta la luz eléctrica ecasea por las noches. Allí donde las noticias suenan tan remotas a través de la radio local que el termométro de la ansiedad se queda bajo cero. No hay más botón del pánico que el que provocan las corrientes marinas o los alacranes. Tal y como lo pensó la naturaleza.

Guauuu!, que dirían los americanos (todos, que la expresión se ha extendido a todo el continente) Acabo de ver el primer “discurso a la nación” de Obama a través de internet mientras volaba desde Los Angeles a Nueva York. Alucinante cómo avanza la tecnología.
Ya sé que el invento no es nuevo, creo que lo estrenó Lufthansa en la primera clase de los vuelos transoceánicos, si no me falla la memoria. Ahora American Airlines, Delta y Virgin nos lo traen a todos los asientos a través de un sistema de wi-fi que comercializa la empresa “Gogo, wi-fi with wings”, dice el eslogan (ejem, ya sé que esto del internet con alas en España suena a compresas, pero en cuanto lo uséis dos veces se os pasará la risa, que lo que vuela en internet es el tiempo).
El precio no es ningún regalo -12.95 dólares, que con el cupón de promoción se queda en 9.95- pero no más de lo que cuesta ese servicio en cualquier hotel o aeropuerto. Y a mí hoy me ha arreglado la noche. Como compré el vuelo para los Oscar con bastante antelación, por aquello de ahorrarle unas perrillas al periódico en tiempos de crisis, casi me pierdo el discurso del que tendré que escribir mañana en cuanto me levante. Así que con el wi-fi del avión y el maravilloso mundo de internet, solucionado.
Pero he aquí mi otro gran descubrimiento de la noche: CNN-Facebook. Mi primer instinto fue ver el discurso en C-Span.org, que retransmite todo lo que pasa en el Congreso, pero me temo que el debut de Obama va a tener más audiencia que los Oscar, porque en cuanto empezó a hablar se atropelló la señal, probablemente porque todo el mundo quiso conectarse a la vez y no les daba la capacidad.
Así que me fui a la CNN y me encontré con este invento de “socializar” la televisión que estrenaron ayer. Además de tener una pantalla enorme de gran calidad, a la derecha se podía ver en tiempo real los comentarios de los usuarios de Facebook, al que uno podía contribuir alegremente, tanto si quería extenderlo al mundo mundial o limitarlo a los "amigos". En su primera experiencia de este calibre han tenido 150.000 comentarios, que ya es más de lo que tira este periódico. No quiero ni pensar cuánta gente lo estaba viendo, pero CNN ha dado una pista aterradora: 75 millones de usuarios de Facebook participaron en el experimento. Y es que la cosa no se quedó en la retransmisión en vivo, sino que prácticamente han creado todo un canal de noticias aparte, con apenas cuatro chavales y una presentadora, que se nutre de los comentaristas de CNN pero cuenta los temas en otro lenguaje. El de internet
Hasta hoy pensaba que a lo mejor las televisiones se salvaban de esta crisis mediática que sufrimos los periódicos por culpa de internet, pero ya veo que no. El que no se suba al barco y se vuelva creativo, perecerá también como en el Titanic. Los tiempos cambian y no podemos quedarnos oyendo la orquesta como si eso fuera a evitar el hundimiento.
Por cierto, que este blog también os lo estoy escribiendo desde el aire. Renovarse o morir. Saludos.
Los que nos embarcamos en el viaje de integrarnos en otro país sabemos que la verdadera barrera no está en el idioma, sino en las diferencias culturales. Toda una vida de claves sociales, de comportamientos, ideologías y hasta políticas que marcan nuestra forma de actuar y ver la vida. Ésas que a veces hacen que parezca que hablamos otro idioma cuando hablamos el mismo.
Y así, por mucho que se traduzca, el Partido Socialista significa dos cosas fundamentalmente distintas aquí y al otro lado del Atlántico. A primera vista parece lo mismo: “Jobs, peace & freedom, ¡Trabajadores del mundo uníos!”, decía muy bilingüe el cartel, y aunque yo no veo nada de revolucionario en pedir trabajo, paz y libertad, debía de haberlo.

Quienes nos habíamos dado cita en la Iglesia de St Mary de Harlem el sábado pasado íbamos dispuestos a dar guerra a la ciudad por la decisión del Ayuntamiento de eliminar varias líneas de metro y autobús para contrarrestar la crisis.
Cierto es que Nueva York calcula perder 300.000 puestos de trabajo, la gran mayoría derivados de Wall Street, y con ello mil millones de dólares en ingresos, pero añadir parados a esa cuenta eliminando servicios públicos sólo servirá para deprimir más la ciudad. Todos los economistas coinciden en que ahora tiene que ser el sector público el que genere empleo y actividad económica, motivo por el que el gobierno federal está dispuesto a invertir en ello la friolera de 789.000 millones de dólares, que para muchos llegará demasiado tarde.
En mi barrio del Alphabet City desaparecerá la emblemática línea 8 de autobuses, la única que conecta el West Village con el East Village. Todo un símbolo neoyorquino que de día usan las familias para mandar a sus hijos a la escuela y de noche los que saltan de los clubs de jazz del Greenwich Village a los bares underground del East. Pero sobre todo acerca un poco más al metro a la gente sin recursos de mi esquina de la ciudad, que acaba en una barricada de viviendas de protección oficial donde nadie pensó en abrir una boca al metro que pasa por debajo. Fue como meter allí a todos los pobres y tirar la llave al mar.
Haciendo honor al lema del “stop bitching, start a revolution”, decidí no perder mi autobús sin dar la pelea. “No va a servir para nada, eso ya está decidido”, me insistía mi compañero. Pretendía ahorrarse la excursión a Harlem, porque después de darle muchas vueltas a internet no encontré a nadie más en toda la ciudad que se estuviera organizando para protestar.
La resignación con la que Bruce me acompañó hasta la calle 125 se transformó en nerviosismo cuando se dio cuenta de que el Partido Socialista organizaba el acto. Para mí era un detalle que ni siquiera consideré digno de mención, pero en EEUU todavía perduran las secuelas de la caza de brujas del Macartismo y la Guerra Fría. Están los que se creen que los socialistas buscan nacionalizarlo todo e imponer una dictadura como en Cuba o los que prefieren no poner su nombre en la lista no vaya a ser que algún día le pasen factura por eso en el trabajo. Amén de que lógicamente entre los marginados se refugian más fanáticos de lo habitual. Todo eso explica que hubiera 40 personas en la única reunión de una ciudad de 8 millones de habitantes en la que se explicó el terrible impacto de los recortes municipales. Como el Ayuntamiento no ha sido capaz de proponer fórmulas creativas para compensar la pérdida de impuestos que dejará la crisis de Wall Street, ha optado por subir las tarifas del transporte público que la gente necesita para ir a trabajar, imponer nuevos peajes en los puentes, eliminar al menos ocho líneas de autobús y metro y despedir a 17.000 profesores, entre otras medidas draconianas. Un caso claro de miopía, porque le ayudará a encajar el déficit en los presupuestos de este año pero resucitará poco a poco las imágenes de una ciudad peligrosa y desvencijada como la de las películas de los setenta y ochenta.
Un niño de siete años de Brooklyn que ha ganado un concurso propone cosas como vender publicidad en las tarjetas de metro, mientras que los del Partido Socialista sugerían crear un impuesto de propiedad para los títulos bursátiles, como el que se paga por los bienes inmuebles.
A mí me parecían buenas ideas, pero Bruce no podía concentrarse en ellas, pendiente como estaba de no salir en la cámara instalada en el pasillo de la Iglesia de St. Mary para grabar el evento. Yo no salía de mi asombro. Era como si los socialistas fueran todavía esos comunistas con cuernos y tridente que les pintaron en los años cincuenta. “¡Que en mi país son el partido en el poder y no trabajamos en kibbutz ni mandamos a los niños al colegio vestidos de “pioneritos de la Revolución”, bromeaba yo. “De hecho, funciona bastante bien”. Y tan de sentido común es aceptar su existencia que en cuanto se le pasó la reacción inicial de una generación traumatizada por la caza de brujas negaba avergonzado que le hubieran intimidado.
Mientras, en este blog se repetía el salto del océano entre dos de nuestros lectores: Cantábrico, que pese a su nombre es cubano, y Pasionaria, que con el suyo rinde homenaje a nuestra heroína de la Guerra Civil. El primero rendía pleitesía a Aznar sólo porque le plantó cara al gobierno de Fidel Castro, y la segunda se llevaba las manos a la cabeza, con toda la razón.
Nuestro avatar cubano hablaba de libertad de expresión e igualdad de derechos, que es precisamente lo que el PSOE ha traído al reclamar la igualdad para las mujeres y los matrimonios entre homosexuales, por ejemplo. Claramente no hablamos de la misma cosa, aunque todos la llamen socialismo. Como los republicanos estadounidenses que coronaron a Bush se llevarían un buen chasco si acudiesen a una reunión de nuestros republicanos españoles. La torre de Babel es más confusa de lo que pensamos, Cantábrico. Y aquí, Pasionaria, las iglesias de verdad como la que muestro en la foto (son pocas, lo admito) están del lado de los pobres y de los que buscan la justicia social. Como debe ser.
Zanahorias, puerros, nabos…¡Horror, mi dedo! Tuve apenas una milésima de segundo para reducir la velocidad del machete con que me estaba preparando la sopa de verduras, y con todo sentí el golpe de la hoja en el hueso antes de que la sangre lo empañara.
“Oh, cielos, me he quedado sin dedo”, pensé aterrorizada. Ése fue mi primer pensamiento. El segundo, una vez comprobado que seguía firmemente unido a mi mano, “voy a necesitar dos o tres puntos para cerrar esta herida”. Y el tercero, el que me hace contaros mi pequeño incidente doméstico, “¿de cuánto es el deducible de mi seguro para Urgencias? ¿1.000 dólares?”.
Resultó ser el argumento más rentable para la producción de plaquetas en mi organismo. Di vueltas por la casa chorreando sangre del baño a la cocina, en busca del grifo más frío para cortar la hemorragia, y hasta metí la mano en el congelador esperando que eso la coagulase.
Todos los días millones de estadounidenses toman decisiones como éstas. O mucho peor, a vida o muerte. De mi primera estancia en EEUU se me quedó grabado el día en que un hombre se cayó al suelo en una cafetería de San Francisco con lo que parecía un infarto. Mientras le atendía nerviosa, la esposa suplicaba a los camareros que no llamaran a una ambulancia. Como no tenían seguro les hubiera costado una millonada, literalmente.
La tragedia sanitaria de EEUU no está sólo en los 50 millones de personas que no tienen seguro médico, sino en los otros 250 que aún pagando cuotas prohibitivas tienen que reprimirse por la cantidad de copagos, deducibles y tratamientos sin cubrir que acaban saliendo de sus bolsillos.
Obama lo sabe bien. Su madre pasó los últimos meses de vida en el hospital rellenando papeles y apelaciones porque el seguro no quería pagar el tratamiento de cáncer. Y es que el negocio de los seguros no es proveer al paciente con el mejor tratamiento posible, sino con el más barato y a ser posible con ninguno.
Seguros, hospitales, médicos, farmacéuticas y un largo etcétera forman un poderoso muro de intereses que ni los Clinton lograron traspasar. Para triunfar allí donde tantos fracasaron el nuevo presidente de EEUU había elegido a un paladín que todos consideraban únicamente cualificado para esa labor titánica.
Después de tres décadas Tom Daschle era uno de los hombres más respetados en el Senado. Conocía todos los recovecos de las negociaciones, fue testigo de la batalla de Hillary Clinton e incluso escribió un libro sobre cómo resolver la crisis de salud.
Supongo que por eso Obama pasó por alto sus devaneos con las firmas de lobbies en los cuatro años que ha pasado fuera del Senado. Durante ese tiempo en el que se ha llenado los bolsillos utilizando su influencia también ha asesorado gratis a muchas organizaciones sin ánimo de lucro que luchan por temas sanitarios. El boicot político que ha sufrido a raíz de un desliz en los impuestos no es sólo una gran pérdida para el gobierno de Obama, sino para todo el país que hoy tiene menos posibilidades de ver triunfar la reforma sanitaria.
Daschle no hizo nada ilegal. Poca gente de la que lo ha despedazado sabía que si un amigo te presta su limusina con chófer cuando estás fuera de la ciudad tienes que declararlo como ingresos. Ejem, yo no tengo esos amigos ni gano dos millones de dólares al año, pero en los ambientes políticos de Washington no es tan sorprendente. Por desgracia para el ex senador de Dakota del Sur, en la era de YouTube las televisiones habían desenterrado un anuncio de su campaña electoral de 1986 en el que presumía de seguir conduciendo su viejo Pontiac para distinguirse de los “BMW y limusinas de Washington”. Puesto en el contexto del escándalo actual, el vídeo le había convertido en un hazmereír. “A lo mejor es un sentimental, o simplemente un tacaño, pero sea lo que sea, ¿no es una pena que el resto de Washington no entienda que un centavo ahorrado es un centavo ganado?”, concluye proféticamente el anuncio.
Al final Obama ha sido víctima de los altos estándares de reforma ética y moral que prometió durante la campaña y se ha propuesto llevar a Washington. Con el apoyo de la mayoría demócrata Daschle podía haber pasado el proceso de confirmación, como Tim Geithner, pero el ex senador sabía que era mejor seguir conduciendo su propio Pontiac que minar la credibilidad del nuevo presidente. Como Obama ha entendido que debió haber resistido la tentación de elegir al mejor hombre para el puesto.
Pero si esta noche me voy tranquila a la cama pese al regusto amargo es porque al menos ha tenido la honestidad de mirarnos a todos a los ojos y reconocer que ha “metido la pata”, como prometió hacer en su campaña. Dicen los históricos que desde Kennedy en Bahía de Cochinos no se había dado un presidente que reconociese su error tan directamente. Ya me hubiera gustado que Bush lo hubiera admitido después de no haber encontrado armas de destrucción masiva en Irak.
Así que no se lo pierdan, pese al escándalo el cambio ya está aquí.
Pop! La burbuja de buen rollo que quedó flotando en el aire de Washington tras la histórica toma de posesión de Obama explotó ayer. Los republicanos le han declarado la guerra.
Bueno, en realidad ya se podía intuir cuando decidieron arrastrar la confirmación del secretario del Tesoro Tom Geithner hasta el martes, pero como todos estábamos embriagados de esperanza y optimismo no quisimos creernos que fuese de mala fe.
La prueba de fuego era la votación del Plan de Estímulo Económico con el que Obama pretende reactivar la economía. No les necesitaba, sólo con la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes la ley de 825.000 millones de dólares saldría adelante en esta primera fase, pero después de los muchos esfuerzos que Obama ha hecho para subirles a bordo la pregunta era, ¿a cuántos republicanos se ha ganado?
La respuesta fue abrumadora: Ninguno. No hubo un sólo republicano que votara ayer por la ley que repartirá contratos y becas por doquier para inyectar dinero en la maltrecha economía de EEUU y echarla a andar.
Obama había hecho lo que pocos presidentes. No les llamó a la Casa Blanca, sino que una semana después de haber tomado posesión se dirigió él mismo al Capitolio y se sentó con ellos toda la mañana para explicarles por qué había diseñado el plan de esa manera, escuchar sus críticas y contestar a sus preguntas. Incluso se llevó sobres con todas las propuestas que le tendieron por escrito y prometió revisarlas con su equipo económico.
Estaba haciendo buena otra de sus promesas de campaña, tan importante para él como cerrar Guantánamo o tender la mano al mundo islámico. “No somos una recopilación de estados rojos y azules”, solía decir en referencia a los estados que votan republicano y los que votan demócrata, “sino que somos y siempre seremos los Estados Unidos de América". Su promesa era acabar con el partidismo más necio y trabajar con los conservadores por el bien del país, convencido de que si se acercaba a ellos con una actitud humilde, dispuesto a escucharles y a ceder, prevalecería el amor por su país por encima de todo el politiqueo.
“No espero un cien por cien de acuerdo por parte de mis colegas republicanos, pero sí espero que todos podamos poner la política a un lado y hagamos el trabajo del pueblo estadounidense”, dijo el martes tras reunirse con los republicanos que acaban de darle la espalda.
En un país donde no existe la disciplina de partido y cada legislador vota según su conciencia, cuesta creer que Obama no haya convencido a ningún republicano después de tanto diálogo. Antes de tomar posesión ya se había reunido con ellos varias veces, y después de escuchar todo lo que cada uno tenía que decir sobre el plan todavía invitó a sus líderes a un cocktail en la Casa Blanca. Siguiendo su conciencia, doce demócratas votaron en contra del plan. Nada extraordinario. Lo habitual es que siempre haya unos cuantos que crucen filas. Lo extraño es que todos los de un partido voten en bloque, como han hecho los republicanos. El claro mensaje es que habrá guerra, no sólo con este plan sino en los años venideros.
Los republicanos, además, han hecho un magnífico trabajo de propaganda política, logrando asociar el Plan de Estímulo Económico a grandes despilfarros. Han explotado todos los tópicos con los que se asocia al Partido Demócrata con engordar la maquinaria de gobierno y alimentar a una panda de vagos, que para ellos suelen ser los negros y los pobres, que a menudo son la misma cosa.
Y exhibiendo aisladamente en titulares escandalosos los 200 millones destinados a anticonceptivos han logrado que la sociedad se escandalice y se pregunte qué tiene que ver eso con reactivar la economía.
Pues mucho. Se trataba de ampliar la cobertura del programa de la seguridad social que facilita seguro médico de beneficencia a los más pobres. Ahí los anticonceptivos, carísimos en EEUU, del orden de los 130 dólares al mes, no están incluidos. Sin embargo el programa equivalente para los jubilados (Medicare) sí cubre Viagra, por ejemplo.
¿Cómo esperar que alguien que vive de cupones alimenticios pueda costearse una caja de anticonceptivos a esos precios? Y cuantos más hijos, peor será su situación económica y la de sus vástagos. Como ven, la partida para anticonceptivos no era sólo una cuestión de justicia social, sino también una necesidad económica, por mucho que a los moralistas les cueste aceptar que la situación económica juega un papel a la hora de tener hijos.
Pero en pro de ese espíritu conciliatorio que no le ha servido para nada, Obama pidió a su partido que renunciase a esa partida económica.
Hoy, visto lo visto, algunos se preguntan si no será mejor olvidarse de los republicanos, que de ninguna manera van a votar por esta ley, y ya puestos hacerla a imagen y semejanza de los demócratas. O sea, olvidarse de ese 40% en reducción de impuestos que está en la ley para satisfacer al partido del elefante e invertir la mayor parte de ese dinero a grandes obras públicas que modernicen el país y creen empleo, no sólo en los próximos tres años sino en los próximos diez.
Ah, claro, entonces tendremos un nuevo Roosevelt, y eso es lo que realmente temen los neoconservadores más fanáticos como Rush Limbaugh, el equivalente a nuestro Jiménez Losantos. “Espero que Obama fracase, alguien tiene que decirlo”, lanzó a desparpajo en su monólogo diario de sapos y culebras. Su temor es que si Obama favorece a los pobres como hizo Roosevelt con su New Deal para salir de la Gran Depresión, “tendremos 50 años de gobierno demócrata”. Y todavía a este “patriota” se le llena la boca con su God Bless America.
Se acabó la fiesta. Obama ya es presidente, ha llegado la hora de volver a casa. Y no es fácil. Ayer miércoles todos los autobuses, trenes y vuelos entre Washington y Nueva York del martes seguían agotados.
“¿Llego a tiempo?”, le pregunté angustiada a la empleada que me tendió la tarjeta de embarque quince minutos antes de que saliera el vuelo. Ella no pudo evitar una risa sarcástica. “¡Más te vale! Porque si no vas a tener que pasar otra noche en Washington”. Y no tuvo que decirme más para que saliera como alma que lleva el diablo hacia la cola de seguridad.
Su compañera, despeinada y con las ojeras hasta la rodilla, se desahogaba con otro pasajero. “¡Vaya día que llevamos! Y no te imaginas lo que fue esto ayer. Con tantas calles cerradas todo el mundo llegaba tarde y perdía el vuelo, pero no es culpa nuestra, no teníamos dónde meterlos, todos los vuelos iban llenos.
En el avión las cosas no estaban mejor. Las banderitas de EEUU y los posters conmemorativos de Obama atascaban los maleteros de cabina. Y eso que los más entusiastas viajaban en tren. Lo primero en agotarse fueron los autobuses de Chinatown, esos que por 20 dólares recorren las cinco horas que separan Nueva York de Washington, sin que nunca se sepa en qué momento petará el motor y te quedarás varado en la carretera. Y hasta en los trenes los carteles de “sold out” aparecieron antes en los regionales más corrientes que en los Acela y Metroliners, esos trenes que pretenden ser los AVE españoles pero que sólo te ahorran media hora. Son los favoritos de los ejecutivos que quieren ir con el ordenador enchufado y cuyo tiempo vale oro, pero la fauna que sigue a Obama es de otro corte.
Son los del optimismo, los que no se estresan con el reloj, los que dejan la vida correr y se niegan a creer que su nuevo líder acabe siendo un político más, los que prefieren ganar menos y hacer el trabajo en el que creen. Son la reencarnación moderna de los hippies setenteros, reafirmados en su idealismo por el triunfo del “viaje improbable” en el que se embarcaron con el candidato de color que habla como un poeta blanco.
Llegaron a Washington con el saco en la mano y se han quedado a dormir en el sofá de cualquier conocido. Se levantaron a las tres de la mañana para batir los controles de seguridad, se pasaron todo el día bailando por las calles y aún se fueron de copas a los bares de Georgetown y Adams Morgan, antes de subirse a uno de estos autobuses o trenes traqueteantes de vuelta a casa. Seguramente han gastado la mitad de sus vacaciones en asistir a la coronación de ese sueño del que se siente coautores, porque en EEUU lo estándar son diez días año. Pero para ellos todo vale la pena. No sienten que han votado por un político, sino que al acabar con el oscurantismo de Bush creen que han librado una batalla entre el bien y el mal. “Y por una vez ha ganado el bueno”, decía estupefacto un chaval de Iowa, el día que Obama se destacó por primera vez del pelotón de las primarias.
Eso que ocurre invariablemente en las películas cada vez ocurre menos en la vida real. Es una amarga sensación la de no ver tu esfuerzo recompensado, mientras quienes trepan con artimañas y enchufismo se alzan cada vez más arriba en la escalera social. Pero por lo mismo, el triunfo de Obama es un alivio para los corazones cansados, a los que devuelve la energía para seguir luchando honestamente. Y aunque sólo sea eso lo que consiga Obama después de llegar tan lejos, ya es mucho.
Sobre este blog
Nací un 4 de julio, como si el destino me hubiera ligado de antemano a EEUU. Salvo esa pista que a todo el mundo se le pasó por alto, nada en mi entorno de familia agrícola andaluza hacía prever que fuera a resultar un alma rebelde dispuesta a saltar del nido a los 16 años. Lo del periodismo no había que imaginárselo, a los 11 me diseñé mi primer periódico con pliegos que pedí en La Voz del Sur, un tubo de pegamento y una máquina de escribir. Desde entonces busco papel para narrar las historias humanas que me encuentro por los cuatro continentes, y este blog viene a resolverme el problema.
La ventaja de haber echado el ancla en Nueva York después de explorar Centroamérica es que el imperio no tiene límites. Así es como entra Irak en mi negociado, junto con todas las guerras habidas y por evitar en las que EEUU meta la mano. Mi lema es que no hay causa más perdida que la que no se intenta, y os prometo que eso me ha llevado más lejos que nada en mi vida. Os invito a que me acompañéis en mi recorrido por los caminos de la vida y la política.
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