Mercedes Gallego

La vida en Nueva York

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22 Ene 2009

Operación retorno

Se acabó la fiesta. Obama ya es presidente, ha llegado la hora de volver a casa. Y no es fácil. Ayer miércoles todos los autobuses, trenes y vuelos entre Washington y Nueva York del martes seguían agotados.

“¿Llego a tiempo?”, le pregunté angustiada a la empleada que me tendió la tarjeta de embarque quince minutos antes de que saliera el vuelo. Ella no pudo evitar una risa sarcástica. “¡Más te vale! Porque si no vas a tener que pasar otra noche en Washington”. Y no tuvo que decirme más para que saliera como alma que lleva el diablo hacia la cola de seguridad.

Su compañera, despeinada y con las ojeras hasta la rodilla, se desahogaba con otro pasajero. “¡Vaya día que llevamos! Y no te imaginas lo que fue esto ayer. Con tantas calles cerradas todo el mundo llegaba tarde y perdía el vuelo, pero no es culpa nuestra, no teníamos dónde meterlos, todos los vuelos iban llenos.

En el avión las cosas no estaban mejor. Las banderitas de EEUU y los posters conmemorativos de Obama atascaban los maleteros de cabina. Y eso que los más entusiastas viajaban en tren. Lo primero en agotarse fueron los autobuses de Chinatown, esos que por 20 dólares recorren las cinco horas que separan Nueva York de Washington, sin que nunca se sepa en qué momento petará el motor y te quedarás varado en la carretera. Y hasta en los trenes los carteles de “sold out” aparecieron antes en los regionales más corrientes que en los Acela y Metroliners, esos trenes que pretenden ser los AVE españoles pero que sólo te ahorran media hora. Son los favoritos de los ejecutivos que quieren ir con el ordenador enchufado y cuyo tiempo vale oro, pero la fauna que sigue a Obama es de otro corte.

Son los del optimismo, los que no se estresan con el reloj, los que dejan la vida correr y se niegan a creer que su nuevo líder acabe siendo un político más, los que prefieren ganar menos y hacer el trabajo en el que creen. Son la reencarnación moderna de los hippies setenteros, reafirmados en su idealismo por el triunfo del “viaje improbable” en el que se embarcaron con el candidato de color que habla como un poeta blanco.

Llegaron a Washington con el saco en la mano y se han quedado a dormir en el sofá de cualquier conocido. Se levantaron a las tres de la mañana para batir los controles de seguridad, se pasaron todo el día bailando por las calles y aún se fueron de copas a los bares de Georgetown y Adams Morgan, antes de subirse a uno de estos autobuses o trenes traqueteantes de vuelta a casa. Seguramente han gastado la mitad de sus vacaciones en asistir a la coronación de ese sueño del que se siente coautores, porque en EEUU lo estándar son diez días año. Pero para ellos todo vale la pena. No sienten que han votado por un político, sino que al acabar con el oscurantismo de Bush creen que han librado una batalla entre el bien y el mal. “Y por una vez ha ganado el bueno”, decía estupefacto un chaval de Iowa, el día que Obama se destacó por primera vez del pelotón de las primarias.

Eso que ocurre invariablemente en las películas cada vez ocurre menos en la vida real. Es una amarga sensación la de no ver tu esfuerzo recompensado, mientras quienes trepan con artimañas y enchufismo se alzan cada vez más arriba en la escalera social. Pero por lo mismo, el triunfo de Obama es un alivio para los corazones cansados, a los que devuelve la energía para seguir luchando honestamente. Y aunque sólo sea eso lo que consiga Obama después de llegar tan lejos, ya es mucho.

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Sobre este blog

Nací un 4 de julio, como si el destino me hubiera ligado de antemano a EEUU. Salvo esa pista que a todo el mundo se le pasó por alto, nada en mi entorno de familia agrícola andaluza hacía prever que fuera a resultar un alma rebelde dispuesta a saltar del nido a los 16 años. Lo del periodismo no había que imaginárselo, a los 11 me diseñé mi primer periódico con pliegos que pedí en La Voz del Sur, un tubo de pegamento y una máquina de escribir. Desde entonces busco papel para narrar las historias humanas que me encuentro por los cuatro continentes, y este blog viene a resolverme el problema.

La ventaja de haber echado el ancla en Nueva York después de explorar Centroamérica es que el imperio no tiene límites. Así es como entra Irak en mi negociado, junto con todas las guerras habidas y por evitar en las que EEUU meta la mano. Mi lema es que no hay causa más perdida que la que no se intenta, y os prometo que eso me ha llevado más lejos que nada en mi vida. Os invito a que me acompañéis en mi recorrido por los caminos de la vida y la política.

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