- Creo que Radio 4 ha sido tomada por la iglesia- dije a J. cuando entró en el coche.
- Me parece muy bien- añadió él tan campante.
Quería escuchar el informativo pero la entrevista con el predicador de la iglesia a la que acude la familia de Stephen Lawrence, que fue asesinado por una pandilla racista hace catorce años, era el tercer asunto religioso que se trataba.
Me interesaba lo que decía el predicador sobre el perdón. La madre de la víctima ha explicado que no puede perdonar, porque además nadie se lo ha pedido. Es un asunto típico de estas cosas trágicas. Se cree que el perdón ofrece alguna forma de curación mejor que el olvido cuando parece tan posible lo contrario, que quienes no han sufrido un daño paralizante por el asesinato de un ser querido no quieran saber nada, nunca más, de sus autores.
- Exactamente- dijo J. ante mi especulación-, esos bastardos…
J. no dice palabrotas, así que dejó así la frase, mientras yo confirmaba que el perdón tiene más prestigio entre los católicos- hasta un cura chusquero lo administra para los pecados tras una breve conversación a oscuras- que entre los protestantes, atemorizados toda su vida por la idea que se estará haciendo Dios de sus desmanes.
Los de J. son crecientes en la pista. Sigue lanzando unos saques criminales, llega a todas mis sibilinas pelotas y da unos raquetazos de derecha y de revés enrevesados y con un muñequeo además displicente. Algo grave ha ocurrido entre nosotros.
Me tranquilizaba de alguna manera que la culpa la tuviese un pasajero de este globo, quien un día se abrió paso a empujones entre miles y miles de personas que me asediaban de nuevo para que les firmase alguno de mis célebres libros y me regaló una Wilson. “A ver si con esto le ganas a J., madero”, me dijo y se marchó sin interesarse por mi también sibilina prosa ni por mis tardías gracias.
¿Habrá ablandado mis golpes esta raqueta? No soy desagradecido. Es muy bonita. Amarilla. Me lo preguntaba desde entonces.
E., la instructora francesa del club, estaba en la recepción cuando nos marchábamos. Le pregunté si es una raqueta de niño. No, es una raqueta ligera, me dijo E. sopesándola. Es siempre parca de palabras conmigo. ¿Y el cordaje? Lo evaluó con sus delicadas yemas y me dijo que estaba bien, que me convenía así para no lesionar mis tendones.
Solo yo confío ya en mi fuerza.
En el camino de regreso, hablábamos de la propiedad de los bancos centrales, de los bulos en internet sobre los accionistas privados del Banco de Inglaterra, de la estructura diferente de la Reserva Federal,…
- El banco central suizo sí tiene accionistas privados- me dijo J.- y por eso tiene problemas ahora. Está perdiendo mucho dinero…
- Para mantener la paridad del franco de tal modo que los productores de Gruyère puedan exportar algún queso- le interrumpí, con ansiedad por mostrar que estoy a la penúltima.
- Correcto.
- Esta crisis no se resolverá hasta que no se ponga en cuestión la pretendida pureza de Suiza- añadí, ya crecido.
- Tendríamos que haber invadido Suiza hace años- sentenció él, con un sarcasmo que reveló fuerza moral superior a la mía, la personalidad de un sacador formidable o ambas cosas.
Siento desde hace un tiempo que hay un cambio de marea y que puede desarborlar mis ya leves convicciones morales y mi hasta hace unos meses sutilísimo juego.


