Mercedes Gallego
La vida en Nueva York
Zanahorias, puerros, nabos…¡Horror, mi dedo! Tuve apenas una milésima de segundo para reducir la velocidad del machete con que me estaba preparando la sopa de verduras, y con todo sentí el golpe de la hoja en el hueso antes de que la sangre lo empañara.
“Oh, cielos, me he quedado sin dedo”, pensé aterrorizada. Ése fue mi primer pensamiento. El segundo, una vez comprobado que seguía firmemente unido a mi mano, “voy a necesitar dos o tres puntos para cerrar esta herida”. Y el tercero, el que me hace contaros mi pequeño incidente doméstico, “¿de cuánto es el deducible de mi seguro para Urgencias? ¿1.000 dólares?”.
Resultó ser el argumento más rentable para la producción de plaquetas en mi organismo. Di vueltas por la casa chorreando sangre del baño a la cocina, en busca del grifo más frío para cortar la hemorragia, y hasta metí la mano en el congelador esperando que eso la coagulase.
Todos los días millones de estadounidenses toman decisiones como éstas. O mucho peor, a vida o muerte. De mi primera estancia en EEUU se me quedó grabado el día en que un hombre se cayó al suelo en una cafetería de San Francisco con lo que parecía un infarto. Mientras le atendía nerviosa, la esposa suplicaba a los camareros que no llamaran a una ambulancia. Como no tenían seguro les hubiera costado una millonada, literalmente.
La tragedia sanitaria de EEUU no está sólo en los 50 millones de personas que no tienen seguro médico, sino en los otros 250 que aún pagando cuotas prohibitivas tienen que reprimirse por la cantidad de copagos, deducibles y tratamientos sin cubrir que acaban saliendo de sus bolsillos.
Obama lo sabe bien. Su madre pasó los últimos meses de vida en el hospital rellenando papeles y apelaciones porque el seguro no quería pagar el tratamiento de cáncer. Y es que el negocio de los seguros no es proveer al paciente con el mejor tratamiento posible, sino con el más barato y a ser posible con ninguno.
Seguros, hospitales, médicos, farmacéuticas y un largo etcétera forman un poderoso muro de intereses que ni los Clinton lograron traspasar. Para triunfar allí donde tantos fracasaron el nuevo presidente de EEUU había elegido a un paladín que todos consideraban únicamente cualificado para esa labor titánica.
Después de tres décadas Tom Daschle era uno de los hombres más respetados en el Senado. Conocía todos los recovecos de las negociaciones, fue testigo de la batalla de Hillary Clinton e incluso escribió un libro sobre cómo resolver la crisis de salud.
Supongo que por eso Obama pasó por alto sus devaneos con las firmas de lobbies en los cuatro años que ha pasado fuera del Senado. Durante ese tiempo en el que se ha llenado los bolsillos utilizando su influencia también ha asesorado gratis a muchas organizaciones sin ánimo de lucro que luchan por temas sanitarios. El boicot político que ha sufrido a raíz de un desliz en los impuestos no es sólo una gran pérdida para el gobierno de Obama, sino para todo el país que hoy tiene menos posibilidades de ver triunfar la reforma sanitaria.
Daschle no hizo nada ilegal. Poca gente de la que lo ha despedazado sabía que si un amigo te presta su limusina con chófer cuando estás fuera de la ciudad tienes que declararlo como ingresos. Ejem, yo no tengo esos amigos ni gano dos millones de dólares al año, pero en los ambientes políticos de Washington no es tan sorprendente. Por desgracia para el ex senador de Dakota del Sur, en la era de YouTube las televisiones habían desenterrado un anuncio de su campaña electoral de 1986 en el que presumía de seguir conduciendo su viejo Pontiac para distinguirse de los “BMW y limusinas de Washington”. Puesto en el contexto del escándalo actual, el vídeo le había convertido en un hazmereír. “A lo mejor es un sentimental, o simplemente un tacaño, pero sea lo que sea, ¿no es una pena que el resto de Washington no entienda que un centavo ahorrado es un centavo ganado?”, concluye proféticamente el anuncio.
Al final Obama ha sido víctima de los altos estándares de reforma ética y moral que prometió durante la campaña y se ha propuesto llevar a Washington. Con el apoyo de la mayoría demócrata Daschle podía haber pasado el proceso de confirmación, como Tim Geithner, pero el ex senador sabía que era mejor seguir conduciendo su propio Pontiac que minar la credibilidad del nuevo presidente. Como Obama ha entendido que debió haber resistido la tentación de elegir al mejor hombre para el puesto.
Pero si esta noche me voy tranquila a la cama pese al regusto amargo es porque al menos ha tenido la honestidad de mirarnos a todos a los ojos y reconocer que ha “metido la pata”, como prometió hacer en su campaña. Dicen los históricos que desde Kennedy en Bahía de Cochinos no se había dado un presidente que reconociese su error tan directamente. Ya me hubiera gustado que Bush lo hubiera admitido después de no haber encontrado armas de destrucción masiva en Irak.
Así que no se lo pierdan, pese al escándalo el cambio ya está aquí.
Justo cuando creíamos que Obama había superado el drama de las primarias, reaparece Hillay Clinton, ¡como posible secretaria de Estado!
Ver para creer. No porque sus seguidores no hubieran sugerido su nombre, sino porque su escudero Terry McAuliffle aseguró tajante durante la convención demócrata a cuantos le quisieron oír que "Hillary Clinton sólo puede ser presidenta, vicepresidenta o senadora". Claro que antes de anunciar su candidatura presidencial ella misma juró por activa y por pasiva que no tenía ningún interés en presentarse a las elecciones.
Pero lo más irritante es que era precisamente la política exterior lo que más distanciaba a ambos candidatos. Los Clintos apedrearon a Obama por mostrarse dispuesto a dialogar con sus enemigos, mientras que Hillary quería ser tan dura que a veces no se la diferenciaba de Bush. Como cuando amenazaba gratuitamente sin previa provocación con "borrar a Irán de la faz de la tierra" si se atrevía a tocar a Israel.
Nunca olvidaré que hace dos veranos, cuando el país hebreo bombardeó durante más de un mes a civiles inocentes en Líbano para torcer el brazo a Hezbolá, Hillary Clinton encabezaba las manifestaciones de apoyo a Israel frente a la ONU con las que los lobbies judíos contrarrestaban las protestas por el bombardeo. Según Unicef, el 30% de las víctimas de ese ataque que defendía la exprimera dama fueron niños menores de 13 años.
Obama, que compartió piso durante sus años de estudiante con un pakistaní y cuenta entre sus amigos de la Universidad de Chicago con mediadores del conflicto palestino, apoya a Israel con un argumento más armonioso: Que la paz es la mejor manera de ayudar al país judío.
Es sólo uno de los muchos ejemplos en los que se distanciaban ambos candidatos, incluyendo la retirada de las tropas de Irak, que en la agenda de Obama era mucho más tajante. Nombrar a Hillary Clinton como su representante diplomática, después de haberla pasado por alto como vicepresidenta, sería una traición a sus principios y a las esperanzas de sus votantes, que tampoco cicatrizaría las heridas de las feministas ofendidas, porque éste sería un premio menor en comparación a lo que creen que merecía su heroína.
Además de un desaire a la comunidad hispana que le dio la victoria en Nevada, Nuevo México, Colorado y Florida, cuatro estados que en 2004 ganase Bush. Sus líderes presionan para que el cargo de secretario de Estado vaya a manos de Bill Richardson, al que también pasó por alto para la vicepresidencia, y cuya experiencia como mediador internacional y embajador en la ONU se suman a su carácter abierto y bonachón. Claro que John Kerry, a quien tanto le debe, también persigue el puesto, por lo que Hillary sería un desempate que nadie podría reclamar, porque en derecho moral le gana a los dos.
Y un dato sospechoso: en una campaña en la que nunca se filtra nada, dos asesores de Obama se lo filtraron por separado a la veterana periodista de NBC Andrea Mitchell, y después al Washington Post. ¿Sondeando las aguas?
Mi parentesco con Raúl Gallego data de una turbia mañana en Bagdad, después de cinco semanas empotrada con los marines para las que se me fueron 300 páginas de un libro en contarlas. Cuando al fin logré cruzar las barricadas del Hotel Palestina de Bagdad, dos amables iraquíes me salieron al paso y se empeñaron en llevarme la polvorienta mochila hasta el mostrador, donde me esperaba no menos sonriente el recepcionista.
¿CNN?, preguntó el hombre sin esperar que le contradijera. “Noo, Telecinco”, le corregí yo, convencida de que con la sangre de José Couso todavía fresca en la moqueta del piso 14 despertaría más simpatías que la grandilocuente cadena de noticias. Al hombre se le congeló la sonrisa, y no precisamente por el recuerdo de la tragedia ocurrida la víspera. “¿No es usted Christian Amanpour?”, quiso asegurarse. Y apenas repetí mi nombre el amable iraquí que había querido ayudarme con la mochila la soltó en el suelo y desapareció. “No tenemos habitaciones”, zanjó el recepcionista. De ahí no lo saqué.
Después de cinco años en Latinoamérica y casi diez en EEUU todavía no he logrado resignarme a que la mejor forma de persuadir a nadie en estos sitios es con un billete de cien dólares, así que agoté sin éxito mis mejores argumentos, desde mi destino atado a esa habitación destrozada por un cañonazo que Jon Sistiaga y José Couso me habían preparado, hasta la travesía del desierto que, literalmente, acaba de hacer como testigo de la invasión. Nada. A lo más, el hombre me ofreció con desinterés el libro de huéspedes a ver si encontraba alguno de los muchos compañeros que le había dicho que tenía en el hotel.
Jon no estaba en su habitación, eso había sido lo primero que intenté. El libro tenía más de una semana y pertenecía a otra era que acaba de terminar con la toma de Bagdad. Ésa en la que los periodistas evitaban firmar sus entradas y salidas para despitar a los espías de Sadam Hussein, pero entre los nombres de la lista encontré a Raúl Gallego. “¡Mi primo Raúl!”, le aseguré al recepcionista. Y tras confirmar mi parentesco por teléfono con el sorprendido cámara de TV3, me dejó subir.
Nunca antes nos habíamos conocido, pero Raúl me esperaba con los brazos abiertos. Había seguido con Jon y Couso mi pesadilla a través de los directos de Telecinco, y con la ausencia glacial que había dejado la muerte de Jose se agradecía un reencuentro, aunque fuese con un mito telefónico que llegaba cuando todo se había derrumbado alrededor.
Aquel día, en su habitación, la que se desplomó sobre el asiento fui yo, mientras él daba vueltas a mi alrededor desviviéndose en hospitalidad. “¡Tengo zumo de naranja!”, me ofreció triunfante. Aquéllo era la guerra, y cualquier vestigio de tiempos mejores era una conquista que atesorar.
Nos hemos visto poco desde que abandonamos Irak en la primera caravana que cruzó el desierto hacia Jordania tras de la caída de Sadam, pero siempre nos unirá la sangre que compartimos y el cariño de un momento entrañable.
Mi primo Raúl tenía entonces 27 años, y ya había demostrado ser un cámara de primera. Al año siguiente se coló con los músicos que tocaban en el funeral de Yasir Arafat y sacó las mejores imágenes de algo que fotografiaron miles de periodistas. Ése y otros trabajos capturaron la atención de Associated Press, la mayor agencia del mundo que pronto le fichó. Desde entonces se ha cruzado Asia y parte de Africa retratando el sufrimiento de tantos olvidados que tienen poco hueco en las noticias.
Raúl es un periodista valiente capaz de humanizar a un soldado israelí sin sentir que eso pone en entredicho el compromiso social que caracteriza a su trabajo, porque a través de su objetivo él ve a las personas y les ofrece el mundo en una imagen. Lo mismo se conmociona con los niños que juegan entre los vertederos de Nairobi que retrata la soledad y la indefensión de soldados estadounidenses tan aislados en las montañas de Afganistán que sueñan con volver a ver el color rosa.
“He aprendido que en Europa y EEUU vivimos en una burbuja”, dijo en una entrevista a El Periódico de Cataluña. “Que somos muy pocos los que vivimos bien en este mundo, pero que los que viven bien no son necesariamente los más felices”.
El otro día me llegó por Facebook otro vídeo de mi primo. Esta vez se había metido en medio de las manifestaciones de Bangkok que la semana pasada dejaron 469 heridos y dos muertos. Una auténtica batalla campal en la que Raúl no toma partido por ningún bando, sino que corre de uno a otro para mostrarnos cómo se las gastan en los dos lados. Tal es la habilidad que tiene mi primo para colarse en todas las imagenes más impactantes de esa manifestación que cuando uno ve el vídeo piensa que es el trabajo compilado de media docena de buenos cámaras. Pero no, es sólo mi primo Raúl, al que ya le he dicho lo orgullosa que me siento de él. No he podido evitar un escalofrío al acordarme de otro compañero que murió por una bala equivocada en medio de una manifestación en Haití, Ricardo Ortega, y como odio que la gente tenga que morir para que se valore su trabajo, he querido compartirlo con vosotros:
Y para quien quiera saber más de este país del que sólo nos acordamos cuando vamos de vacaciones o lo barre un tsunami, aquí está lo que publicó El Correo de esta noticia (ojo, las cifras de heridos y muertos se actualizaron más tarde).
Sobre este blog
Nací un 4 de julio, como si el destino me hubiera ligado de antemano a EEUU. Salvo esa pista que a todo el mundo se le pasó por alto, nada en mi entorno de familia agrícola andaluza hacía prever que fuera a resultar un alma rebelde dispuesta a saltar del nido a los 16 años. Lo del periodismo no había que imaginárselo, a los 11 me diseñé mi primer periódico con pliegos que pedí en La Voz del Sur, un tubo de pegamento y una máquina de escribir. Desde entonces busco papel para narrar las historias humanas que me encuentro por los cuatro continentes, y este blog viene a resolverme el problema.
La ventaja de haber echado el ancla en Nueva York después de explorar Centroamérica es que el imperio no tiene límites. Así es como entra Irak en mi negociado, junto con todas las guerras habidas y por evitar en las que EEUU meta la mano. Mi lema es que no hay causa más perdida que la que no se intenta, y os prometo que eso me ha llevado más lejos que nada en mi vida. Os invito a que me acompañéis en mi recorrido por los caminos de la vida y la política.
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