Bellezas y misterios japoneses

No he estado nunca en Japón, pero he tenido buenos amigos japoneses. Y con algunos he tenido malentendidos graciosos o soprendentes, que me hacen pensar que a veces nos comunicamos en diferentes ondas.

Hace muchos años, deambulaba por Milton Keynes para escribir un artículo sobre las nuevas ciudades británicas. Encontré allí a un grupo de budistas japoneses que recorrían el mundo levantando pagodas de la paz en madera. Llegaban a un lugar con lo puesto y pedían a los vecinos que les ayudasen con materiales y trabajo voluntario.

Pasé con ellos una tarde agradable y se me ocurrió que podían ser invitados a construir una en San Sebastián, donde nací. Hablé con Odón, el alcalde, amigo desde la infancia, con quien crecí en la misma casa y el mismo colegio. A él le pareció bien y escribí al monje budista de Milton Keynes. Me respondió con una carta que era absolutamente ininteligible. Fui a verle y ya no estaba allí.

Con T compartí trabajos y veladas en Manamá. Nos despedimos amistosamente cuando nuestros caminos se separaron. Semanas después, sonó el teléfono a las cuatro de la mañana. Lo cogí con la preocupación que causan las llamadas a esas horas. Era T, que estaba haciendo escala en un aeropuerto de Londres y quería saludarme. Días después recibí una postal suya. Ininteligible.

L, danesa, B, holandés, y yo, solíamos compartir historias. Un día les propuse un encuentro con un periodista huelebraguetas, que había trabajado muchos años para el sector innoble de la prensa británica y había publicado sus memorias. Pregunté a L y a B si querían ampliar el grupo y me dieron el visto bueno para invitar a S, un colega japonés con quien había entablado amistad.

Envié a todos documentación sobre el autor y el título del libro, con tiempo suficiente para que lo leyeran antes de nuestro encuentro.

S permaneció callado mientras los demás nos entreteníamos con las andanzas de, digamos, Peter Brown, el sabueso de escándalos, que en su afán de ilustrarnos sobre su historial nos mostró hasta la película de una trampa que había tenido a unos jeques árabes con unas prostitutas.

Había pasado media hora de conversación cuando S rompió su silencio:

- Peter Brown, Peter Brown, what a beautiful name. Qué nombre tan bonito.

Los cuatro le miramos con perplejidad y, como no añadió más, seguimos con nuestra valerosa tarea.

Veinte minutos después, S volvió a hablar. Se dirigió a Peter Brown y le preguntó con expresión de asombro:

- ¿Has escrito un libro?

L y B me preguntaron después cómo había encontrado semejante joya.

Todo esto para justificar la publicación de otra joya.

Sour. Hibi no neiro. 2009.

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