Zapeando ante el televisor me topé el otro día con la emisión de la Royal Variety Performance, que se celebró en diciembre, en el Palladium. Asistieron Carlos y Camilla a este espectáculo anual que recolecta fondos para una casa que alberga a artistas jubilados que necesitan abrigo. Viví un tiempo cerca de Brinsworth House.
Actuaban algunos cómicos de los que habitualmente juran y dicen procacidades, pero imagino que ofrecieron unos minutos de humor… picante.
Lo que vi me hizo pensar que estaba contemplando un espectáculo de los años cincuenta o principios de los sesenta. Antes de que Little Richard alterase el sueño de las adolescentes americanas con ‘Lucille’ , Ray Charles perturbase el de los chicos blancos con algo más grave, ‘I got a woman‘- “Tengo una mujer, que vive en las afueras de la ciudad, y es buena conmigo”- y Chuck Berry inquietase a todos. Luego vino todo lo demás.
El fragmento que vi de la Royal Variety Performance era un espectáculo del tiempo de la deferencia y de la inocencia impostada. Un entretenimiento como leve escapismo. Uno abandona el teatro con una sonrisa, enriquecido con la ilusión de la armonía. Un mundo en el que ya no existe la quiebra, Stravinski, Céline, Buñuel.
Una de las estrellas del espectáculo era Cliff Richard, sir Cliff Richard, que ganó el festival de Eurovisión con ‘Congratulations‘ en la era yeyé y que aún es muy popular y se conserva prodigiosamente joven. Se suele quejar de que hay un sesgo contra él en los programadores de música en las radios, que sería un establishment políticamente liberal que le tiene manía y no pone su música, quizás porque él es muy religioso. El cristianismo contemporáneo en los países cómodos imaginándose mártir.
Con el cristiano renacido Van Morrison hizo una bella versión de ‘Whenever God shines his light ‘. Yo no pertenezco al establishment, ni siquiera al liberal, pero le tengo paquete a Cliff Richard, que me resulta excesivamente sacarino.
Me gusta sin embargo la música de Joan Armatrading, incluidos sus temas religiosos.

