El profeta Jeremías lamenta la destrucción de Jerusalén, de Rembrandt Harmenszoon van Rijn .
Sobre cómo el periodismo puede empeorar algunas cosas no se piensa o se habla suficientemente. Aunque se hace de cuando en cuando allí y aquí. La lectura de los periódicos provoca estos días a menudo sobrecogimiento. ¡Hasta Martin Wolf se ha sumado a la tarea de concatenar hipótesis para concluir que el riesgo de que se cumplan todas las malas previsones es que esta crisis, que en algunos aspectos es sólo comparable a la de los años veinte y treinta del siglo XX, desemboque como entonces en una gran guerra!
¿Un primer párrafo ideal para empezar la semana? Pues el segundo es peor.
¿Qué ocurre si, a los peligros evidentes en la pugna internacional para repartir el coste de la salida de esta crisis, se añade el horizonte de que la ambición de un futuro más equilibrado está cegada porque faltarán recursos energéticos para sostener nuestras economías?
La jeremiada no es mi género literario preferido, pero es que gente con buen conocimiento técnico promueve la teoría del cénit del petróleo, del tapón inventado de la catástrofe climática, de la hipótesis de inviabilidad de sostener tal nivel de población- cerca de siete mil millones- con recursos limitados, incluídos los alimentos, que en general han sido explotados hasta ahora con la energía procedente de los hidrocarburos.
Basta ver las guerras recientes y sus motivaciones hondas para adivinar el horror que podría avecinarse.
En esta foto, el ex presidente José María Aznar habla al Senado de Estados Unidos delante del aún vicepresidente, Dick Cheney, quien más descarnadamente, entre los más poderosos, ha articulado las cuestiones geopolíticas del petróleo y del acceso a fuentes de energía.
La confianza en el futuro es necesaria para salir de la crisis. ¿Lo que se divisa en el horizonte en una pelea por la supervivencia, por el control del petróleo o del gas natural, de las materias primas o del agua? Si es así, que el último apague la luz.
El argumento sobre el cénit inminente, o ya ocurrido, del petróleo lleva dando vueltas unas cuantas décadas, pero, en noviembre, se sumó a la causa hasta la Agencia Internacional de Energía, una organización a la que tampoco hay que dar gran crédito- se ha equivocado con una insistencia llamativa-, pero que en teoría establece el canon de los recursos existentes.
Pasé las Navidades leyendo sobre estas cosas y el pasado viernes fui a la presentación de un informe del Energy Watch Group. Son gente seria, alemanes, suizos y tal, no británicos, que sólo servimos para la otra tarea esencial del mundo, la comedia. Fui a la conferencia de prensa temiendo salir apesadumbrado.
¡Fue la más optimista a la que he asistido en los últimos meses!
El diputado suizo Rudolf Reichsteiner presentó un informe en el que argumenta, con útiles de la economía y de la ciencia, sobre la capacidad de la energía eólica de sustituir al petróleo, para convertirse en nuestra fuente esencial de energía. De los datos que dio ofrezco tres. El primero es que bastaría la ocupación del uno por cien de la superficie del globo por turbinas de viento para proveer el actual consumo de energía en el planeta, de un cuadrado de doscientos kilómetros de lado para abastecer a la UE. El segundo es que las convenciones de Kyoto y la futurible de Copenhague o los acuerdos europeos sobre reducción de emisiones de CO2, son irrelevantes, porque las fuerzas siempre adulteradas del mercado pueden conducir a un suministro renovable. El tercero es su confianza en que se pueden resolver los problemas de continuidad y almacenamiento que ponen en cuestión la viabilidad de los molinos. Fueron elogiosos de la política energética en España.
No sé si el análisis está bien fundado, pero es el pronóstico de gente que desde hace años presenta los aspectos más oscuros de nuestro futuro y que, en medio de este temporal, nos dice que podemos salir con bien de este lío.
Un tránsito inesperado del profeta Jeremías al baladista de la generación beatnik.

