Me llega con retraso la noticia del fallecimiento de Mario García Oliva, abogado cántabro y ex senador del PSOE, a quien recuerdo con gran afecto.
Cuando la gente que se movía en la oposición al franquismo en Santander, en cuya universidad yo estudiaba, tenía problemas con las leyes tan injustas de aquel tiempo, acudía al despacho del abogado demócrata-cristiano, cuya puerta estuvo siempre abierta.
Acudí una vez al despacho, acompañando al jefe de la banda, Juan Irigoyen, gran maestro de tantas cosas. A pesar de que fui un testigo mudo de la conversación, García Oliva me cogió cariño. Yo era un crío.
La oposición tranquila en la región, en aquel tiempo de juntas, plataformas y platajuntas, solía organizar ‘cenas democráticas’ para burlar las restricciones al elemental derecho de reunión. Algún notable, que venía habitualmente de Madrid, pronunciaba a los postres un discurso y se abría un debate. Acudían profesionales políticamende liberales, gente que decía representar a partidos inexistentes a todo efecto práctico, algún que otro caradura y nosotros, los impacientes habitantes de la extrema izquierda. García Oliva venía siempre a saludarme efusivamente y me decía: “¿Cómo está nuestro joven Lenin?” ¡Qué bochorno!
Era un hombre bueno. Descanse en paz.
Pero la vida siempre es tragicomedia. Así que, para despedir a Mario García Oliva con humor, he recordado la ocasión en la que nos detuvieron a unos cuantos. Como no había celdas suficientes en los calabozos de la Plaza Porticada, nos metieron en una a Juan y a mí. La jerarquía intelectual y de edad tampoco se quebraba entre comunistas, así que Juan durmió en la colchoneta y yo en el suelo. No le guardo el más mínimo rencor. Y, además, antes de ser humillado- cuando nos subieron al interrogatorio, a Juan le esperaba el pleno de la Brigada Político Social, mientras que a mí me dejaron en manos del comisario más viejo y superfluo-, compartimos un momento de gloria.
Juan se empeñó en que manifestásemos ambos nuestro inquebrantable espíritu de resistencia gritando eslóganes desde nuestra celda para animar a los otros camaradas presos. Y no se le ocurrió otra cosa que corear repetidamente a dúo la encendida reivindicación del loco en la gran película del momento, Amarcord, de Federico Fellini, incluyendo el nombre del gobernador civil. Así que, al grito de ‘¡Peñaranda, voglio una donna!’, levantamos la bandera de la libertad y soliviantamos con gran éxito al resto de la tropa.
Saludos afectuosos a la familia de Mario y a los cántabros libertarios de aquella hornada.
Incluyo aquí la escena que inspiró aquella revuelta, con permiso de mi colega y tocayo, el corresponsal romano, tan brillante erudito del cine italiano.

