Mercedes Gallego
La vida en Nueva York
Tal día como hoy hace cuatro años los habitantes de Nueva Orleáns estaban encaramados en los tejados de sus casas, empapados hasta las orejas. No hay en la ciudad quien no tenga una historia truculenta que compartir.
A Robert Green se le escurrió del tejado su nieta de 3 años cuando la corriente arrastró su casa calle abajo. Su madre se le murió en lo brazos después de tragar agua varias veces, enferma como estaba del corazón y aquejada de Parkinson. Al resto de la familia lo rescató un vecino en bote, que a lo largo del día dejó a más de 200 personas sobre el puente del Canal Industrial.

“Mi madre está en el tejado de 1826 de la calle Tennessee”, le decía Robert a todo el que se encontraba, creyendo que eso facilitaría la recuperación del cadáver. Tardó tres meses en poderla enterrar. Se ha pasado tres años en una caravana hasta que la organización de Brad Pitt, Make it Right, le ha ayudado a reconstruir su casa (hacer click para ver el reportaje ). Su barrio sigue estando desolado, todavía quedan calles por las que parece que el Katrina pasó ayer.
Y con todo, no hay un deje de resentimiento en sus palabras. Robert está lleno de vida y de agradecimiento por estar de vuelta con los fantasmas de la calle Tennessee. Aquí los espectros no purgan las calles sino que se contonean a ritmo de jazz en cuanto suena la primera trompeta. Así celebraron el sábado el cuarto aniversario del Katrina, porque ellos no lloran la muerte, sino que celebran la vida. De los que están y de los ausentes.
No pierden el tiempo ni el corazón en maldecir a nadie, ni se dejan las energías en rumiar sus miserias. Hasta para criticar emplean el sentido del humor. Son vecinos a la cubana, de esos que se ayudan unos a otros con cuatro naranjas que hayan encontrado. De los que viven en el porche de su casa viendo la vida pasar con una sonrisa. Saludándose unos a otros con besos y abrazos, en un país tan alérgico al contacto físico. De los que te contagian su entusiasmo y a los pocos minutos logran que te olvides de todo lo que te ha salido mal durante el día y te rías con ellos a carcajadas. De esos a los que quieres abrazarte y no soltarte nunca, porque tienen un espíritu que te hace inmune al sufrimiento, sin importar cuántos reveses te aseste la vida.
Esa es la ciudad sin la que no pueden vivir. Si el Katrina hubiera arrasado Houston o Detroit, nadie hubiera vuelto. Pero los habitantes de Nueva Orleáns aman a su ciudad con más cariño del que puedan encontrar en ningún otro rincón del país. Como dijo el arquitecto Robert Tannen, otro maravilloso ser humano digno de Nueva orleáns, para esta gente “el suelo en el que han vivido es más sagrado que su propia religión”.
Hay algo mágico en sus calles que no es más que la suma de tanta energía positiva como han derramado durante generaciones. Es la tierra de los esclavos libres que pudieron comprar sus casas, de los primeros a los que se le permitió tocar su música en la plaza pública, de sus casas de madera al estilo caribeño pintadas de colores y repujada por franceses y españoles. Allí donde el sol brilla todos el año Jenga Mwendo se busca la vida con una chapuza aquí y allá para criar a su hija de cinco años y montar jardines comunitarios en su barrio del Bajo Noveno.
Cuando el Katrina pasó se llevó por delante la casa que acababa de comprar un mes antes en el barrio donde se crió. Como para entonces vivía en Nueva York trabajando en películas de animación, no pudo beneficiarse de ninguna de las ayudas para la reconstrucción que le dieron a los residentes. Y con todo, otra más que hizo la maleta rumbo a casa, donde cada día se las tiene que ingeniar para poner la mesa a su hija pero no le falta una sonrisa en los labios. “Podría volver a trabajar en Nueva York, pero no sería feliz”, contó sin un sesgo de duda.
La magia de Nueva Orleáns no está en los bares de Bourbon Street ni en los balcones coloniales del Barrio Francés, sino en el corazón de su gente. A esa a la que quiero rendir homenaje hoy por las lecciones de vida que me da siempre que paso por allí.
Los que nos embarcamos en el viaje de integrarnos en otro país sabemos que la verdadera barrera no está en el idioma, sino en las diferencias culturales. Toda una vida de claves sociales, de comportamientos, ideologías y hasta políticas que marcan nuestra forma de actuar y ver la vida. Ésas que a veces hacen que parezca que hablamos otro idioma cuando hablamos el mismo.
Y así, por mucho que se traduzca, el Partido Socialista significa dos cosas fundamentalmente distintas aquí y al otro lado del Atlántico. A primera vista parece lo mismo: “Jobs, peace & freedom, ¡Trabajadores del mundo uníos!”, decía muy bilingüe el cartel, y aunque yo no veo nada de revolucionario en pedir trabajo, paz y libertad, debía de haberlo.

Quienes nos habíamos dado cita en la Iglesia de St Mary de Harlem el sábado pasado íbamos dispuestos a dar guerra a la ciudad por la decisión del Ayuntamiento de eliminar varias líneas de metro y autobús para contrarrestar la crisis.
Cierto es que Nueva York calcula perder 300.000 puestos de trabajo, la gran mayoría derivados de Wall Street, y con ello mil millones de dólares en ingresos, pero añadir parados a esa cuenta eliminando servicios públicos sólo servirá para deprimir más la ciudad. Todos los economistas coinciden en que ahora tiene que ser el sector público el que genere empleo y actividad económica, motivo por el que el gobierno federal está dispuesto a invertir en ello la friolera de 789.000 millones de dólares, que para muchos llegará demasiado tarde.
En mi barrio del Alphabet City desaparecerá la emblemática línea 8 de autobuses, la única que conecta el West Village con el East Village. Todo un símbolo neoyorquino que de día usan las familias para mandar a sus hijos a la escuela y de noche los que saltan de los clubs de jazz del Greenwich Village a los bares underground del East. Pero sobre todo acerca un poco más al metro a la gente sin recursos de mi esquina de la ciudad, que acaba en una barricada de viviendas de protección oficial donde nadie pensó en abrir una boca al metro que pasa por debajo. Fue como meter allí a todos los pobres y tirar la llave al mar.
Haciendo honor al lema del “stop bitching, start a revolution”, decidí no perder mi autobús sin dar la pelea. “No va a servir para nada, eso ya está decidido”, me insistía mi compañero. Pretendía ahorrarse la excursión a Harlem, porque después de darle muchas vueltas a internet no encontré a nadie más en toda la ciudad que se estuviera organizando para protestar.
La resignación con la que Bruce me acompañó hasta la calle 125 se transformó en nerviosismo cuando se dio cuenta de que el Partido Socialista organizaba el acto. Para mí era un detalle que ni siquiera consideré digno de mención, pero en EEUU todavía perduran las secuelas de la caza de brujas del Macartismo y la Guerra Fría. Están los que se creen que los socialistas buscan nacionalizarlo todo e imponer una dictadura como en Cuba o los que prefieren no poner su nombre en la lista no vaya a ser que algún día le pasen factura por eso en el trabajo. Amén de que lógicamente entre los marginados se refugian más fanáticos de lo habitual. Todo eso explica que hubiera 40 personas en la única reunión de una ciudad de 8 millones de habitantes en la que se explicó el terrible impacto de los recortes municipales. Como el Ayuntamiento no ha sido capaz de proponer fórmulas creativas para compensar la pérdida de impuestos que dejará la crisis de Wall Street, ha optado por subir las tarifas del transporte público que la gente necesita para ir a trabajar, imponer nuevos peajes en los puentes, eliminar al menos ocho líneas de autobús y metro y despedir a 17.000 profesores, entre otras medidas draconianas. Un caso claro de miopía, porque le ayudará a encajar el déficit en los presupuestos de este año pero resucitará poco a poco las imágenes de una ciudad peligrosa y desvencijada como la de las películas de los setenta y ochenta.
Un niño de siete años de Brooklyn que ha ganado un concurso propone cosas como vender publicidad en las tarjetas de metro, mientras que los del Partido Socialista sugerían crear un impuesto de propiedad para los títulos bursátiles, como el que se paga por los bienes inmuebles.
A mí me parecían buenas ideas, pero Bruce no podía concentrarse en ellas, pendiente como estaba de no salir en la cámara instalada en el pasillo de la Iglesia de St. Mary para grabar el evento. Yo no salía de mi asombro. Era como si los socialistas fueran todavía esos comunistas con cuernos y tridente que les pintaron en los años cincuenta. “¡Que en mi país son el partido en el poder y no trabajamos en kibbutz ni mandamos a los niños al colegio vestidos de “pioneritos de la Revolución”, bromeaba yo. “De hecho, funciona bastante bien”. Y tan de sentido común es aceptar su existencia que en cuanto se le pasó la reacción inicial de una generación traumatizada por la caza de brujas negaba avergonzado que le hubieran intimidado.
Mientras, en este blog se repetía el salto del océano entre dos de nuestros lectores: Cantábrico, que pese a su nombre es cubano, y Pasionaria, que con el suyo rinde homenaje a nuestra heroína de la Guerra Civil. El primero rendía pleitesía a Aznar sólo porque le plantó cara al gobierno de Fidel Castro, y la segunda se llevaba las manos a la cabeza, con toda la razón.
Nuestro avatar cubano hablaba de libertad de expresión e igualdad de derechos, que es precisamente lo que el PSOE ha traído al reclamar la igualdad para las mujeres y los matrimonios entre homosexuales, por ejemplo. Claramente no hablamos de la misma cosa, aunque todos la llamen socialismo. Como los republicanos estadounidenses que coronaron a Bush se llevarían un buen chasco si acudiesen a una reunión de nuestros republicanos españoles. La torre de Babel es más confusa de lo que pensamos, Cantábrico. Y aquí, Pasionaria, las iglesias de verdad como la que muestro en la foto (son pocas, lo admito) están del lado de los pobres y de los que buscan la justicia social. Como debe ser.
Policía. Una palabra que siempre me ha impuesto respeto, distancia, aprensión. Con los años he aprendido a temerles más. Nada como viajar a otros países para apreciar lo que uno deja atrás. Imagínese que se encuentra perdido en la Ciudad de México. El agente gordinflón de la esquina debe ser la última persona a la que se le ocurra preguntarle dónde queda la calle que busca. Lo más probable es que le mire entre sorprendido y divertido, y luego repita lentamente su pregunta con una sonrisa ladina, mientras discurre cómo aprovechar la ingenuidad del forastero para extorsionarle. Es probable que le envié directo a manos de sus “cuates”, que le pagan religiosamente una “mordida” por dejarles hacer sus fechorías e incluso comisión por los clientes que les consigue. Y no le sorprenda si le para un agente de tráfico por saltarse un semáforo que estaba en verde. Dele un poco de tiempo y acabará pidiéndole una “mordida” a cambio de no “llevarle al corralón”. En EEUU la corrupción se la reservan para esferas más altas. Los ciudadanos pagan sólo por los brutales abusos que se producen a diario en alguna parte. Periódicamente alguno es tan escandaloso que pasa meses en los titulares de los periódicos. Sean Bell, el novio asesinado en su despedida de soltero por los policías de paisano que descargaron 50 disparos sobre él y sus dos amigos al salir de la discoteca. Amadeo Diallo, el emigrante guineano al que dos policías de paisano le metieron 41 disparos por la espalda en la puerta de su casa, sólo porque echó mano de su cartera para enseñarles la identificación. Abner Louima, un emigrante haitiano, casado y con un hijo, al que varios agentes violaron, golpearon y sodomizaron con el palo de un destascador del water en los servicios de una comisaría, con tanta violencia que requirió varias operaciones para coserle los intestinos y las tripas. Todos víctimas desarmadas que no habían cometido delito alguno. Casi todos los policías fueron absueltos. Esa impunidad es la que les ha hecho perder el respeto a los testigos y a las cámaras. Porque casos como los anteriores aparecen una vez al año, pero las palizas gratuitas y los sádicos abusos de autoridad se dan todos los días en este “país de leyes” del que presume George W. Bush. La Policía de Nueva York carga un largo historial de desmanes que no aparecen en las series de televisión. Son las pequeñas videocámaras que ahora llevan cualquier móvil las que van a hacerlos famosos. La semana pasada, sin ir más lejos, dos vídeos han hecho estragos en el ciberespacio hasta recibir eco en los periódicos. Uno, en pleno Time Square, a media mañana, rodeado de turistas. Despidiendo mala leche, y sin venir al cuento, un policía elige aleatoriamente a uno de los ciclistas de Critical Mass y lo lanza violentamente al suelo, para luego golpearlo y detenerlo por “resistencia a la autoridad”. El mismo cargo que llevó a la cárcel a un afroamericano que, según claman los agentes, les agredió cuando intentaba entrar a un paque con una petaca de alcohol, sin que nada de ello aparezca en el vídeo que recoge la soberana paliza con una barra de hierro, también a plena luz del día y con testigos. Aquí es donde se acaban las palabras. Juzgue con sus propios ojos.
Sobre este blog
Nací un 4 de julio, como si el destino me hubiera ligado de antemano a EEUU. Salvo esa pista que a todo el mundo se le pasó por alto, nada en mi entorno de familia agrícola andaluza hacía prever que fuera a resultar un alma rebelde dispuesta a saltar del nido a los 16 años. Lo del periodismo no había que imaginárselo, a los 11 me diseñé mi primer periódico con pliegos que pedí en La Voz del Sur, un tubo de pegamento y una máquina de escribir. Desde entonces busco papel para narrar las historias humanas que me encuentro por los cuatro continentes, y este blog viene a resolverme el problema.
La ventaja de haber echado el ancla en Nueva York después de explorar Centroamérica es que el imperio no tiene límites. Así es como entra Irak en mi negociado, junto con todas las guerras habidas y por evitar en las que EEUU meta la mano. Mi lema es que no hay causa más perdida que la que no se intenta, y os prometo que eso me ha llevado más lejos que nada en mi vida. Os invito a que me acompañéis en mi recorrido por los caminos de la vida y la política.
Otros corresponsales
Últimos comentarios
- 10 comentarios criistiina Lucia Palín Palín mgallego Cantabrico
- 22 comentarios Cantabrico NGG Pasionaria Alesandro Palín Palín
- 7 comentarios Cantabrico mgallego Guido susana Cantabrico
- 33 comentarios Cantabrico Dani Campo para blanqueo de capitales Cantabrico mgallego
- 17 comentarios ANONIMO Palín Palín PILAR Cantabrico Anónimo
- 5 comentarios peponeto jARRILLEROrOJIBLANCO Sacaucus Panera Cantabrico
- 150 comentarios Cantabrico Palín Palín javier castillo Cantabrico Justicia
- 27 comentarios Jorge Ruizesparza Marta Panera steven marcus mgallego tom
- 33 comentarios Cantabrico joseellindo Palín Palín Iraultza Palín Palín
- 29 comentarios Anónimo Cantabrico Palín Palín La manipulacion Universal Elecciones
Secciones
Archivos por meses
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):
PUBLICIDAD

