Para escribir en los próximos días un artículo en el periódico tenía escrito en mi agenda de trabajo el nombre de Jack Jones y su teléfono. Pero ayer los diarios británicos informaban de su muerte.
La entrevista hubiese sido difícil. Este ex brigadista internacional en la Guerra Civil era uno de los últimos supervivientes británicos de aquella expedición. Su memoria estaba ya gastada y la conversación sólo era posible con la mediación de su segundo hijo, Mick.
Hay aún supervivientes británicos de las Brigadas Internacionales, como Sam Lesser, que tienen la cabeza en regla, pero quería hablar con Jones sobre sus recuerdos de lo que ocurrió hace treinta años, cuando él era, según dijo exageradamente algún periodista inglés, “el hombre más poderoso del país”.
Al final de los años setenta, el sindicato que él presidía, la TGWU, tenía 1.75 millones de afiliados, desde estibadores portuarios hasta empleados del sector del automóvil. Y los sindicatos fueron protagonistas principales de lo que se ha dado en llamar el ‘invierno del descontento’.
Fue una cadena de huelgas que contribuyó a desacreditar el Gobierno laborista de Jim Callaghan y que precedió la victoria de Margaret Thatcher.
Nació en el sur de Liverpool, en una familia de trabajadores portuarios, y se implicó en el sindicalismo en una edad juvenil. En su autobiografía (Union Man, Warren and Pell Publishing), recuerda el ambiente comunitario de los barrios proletarios de la ciudad y su también juvenil participación en la política laborista, que tenía dificultades para abrise paso entre el sectarismo de protestantes y católicos.
“Recuerda siempre que hay más gente buena que mala en el mundo”, le decía su madre y lo que emerge con fuerza en su libro de memorias es la conciencia de un hombre que no distinguía entre nacionalidades, colores o credos.
Con 24 años logró el permiso sindical para ir a Barcelona y alistarse en la XIII Brigada. Fue herido con bala y metralla en la batalla del Ebro, cuando las tropas republicanas intentaban tomar, con armas de saldo, la fortificada Hill 481, en Gandesa.
Regresó a Liverpool, fue enviado a organizar el sindicato en Coventry y allí crió a su familia, bajo los bombardeos nazis en la Segunda Guerra Mundial. Ascendió en el sindicato, defendiendo siempre la ampliación de la base de afiliados y que éstos tuvieran voz frente a las burocracias corruptas del sindicalismo.
Y en los años setenta era ya el secretario general de la TGWU. El ‘invierno del descontento’ marca el posible punto de inflexión del avance de la izquieda británica en la posguerra.
Jackson menciona a menudo en el libro el impacto que en esos años tiene la transformación tecnológica de la producción industrial y la pérdida de mercados; es decir, del efecto de ambos en el empleo. No menciona, sin embargo, un factor que me parece igualmente significativo, la incoporación masiva de mujeres al mercado laboral.
Su respuesta desde la cúpula sindical a esas transformaciones de la sociedad fue lo que en España se conoce como el pacto social y en Reino Unido como social contract.
En las propuestas de Jones, ese contrato social incluía aumentos salariales iguales en todos los sectores. No aumentos porcentuales, sino planos, seis libras semanales para todos, reduciendo por tanto los diferenciales. También, la reducción de la jornada laboral y la participación sindical en la gestión, con el propósito explícito de lograr un compromiso colectivo en cada empresa para aumentar la productividad.
El Gobierno laborista prefirió optar por los aumentos porcentuales, por mantener las diferencias, y rechazó la reducción de jornada y tildó de anarquista la idea de participación sindical, incluso siguiendo el modelo alemán. Fue finalmente derrotado dentro del sindicato, antes de su jubilación. Cuando se retiró, fue el más destacado activista en la defensa de los jubilados.
Este hombre internacionalista se opuso siempre al ingreso británico en la entonces CEE y llegó a dar un mitín con Enoch Powell; sentía estima personal y política por Edward Heath, el primer ministro que metió a Reino Unido en la CEE y que fue el gran rival de Thatcher en el conservadurismo británico del final del siglo XX, al que conoció cuando el joven tory visitó a los republicanos españoles en la guerra; fue el gran patriarca de Joe Bossano para la extensión del sindicalismo en Gibraltar; y no aceptó ser normbrado Lord, porque siempre fue partidario de la abolición de la Cámara de los Lores.
En sus memorias, recuerda con emoción sus encuentros con la oposición española a Franco, sus entrevistas con los sindicalistas de UGT en Bilbao, con los nacionalistas vascos en Bayona, con Nicolás Redondo y Marcelino Camacho. Su regreso a Barcelona y a Gandesa, donde brindó con quienes habían batallado en el bando de Franco por la reconciliación y la paz.
Nunca faltaba en las conmemoraciones de la Fundación para la Memoria de las Brigadas Internacionales. En esta mala foto que saqué en noviembre, en Newhaven, era el único brigadista presente.

Que sobre la tierra que le cubra reverbere el eco de Dylan Thomas.
El tiempo pasa. Escucha. El tiempo pasa.
Acércate más.
Sólo tú puedes oír cómo duermen las casas en las calles de la lenta, profunda, salobre, callada tiniebla del vendaje nocturno. Sólo tú puedes ver, en los dormitorios del postigo echado, la ropa interior y las enaguas reposar en las sillas, las jarras y los aguamaniles, las dentaduras postizas hundidas en los vasos, las Tablas de la Ley colgadas en la pared, las amarillentas fotografías de unos muertos que aún esperan que salga el pajarito. Sólo tú puedes oír y ver, tras los ojos de cuantos duermen, los laberintos, los colores, los duelos, los arcoiris y las melodías, los vuelos y deseos, las caídas, la desazón, la vastedad de los mares en sus sueños.

