En Wimbledon, donde los colegas eruditos del tenis escriben con libros de estadísticas y hay que resistir la tentación anual de averiguar el precio de las fresas, donde han quitado en 2009, y dicen que ha sido medio sin querer, el título de Señora o Señorita a las tenistas en los marcadores, donde cae desde las alturas este año un sol que te asa el cogote en la pista 3 y la entera sesera en la 18, yo, también por tradición, cometo gazapos.
El año pasado convertí en hermanas a una pareja de forzudos americanos y el jueves- tan larga fue la noche que el globo ya había volado sin mí cuando llegué a su puerto- mandé al periódico la crónica diciendo que Juan Carlos Ferrero pasó a octavos.
Al rato me llamaron de la sección de Deportes- los mejores colegas a los que uno pueda aspirar- y la voz en off me dijo: “Oye, tú, que todo el mundo dice que son cuartos”. Ahhhhh, ehhhhh, ohhhh,… sí, sí, cuartos. Awfully sorry.
Todos los periodistas guipuzcoanos reciben, o recibían, en sus primeras semanas de aprendizaje el inventario de lo que puede ocurrirte en el oficio, la lista de gazapos que se publicaron en los medios locales y que han pasado al romancero popular de la canallesca:
- El público aplaudió hasta enronquecer.
- El partido terminó con empate a cero. Al descanso se llegó con el mismo resultado.
- Se celebró ayer la feria agropecuaria. Entre el ganado, vimos al señor alcalde.
- En el monte Jaizkibel se han descubierto las huellas de un lobo. Por la dirección de las pisadas, el lobo es extranjero.
En los viejos tiempos, cuando no había internet ni gaitas, en los periódicos había copistas que transcribían las crónicas del corresponsal dictadas por teléfono. En redacciones pequeñas, los reporteros alevines hacían también de copistas.
El hombro atrapaba el auricular del teléfono contra la oreja y con dos dedos se aporreaba el teclado de una máquina de escribir para transcribir lo que decía el corresponsal.
Una vez, en un lugar de cuyo nombre tararí, estaba yo dispuesto de aquesta guisa cuando la voz septuagenaria del corresponsal al otro lado del hilo comenzó a dictar su crónica con un preludio de honda metafísica: “Como todos los años por estas fechas, los últimos días de julio han coincidido con los primeros de agosto,…”.
Desde entonces, todo es decadencia. Pero nada importa, porque…
Bob Dylan. I want you. 1966.

