Conversaciones con J (4)

Al terminar nuestro último partido, yo creí que nos habíamos convertido en una metáfora de lo que será el mundo cuando pase todo esto; dentro, digamos, de diez años. Pero unas palabras de J. me convencieron después de todo lo contrario.

Si les parece una conducta inaceptable, recuerden aquella anécdota. Cuando un periodista le preguntó un día a Keynes con aire de reproche que lo que decía parecía contradecir algo que dijo antes, el autor intelectual de los acuerdos financieros internacionales que aún nos rigen le respondió:

- Cuando cambian los hechos, yo suelo cambiar de opinión. ¿Qué hace usted?

Todo empezó así…

Hay un contraste extraordinario entre los maravillosos días de otoño que hemos tenido y las tinieblas hacia las que avanzamos.

J. estaba como siempre de buen humor. Y se reía de mi trabajo, siguiendo la tradición de nuestros últimos encuentros:

- Esta semana no ha habido conferencias de partidos políticos; nada importante ha ocurrido.

Mientras entonábamos músculos y golpes, comentamos que ambos habíamos leído La revancha de Asia, de Martin Wolf.

- Siempre escribe el mismo artículo, pero es una descripción muy exacta de lo que ocurre- dijo J.

Ya estaba P. en los bordes de la pista. Es un hombre de Sri Lanka, que lleva una zamarra de empleado de la limpieza y unas botas. Algunos días hemos cruzado pelotazos con él. Esta vez venía con su raqueta directo hacia nosotros. Le dijimos que queríamos jugar nuestro partido semanal y que luego podía unirse.

Es un tipo cordial, al que le faltan algunos dientes. Se embarulla al hablar inglés de una forma graciosa y, tras comenzar suelto, concluye la frase con un amasijo desordenado de palabras, tan complicado de desenredar como el cruce de derivados financieros que nos traen lo más oscuro de la tiniebla.

P. le pega fuerte con la derecha, aunque, como él mismo reconoce, haberse educado en el crícket le ha dejado con un gesto de tenis un poco raro. J. estaba muy interesado en apartarle, porque el servicio que se trajo de Washington entra ahora con frecuencia y porque la derecha le estaba dando satisfacciones.

P. ya esperaba el final de nuestro partido al borde de la pista. Jugamos con él unos juegos en un tenis de tres. Al despedirnos, nos preguntó la hora y el día de nuestra próxima cita. Nos dejará jugar nuestro partido y luego jugaremos los tres.

Ya les digo que me sentí- no es la primera vez que me ocurre- la vanguardia del mundo. Me pareció que lo nuestro es exactamente donde estaremos todos si esta década de turbulencias y cambios en la que entramos nos lleva al destino deseado. Tendremos que compartir el mundo con Asia; y no sólo con Asia. Los costes serán más altos. Ya no podremos chulearles con malabarismos de papel. Quizás nos impongan el tenis a tres.

- Es un tipo simpático- le dije a J. cuando nos íbamos en las bicis.

- Si, aunque su trabajo sea limpiar el parque en vez de jugar al tenis con nosotros- respondió él.

No somos una metáfora del mundo, sino todo lo contrario.

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