Dos euroescepticismos, el euro y el ahora

Nicholas Ridley dijo, en el verano de 1990, lo que piensa buena parte del partido Conservador británico sobre el euro. En una entrevista que él creía off the record con el director del semanario The Spectator, el entonces ministro de Medio Ambiente dijo que la unión monetaria era “un montaje alemán para controlar Europa” y que, si Reino Unido cedía soberanía a Bruselas, mejor hubiese sido no enfrentarse a Hitler.

Ridley tuvo que dimitir inmediatamente. Sus palabras causaron aparente horror. Porque todo el mundo sabía que reflejaban las opiniones de su amiga, la primera ministra, Margaret Thatcher.

El entrevistador que supuestamente traicionó el off the record fue Dominic Lawson, hijo del ministro Nigel, que tuvo que dimitir tras mantener enfrentamientos con Thatcher, a quien ocultó que discretamente había aplicado una política de estabilidad en el tipo de cambio de la libra con el marco alemán en lugar de abandonarla a los vaivenes de su flotación.

Mientras los franceses aceptaban que, si toda Europa ya bailaba al son del Bundesbank, lo más sensato era una unión monetaria que diese al menos derecho a asiento en su consejo, los conservadores británicos se refugiaban en el nacionalismo orgulloso de su papel en la Segunda Guerra Mundial y se prometían el éxito en su afán de ser más importantes en el mundo mediante una alianza más firme con Washington.

Además habían inventado una nueva economía prodigiosa. En América se llamó Reaganomics y en UK thatcherismo. Se trataba de eliminar trabas a la expansión de los negocios, abrirse al comercio mundial, recortar el Estado,…salvo el Ejército, que debía preservar la integridad de la nación, unidad esencial para el avance de la falsa utopía de Adam Smith.

Cuatro meses después de la dimisión de Ridley, Thatcher caía por el lío que estaba creando en su partido el nuevo impuesto municipal, o poll tax,- ¡lo introdujo también Ridley!- y su enfrentamiento creciente con Europa. Su último ministro de Hacienda, John Major, logró la rendición de la dama que ya no era de hierro. Fue Thatcher quien metió a la libra en el mecanismo de cambios europeos, con la libra a 2.90 marcos.

Y el país entró inediatamente en recesión mientras gastaba miles de millones intentando mantener su paridad. Hasta la rendición final ante un masivo ataque a la libra por grandes fondos financieros, en el Miércoles Negro de setiembre de 1992. Unos meses después el mecanismo tuvo que expandir los límites de oscilación de las paridades ante un ataque especulativo contra el franco.

La ideología, ese mal que ya notaba en su partido Francis Pym, uno de los más húmedos ministros de la primera Thatcher, cosecha 1979, es lo que explica que el partido Conservador de hoy, liderado por alguien aparentemente tan poco propenso a las furias teóricas como David Cameron, se vaya del Partido Popular Europeo porque tiende al federalismo de la UE.

Ése es el euroescepticismo británico latoso para los extranjeros, que lo ven como insular y chauvinista. Todos somos corruptos y totalitarios y Britannia mantiene perenne y viva la llama de la libertad. Ha crecido en la derecha y a la derecha del partido Conservador un sector tan significativo de la sociedad con esa opinión que hace muy difícil liderar a los tories sin incorporarlo a la coalición del poder. Y ese nacionalismo impregna otras áreas de la sociedad y a votantes de otros partidos.

Hay, sin embargo, otro euroescepticismo sobre el euro, que cree inviable una moneda administrada por un banco central independiente y sin un Ministerio de Hacienda con el presupuesto suficiente para distribuir fondos compensatorios entre las regiones que la utilizan, entre las cuales hay además una muy pequeña movilidad. Que cree que el euro será sometido a fuerza centrífugas incontenibles en momentos de crisis, como el actual, cuando unos países necesitan la holgura de la que ya no pueden disponer. Hace un tiempo leí la mejor exposición de esa teoría a este pronosticador exacto de la actual crisis.

El lunes, el titular del Financial Times era: “Trichet dice que deben mantenerse las reglas fiscales”. El director del periódico, Lionel Barber, fue corresponsal en Bruselas y no ha defendido euroescepticismos chauvinistas, a diferencia del actual alcalde de Londres, Boris Johnson, que ganó fama como bufón con su espectáculo ‘anti-Bruselas’ como corresponsal en el Daily Telegraph.

Pero el afán del FT de llevar ese comentario del gobernador del Banco Central Europeo a portada muestra, además de la existencia de tensiones noticiables entre Angela Merkel y el resto de socios europeos, la sospecha extendida en Reino Unido de que el euro puede fracasar. Y eso es algo que apenas se lee en la prensa que aquí llaman “continental”. La desconfianza hacia el euro se basa en el chauvinismo y en el reparo sensato y técnico.

Pero ¿qué opina de todo esto el salvador de la humanidad, nuestro hombre de moda, oh, él, Gordon Brown? Cuando pueda, les cuento el recorrido por lo sublime y lo grotesco de nuestro primer ministro, a quien se podría aplicar con ecuanimidad el rasgo común de Baudelaire y sus lectores, nos péchés sont têtus, nos repentirs sont lâches: nuestros pecados, tercos; nuestros arrepentimientos, cobardes.

(continuará)

Facebook Twitter Stumbleupon Delicious More More More
elcorreo.com

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.