Iñigo Gurruchaga

La vida en Londres


Hace muchos años conocí a dos médicos francesas en Belfast. Quedé un día a cenar con una de ellas, I., en el viejo hotel Europa, donde entrabas a través de una valla de seguridad y eras registrado en el exterior. Era el hotel más bombardeado del mundo. La leyenda del Commodore, en Beirut; del Europa, en Belfast. I. dijo que invitaría a una amiga que podía darme buena información.

Llegó C. al restaurante y la atmósfera cambió. El maitre y los camareros nos miraban con algo parecido al temor. C. se marchó muy pronto. Luego comprendí que los camareros, chicos católicos de Belfast Oeste, habían identificado a C. como amiga de algunos republicanos del IRA, del nivel jerárquico que los vecinos solían describir en aquellos tiempos, con el humor habitual, como Top Gun.

Vi a C. varias veces a lo largo de aquellos años. Era infaliblemente agradable. Bella, luminosa, explicaba con dedicación la experiencia de la gente de su barrio, un bastión del IRA, donde hay unos brutos de película y alguna de la mejor gente que he conocido. Siempre bajo el cielo bajo y opresivo de una política demencial.

Un día fuimos en grupo a un pub. En la charla yo dije que la historia más importante, o más interesante, que me ha tocado en la vida profesional como periodista es la de Lady Di. C. me lo reprochó con una furia que no le conocía. Yo trabajaba como tantos otros periodistas, según ella, para un periódico cuyas ideas no compartía, me había en suma vendido y esa frustración me hacía un cínico. Nos despedimos en gaélico, slan leat, friamente.

Gente de Belfast me hablaba alguna vez de ella, de los lugares en los que estaba, pero no volví a verla durante más de diez años, hasta el otro día.

Nunca pude explicarle que las relaciones entre poder y sentimientos me siguen pareciendo un asunto central del mundo, y que la extraña historia de Lady Di versa sobre ese asunto de una manera más universal y más honda que las repugnantes guerritas de las que escribimos -al menos, yo lo hago- por algo parecido al deber más que por afición

Estaba yo ese día siguiendo el rastro de un viejo compañero de estudios en San Sebastián, Iñaki de Juana. Esperando encontrarle para proponerle- ambos ahora en Belfast, ¿quién nos lo iba a decir hace casi cuarente años?- hablar sobre cómo su senda por el poder y los sentimientos, tan diferente a la mía, le llevó al lugar en el que hoy está.

Tras llamar a la puerta de la casa en la que vive y no conseguir hablar con él, fui a almorzar a un lugar que frecuenta y vi a C. en una mesa vecina con un grupo familiar. Ella logró descifrar el disfraz que había elegido para mi delicada misión, el de hombre muy envejecido, y me reconoció. Pensé que íbamos a saludarnos, aunque las circunstancias no nos lo ponían fácil. Pero no ocurrió.

Habló en voz baja con un hombre de su grupo y se marchó a llamar con el teléfono móvil. Pensé que llamaba a la casa de De Juana para advertir de mi presencia en el restaurante. Y pensé también que le dijeron que yo había estado antes llamando a la puerta de su casa, porque C. regresó a la mesa aparentemente más tensa y pareció hablar con más urgencia con quienes la acompañaban.

La pasta estaba muy rica, aunque con exceso quizás de ajo, cosa bien rara en Belfast. Go raibh mile maith agaibh. Mila esker. Muchas gracias.

Me marché; C. seguía hablando con urgencia a los otros. Al cabo de un rato, caí en la cuenta de que había olvidado mi botellita de agua mineral. Dudé si regresar, pero me entró un síndrome de periodista realmente cínico, de hack de periódico sensacionalista y me apeteció volver. Quizás C. y los suyos pensarían en su paranoia que yo había dejado voluntariamente la botellita en la mesa para así poder regresar y tener una segunda oportunidad de sorprenderles... ¿haciendo qué? Regresé.

¿Estaba Top Gun en el restaurante cuando yo entré por primera vez? No le vi. ¿Le había llamado C. para resolver el problema con el intruso, es decir, el menda, tan cínico abanderado del potencial revolucionario de Lady Di? Si a algo somos propensos algunos periodistas, más que al cinismo, es a la especulación. Y a mí me resulta desde luego más entretenido para esta historia especular que C., alarmada, llamó a Top Gun.

Que me saludó- nos conocemos, más yo a él que él a mí, desde hace años- y charlamos. ¿Estás siguiendo esa historia?, me preguntó. Le dije que sí, que Iñaki De Juana y yo fuimos al mismo colegio, que compartimos aula. Top Gun me contó que había oído un rumor; luego comprobé que era una trola.

Fui a por mi botella de agua. Cuando me marchaba de nuevo, C. ya hablaba con Top Gun, la misma intensidad de entonces, la misma belleza clara, luminosa, limpia.


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4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Eugenio

Eugenio dijo

Se puede conocer la trola?

Koro Douarel

Koro Douarel dijo

Inigo:
Como en las buenas historias!, elementos para literatura o cine. Está claro que C., te impactó desde un primer momento. ¿Mantis religiosa?. Por cierto, ¿qué ha sido de I?
Slan leat, Egian!

mundaiztarra

mundaiztarra dijo

Una historia de interior en una ciudad que ademas del cielo gris y la bruma comparte una peculiar religiosidad. Aqui como en Belfast nos gustan los desfiles liturgicos ya sea tras una cruz o un tambor. En tu historia faltan referencias a los lugares prohibidos, al puente de hierro y al parque de cristinenea, lugares miticos que otro condiscipulo se afana en transformar, tal vez impulsado por alguna infantil fustracion. La nueva religiosidad de Donosti adora ahora al becerro de oro y erije templos como la torre de babel invertida que se contruye en las entrañas de alderdi eder. Espero que si la de la Biblia ofendio a Dios esta no ofenda al diablo a quien ahora desafiamos en el intento de llegar a su morada subterranea.

I Gurruchaga

I Gurruchaga dijo

Eugenio: Don't say.

Koro Douarel y mundaiztarra: Don't know.

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Sobre este blog

Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres, la ciudad en la que vivo. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, dos colegas admirables- Ainhoa Paredes y Mónica Bergós- cubren también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Para explicar nuestro trabajo, me amparo en el recuerdo de un aforismo de Karl Kraus- "No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista"- y en la confesión de Pío Baroja: "Tengo normalmente la preocupación de desear el mayor bien para mi país; pero no el patriotismo de mentir".

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