Mercedes Gallego
La vida en Nueva York
Mi parentesco con Raúl Gallego data de una turbia mañana en Bagdad, después de cinco semanas empotrada con los marines para las que se me fueron 300 páginas de un libro en contarlas. Cuando al fin logré cruzar las barricadas del Hotel Palestina de Bagdad, dos amables iraquíes me salieron al paso y se empeñaron en llevarme la polvorienta mochila hasta el mostrador, donde me esperaba no menos sonriente el recepcionista.
¿CNN?, preguntó el hombre sin esperar que le contradijera. “Noo, Telecinco”, le corregí yo, convencida de que con la sangre de José Couso todavía fresca en la moqueta del piso 14 despertaría más simpatías que la grandilocuente cadena de noticias. Al hombre se le congeló la sonrisa, y no precisamente por el recuerdo de la tragedia ocurrida la víspera. “¿No es usted Christian Amanpour?”, quiso asegurarse. Y apenas repetí mi nombre el amable iraquí que había querido ayudarme con la mochila la soltó en el suelo y desapareció. “No tenemos habitaciones”, zanjó el recepcionista. De ahí no lo saqué.
Después de cinco años en Latinoamérica y casi diez en EEUU todavía no he logrado resignarme a que la mejor forma de persuadir a nadie en estos sitios es con un billete de cien dólares, así que agoté sin éxito mis mejores argumentos, desde mi destino atado a esa habitación destrozada por un cañonazo que Jon Sistiaga y José Couso me habían preparado, hasta la travesía del desierto que, literalmente, acaba de hacer como testigo de la invasión. Nada. A lo más, el hombre me ofreció con desinterés el libro de huéspedes a ver si encontraba alguno de los muchos compañeros que le había dicho que tenía en el hotel.
Jon no estaba en su habitación, eso había sido lo primero que intenté. El libro tenía más de una semana y pertenecía a otra era que acaba de terminar con la toma de Bagdad. Ésa en la que los periodistas evitaban firmar sus entradas y salidas para despitar a los espías de Sadam Hussein, pero entre los nombres de la lista encontré a Raúl Gallego. “¡Mi primo Raúl!”, le aseguré al recepcionista. Y tras confirmar mi parentesco por teléfono con el sorprendido cámara de TV3, me dejó subir.
Nunca antes nos habíamos conocido, pero Raúl me esperaba con los brazos abiertos. Había seguido con Jon y Couso mi pesadilla a través de los directos de Telecinco, y con la ausencia glacial que había dejado la muerte de Jose se agradecía un reencuentro, aunque fuese con un mito telefónico que llegaba cuando todo se había derrumbado alrededor.
Aquel día, en su habitación, la que se desplomó sobre el asiento fui yo, mientras él daba vueltas a mi alrededor desviviéndose en hospitalidad. “¡Tengo zumo de naranja!”, me ofreció triunfante. Aquéllo era la guerra, y cualquier vestigio de tiempos mejores era una conquista que atesorar.
Nos hemos visto poco desde que abandonamos Irak en la primera caravana que cruzó el desierto hacia Jordania tras de la caída de Sadam, pero siempre nos unirá la sangre que compartimos y el cariño de un momento entrañable.
Mi primo Raúl tenía entonces 27 años, y ya había demostrado ser un cámara de primera. Al año siguiente se coló con los músicos que tocaban en el funeral de Yasir Arafat y sacó las mejores imágenes de algo que fotografiaron miles de periodistas. Ése y otros trabajos capturaron la atención de Associated Press, la mayor agencia del mundo que pronto le fichó. Desde entonces se ha cruzado Asia y parte de Africa retratando el sufrimiento de tantos olvidados que tienen poco hueco en las noticias.
Raúl es un periodista valiente capaz de humanizar a un soldado israelí sin sentir que eso pone en entredicho el compromiso social que caracteriza a su trabajo, porque a través de su objetivo él ve a las personas y les ofrece el mundo en una imagen. Lo mismo se conmociona con los niños que juegan entre los vertederos de Nairobi que retrata la soledad y la indefensión de soldados estadounidenses tan aislados en las montañas de Afganistán que sueñan con volver a ver el color rosa.
“He aprendido que en Europa y EEUU vivimos en una burbuja”, dijo en una entrevista a El Periódico de Cataluña. “Que somos muy pocos los que vivimos bien en este mundo, pero que los que viven bien no son necesariamente los más felices”.
El otro día me llegó por Facebook otro vídeo de mi primo. Esta vez se había metido en medio de las manifestaciones de Bangkok que la semana pasada dejaron 469 heridos y dos muertos. Una auténtica batalla campal en la que Raúl no toma partido por ningún bando, sino que corre de uno a otro para mostrarnos cómo se las gastan en los dos lados. Tal es la habilidad que tiene mi primo para colarse en todas las imagenes más impactantes de esa manifestación que cuando uno ve el vídeo piensa que es el trabajo compilado de media docena de buenos cámaras. Pero no, es sólo mi primo Raúl, al que ya le he dicho lo orgullosa que me siento de él. No he podido evitar un escalofrío al acordarme de otro compañero que murió por una bala equivocada en medio de una manifestación en Haití, Ricardo Ortega, y como odio que la gente tenga que morir para que se valore su trabajo, he querido compartirlo con vosotros:
Y para quien quiera saber más de este país del que sólo nos acordamos cuando vamos de vacaciones o lo barre un tsunami, aquí está lo que publicó El Correo de esta noticia (ojo, las cifras de heridos y muertos se actualizaron más tarde).
A Denver llegaron en furgonetas pintadas con signos de la paz y consignas antibélicas que parecían salidas de los años sesenta, como algunos de ellos. Pero la mayoría de los que hacían malabarismos en la calle 16 y repartían consignas reclamando la libertad y denunciando el uso de torturas en Guantánamo no tenían edad ni para haber ido al 40 aniversario de Woodstock. Quizás por eso despedían ese aire de ingenuidad que impregnaba el Civic Center Park, a los pies del Capitolio.


Denver resultó ser uno de esos extraños oasis de progresismo que a veces encuentra uno en la América Profunda, como es Austin para Texas. A los habitantes de esta ciudad al pie de las Montañas Rocosas les ofende que los visitantes lleguen a ella con el tópico del cowboy en la cabeza, pero no por eso dejaron de usarlo con los amables voluntarios que esperaban a los vistantes en el aeropuerto. "Questions? Ask me!", decía el cartel que portaban.

Preguntas, sí, todas, mi vida es un mar de dudas, pero las que esperaban recibir los voluntarios eran más del tipo de "dónde recojo mis maletas" y "cómo salgo de aquí". En lugar de eso Stranberg Russ decía que la que le hacían con más frecuencia es "¿dónde hay un Starbucks?", sonreía este simpático denveriano. "Y no lo entiendo, porque aquí tenemos Caribou y Seattle Best Coffe, que son muy buenos, pero todo el mundo llega buscando el Starbucks". Son las contradicciones de la industria, cuanto más te acercas a la cuna de los Starbucks más se difumina su poderío.
Curioso, hay un canal de energía que conecta a Denver con Seattle, Portland, Eugene y todo ese corredor progresista y ecológico del noroeste del país, por diferentes que sean sus paisajes y su enclave en el mapa. No sé si eran los carriles bicis que trazan líneas por toda la ciudad, los mercados de frutas y verduras ecológicas o el carácter amable de esta gente sincera que soportó divertida las interrupciones de tanto neohippie con una agenda variada.


Mat Ornstein, por ejemplo, marchaba con con la organizacion Iraq Veterans Against the War y un cartel que decía "Troops Out Now" (Sacad las tropas ya). "Ahora, no dentro de año y medio como promete Obama", aclaraba. Y es que entre este ala izquierdista de EEUU que tomó las calles de Denver había pocos devotos del candidato de los jóvenes que, en su búsqueda del centro, se les ha quedado demasiado a la derecha.
Que se lo digan si no a Traver Michaels, un cartero jubilado del área de la Bahia de San Francisco que vendía libros y carteles del Partido Comunista. Ser comunista en EEUU es mucho más transgresor que ser anarquista en España, y este hombre de 62 años ha vivido demasiadas cazas de brujas como para cortarse ahora. "No somos antiObama pero creemos que Obama no es la respuesta, nosotros estamos por un cambio de verdad, ¡para eso somos comunistas!", decía. "Los dos (McCain y Obama) van a ayudar al sistema, son parte de él. Las políticas las deciden otros, no fue el presidente quien decidió invadir Irak, sino los lobbies petroleros y todos los negocios que genera la guerra. Te pongo un ejemplo: Johnson ganó las elecciones como el candidato de la paz y sin embargo multiplicó por diez el número de tropas que teníamos en Vietnam, con él pasamos de 35.000 a 350.000. Mientras que Nixon, que era republicano, fue el que acabó con la guerra".

Traver había conducido 36 horas en su furgoneta hasta llegar a Denver, donde se estaba quedando con unos familiares. Matt, el veterano de Irak de 33 años, venía desde Chicago y pernoctaba con sus colegas semi uniformados en el suelo de una casa que le habían prestado. Al día siguiente pensaban marchar formalmente hasta la Convención Demócrata para entregar una carta a Obama, "pero al final la Policía nos va cortar el paso y muchos de nuestros miembros realizarán actos de desobediencia civil", anunció con seriedad. No llegó a tanto la cosa. Las jaulas del Pequeño Guantánamo que habían preparado las autoridades para encerrar a los manifestantes pasaron más de una noche con un solitario detenido. La mayoría pudo disfrutar de las fiestas que había por toda la ciudad, acudir al concierto de Rage Against The Machine en favor de Ralph Nader, codearse con Susan Sarandon, Spike Lee, Quentin Tarantino, Ben Affleck y ver cantar a la ObamaGirl en el Mercury Cafe.


De San Francisco venía Johny Nicholson, un músico bostoniano de 20 años que se balanceaba en una hamaca mientras daba de comer a las ardillas. Tan cautivadas las tenía con sus delicatessen que parecían ya perritos falderos, arrastrando la barriguilla blanca por el cesped mientras movían la cola. Su proclama, "Build bridges, no walls" (Construye puentes, no muros). El eslogan se puede aplicar a muchas fronteras del mundo, desde Palestina hasta Georgia, pero ellos se referían al muro que su gobierno está construyendo en la frontera con México. Animaban el movimiento imprimiendo carteles de la paz allí mismo. El eslogan hippie de "Haz el amor y no la guerra" se había transformado en este grupo como "Reprodúcete y Rebélate". Lo que priva es sacudir a la sociedad dormida de EEUU que permitió que George W. Bush saliera reelegido, después de engañar al mundo con las armas de destrucción masiva en Irak y mermar las libertades civiles con la excusa del 11-S.

¿Dónde quedó este mundo idílico cuando el centro de la atención política se desvió de Denver a St. Paul?


Los anarquistas llevaban un año preparando el "Comité de Recepción" a la Convención Republicana. El mismo tiempo que la policía llevaba siguiendo sus pasos, anunciados sin remilgos por todo el ciberespacio (www.nornc.org). El fin de semana pasado, antes incluso de que se inaugurase la gran fiesta republicana, el FBI cayó por sorpresa en las casas donde se habían concentrado entre St Paul y Mineápolis, las Ciudades Gemelas de Minesota. Pese a las decenas de cabecillas detenidos, al día siguiente 10.000 personas se manifestaron por los alrededores del Xcel Center donde se reunían los ricachones republicanos que iban a nombrar al sucesor de Bush. Los grupos de jóvenes enmascarados vestidos de negro que habían prometido "chocar" contra la fiesta republicana quemaron papeleras, pincharon ruedas y rompieron las mamparas de los comercios. Durante toda la semana han jugado al gato y al ratón por la ciudad. La policía los esperaba en cada esquina, bloqueaba las calles y cuando se le escapaba de las manos, se desquitaba horas después en los parques donde acampaban los chavales más pacíficos, esos que se empeñan en predicar contra la tortura y pedir que vuelvan las tropas a casa.


En este parque del Upper Landing, junto al Mississipi, dejaron atrás tiradas en el suelo las pancartas de protesta, las bicicletas amarradas junto a la barandilla del río y un montón de sueños rotos por cambiar el país. Esculcar entre justos y pecadores no era la labor de los agentes antidisturbios que vigilaban por tiera mar y aire con helicópteros y barcazas armadas de ametralladoras. En los autobuses de detenidos metieron también media docena de periodistas que estaban debidamente acreditados
Los anarquistas querían incluso "secuestrar" a los delegados republicanos. Los de Amnistía Internacional, convencerles de que entraran en su reproducción de una celda de Guantánamo que habían instalado junto al pabellón deportivo. Las mujeres de Code Pink que llegaron hasta el escenario vestidas de rosa, poner en entredicho la inconsistencia de su ideológía antiabortista con las políticas bélicas: "Sé pro-vida, Acaba con la guerra", decían cuando se las llevaron arrestadas. Me temo que ninguno pudo cambiar ni una sola mente de esa América patriota que en Minesota acabó con la hippilandia de Denver.

Sobre este blog
Nací un 4 de julio, como si el destino me hubiera ligado de antemano a EEUU. Salvo esa pista que a todo el mundo se le pasó por alto, nada en mi entorno de familia agrícola andaluza hacía prever que fuera a resultar un alma rebelde dispuesta a saltar del nido a los 16 años. Lo del periodismo no había que imaginárselo, a los 11 me diseñé mi primer periódico con pliegos que pedí en La Voz del Sur, un tubo de pegamento y una máquina de escribir. Desde entonces busco papel para narrar las historias humanas que me encuentro por los cuatro continentes, y este blog viene a resolverme el problema.
La ventaja de haber echado el ancla en Nueva York después de explorar Centroamérica es que el imperio no tiene límites. Así es como entra Irak en mi negociado, junto con todas las guerras habidas y por evitar en las que EEUU meta la mano. Mi lema es que no hay causa más perdida que la que no se intenta, y os prometo que eso me ha llevado más lejos que nada en mi vida. Os invito a que me acompañéis en mi recorrido por los caminos de la vida y la política.
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