La Dama de Hierro: demencia e idea

 

 

Las críticas que he leído de La Dama de Hierro, película de Phyllida Lloyd en la que Meryl Streep encarna a Margaret Thatcher, han sido en general negativas. Pero me ha gustado.

Produce la película el vértigo de todas las obras de ficción basadas en historia reciente. A la publicación de las dos novelas de Javier Cercas, Soldados de Salamina o Anatomía de un instante, ha seguido alguna polémica en España por recrear igualmente episodios conocidos de la historia con hechos falsos o dudosos.

La obra de ficción histórica padece en mi juicio un curioso problema. Es más inocente cuando evoca lo remoto,  al emperador Claudio (Robert Graves) o a Adriano (Marguerite Yourcenar), pero tiene más espinas cuando trata de asuntos contemporáneos que conocemos mejor.

Hay episodios falsos y otros discutibles en esta película, pero son un mero decorado. Lloyd hace de una Thatcher intramuros, aquejada de duelo y demencia, el vehículo de su película. Como tal es un personaje de ficción, pues de su vida hoy conocemos muy poco y los autores no pueden cabalmente pretender que conocen sus ensoñaciones íntimas.

El baremo de la calidad en una ficción de este tipo ha de ser su verosimilitud. Lloyd construye el retrato de una mujer, la primera que llegó a la jefatura de gobierno de un país desarrollado, y la presenta como poseída por una voluntad intelectual y de poder que aparta como superfluos los sentimientos. Una conversación con su padre, en su adolescencia, y otra con su médico, en el tiempo de una senilidad patológica, me parecen importantes en la composición del personaje.

Me decía M. al salir del cine que la película traza una continuidad creíble entre la demencia tan común entre los poderosos y casi nunca diagnosticada, en este caso la de la gobernante que somete su vida a la gran idea que solo ella puede encarnar, y la de la viuda frágil que vive un aún vigoroso tormento de recuerdos, ensimismamientos y carencias.

Yo apuntaba al fresco de quienes colaboraron con ella, en el telón de fondo de esta historia, a los gentlemen británicos, educados sentimentalmente en los internados de hombres, a quienes, como escribía su ministro John Nott en sus memorias, les resultaba muy incómodo, por no decir imposible, decir no a una mujer testaruda y que podía levantarles la voz.

El único que podía hacerlo con la fuerza incontestable del afecto fue quien tenía la llave de la puerta tras la que ambos guardaban su compleja vida sentimental, la suya una curiosa variedad de la maraña de deseos y frustraciones que envuelve a cada humano. Era Denis, su marido, un gran personaje de esta película y de la era que cambió este país y en alguna medida el mundo.

Facebook Twitter Stumbleupon Delicious More More More
elcorreo.com

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.