Mmmmmmm, jajá, jajá

¡La primavera ha regresado! Y la ciudad vive en flor su momento esplendoroso. Narcisos, magnolios, cerezos, manzanos, se encandenan en su bloom.

De lo reseñable en este regreso, el de la primavera, algo fugaz y una suma de recuerdos:

Llegaba yo decidido hacia la taquilla de pago de mi Tesco. Tesco es al UK lo que el PCUS era a la Unión Soviética, el poder casi total de nuestra civilización comercial.

Y ella, que llegaba con una micra de segundo de décalage – ¡qué bonito lo francés!- sobre mi paso, se detuvo y me dejó pasar. La ciudad ideal de los millones de hormigas que cohabitamos con dificultad en la planicie sudeste te regala sin aviso previo minucias nobles.

Le di las gracias. Y, caballero donde los haya, se las di de nuevo al marcharme. Y ella me dijo:

- Mmmmmmja…

No fue un mmmmmm de aquí que te desmadro, chaval, envejecido y tó, sino un mmmmmja, de sí, si te he visto no me acuerdo, ajá, ajá, podría ser, pero no va a ser, somos hormigas, tú a lo tuyo y yo ya veré. Fue un mmmmmjá micronésimo y harto significativo, que bien podría interpretarse como un mmmmmjajá.

Era una bella de rasgos dañados, salvados milagrosamente por unos ojos cristalinos. Aguamarina decían los del Financial Times para describir los mismos colores, los ojos de Zapatero, que, como ya todos debieran saber, dominan el mundo en este interregno en el que vivimos como si nada ocurriera, al borde de ocurrir.

Era, intuyo, yugoslava. Unos ojos yugoslavos.

Yugoslavas/vos he conocido aquí de variado tipo.

Una, mujer de presunto éxito, me impresionó con sus locuras. Me decía en aquellos años tan balcánicos, en un ágape social, entre copetines y manierismos varios, que debíamos bombardear Belgrado, donde vivía su familia, para que supieran al fin lo que estaba ocurriendo.

Otra, que apenas me impresionó con las suyas, se acercaba con paso ondulante a mi aposento mientras caía la noche, cuando yo era un hombre aposentado en las noches de Paddington, y me decía aquello de… tú y yo somos jóvenes, la pasión corre por nuestras venas, venas, el ser y el no ser, ser, la monda, tú yo, yo, aquí, quí, por qué, por qué debemos nosequé, la luz, la oscuridad, dad, la pasión, la juventud en nuestras venas, ¿nas?,…en fin, la era inevitable del pachuli.

Otro, éste montenegrino, me solía enseñar las clementinas de saldo que compraba para sentirse muy sano y después su puñal, un puñal del copón que se había comprado en un lugar donde vendían puñales de ocasión, y, mientras se miraba en el espejo que compartíamos en nuestro aposento- se miraba insistentemente la silueta de los bíceps y de lo demás que modelaba con pesas y muelles-, justificaba así sus armas:

- Aquí hay muchos homosexuales y, si se acerca a mí un homosexual, tengo que defenderme.

Eran otros tiempos. Tiempos de puñales.

Prevedelo, el gran Prevedelo, formidable empresario de la chapuza, calvo prematuro y ex comunista tardío, qué será de él, solía venir después de que desfilasen los otros yugoslavos y, sabedor de que yo le esperaba, me decía en su castellano-italiano diletante:

- Ay, mi amigo, mi amigo, tú y io sonno diferente. ¿Diferente? Diferentes, claro, claro, chico. Tú e io sonno diferentes. Ahora vamos hacia arriba o hacia bajo.

- Hacia abajo- le corregía yo.

- Hacia abajo, hacia abajo- se confirmaba él.

Desplegábamos el tablero y las piezas y, si me tocaban las blancas, yo, ya les digo, un caballero, abría indefectiblemente con un clásico, la Ruy López.

Vivimos la primavera del mmmmmmmm, jajá, jajá. Y el interregno nos desvela sin definir aún, nunca es hora, nuestro deseos.

Que la primavera les arrastre hacia el florecimiento. Que la vida les sea briosa. Que la mediocridad no les venza. Todo está siempre por hacer.

Pump up the volume. Suba el volumen.

Train in vain. The Clash, 1979.

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