Mercedes Gallego
La vida en Nueva York
Los que nos embarcamos en el viaje de integrarnos en otro país sabemos que la verdadera barrera no está en el idioma, sino en las diferencias culturales. Toda una vida de claves sociales, de comportamientos, ideologías y hasta políticas que marcan nuestra forma de actuar y ver la vida. Ésas que a veces hacen que parezca que hablamos otro idioma cuando hablamos el mismo.
Y así, por mucho que se traduzca, el Partido Socialista significa dos cosas fundamentalmente distintas aquí y al otro lado del Atlántico. A primera vista parece lo mismo: “Jobs, peace & freedom, ¡Trabajadores del mundo uníos!”, decía muy bilingüe el cartel, y aunque yo no veo nada de revolucionario en pedir trabajo, paz y libertad, debía de haberlo.

Quienes nos habíamos dado cita en la Iglesia de St Mary de Harlem el sábado pasado íbamos dispuestos a dar guerra a la ciudad por la decisión del Ayuntamiento de eliminar varias líneas de metro y autobús para contrarrestar la crisis.
Cierto es que Nueva York calcula perder 300.000 puestos de trabajo, la gran mayoría derivados de Wall Street, y con ello mil millones de dólares en ingresos, pero añadir parados a esa cuenta eliminando servicios públicos sólo servirá para deprimir más la ciudad. Todos los economistas coinciden en que ahora tiene que ser el sector público el que genere empleo y actividad económica, motivo por el que el gobierno federal está dispuesto a invertir en ello la friolera de 789.000 millones de dólares, que para muchos llegará demasiado tarde.
En mi barrio del Alphabet City desaparecerá la emblemática línea 8 de autobuses, la única que conecta el West Village con el East Village. Todo un símbolo neoyorquino que de día usan las familias para mandar a sus hijos a la escuela y de noche los que saltan de los clubs de jazz del Greenwich Village a los bares underground del East. Pero sobre todo acerca un poco más al metro a la gente sin recursos de mi esquina de la ciudad, que acaba en una barricada de viviendas de protección oficial donde nadie pensó en abrir una boca al metro que pasa por debajo. Fue como meter allí a todos los pobres y tirar la llave al mar.
Haciendo honor al lema del “stop bitching, start a revolution”, decidí no perder mi autobús sin dar la pelea. “No va a servir para nada, eso ya está decidido”, me insistía mi compañero. Pretendía ahorrarse la excursión a Harlem, porque después de darle muchas vueltas a internet no encontré a nadie más en toda la ciudad que se estuviera organizando para protestar.
La resignación con la que Bruce me acompañó hasta la calle 125 se transformó en nerviosismo cuando se dio cuenta de que el Partido Socialista organizaba el acto. Para mí era un detalle que ni siquiera consideré digno de mención, pero en EEUU todavía perduran las secuelas de la caza de brujas del Macartismo y la Guerra Fría. Están los que se creen que los socialistas buscan nacionalizarlo todo e imponer una dictadura como en Cuba o los que prefieren no poner su nombre en la lista no vaya a ser que algún día le pasen factura por eso en el trabajo. Amén de que lógicamente entre los marginados se refugian más fanáticos de lo habitual. Todo eso explica que hubiera 40 personas en la única reunión de una ciudad de 8 millones de habitantes en la que se explicó el terrible impacto de los recortes municipales. Como el Ayuntamiento no ha sido capaz de proponer fórmulas creativas para compensar la pérdida de impuestos que dejará la crisis de Wall Street, ha optado por subir las tarifas del transporte público que la gente necesita para ir a trabajar, imponer nuevos peajes en los puentes, eliminar al menos ocho líneas de autobús y metro y despedir a 17.000 profesores, entre otras medidas draconianas. Un caso claro de miopía, porque le ayudará a encajar el déficit en los presupuestos de este año pero resucitará poco a poco las imágenes de una ciudad peligrosa y desvencijada como la de las películas de los setenta y ochenta.
Un niño de siete años de Brooklyn que ha ganado un concurso propone cosas como vender publicidad en las tarjetas de metro, mientras que los del Partido Socialista sugerían crear un impuesto de propiedad para los títulos bursátiles, como el que se paga por los bienes inmuebles.
A mí me parecían buenas ideas, pero Bruce no podía concentrarse en ellas, pendiente como estaba de no salir en la cámara instalada en el pasillo de la Iglesia de St. Mary para grabar el evento. Yo no salía de mi asombro. Era como si los socialistas fueran todavía esos comunistas con cuernos y tridente que les pintaron en los años cincuenta. “¡Que en mi país son el partido en el poder y no trabajamos en kibbutz ni mandamos a los niños al colegio vestidos de “pioneritos de la Revolución”, bromeaba yo. “De hecho, funciona bastante bien”. Y tan de sentido común es aceptar su existencia que en cuanto se le pasó la reacción inicial de una generación traumatizada por la caza de brujas negaba avergonzado que le hubieran intimidado.
Mientras, en este blog se repetía el salto del océano entre dos de nuestros lectores: Cantábrico, que pese a su nombre es cubano, y Pasionaria, que con el suyo rinde homenaje a nuestra heroína de la Guerra Civil. El primero rendía pleitesía a Aznar sólo porque le plantó cara al gobierno de Fidel Castro, y la segunda se llevaba las manos a la cabeza, con toda la razón.
Nuestro avatar cubano hablaba de libertad de expresión e igualdad de derechos, que es precisamente lo que el PSOE ha traído al reclamar la igualdad para las mujeres y los matrimonios entre homosexuales, por ejemplo. Claramente no hablamos de la misma cosa, aunque todos la llamen socialismo. Como los republicanos estadounidenses que coronaron a Bush se llevarían un buen chasco si acudiesen a una reunión de nuestros republicanos españoles. La torre de Babel es más confusa de lo que pensamos, Cantábrico. Y aquí, Pasionaria, las iglesias de verdad como la que muestro en la foto (son pocas, lo admito) están del lado de los pobres y de los que buscan la justicia social. Como debe ser.
Sobre este blog
Nací un 4 de julio, como si el destino me hubiera ligado de antemano a EEUU. Salvo esa pista que a todo el mundo se le pasó por alto, nada en mi entorno de familia agrícola andaluza hacía prever que fuera a resultar un alma rebelde dispuesta a saltar del nido a los 16 años. Lo del periodismo no había que imaginárselo, a los 11 me diseñé mi primer periódico con pliegos que pedí en La Voz del Sur, un tubo de pegamento y una máquina de escribir. Desde entonces busco papel para narrar las historias humanas que me encuentro por los cuatro continentes, y este blog viene a resolverme el problema.
La ventaja de haber echado el ancla en Nueva York después de explorar Centroamérica es que el imperio no tiene límites. Así es como entra Irak en mi negociado, junto con todas las guerras habidas y por evitar en las que EEUU meta la mano. Mi lema es que no hay causa más perdida que la que no se intenta, y os prometo que eso me ha llevado más lejos que nada en mi vida. Os invito a que me acompañéis en mi recorrido por los caminos de la vida y la política.
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