El poema incorrupto de Ciaran Carson

Hace unos años me invitaron a moderar una conversación entre periodistas que han trabajado como corresponsales de guerra, en la Universidad del País Vasco. Los invitados eran dos buenos amigos británicos, Nick Rankin, biógrafo de George Steer y de cuyo último libro les hablaré uno de estos días, y David Sharrock, que ha sido corresponsal en Madrid del The Times y lo es ahora en Belfast, y nuestra admirable y vecina bloguera, Mercedes Gallego, que lo fue con gran valentía en la invasión de Irak.

Traduje para la ocasión un poema de Ciaran Carson, que había recibido un premio literario por su colección Breaking News. El libro incluye unos cuantos poemas bajo el título ‘El corresponsal de guerra’, dedicado al primero que en el periodismo británico ejerció el oficio, William Howard Russell. Y el poema que elegí es el que evoca la batalla de Gallipoli.


Quería leerlo como colofón del debate. Pero, cuando ya me preparaba para alcanzar indudablemente mis ansiados quince segundos de gloria, la amiga que velaba por que el desorden en los debates no se desbordara avanzó por el pasillo lateral, captó sutilmente mi atención y golpeó delicadamente su reloj. Caput.

El público aplaudió a los conferenciantes, que lo habían merecido, y yo me quedé con mi poema como el personaje de García Márquez, Margarito Duarte, se quedó por las calles de Roma con el féretro que contenía el cadáver incorrupto de su hija. Desde entonces, como Margarito, deambulo por el mundo con estos dos folios a cuestas.

Ahora, Carson ha sido finalista del premio T. S. Eliot, cuyos Cuatro Cuartetos tanto he admirado y que escucharé mañana, leídos por Stephen Dillane, con el acompañamiento del cuarteto de cuerda, op 132, de Beethoven. El premio Eliot lo ha ganado Jen Hadfield, a quien no tenía el gusto de conocer.

Pero, después de lo que les he contado, espero que a nadie le moleste que sea ahora injusto y que no publique aquí algún verso de la ganadora, sino el que traduje y arrastro de mi incorruptibe Carson.

Se titula Gallipoli y dice así:

Imagina las casetas y puestos del mercado de Billingsgate,
el brillo de los pescados y de los cuchillos para desescamar,
las chabolas destartaladas en una granja inglesa,
el hedor de estiércol y paja, y caballos
a medio galope en las callejuelas empedradas de Dublín;

imagina la ruinosa hacienda de un propietario irlandés,
pagodas exhuberantes como un plato de porcelana china,
en el que peces vuelan a través de una mortaja y hay velas y un depósito
de barcos oxidados que pierden lastre con destino a Benarés,
en busca de cargamentos de té tan negro como el estaño;

imagina la cañería sucia de un callejón de Boulogne,
donde tiendas y casas tiemblan hasta que los tejados se tocan,
chimeneas tan altas como las de Sheffield
o torres redondas irlandesas,
echando humo como una flota de acerados destructores británicos;

imagina los soportales olientes a ajo y a orégano en Bolonia,
filigranas curvilíneas de linguinis como un zoco y pestilencia a carne podrida,
laberínticos como las fábricas de rifles de Springfield
o las inmundas cobachas que acogen a los empleados de malos patronos,
que se sientan en salones haciendo negocios mientras beben el elixir del poder;

puebla entonces esa barriada con chipriotas y turcos,
armenios y árabes, fusileros británicos
y zuevos franceses, guías y camellos, oficiales y marinos,
zapadores, mineros, esclavos nubios, cambistas griegos
y añade intérpretes que no saben el idioma;

vístelos con turbantes, con chales de imaginativo encaje,
sombreros de fieltro, fezes, fajines, camisas finas de Valenciennes,
boleros, casullas diseñadas por sastres de alquiler,
pantalones cortos de avestruz o de flamenco rosa,
sans-culottes y atuendos aún más extraños.

requisa unos cuantos mataderos para las tropas,
y puestos que venden naranjada, gaseosa y manteca rancia de cerdo,
un hospital de campaña o dos, una cárcel,
un puerto de aguas estancas infestado por el cólera,
y cloacas al aire libre que descienden por las calles;

haz que la dieta básica sea de cantalupos verdes
atiborrados de moscas y digeridos con vino amargo,
acompañada por la música
bizantina y discordante de la citara
y los graznidos multilingües de los periquitos.

Oh, paisaje salpicado por las minas de diamantes de Kimberley,
y por todos los tugurios de Trebisonda,
donde fumadores de opio languidecen sobre alfombras persas,
y espías y putas en reservados tenuemente iluminados
debaten sobre el debilitado empuje de los poderes aliados,

donde perros vagabundos husmean en busca de casquería
tras el hedor de ciruelas y albaricoques podridos,
de los que se destila el brandy que llaman disparo de la uva,
y soldados yacen muertos o borrachos entre aplastadas flores.
Ni siquiera he comenzado a describir Gallipoli.


Recuerden que el plazo del concurso abierto el martes termina el domingo.

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