Tras publicar críticas a la política, debo puntualizar.
Una cosa es la política en países donde no existe libertad y los ciuadanos no pueden expresarse y organizarse- Birmania o Cuba- y otra la nuestra.
Una vez, cubría unas elecciones en un barrio duro de Dublín y vi que se acercaba al colegio electoral un hombre joven, con una chupa de cuero y el aire de vivir al margen de aquellas cosas.
Me acerqué simulando simpatía- artesanía básica del periodista- y le hice una pregunta en la que se suponía lo superfluo de todo aquello. Nada de esto es superfluo, me respondió, hay gente en el mundo que muere o es encarcelada porque quiere lograr el derecho a hacer lo que yo voy a hacer. Fue una lección que no olvidaré jamás.
Pero la política de partidos en los países democráticos occidentales ha perdido relevancia porque los partidos se asemejan. Basta ver lo que ha ocurrido con la crisis reciente. ¿Qué gobernante detuvo la deriva del delirio financiero o de la especulación inmobiliaria? Ninguno.
Ni en Estados Unidos, donde Bill Clinton mantuvo al otrora heroico presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, a quien nombró su George Bush padre, a quien mantuvo George Bush hijo.
Ni en Reino Unido, donde Gordon Brown pide un mercado con moral ahora tras celebrar, días antes del gran colapso, la edad de oro de la City.
Ni en España, donde creció la burbuja inmobiliaria con sucesivos gobiernos.
Pero hay diferencias. Y la política nos afecta. El mayor reproche que se puede hacer a las castas burocráticas que disputan el poder- un primer mandato popular, un segundo fatigoso a la espera del relevo, un tercero que, si se da, ya es hastío, ése ya es el ciclo universal- es que su prioridad es el corto plazo, la reelección. Pero nuestras necesidades no se definen en plazos de cuatro o cinco años. Juan, que suele caer por aquí de vez en cuando, ha convertido este argumento en uno de sus mantras. Es un buen argumento.
Hay otra política, la del largo plazo, que Amartya Sen expone aquí de manera admirable.
Cuando el entrevistador le pregunta por su carrera académica, él responde que su vida ha estado marcada también por la acción, por ejemplo a través de su papel en Oxfam. Cuando le pregunta por la amplitud de sus intereses académicos, por su cruce de los límites en la clasificación de su disciplina, él responde que simplemente ha entendido su disciplina, la economía, la filosofía política, en un sentido amplio.
Esto es política grande. Hay otros, pero este Sen que es Premio Nobel de Economía y que, en su último libro, analiza la dialéctica entre la justicia como institución y la de la conducta individual justa, manifiesta aquí su creencia en el razonamiento público. Eso a mí siempre me ha parecido apasionante.
Sobre la relación entre poder y reducción de las opciones y de la información, Sen dice, respondiendo a una pregunta magníficamente formulada, que es totalmente equivocado creer que, si no tienes poder, no puedes tener influencia. También defiende la importancia de cómo se articulan las ideas en ese poder que nos parece tan a menudo irrelevante o estéril. O de la libertad para tener un buen servicio público de salud.

