Mercedes Gallego
La vida en Nueva York
Guauuu!, que dirían los americanos (todos, que la expresión se ha extendido a todo el continente) Acabo de ver el primer “discurso a la nación” de Obama a través de internet mientras volaba desde Los Angeles a Nueva York. Alucinante cómo avanza la tecnología.
Ya sé que el invento no es nuevo, creo que lo estrenó Lufthansa en la primera clase de los vuelos transoceánicos, si no me falla la memoria. Ahora American Airlines, Delta y Virgin nos lo traen a todos los asientos a través de un sistema de wi-fi que comercializa la empresa “Gogo, wi-fi with wings”, dice el eslogan (ejem, ya sé que esto del internet con alas en España suena a compresas, pero en cuanto lo uséis dos veces se os pasará la risa, que lo que vuela en internet es el tiempo).
El precio no es ningún regalo -12.95 dólares, que con el cupón de promoción se queda en 9.95- pero no más de lo que cuesta ese servicio en cualquier hotel o aeropuerto. Y a mí hoy me ha arreglado la noche. Como compré el vuelo para los Oscar con bastante antelación, por aquello de ahorrarle unas perrillas al periódico en tiempos de crisis, casi me pierdo el discurso del que tendré que escribir mañana en cuanto me levante. Así que con el wi-fi del avión y el maravilloso mundo de internet, solucionado.
Pero he aquí mi otro gran descubrimiento de la noche: CNN-Facebook. Mi primer instinto fue ver el discurso en C-Span.org, que retransmite todo lo que pasa en el Congreso, pero me temo que el debut de Obama va a tener más audiencia que los Oscar, porque en cuanto empezó a hablar se atropelló la señal, probablemente porque todo el mundo quiso conectarse a la vez y no les daba la capacidad.
Así que me fui a la CNN y me encontré con este invento de “socializar” la televisión que estrenaron ayer. Además de tener una pantalla enorme de gran calidad, a la derecha se podía ver en tiempo real los comentarios de los usuarios de Facebook, al que uno podía contribuir alegremente, tanto si quería extenderlo al mundo mundial o limitarlo a los "amigos". En su primera experiencia de este calibre han tenido 150.000 comentarios, que ya es más de lo que tira este periódico. No quiero ni pensar cuánta gente lo estaba viendo, pero CNN ha dado una pista aterradora: 75 millones de usuarios de Facebook participaron en el experimento. Y es que la cosa no se quedó en la retransmisión en vivo, sino que prácticamente han creado todo un canal de noticias aparte, con apenas cuatro chavales y una presentadora, que se nutre de los comentaristas de CNN pero cuenta los temas en otro lenguaje. El de internet
Hasta hoy pensaba que a lo mejor las televisiones se salvaban de esta crisis mediática que sufrimos los periódicos por culpa de internet, pero ya veo que no. El que no se suba al barco y se vuelva creativo, perecerá también como en el Titanic. Los tiempos cambian y no podemos quedarnos oyendo la orquesta como si eso fuera a evitar el hundimiento.
Por cierto, que este blog también os lo estoy escribiendo desde el aire. Renovarse o morir. Saludos.
Zanahorias, puerros, nabos…¡Horror, mi dedo! Tuve apenas una milésima de segundo para reducir la velocidad del machete con que me estaba preparando la sopa de verduras, y con todo sentí el golpe de la hoja en el hueso antes de que la sangre lo empañara.
“Oh, cielos, me he quedado sin dedo”, pensé aterrorizada. Ése fue mi primer pensamiento. El segundo, una vez comprobado que seguía firmemente unido a mi mano, “voy a necesitar dos o tres puntos para cerrar esta herida”. Y el tercero, el que me hace contaros mi pequeño incidente doméstico, “¿de cuánto es el deducible de mi seguro para Urgencias? ¿1.000 dólares?”.
Resultó ser el argumento más rentable para la producción de plaquetas en mi organismo. Di vueltas por la casa chorreando sangre del baño a la cocina, en busca del grifo más frío para cortar la hemorragia, y hasta metí la mano en el congelador esperando que eso la coagulase.
Todos los días millones de estadounidenses toman decisiones como éstas. O mucho peor, a vida o muerte. De mi primera estancia en EEUU se me quedó grabado el día en que un hombre se cayó al suelo en una cafetería de San Francisco con lo que parecía un infarto. Mientras le atendía nerviosa, la esposa suplicaba a los camareros que no llamaran a una ambulancia. Como no tenían seguro les hubiera costado una millonada, literalmente.
La tragedia sanitaria de EEUU no está sólo en los 50 millones de personas que no tienen seguro médico, sino en los otros 250 que aún pagando cuotas prohibitivas tienen que reprimirse por la cantidad de copagos, deducibles y tratamientos sin cubrir que acaban saliendo de sus bolsillos.
Obama lo sabe bien. Su madre pasó los últimos meses de vida en el hospital rellenando papeles y apelaciones porque el seguro no quería pagar el tratamiento de cáncer. Y es que el negocio de los seguros no es proveer al paciente con el mejor tratamiento posible, sino con el más barato y a ser posible con ninguno.
Seguros, hospitales, médicos, farmacéuticas y un largo etcétera forman un poderoso muro de intereses que ni los Clinton lograron traspasar. Para triunfar allí donde tantos fracasaron el nuevo presidente de EEUU había elegido a un paladín que todos consideraban únicamente cualificado para esa labor titánica.
Después de tres décadas Tom Daschle era uno de los hombres más respetados en el Senado. Conocía todos los recovecos de las negociaciones, fue testigo de la batalla de Hillary Clinton e incluso escribió un libro sobre cómo resolver la crisis de salud.
Supongo que por eso Obama pasó por alto sus devaneos con las firmas de lobbies en los cuatro años que ha pasado fuera del Senado. Durante ese tiempo en el que se ha llenado los bolsillos utilizando su influencia también ha asesorado gratis a muchas organizaciones sin ánimo de lucro que luchan por temas sanitarios. El boicot político que ha sufrido a raíz de un desliz en los impuestos no es sólo una gran pérdida para el gobierno de Obama, sino para todo el país que hoy tiene menos posibilidades de ver triunfar la reforma sanitaria.
Daschle no hizo nada ilegal. Poca gente de la que lo ha despedazado sabía que si un amigo te presta su limusina con chófer cuando estás fuera de la ciudad tienes que declararlo como ingresos. Ejem, yo no tengo esos amigos ni gano dos millones de dólares al año, pero en los ambientes políticos de Washington no es tan sorprendente. Por desgracia para el ex senador de Dakota del Sur, en la era de YouTube las televisiones habían desenterrado un anuncio de su campaña electoral de 1986 en el que presumía de seguir conduciendo su viejo Pontiac para distinguirse de los “BMW y limusinas de Washington”. Puesto en el contexto del escándalo actual, el vídeo le había convertido en un hazmereír. “A lo mejor es un sentimental, o simplemente un tacaño, pero sea lo que sea, ¿no es una pena que el resto de Washington no entienda que un centavo ahorrado es un centavo ganado?”, concluye proféticamente el anuncio.
Al final Obama ha sido víctima de los altos estándares de reforma ética y moral que prometió durante la campaña y se ha propuesto llevar a Washington. Con el apoyo de la mayoría demócrata Daschle podía haber pasado el proceso de confirmación, como Tim Geithner, pero el ex senador sabía que era mejor seguir conduciendo su propio Pontiac que minar la credibilidad del nuevo presidente. Como Obama ha entendido que debió haber resistido la tentación de elegir al mejor hombre para el puesto.
Pero si esta noche me voy tranquila a la cama pese al regusto amargo es porque al menos ha tenido la honestidad de mirarnos a todos a los ojos y reconocer que ha “metido la pata”, como prometió hacer en su campaña. Dicen los históricos que desde Kennedy en Bahía de Cochinos no se había dado un presidente que reconociese su error tan directamente. Ya me hubiera gustado que Bush lo hubiera admitido después de no haber encontrado armas de destrucción masiva en Irak.
Así que no se lo pierdan, pese al escándalo el cambio ya está aquí.
Pop! La burbuja de buen rollo que quedó flotando en el aire de Washington tras la histórica toma de posesión de Obama explotó ayer. Los republicanos le han declarado la guerra.
Bueno, en realidad ya se podía intuir cuando decidieron arrastrar la confirmación del secretario del Tesoro Tom Geithner hasta el martes, pero como todos estábamos embriagados de esperanza y optimismo no quisimos creernos que fuese de mala fe.
La prueba de fuego era la votación del Plan de Estímulo Económico con el que Obama pretende reactivar la economía. No les necesitaba, sólo con la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes la ley de 825.000 millones de dólares saldría adelante en esta primera fase, pero después de los muchos esfuerzos que Obama ha hecho para subirles a bordo la pregunta era, ¿a cuántos republicanos se ha ganado?
La respuesta fue abrumadora: Ninguno. No hubo un sólo republicano que votara ayer por la ley que repartirá contratos y becas por doquier para inyectar dinero en la maltrecha economía de EEUU y echarla a andar.
Obama había hecho lo que pocos presidentes. No les llamó a la Casa Blanca, sino que una semana después de haber tomado posesión se dirigió él mismo al Capitolio y se sentó con ellos toda la mañana para explicarles por qué había diseñado el plan de esa manera, escuchar sus críticas y contestar a sus preguntas. Incluso se llevó sobres con todas las propuestas que le tendieron por escrito y prometió revisarlas con su equipo económico.
Estaba haciendo buena otra de sus promesas de campaña, tan importante para él como cerrar Guantánamo o tender la mano al mundo islámico. “No somos una recopilación de estados rojos y azules”, solía decir en referencia a los estados que votan republicano y los que votan demócrata, “sino que somos y siempre seremos los Estados Unidos de América". Su promesa era acabar con el partidismo más necio y trabajar con los conservadores por el bien del país, convencido de que si se acercaba a ellos con una actitud humilde, dispuesto a escucharles y a ceder, prevalecería el amor por su país por encima de todo el politiqueo.
“No espero un cien por cien de acuerdo por parte de mis colegas republicanos, pero sí espero que todos podamos poner la política a un lado y hagamos el trabajo del pueblo estadounidense”, dijo el martes tras reunirse con los republicanos que acaban de darle la espalda.
En un país donde no existe la disciplina de partido y cada legislador vota según su conciencia, cuesta creer que Obama no haya convencido a ningún republicano después de tanto diálogo. Antes de tomar posesión ya se había reunido con ellos varias veces, y después de escuchar todo lo que cada uno tenía que decir sobre el plan todavía invitó a sus líderes a un cocktail en la Casa Blanca. Siguiendo su conciencia, doce demócratas votaron en contra del plan. Nada extraordinario. Lo habitual es que siempre haya unos cuantos que crucen filas. Lo extraño es que todos los de un partido voten en bloque, como han hecho los republicanos. El claro mensaje es que habrá guerra, no sólo con este plan sino en los años venideros.
Los republicanos, además, han hecho un magnífico trabajo de propaganda política, logrando asociar el Plan de Estímulo Económico a grandes despilfarros. Han explotado todos los tópicos con los que se asocia al Partido Demócrata con engordar la maquinaria de gobierno y alimentar a una panda de vagos, que para ellos suelen ser los negros y los pobres, que a menudo son la misma cosa.
Y exhibiendo aisladamente en titulares escandalosos los 200 millones destinados a anticonceptivos han logrado que la sociedad se escandalice y se pregunte qué tiene que ver eso con reactivar la economía.
Pues mucho. Se trataba de ampliar la cobertura del programa de la seguridad social que facilita seguro médico de beneficencia a los más pobres. Ahí los anticonceptivos, carísimos en EEUU, del orden de los 130 dólares al mes, no están incluidos. Sin embargo el programa equivalente para los jubilados (Medicare) sí cubre Viagra, por ejemplo.
¿Cómo esperar que alguien que vive de cupones alimenticios pueda costearse una caja de anticonceptivos a esos precios? Y cuantos más hijos, peor será su situación económica y la de sus vástagos. Como ven, la partida para anticonceptivos no era sólo una cuestión de justicia social, sino también una necesidad económica, por mucho que a los moralistas les cueste aceptar que la situación económica juega un papel a la hora de tener hijos.
Pero en pro de ese espíritu conciliatorio que no le ha servido para nada, Obama pidió a su partido que renunciase a esa partida económica.
Hoy, visto lo visto, algunos se preguntan si no será mejor olvidarse de los republicanos, que de ninguna manera van a votar por esta ley, y ya puestos hacerla a imagen y semejanza de los demócratas. O sea, olvidarse de ese 40% en reducción de impuestos que está en la ley para satisfacer al partido del elefante e invertir la mayor parte de ese dinero a grandes obras públicas que modernicen el país y creen empleo, no sólo en los próximos tres años sino en los próximos diez.
Ah, claro, entonces tendremos un nuevo Roosevelt, y eso es lo que realmente temen los neoconservadores más fanáticos como Rush Limbaugh, el equivalente a nuestro Jiménez Losantos. “Espero que Obama fracase, alguien tiene que decirlo”, lanzó a desparpajo en su monólogo diario de sapos y culebras. Su temor es que si Obama favorece a los pobres como hizo Roosevelt con su New Deal para salir de la Gran Depresión, “tendremos 50 años de gobierno demócrata”. Y todavía a este “patriota” se le llena la boca con su God Bless America.
Se acabó la fiesta. Obama ya es presidente, ha llegado la hora de volver a casa. Y no es fácil. Ayer miércoles todos los autobuses, trenes y vuelos entre Washington y Nueva York del martes seguían agotados.
“¿Llego a tiempo?”, le pregunté angustiada a la empleada que me tendió la tarjeta de embarque quince minutos antes de que saliera el vuelo. Ella no pudo evitar una risa sarcástica. “¡Más te vale! Porque si no vas a tener que pasar otra noche en Washington”. Y no tuvo que decirme más para que saliera como alma que lleva el diablo hacia la cola de seguridad.
Su compañera, despeinada y con las ojeras hasta la rodilla, se desahogaba con otro pasajero. “¡Vaya día que llevamos! Y no te imaginas lo que fue esto ayer. Con tantas calles cerradas todo el mundo llegaba tarde y perdía el vuelo, pero no es culpa nuestra, no teníamos dónde meterlos, todos los vuelos iban llenos.
En el avión las cosas no estaban mejor. Las banderitas de EEUU y los posters conmemorativos de Obama atascaban los maleteros de cabina. Y eso que los más entusiastas viajaban en tren. Lo primero en agotarse fueron los autobuses de Chinatown, esos que por 20 dólares recorren las cinco horas que separan Nueva York de Washington, sin que nunca se sepa en qué momento petará el motor y te quedarás varado en la carretera. Y hasta en los trenes los carteles de “sold out” aparecieron antes en los regionales más corrientes que en los Acela y Metroliners, esos trenes que pretenden ser los AVE españoles pero que sólo te ahorran media hora. Son los favoritos de los ejecutivos que quieren ir con el ordenador enchufado y cuyo tiempo vale oro, pero la fauna que sigue a Obama es de otro corte.
Son los del optimismo, los que no se estresan con el reloj, los que dejan la vida correr y se niegan a creer que su nuevo líder acabe siendo un político más, los que prefieren ganar menos y hacer el trabajo en el que creen. Son la reencarnación moderna de los hippies setenteros, reafirmados en su idealismo por el triunfo del “viaje improbable” en el que se embarcaron con el candidato de color que habla como un poeta blanco.
Llegaron a Washington con el saco en la mano y se han quedado a dormir en el sofá de cualquier conocido. Se levantaron a las tres de la mañana para batir los controles de seguridad, se pasaron todo el día bailando por las calles y aún se fueron de copas a los bares de Georgetown y Adams Morgan, antes de subirse a uno de estos autobuses o trenes traqueteantes de vuelta a casa. Seguramente han gastado la mitad de sus vacaciones en asistir a la coronación de ese sueño del que se siente coautores, porque en EEUU lo estándar son diez días año. Pero para ellos todo vale la pena. No sienten que han votado por un político, sino que al acabar con el oscurantismo de Bush creen que han librado una batalla entre el bien y el mal. “Y por una vez ha ganado el bueno”, decía estupefacto un chaval de Iowa, el día que Obama se destacó por primera vez del pelotón de las primarias.
Eso que ocurre invariablemente en las películas cada vez ocurre menos en la vida real. Es una amarga sensación la de no ver tu esfuerzo recompensado, mientras quienes trepan con artimañas y enchufismo se alzan cada vez más arriba en la escalera social. Pero por lo mismo, el triunfo de Obama es un alivio para los corazones cansados, a los que devuelve la energía para seguir luchando honestamente. Y aunque sólo sea eso lo que consiga Obama después de llegar tan lejos, ya es mucho.
Una imagen: los cientos de bolsitas de carbono activado que quedaron regadas por el suelo en los peldaños del Capitolio. Se llaman “hand warmers”, despiden calor durante horas cuando se sacuden al aire, y tienen la forma perfecta para introducir en los guantes y encajar en el hueco de la mano. Los que no usábamos ni guantes para poder tomar notas sólo podíamos mirarlas.
Un sonido: las sirenas de las ambulancias que evacuaban a la gente desmayada por hipotermia cuando se agotaron las plazas para atenderlos en los museos de los alrededores, cerrados para la ocasión.
Una pregunta: ¿Cómo diablos podía ir Obama en traje de chaqueta y su mujer con el abrigo abierto a seis grados bajo cero? Dicen que ahí arriba habían puesto calentadores de patio, y no se explica de otro modo.
Una escena: el júbilo de la multitud cuando vio pasar sobre sus cabezas el helicóptero en el que se fue Bush. Tengo amigos que han cubierto muchas transferencias de poder en la Casa Blanca y no recuerdan nada igual.
Un pecado: la envidia que me dio ver a Barack y Michelle intercambiar esas miradas de ternura y de complicidad en cada uno de los diez bailes por los que pasaron anoche, cada vez más enamorados después de tantos años juntos. No hay duda de que se adoran.
Un sueño: Un baño caliente y una cama mullida, por favor.
Justo cuando creíamos que Obama había superado el drama de las primarias, reaparece Hillay Clinton, ¡como posible secretaria de Estado!
Ver para creer. No porque sus seguidores no hubieran sugerido su nombre, sino porque su escudero Terry McAuliffle aseguró tajante durante la convención demócrata a cuantos le quisieron oír que "Hillary Clinton sólo puede ser presidenta, vicepresidenta o senadora". Claro que antes de anunciar su candidatura presidencial ella misma juró por activa y por pasiva que no tenía ningún interés en presentarse a las elecciones.
Pero lo más irritante es que era precisamente la política exterior lo que más distanciaba a ambos candidatos. Los Clintos apedrearon a Obama por mostrarse dispuesto a dialogar con sus enemigos, mientras que Hillary quería ser tan dura que a veces no se la diferenciaba de Bush. Como cuando amenazaba gratuitamente sin previa provocación con "borrar a Irán de la faz de la tierra" si se atrevía a tocar a Israel.
Nunca olvidaré que hace dos veranos, cuando el país hebreo bombardeó durante más de un mes a civiles inocentes en Líbano para torcer el brazo a Hezbolá, Hillary Clinton encabezaba las manifestaciones de apoyo a Israel frente a la ONU con las que los lobbies judíos contrarrestaban las protestas por el bombardeo. Según Unicef, el 30% de las víctimas de ese ataque que defendía la exprimera dama fueron niños menores de 13 años.
Obama, que compartió piso durante sus años de estudiante con un pakistaní y cuenta entre sus amigos de la Universidad de Chicago con mediadores del conflicto palestino, apoya a Israel con un argumento más armonioso: Que la paz es la mejor manera de ayudar al país judío.
Es sólo uno de los muchos ejemplos en los que se distanciaban ambos candidatos, incluyendo la retirada de las tropas de Irak, que en la agenda de Obama era mucho más tajante. Nombrar a Hillary Clinton como su representante diplomática, después de haberla pasado por alto como vicepresidenta, sería una traición a sus principios y a las esperanzas de sus votantes, que tampoco cicatrizaría las heridas de las feministas ofendidas, porque éste sería un premio menor en comparación a lo que creen que merecía su heroína.
Además de un desaire a la comunidad hispana que le dio la victoria en Nevada, Nuevo México, Colorado y Florida, cuatro estados que en 2004 ganase Bush. Sus líderes presionan para que el cargo de secretario de Estado vaya a manos de Bill Richardson, al que también pasó por alto para la vicepresidencia, y cuya experiencia como mediador internacional y embajador en la ONU se suman a su carácter abierto y bonachón. Claro que John Kerry, a quien tanto le debe, también persigue el puesto, por lo que Hillary sería un desempate que nadie podría reclamar, porque en derecho moral le gana a los dos.
Y un dato sospechoso: en una campaña en la que nunca se filtra nada, dos asesores de Obama se lo filtraron por separado a la veterana periodista de NBC Andrea Mitchell, y después al Washington Post. ¿Sondeando las aguas?
Fue anoche cuando por fin el matrimonio Obama tuvo la oportunidad de celebrar su victoria electoral, sin cámaras ni presiones.
Lo hicieron el sábado por la noche en Spiaggia, el mismo restaurante italiano de Chicago donde celebraron hace poco más de un mes el 16 aniversario de su boda. Para su primera aparición ante las cámaras después de las elecciones, cuando el viernes acudió con su marido a una reunión de padres de familia en el colegio de sus hijas, Michelle vistió una chaqueta sport y una gorra de béisbol, sin importarle su imagen para la posteridad. Para su marido el sábado por la noche dicen que llevaba un elegante abrigo hasta la rodilla y botas altas. Pasaron tres horas en la intimidad de las velas y volvieron a casa sobre las 11 de la noche.
Mañana lunes esta descendiente de esclavos que ganó becas para las mejores universidades del país (Princeton y Harvard) tomará el te con Laura Bush en la Casa Blanca para conocer su nuevo hogar. No será ni una dama florero como ella ni el dos por uno que supuso Hillary Clinton. Si la primera preocupación de su marido es paliar la crisis económica, la suya es la crianza de sus hijas Malia y Sasha, de 10 y 7 años respectivamente, a las que siempre ha tratado de educar como niñas responsables.
Las obligaba a hacerse la cama y a poner su propio despertador para ir a la escuela, algo que pretende hacer pese a que ahora vivirán en una masión de 132 habitaciones y 35 cuartos de baño, piscina, pistas de tenis, bolera, sala de cine e innumerables sirvientes.
Estas niñas a las que han tratado de mantener al margen de la campaña electoral tienen desde el martes por la noche su propio par de agentes de los servicios secretos que las siguen a todas partes. No las llevarán a un colegio público, como hiciera para dar ejemplo Jimmy Carter con su hija Amy, que tenía cinco años cuando su padre fue nombrado presidente. Las de Obama ya van a un colegio privado, y la experiencia de Carter demostró que en uno público destacaba tanto que no podía ser una niña normal (Amy ni siqueira podía salir al patio salir durante el recreo porque quedaba demasiado cerca de la calle). La mujer de Obama ya ha consultado telefónicamente con Hillary Clinton, que llevó a Chelsea a la Casa Blanca cuando ésta tenía 11 años. Paradójicamente a esa edad en la que disponía de cinco cocineros, se hizo vegetariana.
Michelle se ha involucrado a fondo en la campaña de su marido, en la que ha resultado más espontánea y pasional que él, pero se propuso no pasar fuera de casa más de tres noches a la semana y no perderse una sola sesión de baile o partido de sus hijas. Dicen que lo logró. Su plan es llevarse a Washington a su madre para que siga cuidando de ellas en sus forzadas ausencias, pero ésta es tan independiente como ella y quiere buscarse su propia casa.
Hay algo en Barack Obama que le distancia de los afroamericanos a ojos de sus compatriotas. Quizás su mitad de Kansas. Y sin embargo, en el rostro de Michelle y las niñas los negros ven “a real sister” y los blancos a una “angry woman”. En estos días en los que los asesores del nuevo presidente electo se confían con los medios ha salido a relucir que nunca pensaron que pudiera ganar las elecciones como un negro, sino como un tipo brillante que resultaba ser negro. Por eso evitaron hablar de la raza en todo momento (excepto cuando el reverendo Wright les obligó), y lograron que muchos millones de estadounidenses se olvidaran de su color de piel. Ese lapsus se acaba en cuanto aparece la foto de familia. De ahí que Michelle evite el protagonismo y deje hacer a su marido. Para empezar, ni siquiera tendrá despacho en el Ala Oeste, pero cuesta creer que una mujer tan capaz y apasionada como ella vaya a quedarse cruzada de brazos y no utilice su posición para sacar adelante algún proyecto de justicia social.
Si tuviera que hacer alguna apuesta, creo va a romper el molde de las primeras damas y crear un modelo propio de altruismo que vaya más allá de visitar hospitales y campos de refugiados. A caballo entre Lady Di y Angelina Jolie. A ver qué nos depara.
Un chucho en la Casa Blanca
Veinte minutos, nueve preguntas. Así de escueta fue la primera conferencia de prensa que dio Barack Obama tras las elecciones, pero ahora que ya no se juega su futuro con cada palabra por fin pudo relajarse.
La prensa que le ha seguido durante dos años asistió sorprendida a esa transformación del candidato cauto y distante en un hombre capaz de reírse hasta de sí mismo. Porque si bien es cierto que Nancy Reagan fue la primera de la que se burló distraidamente por sus “sesiones de espíritismo”, el major golpe lo tuvo consigo mismo al llamarse “chucho” cuando le preguntaron por el cachorrito que le prometió a sus hijas si ganaba las elecciones.
“Con respecto al perro, éste es el tema más importante”, bromeó. “Y creo que es el que más interés ha generado en nuestra página web. Tenemos dos criterios que necesitamos reconciliar”, observó. “Uno es que Malía es alérgica, así que tiene que ser hipoalergénico. Hay ciertas razas que lo son, pero por otro lado nuestra preferencia es que salga de un albergue para perros abandonados. Y resulta que, obviamente, muchos de los perros que encuentras en los albergues son chuchos, como yo. Así que este tema es de máxima presión en el hogar de los Obama”.
En este extraño universo cósmico de los simbolismos y las señales místicas que rodea siempre a Obama, coincide que el perro favorito de Bush había perdido la víspera los favores de la prensa. Un empleado de la Casa Blanca paseaba a Barney por los jardines cuando el periodista de Reuters Jon Decker pidió permiso para acariciarlo. Y sin previo aviso el terrier negro le asestó un ñasco que ha requerido médico y antibióticos (ejem, no he visto la herida, pero contextualicemos que los estadounidenses son un poco exagerados para estas cosas).
El caso es que ahora que Bush está en tiempo de descuento, los periodistas no ven la hora de que la mansión presidencial cambie al pura raza por el chucho, a ver si van mejor las cosas, porque por lo pronto las conferencias de prensa llevan el mismo patron: Obama salió con una lista de los periodistas que iba a llamar, y por mucho que uno alzara la mano no había oportunidad alguna. Sólo espero que no se dedique a buscar los más fáciles.
Medio mundo todavía daba saltos de alegría celebrando la elección histórica del primer presidente afroamericano de EEUU cuando Barack Obama, un ser humano de carne y hueso, por mucho que hoy le pinten de sobrenatural, sólo pensaba en meterse en la cama.
La caravana blindada lo dejó en casa a la 1.43 minutos de la madrugada. Había prometido llevar a sus hijas al colegio a la mañana siguiente como un padre normal, pero se le pegaron las sábanas, así que su mujer decidió darle una tregua y llevarlas ella misma. A las 10.28 de la mañana salió por la puerta con una gorra de béisbol camino del gimnasio que hay en el edificio de su amigo Mike Signator, como si fuera un día más en su vida.
El deporte es su válvula de escape, y esa hora diaria que pasa con sus amigos en el gimnasio de los apartamentos Regent Park es su momento más memorable del día. Obama es un animal de costumbres muy disciplinado, por lo que ni siquiera el miércoles se pasó más de cinco minutos en su rutina habitual. La víspera, mientras aguardaba los resultados, había matado los nervios con un partido de baloncesto de dos horas que dejó a todo el equipo exhausto. Para Obama ese partido previo a la noche electoral es un ritual aprendido en las primarias que ha pasado a la categoría de superstición, así que no quiso correr ningún riesgo y apretó en el bolsillo los talismanes que le han ido dando en la campaña.
Un “pool” de prensa que los medios estadounidenses han bautizado como “protective pool” le sigue a todas partes, para que si un día aparece un francotirador en un tejado como en Dallas haya imágenes misteriosas que seguir estudiando en los próximos dos siglos. El coche blindado le dejó en el garaje subterráneo de los apartamentos Regent Park, y ahí fue cuando se giró momentáneamente hacia esos periodistas que en ausencia de noticias documentan los detalles más rutinarios de su vida.
- “Hola chicos, ¿habéis dormido algo?”, les preguntó
- “No mucho”, respondió el fotógrafo de AP Alex Brandon. Y aprovechando la cortesía para sacar algo de información que reportar, la periodista Deborah Charles le preguntó: “¿Y tú?
- “No tanto como hubiera querido”, admitió el nuevo presidente electo de EEUU
Duchado y trajeado, la esperanza negra se metió de nuevo en la furgoneta blindada y se dirigió al edificio de oficinas Ariel Investments, en el centro Aon de Chicago, donde pasó las siguientes seis horas confiriendo con sus asesores y agradeciendo por teléfono a todo el personal de su campaña a lo largo y ancho del país por haberle ayudado a lograr la victoria. Era un día de descanso para la mayoría, que se había desplomado tras ver cumplido el sueño por el que han trabajado sin descanso durante 21 meses de campaña, de modo que a las 5.36 de la tarde Obama entró por la puerta de casa, decidido a pasar un rato con sus hijas mientras todavía puedan disfrutar de la intimidad de su hogar en Hyde Park.
La vida tal como la conocen está a punto de cambiar radicalmente en la Casa Blanca, una jaula de oro llena de tensiones que condensa los problemas del mundo, donde estarán servidos por un ejército de cocineros y camareros que nunca han servido a una familia de color tras esos muros.
Millones de estadounidenses llegarán hoy hasta sus colegios electorales para encontrarse que no están en el censo electoral, lo que ha demostrado ser “el eslabón más débil de la democracia estadounidense”, según The New York Times.
La labor de crearlos y mantenerlos no está en manos de un organismo electoral central, como en España, sino en las de los funcionarios locales que, por la razones más peregrinas, algunas de buena fe y otras por pura alevosía, han eliminado a millones de personas sin previo aviso. A los que se encuentren frente a esta situación al final de la cola se les ofrecerá una papeleta provisional, “el talón de aquiles de nuestro proceso electoral”, según Los Angeles Times. Porque lo que no se imagina la mayoría es que al aceptarla su voto quedará a criterio del funcionario de turno, que diez días más tarde optará por tirarlo a la basura en un 34.5% de las veces (media nacional de las elecciones anteriores).
Si en el 2000 George W. Bush ganó Florida y con ello la Casa Blanca gracias a las papeletas mariposa, preñadas y colgantes, en el 2004 salió reelegido por culpa de las papeletas provisionales de Ohio. Su rival, John Kerry, perdió ese estado y con ello las elecciones por 118.000 votos, pero en Ohio 157.000 personas se vieron obligadas a aceptar papeletas provisionales, más que en ningún otro estado del país (1.9 millones de personas en todo EEUU).
Para estas elecciones en las que los expertos han predecido la tormenta perfecta por la avalancha de nuevos registrados y el aumento de la participación, el periódico neoyorquino tenía un llamado urgente en su editorial: “No voten con papeletas provisionales excepto como último recurso, ya que es más probable que no se cuenten”. Su consejo de emergencia era llamar a una de las muchas organizaciones que han dispuesto líneas telefónicas gratuitas y un ejército de abogados para pelear voto a voto a la democracia, e incluso ofrecía uno: 1-866-OUR VOTE.
La verdadera esperanza de los votantes estadounidenses es que uno de los dos candidatos gane holgadamente, porque si se estrechan los márgenes y hay que contar voto arriba o voto abajo, la democracia del país que más presume de ella hace aguas por los cuatro costados. Su equilibrio se basa en que nadie la cuestione, como pasa a menudo en los productos financieros, y ya se sabe cómo ha acabado eso.
Sobre este blog
Nací un 4 de julio, como si el destino me hubiera ligado de antemano a EEUU. Salvo esa pista que a todo el mundo se le pasó por alto, nada en mi entorno de familia agrícola andaluza hacía prever que fuera a resultar un alma rebelde dispuesta a saltar del nido a los 16 años. Lo del periodismo no había que imaginárselo, a los 11 me diseñé mi primer periódico con pliegos que pedí en La Voz del Sur, un tubo de pegamento y una máquina de escribir. Desde entonces busco papel para narrar las historias humanas que me encuentro por los cuatro continentes, y este blog viene a resolverme el problema.
La ventaja de haber echado el ancla en Nueva York después de explorar Centroamérica es que el imperio no tiene límites. Así es como entra Irak en mi negociado, junto con todas las guerras habidas y por evitar en las que EEUU meta la mano. Mi lema es que no hay causa más perdida que la que no se intenta, y os prometo que eso me ha llevado más lejos que nada en mi vida. Os invito a que me acompañéis en mi recorrido por los caminos de la vida y la política.
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