¿Y si Tim Congdon tuviese razón?

Para empezar me meto ya en un lío. Confieso que tengo un problema con la teoría de la ventaja comparativa de Adam Smith y de David Ricardo. Es la que da sustento a la matemática ideal de los economistas liberales; liberales en el sentido de que quieren que se eliminen barreras al comercio para que la ley de la ventaja comparativa entre países, empresas o ciudadanos, produzca una especialización que beneficia a todos

El problema lo tengo con la palabra ‘artificial’ en esta forma de recordar el argumento en un artículo de Tim Congdon: “Para un economista, todos los tipos de producto son iguales si tienen clientes y pueden producirse provechosamente sin apoyo artificial”.

Habrá lectores que piensen que no todos los tipos de producto son iguales, que la penicilina y la televisión de plasma no pueden recibir la misma consideración. Pero el argumento de los economistas liberales más pata negra les dirá que penicilina y televisión de plasma llegarán mejor a sus destinatarios en un mercado libre sin apoyos artificiales.

Mi principal problema es con la idea de apoyo artificial. Me tendrían que explicar muy despacito los detalles de esa transición desde lo artificial a un aparente estado de naturaleza, donde ya se ajustan las ecuaciones con un alegre chimpún.

Siempre me ha parecido un argumento falsamente inocente, que pretende ignorar la esencia, el contexto y las consecuencias de las cosas ‘artificiales’: estado y poder, por nombrar dos a vuelapluma.

Pero intento leer todo lo que escribe Tim Congdon. Mi compañero y encarnizado rival del tenis, J., que sabe de todo esto infinitamente más que yo, le tiene por lunático y a mí también por seguirle. Sigamos. Ya les dije que estoy dejando la mesa limpia y, antes de la despedida, les voy a meter un rollo…que me parece apasionante.

Conocí a Congdon y he charlado con él. Es una persona muy amable, tímida, con un hablar abrupto que en ocasiones es señal de gran inteligencia. Fue uno de los ‘hombres sabios’ que aconsejaron al último ministro conservador de Hacienda, Kenneth Clarke, que creo que hizo una buena gestión.

Es un economista monetarista que ha sido profesor universitario e impulsor de empresas consultoras sobre el análisis del dinero. Voy a intentar explicar llanamente su argumento sobre la actual crisis. A ver si lo logro.

En primer lugar, dice que las medidas adoptadas por el salvador del mundo en el otoño de 2008, un tal Gordon Brown, para paliar los efectos de la crisis financiera provocaron o aumentaron la recesión.

Porque, ante la congelación del préstamo interbancario como consecuencia de la incertidumbre sobre el futuro, una vez que la crisis nos visitaba, el Gobierno decidió una cosa lógica- ofrecer garantías públicas a esos préstamos- y dos que no venían a cuento: incitar a los bancos a prestar más dinero a las empresas y forzarles a recapitalizarse.

Congdon achaca el primer error a las teorías ‘creditistas’ patrocinadas entre otros por el presidente de la Reserva Federal americana, Ben Bernake, y adoptadas por los economistas de las universidades de la costa este americana- nuestro hombre es partidario de la escuela de Chicago.

Esas teorías argumentan que es el volumen de crédito en la economía el que tiene una influencia decisiva en el crecimiento. No existe tal correlación, dice Congdon, y dice también que Bernake y sus correligionarios no han logrado probarla, simplemente la han enunciado.

Lo que importa, a los monetaristas, es la cantidad de dinero en circulación. Y, cuando un banco hace un préstamo, ha de crear una provisión de capital para cubrir el riesgo de impago. No aumenta el dinero.

El aumento de depósitos sí representa un aumento de dinero, porque los depósitos no requieren provisión de capital, son pasivos contables que pueden expandirse comprando activos con un riesgo despreciable de impago(letras del Tesoro o títulos de deuda pública) o aumentando sus reservas en metálico en el banco central.

Brown habría añadido problemas a los ya existentes con su exigencia a los bancos de aumentar sus préstamos y, para hacerlo, su capital, algo que los banqueros en principio no querían. Habría creado así, exigiendo a los bancos más capital para absorber los espasmos de una grave recesión una dinámica de contracción y, con su discurso público, una psicosis de crisis descomunal que llevó a la creación de una espiral retroalimentada.

Congdon critica con acidez a Krugman y a los nuevos keynesianos, que promueven- como un tótem, en la crítica monetarista- el argumento que nunca se ha probado, según los de Chicago, y que dice que, ante una reducción de la demanda privada, el Estado debe sustituirla endeudándose. Eso es lo que hizo tras las recapitalizaciones de otoño el Gobierno británico- en quien centro esta disquisición- hasta que en febrero el Banco de Inglaterra habría llegado a una conclusión distinta mientras seguíamos en turbado descenso hacia la calamidad.

Vivimos desde marzo el experimento de ‘quantitative easing‘, de expansión del dinero en circulación. En la economía británica, hay unos 2 billones de libras entre dinero en metálico y depósitos bancarios.

El Banco de Inglaterra decidió asignar 150.000 millones de libras- la semana pasada añadió al programa otros 50.000 millones, lo que deja el total en un aumento del 10% del dinero en circulación- para comprar a empresas no bancarias títulos de deuda pública.

Como esto del dinero se las trae, a nadie le debe extrañar que el banco central compre deuda del Estado en manos de particulares. Suena cómico pero, según los monetaristas, éste sería su efecto.

¿Quiénes son esas empresas no bancarias que tienen tanto papel del Estado en sus arcas? Fundamentalmente, los grandes fondos de pensiones y las compañías de seguros. Como tienen que velar por el rendimiento de su dinero, quedarse con el metálico que les da el Banco de Inglaterra por sus títulos no tiene sentido y empiezan a comprar activos que les den más interés, por ejemplo, acciones.

Ésa sería la razón de la subida de la bolsa en los últimos meses. Como las grandes empresas que cotizan en bolsa aumentan de valor, se sienten más confiadas para invertir y endeudarse y así se produce, con el original aumento del dinero en circulación, la recuperación a la que estaríamos asistiendo.

El pronóstico sobre esta crisis es aún muy incierto- Nouriel Rubini ya advierte que, si los impagos de préstamos no causan una segunda crisis financiera, en cuanto haya recuperación subirán los precios del petróleo y otras materias primas y nos detendremos un tiempo en el purgatorio- pero en el transcurso de esta primera fase de la crisis asistimos a un debate tradicional e intenso entre monetaristas y keynesianos, entre liberales y socialdemócratas, entre derecha e izquierda.

En este país hay gente que habla con la elocuencia admirable que aprende en las escuelas privadas y que a menudo disfraza con estilo la portentosa vacuidad del contenido. Pocas personas me han impresionado en los años que he estado por aquí como Bill Emmott, que habla bien pero con sustancia. En este artículo defiende la versión liberal. Y en esta crisis somos legión quienes nos hemos aficionado a la lectura del blog de un economista brillante, el holandés Willem Buiter, que dice lo contrario.

Mientras tanto, en la trastienda- añado yo para lograr efecto dramático-, millones y millones de abogados y expertos en algoritmos, ya todos con dioptrías por vista cansada, siguen descifrando quién debe qué y cuánto, a quién, cómo y cuándo, según dicen unos papeles que… ¿se acuerda alguien ya de los acrónimos de los derivativos, CDO, CDS, CMCDS…? ¿de la descomunal montaña de contratos de dinero a los que nadie logra aún poner ni nombre ni precio?

Espero que les entretengan estos argumentos y estas cosa tanto como a mí.

Enjoy the weekend.

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