Mercedes Gallego
La vida en Nueva York
Hasta esta noche nunca supe que había tantos españoles en Nueva York. Salieron hasta de debajo de las piedras. Bastó ganar para que la furia roja se convirtiera en una auténtica marea roja que bañó Manhattan. La Gran Manazana convertida en un verdadero carnaval donde todos nos abrazábamos por las calles y entrábamos en cada casa que tuviera un bandera colgando. Uno resultó vivir en mi misma calle y tener una terraza de ensueño que comparte generosamente con los amigos de cualquier nacionalidad. Desde allí vimos cambiar de colores al Empire State, a los expatriados casi se nos saltan las lagrimas de emoción.

Nada más ganar salimos todos a la calle gritando el Oeee, Oeee, Oeee y agitando banderas como locos. No sé de dónde salieron tantas camisetas rojas, pero menuda puesta de sol en la fuente de Washington Square, que a falta de la de Colón sirvió para la fiesta.

Y claro, la primera intención fue celebrarlo con un pulpo a feira, pero no se puede ganar a la salud del pulpo y luego digerir a sus hermanos, así nos abstuvimos dignamente. Los hay que prometieron quitarse del pulpo para toda la vida. Mi amigo el DJ Ursula 1000, por cuyas venas también corre sangre española, decidió subir a Paul a los altares y convertir nuestra bandera en algo de lo que siempre estemos orgullosos. Creo que hasta los catalanes podrían rendirle honores a ésta.

Me rindo. Acabo de sucumbir a la euforia del fútbol. Esta tarde he salido del Bunny Show, el bar surafricano que nos ha adoptado para el Mundial, henchida de euforia futbolera. Surcaba las calles del Lower East Side en mi bicicleta con una sonrisa boba cuando oí a alguien meterse con un alemán y sin poder contenerme grité "¡Viva España!" (Uf, no me lo puedo creer, parece que por fin hemos matado a Franco). Para mi sorpresa, los que escapaban a la ola de calor sentados en el portal se sumaron al clamor sin dudarlo.
Once años en Nueva York y nunca había escuchado a nadie gritar el nombre de mi país por las calles. "La furia roja" es portada del Wall Street Journal y los españoles de La Nacional cortaron ayer la calle 14, que un día fuera el eje del barrio español y hoy bastión de los modernos del Meatpacking Distric (Foto de Laura Turégano).

Nueva York, cosmopolita como ella sola, es la ciudad ideal para ver el Mundial, con comunidades de todas las nacionalidades en el "melting pot" donde se cuecen todas las culturas. Desde el principio se podía oler la fiesta a media tarde (gajes del cambio horario) en los restaurantes brasileños, serbios, italianos, portugueses, argentinos, africanos (¡qué partido el de Ghana)...
Poco a poco se nos fueron sumando los amigos que quedaban descolgados de otras selecciones, sobre todo italianos y británicos, pero también suecos, irlandeses, australianos y hasta paraguayos. Nadie nos apoyaba más que estos últimos, que ya que han sido eliminados quieren presumir de haber sucumbido frente al campeón. Esta última semana admito que nos tenían más fe ellos que nosotros mismos, siempre temerosos de soñar a lo grande por si la realidad resquebrajaba nuestras ilusiones.
Los que nos embarcamos en el viaje de integrarnos en otro país sabemos que la verdadera barrera no está en el idioma, sino en las diferencias culturales. Toda una vida de claves sociales, de comportamientos, ideologías y hasta políticas que marcan nuestra forma de actuar y ver la vida. Ésas que a veces hacen que parezca que hablamos otro idioma cuando hablamos el mismo.
Y así, por mucho que se traduzca, el Partido Socialista significa dos cosas fundamentalmente distintas aquí y al otro lado del Atlántico. A primera vista parece lo mismo: “Jobs, peace & freedom, ¡Trabajadores del mundo uníos!”, decía muy bilingüe el cartel, y aunque yo no veo nada de revolucionario en pedir trabajo, paz y libertad, debía de haberlo.

Quienes nos habíamos dado cita en la Iglesia de St Mary de Harlem el sábado pasado íbamos dispuestos a dar guerra a la ciudad por la decisión del Ayuntamiento de eliminar varias líneas de metro y autobús para contrarrestar la crisis.
Cierto es que Nueva York calcula perder 300.000 puestos de trabajo, la gran mayoría derivados de Wall Street, y con ello mil millones de dólares en ingresos, pero añadir parados a esa cuenta eliminando servicios públicos sólo servirá para deprimir más la ciudad. Todos los economistas coinciden en que ahora tiene que ser el sector público el que genere empleo y actividad económica, motivo por el que el gobierno federal está dispuesto a invertir en ello la friolera de 789.000 millones de dólares, que para muchos llegará demasiado tarde.
En mi barrio del Alphabet City desaparecerá la emblemática línea 8 de autobuses, la única que conecta el West Village con el East Village. Todo un símbolo neoyorquino que de día usan las familias para mandar a sus hijos a la escuela y de noche los que saltan de los clubs de jazz del Greenwich Village a los bares underground del East. Pero sobre todo acerca un poco más al metro a la gente sin recursos de mi esquina de la ciudad, que acaba en una barricada de viviendas de protección oficial donde nadie pensó en abrir una boca al metro que pasa por debajo. Fue como meter allí a todos los pobres y tirar la llave al mar.
Haciendo honor al lema del “stop bitching, start a revolution”, decidí no perder mi autobús sin dar la pelea. “No va a servir para nada, eso ya está decidido”, me insistía mi compañero. Pretendía ahorrarse la excursión a Harlem, porque después de darle muchas vueltas a internet no encontré a nadie más en toda la ciudad que se estuviera organizando para protestar.
La resignación con la que Bruce me acompañó hasta la calle 125 se transformó en nerviosismo cuando se dio cuenta de que el Partido Socialista organizaba el acto. Para mí era un detalle que ni siquiera consideré digno de mención, pero en EEUU todavía perduran las secuelas de la caza de brujas del Macartismo y la Guerra Fría. Están los que se creen que los socialistas buscan nacionalizarlo todo e imponer una dictadura como en Cuba o los que prefieren no poner su nombre en la lista no vaya a ser que algún día le pasen factura por eso en el trabajo. Amén de que lógicamente entre los marginados se refugian más fanáticos de lo habitual. Todo eso explica que hubiera 40 personas en la única reunión de una ciudad de 8 millones de habitantes en la que se explicó el terrible impacto de los recortes municipales. Como el Ayuntamiento no ha sido capaz de proponer fórmulas creativas para compensar la pérdida de impuestos que dejará la crisis de Wall Street, ha optado por subir las tarifas del transporte público que la gente necesita para ir a trabajar, imponer nuevos peajes en los puentes, eliminar al menos ocho líneas de autobús y metro y despedir a 17.000 profesores, entre otras medidas draconianas. Un caso claro de miopía, porque le ayudará a encajar el déficit en los presupuestos de este año pero resucitará poco a poco las imágenes de una ciudad peligrosa y desvencijada como la de las películas de los setenta y ochenta.
Un niño de siete años de Brooklyn que ha ganado un concurso propone cosas como vender publicidad en las tarjetas de metro, mientras que los del Partido Socialista sugerían crear un impuesto de propiedad para los títulos bursátiles, como el que se paga por los bienes inmuebles.
A mí me parecían buenas ideas, pero Bruce no podía concentrarse en ellas, pendiente como estaba de no salir en la cámara instalada en el pasillo de la Iglesia de St. Mary para grabar el evento. Yo no salía de mi asombro. Era como si los socialistas fueran todavía esos comunistas con cuernos y tridente que les pintaron en los años cincuenta. “¡Que en mi país son el partido en el poder y no trabajamos en kibbutz ni mandamos a los niños al colegio vestidos de “pioneritos de la Revolución”, bromeaba yo. “De hecho, funciona bastante bien”. Y tan de sentido común es aceptar su existencia que en cuanto se le pasó la reacción inicial de una generación traumatizada por la caza de brujas negaba avergonzado que le hubieran intimidado.
Mientras, en este blog se repetía el salto del océano entre dos de nuestros lectores: Cantábrico, que pese a su nombre es cubano, y Pasionaria, que con el suyo rinde homenaje a nuestra heroína de la Guerra Civil. El primero rendía pleitesía a Aznar sólo porque le plantó cara al gobierno de Fidel Castro, y la segunda se llevaba las manos a la cabeza, con toda la razón.
Nuestro avatar cubano hablaba de libertad de expresión e igualdad de derechos, que es precisamente lo que el PSOE ha traído al reclamar la igualdad para las mujeres y los matrimonios entre homosexuales, por ejemplo. Claramente no hablamos de la misma cosa, aunque todos la llamen socialismo. Como los republicanos estadounidenses que coronaron a Bush se llevarían un buen chasco si acudiesen a una reunión de nuestros republicanos españoles. La torre de Babel es más confusa de lo que pensamos, Cantábrico. Y aquí, Pasionaria, las iglesias de verdad como la que muestro en la foto (son pocas, lo admito) están del lado de los pobres y de los que buscan la justicia social. Como debe ser.
Policía. Una palabra que siempre me ha impuesto respeto, distancia, aprensión. Con los años he aprendido a temerles más. Nada como viajar a otros países para apreciar lo que uno deja atrás. Imagínese que se encuentra perdido en la Ciudad de México. El agente gordinflón de la esquina debe ser la última persona a la que se le ocurra preguntarle dónde queda la calle que busca. Lo más probable es que le mire entre sorprendido y divertido, y luego repita lentamente su pregunta con una sonrisa ladina, mientras discurre cómo aprovechar la ingenuidad del forastero para extorsionarle. Es probable que le envié directo a manos de sus “cuates”, que le pagan religiosamente una “mordida” por dejarles hacer sus fechorías e incluso comisión por los clientes que les consigue. Y no le sorprenda si le para un agente de tráfico por saltarse un semáforo que estaba en verde. Dele un poco de tiempo y acabará pidiéndole una “mordida” a cambio de no “llevarle al corralón”. En EEUU la corrupción se la reservan para esferas más altas. Los ciudadanos pagan sólo por los brutales abusos que se producen a diario en alguna parte. Periódicamente alguno es tan escandaloso que pasa meses en los titulares de los periódicos. Sean Bell, el novio asesinado en su despedida de soltero por los policías de paisano que descargaron 50 disparos sobre él y sus dos amigos al salir de la discoteca. Amadeo Diallo, el emigrante guineano al que dos policías de paisano le metieron 41 disparos por la espalda en la puerta de su casa, sólo porque echó mano de su cartera para enseñarles la identificación. Abner Louima, un emigrante haitiano, casado y con un hijo, al que varios agentes violaron, golpearon y sodomizaron con el palo de un destascador del water en los servicios de una comisaría, con tanta violencia que requirió varias operaciones para coserle los intestinos y las tripas. Todos víctimas desarmadas que no habían cometido delito alguno. Casi todos los policías fueron absueltos. Esa impunidad es la que les ha hecho perder el respeto a los testigos y a las cámaras. Porque casos como los anteriores aparecen una vez al año, pero las palizas gratuitas y los sádicos abusos de autoridad se dan todos los días en este “país de leyes” del que presume George W. Bush. La Policía de Nueva York carga un largo historial de desmanes que no aparecen en las series de televisión. Son las pequeñas videocámaras que ahora llevan cualquier móvil las que van a hacerlos famosos. La semana pasada, sin ir más lejos, dos vídeos han hecho estragos en el ciberespacio hasta recibir eco en los periódicos. Uno, en pleno Time Square, a media mañana, rodeado de turistas. Despidiendo mala leche, y sin venir al cuento, un policía elige aleatoriamente a uno de los ciclistas de Critical Mass y lo lanza violentamente al suelo, para luego golpearlo y detenerlo por “resistencia a la autoridad”. El mismo cargo que llevó a la cárcel a un afroamericano que, según claman los agentes, les agredió cuando intentaba entrar a un paque con una petaca de alcohol, sin que nada de ello aparezca en el vídeo que recoge la soberana paliza con una barra de hierro, también a plena luz del día y con testigos. Aquí es donde se acaban las palabras. Juzgue con sus propios ojos.
Sobre este blog
Nací un 4 de julio, como si el destino me hubiera ligado de antemano a EEUU. Salvo esa pista que a todo el mundo se le pasó por alto, nada en mi entorno de familia agrícola andaluza hacía prever que fuera a resultar un alma rebelde dispuesta a saltar del nido a los 16 años. Lo del periodismo no había que imaginárselo, a los 11 me diseñé mi primer periódico con pliegos que pedí en La Voz del Sur, un tubo de pegamento y una máquina de escribir. Desde entonces busco papel para narrar las historias humanas que me encuentro por los cuatro continentes, y este blog viene a resolverme el problema.
La ventaja de haber echado el ancla en Nueva York después de explorar Centroamérica es que el imperio no tiene límites. Así es como entra Irak en mi negociado, junto con todas las guerras habidas y por evitar en las que EEUU meta la mano. Mi lema es que no hay causa más perdida que la que no se intenta, y os prometo que eso me ha llevado más lejos que nada en mi vida. Os invito a que me acompañéis en mi recorrido por los caminos de la vida y la política.
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