Mercedes Gallego
La vida en Nueva York
Traigo Haití clavado en el corazón. No sólo porque allí he visto más muerte y más destrucción que en toda mi existencia, sino porque este pueblo, que es el más pobre de nuestro hemisferio, me ha enseñado lecciones de vida que no tienen precio. Para empezar, lo que no he visto en dos semanas es ni una sóla lágrima, tal vez se le han acabado.
Con ellos he descubierto que no inspira más pena el que más llora, como no se hace oír mejor el que más grita. Los haitianos son esa voz dulce en medio del griterío mundial de quienes creamos problemas donde no los hay, sólo porque nos faltan desde la cuna problemas reales de los que ocuparnos.
Prácticamente cada haitiano que he conocido en Puerto Príncipe llevaba a cuestas más tragedias de las que ninguno de nosotros podría soportar, pero las cargaba con una dignidad desmedida que rompía el corazón. No dramatizan, ni siquiera cuentan sus desgracias si no se les pregunta directamente, e incluso cuando se ven obligados a deletrear el zarpazo de la muerte y el abismo al que se enfrentan, lo hacen sin una lágrima.
Quizás porque yo he vertido muchas en mi vida enseguida noté la ausencia de plañideras en esa escena dantesca. Fue el primer día, serpenteando colina arriba por la avenida Delmas, ésa en que la falla abrió las carnes de la ciudad y devoró cuanto encontró por sus venas. Los muertos se apilaban en las esquinas merodeados por las moscas, mientras los vivos se tapaban la nariz para seguir escarbando entre las piedras. Manzanas enteras que no eran ya más que montículos de cascoquetes sin forma, torretas de chalets clavadas en el asfalto, vestigios de una nación que empezaba a ver la luz después de tres siglos de violencia y miseria.
Quienes se afanaban un plástico y tres palos en el primer descampado no eran habitantes de las chabolas, sino oficinistas, periodistas y funcionarios liberales que hasta el día 12 creían haber salvado los escalones de la pobreza. No estaban curtidos en el arte de vivir en la calle, pero lo hacían con una resignación sobrecogedora.
“¡P*@& Madre!”, aullaba avergonzado un mexicano del World Food Program. “¿De qué está hecha está gente? ¡Qué capacidad para interiorizar el dolor!”. Acababa de enterarse de que el haitiano que le servía de conductor desde el terremoto no vendría a trabajar al día siguiente porque iba a enterrar a su padre. Y durante una semana sentado al lado de ese hombre, comentando la desolación que veían por las calles y bromeando sobre la vida y la muerte, nunca le dio la menor señal de que él mismo hubiera perdido su casa y varios miembros de su familia.
Como ése, muchos otros seguían yendo a trabajar al día siguiente para que los vehículos de la ONU echasen a andar la ayuda internacional. Durante el día aceptaban una botella de agua, y por la noche volvían a dormir con su familia en un trozo de acera. Algunos, como Etienne Maxon, hasta el día 12 funcionario del Tribunal de Cuentas, y ahora taxista improvisado, elegía la acera del supermercado Caribbean, para que si sacaban a su hermana de los escombros no acabase en un camión de basura camino a las fosas comunes. Allí las palas han descargado muertos sin nombre a razón de 10.000 cadáveres diarios. Ricos o pobres, a estas alturas de descomposición nadie es capaz de identificarlos.
Con el mismo pragmatismo con el que sus vecinos quemaban en las esquinas los cadáveres putrefactos, Merci Dominique cogió a su hijo de la mano camino de la provincia y dejó a su marido bajo los escombros. Sus parientes de Les Cayes son tan pobres que no pueden repartir más el plato de arroz, pese a que la mujer está embarazada de siete meses. Sentada sobre un cubo de plástico en un campo de refugiados, Marie contestaba a las preguntas con una sonrisa de dentrífico y una mirada dulce, confiada no sé cómo en que Dios le mostrará el camino.
No he conocido antes a un pueblo que acepte su destino con más serenidad que el haitiano, que sepa ser feliz con tan poco incluso frente a las catástrofes más espeluznantes. Me hace preguntarme qué nos pasa a nosotros, tan frustrados teniendo tanto, empeñados en controlar nuestro destino, irritados cada vez que la vida no sigue nuestra agenda. Nos falta esa fuerza interior que mantiene el rumbo de los haitianos cuando todo se desmorona a su alrededor, quizás porque echamos el ancla en cosas efímeras.
Su entereza también sobrecogió a los médicos internacionales que llegaron cuando ya no quedaba más que piernas que cortar, sin un analgésico que darles. “Son duros”, se impresionó el doctor Richard McGlaughlin, entrenado en Calcuta, Blangladesh y Cochabamba. “Llegan con la piel arrollada y tenemos que arrancársela para que no se infecte, pero no gritan ni lloran. Se ponen a cantar”.
El monje budista Thich Nhat Hanh, gurú internacional de la transformación espiritual y autor de más de cien libros, sostiene que llorar es una forma equivocada de huir del sufrimiento, “porque al dolor hay que mirarlo de frente, sólo en su naturaleza encontraremos la verdadera puerta de escape”. Si eso es así, Haití está a un paso del cielo.
Nosotros los periodistas llegábamos hasta ellos con el corazón encogido, sacudiéndonos a la fuerza el pudor de escarbar en su dolor para satisfacer la curiosidad de nuestros lectores, de cuya compasión depende la ayuda. Más muertos, más dolor, más polémica, no hay que dejar que se anestesie la opinión pública. Como vaticinaba Arcadi Espada, “a Haití le quedan dos telediarios”, y los que los hacemos no sabemos cómo evitarlo. El monstruo mediático demanda carnaza, humana o de varieté, para que sigamos ignorando el vacío interior que la fuerza de los haitianos pone en evidencia. “La televisión no tiene visión periférica ni sentido del olfato”, me decía frustrado un cámara de NBC. “Si tan sólo pudiéramos llevarle a la gente este olor a la hora de la cena estoy seguro de que captaríamos su atención”.
Pero no podemos. A mí me han mandado a casa, Haití ya no abría la sección. Ahora levanto el teléfono y me traen comida a la puerta. No tengo que pensar cuánta agua me queda, ni dónde voy a dormir, pero mi corazón se ha quedado en Haití. Y vive Dios que está mejor allí.

Sobre este blog
Nací un 4 de julio, como si el destino me hubiera ligado de antemano a EEUU. Salvo esa pista que a todo el mundo se le pasó por alto, nada en mi entorno de familia agrícola andaluza hacía prever que fuera a resultar un alma rebelde dispuesta a saltar del nido a los 16 años. Lo del periodismo no había que imaginárselo, a los 11 me diseñé mi primer periódico con pliegos que pedí en La Voz del Sur, un tubo de pegamento y una máquina de escribir. Desde entonces busco papel para narrar las historias humanas que me encuentro por los cuatro continentes, y este blog viene a resolverme el problema.
La ventaja de haber echado el ancla en Nueva York después de explorar Centroamérica es que el imperio no tiene límites. Así es como entra Irak en mi negociado, junto con todas las guerras habidas y por evitar en las que EEUU meta la mano. Mi lema es que no hay causa más perdida que la que no se intenta, y os prometo que eso me ha llevado más lejos que nada en mi vida. Os invito a que me acompañéis en mi recorrido por los caminos de la vida y la política.
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