La princesa Ana en Gibraltar

La princesa Ana inicia una visita de dos días en Gibraltar. Y, como ha ocurrido antes con otras visitas reales, la diplomacia española ha protestado- ‘inoportuna’, es el calificativo moderado que ha utilizado el Gobierno, que se sienta con el del Peñón y con el británico en el Foro Trilateral- y políticos de distinto signo han declarado su malestar por lo que consideran un acto hostil, un recordatorio de la soberanía británica.

Hace 55 años, la reina Isabel visitó por primera y única vez la colonia, para conmemorar el 250 aniversario de su posesión. Y hubo notabilísimas protestas. La de Macaulay, por ejemplo. Es realmente extraño que Francisco Franco eligiera como nom de plume el de un historiador inglés, que era liberal y que pronunció su primer discurso en la Cámara de los Comunes en apoyo del proyecto de ley que derogaba las barreras impuestas a los judíos para la plena participación política. No conozco ninguna explicación a la elección de ese seudónimo.

Franco había recibido en 1949 el carnet número uno de la asociación de la prensa y el título de Primer Periodista y publicaba sus artículos especialmente en el diario de la Falange, Arriba. Fue el autor de uno muy sonado condenando la visita de la reina a Gibraltar en 1954. “Los ingleses tienen la mala propiedad de considerar al mundo tonto”, escribía el falso Macaulay.

Franco vivía su momento más optimista tras la guerra civil. Había firmado el Concordato con el Vaticano y el pacto bilateral con Estados Unidos, por el que su Gobierno recibió 226 millones de dólares para equipamiento militar y la construcción de infraestructuras de apoyo logístico a las bases americanas, que se establecían en Torrejón, Sevilla, Zaragoza, Morón de la Frontera, Rota, además de bases aéreas y estaciones de reavituallamiento para la Armada americana en diversos puertos.

Tras ceder partes del territorio español a Estados Unidos, que veía a Franco como un aliado imprescindible en las nuevas líneas estratégicas de la Guerra Fría, el dictador quizás se sintió fuerte para reclamar la soberanía de Gibraltar. Macaulay escribió en Arriba un artículo- lo pueden leer aquí en la reproducción que hizo al día siguiente La Vanguardia- en el que se quejaba de la visita real y reprochaba a los británicos que no hubiesen cumplido la palabra dada por Winston Churcill y su embajador en Madrid, sir Samuel Hoare, sobre la devolución de la colonia, si Franco no permitía a las tropas de Hitler asentarse en España en los días de la Segunda Guerra Mundial.

Los archivos nacionales británicos publicaron hace unos años algunos documentos y correspondencia que probarían que no existió tal promesa, que se basaba fundamentalmente en los informes del embajador de España en Londres, el duque de Alba, en los que aseguraba que Churchill prometió la devolución en un almuerzo en la embajada y en una sesión secreta de los Comunes sobre la evolución de la guerra. No conozco documentación española que ofrezca una versión distinta.

El caso es que la visita de la reina Isabel llevó al primer gesto significactivo de protesta española, la retirada del cónsul en Gibraltar, que desembocaría en una creciente tensión hasta el cierre de la verja y al establecimiento de la ‘doctrina Castiella’ como la filosofía sostenida por los gobiernos españoles. Se fundó en el éxito del ministro Fernando Castiella al conseguir en la ONU que Gibraltar se incluyese como territorio del proceso de la descolonización.

He escuchado a personas muy inteligentes de la democracia española defender con vigor que el desenlace de la doctrina Castiella- el cierre de la verja, en 1969- es lo único que molesta a los británicos. Un día me contaron que, cuando Adolfo Suárez fue a a Londres en vísperas de la aprobación de la Constitución, planteó a James Callaghan la cuestión gibraltareña y que el primer ministro laborista le respondió: “Abran la verja”. Me sigue pareciendo extraño que una política basada en utilizar una verja construida por los británicos realmente beneficie a los españoles o que perjudicase gravemente a Londres.

Que el aumento de la presión española para recuperar la soberanía fuese contra la corriente de las instituciones civiles creadas laboriosamente por los gibraltareños para darse autogobierno y reducir el mando de los militares sobre ellos nunca fue considerado como relevante. Tampoco que el cierre de la verja fomentase un profundo rencor de los llanitos ante la pérdida de libertad de movimientos. O el daño que se hizo a la vida y la economía de los linenses.

La política española en la época democrática ha dado algunos bandazos que creo que le ha restado credibilidad. De lo que adolece es de claridad de objetivos y de medios para lograrlos. ¿Se persigue la devolución de la soberanía? Entonces, el único medio realista parece el de entablar un pleito legal sobre la ocupación del istmo no cedido en el Tratado de Utrecht. Pero la reclamación legal de soberanía sobre el istmo posiblemente ha sido debilitada por la cadena de decisiones y eventos de esta larga historia.

Si no se recurre a ese arriesgado enfrentamiento legal, las cosas se complican. Mediante el establecimiento de su alianza internacional con Estados Unidos y Reino Unido y también por la sobriedad con la que encajó el trastorno de la presencia en Gibraltar del submarino nuclear averiado, Tireless, el gobierno de José María Aznar estableció una complicidad con Londres para avanzar hacia un acuerdo de cosoberanía. Pero Aznar guardó en el cajón la última propuesta británica, que le exigía una cosoberanía por tiempo indefinido y no satisfacía a Madrid en la modalidad de presencia española en la base militar británica en el Peñón.

Como aquel preacuerdo provocó las iras de la población gibraltareña, se celebró un referéndum, supuestamente ilegal, pero en el que los llanitos rechazaron de tal manera la cosoberanía que enfrió los ánimos de Londres para enredarse con nuevas propuestas.

El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero cambió de rumbo y abrazó enteramente la política de ósmosis de las poblaciones que patrocinó en su día el ministro Gregorio Morán. Se creó un organismo de cooperación local y el Foro Tripartito, que cuenta por primera vez con presencia de Gibraltar con su propia bandera. Esa última expresión tiene miga, porque el Foro cambia la política tradicional española- ‘tres voces, dos banderas’-, por la que Gibraltar tendría que ser siempre parte de la delegación británica.

El Foro avanzó rápidamente en algunas cosas pendientes: el pago de pensiones debidas a los jubilados españoles del Campo de Gibraltar, la normalización de la telefonía móvil, el uso conjunto del aeropuerto(que no ha dado el fruto comercial esperado, porque el desarrollo de las infraestructuras de transporte en Andalucía ha restado mucha importancia al aeropuerto de Gibraltar) o la apertura de un Instituto Cervantes.

El objetivo actual de Gibraltar en el Foro es conseguir que España acepte la existencia de su centro financiero y le quite el supuesto sambenito de paraíso fiscal. Eso coincide con un movimiento internacional en varios frentes contra los paraísos fiscales. Pero creo que están equivocados quienes creen que Londres tiene intención de acabar con las economías off shore crecidas en la periferia de su viejo Imperio. La presión puede venir de la nueva administración de Estados Unidos, de la UE, de la ONU y de la OCDE.

Con el Foro pendiente de estas cosas y con la población local beneficiándose del flujo más libre de las comunicaciones, las protestas sobre la visita de la prinesa Ana parecen poco más que folclore diplomático.

Franco ‘Macaulay’ descubrió los límites de su reivindicación cuando el Departamento de Estado americano hizo saber, en aquellos días de 1954, que apoyaba a los británicos en Gibraltar. La base formaba parte de la red de puestos militares importantes.

¿Lo sigue siendo hoy? Según creo, en Gibraltar hay un puesto de comunicaciones- es decir, de escuchas y vigilancia del Estrecho- que forma parte de la red Echelon, reducto de inteligencia reservado a países de habla inglesa, y el puerto sigue siendo interesante para el avituallamiento de submarinos nucleares tanto británicos como americanos, que con la renovación del pacto militar bilateral vieron limitada su presencia en puertos españoles y en Gibraltar lo pueden hacer con más libertad.

Que las guerras de hace tres siglos y la deriva de la historia hayan creado un sedimento de población que se siente British en un punto de la Península Ibérica me parece estupendo, añade colores al mosaico de la humanidad. Pero, ¿no es evidente que quienes están interesados en el mantenimiento de la frontera son los propios gibraltareños? Porque los problemas reales serán en todo caso éstos:

- Los efectos sobre el entorno y sobre el ancho mundo de la creación de un centro financiero creado específicamente para hacer lo que los británicos y gibraltareños- y españoles- que viven del off shore dicen que no entendemos: la flexibilidad de la ley consuetudinaria para el planeamiento fiscal. O sea, de un centro financiero creado para evadir impuestos. Y eso es así, aunque haya regulaciones que limitan algunos abusos.

- La presencia en el punto central del eje estratégico de la defensa española de una base que no se comparte. Sobre esto hay que saber más de lo que yo sé para tener una opinión respetable, pero tiene pinta de que ni británicos ni americanos aceptarían algo parecido.

- La creación de una economía que alimenta a una pequeña población y que, sin compartir responsabilidad fiscal, se siente libre, en nombre de su poder económico, para usar recursos limitados para su propio beneficio. Como quizás está ocurriendo con los áridos que se utilizan para la creación del complejo Eastside.

Y cosas de este tenor. Que ilustran lo que suelen decir los linenses: ‘A los llanitos les gusta la tostada mantecada por los dos lados’. Y eso quizás está pasado de moda.

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