El Ministerio de Hacienda anunciará hoy un nuevo plan para superar el cierre del crédito que está haciendo de esta recesión la más profunda desde hace ochenta años.
El plan contempla la creación de una institución pública de seguro que avalará nuevos préstamos a empresas y a particulares y que ofrecerá también un seguro a los bancos para garantizar sus posibles pérdidas en activos tóxicos que duermen el sueño de los injustos en sus balances.
El Tesoro también anunciará una oferta de convertir su participación en los bancos tras la recapitalización del pasado noviembre en acciones ordinarias, porque parte de esa inyección era en acciones preferenciales, que exigen el pago de un interés fijo. Los bancos así participados se quejan de que el interés de esas acciones drena sus futuros ingresos, merma sus posibilidades de dar créditos.
Parece seguro que el Royal Bank of Scotland aceptará la conversión, lo que haría que la participación pública en el banco sea del 70%. Parece también que Lloyds-TSB, que está en el camino de adquirir HBOS, no quiere aceptar la conversión, porque resultaría en una participación pública superior a la mitad de las acciones ordinarias y la consiguiente pérdida de independencia del banco.
La incógnita es Barclays, cuyas acciones perdieron el 25% de su valor en la última hora de cotización el viernes, el día en el que se aceptó de nuevo la práctica de las ventas a corto en la Bolsa británica.
Consiste en tomar prestadas unas acciones con la promesa de devolverlas en el futuro a cambio de un pago. El que las toma prestadas las vende a un precio menor, el precio de las acciones baja, y el vendedor a corto repite la operación para devolverlas en el plazo convenido a quien las tenía. Todo ejecutado por algoritmos matemáticos y mediante ordenadores. ¿Barclays? Veremos si lo resiste como banco independiente.
Como el Abbey-Santander, no quiso tomar parte de la recapitalización pública, para no perder su independencia absoluta.
La conversión de acciones es un paso más hacia la nacionalización de un sector muy sustancial de la banca británica.
Pero la oferta de avales del Estado a préstamos futuros y a las pérdidas por los contraídos en el pasado expone al contribuyente británico a un riesgo cuya dimensión se conocerá quizás hoy.
El Gobierno de Gordon Brown está respondiendo a la crisis con medidas sucesivas, que a veces se revelan o insuficientes o erróneas.
Me equivoco a menudo, pero aún así me atrevo a decirles cómo lo veo en el escenario político. Me parece que la interpretación sobre el Nuevo Laborismo retrociendo hacia el viejo laborismo es una simpleza del periodismo. Todo esto es nuevo y está obligando a mucha gente a improvisar y a cambiar de ideas-madre, casi siempre tan inútiles.
La nueva batalla política ofrece este perfil, según mi juicio. Los laboristas son percibidos por la mayoría de la población como unos cantamañanas, que han tenido que cambiar de piel para llegar al gobierno y han promocionado como si fuese la monda todo lo que ahora se ve que está mal. Los conservadores son percibidos como los inspiradores de una filosofía económica más próxima a los banqueros que han abanderado el camino hacia esta ruina.
El descrédito de la política viene de la percepción generalizada de que los partidos deciden en función de sus intereses en el corto plazo, cuando a la sociedad le interesa el largo plazo.
Vienen tiempos de un desorden nuevo. Del desorden de los despachos, camuflado con oratoria pseudocientífica, avanzamos hacia más desorden social. Quien haga pronósticos sobre cómo o cuándo acaba esta crisis me parece tan falto de cordura como el que se atreva a pronosticar sus efectos en la política británica. Todo está abierto de par en par.
Pero la especulación es la forma en la que pensamos los humanos. Sigamos.

