Iñigo Gurruchaga
La vida en Londres
Antony and the Johnsons han tenido éxito de crítica en su reciente paso por el Barbican, donde les acompañó la London Symphony Orchestra. Una voz y una música que surgen de algún lugar situado entre Aretha Franklin y los Castrati.
Hace treinta años, un equipo de rugby del condado irlandés de Munster batió 12-0 a los All Blacks de Nueva Zelanda, que tenían la reputación de ser invencibles. Si siguen este enlace, encontrarán algunos artículos de The Times sobre aquel partido del martes 31 de octubre de 1978.
Similar a la larga escapada del gregario que gana una etapa en el Tour de Francia, al KO del boxeador sólo conocido en su país y que destrona al famoso campeón bajo los focos de la gran ciudad, aquel partido de rugby en Limerick ha sido una fuente constante de inspiración para el periodismo y el arte.
No sé si algo provoca alegrías colectivas como este tipo de triunfos deportivos. El ensayo de Christy Cantillon que se muestra en esta película, el único de aquel partido, es afortunado y bonito, pero no seré el único que se queda tan fascinado por las imágenes de la espectación y del júbilo del público.
Michael Longley escribió 'The Civil Servant', el funcionario, tras el asesinato de un amigo por algún pistolero con religión específica. De los poetas de Belfast que he leído, me gustan también los más jóvenes Ciarán Carson y Sinead Morrisey, pero estos versos de Longley me parecen una pequeña obra maestra.
Él justificó así este poema: "El asombro y la desesperación me han llevado a escribir algunas elegías, siempre inadecuadas. Las ofrezco como coronas. Eso es todo".
He was preparing an Ulster fry for breakfast
When someone walked into the kitchen and shot him:
A bullet entered his mouth and pierced his skull,
The books he had read, the music he could play.
He lay in his dressing gown and pyjamas
While they dusted the dresser for fingerprints
And then shuffled backwards across the garden
With notebooks, cameras and measuring tapes.
They rolled him up like a red carpet and left
Only a bullet hole in the cutlery drawer:
Later his widow took a hammer and chisel
And removed the black keys from his piano.
Lo traduzco así:
Preparaba fritos del Ulster para desayunar
cuando alguien entró en la cocina y le disparó:
una bala entró en su boca y perforó su cráneo,
los libros que había leído, la música que iba a tocar.
Quedó tendido con su pijama y su batín
mientras buscaban huellas en el aparador
y luego retrocedieron parsimoniosos hacia el jardín
con cuadernos, cámaras y cinta métrica.
Lo enrollaron como una alfombra roja y dejaron
sólo el agujero de una bala en el cajón de la cubertería:
más tarde su viuda cogió un martillo y un cincel
y arrancó las teclas negras del piano.

Hace muchos años conocí a dos médicos francesas en Belfast. Quedé un día a cenar con una de ellas, I., en el viejo hotel Europa, donde entrabas a través de una valla de seguridad y eras registrado en el exterior. Era el hotel más bombardeado del mundo. La leyenda del Commodore, en Beirut; del Europa, en Belfast. I. dijo que invitaría a una amiga que podía darme buena información.
Llegó C. al restaurante y la atmósfera cambió. El maitre y los camareros nos miraban con algo parecido al temor. C. se marchó muy pronto. Luego comprendí que los camareros, chicos católicos de Belfast Oeste, habían identificado a C. como amiga de algunos republicanos del IRA, del nivel jerárquico que los vecinos solían describir en aquellos tiempos, con el humor habitual, como Top Gun.
Vi a C. varias veces a lo largo de aquellos años. Era infaliblemente agradable. Bella, luminosa, explicaba con dedicación la experiencia de la gente de su barrio, un bastión del IRA, donde hay unos brutos de película y alguna de la mejor gente que he conocido. Siempre bajo el cielo bajo y opresivo de una política demencial.
Un día fuimos en grupo a un pub. En la charla yo dije que la historia más importante, o más interesante, que me ha tocado en la vida profesional como periodista es la de Lady Di. C. me lo reprochó con una furia que no le conocía. Yo trabajaba como tantos otros periodistas, según ella, para un periódico cuyas ideas no compartía, me había en suma vendido y esa frustración me hacía un cínico. Nos despedimos en gaélico, slan leat, friamente.
Gente de Belfast me hablaba alguna vez de ella, de los lugares en los que estaba, pero no volví a verla durante más de diez años, hasta el otro día.
Nunca pude explicarle que las relaciones entre poder y sentimientos me siguen pareciendo un asunto central del mundo, y que la extraña historia de Lady Di versa sobre ese asunto de una manera más universal y más honda que las repugnantes guerritas de las que escribimos -al menos, yo lo hago- por algo parecido al deber más que por afición
Estaba yo ese día siguiendo el rastro de un viejo compañero de estudios en San Sebastián, Iñaki de Juana. Esperando encontrarle para proponerle- ambos ahora en Belfast, ¿quién nos lo iba a decir hace casi cuarente años?- hablar sobre cómo su senda por el poder y los sentimientos, tan diferente a la mía, le llevó al lugar en el que hoy está.
Tras llamar a la puerta de la casa en la que vive y no conseguir hablar con él, fui a almorzar a un lugar que frecuenta y vi a C. en una mesa vecina con un grupo familiar. Ella logró descifrar el disfraz que había elegido para mi delicada misión, el de hombre muy envejecido, y me reconoció. Pensé que íbamos a saludarnos, aunque las circunstancias no nos lo ponían fácil. Pero no ocurrió.
Habló en voz baja con un hombre de su grupo y se marchó a llamar con el teléfono móvil. Pensé que llamaba a la casa de De Juana para advertir de mi presencia en el restaurante. Y pensé también que le dijeron que yo había estado antes llamando a la puerta de su casa, porque C. regresó a la mesa aparentemente más tensa y pareció hablar con más urgencia con quienes la acompañaban.
La pasta estaba muy rica, aunque con exceso quizás de ajo, cosa bien rara en Belfast. Go raibh mile maith agaibh. Mila esker. Muchas gracias.
Me marché; C. seguía hablando con urgencia a los otros. Al cabo de un rato, caí en la cuenta de que había olvidado mi botellita de agua mineral. Dudé si regresar, pero me entró un síndrome de periodista realmente cínico, de hack de periódico sensacionalista y me apeteció volver. Quizás C. y los suyos pensarían en su paranoia que yo había dejado voluntariamente la botellita en la mesa para así poder regresar y tener una segunda oportunidad de sorprenderles... ¿haciendo qué? Regresé.
¿Estaba Top Gun en el restaurante cuando yo entré por primera vez? No le vi. ¿Le había llamado C. para resolver el problema con el intruso, es decir, el menda, tan cínico abanderado del potencial revolucionario de Lady Di? Si a algo somos propensos algunos periodistas, más que al cinismo, es a la especulación. Y a mí me resulta desde luego más entretenido para esta historia especular que C., alarmada, llamó a Top Gun.
Que me saludó- nos conocemos, más yo a él que él a mí, desde hace años- y charlamos. ¿Estás siguiendo esa historia?, me preguntó. Le dije que sí, que Iñaki De Juana y yo fuimos al mismo colegio, que compartimos aula. Top Gun me contó que había oído un rumor; luego comprobé que era una trola.
Fui a por mi botella de agua. Cuando me marchaba de nuevo, C. ya hablaba con Top Gun, la misma intensidad de entonces, la misma belleza clara, luminosa, limpia.
Para escribir un reportaje sobre Islandia viajé a la isla y leí unas cuantas cosas. Compré la Saga de Egil, una de las obras más importantes de la literatura medieval escandinava, pero no he podido con ella. No me parece un texto de gran riqueza, en la traducción al inglés en Penguin, y ya conocía la historia. La del menudo y con frecuencia muy desagradable Egil.
'Gente independiente', del Premio Nobel de Literatura, Halldór Laxness, enlaza realmente con la forma de las sagas para contar la historia dura y trágica de una familia campesina hasta conseguir su independencia financiera. Y su posterior encuentro con el mundo de las cooperativas y del poder y la política moderna.
Es una buena novela, con tendencia a la pesadez, que te abre los ojos sobre el paisaje humano del que procede una sociedad islandesa que ha emigrado masivamente a la ciudad en la segunda mitad del siglo XX.
Laxness fue monje católico y luego miembro del partido comunista. Su biografía y sus personajes contradicen el tópico de la templazan nórdica. Si algo más de Laxness cae en mis manos, lo leeré.

Empecé 'Silence of the Grave', de Arnaldur Indridason, con un cierto fastidio por leer de nuevo peripecias de un detective entrado en años y vitalmente endurecido y escéptico. Pero eso sólo fue el principio. De este escritor de novela negra, el de más éxito internacional en la literatura contemporánea islandesa, se ha traducido al español 'Las Marismas', que no he leído, pero aún así les recomiendo su lectura. Una película, 'Jar City', basada en la novela, ha recordido furtivamente los cines de Londres recientemente.
No había leído jamás una descripción tan cruda y tan fuerte de violencia doméstica como la que compone en 'Silence of the Grave'. Hay ecos de lo macabro que llegan a Indridason desde Egil.
Alguna gente islandesa me dijo que Indridason trabaja con el artificio de crear ficciones a la americana sobre el escenario físico de Reikiavik, donde nada similar ocurre, donde la vida es muy tranquila y no hay muchos crímenes. Tres homicidios en un año promedio. Pero no sé si debo creerles.
Tras asistir ayer a la presentación del World Energy Outlook 2008, por la Agencia Internacional de Energía- podrán encontrar el informe en la página de la IEA- me parece evidente que nuestras sociedades están ante un cruce de caminos que exigen decisiones de gran envergadura.
La crisis económica asociada a los excesos de las dos últimas décadas no ha hecho más que empezar y va a ser muy profunda, la actual demanda de energía es insostenible, el deseo de reducir las emisiones de CO2 la convierte en aún mas insostenible y parece cerrar la posibilidad de procesos más graduales y se ha creado ya un sorprendente consenso internacional que afirma que es necesario reducir las emisiones en la crisis para evitar una "abrupta e irreversible" crisis climática, en palabras de la IEA, aunque al mismo tiempo se afirma en las proyecciones para 2030 que el consumo de carbón seguirá siendo importantísimo en los países en desarrollo.
Creo que la política seria de la próxima década se dedicará a esas cuestiones.
Cuando estuve en Islandia, escuché esto y me gustó. Sidsel Endresen & Bugge Wesseltoft. El tema se llama 'Try'.

Cuando estuve en Islandia, hace diez días, hablé con Guthrun Kvaran, que es la directora del departamento de lexicografía del Instituto Árni Magnússon de Estudios Islandeses y me contó algunas cosas curiosas.
El islandés es el idioma escandinavo más parecido al viejo Norse y su conocedor contemporáneo puede leer leyendas medievales sin grandes problemas. En el instituto promueven la preservación del idioma y regulan las nuevas palabras. Es decir, que siguen, como en el caso español, más la tradición francesa de la academia normativa que la inglesa de aceptación por el uso.
Los apellidos son en su gran mayoría patronímicos. Bjorgolfur Gudmundsson, propietario del West Ham, es 'Bjorgolfur hijo de Gudmunds' y la cantante Björk Gudmundsdóttir es 'Björk hija de Gudmunds'.
El islandés, que hablan 320.000 habitantes de una isla, se adapta con éxito. El sector que se estaba escapando al deseo de preservar el idioma era el de los negocios y, tras la debacle financiera, los continuadores del movimiento romántico de recuperación lingüística creen que la moda del inglés comercial y globalizador no hará tanta mella. El día 16 es oficialmente el de la lengua islandesa.
Ejemplos de adaptación
Los lexicógrafos vieron que los periódicos se estaban refiriendo a un navegador de internet con una palabra inglesa, browser, hasta que se fue imponiendo la islandesa vafri, asociada a la idea común de búsqueda. Surgió de la población, sin mediaciones académicas.
Otras veces, el islandés permite formar nuevas palabras con piezas del mecano. La comida rápida se extendió por una sociedad notablemente americanizada con su nombre inglés, fast food, pero ahora ya se ha impuesto la inventada por la academia, skindibiti. Skindi es algo que se hace rápido y biti es una porción.
Puse a prueba a la lexicógrafa: ¿cómo dicen los jóvenes islandeses que algo es cool? Svallir, es la respuesta.
En una conferencia de expertos en lenguas escandinavas, se discutió recientemente qué se podía hacer con 200 palabras inglesas de la ciencia, la música, la alimentación o el deporte, que tenían difícil traducción. Los islandeses tenían palabras para todas, salvo para un deporte, el golf.
Me dijo la doctora Kvaran que una cosa muy importante para la preservación del idioma es que a los islandeses les gustan los libros.

Quizás usted no ha oído hablar del ácaro de la varroasis, un parásito de la abeja melífera, aunque podría estar acabando con su capacidad de supervivencia en este planeta. Es un bichito- como dijo aquel ministro cuando lo del envenenamiento del aceite de colza- que estaría eliminando las colmenas del mundo.
El sábado, apicultores británicos se manifestaron en Whitehall, que es el centro político del reino, pidiendo que el Gobierno asigne más dinero al estudio de la varroasis; o más bien de la enfermedad que está matando a las abejas. Hay algunos, también en España, que creen que no es la varroasis, sino alguna otra cosa.
Pero los gobiernos dan dinero con cuentagotas para este asunto, mientras gastan tanto en otros, que es mejor no mencionar en un lunes de noviembre.
Ahora, sin que cunda, please, el pánico y los visitantes de este blog- ¿qué les parece lo de blogo como alternativa al ligero atragante de la palabrita inglesa?- se lancen a vender todas sus acciones-u omisiones-, o monten orgías como las que se organizaron el año, fue 1910, en el que el cometa Halley venía rapidito hacia la Tierra trayendo noticias del Apocalipsis, les pido que consideren lo que sería de nosotros si el bichito- ¡tenía que ser un parásito!- acaba con las abejas.
Es decir, con buena parte de la polinización; es decir, con... ¿You? ¿Me? ¿The blog too?
Cuando regresé de la oficina, mi familia se había congregado ante la pantalla de la televisión para ver la cobertura sobre la victoria de Obama, que repetía en su discurso de la victoria en Chicago el lema que ha marcado su campaña. Yes, we can. ¡Qué gran predicador!
Pero me habían hecho una faena.
- Ha venido un par de veces un vendedor de X y volverá dentro de media hora para hablar contigo- me dijeron.
Los representantes de suministradores de energía son una plaga. Desde que se privatizaron los monopolios, van de puerta en puerta ofreciéndote que cambies de compañía de gas, o de electricidad, o de gas y de electricidad. Saben que la población les acoge con cierta simpatía porque, según dicen los que han estudiado el asunto, lo más barato es cambiar a menudo de suministrador, aprovechar las ofertas. La cuestión es si uno está dispuesto a escuchar la palabrería de los vendedores para ahorrar unas pocas libras.
Y los vendedores suelen ser negros o indios. Es un trabajo duro.
- La victoria de Obama os ha emocionado y por eso habéis citado al vendedor. Estoy seguro de que es negro- dije y, esto es algo insólito, acerté.
Al cabo de media hora, llamó a la puerta. Era un chaval y venía hecho un pimpollo. El pelo con rulos y brillantina, un pendiente de oro en cada oreja, una sonrisa de un millón de dólares, una incongruente gabardina, y unos extraordinarios zapatos acharolados y terminados en una punta muy larga y muy aguda.
Nos sentamos en el comedor y comenzó a sacar fichas:
- X te ofrece un descuento anual de cien libras cada año. ¡Todos los años van a descontarte cien libras de tu factura!
La vida del corresponsal es durísima, no se la deseo a nadie, así que le pedí, por favor, que cortara el rollo.
- ¿Me aseguras que sale más barato si contrato ahora la electricidad con X?
- Sí- respondió él.
- Pues hagamos los papeles.
- ¿De dónde eres?- me preguntó.
- De España.
- ¿De España? I love Spain, man. I love Spain. Voy cada año.
- ¿A dónde vas?
- Voy a ese lugar... Soy tan malo con los nombres... ¡Hay un hotel muy grande y una playa! Aaaaghhh!... No recuerdo... I love to dance.
Quizás se estaba dando cuenta de la envidia que me daban sus zapatos.
- ¿Ibiza?
- What?
- Aibissa?.
- That's it. That's it...I think.
Mientras charlábamos, me iba pidiendo los datos para rellenar sus papeles. Ya me había preguntado la fecha de nacimiento.
- Pareces mucho más joven- me mintió-. ¿Haces deporte?
- Si, corro, juego al tenis. ¿Y tú?
- Voy al gimnasio. Para hacer músculos, porque como tanta junk food que estoy gordo. Es increíble la cantidad de junk food que puedo comer.
Se tocaba la tripa y es cierto que parecía fuerte y musculado.
- Antes hacía atletismo, velocidad, pero el entrenador me ha dicho que tengo que bajar el peso antes de correr de nuevo.
- ¿Cien metros?
- Sí, cien metros. Soy muy rápido.
- ¿Cual es tu mejor tiempo?
- Once segundos. Soy rápido. Quiero correr en los Juegos de Londres, en 2012.
- ¿Mmm...? La final de Pekín se corrió en 9.6 o 9.7- le dije, intentando recordar-. Para bajar de once segundos a 9.7 hace falta trabajar mucho.
Y entonces mi vendedor preferido me miró con los ojos grandes como platos, la boca abierta, y exclamó consternado:
- ¿9.7?...¿9.7?...¡Entonces no podré correr en los Juegos Olímpicos!
No sé si se reía de mi. Es muy probable. Es probable también que acabe pagando más por la electricidad que lo que pagaba. Pero prefiero eso al sentimiento de que, mientras una buena parte del planeta disfrutaba con la llegada de un hombre negro a la presidencia de un país con mayoría blanca, yo fastidié el sueño olímpico de un glotón de hamburguesas que sólo tiene una gabardina para los días fríos.
Eso sí. ¡Vaya zapatos!
Este fin de semana, en el Hollywood Bowl, Van Morrison y la banda que grabó Astral Weeks, hace exactamente cuarenta años, tocará por primera vez íntegramente uno de los grandes discos del...¿a qué género pertenece realmente esta música? Esta versión de 'Ballerina'- con guitarra desafinada incluida- da la medida de cuán impredecible es el genio hosco de Belfast.
Enjoy the weekend.
Sobre este blog
Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres, la ciudad en la que vivo. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, dos colegas admirables- Ainhoa Paredes y Mónica Bergós- cubren también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Para explicar nuestro trabajo, me amparo en el recuerdo de un aforismo de Karl Kraus- "No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista"- y en la confesión de Pío Baroja: "Tengo normalmente la preocupación de desear el mayor bien para mi país; pero no el patriotismo de mentir".
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